La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Correspondencia Rimbaudiana I marzo 27, 2009

Archivado en: literatura francesa,Tentativas Rimbaud — laperiodicarevisiondominical @ 11:28 am
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Estimado M-,

 

                                                                                                                                                                rimbaud1 

He caído en la cuenta de que el tema que nos ocupa corre con tantas tribulaciones prematuras y empieza a desgajarse tanto que posiblemente acabemos ambos compareciendo ante ese lugar común de que sobre Rimbaud está todo dicho. De esta manera, aunque parezca no haber confrontación posible, me conmueve saber que el dictamen revela un secreto, que no es que se haya dicho todo por las innumerables biografías, estudios críticos y cuanta reseña pueda uno encontrar; más bien, todo está dicho ya que a Rimbaud, como a ningún otro gran poeta, le correspondió un crimen donde todas las huellas fueran borradas, o sea, un crimen perfecto. El resultado de ese crimen son los 150 años subsiguientes de literatura rimbaudiana, ya que todo lo que ocurrió luego de Rimbaud no pudo sino reclamarlo, consciente o inconscientemente. Éste es uno de los muchos significados del ser voyant, superar el tiempo, escribir para el futuro y dejar tan solo pastizales chamuscados a su alrededor. ¡Pastizales chamuscados! Alguien[1] habló ya de icarismo en torno a Rimbaud, de Rimbaud dándose en cuerpo y alma para destruir y reconstruir la historia de la poesía. Por eso me impondré salvaguardar esta vena en nuestro perfil.

Pero más que todo me urge una reciente revelación. Mientras nos sobreponemos al ya está todo dicho, le conmino a evaluar si, en realidad, algo pudo haber sido dicho sobre Rimbaud alguna vez. Me urge, le digo, pues no hay tal cosa como escribir sobre Rimbaud; es casi blasfemo, un completo fiasco. Es prácticamente intolerable. Me digo, para decir algo sobre Une Saison en Enfer es necesario escribir otro Saison en Enfer; es casi lo único de lo que estoy seguro. Y consecuentemente, tengamos presente en nuestro perfil que no hay forma de conocer y explicar a Rimbaud, que Rimbaud precisa hambres, más que  voluntades epistemológicas a su alrededor. Hambres.

Se lo dejo claro: Leer a Rimbaud es tener hambre de él; y entenderlo es presentir que vamos a ser devorados. Ése es el mecanismo, una suerte de literaturofagia. Rimbaud, querámoslo o no, trazó al escribir una zanja a su alrededor y para saltar esa zanja hace falta rimbaudizarse.

El rimbaudicidio es, como cualquier otro tipo de hambre, un principio de expulsión. Rimbaud está al rojo vivo todo el tiempo y una vez quemadas las naves, una vez sueltas las amarras, algo empieza a apartarnos. Y a eso nos damos, hacia donde ya no es, hacia donde todo empieza, hacia donde la vida, como Rimbaud mismo lo predijera, es ya otra cosa.

El hambre, en Rimbaud, dispone la suerte, estira el camino, traspone los horizontes a la punta de tus zapatos. No obstante, Rimbaud no fue un poeta del hambre, fue un poeta hambriento. No pudo sumarse a un “elenco de desgraciados”; la desgracia fue su Musa y su correa al cuello. La desgracia, el dolor y la conmoción de saber demasiado, pero en particular, el hambre: principio de expulsión,  

 

En el bosque, hay un pájaro, su canto os detiene y os hace sonrojar.
     Hay un reloj que no suena.
     Hay un hoyo con un nido de bestias blancas.
     Hay una catedral que baja y un lago que sube.
     Hay un cochecito abandonado en un monte, o que baja el sendero, corriendo, adornado con cintas.
     Hay un elenco de pequeños comediantes disfrazados, sobre la ruta que atraviesa las lindes del bosque.
     Hay, finalmente, cuando tenemos hambre y sed, alguien que nos echa.

 

 

o principio de invisibilidad,

 

“Debilidad o fuerza: aquí, la fuerza. No sabes donde vas ni por qué vas; entra en todos lados, responde a todo. No te matarán si ya eras un cadáver.” En la mañana, tenía la mirada tan perdida y una fortaleza tan difunta, que aquellos a quienes encontré, tal vez no me vieron.

 

 

Le pregunto, esta inmanente expulsión, esta invisibilidad irreprimible, ¿no son las características que hacen a un auténtico lector de Rimbaud? Al expulsado y al desapercibido, y al que, de una forma u otra, busca aislarse y ser encontrado a la vez. ¡Al invisible!  Rimbaud supone estas claves para su lectura,

y dentro de su obra hay ya un lector a punto de despertar que ha de componer claves también para su propia expulsión. ¿No ha visto alguna vez a lectores que, en un bar, para levantarse e ir al baño precisan primero cubrir la portada del libro que están leyendo? ¿No son ésos los acechadores de una Navidad sobre la Tierra[2] secreta y crepuscular? Me pregunto cuánto pudo pensar Rimbaud en su “libro negro” (así lo llamaba) que forjó un recorrido de ineludible riesgo amparado en un único y absoluto decir.  Hambres que precisan peligrosidad, ardientemente secretas, compulsivamente anónimas.

Resuena en mis oídos como una música desangelada, aquella visión kafkiana, donde el desapercibimiento tolera una disculpa. 

 

Mas para tales casos tenía el empresario un castigo que le gustaría emplear. Disculpaba al ayunador ante el público congregado, añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador.

 

 

Amigo A-, he leído con vivo interés su pedido y me entrego por completo a la tarea de delinear un perfil de nuestro poeta. Le pido, si comparece, que otorguemos el valor de una súplica al sobre Rimbaud ya todo está dicho y bailemos sobre el rumio del catedrático y la sensatez alérgica del estudioso. Los que nunca pierden una sola arruga de la camisa por leer dos, tres, cuatro versos de Le Bateau Ivre.

Hoy fue un día ajetreado y esta página tiene demasiados borrones. La doblo en cuatro, seis, ocho partes y se la envío. Ahí va.

 

Le saluda,

 

                                                                                                        A-.

 

 

[1] Julio Cortázar, Rimbaud, 1941.

[2] Rimbaud, Une Saison en enfer, L’impossible


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