La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac: La América de papel (suite) mayo 4, 2009

 

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(Allemande) De la América de Papel reconozco dos registros certeros.
El primero certifica un ingreso y se encuentra al final de la primera parte de En el Camino. Es entonces que el término se hace patente, el regreso a la ciudad crepuscular luego del extravío en los caminos. Regreso a lo dado, ingreso al mundo que es.
El segundo se ubica después, hacia el capítulo tercero de la cuarta parte del libro, y marca un egreso de ese mismo mundo: se sale, pero se ingresa a la vez: se ingresa al mundo que fue alguna vez.
Pero luego, al recorrer En el Camino página tras página, al habitar una y otra vez la obra completa de Jack Kerouac, caemos en la cuenta de que la América de Papel no es corroborable mediante el pasaje de un mundo a otro, de una tierra a otra, y que no importa tan solo a éste o aquél capitulo su difusa transparencia, sino que se encuentra desperdigada por todos lados, a veces de forma intensa, otras subrepticia, y que en la mayoría de los casos deja de ser una toma de posición, o una petición, o la manifestación de una voluntad, para ser un estado de ánimo, algo con lo que aprehender el mundo y soportarlo, y soñarlo, y hacerlo revivir. Algo, en última instancia, con lo que hacer del mundo un ensueño, una manera de morar en él sin ser un muerto vivo.
Y los muertos vivos, aceptémoslo, pueblan la tierra, ejercen atinadamente las funciones más obedientes, los rigores más perentorios en una sociedad que ha de funcionar útil y repetidamente, sin sobresaltos, sin excedentes, sin incidencias. Una sociedad silenciada detrás del rugido mecánico de sus sostenes. Sociedades que avancen, que no dejen de extenderse horizontalmente hasta saciar su último y por siempre efímero deseo de consumación, cuando consumar algo refiere siempre a sobreponerse al fracaso de no llegar a tiempo al futuro, y pretender que el futuro está aquí siempre que se empleen los medios por sobre los fines para apresarlo. Y los medios estipulan la marcha prolija hacia el futuro, y los medios borran los fines finalmente y de los fines tan solo saboreamos el vértigo de haberlos podido alcanzar: saber que la meta estuvo aquí por dos segundos, que pudimos hacerla nuestra y que no importó a cuántos hemos dejado a un lado del camino por nuestra fiel vocación de un mundo de permanente actualización aquí y ahora, de un mundo siempre presente, siempre enérgico e impávido, y tan repentinamente válido en tanto haya una consigna enhebrada con mediana y mediocre sapiencia que acometer y con la que cumplir.
Entonces es que la tarea del artista no difiere tanto del mundo al que éste se opone, ya que también el mundo vislumbra su estrella, y también se confunde y se desconcierta detrás de una estrella fugaz tas otra hasta que se hunde (En el Camino, 151). Pero resta acaso una diferencia crucial: el artista va hacia donde no sabe que va, va allí adonde no hay idea clara del mundo, donde el mundo va haciéndose en sus propias huellas, en el devenir de su viaje. El artista deviene al trasponer el horizonte, refundándolo, permutando la mirada del horizonte por la suya, y lo que consigue al fin es verse devenir, sabiendo en último caso que es el mundo el que le impulsa a corregirlo, y no al revés.
 
 

 

 

(Courante) Jack Kerouac fue quien sembró otra tierra en su tierra, quien abrió en ella un espacio para la vida, espacio por el que la vida se sostuviese tan solo en la medida en que un hombre se precie de estar vivo y resuelva que no hay batalla final más que la de un presente intenso que te arrastre a vivir pedestremente con lo que puedas abrirte paso. Jack Kerouac creó también un hombre para esa vida, uno o varios. Jack Kerouac creó sobre todo héroes detrás de una inalterable consigna: “you can’t die without heros to look after” (Doctor Sax, 27), y se echó a andar detrás de ellos, tratando de buscar en sus pasos un tiempo que los americanos extrañamente han podido vivir en su historia como en la literatura y en la memoria ancestral de sus paraísos perdidos.
La América de Papel no podría entonces ser más que una clave, una eterna sugerencia que mueve a Kerouac sin preguntarle demasiado, sin pedirle nada tampoco. Y Kerouac de la misma manera se abalanza en el ensueño, yendo, como un maniático, para seguir habitándolo.
América es varias Américas, como Kerouac es varios Kerouacs, varias versiones de una vida y varias e permutables visiones del sueño, el sueño del amor, de la amistad, de los caminos, de la fuente de algún incierto saber, de una imposible redención. Kerouac supo todo esto, por eso lo confundió todo, por eso fue desobediente a cualquier mandato, porque sabía que no podía sino forjar uno propio, que lo que justificase, que revelase que la mejor manera de amor y responsabilidad con respecto a alguna idea es apropiarse confusamente de ellakerouac44481 y devolverla como algo absolutamente nuevo. Y de las varias Américas que hubo, Kerouac eligió acaso la menos verídica y verificable, y vislumbró entonces su América de Papel atrás, mucho más atrás, en esa América primigenia donde las auténticas rebeliones aún eran posibles (Henry D.Thoreau), donde la osadía parecía ser una obligación (Herman Melville) donde el heroísmo era el resultado de la aventura y de la amistad de un otro que alteraba con su sola presencia y de un solo plumazo, el curso de nuestras vidas para siempre (Jack London, Mark Twain). Y esa América tan solo resistía en los confines, en las lindes de la otra gran América, la que empezaba a instalarse como vigía de sí misma y del mundo entero, e instalaba en cada hogar un puesto de vigilancia: la televisión.
 
(Zarabanda)Quand irons-nous, par delà les gréves et les monts, saluer la naissance du travail nouveau, la sagesse nouvelle, la fuite des tyrans et des démons, la fin de la superstition, adorer – les premiers ! – Nöel sur la Terre !” solían repetir los primeros beats, inclinándose sobre sus ejemplares trajinados de Temporada en el Infierno, en los primeras borracheras y desórdenes en New York, mientras lidiaban con sus propios fantasmas e ilusiones, y empezaban a abrirse a la aventura de vivir literariamente. Y así vivían, en cualquier departamento, con cualquier alma que les alojara, sin vergüenza, sin sentir nada como un error. Vivían y se encaminaban como Rimbaud hacia el espíritu, mientras el coglomerado de neón de la ciudad los hundía en las anfetaminas, la bencedrina y la lectura acalorada de Thomas Mann, de William Blake, de Céline.
No obstante, frente a tal entrega no deben haber desapercibido aquella otra notación rimbaudiana que, sin darse cuenta, empezaban a poner en práctica: “Vous êtes en Occident, mais libre d’habiter dans votre Orient (…) L’esprit est autorité, il veut que je sois en Occident. Il faudrait le faire taire pour conclure comme je voulais.”
La América de Papel, la fantasía de vivir fuera del ipso facto de lo cotidiano de un ritmo social bajo el que todos tus días están contados, todas tus carreras universitarias bien acabadas, todos tus hijos tienen juguetes y todas tus esposas se quejan por el aumento de los impuestos; la América de Papel, el lugar donde vivir en un oriente dentro de tu cabeza, desapercibiendo todo lo que te rodea.
(Giga) Entonces fue que apareció la palabra beat. Mucho ha escrito Kerouac sobre ella –más que todo, en respuesta a todo lo que pretendía estandarizarla- y en sus declaraciones, algo cansadas, siempre dejaba sospechar que no había razón para tan ciclópea tarea. En 1931, Duke Ellington había ya zanjado la cuestión al titular una de sus composiciones “It ain’t mean a thing if it ain’t got that swing,” mucho antes del beat, mucho antes de que se confundiese ambigüedad con polisemia. Esta última circunstancia, rara vez tratada, alberga buena parte de las innumerables discusiones en torno a la palabra. Si hay algo que sostiene al signo Beat no es su oscuridad o su capacidad de difuminar los contornos para que cualquier cosa pueda parecer cualquier otra, sino su permeabilidad, su potencial para hacer despertar en una cosa, todas las cosas. El mismo Ellington, cuando se le preguntó por el significado del swing, dijo, “si te lo explico, no vas a entenderlo.” Ya en nuestros tiempos, Andrés Calamaro habría de reformular la frase inteligentemente, “el swing, como los vicios, no se pueden explicar. Se tienen o no se tienen, pero no se explican.”
El swing, como lo beat, mientras veían como una usina se llevaba el río y como el río también servía para hacer la guerra, se funda en una capacidad para moverse de una manera especial, para ser abatido de una manera especial, para tener visiones de una manera especial, pero por sobre todo las cosas, para vivir de una manera especial y saber que esa manera te es propia, intransferible y te concede fuerzas suficientes como para hacerte a un lado del mundo y no sentir la necesidad de dar demasiadas explicaciones, ya que para entender has de latir a la par y sólo latiendo, llegarás a entender. En la literatura de Jack Kerouac, ritmo y sentido son claramente indisociables ya que reclaman, en el hombre que se mira en el agua, la fuerza altisonante con que las aguas se mueven bajo la mirada del hombre. Ritmo y sentido se precisan para constatarse, para saber el uno la verdad del otro y en último caso, para realizarse. Jack Kerouac, como bien dice hoy su epitafio, honró la vida, puesto que no sólo vivió, sino que forjó además una manera de sentir de qué se trata esto de estar vivos, se pasó la vida buscando el lenguaje adecuado para hacernos sentir de qué se trata esto de que la vida venga a atravesarnos.
 
(Minué) Con la publicación de En el Camino en 1957 más que el manifiesto de una generación, se abría paso a un estilo y una forma de ejecución. En el Camino narraba aventuras del período 1948-1949 y los años que le tomó a Kerouac conseguir un editor que publicara el libro, anotician de cuán adelantado estaba a la sociedad literaria de entonces, cuando en ese ínterin de 8 años de esperar un editor, Kerouac ya había escrito Los Subterráneos, Los vagabundos del Dharma y esa joya del fraseo y la imaginación que es Doctor Sax. Esta asincronía explica más o menos bien cómo buena parte de su obra fundamental, posterior a En el Camino y en muchos casos superior a ella, fuese arrojada al ostracismo y el hecho de que cuando la crítica y el público fue en busca de Kerouac y quisieron ver quién era el hombre que había firmado aquel kerouac145libro, se encontraron con un “católico loco” que se veía obligado a responder sobre asuntos que él ya había reformulado, actualizado y ejecutado de varias maneras diferentes, nunca símiles entre sí. No obstante, entiendo fácil y peligroso hablar de Kerouac tan solo como un escritor que se encargó de narrar un quiebre generacional y sus posteriores consecuencias. Lo insoslayable, como nunca antes, fue el cómo antes que el qué: entre muchas otras cosas, como sus adorados Bird Parker, Dizzy Gillespie y Thelonious Monk, Kerouac fue el primer perfomance de la literatura occidental, alguien capaz de interpretar estilísticamente la realidad de un momento, embargando a su propia escritura con las vibraciones propias del momento en que se escribe, dejando que el éxtasis del presente se transporte a su literatura a la misma velocidad en que ocurre en su propia vida y confiando finalmente en que su satisfacción personal, como dijera alguna vez, estimularía en el lector una satisfacción de iguales dimensiones.
(Rondó)Monsanto dirá “No hay que hacer más que eso, no preocuparse, todo está perfecto, no tomes las cosas con tantas seriedad, están mal aunque las analices en profundidad con conceptos imaginarios, como siempre dices”—Sacaré el boleto y diré adiós en un día lleno de flores y dejaré atrás San Francisco y volveré a casa a través del otoño de Norteamérica y será como si fuera el principio— La eternidad pura y dorada derramando su bendición sobre todos— Nada ha sucedido nunca— Ni siquiera esto— Santa Carolina del Mar seguirá siendo dorada de una u otra manera— El niño crecerá y será un gran hombre— Habrá adioses y sonrisas— Mi madre me estará esperando contenta— En el rincón donde está enterrado Tyke habrá un sepulcro nuevo y perfumado que hará que mi casa parezca de algún modo más propia— Las noches de primavera me quedaré en el jardín bajo las estrellas— Algo bueno nacerá de todas estas cosas— y será algo dorado y eterno— No hace falta decir una palabra más.” Así concluye Jack Kerouac Big Sur, acaso una de las últimas y mejores muestras del poder de su escritura y del sueño de una América de Papel que no supo escapársele de las manos hasta el último momento. Cuando no lo hacía en pequeñas libretas, Kerouac escribía en largos rollos de papel teletipo, sintiendo que sus palabras se extendían toda la noche, al igual que los caminos, a lo largo de su vida. “Habrá adioses y sonrisas,” acota, y nuevas Américas de Papel van fundiéndose en la suya, transformándola, hasta decir palabra, hasta decir una última palabra que nunca será posible decir.
M.A

 

 

 

 

 

 

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One Response to “Dossier Kerouac: La América de papel (suite)”

  1. […] La América de Papel (suite), por Martín Abadía. […]


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