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Hunter Thompson: sentémonos, pidamos una copa y empecemos a trepidar febrero 19, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 11:56 am
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Tan honesto como la ambigüedad

                                                                                                                                                                   

Hunter Thompson

Hunter Thompson

 

 Si existe algún elemento que considero fascinante en la literatura de Hunter Thompson es la honestidad. En verdad es una facultad que destaco en cualquier escritor, salvo que en el caso de Thompson esa facultad se excita hasta convertirse en su atributo principal. La honestidad de la que escribo, me parece indicado mencionarlo, no apunta tanto a la honestidad de lo fáctico, es decir, de aquellos hechos-reales que aparecen narrados en sus libros. En efecto, me importa poco y nada que las peripecias narradas en los libros se ajusten o correspondan a las peripecias reales de la narcotizada vida de Thompson; las vidas humanas (y por ende cada una de las aventuras que la componen) suelen ser bastante ordinarias, para qué mentirnos. La honestidad a la que me refiero tiene que ver con una actitud literaria. En esta tesitura, Hunter Thompson me parece un escritor tremendamente honesto: escribe como puede, escribe sin renegar nunca de la torpe pluma informativa que lo fundó como narrador de historias cotidianas. Para decirlo con simpleza: escribe como una bestia que tiene excelentes dotes para la puntuación y cierta habilidad para generar suspenso a partir de la disposición de los nudos narrativos. Para decirlo con más simpleza aún: escribe como un buen periodista.

Pero sería algo injusto entender la sentencia anterior con una valoración general de la obra de Thompson. Fear and Loathing in Las Vegas, por caso, está escrito en una forma que respeta bastante las convenciones literarias de la época, que se acerca a lo que comúnmente llamamos un libro-bien-escrito. Lo mismo corre para Mescalito. Mi opinión anterior hace blanco más que nada en Días de Ron, la breve novela que Thompson escribe a la edad de 22 años, apenas unos meses antes de que comenzara la década del ’60, asequiblemente la década más añorada de la historia universal. ¿Por qué será que siempre que hablamos o escribimos sobre la honestidad acabamos hablando o escribiendo sobre la juventud?. No me enteré de la edad que Thompson llevaba al momento de escribir la novela sino hasta varios meses después de leerla. Fue más bien vano: ya al leer esas páginas había comprendido que se trataba de un hombre extremadamente joven. Nadie sino uno de esos extraños seres sería capaz de tamaña sinceridad al escribir, e insisto, no me refiero al tinte autobiográfico de The Rum Diary sino a la brutal honestidad literaria de un mancebo que no utiliza más recursos que sus – distorsionados – sentidos para tramar una historia.

 

 

Nada me resulta más honesto que la ambigüedad, sea lo que esta sea: una cualidad, un principio de acción, una palabra. Lo ambiguo es lo que realmente se muestra tal como es; lo ambiguo está hecho de la misma sustancia indeterminada (paradoja para quien esté atento) que la realidad. Lo ambiguo es lo único que no miente, lo único que no se acicala ante un espejo antes de salir a escena, lo único que nos hace identificar con la naturaleza. The Rum Diary es un libro ambiguo, no en su entidad como “novela” quizás, pero sí en las implicaciones morales, estéticas y políticas que deberían poder deducirse. Cuando las páginas expiran no sabemos si Kemp es bueno o malo, si es un ganador o un fracasado, si es inteligente o un obtuso como otros tantos. No lo sabemos de Kemp y no lo sabemos de ninguno de los demás, espíritus hastiados, embrutecidos, festivos, exagerados. The Rum Diary es un libro ambiguo: tan siquiera podemos decir si es valioso o una porquería.

 

 

 

 

Esa costumbre norteamericana: un villano más en las bateas 

 

Es portentosa la tradición literaria americana en cuanto a la producción de villanos. Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Kerouac y varios más han parido el suyo con mayor o menor brillantez. Se trata por supuesto de una especie muy particular de villano, regado de gestos canallescos, irreverentes pero inofensivos a la vez, burlones y sufridos a la vez. Se trata de un villano que no sabemos si compadecer o envidiar, o mejor dicho, al que compadecemos y envidiamos por partes iguales.

 

Una particularidad de The Rum Diary es que prácticamente todos los personajes son ese tipo de villanos. No tenemos víctimas claras y tampoco victimarios. Kemp, Lotterman, Yeamon o Chenault siquiera sabrían decir de sí mismos si eran buenas o malas personas, si había que odiarlo o amarlos hasta el dolor. No me parece extraño: los desastres más renombrados del siglo XX, en especial el fin de la Segunda Guerra, turbaron al hombre de forma letal. La perfidia de algunos y la indiferencia general; los autoritarismos consentidos y la dulce utilización que se le impuso a la tecnología generaron esa tendencia hacia el egotismo, la displicencia y la crueldad que tanto se comentan hoy día en las grotescas mesas redondas que saben pertrechar los programas “serios” de televisión.

 

El hombre occidental, como regla, se sabe bueno. Un considerable receso respecto a la continuidad de esta creencia ha sido la Edad Media: las enseñanzas bíblicas no suelen poner al hombre por las nubes. Después de 1945 dicha creencia se tambaleó furiosamente, otra vez la ambigüedad, y en el caso de The Rum Diary, otra vez la honestidad. Nadie se sabe allí despreciable o encantador; o tal vez todos se sienten despreciables y encantadores a la vez. O quizás todos gustan de sentirse así. O, en una de esas, nadie tiene la más raquítica idea de cómo sentirse en un mundo que, ahora sí, literalmente, puede volar por los aires de un rato a otro.

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"Todos vamos a los mismos malditos lugares, hacemos las mismas malditas cosas que la gente ha estado haciendo durante cincuenta años y nos pasamos esperando que algo suceda."

 

Los villanos que habitan en The Rum Diary abominan de sus ocupaciones, desdeñan la seriedad de los asuntos políticos y sociales (figuras principales del momento histórico) al tiempo que fingen interesarse. Desprecian al amor en nombre de la abnegación libidinal mas luego sucumben ante la amada o por lo pronto hipotecan su sistema nervioso. Beben para poder hablar y también para poder callarse. Beben por beber, eso dicen, aunque parecen beber con otro fin, un fin superior, sagrado. Descreen de la amistad pero ruegan por un amigo, uno solo, en el mundo.

Los villanos de The Rum Diary son, para decirlo en pocas palabras, cretinos que tienen momentos de fragilidad, raptos de quiebres emocionales que les elevan los mentones al cielo en busca de una misericordia en la que no confían o, por el contrario, se los apuntan hacia el suelo para la pesquisa de desperdicios que sepan consolar.

 

Estaba cansado de huir y de no tener buenas cartas. Una noche se me ocurrió, mientras estaba sentado a solas en el patio de Al, que un hombre puede vivir sólo determinado tiempo sin más equipaje que su ingenio y sus pelotas. Yo lo había estado haciendo durante diez años y sentía que me quedaban pocas reservas” se lee en la novela apenas empezada. A este tipo de quiebres me refería en el párrafo anterior. Las palabras son de Kemp, el protagonista, mientras bebe a solas en el bar habitual, solo frente a las estrellas, más solo aún frente al murmullo asordinado del mundo en crisis histérica, el murmullo que aconseja neciamente algún manto de seriedad en vidas a las que amenaza continuamente a su vez con el fin del mundo. Los personajes de The Rum Diary no solamente nos confunden – habilidad que ya habría que reconocer – sino que efectivamente lucen confundidos ellos mismos: Kemp, por caso, luego de proferir estos pensamientos tan atribulados, se dedica el resto de la novela a desmentir la supuesta convicción a pura borrachera, violencia adolescente y fastidio ante el compromiso. A cosas como éstas llamo yo honestidad literaria.

 

 

 

 

 

“…y que no estoy precisamente solo” (De profesión: Rebelde)

 

 

La configuración de los villanos de esta novela no es para tomar a la ligera, ya se ha dicho. La fecha en que se escribió la novela es la principal responsable de la peculiaridad. Los famosos ’60 están a punto de germinar y Thompson en este sentido ha sido un sutil observador del caldo. Yeamon, tal vez el personaje más genuinamente maldito de la novela, dice: “Ayer me puse a pensar en eso, y de pronto se me ocurrió que tal vez estaba tomando el camino equivocado […] no estoy seguro pero tengo la sensación de que estoy siguiendo un curso que alguien marcó para mí hace mucho tiempo… y que no estoy precisamente solo […] tú eres igual, todos vamos a los mismos malditos lugares, hacemos las mismas malditas cosas que la gente ha estado haciendo durante cincuenta años y nos pasamos esperando que algo suceda ¿Sabes? Soy un rebelde, di el salto y ¿cuál es mi recompensa?” Allí está la ambigüedad en carne viva, rabiosa. Los villanos – cualquier villano – se debate entre la realización inevitable de remedos tradicionales y el ingrato salto transgresor. El villano – cualquier villano – pide una compensación por su acto, una forma de gratitud que le permita pagar las cuentas y el alquiler a fin de mes y que a su vez lo consienta en eso de andar patinando por cuanto bar abierto encuentre.

 

En efecto, unas líneas más tarde esclarece: “Qué espanto. Somos unos borrachos. Unos borrachos sin remedio. Al demonio con todo…volveré a algún pueblito dejado de la mano de dios y seré bombero”

 

Alguien marcó el camino para toda una generación, no hay inconveniente con eso; el asunto es quién lo trazó. ¿Habrá sido alguna de esas oscuras formas a las que recurre el hombre cuando no logra inteligir algún fenómeno, como dios o el destino? ¿O fueron los aires libertarios que desde la aparición del marxismo – y sus derivados – se agitaban en Europa y América? ¿Habrá sido, quizás, algún gerente de publicidad? ¿O tal vez se trata llanamente de ese demonio sediento que cargan los adictos, el mismo que no les permite jamás convertir su propia existencia en una “vida”? Los tiempos están cambiando, cantaría un puñado de años más tarde Bob Dylan, no muy lejos de allí. Quizás allí esté la mejor respuesta.

 

En The Rum Diary la rebeldía se instala con nombre y apellido en el panorama. El libro no lo hace, pero me resultaría muy grato preguntarle a Yeamon qué cualidades puntualmente lo convierten en rebelde. Estoy seguro de que no hubiese sabido cómo contestar. Cuidado, no se trata de una burla ni nada por el estilo; considero un elemento fundacional de la rebeldía esa incertidumbre (¿o se trata de indiferencia?) respecto a sus motivos reales.

 

La rebeldía se emplaza con prepotencia en los seres que la llevan, no brinda razones y apenas si las admite; la rebeldía parece consistir en aquella sentencia de Camus, tantas veces interpretada con sorna, parece consistir en la contingencia de decir NO.

 

 

 

 

“…Sobrio no te puedo ni hablar”. La letanía etílica como estilo de vida

 

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Thompson En México, Marzo de 1974 : "un hombre puede vivir sólo determinado tiempo sin más equipaje que su ingenio y sus pelotas"

El alcohol como estimulante (y depresivo) tiene un historial enorme en la literatura. Desde las honras al dios Baco en la antigüedad a novelas basadas en el efecto de los alcoholes como Under The Vulcano, la embriaguez, ya sea en sus versiones sacras o en algunas más insolentes, anima la literatura universal y hasta colabora con los rasgos esenciales de ciertas literaturas nacionales. ¿Qué serían las novelas ambientadas en San Petersburgo sin el vodka, qué las neoyorkinas sin cerveza? ¿Las cenas parisinas podrían ser regadas con otra sustancia que el vino tinto?.

En The Rum Diary, desde el nombre está planteada la consigna. Son los diarios del ron, los apuntes etílicos de una aventura cualquiera en tierras lejanas bautizados (justamente) con el nombre de la bebida típica de dichas tierras. Quiero decir, no se trata de un relato “objetivo” (aunque sabemos de la imposibilidad de ese tipo de relatos) sobre una peripecia determinada sino la transcripción alucinada, deforme, agraciada, retorcida de una peripecia que pocas veces consiste en otra cosa que la borrasca mental y física del alcohol mismo. Nadie puede hablar allí de nada sin un trago de por medio; la ceremonia misma de la vida se reduce a agruparse alrededor de una mesa, beber algún trago y comenzar a trepidar en el ojo del huracán enloquecido.

 

“(…) uno llegaba allí en un pequeño aeroplano y, por alguna razón misteriosa, conseguía un cuarto privado con un balcón con vista a la ciudad y al puerto; después, se sentaba allí y bebía hasta que algo sucedía. Sentí una tremenda distancia entre mi persona y todo lo que fuera real”.

En esta frase de Kemp se condensa toda la entidad de The Rum Diary. Lo real se aleja, se esfuma sin disolverse, al estilo de ciertos recuerdos coronarios. El vértigo del alcohol convierte a los días en una tómbola caótica en la cual, no obstante, siempre se cae parado, siempre se tiene un trago a mano, siempre se consigue un lugar donde dormir.

 

Ya no recuerdo cómo empezó todo, dice Kemp cerca del final, cuando estaba a punto de traicionar a un amigo acostándose con su mujer, cuando estaba sorteando el terror mental de la noche infernal que eclosiona la novela. Allí termina la verborragia vaporosa del alcohol; allí, cuando la mente recae sobre sí misma para buscar razones al desastre. Allí, justo allí, el alcohol se convierte en un estilo de vida.

 

 

 

Mome

 

 

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9 Responses to “Hunter Thompson: sentémonos, pidamos una copa y empecemos a trepidar”

  1. Gww Says:

    No conocía este libro y, la verdad, después de leer esta entrada y dejar este comentario voy a buscar más referencias. En cualquier caso no se si el libro merecerá tanto interés como tus comentarios al respecto. De lo más ilustrativo que he leído recientemente.

    Un abrazo.

  2. Laura Says:

    Hola,

    Leí el artículo y quedé interesada en el libro, ¿sabrás de algún link para poder descargarlo?, desde ya, muchas gracias!

  3. laperiodicarevisiondominical Says:

    Es probable que en el pc de mi casa lo tenga. No estoy seguro, pero cuando llegue, lo busco y lo linkeo aquí.

    Saludos.

  4. Laura Says:

    Muchísimas gracias! =)

  5. Laura Says:

    Infinitas gracias, sirvieron los links, ya estoy, aparte de realizada…jejeje, leyendo el primer libro!

    Un saludo.

  6. Hola… He buscado estos textos en las librerías pero no los he encontrado… Tienes las versiones digitales (si las hay)?

    Gracias.


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