La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

La noche al menos / Novalis, el hombre en el desierto negro enero 25, 2009

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“El rostro de la noche, el corazón de las tinieblas, el lenguaje de la llama…

    Yo había conocido todo lo que vivía y se agitaba y trabajaba bajo su destino”   

         Thomas Wolfe, La orgullosa hermana Muerte

        

 

 

 

Esa inmensa llama negra

 
 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

Friedrich - Pareja contemplando la luna

Despertarían de repente, como salidos de esos ensueños diurnos que nos acometen por las tardecitas en un banco de plaza mientras esperamos por que llegue al fin la damita que nos fastidia o por que abra por fin el turbio local al que fuimos, sin tener la más mínima noticia del porqué, a pedir trabajo… Despertarían de repente, decía, las mentes de ciertos críticos literarios tan guardianes en lo suyo, tan abrasivos y minuciosos para ver lo que quiere allí, en donde prescribe que no se puede ver ninguna otra cosa. Despertarían de repente si pudiesen admitir que los poetas, narradores, artistas, siempre cantan a lo mismo: el amor, la soledad, la furia, la noche.

 La noche, esa inmensa llama negra. El alumbramiento de las sombras, el límite de la experiencia, el desierto negro. La noche es lo único que – de verdad – nos pertenece a todos. Lo único a lo que – de verdad – todos pertenecemos.

 Nadie ignora que la noche es uno motivo central de la poesía. Estamos en problemas: la noche es irreductible a motivo, la noche es fin. Para decirlo con Aristóteles: la noche es causa final, no formal, y mucho menos eficiente. Se escribe para la noche, o en todo caso desde ella, pero jamás por o con ella. La noche no es – no puede ser – el entretejido más o menos iluminado en el que, como demtro de un recipiente, se pueda depositar una serie de personajes o de peripecias. La noche se impone, actúa por demolición, embruja. La noche es interminable, no podría jamás cumplir con el requisito del final.

Entre los más brillantes cantores de la noche, quiero destacar a uno que si bien es reconocido (digo, todos ponen cara seria cuando se lo nombra en una charla), no goza de la popularidad de otros. Quiero hablar de Novalis, según creo, uno de los más grandes poetas de la historia, y quiero hablar de sus Himnos a la Noche, uno de los libros más grandiosos de los que el ser humano ha sido capaz. Un acto del alma humana impregnado de divinidad.

 

 

 Unas pocas palabras

 

 Será que la realidad misma (sea materia, dios o alucinaciones) está compuesta por pocas palabras. O que bastan con algunas de ellas para describirla, descomponerla, descifrarla. Será quizás que una tara del espíritu impide al hombre – o a quien sea –  la extensión (o duración) de la verdad. Será que el misterio, si es que existe, se resuelve con un par de balbuceos.

Lo ignoro, pero siempre que alguna alma anduvo cerca del asunto apenas precisó un par de páginas para bosquejarlo. Unas pocas palabras y luego la batida en retirada, el silencio, la nada o la noche misma.

Rimbaud es el caso paradigmático a este respecto, pero no el único: Salinger, Thomas Wolfe, Alfred Jarry, Lautreamont, entre otros, también ejecutaron lo que tenían que decir en pocas palabras y luego se llamaron a silencio. Un silencio vanidoso a veces, desesperante en otras, profundo, definitivo. Hay incluso algunos escritores que, pese a contar con una obra voluminosa (como Artaud, Céline, Capote, Macedonio Fernández), también parecen haber soltado todo su arsenal en un solo libro. La brevedad – aunque quizás deberíamos decir fugacidad, procacidad, premura – parece ser de este modo la condición de posibilidad de la verdad.

La verdad. Quiero decir-aclarar-recalcar-inculcar: lejos está esta expresión de las pretensiones que la ciencia, la religión o la filosofía guardan frente a ella. La verdad es esa pestaña de luz que se entromete por entre las rendijas cuando la habitación ya está cerrada. Sí, cerrada.

 

 Pero lo breve – lo cierto – tiene a su vez una densidad abismal, insoportable para la mayoría de los mortales. Por supuesto que el atisbo de una verdad es lo insoportable para los hombres y no la brevedad, pero de todos modos lo escaso fascina. Fascina de la misma manera que fascina un cuerpo destrozado por un colectivo en la avenida, aunque no soportemos luego, en el mismo acercamiento fascinado, el descuido de la lona verde al dejarlo desnudo en su flamante monstruosidad.

 

  

 

La Noche esencial

 

Se ha cantado a la noche hasta el cansancio, eso lo sabemos todos. Hay entre los escritores y la noche una relación tan antigua como ella. Pero los modos de cantar varían, porque la noche varía para los hombres, porque la noche no es la misma – ni lo mismo – para todos. Novalis no estaría de acuerdo con esta sentencia, de hecho no lo estaba al escribir su Himnos: para el romántico la noche es única, una aparente paradoja si tenemos en cuenta la exaltación de la subjetividad que se le endosa al movimiento. Pero en verdad no se trata de una paradoja, mucho menos de una contradicción: para el romántico la Noche es Absoluta, y es Absoluta porque es la manifestación misma del Absoluto.

 

 Aclaración urgente: cuando hablo de “romántico” lo hago en un sentido que apunta a caracterizar a los representantes del movimiento fáctico llamado “romanticismo” (tal vez por comodidad) pero mucho más a destacar ciertas notas eternas que anidan – de una forma u otra – en el alma humana, más allá del derrotero de manual escolar que se enfila detrás de la palabrita.

 

 El Absoluto es, en la tradición filosófica, aquello separado o desligado de cualquier otra cosa (ab alio solutum), lo independiente, incondicionado, indeterminado y tantos otros sinónimos que se han usado. Pero “lo” absoluto o “el” absoluto, es decir, las sustantivaciones del ser absoluto, adquieren otro peso y pasan a ser la Idea del Bien en Platón, el Motor Inmóvil aristotélico, Lo Uno de Plotino, el Dios de la patrística y la escolástica,  la Substancia de Spinoza, el noúmeno de Kant. Es en este sentido – un sentido religioso, en el significado amplio, y cierto, del término – que Novalis encumbra a la Noche. No se trata de un absoluto por oposición o respecto en su género (absolutum secundum quid) sino más bien del absolutum simpliciter que los autores de la escolástica distinguieron, el Absoluto por sí mismo.

 

 Pero hay algo más que distingue a la Noche en la concepción de Novalis (que es y no es lo mismo que decir la concepción romántica): la Noche no sólo es la fuente ontológica de todo lo que pueda existir sino que también es nuestra materia. Eckhart, un filósofo dominico del siglo XIII, consideraba que el encuentro con la divinidad no era una cuestión de trascendencia sino que la propia divinidad está en nosotros, en ese lugar que llama “fondo del alma”. Esta interioridad, para Eckhart (a diferencia de Agustín de Hipona), es inmanente, es nuestra, estamos hechos de ese enclave divino y nuestra única misión es la de despegarnos de todo lo que sea determinado hasta llegar a ese estado en el que seremos dioses, verdaderos dioses. Ese “fondo del alma” ekhartiana es la Noche de Novalis: la Noche está en nosotros, somos la Noche. La Noche esencial.

 

 La Noche esencial. La fuente de todo ser y de todo conocimiento. La fuente del conocimiento mismo. Novalis fue hacia allí y los alaridos se oyen todavía: hay que llegar hasta allí, hasta aquello que tenemos que conocer para poder entender algo al fin, para poder entender cómo entendemos. O qué entendemos cuando creemos que entendemos. La Noche esencial: matriz de lo real y lo posible. Sobre todo de lo posible.

 

 

 Hombre-Dios

 

 El romanticismo que encarna Novalis (escribiría “como ningún otro” si el nombre de Keats no me repiqueteara en la nuca) ejecuta una operación sobre la figura del hombre. Es natural, el romanticismo no puede escapar de todos los lineamientos modernos, y la característica moderna por antonomasia es la construcción de la subjetividad, la invención de un YO supremo. Cualquier movimiento de ideas en los últimos siglos está condenado a discurrir sobre antropología filosófica. Desde el siglo XV el hombre está pensando en él. 

Van Gogh - La Noche Estrellada

                                            

 

A la operación racionalista (rescate y posterior mecanización del hombre), el romanticismo opone (Novalis al menos lo hace) una divinización del Yo. Las especulaciones (y las supercherías, sin ánimo de ofender, aunque francamente me tiene sin cuidado) sobre un dios trascendente han sido acompañadas en este caso por una inseminación divina en el hombre. El hombre tiende, desde su morada de huesos, arterias y tendones hacia la Noche, la busca, la intuye, le teme, la desea. Pero puede alcanzar la fusión con el Universo en Ella, y dicha fusión es la que le revela la inmanencia: somos la Noche, lo Absoluto. Más allá de nuestro cuerpo (nada desdeñado por Novalis), de nuestro espíritu, de nuestra mente, la Noche está enclavada allí, en ese abismo sin nombre que no por innominado deja de pertenecernos, más que ninguna otra cosa o facultad.

 

Pero, vamos, no es tarea fácil esta fusión, o mejor dicho, la aceptación de esta fusión. Los hombres soñamos con ser dioses en nuestras más secretas fantasías; algunos – los políticos, por caso – hasta lo admiten públicamente y actúan en consonancia. Todos anhelamos violentamente, aunque sea una sola vez en la vida, transformarnos en dioses, adquirir el poder que da el timón, ejecutar el designio mudo que nos lame las sienes. Todos, incluso, actuamos a menudo con las ínfulas y el autoritarismo que imaginamos en un dios.

Pero todos, todos, temblaríamos como una solterona que recibió el ramo en el revoleo de tener la oportunidad de ser dioses por un instante.

 

El hombre-dios es aquel que no teme a la disolución de la muerte porque no ve en ella la disolución de la que todos abominen. La vida verdadera es la muerte, o la aceptación de la muerte. El hombre-dios retorna a la muerte (que ya abandona sus connotaciones dolorosas y trágicas, o las convierte en otra cosa, gozosa, sublime, eterna, una) para ser Noche, para ser muerte. El hombre-dios retorna a la muerte para vivir.

 

 

 

 

 El hueco del amor

 

 

Se suele hablar del “precio del amor” tanto en poemas gloriosos como en sobremesas machistas y etílicas, pero no se habla de su “valor”. Supongo que a ningún hombre, siquiera a los ejemplares más soberbios (los ha habido de sobra), le ha dado aún la moral como para hablar de esto. El amor despliega en su irrupción los suficientes anticuerpos como para nublar cualquier tentativa de valoración. El amor emerge de la nada en un mazazo tan brutal que espanta toda palabra, todo pensamiento.

Novalis escribe desde y por el hueco del amor. En el Himno tercero escribe

 

“Estaba solitario junto al árido túmulo donde yacía, en la tiniebla de su estrecho hueco, la que fuera mi vida”

 

La biografía del poeta (mis disculpas falsas a los fundamentalistas del texto) marca la muerte de su querida Sofía (“sabiduría” en griego: en fin, la vida insiste con estas simetrías azarosas) en 1797, seguida por la decisión de morir en que concluye Novalis y el comienzo de Himnos a la Noche. En medio del hoyo interminable del vacío, aparece el elemento que faltaba a Novalis para escribir sus (pocas y definitivas) palabras sobre el Universo: la Amada. La amada es la mediadora con la Noche, la ganzúa que nos facilitan, la ventana hacia la luz negra. Pero existe una condición nada intrascendente: la Amada, para cumplir con sus funciones mediúmnicas, debe estar muerta. Debe ser ella misma Noche y Muerte.

Cuenta en su Diario Novalis que en una de las tantas visitas que realizaba a la tumba de Sofía, tuvo una visión en la que “Los siglos parecieron minutos. Se la sentía próxima. En cada instante creí que iba a aparecer”. La aniquilación del tiempo en la (siempre inminente) aparición de la Amada fue de este modo el satori acerca del Universo, el dulce estilete del absoluto en el pecho poeta, el comienzo y el fin de la Poesía. El hueco que el amor abrió en el pecho, la vida, el mundo del poeta es el lugar de la Poesía Total, Poesía de palabras hechas con la misma materia del Universo.

 

La faena no es sencilla, de más está decirlo. La faena está impuesta, aunque su misión consista en hallar aquello más connatural al hombre. La faena está impuesta, es la forma visceral del golpe de la vida, la consecuencia del dolor, pero al mismo tiempo es fruto de una elección: no todos los alcanzados por el brutal golpe se atreven a emprender la faena, que deja fuera de la vida terrenal, fuera del tiempo.

Pero yo me vuelvo hacia la Noche sagrada, la inefable, la misteriosa Noche. Solitario, desierto está el lugar del mundo, que yace lejos, lejos, en profunda sima sepultado” escribe Novalis en el primer himno. El “pero” que principia la expresión señala la resistencia, la fuerza espiritual del poeta, temerario desnudo que no vacila en observar el sepultado mundo, la sepultada Amada.

 

 

 

 

 

Toda la luz de la Noche

 

 image28                                                                                                                                                               Derrida, en ensayos más o menos tempranos dedicados al pensamiento de Levinas y a las concepciones del cógito en Foucault y Descartes (Rovatti, Como la luz tenue, Metáfora y Saber, Barcelona, 1990), utiliza la metáfora de la “luz negra” para referirse al camino que el ser humano, en tanto ser pensante, debe recorrer para interrogarse sobre sí mismo, más allá del lumen naturale cartesiano, de la luz natural que trae consigo la sensatez y la racionalidad. El lumen no corre ante dicha interrogación, el hombre tiene entonces dos caminos: el apartamiento (regreso cobarde a la zona luminosa, a la razón, al sentido común de nuestras deducciones) o el extravío (genuina búsqueda de la respuesta, exceso sagrado del espíritu humano, bravura frente a la tempestad insondable. Cito a Rovatti:

 

“Extraviarse puede significar, en cambio, ceder a la seducción de la sombra, más allá de la luz; dejarse sorber por el mundo negativo de la noche, de la oscuridad abismal, del vacío. O bien, creer positivamente que existe otra cara del día, un tras-mundo ya desencantado, en otro escenario” (Op. Cit. pág 77).

 

 Derrida clama porque el filósofo (el hombre) no pierda esa luz negra, esa otra luz, “tan poco natural”; la luz con la que puede ver el magma oscuro de dónde surge, el otro lado de lo dado, las sombras mismas de la verdad. El enigma metafórico de la “luz negra” muestra el riesgo concreto de la misión: el silencio o en el mejor de los casos, la dicción de una visión que presenta mucho inconvenientes de asimilación por parte de los receptores, ya que, como dice Rovatti, “En la metáfora de la luz negra, lo alto y lo bajo, el cielo y la tierra, no se oponen anulándose. La luz, lo alto, el cielo, el éter del pensamiento, no se transforma en su opuesto”. O bien no ha oposiciones, o bien la coincidencia de esos opuestos marcan el logos (medida) de la realidad (Heráclito). La luz negra deja ver aquello uno, eterno, vivo: La Noche.

 

Novalis lo dice en otras palabras, mejores, en su primer himno, que más allá de ser “primero” sabe a despedida:

“¡Ah! ¡Los ojos innumerables que la Noche abrió en nosotros nos parecen más celestiales que todas las brillantes estrellas! Ellos ven más allá todavía de esas pálidas legiones infinitas

 

 

 

 

Mome

 

 

 

 

 

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4 Responses to “La noche al menos / Novalis, el hombre en el desierto negro”

  1. P. Says:

    Genial post. Me ha traido a la mente una frase de Cioran: ” A pesar de todo seguimos amando, y ese a pesar de todo cubre un infinito” y después de esta lectura se me antoja que tal vez ese infinito sea la noche. Claro que es sólo un antojo.

  2. […] LA PERIÓDICA REVISIÓN DOMINICAL This entry was posted in Arte, El espíritu del Camino, El viaje del peregrino por la ruta de las estrellas. Bookmark the permalink. ← Se vende habitación encantada en casa en zona de Avilés – ii – […]

  3. […] II”. I mentre no arriba la presumpta seqüela, recupero una cita que em va agradar d’una crítica literària dels ‘Himnes a la nit’ del poeta romàntic Novalis que adapto de manera barroera als meus […]

  4. […] II”. I mentre no arriba la presumpta seqüela, recupero una cita que em va agradar d’una crítica literària dels ‘Himnes a la nit’ del poeta romàntic Novalis que adapto de manera barroera als meus […]


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