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Conatus y juventud en Dos Passos: el idealismo en el confín de la literatura maldita marzo 5, 2009

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Las enseñanzas de Spinoza: esa testaruda idea de ser uno mismo

 

 

 

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John Dos Passos

 

Baruch de Spinoza, en su renombrada Ética (acaso uno de los 4 o 5 libros de genuina filosofía que hayan existido), da forma a un concepto central, que anima todo el desarrollo “geométrico” de su teoría. Ese concepto es el conatus, definido en la proposición VI de la parte tercera del libro en los siguientes términos: “Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”. Esta clásica definición ha recibido (quizás justamente por ser clásica) interpretaciones de lo más diversas, pero más allá de ellas, es innegable que en el “esfuerzo” de la cosa que Spinoza describe hay una dimensión psicológica que se efectiviza en el hombre, pese a que el conatus sea extensible a la naturaleza toda en la compleja propuesta spinoziana. Pensado así la piedra, de poder pensar o sentir, desearía ser piedra, lo mismo que el ornitorrinco, el relámpago o las tacitas chinas de té. Lo mismo que el hombre…

 

Pero el hombre, el hombre…¿el hombre simplemente desea perseverar en su ser de hombre? ¿Allí se agota su deseo o más bien elucubra dentro de su ser-hombre otro(s) modelo(s) de hombre(s)? En el primer caso se trataría de una mera declaración contra el suicidio, en el segundo entraría en cuestión la ética (y la estética y la epistemología y así). Propongo la segunda lectura, aquella que apunta a la perseverancia con la que el hombre asume no el mero deseo de vivir sino el de vivir de determinada manera, con determinados valores, en determinados colores.

 

Pero Spinoza añade en la proposición siguiente: “El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma”. Lo que hace Spinoza es una revolución en la ontología occidental al identificar la potencia (el conatus) con la esencia de una cosa. De acuerdo a la lectura propuesta, el modelo seguido por cada hombre, ese testarudo deseo de ser uno mismo, no sería ya un plan o proyecto y mucho menos una simple perspectiva sino que se trataría de la esencia misma del hombre, aquello que lo define y sustenta como hombre mismo, justamente aquello que lo distingue de la piedra o el relámpago. El hombre quiere ser hombre, pero para eso hace falta algo más que respirar todos los días, trabajar unas cuantas horas al día y cortarse las uñas del pie una vez cada quince días. El hombre quiere ser hombre, y en ese querer (taciturno, inquieto, letal algunas veces, imperceptible otras) consiste su propio ser. La esencia misma del hombre es su potencia, su conatus, su deseo.

 

John Dos Passos, acaso el escritor más renombrado y menos leído de la “generación maldita”, escribió un libro que no figura entre sus obras más populares así como tampoco entre las más vanguardistas o lúcidas. En efecto, Aventuras de un hombre joven no tiene el relieve literario de Manhattan Transfer, el sesgo osado de El Paralelo 42 o la profusión narrativa de 1919. Se trata apenas de una obra corriente para el nivel de autor que hablamos, una novela de iniciación que se ubica en la línea de Wilheim Meister de Goethe, La educación sentimental, Del tiempo y del río de Thomas Wolfe o El guardián en el centeno. Una novela que retrata el penoso asunto de crecer con menos brillantez por cierto que cualquiera de las nombradas.

No obstante lo dicho, Aventuras de un hombre joven muestra con una idílica crudeza la concreción de las sentencias spinozianas referidas más arriba. Muestra la trayectoria desangelada de la independencia mental y económica, la ardorosa lucha del hombre moderno por ser ese uno-mismo que proyectó en el límite del idealismo, dos pasos antes de que el idealismo se perdiera de espaldas en el precipicio a manos del nihilismo o la abnegación. Glenn, el protagonista de la novela, es el hombre (norteamericano si se quiere) del siglo XX, el de las guerras mundiales y el de la guerra congelada. La pátina política, capital en la novela de Dos Passos, actúa en este caso como símbolo de un tiempo: el altruismo, la estupidez, la libertad, la verdadera libertad, el autoritarismo, la traición, el amor; todos los componentes de la política (y de la vida, supongo) están conjugados en esa tentativa desesperada por perseverar en el ser.

 

 

De itinerarios y maldiciones

 

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La novela de Dos Passos puede ordenarse en un itinerario muy marcado y sugerente. La adolescencia marcada por la figura paterna y un simbolismo lúdico que lo lleva al pequeño Glenn a formar parte de los “rojos” en las contiendas escolares; la despedida abrupta del hogar y el correspondiente bautismo como ciudadano del mundo; los viajes más bien sin dirección por el país; los trabajos mal pagos en los cuales el joven se acerca a la clase trabajadora; la adhesión al Partido; la decepción por el autoritarismo del Partido; la expulsión del Partido, el combate en la Guerra Civil española, la muerte. Hasta aquí el itinerario: no tiene por cierto nada de sublime; es más: podría ser aplicado seguramente a unas cuantas novelas del siglo XX modificando algún que otro detalle.

 

Lo que empieza a pesar en el camino son las maldiciones.

 

Vamos por partes: Aventuras de un hombre joven no es, en su prosa, una novela corrosiva o particularmente irónica. Por el contrario, su estilo es lozano, franco, agradable. El malditismo (auténtico, soberbio malditismo) emerge de la carne de la novela, de los sucesos que narra. El mundo entero está maldito pese a su apariencia liberadora, enorme, abismal. El mundo es un tablero abierto pero aún así los casilleros se hacen notar.

 

“Dormía sobre la alfalfa en un gran desván donde habían hecho su nido algunos vencejos (…) el cuerpo le dolía por todas partes pero tenía las carnes duras  y la tez bronceada y se sentía cansado y feliz (…) Buenos, esto sí que era una experiencia. Un viaje sobre el que podría escribirle a Paul largo y tendido ¡Cómo no!”

 

He allí la prosa de la aventura, tan ingenua, tan fresca y fervorosa. Tan joven. He allí la prosa que podría encontrarse – con mayor o menor brillo – en una ristra interminable de novelas metropolitanas emplazadas en el siglo XX. La pasión por el riesgo camina en puntas de pie sobre las palabras.

 

“Papá prosiguió: para él sería un gran alivio saber que Glenn había calzado en un buen empleo porque así como iban las cosas podía suceder, aunque no podía asegurarlo, que tuviera el privilegio de ser enviado a Ginebra como representante de varias entidades pacifistas americanas.

Pero, papá, sólo la clase obrera revolucionaria con la clase obrera de Rusia a la vanguardia puede lograr la verdadera paz mundial”.

 

He allí la prosa de la convicción idealista, de la juventud hecha carne y letra, de cierta inocencia perdida. He allí la prosa de la juventud vuelta actriz política del siglo inolvidable. He allí el renombrado asesinato al padre, el reproche elevado a eslogan radical, el homicidio del conformismo y la falsa calma a manos de un sueño real dirigido por hombres reales.

 

“ Me echaron del partido, ¿sabes? – dijo Glenn, tratando de no dar importancia a las palabras.

_ ¡No me digas! … y yo que te creía el más leal de sus afiliados.

_ No podía tragar las directivas partidarias

_ ¿Y ahora qué haces?

_ Dirijo un pasquín en pro de la unidad obrera…y estoy haciendo una campaña para sacar de la cárcel a unos tipos que todos los demás han olvidado. Para el Partido soy lo que llaman un carnero.”

 

 

He allí la prosa de la desilusión, la prosa ácida del dolor esencial, la escritura de la libertad y la confusión. Las aventuras del joven se interrumpen estratégicamente allí; lo que sobreviene son los retazos de un convencimiento que, salido de canal, persiste sobre las grietas de los sistemas que se superponen para quedar a mano con su tierna alma. La Guerra Civil Española, la acusación de “espía trozkista-bukharinista”, la muerte traicionera. Pero esos retazos son el conatus, la persistencia en el ser, en ese ser que había proyectado – con más fervor que minuciosidad – como suyo. Aún frente a la muerte (rastrera, obtusa muerte), la potencia como esencia, todo aquello que se puede ser (y hacer, sobre todo hacer) con aquello que se es, con aquello que se quiso ser. Se podría objetar: ¿no hubo en medio del itinerario de Glenn un relajamiento de su perseverancia?. Más general y despiadadamente: ¿No existe siempre un relajamiento de las convicciones y los sueños de los hombres en el itinerario en que se despliega su ser?. Spinoza también tiene al respecto algo que decir: “El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no implica tiempo alguno finito, sino indefinido”.

 

La perseverancia sin final, o mejor dicho con un único y exclusivo final: la destrucción de la cosa; en el caso del hombre: la muerte. Desde el nacimiento hasta la muerte no existen ripios de la perseverancia para Spinoza, y esto no significa, reaccionarios del mundo, que esa perseverancia permanezca idéntica a sí misma, monolítica, estática. La perseverancia, pese a seguir siendo una y la misma, va tomando lo que nosotros calificaríamos desde nuestro sistema epistemológico (y ético) como “cambios”. La perseverancia, como puede fácilmente inferirse, actúa en otro plano, a otro nivel de profundidad del ser. Tal vez allí resida una de las condenas más terroríficas del hombre: se puede pasar de gerente de finanzas a reparador de ventiladores; se puede cambiar de comunista a progresista neoliberal, es dable incluso transformarse en un cerdo rapaz luego de haber sido un mancebo solidario. Pero hay algo, un algo, que siempre ladrará intestinamente, un algo que no se mueve o que únicamente lo hace para deshacerse de nuestras torpes y paródicas tentativas de someterlo o manipularlo.

 

 

 

“…que se consume lo mejor que tenés”

 

Spinoza, además de definir la esencia del hombre en forma tan indeterminada, procuró encontrar una manera de explicar las relaciones con los otros y con lo otro. Para esto parte de la alegría y de la tristeza, las dos pasiones básicas a las que se reducen todas las demás. En este sentido, dice Gilles Deleuze en uno de sus recordados cursos sobre la filosofía de Spinoza: “La cosa que me entristece es la cosa de la que las relaciones no convienen con las mías”. En el universo spinoziano todo son encuentros, de los hombres con las cosas y de los hombres entre ellos mismos. Vivimos encontrándonos con cosas y hombres que aumentan o disminuyen nuestra potencia de actuar, es decir, nuestra propia esencia. Esos hombres no son buenos ni malo, no al menos en el sistema ético de Spinoza, que se aleja de cualquier moral basada en el juicio; la bondad o maldad será relativa a los efectos y afectos que despierten en nosotros.

Las cosas que nos entristezcan, en consecuencia, serán aquellas que nos debilitan, aquellas que disminuyen nuestro conatus, aquel transformador del que hablaba la inmortal canción de García, aquel “…que se consume lo mejor que tenés”. Las personas que nos entristezcan, lo mismo.

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¿No habrá sido esa la desdicha de Glenn? ¿No habrá sido esa también su máxima virtud o al menos la prueba de su conatus ante la existencia empírica? ¿No será esa la desdicha y la virtud de todos los hombres de nuestra abismal e irrepetible época? Vivimos en un mundo que nos obliga a chocar todo el tiempo contra personas y cosas que sí son buenas o malas, pero desde mi perspectiva, delineada por el conatus. Concluyo con Deleuze, en su libro Spinoza: Filosofía Práctica: “… se llamará bueno (o libre o razonable o fuerte) a quien, en lo que esté en su mano, se esfuerce en organizar los encuentros, unirse a lo que conviene a su naturaleza, componer su relación con relaciones combinables y, de este modo, aumentar su potencia (…) se llamará malo, o esclavo, débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia”.

 

Sí, ya lo sé: todos somos buenos. Y malos.

 

 

 

 

Mome  

 

 

 

 

  

 

 

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