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BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac: Jack Kerouac: un clochard celeste – por Hugo Savino mayo 4, 2009

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        Para Esteban Bertola

 

 

        A mí los escritores que más me interesan –yo que leo en varios idiomas- son los que tienen una cadencia poética, una respiración poética. Y no les podés cambiar una palabra, porque es como un circuito eléctrico, circula como una corriente en el texto. Y eso es absolutamente poético, no hay nada que hacer. Esa cadencia viene del hecho de que un principio la novela era en verso también.  […] Kerouac tiene esa corriente eléctrica.

        (Ricardo Zelarayán)

 

       ellioterwitt-jackkerouacnewyork1953

Jacques Kerouac está siempre presente entre los no ausentes de la literatura. Es un rollo que no deja de desplegarse, que leemos en sus poemas que fueron su vida. Sus poemas trasformaron su vida y la nuestra. Para siempre. Kerouac escribió lo que no había escuchado o lo que soñaba escuchar y se lo inventó desde el oído. Que nunca fue utilitario. Era una cuestión de sistema nervioso, no ser utilitario. Así arrancó, metido en la luz de la voz. Así lo leo. De cita a evocación. Leo lo que todavía no vi. Y cito lo que no escuché. Cada vez. En la relectura incesante. Bendita relectura. 

 

         

        A los rentistas del pensamiento, que ven todo en términos de filosofemas, ni se les ocurre pensar que un poeta es una voz propia e inalterable, estaban seguros de haber terminado con Jack Kerouac, tienen canon, estudios de género, flujos, y hasta el príncipe de los poetas, todo parecía resuelto, sobre todo resuelto, ya se sabía cómo escribir una novela, una story, un poema en el antilirismo programado,  cosas al alcance de cualquiera, buenos hijos, madres dedicadísimas, novelistas en sus horas perdidas, pequeños rimbauds enrulados, ridícula y absolutamente modernos, gente que cree que le gusta la literatura pero en realidad le gusta otra cosa, viejas teorizaciones que se aplican a todos los libros y que dan siempre la misma lectura, eternas, aburridas, gastadas, antiguallas teóricas al otro día de nacer, sobrecogedoras de ínfulas, funestas, disparatadas, no, no les gusta la literatura, y si no les gusta leer no les gusta la literatura, y si no inventan cada vez la lectura no les gusta la literatura, les gusta esa otra cosa, o las ideas generales, y ahí siguen, en ese chapoteo. No se quieren rescatar. Y entonces, a Kerouac,  se lo dejaron a los lectores. Error de estrategia del parasitismo organizado. Kerouac se cuela siempre por la ventana, pero no como Sainte-Beuve para asegurar el mantenimiento del orden, no, con Kerouac el tiempo se hace leyenda, por la épica se arrima tiempo: “Liberarse de toda inhibición literaria, gramatical y sintáctica”, sintaxero Kerouac, no sintáctico, aprendió a distinguir al parásito: “¿en qué piensan ustedes que un parásito piensa cuando está chupando el vientre de una ballena o el espinazo de un tiburón?”, y a tener fe en que siempre volvería de la mano de los lectores, ese animal antiparasitario menospreciado por la profesionalización placer del  texto, antiedipismo, “un poema es un filosofema”.  Trinidad de la trinidad de las ideas generales. Corporativas. Y contra las ideas generales siempre queda la lectura, en las manos dispersas y torpes y rítmicas de la decencia ordinaria, de las que Kerouac conocía todos los recovecos, los retorcimientos, las alegrías, las agachadas, los simulacros, la sublime clandestinidad.

 

        Jack Kerouac hablaba de la continuidad Kerouac, iba a lo político en defensa propia, se hacía cargo de su propia ética, la pasaba por sus novelas bop, la ética no es la cacareada responsabilidad social de los que aman el rocking-chair y lo esconden cuando viene el fotógrafo: “Los principios que han presidido la fabricación de nuestro Rocking-chair, el ‘Apoye aquí su Cabeza’, ese renacimiento en línea recta, esa preocupación de continuidad, racional y también sentimental, que hace que el corazón quiera conservar más que destruir, es lo que los anarquistas, que son los ladrones del espíritu, quieren, así como todos los ladrones, que son los anarquistas del espíritu, quieren el rocking-chair.” 

        Kerouac vivía y escribía en corriente eléctrica y era paranoico con mucha intermitencia, la necesaria.

        Era un gran poeta que no recurría a los recursos del encadenamiento temporal. Kerouac ritmaba, cantilaba, inventaba, encastraba, soplaba en la frase, repetía, graduaba, matizaba, contrastaba, se pintaba él mismo en el paisaje, se sustraía, iba a anonimato absoluto y volvía a escribir Jack Kerouac, inventaba ese nombre sublime Mardou, renunciaba a las fechas y también llevaba un archivo riguroso con las cartas que enviaba, sabía escuchar la música de Scott Fitzgerald y transponer todo lo que se le antojaba. Hacía lo que quería con el lenguaje. Jack Kerouac amaba el lenguaje. Como Lester Young la música.

 

        Jack Kerouac en 1947, Cuaderno de notas: “Viernes 20  – Las cosas otra vez suavemente en mi alma. De nuevo la humildad y la decencia de la vida escribiéndose. Un amigo de Galloway me visita a la tarde; vuelvo a escribir de noche. Ocurre que la idea más impetuosa y grande que un escritor puede tener es la de escribir dichosamente acerca de alguien “para probar qué clase de loco es”. Esta idea tiene que ser entendida en sentido estrictamente americano.” (El Diario de Jack Kerouac: traducción  de Esteban Bertola y Américo Cristófalo) 

        Leer Kerouac en la fuerza de su presente constante. Moderno es la fuerza de esa presencia, no el clisé de la ruptura, o de la vanguardia. La vieja estrategia del mantenimiento del orden canónico.

 

 

Kerouac fue también un escritor de esbozos y de bocetos. El esbozo es de capital importancia en la obra de Kerouac. Del esbozo sale la libertad,  la emancipación de “las cadenas de la duda privada y de esa falta de confianza que conduce a sobrecorrección, mucho cálculo, preocupación por “aquello que otros pensarán.” (El Diario de Jack Kerouac)

 

        “Los Parásitos “viven del Animal”, es la expresión favorita entre ellos. Son infalibles.

        Para sobrevivir el Animal parasitado se volverá por consiguiente cada vez más inlocalizable[…] Un Animal consciente de tener que soportar su debilidad y a sus Parásitos debe, por supuesto, ser paranoico, pero sólo por intermitencias, nunca en continuidad (los Parásitos sólo esperan eso para proliferar)”. Philippe Sollers, Los viajeros del tiempo.

 

        Kerouac tuvo sus parásitos, en todo el sentido del término, los dejó venir, llegaron hasta el jardín, no los dejó proliferar.

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        A nadie se le ocurrió pensar que Jack Kerouac no escribía novelas, que escribía aventuras narrativas. Está en su correspondencia, dos tomos, yo rasqué ahí para este retrato. Es una continuidad de su obra. Es también su obra. Es un monumento, en el sentido en que no se puede evitar. Los Parásitos, ésos de la novela de Sollers ya no pueden vivir del animal de escritura que era Kerouac. Mariano Dupont lo puso blanco sobre negro: “Estoy con Los vagabundos del Dharma, de Kerouac, con la celebración de la vida, eso nunca se lo perdonaron, que celebrara la vida, la naturaleza, la libertad. Los hijos de puta de siempre lo tildaron de ingenuo, de naif.”

        Kerouac caminó por la vía de su sueño, antes y después de la celebridad: “paso largos inviernos de soledad y esfuerzos para volverme austero, callado, majestuoso.” (El Diario de Jack Kerouac) 

        Kerouac: “Leo constantemente, todo y sobre todo, leer es una buena cosa”, esta cita para los predicadores de la no lectura, que se arriman a Kerouac llenos de sentimientos musicales, de baladas pop, de devoción beat, de religiosidad hippie, de rock. No lectores. Jack Kerouac tenía un santo irlandés, y ése santo era James Joyce. Y otro santo francés: y ése era Marcel Proust. Fácilmente demostrable. Una sola condición: leer toda la Leyenda de Douloz. Son varios tomos. Un esfuerzo, perezosos de la lectura.

Kerouac fue un poseído que apostó al futuro de su acentuación. Odiaba la modernidad de laboratorio. No sé si hay otra. El clochard celeste venía de la vida. Era el sonido del rumiar de la familia, de la calle, filtrado por el lirismo de su voz. Para que viva. De silencio a grito, a soplo, a silencio, a meditación, a canto. 

 

Kerouac en dos fechas: a Allen Ginsberg. “Alejate de Pound… Lo adoré y es deliberadamente Griego y elegante con sus expresiones griegas Oniothose… y la puta madre…” (Carta del 14 de julio de 1955), a John Clellon Holmes: “Cecil Taylor es el nuevo gran pianista bop.” (19 de diciembre de 1956) 

 

        Kerouac es la pasión por una coma, por un guión largo, por dos puntos, por el hecho físico de escribir a máquina. No es un escritor para comodones bien alimentados, para becados por la familia, para santones de la moralina ideológica. Escribía en el borde de la falta de plata, con la preocupación de terminar de pagar la casa para Gabrielle. La devoción  se le instalaba en el jardín. Invadía el parterre. Saltaba la tapia. Pero él no engendró a Jerry Rubin, que quede claro. Es muy importante que eso vaya quedando claro.  

 

        Jack Kerouac: “Todos ellos piensan que escribir es una “profesión” ese es el problema que tienen. Para mí es mi vida.” (Carta a Philip Walen del 10 de enero de 1959).

 

        A Kerouac le pedían lo que todavía se le pide a los escritores salvajes: que se integren a alguna familia, a pesar de lo que dijo Gide el pedido sigue vigente y muchas veces viene de los escritores que finalmente, entre idas y venidas, provocaciones y subversiones oficiales, fueron a respetable, viejos maoístas que ahora nos predican lecciones de moral y de estética desde su cátedras, asalariados de la buena conciencia: “Con los buenos sentimientos se hace mala literatura”. A Kerouac le pedían que sea de la Nueva Izquierda, modesto, humanista, que lo siguiera a Allen Ginsberg en su devenir gurú, que creyera en ese santurrón de Alan Watts, que reconociera a su hija, que fuera más cuidadoso con las mujeres, que en un gesto freudiano abandonara a su madre Gabrielle, que dijera que su padre no era un buen padre – y no, todo lo contrario, el padre de Kerouac fue como el padre de Joyce, engendrador de literatura, habría que escribir un libro sobre esos padres engendradores de literatura,  hasta el padre de Kafka entra ahí-, le pedían que no bebiera, que se embriagara con la palabra “revolución”,  que “desencadenara una revolución”, Corso y Ginsberg detrás de esa insistencia, impostura tendríamos que poner, y no, Kerouac “quería ser un poeta solitario de Nueva Inglaterra. Tierra. Quería ser Cervantes solo a la luz  de una vela.”, Kerouac detestaba la palabra revolución, y detestaba la palabra religión: “Mierda para la palabra religión, no son más que palabras. Las únicas palabras que valen sean las que sean son las palabras en las que pensás cuando ves una mariposa. O una gran señora negra. O cualquier cosa. ¿Por qué joderse la vida? Golpee su martillo, juez, soy culpable.” ¿Muy ingenuo, muy pueril para la crítica de su época? ¿Muy borracho? ¿Poco humanista?  Sí, todo eso, kerouagorra57esa enorme lista de acusaciones. La pueden redactar. Seguro que Jack Kerouac la firma. Los editores a veces contribuyen al mantenimiento del orden: una nota de Viking Press fechada el 22 de diciembre de 1958: “En realidad, cuando se ha leído una de las confesiones de Jack sobre Lowell, se las ha leído todas”, y otra observación del mismo lector –los lectores de editorial, empleados de la fabricación de libros edificantes, otro capítulo fascinante del medio literario- del 2 de diciembre concluía que Kerouac no tenía ningún talento para la “ficción verdadera”, así que desaconsejaba la publicación de Visiones de Gerald y Doctor Sax, porque sería una manera de alentar a Kerouac a “refugiarse en exploraciones ociosas de su infancia y que vuelva a encontrar la fuente de sus obsesiones inconscientes.” Ya, en ese entonces, no olvidemos la fecha, 1958, muy importante las fechas, ya estábamos en un estadio avanzado de la edición, el lector de editorial en su informe aconsejaba directamente la terapia para los escritores díscolos y borrachos. Una variante benévola del psiquiátrico soviético. Y si alguien quiere saber qué se cocina en la alta literatura contemporánea puede leer las novelas de Philippe Muray.    

 

        Los santos: James Joyce: “Ferlinghetti va a publicar un libro con mis poemas, BLUES… Extractos de mi Finnegans Wake loco en lengua delirante LUCIEN MIDNIGHT solicitados por una joven editorial dirigida por Mike McClure:” (Carta a John Clellon Holmes del 8 de noviembre de 1957).

 

        “Recién terminé de leer la vida de James Joyce y tengo el sentimiento de que es algo que vale la pena después de todo estudiar y luchar toda la vida y sufrir y joderse y sudar por eso, mientras la gente se ríe de uno, ricos o pobres, famosos o no famosos, y llegar al final de la vida al borde del mar y decir: ‘cumplí con el trabajo de mi vida, annaliviaplurabelle es la amada de todas las amadas para siempre´. Te das cuenta, John, eso me dio ganas de volver a mi trabajo.” 

       

        Marcel Proust: “Sé como Proust un viejo drogueta del tiempo”. 

 

        Siempre huyó del modelo hombre de letras, volverse maduro, calmo, reposado, comprometido. No. Kerouac sabía rechazar, tenía la poética del rechazo. Nunca dejó de escribir cartas impulsivas. Toda su correspondencia es una larga carta impulsiva escrita una y otra vez. La correspondencia es el motor de la escritura, es su cuaderno de notas de cuadernos de notas. Correspondencia, diario, cuaderno de esbozos, novelas. Para que “trabajemos la materia de nuestros mitos, incluso si la iglesia hizo las cosas de tal manera como para que ya no funcionen más -eso no les impide funcionar.” (Valérie Dréville)

 

        Kerouac agarró esa materia a los veinte años y se la pasó escribiendo el esbozo sonoro. 

        

        Esa materia huidiza pasa por la rajadura de la tela y hay que dar el salto para apropiársela o queda en manos de la pedagogía literaria. Santurrona, mojigata, confunde educación con pedagogía.   

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        Norberto Gómez: “La lucha es siempre  con los contemporáneos.” Kerouac no se sustrajo. No era una subjetividad absoluta como esos novelistas vanguardizados que flotan por encima de la cotidianeidad.  Con los contemporáneos quiere decir que se pelea contra los de la esquina, no con James Joyce. Tampoco se dialoga con James Joyce. No hay que asustarse de repetirlo incansablemente, la repetición es una de las posibilidades del rechazo, del humor. Kerouac pelea con Ginsberg, con Corso, con Gore Vidal. Con el moscardón de Truman Capote que lo difama. Con Gary Snyder. Con Keneth Rexroth que lo detestaba. Con los reseñistas mezquinos. Con el Crítico. Con los editores sordos. Con Carolyn Cassady que lo amaba y le reprochaba algunas escapadas de Neal Cassady. Hay que leer el libro sublime de Carolyn Cassady. Con la MGM que no le pagaba lo que le robaba. Contra los “encantados-de-encontrarte” por la celebridad, esa especie insoportable de alelado que adora conocer escritores. No luchaba con Melville o con Hawthorne, no, a ellos los leía. Con los estudiantes que  lo asaltaban buscando al gurú. Contra los que quieren hacer grupos de encuentro para discutir budismo zen y no quieren el soplo zen. Quieren discutir. Polemizar. Contra los gestores de polémicas: manera de conservar poder, de aterrorizar. Contra los grupos de estudio. “A la mierda Ginsberg, a la mierda Corso, a la mierda todos. Soy feliz. Me voy. Una vez yo ser ahora

                                      Libre como un pino

                                          Eufórico

 

                                      En el viento”   (Carta a Philip Whalen del 15 de marzo de 1959)  

 

        Kerouac: “Los innobles insultos con los que me gratificó la crítica tuvieron por efecto que los Vagabundos del Dharma pase desapercibido. Por alguna razón mi nombre se encuentra asociado a beatniks barbudos con los que nunca tuve nada que ver.”

 

        La visión injusta: en una carta a John Clellon Holmes libre, el 21 de febrero de 1959: “detesto a miles davis / “, los rechazos de Kerouac.  La poética del rechazo. Sutil. Pero también la entrega: “Miles Davis apoyado en el piano manoseando su trompeta con la mano que sostiene el cigarrillo mientras trabaja en sacar un sonido de acero puro como madera hablando en frases como las de Marcel Proust” (abril de 1959). Con dos meses de diferencia. Una apuesta. La de la oralidad. Ejercicios espirituales. Que no se miden. Lorenzo García Vega hizo la visión injusta, la puso en el lenguaje, la podemos irradiar a Kerouac. La podemos usar. También con visiones injustas se hace una poética.  

 

        Evocación de Joyce. “Ahora que se supone que voy a Japón y a India y a todas partes esperaré diez años antes de volver discretamente a Lowell, con un sombrero negro, para oír de nuevo la risa de Doctor Sax cerca del río. El río es central.”

 

        Leer a Kerouac, o mejor, a la manera de los salmos, leer Kerouac sin la preposición es poner el oído en el jazz: “La gente que no entiende / el jazz es sorda a la tonalidad / & no entiende / lo que sordo a la tonalidad & / sordo a secas / significaban para Ludwig / von Beethoven”.

 

        No faltó la vieja acusación de solipsismo. Una respuesta: “los detesto a todos. Soy feliz. Me amo cuando estoy solo conmigo… Desde luego me encantaría poder estrechar en mis brazos tu gorda barriga esta noche y decirte Phil, ¿Cómo andás? No le prestes atención al resto de esta carta.” (Carta a Phil Walen del 15 de marzo de 1959). Listo. Si alguien lee este párrafo  y no se le ocurre nada, si no puede decir algo con sus propias palabras, y bueno, entonces, ese tipo no sabe leer Kerouac.

 

        Siempre en el camino de la mala reputación en serio, no la de los escritores de culto: “Escribe para ti mismo, honestamente, para tus amigos cercanos, claramente, contando lo que ha pasado, el lector no podrá más que entender. No dejes que el invisible Crítico se incline sobre tu hombro.” (Carta de Philip Whalen del 18 de enero de 1960).

 

        Jack Kerouac borronea los contornos – como en los autorretratos de Rembrandt. 

 

        Sistema, fuerza, oralidad, alegría de las influencias: poética: “En mi sistema, la forma de los coros de blues está delimitada por la pequeña página de la libreta de notas en la cual son escritos, como la forma de un cierto número de compases en un coro de blues en jazz, y por consiguiente a veces la significación de la palabra puede prolongarse de un coro al otro, o no, así como la significación de la frase puede prolongarse de manera armónica, jazzeada, de un coro al otro, o no, de manera que en esos blues como en el jazz, la forma está determinada por el tiempo, por la armonía y el fraseo espontáneo del músico en la pulsación del tiempo que se desencadena de manera interminable en los compases de los coros.” (Carta a Donald Allen del 10 de junio de 1961)

 

        Robert Duncan fue uno de los pocos en decir la palabra justa en el momento justo, cuando leyó En el camino: “Hay una manera en Kerouac de tocar todo con su propia vida, de tal manera que el lector puede ir a cualquier lado con él.”. Leer Kerouac es abandonarse a ese ritmo. Dejar caer como un resto el pesado realismo de la interpelación, ir a epifanía en el aire.

 

        Leer Kerouac teniendo siempre la palabra fraseo.

 

        La correspondencia es uno de los libros de Jack Kerouac. Los libros de Jack Kerouac son manuales de resistencia a la imbecilidad organizada por lo Social, a las catervas de presiones sociales. Libros de aprendizaje. A desplegar como un Talmud, se los puede leer pliegue sobre pliegue.

 

        Lo absoluto rítmico Theolonious Monk no toques lo que quiere el público. Jack Kerouac como decía el otro sabía que había que dejar que se vayan enganchando. ¿Cuántos años? Inventor de un nuevo sonido. Esperar.

 

        Lo locamente Parker escribir lo que por tanto tiempo había oído dentro de él.

 

        Kerouac se merecía en escritura como otros se merecen en música.

 

        Hay un libro que amo: El libro de Jack, una biografía oral de Jack Kerouac, la escribieron Barry Gifford y Lawrene Lee, juntaron testimonios de todos los amigos y enemigos de Jack Kerouac, lo saqueo cuando leo Kerouac. Es tan imprescindible como la biografía que hizo Ricardo Strafacce de Osvaldo Lamborghini, las biografías no dañan nada, ninguna reputación, los escritores no tienen ninguna reputación que cuidar, no son candidatos a puestos, las biografías avivan el fuego, desesperan a los celosos, desarman a los difamadores, vuelven locos de rabia a los devotos, muestran lo peligrosa que es la literatura y cómo algunos afrontan ese peligro. Un biógrafo le da lugar a las voces.

 

        Kerouac deambulaba con la mochila al hombro. Le gustaban los barcos y los trenes. Le gustaba pasear por las vías de trenes. Escuchaba esos trenes y sus maniobras y caminaba. No hay que olvidar que tenía oído absoluto.

 

        Jim Holmes: “Jack Kerouac no era un farsante; respetaba realmente  a la gente.”

 

        En Kerouac no había nada de patricio, no desdeñaba “las opiniones inefables del individuo.” Eso lo hizo un caso difícil para lo pomposo crítico que se venía. Oído absoluto contra la berretería filosofema. El bellísimo testimonio de John Clellon Holmes llega como un haiku: “Jack vino a verme con Allen justo antes de partir hacia Europa en el 57. Allen ni siquiera había olido el budismo por aquel entonces, mientras que Jack ya era todo un bodhisattva. Llevaba todo en la mochila. Me mostró Tristessa, así como la primera parte de Desolation Angels, y parecía puro como la nieve, o por decirlo de otra forma, exhausto. Fue antes de que apareciera On the Road. Yo no sabía nada sobre budismo en aquella época. Había leído algo de zen en el 53 por sugerencia de Allen, pero Jack lo estaba viviendo, y ya no se parecía al tipo que yo había conocido hasta entonces. Fue uno de los periodos más misteriosos de su vida, creo, antes de que se apoderara de él el alcoholismo, y después la furia del trabajo creativo. Fue un periodo de calma, en el que se mostraba amable y retraído. “ (Libro de Jack).

       kerouac

        Furia creativa fue algo que no se le perdonó a Kerouac. La ponzoña crítica le daba lecciones. Pero Kerouac, harto de la frase inglesa convencional,  siempre fugó hacia adelante, fuga maravillosa,  nunca cedió, nunca a novela consensuada, nunca a novela comprometida, nunca a chatura representación literaria –“Sinclair Lewis y los otros resumen a la gente según las “posiciones” sociales y culturales que ocupan. Es la literatura americana en general… particularmente Lewis & las revistas, y los escritores de izquierda, todos. Pero con la llegada de Dostoievski, el Cristo ruso, nosotros los jóvenes Americanos, vamos hacia una nueva evaluación del individuo: su “posición” misma, personal y psíquica” (Carta a Helen Taylor del 18 de junio de 1958). Kerouac no se ataba con definiciones, no tenía que dar examen, no, hacía a contra-definición, desarmaba los procedimientos pueriles del realismo reflexionando en la conjunción “y”, sus preocupaciones eran la coma –“la mínima coma me apasiona”  y el punto y coma, y en cómo salir del esqueleto muerto del diccionario. Para Kerouac se escribe y se lee, dos actividades estrechamente ligadas. Kerouac escribió el lenguaje de su experiencia, no dijo su experiencia, la hizo en poema. No se comió el facilismo del realismo que es teológico, que quiere ocupar todo el terreno, que sabe el fundamento mismo de los fenómenos y tiene la arrogancia de pensar que no hay niveles de la realidad. Cree que tiene “el conocimiento directo y fiable del mundo”. Kerouac iba a invención, por eso iba siempre a rechazo, rechazo también de la lengua consensuada, para Kerouac la acción iba por la vía del lenguaje. Se inventaba un lenguaje y se inventaba a la vez una vida, y contra todas las formas de aceptación. Hay que escucharlo cuando rechaza esa forma ponzoñosa de la aceptación que es el consenso: “¿En qué estoy pensando? Trato de entender dónde me sitúo entre los políticos establecidos y los radicales, los canas y los atorrantes, los inspectores de impuestos y los vándalos.” Situarse fue siempre la preocupación de Kerouac. Situarse en el lenguaje, sobre el que sólo hay puntos de vistas. Y con el humor cáustico de Kerouac: “Primero debo entender cómo habría yo podido razonablemente engendrar a Jerry Rubin, Mitchell Goodman, Abbie Hoffman, Allen Ginsberg y otros calurosos seres humanos de los ghettos que dicen que ellos no sufrieron menos que los Puertorriqueños en sus barrios y los Negros en sus Gran y Pequeño Harlem, y todo eso porque escribí un relato prosaico de una aventura vivida en el camino (por cierto no un relato de agitación propagandística) que reunía a un ex-vaquero y a un ex-futbolista que viajaban del Norte al Noroeste  a través del continente, del Midwest al Sur en búsqueda de padres perdidos, de trabajos sin importancia, de buen tiempo y de chicas y que terminaron por encontrarse trabajando en los trenes.” Jack Kerouac no eludía la guerra del lenguaje, la frase de Mandelstam también era suya: “La poesía, siempre es la guerra”. La sabía inevitable. Está en su correspondencia desde el vamos. Ninguna ilusión. Precisiones: búsqueda de un padre perdido. Esos padres, admirables vagos que perdieron su carrera, como el padre de los hermanos Yeats. Que terminó en una pensión de familia, en Nueva York, pobre, y gran conversador. Carta a Norma Blickfelt, del 15 de julio de 1942: “Por eso parto, tranquilamente, con mis proyectos, y no me comprometo a nada y no espero nada, y amo todo.”

 

        La gramática: “Alfred, todo este parágrafo fue escrito en una sola respiración por decirlo así, y el “Señor” del final es su punto final, suspensivo, más bien como el “Bop” a veces al final en la Música Moderna (Jazz) y concebido como una liberación del alcance de la frase, el parágrafo rítmico es una frase. No uso puntos y punto y coma, simplemente guiones, que son pequeñas liberaciones interiores, como si el saxofonista recuperara allí su aliento.” (Carta a Alfred Kazin del 27 de octubre de 1954).

 

        Ya sabemos que los chantres del realismo, insistentes, disciplinados, toman las palabras por realidades, y ya sabemos que a veces por una palabra se puede terminar en la hoguera. Los chantres del realismo nunca van a convencer a los que aman el lenguaje de que ellos tienen algo que ver con el punto de vista. O sea con el lenguaje, y menos que lo aman, no, ellos sólo se ocupan de la comunicación. Para decir que se oye, primero hay que ser capaz de escuchar, hay que dejar de pensar que uno es alguien fascinante a los que todos tenemos que escuchar, para escribir, hay que saber que un poema no es algo de la poesía, que una novela no es algo de un género, tendrían que aceptar que son chantres de la comunicación, santones de la divulgación, Kerouac escribe y vive a contra-santón, a contra Alan Watts. Kerouac que tenía su poética por la fuerza de su lenguaje -y no por aparato retórico-,  nunca estuvo en la noción de género literario, esa antigualla: “Entretanto acabo de empezar y trabajo furiosamente en una nueva aventura narrativa (no escribo novelas, como ya sabe)” (Carta a Sterling Lord del 31 de marzo de 1957). Aventura narrativa, hay que tener oído para escuchar eso. La Sagrada Familia del género machaca la noción realísticamente, cualquier otra cosa le resulta sospechosa, por eso no puede hacer nada con Kerouac o con Arno Schmidt, o con Zelarayán, la Sagrada Familia del género cree que la literatura es un producto, siempre hay que recordarle que es una actividad. No quiere enterarse. Nunca lo va aceptar, está ahí para mantener el orden. Le pagan bien. Una aventura narrativa va de un lector a otro, pasa, transforma, no es una abstracción, la literatura sirve para vivir, como el lenguaje.  Los escritos de Jack Kerouac pasan de uno a otro, nos transforman activamente, no realísticamente, no son batifondo realista –“Mis ‘palabras-inventadas’ a la Joyce son verdaderamente invenciones sonoras orales y auditivas, como en el parloteo onírico(Carta a Alfred Kazin del 27 de octubre de 1954). Los escritos de Kerouac funcionan, en el lector, no en alguna galaxia de género o de espiritualismo rockero. Jack Kerouac tampoco compró el mito de la ruptura: ese clisé que todavía da de comer. Y que está lejos de entrar en crisis. Kerouac no rompió con nada, continuó en la confrontación de la lectura, siempre ahí de invención sonora a fraseo. Si hay       kerouacmaquinaesc4oppoema, hay fraseo, si hay novela contada por teléfono, hay comunicación, hay lugares de poder. La suprema arrogancia de los chantres del realismo es que hablan por todos. Y el gran despropósito es que creen que hablan de poesía. No, hablan de otra cosa. Hablan de literatura con conceptos de la gramática, del psicoanálisis o de la sociología. No sabemos qué pueden decir esas tres honorables disciplinas frente a la correspondencia de Kerouac. Sólo sabemos que de las tres no salió un solo libro que aporte algo inolvidable a la literatura. Sólo aportan opiniones, lugares comunes, informes de lectura.  Banalidades, como que Kerouac no usa comas, o es muy dependiente de las mujeres, o que se repite, caso agravado por la relación con su madre Gabrielle, en este fragmento kerouaquiano la biografía de Nicosia es imprescindible, no apta para los devotos del psicoanálisis,  o de la sociología, que aplicadas a la literatura son de una comicidad inenarrable:  el mejor ejemplo que encontré reúne a las dos disciplinas: Kerouac sería una víctima de la vida americana. Ninguna convención crítica pudo destruir los escritos de Jack Kerouac. Ninguna de las sentencias sociales con las que lo estigmatizaron pudo liquidar su obra. Kerouac era un alcohólico pero nunca perdió su cuerpo. Escribió Big Sur, por favor, escribió Big Sur. Escuchen, ahí tienen un ojo que escucha y un oído que ve, que inventa. Invención sonora de las invenciones sonoras. Las invenciones sonoras de Jack Kerouac van de desesperación a felicidad, de desolación a grito, y a felicidad,  ponen desorden en el orden establecido de las cantinelas poético- musicales edificantes, Kerouac delira en Shakespeare, con Shakespeare, Kerouac no quiere dominar la lengua, sopla ahí adentro en la soledad de su casucha. Va solo. Ginsberg se buscó compañías, causas, Kerouac se quedó solo. Tenía problemas urgentes que resolver con las comas, punto y comas y guiones. Como Tsvetaieva con el a-a-a-a. Como Zelarayán con la obsesión de no repetirse. O Sánchez con la épica que se iba. 

 

        Kerouac puso el cuerpo en el movimiento de la palabra, no le interesaba saber qué hacía, hizo mucho para no saber nada de nada sobre su hacer, lo fue inventando, Jack Kerouac flotaba en los grandes silencios de los lugares en los que vivía, se hacía sonar las palabras en el oído, las ponía en largas frases que hacía pasar por el cuerpo y arrastraba ríos de cosas olvidadas, la cultura no le taponó la facultad de recordar en la frescura del bosque o a la vuelta de una esquina. Hombre de esbozos, no lo olvidemos. Sabía estarse quieto, callar, esperar: esa trinidad era parte del movimiento.

 

        “No sé adónde voy pero sé que no hay ninguna parte adonde ir, por eso compré esta casa y gasté 2500 dólares para arreglar el granero” (Carta a Allen Ginsberg del 6 de noviembre de 1959)

 

El lenguaje no era algo utilitario para Kerouac, sabía tanto como Émile Benveniste que el lenguaje sirve para vivir. De inventor a inventor.  Estaba tan “solo como Benveniste”.  

 

A Allen Ginsberg: “El único inconveniente, es no que tengo ningún mensaje” (Víspera de Navidades de 1959). Kerouac no funcionaba en la mentira del mensaje,  “las mentiras no detectadas contagian. El nyc154135b15dcontagio galopa (Claude Régy), él sólo quería soplar bruma como Theolonius Monk. Oír como Theolonius Monk que escuchaba todo lo que sonaba en su cabeza. Era la alegría de las influencias. Fragmentos de sonido, que se arrastraban por las veredas, escuchados, masticados, pasados por el guión largo. Entendió con la orquesta de jazz la chifladura de la vida.  Kerouac en algún momento supo que era un genio y no un talento, lo escribió en su ensayo “¿Se nace o se vuelve uno escritor?”, si uno lee esa crónica, es obvio que sabía que no tenía ningún talento.  Los talentos piden permiso, van a curso, a consulta con la profesora de gramática, al taller literario, se perfeccionan en truquitos narrativos, se hacen gárgaras con la fórmula “eficacia narrativa”, para Kerouac (él es uno) el genio “se destaca a causa de su originalidad innata en la percepción del lenguaje”. El talento es el epígono por excelencia, no engendra nada, predica filosofemas acerca de la literatura, nos quiere embarcar en sus charlatanerías retóricas sobre el estilo, cree en la lengua isabelina no en Shakespeare. Se alquila en lo cultural.  

 

        Me parece que esta intensidad de retrato de Robert Creely hace de la escucha el centro de la obra de Kerouac, la observación está en la escucha que mira volar, mira hablar, se deja impregnar, escribe, hace croquis: “Fue en esa cabaña, con todas las ventanas abiertas, que Jack se sentó para escuchar hablar a los hijos de Ed Dorn, mientras observaba el vuelo impecable de un colibrí, justo ahí en el marco de la ventana, afuera y adentro, como si el pájaro lo escuchara también. Jack había sacado su libretita espiralada, y tomaba notas con la libreta apoyada en sus rodillas, croquis con palabras.”

 

        Jack Kerouac hizo largos solos, flotantes,  y los puso en botella al mar.

 

 

3 Responses to “Dossier Kerouac: Jack Kerouac: un clochard celeste – por Hugo Savino”

  1. […] Kerouac, un clochard celeste, por Hugo Savino (colaboración especial). […]

  2. peter_noise Says:

    gracias kerouac ya no me siento tan solo.

  3. jesucristo Says:

    A ver si entendimos bien; hay unos hipoteticos ” rentistas del pensamiento” que son malos sucios y feos y por otro lado estas vos, que descubriste a la humanidad lo que ellos nunca vieron?. Algo huele a Pose en dinamarca.


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