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Mario Santiago: De profesión, darse cuenta enero 23, 2009

Filed under: literatura latinoamericana — laperiodicarevisiondominical @ 3:35 am
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Mario Santiago

Mario Santiago

 Marcel Schwob avizoró el siglo de las identidades, mucho antes de que existiese el siglo XX. Vidas Imaginarias fue una tentativa de diluir, de agotar y redefinir su identidad en la de sus biografiados. El cultismo y la extraña erudición adjudicable a Schwob revelaban un camuflaje. Schwob sabía que cada vida del siglo XX sería netamente imaginaria ya que se compondría por reflejo de otras vidas, todas insólitas, todas más o menos sustituibles.

 

 

El caso de Kafka es aún más ilustrativo al respecto. Kafka se vertió hacia lo cotidiano. Cualquier hombre pudo explicar el alma de Kafka, desde un cazador hasta un sereno. Para ser Kafka, rara vez se valió de su propia identidad. Kafka –lo que conocemos como Kafka- importa más desde la impunidad de una voz ajena que desde el corto margen de condenado al que con tanta facilidad lo arrojamos. Aquel condenado no calló si no hasta que se naturalizó en lo que no era en realidad: un agrimensor, un perro. La identidad de Kafka fue por siempre mutante, por siempre secreta e insólita. La verdadera venganza del siglo XX con respecto a lo decimonónico fue decir no soy, ergo, puedo serlo todo.

 

Se nos antoja complejo entonces el caso de un poeta al que primero hemos leído como personaje de una novela. José Alfredo Zendejas Pineda fue Mario Santiago Papasquiaro, pero mucho antes de que fuese reconocido como tal, fue Ulises Lima.

Lo que conocemos de Santiago quizá difícilmente sea corroborable; no faltará aquel lector que acaloradamente corra detrás de las justificaciones, de remedar los malentendidos. Nuestro lector zurcidor de fallos, siempre impaciente de seguridades, de pronósticos y de vidas a las que agotar en un imposible comentario biográfico. Lo que conocemos de José Alfredo Zendejas Pineda, en cambio, es tan solo la larga y pesada singularidad de un nombre en un archivo.

Lo que sabemos de Ulises Lima es literatura.

 

Las comparaciones, supongo, han sido frecuentes, pero existe una reconocible paridad que afecta a  On The Road de Jack Kerouac y a Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño, y aunque  las similitudes son parcialmente numerables, la más obvia de ellas impone un malentendido.

 

En On the Road, Dean Moriarty (Neal Cassady) es la figura que explica el alma de Sal Paradise (Jack Kerouac), hace permisible una actitud que Paradise no puede concederse por sí solo; Sal Paradise no aprende a ser beat sino a través de Dean Moriarty, quien lo guía como una suerte de faro hacia esa transformación. El controvertido y siempre injusto término de novela iniciática cobra aquí un valor inadvertido: hablamos de novela iniciática en muchos sentidos, pero antetodo supone un cambio de valores para el personaje central en primer lugar (Paradise, en este caso) y para el lector, que no puede sino mutar en beat también, hacerse carne de lo ideático del relato, como no ocurre con ningún otro libro.

 

Los Detectives Salvajes, en cambio, opera en un sentido diferente; Ulises Lima (Mario Santiago) compone la antitesis del personaje-faro; muy rápidamente cobra un lugar central en el relato para diluir al personaje de  Arturo Belano (Roberto Bolaño) en la oscuridad, traficando en misterios y elusiones, siendo el sostén invisible de un lector que no deja de buscarlo a lo largo de toda la novela para no hallarlo más que en lo que presume ser: historia secreta, llave maestra de lo irrevelable.

 

Encuentro, no obstante, cierta obvia relevancia en el titulo: Kerouac invita necesariamente a irse y a devenir otro ser; Bolaño a perderse en un sinfín de identidades que abrevan en una identidad final, solución del crimen de no saber jamás quién es uno. Esta contrariedad, parece apuntar Bolaño, no se subsana sino en lo que nos construye, aquello que dejamos que se escurra en nuestra vida y a lo que vamos sometiendo a un arduo proceso de acomodamientos. La identidad final que es producto de un sinfín de declaraciones ajenas, todas más o menos contradictorias, todas falsarias y no. Ulises Lima fue Mario Santiago, pero su huella literaria no puede sino magnificarse al entrar en el mundo novelesco de Bolaño. Bolaño creó una imagen y de ella, hemos hecho la sospecha y el asombro. Pero más  asombroso es saber que Mario Santiago forjó una obra vacilante, entreverada y vertiginosa, aún hoy destinada a la sombra y a un ligero anonimato. La misma obra que busca desorbitada un lugar periférico en la historia de la literatura; la que es en sí misma una periferia de seudónimos que incesantemente revelan  un nombre que no quiere ni debe resolverse.

 

aullido_de_cisne1

Prefiero no valerme en esta ocasión del crédito siempre escaso de las citaciones. Prefiero remedar mis tonteras con algunas intuiciones.

La obra de Santiago es comparable con la de cualquier otro bardo literario, Ezra Pound o Dylan Thomas. Estrujó el verbo y maceró el resultado a la floja luz de un crepúsculo nervioso. Fue la electricidad de ese verbo. Su futuro siempre extinguiéndose. Su catarata de saberes con amable fecha de caducidad. Fue la identidad paciente de quien se forja entre pares y voces cofrades, y no vive para morir sino para corroborar, con Rimbaud, que otra vida es posible.

Todo interesó a Mario Santiago, todo se hizo verso y todo se hizo delirio en él. Su poética no es críptica; es oracular. Cada verso de Aullidos de cisne es un suspenso sincopado en donde la vertiente se aúna con la caída, en donde todo es a un tiempo nacer, aprender y volver a nacer, en donde de todo se extrae un dolor de irrecuperable éxtasis que es fundación y propósito del poeta. Acusó en su carte de identité: mi profesión es darme cuenta, mi hoy es mañana y siempre. Y darse cuenta y un hoy futuro lo condujo a la única nobleza válida, la única nobleza fulminante y arrolladora del genio: poeta. Poeta para ir y para volver. Y poeta para dejarse llevar, como otros: Alejandra Pizarnik, John Keats, Marina Tsevtaeva.

 

Autostop que me doy a mí mismo

 

escribe Santiago en Callejón sin Salida, y sólo unas líneas abajo,

 

Para la normalidad, estamos muertos

Para la logística militar no existimos

Para las gélidas aguas del cálculo bursátil

Nuestras escamas / nuestras hélices

Son encías fantasmagóricas

Coágulos irresistibles de 1 resplandor

Que nos pretenden negar a escopetazos

 

Mario Santiago despreció el silencio, abrazó al mundo siendo el mundo, dejando que las cosas, las voces, los rostros, los viajes, le fuesen.

 

La ciudad me era tan labio / tan capullo / tan pezón

 

Cantó al pasar, como un fantasma, cantó caminante. Meó en los muros de la ciudad y juntó en los zapatos el polvo de los caminos. Nadie pareció verlo.

 

Respirar me era tan Mark Twain / tan William Burroughs

 

Y nadie lo sabe con precisión: si no tuvo o no quiso tener más que ver con la vida que en unas cuantas alusiones al delirio. Vibrar. Encenderse. Poseerse. Curarse. Supo, sí, de la cura. De los caminos que no acaban necesariamente en el horizonte, sino en una estepa impertérrita donde uno no puede más que abandonarse a cara o cruz, darse a borbotones al fluir, incendiarse hasta renacer.

No podría yo ofrecer más nociones acerca de Mario Santiago: me uno a él en el asombro. Yo y todos los que buscamos detrás de las palabras una identidad evanescente.

 

 

 

M.A

 

 

 

3 Responses to “Mario Santiago: De profesión, darse cuenta”

  1. ventura Says:

    cómo puedo suscribirme a tu blog y recibir tus post cuando publicas?

  2. laperiodicarevisiondominical Says:

    Eso sí: tendremos un servicio de newsletter, pronto.


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