La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Corazones Clandestinos febrero 25, 2009

 

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Witold Gombrowicz

Supongo que la literatura genera, más que proyecciones al futuro, diversas recurrencias. Podemos creer con Thomas Wolfe que la recurrencia no es tal en tanto se forje como algo más misterioso: creer que en la desnudez y en el sueño, un amor que terminó ayer en Texas, tuvo su origen en Creta, unos cuatro mil años atrás. Lo que podemos entrever en los destinos humanos es así tan confuso como en sus obras.

 

El mote de pícaro echó luz hacia fines del XV sobre sujetos de desobediente temeridad, siendo canallas y cándidos a un tiempo, valiéndose de un alma de insobornable ventura para hacerse de un nombre en la ciudad. Su suerte fue la desdicha; su espíritu, no obstante, era indestructible. No componían entuertos, sino que eran centro de uno, acaso sin término. Sorteador de los caminos y de las intenciones humanas, el pícaro suponía más que anti-heroismo; su origen era remoto, incierto; no contaba con nada detrás ni nada delante, como si se tratara del primer ser sobre la tierra, como si siempre hubiese estado allí, buscándose la vida. El pícaro era, por sobre todas las cosas, un ser hambriento y en buena medida, hambriento de icarismo: no hay sol que sienta como una afrenta cuando es mucho más fuerte la llama que lo incendia por dentro.

 

Homologable en algún punto, pero de muy distinto carácter fue la suerte de las novelas de desdichas iniciadas por Voltaire, continuadas por Sade. Candide o Justine despertaban la piedad y abrevaban, en todo caso, en lo vulgar de una moraleja. La novela picaresca, iniciada anónimamente con el Lazarillo de Tormes, era un registro de fortunas, peligros y adversidades (sic), y el pícaro, un sobreviviente que esperaba, en cualquier caso, que su relato aligerara los padecimientos de otros tantos como él; la picaresca  no traficaba en lástima, sino en testimonio.  Si los hombres son islas en las ciudades, y si vivir en una ciudad corresponde a vivir un naufragio personal en medio de un naufragio general, tal vez el caso que más se aproxime al del pícaro sea el del Robinson, de Daniel Defoe.

 

 

La picardía no tuvo una justa revisión si no hasta la segunda década del siglo XX.  En 1923, Louis Férdinand Céline abría el camino para otros pícaros, acaso más viscerales y arrebatados. Viaje al fin de la noche fue el relato de un incansable merodeador de lo oculto y lo oscuro, de todo lo que en una ciudad es, a un tiempo, ilusión y castigo.

 

 

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Louis Férdinand Céline

Viaje al fin de la noche, más que la historia de un naufragio urbano entre tantos, fue la odisea y el registro del hombre en la multitud, hundido bajo el peso de un mandato : aquello que se es para uno y para los demás en una ciudad. Novela del pícaro factotum y del lumpen espiritual, de aquel que se aprovisiona de hambres nuevas continuas en un mundo también hambriento que no le pertenece, que debe reinventar hasta el paroxismo. El lumpen-pícaro del siglo XX constituye así una figura reconocible e desapercibida a la vez, de inconmovible ambivalencia. Pícaro, en tanto forja clandestinamente su vida a cada paso sólo con lo que está a su alcance; lumpen espiritual, en tanto su búsqueda es alternativamente material y metafísica en un universo que se abstiene de hacerse preguntas y resuelve a cada momento que el tiempo es dinero y el dinero, útil para comprar tiempo. Edgar Poe, quien moldeara y vaticinara al hombre en la multitud, ya prefiguraba oscuramente a Céline: para estar realmente solo es necesario estar rodeado.

Desde la urbe, llamar solitario al eremita y al ermitaño es injusto. Estamos realmente solos allí donde gritamos y no hay quien quiera escucharnos, no donde no hay quien nos escuche.

 

Desde el sitio donde yo me encontraba en las alturas, se podía gritarles todo lo que uno quisiera. Yo trataría de hacerlo. Como no tenía el atrevimiento de decirles mis ideas a plena luz del día, frente a frente, por lo menos trataría de gritar sin riesgo alguno. Entonces les dije: “¡Socorro! ¡Socorro!.” Nada más que ver si aquello los impresionaba, para empezar. Pero mis gritos los dejaron impasibles. Ellos, los hombres, seguían empujando con el pecho la vida y la noche y el día. La vida les esconde todo a los mortales. En medio de su propio ruido les es imposible oír nada de afuera. Poco les importa el resto. Y mientras más grande y más alta es su ciudad, menos les importa el prójimo. Os lo digo yo, que lo he experimentado en regla. Y ni valía la pena haberlo hecho. (Céline, 178)

 

 

Sólo algunos años más tarde, con meditada y confesa devoción hacia Céline, Henry Miller iniciaba con Trópico de Cáncer, un ciclo de novelas que se abalanzarían sobre todo lo que hay de bohemio y burgués en el vagabundo urbano.  

El hombre, en Miller, fue inmemorial y cósmico; hay algo de pequeño dios en él: quiere habitarlo todo. Su trascendencia, sin embargo, es la cara visible (acaso la única visible) de la evasión a tener que sobrevivir de forma pedestre, continua e invariablemente, una vida que ha de hacerse a cada momento, y rara vez redefinirse. Preguntarse algo, para Miller, sólo existe como posibilidad luego de haber podido comer. El pan, el hacerse de algo que comer, para Miller, constituía un asunto de capital importancia. Comer es la posibilidad de seguir vivo y seguir soñándose, pero a la vez es aquello que obstaculiza su libertad. La obra de Miller abreva en esta fatal clarividencia.

 

Vagar por las calles con el estómago vacío te coloca en el qui vive. Sabes por instinto donde girar, qué dirección seguir, qué buscar: nunca dejas de reconocer a un compañero de viaje. Cuando todo está perdido, el alma da un paso al frente…” (Plexus, 57)

 

 

Escribe Miller en Trópico de Cáncer: “Algunos de nosotros somos tan cobardes, que nunca podríais convertirnos en héroes, ni siquiera metiéndonos miedo. Quizá sepamos demasiado. Algunos de nosotros no vivimos en el momento presente; vivimos un poco adelantados o un poco atrasados”. (159)

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Henry Miller: "Cuando todo está perdido, el alma da un paso al frente"

Si bien el caso de Miller es el más paradigmático de esta nueva visión del pícaro, su voluntad creadora, su invariable solipsismo y aun su inagotable búsqueda de sentido en un mundo que lo ha perdido completamente, lo alejan, al igual que a Céline, en buena medida del biotipo picaresco. Lo que resta es lo caricaturesco, un realismo descabellada verosimilitud, lacerante, sin limite, sin ahogos, y una vida siempre al margen que va creando allí por donde vaya, al mundo a su alrededor.

 

Yo nunca he podido hacer un balance, crear equilibrio. Siempre he sido menos algo. Por lo tanto tengo un motivo para seguir adelante. Pongo toda mi vida en el balance, para que no produzca nada. Para llegar a la nada hay que trazar un número infinito de cifras. Así es exactamente: en la ecuación vital mi signo es el infinito. Para llegar a nada hay que atravesar todos los universos conocidos: hay que estar en todas partes, para no estar en ninguna. Para lograr el desorden debemos destruir todas las formas del orden. Para volverse loco es necesario poseer una tremenda acumulación de sensateces” (Primavera Negra, 80)

 

Trans-Atlántico es un poco de todo – adujo Witold Gombrowicz en 1957- : una sátira, una crítica, un tratado, un divertimento, un absurdo, un drama… pero nada en forma exclusiva, porque, en definitiva, no es otra cosa sino yo mismo, “mi vibración”, mi desahogo, mi existencia” Trans-atlántico, me digo, es sobre todo una sátira, pero en la medida en la que vamos acercándonos al viaje exterior e interior de Gombrowicz, Trans-Atlántico implica también el aturdimiento y la desazón, la miseria y el arrojo, el sinfín de comodines que hacen al ciudadano pedestre en su búsqueda siempre inexacta de un anclaje en una realidad que le es ajena. Gombrowicz es el gran exiliado, pero con el devenir del relato, el exilio no puede sino ser móvil. “Mi Caminar se transformó así en un paseo,” alude entre paréntesis en algún momento. En una recepción, Gombrowicz camina y Camina; en la calle, no hace más que caminar, perseguir, puntualizar, asombrarse en la burla y burlarse en el asombro de todo lo que se le cruza por delante; no deja de poner Mayúsculas y de sentir cada mayúscula como un disparo contra sí; todo le revela una mención, todo se le convierte en literatura y en caos. Gombrowicz avanza, como lo describiera Henry Miller, con la corriente y todo dándote vueltas en la cabeza  hacia el desarreglo y el aturdimiento: verse rodeado, consentido y extraviado, sintiéndose sonar por dentro y sonar hueco.

 

“Y entonces de risa en risa, riendo, Bum; riendo; bam, bum, Bumbameaban…” (Trans-Atlántico, 189)

 

Hueco, inconmoviblemente hueco, sin nada más que su intenso parlotear que va y viene, repica de calle en calle, traspasa cada alma y corre la tribulación de la indiferencia, la mesura de las buenas gentes, el Vacío, ya que Gombrowicz no tiene hambres humanas, sino intensamente abrasivas, demenciales, excesivas: “¡Ah, qué Vacío! Todo era tan Vacío como una Botella Vacía, como una Caña, como un Tonel, como un tronco Vacío. A pesar de que nuestro Martirio era terrible, era absolutamente Vacío, y el Miedo era Vacío y el Dolor, Vacío, y el Contable mismo era tan Vacío como un Recipiente Vacío. He aquí por qué nuestro Martirio no tenía fin; podíamos permanecer mil años allí sin conocer jamás ni el porqué ni el cómo. ¿Nunca lograría salir de aquel Ataúd Vacío? ¿Tendría que agonizar allí eternamente entre aquella gente hundida en un tiempo anterior al pasado, sin volver a salir al solecito, a la Libertad? ¿Tendría que ser siempre clandestina mi existencia?” (Trans-Atlántico, 166)

 

En Trans-Atlántico, Gombrowicz encarna a todos; es el dolor visceral de Céline y la desolada crudeza de Miller, y es, en todo caso, un lazo hacia un pasado fantasma.

La resistencia del pícaro fue, inobjetablemente, una fuerza del espíritu, una llama inextinguible que no deja de rehacerse en sus propias y efímeras cenizas. Esa llama actúa violentamente, sin mandato alguno, sin más que una incontinente entrega funcionando a una velocidad demoledora. El pícaro de Céline cruzó a pura soledad los barrios de New York, los mismos que Miller aborreció, amó y no pudo sino llevarlos bajo su piel en todos sus vagabundeos parisinos. Miller que sólo creyó con Nietzsche en un Dios que supiera cómo bailar, bailó con la muerte y venció. El fuerte hedor a sexo en la Crucifixión Rosada se debe al olor del nacimiento, sentenció alguna vez. Miller, como Gombrowicz en la cornisa del vacío en las últimas páginas de Trans-Atlántico, murió para renacer. Gombrowicz muere y renace en el Río de La Plata; Miller frente al Sena: lo que ambos corroboran es el curso de un río, el mismo río que observara Heráclito como un continuo devenir, su impasividad, su inabordable compresión. Las aguas no confluyen sino en el ser que se siente atravesado y conducido por ellas. Gombrowicz supera, como Miller con respecto a Norteamérica, su “polonidad”, pero esa superación le cuesta la vida; pero tan sólo una, una de las vidas que hacen a quien vaga y muere tantas veces como sean necesarias para volver nacer. Y en cada nacimiento un valor espera, un valor que avasalla y subvierte todo límite. En el prefacio a La Pornografía, Gombrowicz estima: “Creo que la fórmula “el hombre quiere ser Dios” explica bastante bien las nostalgias del existencialismo, de modo que yo le opongo otra fórmula, ferozmente inconmensurable: “el hombre quiere ser joven”.

 

 

 

 

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Gombrowicz: ¿tendría que ser siempre clandestina mi existencia?

Gombrowicz arribó a Buenos Aires un 21 de Agosto de 1939. Sólo tres años después, otro pícaro de apellido en ocasiones impronunciable, extranjero para sí y para los demás, exhausto de recorrer el mundo en el perímetro de una sola ciudad, de ser un sentido paria y un vagabundo incansable, moría de un ataque cardíaco.

 

En el pasaje final de su primera novela refiere:

 

-No, pero ahora estoy tranquilo. Iré por la vida como si fuera un muerto. Así veo la vida, como un gran desierto amarillo.

-¿No le preocupa su situación?

-¿Para qué? Es tan grande la vida. Hace un momento me pareció que lo que había hecho estaba previsto hace diez mil años; después creí que el mundo se abría en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos tan desdichados.

(…) – Yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah!, y no pierda su alegría; su alegría es muy linda…

Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla… y salí.

 

Ese hombre, de fantasmal parentesco con Gombrowicz, fue Roberto Arlt.

 

 

 

M.A

 

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One Response to “Corazones Clandestinos”

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