La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac: “Beatifico: Orígenes de la Generación Beat” (1959) mayo 4, 2009

 

 

N. del T: El siguiente texto apareció por primera vez en la revista Playboy en 1959. Luego fue recogido en The Portable Jack Kerouac, editado por Penguin Books. Sería una de las últimas defensas escritas que Jack Kerouac haría sobre los siempre cuestionables malentendidos que se tejían en torno a la Generación Beat desde los medios de comunicación.

Título original: Beatific: The origins of the Beat Generation.

Traducción: Martín Abadía

 

 

                                                                                                                                                                06__jack_kerouac 

Este artículo hablará sobre mí, necesariamente. De modo que arremeto.

Esa foto mía, con cara de loco, en la portada de On The Road resulta del hecho de que recién había bajado de una alta montaña, donde estuve completamente solo durante dos meses; usualmente tienes el hábito de peinarte, claro, para conseguir que alguien te levante en la carretera y para que las chicas se fijen en ti en tanto hombre y no bestia salvaje, como mi amigo poeta Gregory Corso que se desabotona la camisa y muestra el crucifijo de plata que lleva al cuello y dice, “Llévalo y llévalo por fuera de la camisa, ¡no hace falta peinarse!”; de modo que pasé varios días dando vueltas por San Francisco con él y otra gente, yendo a fiestas, reuniones, sesiones de jazz, bares, lecturas de poesía, iglesias, caminamos hablando sobre poesía en las calles, hablando de Dios (en algún momento una pandilla de vándalos nos enfrento y uno dijo, “¿Qué derecho tiene a llevar eso?, y mi propia pandilla de músicos y poetas calmó un poco la situación), y finalmente, al tercer día, la revista Mademoiselle quiso tomar fotos de todos nosotros, así que yo posé tal cual salgo allí, con el pelo revuelto, el crucifijo y todo eso, con Gregory Corso, Allen Ginsberg y Phil Walhen, y la única publicación que, más tarde, no borró el crucifijo de la foto (yo, con una camisa de algodón escocesa sin mangas) fue New York Times, ya que New York Times es tan beat como yo, y me alegra encontrar amigos así. Lo digo sinceramente, Dios bendiga a New York Times por no borrar el crucifijo en la foto, como si se tratara de algo desagradable. De hecho, quienes realmente son beats aquí, beat en el sentido de “abatido” son aquellos que borraron el crucifijo, y no New York Times y Gregory Corso, el poeta, y yo. No me avergüenza llevar puesto el crucifijo de mi Señor. Lo llevo porque precisamente soy beat, porque creo en la beatitud de Dios y en que Dios ama tanto al mundo como para confiarle a su primogénito. Estoy seguro de que ningún párroco habría de condenarme por llevar un crucifijo por fuera de la camisa y que no importa dónde salgo con él, incluso en una foto tomada para Mademoiselle. Así que Ustedes no creen en Dios, ustedes grandes sabelotodos Marxistas y Freudianos, ¿eh? ¿Por qué no vuelven en un millón de años y me lo cuentan todo, ángeles?

Hace muy poco Ben Hecht me preguntó en televisión “¿Por qué tienes miedo de decir lo que tienes dentro? ¿Qué va mal en este país? ¿De qué están todos asustados?” ¿Se estaba dirigiendo a mí? Todo lo que quería era que hablara en contra de la gente, como desdeñosamente llevó a Dulles, a Eisenhower, al Papa, a todo tipo de personas a las que tratar con cierta burla junto a Drew Pearson y así hablar en contra del mundo, ésa es su idea de la libertad, a eso llama libertad. Dios, quién sabe, pero el universo, el auténtico vasto mar de compasión, la genuina miel sagrada, no está detrás de todo este espectáculo de crueldad y personalidades. De hecho, ¡quién sabe si no es la soledad de la unicidad de lo increado, la esencia increada de todo, la verdad pura y permanente, ese gran potencial vacío que puede iluminar todo lo quiera desde su puro ser, esa llameante alegría, ¡Mattivajrakaruma, Trascendental Diamante de la Compasión! No, yo quiero pronunciarme por las cosas, por el crucifijo, por la Estrella de Israel, por el hombre más divino que haya existido que fue alemán (Bach), por el dulce Mahoma, por Buda, por Lao-tse y Chiang-tse, por D.T. Suzuki… ¿Por qué atacar lo que amo más allá de la vida? De esto se trata ser beat. ¿Vivir la vida? Nah, amar la vida. Cuando lleguen y te lapiden, no tendrás un casa de cristal, sólo tu carne cristalina.

Esa foto salvaje y codiciosa que me sacaron para la portada de On The Road, en la que luzco tan Beat, se remonta a mucho más atrás que 1948, cuando John Clellon Holmes (autor de Go y The Horn) y yo nos sentábamos a pensar la significación de la Generación Perdida y el subsiguiente Existencialismo, y dije, “Sabes, ésta, realmente, es la Generación Beat,” y él saltó y dijo, “Cierto, ¡tienes razón!” Nos remonta a 1880s, cuando mi abuelo Jean-Baptiste Kerouac solía salir al porche en medio de una tormenta eléctrica, con una lámpara de kerosén en la mano y gritaba, “¡Vamos! ¡Adelante! ¡Si eres más poderosa que yo, derríbame y apaga la luz!” mientras su mujer y sus hijos temblaban en la cocina. Y la luz nunca se apagó. Quizás, dado que soy el vocero de la Generación Beat (soy quien originó el término alrededor del cual la generación cobró forma), debería apuntar que las agallas beats me vienen de mis ancestros, que eran Bretones, el grupo noble más independiente de toda Europa, que lucharon contra los Franceses Latinos hasta el último momento (pese a lo que me dijo un gran contramaestre rubio de un barco mercante una vez, cuando le dije que mis antepasados eran Bretones, en Cornwall, Brittany; bufó “¡Nosotros, los vikingos, solíamos salir de ronda y robar vuestra redes!”) Bretón, Vikingo, Irlandés, Indio, loco, no hay diferencia, ni hay duda de que la Generación Beat, al menos su núcleo, se trata de un grupo de nuevos Americanos tratando de pasarla bien… ¿Irresponsabilidad? ¿Quién no habría de ayudar a un hombre que agoniza en una carretera desolada? La Generación Beat no retrotrae aún a las salvajes fiestas que mi padre celebraba en casa en los 20s y los 30s en New England, que eran tan fantásticamente ruidosas que nadie podía dormir en todo el vecindario y cuando burroughskerouacllegaba la policía, todos tenían un trago en la mano. Nos retrotrae a la arrebatada y febril infancia de jugar a las sombras bajo los árboles azotados por el viento en el alegre otoño de New England y escuchar los aullidos del Hombre Lunar, parado en la orilla, hasta que podíamos atraparlo en el árbol (era el “mayor”, de unos 15 años), la risa maniática de ciertos locos del barrio, el humor furioso de todas las pandillas cuando jugaban al baloncesto hasta el atardecer en el parque; nos remonta a aquellos locos días antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando los adolescentes bebían cerveza los viernes por la noche en los salones de Lake y se recuperaban de la resaca el sábado por la tarde jugando al baloncesto y luego, un chapuzón en el arroyo — y nuestros padres llevaban sombreros de paja como W.C. Fields. Nos remonta al parloteo sin sentido de los Tres Chiflados, a las locuras de los Hermanos Marx (también a la ternura del Ángel Harpo con su armónica). Nos remonta a las cancioncillas de las viejas caricaturas (Krazy Kat y su ladrillo irracional)—a Laurel and Hardy en la Legión Extranjera— al Conde Drácula sonriente y al Conde Drácula temblando y silbando detrás de la Cruz— al Golem horrorizando a los perseguidores del Ghetto— a la tranquila sapiencia de una película sobre la India, sin apego al argumento— al sonriente Chino Tao bajando al trote por la calle de la vieja Shangai de Clark Gable— al Árabe sagrado, alertando sobre la proximidad del Ramadán. Al Hombre Lobo de Londres, distinguido doctor de chaqueta de terciopelo, fumando su pipa a la luz de una lámpara, leyendo tomos de botánica y de pronto empieza a crecerle pelo en las manos, su gato ríe socarronamente y arremete en la noche con una capa rasgada, como las capas de las personas que pedían comida— a Lamont Cranston, tan frío y seguro, de pronto deviniendo una Sombra desesperada que aúlla mwee hee hee ha ha en los callejones de la imaginación de New York. A Popeye El Marino y la Bruja del Mar y las resbaladizas bordas de los barcos, a Captain Easy y Wash Tubbs gritando excitados sobre latas de duraznos en almíbar en la isla de los caníbales, a Wimpy buscando una jugosa hamburguesa con sus rayos X, de ésas que ya no se hacen más. A Jiggs, traspasando casas completamente amuebladas al volar por el aire, Jiggs y los chicos en el bar y los bifes con maíz y la col de las cercas al atardecer— a King Kong, mirando por la ventana del hotel con un enorme y tierno amor por Fay Wray— y a Bruce Cabot, con la gorra del capitán, al frente del barco de vapor gritando “Suban a bordo.” Nos remonta a cuando le lanzaban uvas  a los crooners y a los vendimiadores en los bares que sopapeaban en la cadera a las reinas de burlesque. A cuando los padres llevaban a sus hijos a los juegos de la Liga Twi. A los días de Babe Callahan en los muelles y Dick Barthelmess acampando bajo un farol en Londres. Al viejo Basil Rathbone buscando al Perro de los Baskervilles (un perro tan grande como el Lobo Gris que destruiría a Odin) — al viejo y somnoliento Doctor Watson, con un coñac en la mano. A Joan Crawford y sus piernas ásperas en la niebla, su blusa a rayas, fumando un cigarrillo con los labios apretados en el extremo del muelle. Al silbido de los trenes a carbón pasando entre los pinos bajo la luna. A Maw y Paw alborotando a toda California para conseguir un trabajo, vendiendo autos usados y haciendo un montón de dinero. Al regocijo de América, la honestidad de América, la honestidad de los trabajadores de los viejos tiempos, con sombreros de paja y la honestidad de quienes esperaban en fila en el Puente de Brooklyn, el gracioso rencor de viejos americanos como Big Boy Wlliams al decir “Hoo? Hee? Huh?” en una película sobre Mack Trucks y las puertas giratorias del comedor. A Clark Gable, su especial sonrisa, su aferrada lascivia. Al igual que mi abuelo, esta América fue construida por individuos salvajes que creían en sí mismos y empezó a desaparecer en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tantos tipos enormes que han muerto (puedo recordar una media docena en mi propia infancia) y hoy vuelve resurgir prontamente, en los hipsters que se desplazan de un lado al otro diciendo “Crazy, man.”

Cuando vi por primera vez hipsters, arrastrándose por Times Square fue en 1944, tampoco me gustaron. Uno de ellos, Huncke, de Chicago, vino hasta mí y me dijo “Hombre, estoy abatido.” Y supe enseguida a lo que estaba refiriéndose. Por entonces todavía no me gustaba el bop, que llegó a mí luego por Bird Parker, Dizzy Gillespie y Bags Jackson; me inicié recién entonces, luego de que Don Byas, el último gran músico, se fuese a España… Antes yo solía ir en busca de Jazz en el viejo Minton’s Playhouse (Lester Young, Ben Webters, Joel Guy, Charlie Christian y otros) y cuando oí a Bird y a Dizzy y a los Three Deuces por primera vez, supe que eran músicos serios tocando un tonto sonido nuevo y no me importó qué fue lo que pensé, o lo que pensada mi amigo Seymour. De hecho estaba ya aprendiendo tan solo estando en el bar con una cerveza, cuando Dizzy se acercó para pedir un vaso de agua, se puso justo delante de mí y tomó su vaso con las dos manos, rodeando mi cabeza y bailó un poco, como si pensara que algún día yo iría a cantar algo sobre él, o que alguno de sus arreglos serían nombrados con una palabra que yo inventara por una tonta circunstancia. Por entonces, Charlie Parker ya estaba expresándose en Harlem, como el gran nuevo músico luego de Chu Berry y Louis Armstrong.

De todas formas, los hipsters, cuya música era el bop, por más que se veían como criminales, hablaban de las mismas cosas que a mí me gustaban, largas divagaciones de visiones y experiencias personales, confesiones nocturnas llenas de esperanza que la Guerra había reprimido y vuelto ilícitas, conmociones, ecos de un alma nueva (la vieja alma humana). Así se nos apareció Huncke al decir “estoy abatido,” [“I’m beat”] con una luz radiante escapándose de sus ojos evanescentes… una palabra quizás salida de algún copia-de-neil_cassadycarnaval del medioeste o de una piojosa cafetería. Un nuevo lenguaje que, en realidad, era la jerga esgrimida por los Negros, pero podías aprenderla rápidamente, cosas como “Hung-up,” por ejemplo, [“colgado”], una expresión tan económica y tan útil para tantas cosas. Algunos de estos hipsters estaban volviéndose locos y hablaban continuamente. Era el Jazz. Era el Jazz moderno de Symphony Sid y el bop siempre presente. Hacia 1948 empezó a cobrar forma. Ése fue un año vibrante y salvaje, año en el que muchos de nosotros caminábamos las calles y saludábamos a todo el mundo y nos deteníamos a charlar con cualquiera que nos mirase amigablemente. Los hipsters sabían mirar. Fue el año en que vi a Montgomery Clift, sin afeitar, vistiendo una chaqueta andrajosa, arrastrando los pies por la Avenida Madison con una acompañante; el año en que vi a Bird Parker paseando por la Octava Avenida con un suéter negro de cuello de tortuga junto a Babs Gonzales y una chica preciosa.

Hacia 1948, los hipsters, o beatsters, se dividieron en “calientes y “fríos”. Muchos de los malentendidos en torno a los hipsters y a la Generación Beat derivan del hecho de que hay dos estilos diferentes: los “fríos,” de barba e inteligencia lacónica, o de pelo largo, que luego de tomarse una cerveza en un antro beatnick, hablan en voz baja y poco amistosa, y cuyas mujeres no dicen nada y visten de negro; y los “calientes,” de mirada alocada y brillante, conversadores (a menudo inocentes y de gran corazón), locos que van de bar en bar, de cama en cama, buscando a todo el mundo, gritones, inagotables, borrachos, tratando de “hacérselo” [“make it”] entre los beatniks subterráneos que los ignoran. La mayoría de los artistas de la Generación Beat pertenecen a la escuela de los “calientes,” ya que la difícil llama precisó un poco de calor. En muchos casos, la mixtura es de un 50 y 50. Así fue que un hipster caliente como yo se vio finalmente conmovido por la meditación budista, más allá de que cuando voy a ver Jazz aún siento ganas de gritarle a los músicos “¡Sopla, sopla!”. Hacia 1948 los hipsters “calientes” corrían en autos como en On The Road, buscando jazz salvaje y vociferante, como el de Willis Jackson o el del primer Lucky Thompson o la gran banda de Chubby Jackson, mientras que los hipsters “fríos” se quedaban helados, en un silencio de muerte, viendo a músicos formales, de excelencia, como Lennie Tristano o Miles Davis. En realidad se trata de lo mismo, excepto por el hecho de que ya ha cobrado proporciones nacionales y el rótulo “beat” acabó atascándose (y todos los hipsters odian ese rótulo).

Originalmente, la palabra “beat” significaba pobre, derrotado y al margen, abatido a muerte, en la calle, triste, durmiendo en el subterráneo. Ahora que está volviéndose de dominio general, se extiende para incluir a gente que no duerme en los subterráneos, sino que tiene cierto gesto, o actitud. “Generación Beat” se ha vuelto un slogan o una etiqueta para describir formalmente una revolución en América. Marlon Brando no fue el primero en llevarla a la pantalla. Los primeros fueron Dane Clark, con su ceñido rostro dostoievskiano y su acento de Brooklyn, y por supuesto, Garfield. Los ojos de los sabuesos eran Beat. Bogart. Lorre, que lo hizo renacer con su encorvada forma de caminar.

Escribí On The Road en un rollo de cien pies, en tres semanas, en el hermoso mes de Abril de 1951, mientras estaba viviendo en Chelsea, la parte baja de lado Este de Manhattan, allí puse palabras a la Generación Beat, diciendo al pie de la letra qué papel jugaba yo en las salvajes fiestas universitarias en cuartuchos atiborrados de jóvenes. “Estos chicos son geniales, pero ¿dónde están Dean Moriarty y Carlo Marx? Oh, bueno, creo que no podrían pertenecer a esta pandilla, son demasiado oscuros, nyc25505kkkdemasiado extraños, demasiado subterráneos, y lentamente empiezo a unirme a un nuevo tipo de generación beat.” El manuscrito de Road fue juzgado negativamente dado su poco potencial de venta, pero mi editor en aquel momento, un hombre muy inteligente, me dijo, “Jack, esto parece salido de Dostoievsky, ¿pero qué podría hacer yo con él en esta época?” Aún era muy pronto. De modo que en los seis años que siguieron fui vagabundo, guardafrenos, hombre de mar, mendigo, pseudo-indio en México, todas y cada una de las cosas que se te ocurran, y seguí escribiendo ya que mi héroe era Goethe y yo creía que en el arte y anhelaba escribir algún día la tercera parte de Fausto, lo cual hice luego en Doctor Sax [Nota: el título completo de Doctor Sax es Doctor Sax – Faust Part Three-] Luego, en 1952, la revista dominical de New York Times publicó un artículo cuyo titular era “ “Esta es la Generation Beat” ” (así, entre comillas) y el artículo anunciaba que yo había pronunciado el término por primera vez y que lo usaba “cada vez que un rostro era difícil de reconocer,” el rostro de la generación. Después hubo cierta discusión en torno a la Generación Beat, pero el término no empezó a pasar de boca en boca hasta 1955, cuando publiqué un extracto de On The Road (mezclado con partes de Visions of Neal) bajo el seudónimo de “Jean-Louis,” cuyo titulo era Jazz de la Generación Beat y se anunciaba como una parte de una novela in progress intitulada Beat Generation (título que luego cambié por On The Road dada la insistencia de mi editor). El término y los gatos [Nota: cats, apócope de hepcats, o sea, devotos del jazz]. Por todos lados empezaron a aparecer extraños hepcats mezclándose entre algunos universitarios y todos comenzaban a usar los términos que yo había oído en Times Square a principios de los Cuarentas; algo estaba formándose. Pero cuando los editores finalmente se atrevieron a publicar On The Road, en 1957, todo empezó a abrirse de golpe y a multiplicarse; todos clamaban por la Generación Beat. Me han entrevistado por todos lados, preguntándome por el “significado” de algo así. La gente empezó a autodenominarse beatniks, beats, jazzniks, bopniks, bugniks; y a mí finalmente se me nombró el “avatar” de todo esto.

Pero aún era católico, y no fue por insistencia de ninguno de estos “niks”, ni ciertamente tampoco por su aprobación, que fui una tarde a la iglesia de mi infancia (a una de ellas), Ste. Jeanne d’Arc, en Lowell, Mass., y de pronto, con lágrimas en los ojos, tuve una visión sobre lo que realmente había querido decir con “Beat” cuando, en el silencio sagrado de la iglesia (era el único que estaba allí, a las 5 de la tarde, con los perros que ladraban afuera, los gritos de los niños, las hojas caídas, las velas parpadeando sólo para mí), vi al mundo Beat refiriéndose a la beatificación… Y el párroco predicaba el domingo en la mañana, cuando de pronto, por la puerta lateral de la iglesia, entra un grupo de personajes de la Generación Beat, envueltos en sus abrigos, como agentes de la I.R.A, acercándose en silencio para comprender la religión… Entonces lo supe.

 

Pero esto fue en 1954; de modo que imagínense el horror que sentí en 1957, y más tarde, en 1958 cuando de repente vi que el Beat era asumido por todos, la prensa, la TV y el pastoso circuito de Hollywood para justificar los estallidos de “delincuencia juvenil” y ciertas olas de terror en clubes de New York y L.A, diciendo que eso era Beat, que eso era beatífico… montones de tontos marchando contra los Giants de San Francisco para protestar por el baseball, cuando mi ambición infantil había sido ser una estrella de las grandes ligas, un bateador como Ted Williams, y  aquel año, 1951, cuando Bobby Thompson dio aquel homerun, temblé de alegría ¡y escribí poemas tratando de entender cómo es posible que un espíritu humano pudiera hacer algo así! O cuando había algún asesinato, un asesinato de rutina en North Beach, se lo endilgaban a la Generación Beat, cuando en mi infancia fui conocido por ser el excéntrico de mi cuadra ya que impedía que los niños menores apedrearan  a las ardillas, o que frieran serpientes en latas, o que molestaran a las ranas con palillos, dado que mi hermano, Gerard Kerouac que murió a los nueves años, me había dicho, “Ti Jean, nunca hagas daño a nada vivo, todos los seres vivos, no importa si se trata de un gatito o una ardilla o lo que sea, irán al cielo, directo a los nevados brazos de Dios, así que nunca les hagas daño, y si ves que alguien les hace daño, detenlo tan rápido como puedas,” y cuando murió, una procesión de monjas sombrías de la parroquia de St. Louis de France se detuvo frente a su lecho de muerte (1926) para oír sus últimas palabras sobre el Cielo. Y también mi padre, Leo, que nunca levantó una mano para castigarme o para castigar las macotas de la casa. Y este aprendizaje me fue dado por los hombres de mi casa y nunca tuve nada que ver con el odio, la violencia, la crueldad o cualquier disparate horroroso que, pese a todo, Dios, con su gracia más allá de toda imaginación humana, perdonará al final del camino… en un millón de años preguntaré por ti, América.

Así que cuando ahora hay rutinas beatnik en TV, sátiras de chicas vestidas de negro y muchachos en jeans con navajas de mano y camisetas sudadas y tatuajes con svásticas en el antebrazo, y llegan al público respetable que mira estos programas basados astutamente en el atuendo de los Hermanos Brooks, vaqueros y sudaderas, se trata solamente de un cambio en los modales y la moda, la mera corteza de la historia – como en la Edad de la Razón se pasó del viejo Voltaire, sentado en una silla, al romántico Chatterton bajo la luz de la luna— de Teddy Roosevelt a Scott Fitzgerald… De modo que no hay de lo que preocuparse. En realidad, el Beat proviene del viejo celebrar americano y parece que sólo va a cambiar algunos vestidos y pantalones y va a volver inútiles a las sillas del living y muy pronto vamos a tener Secretarias Beat del Estado, instituyendo nuevas baratijas y nuevas motivos para la malicia de hecho, nuevos motivos para la virtud y para el perdón.

Pero bueno, uf, uf, frente a aquellos que aún piensan que la Generación Beat significa crimen, delincuencia, inmoralidad y amoralidad…. Ufff, aquellos que lo atacan aduciendo que no tienen una comprensión de la historia y los gritos del ama humana… Uf, aquellos que no se dan cuenta de que América debe y deberá cambiar, y que de hecho está cambiando ahora mismo, para decirlo mejor….Uf, aquellos que creen en la bomba atómica, en las madres y los padres con odio, que niegan el más importante de los Diez Mandamientos, uf, aquellos que no creen en la increíble dulzura del amor sexual, uf, aquellos que son los estandartes habituales de la muerte, que creen en el conflicto y el horror y la violencia y en llenar nuestros libros y pantallas y livings con toda esa basura, de hecho ¡los que hacen películas malvadas sobre la generación Beat, donde un ama de casa es violada por beatniks!, aquellos que son los auténticos pecadores lúgubres para los que aún Dios hace un lugar para perdonarlos… uf, aquellos que escupen sobre la Generación Beat, a todos ellos el viento los arrastrará hacia el pasado.

 

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3 Responses to “Dossier Kerouac: “Beatifico: Orígenes de la Generación Beat” (1959)”

  1. […] Beatífico: orígenes de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1959). […]

  2. jorge Says:

    Excelente me tomare tiempo para leerlos, no sabia que existia una descripcion de lo beat por parte de jack

    • laperiodicarevisiondominical Says:

      Muchas Gracias por sus palabras, amigo, en éste y otros posts.
      Yo tampoco sabía de la existencia de estos ensayos desperdigados en revistas. Allí está el Kerouac Portable, listo para unir todos los cabos sueltos.
      Salut.


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