La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Kerouac: La Tentación del Zen mayo 4, 2009

 

                                                                                                                                                        copia-de-dharma_bums

Juicio a la pátina.- Dentro de la novelística de carácter biográfico instaurada como canon y tendencia principal en la literatura del siglo XX (“biográfico” entendido en un sentido amplio: toda novela en la que el protagonista no difiera del escritor en rasgos definitivos como el sexo, la profesión o la nacionalidad debe considerarse biográfica, sin necesidad de que los hechos narrados hayan sido vividos en primera persona) destaca un par de características principales, que definen no tanto la trama de las obras como los autores: su persistencia en los mismos caracteres y a lo largo de toda la carrera del autor. Todos los Bardamú son Bardamú, que es Céline; Swann es siempre Swann. El ocasional cambio en los nombres de los personajes no termina de engañarnos: sabemos quién es Lee, William o simplemente Bill, y que todos esos ladrones maricas son Genet. Torpemente oculta tras lo simbólico, como en Kafka, o asumida por evidente en Bernhard o Coetzee; literal, como en Javier Marías o con esquizofrenia pessoana. Las historias de Ray son las historias de Sal Paradise, y son por lo tanto son las historias de Kerouac. No importa si la vida que nos muestra sea inventada, vivida, contemplada, imaginada o deseada, seguramente una mezcla de todo ello. Es la vida Kerouac, y la investigación ociosa casi burocrática en la distinción de lo real y de lo ficticio (eso que alguna vez se entendió como lo estrictamente literario) no apaga ese tono, esa atmósfera que adquiere la narración cuando lo que se cuenta se entiende como propio.

 

La cronología de Kerouac confirma esa idea: que, como su amigo Burroughs, Kerouac sólo escribió una novela dividida en diferentes tomos. Un año después de On the road, aparece Dharma bums. Lo que las une es evidente y no necesita ser comentado. El particular estilo de Kerouac sirve tanto para un roto como para un descosido: tanto reproduce el palpitar bebop como simula el ritmo del haiku. Nada de eso importa. La pretendida aproximación a la sintaxis japonesa en el texto original de Dharma bums no puede sino ocultarse tras la potencia de las dos líneas argumentales que, por sí solas, sin ayudas estilísticas, vertebran la obra, atándola por un lado a On the road y elevándola y por fin diferenciándola por encima como sujeta por una soga hacia el hogar de Buda en el cielo.

 

La trama es la misma: las borracheras, los motores rugientes, los kilómetros de autopista y la amistad, la desasida y beligerante amistad beat, presentada como ideal de sinceridad y verismo. Por encima de todo ello, como tapando una parte de su historia, de la historia que comenzó con On the road, con una pátina transparente surcada de imágenes de Buda, de sutras y de anecdotario oriental, se encuentra la otra parte de Dharma bums, la que la define dentro de la literatura de Kerouac y del siglo XX en general y que la desmarca de mera segunda parte o continuación de On the road.

 

Esa pátina de budismo acapara todo el imaginario de la novela y la convierte en monotemática, y llega a contaminar la línea argumental, plagada de decisiones budistas, de nirvanas y haikus (sin lograr privarla de su esencia juerguista y excéntrica clásica). Es, en realidad, en ese encuentro entre el ideal zen y la vida beat donde se produce el choque que, visto de una manera tal vez demasiado estricta, convierte la intentona de Kerouac en fallida. La vida beat no termina de encajar con los ideales budistas. La necesidad de Kerouac de introducir un espititualismo estandarizado, aunque sea bajo las normas apenas dogmáticas y mágicas del budismo primitivo, dentro de una vida con una tendencia en ocasiones opuestas lo convierte en un gran argumentador. Consigue hacer verosimil la posibilidad de que un enloquecido poeta beat amante de las orgías y adicto al alcohol y a las drogas alcance el nirvana, reservado según el único verdadero dogma del budismo para los desapegados, para los que no desean. Los métodos que utiliza para alcanzar tal grado de verosimilitud lo lanzan por los serpeteantes caminos de la historia del budismo, mezclando el zen de la escuela Rinzai con el Sutra del diamante y el buenismo del budismo himalayo con la dureza del jainismo. Una historia milenaria tan rica parece propicia para que se extraigan de ella argumentos capaces de postular cualquier cosa. Queda declarado, además, el completo dominio del tema por parte del escritor. Convertir tal cantidad de datos, en ocasiones opuestos, en un sistema es, en cualquier caso, un logro estrictamente literario, encuadrado dentro de ese lugar a mitad de camino entre la fabulación y el conocimiento que se entiende como el terreno de la literatura.

 

 

Los vagabundos.- La trama de la novela recorre los meses previos a la marcha del poeta Gary Snyder a Japón. En los primeros capítulos es donde la lucha entre el budismo Theravāda de Kerouac y el zen que representa Japhy se muestra más patente y con mayor énfasis en la rectitud de las distintas ortodoxias. Conforme avanza la historia, las escuelas de pensamiento budista expuestas por los protagonistas se mezclan en un sincretismo precursor de los movimientos new age, de los que la generación beat debe considerarse pionera.

 

El encuentro entre el primitivismo Theravāda y la elegante incomprensión zen es en realidad la metáfora de un desencuentro más amplio y que aún se mantiene como el caballo de batalla del budismo en su introducción en occidente. Ray representa la fijación occidental en la lectura de los mitos budista a través de la razón civilizada y snyderatea fijada en la restauración. Kerouac, y no solo él, entienden como problemático el excesivo parecido que el budismo más extendido, el Mahāyāna, tiene con las religiones occidentales. La necesidad de privar al hecho religioso de todo lo que lo convierte en superstición y entorpece su labor filosófica lucha contra el mágico y metafísico mundo del zen. Lo que molesta en el budismo: la transmigración; la posibilidad, la necesidad de un dios (por más que se le atribuya a Buda una concepción atea de la realidad, una re-lectura occidental negada una y otra vez por los sabios orientales). Borges lo intentará años después a través de la literatura, convirtiendo el budismo en una enumeración de narraciones y símbolos, alejándolo de su, piensa el hombre occidental perfectamente civilizado, ingenua metafísica.

 

El Theravāda de Keruoac es plenamente consciente de su condición herética (que se trate de budismo más antiguo y, se supone, menos contaminado no le libra de herejía frente a la corriente dominante, con todos los matices que en un caso como éste puede contener el concepto de herejía). Elegimos del budismo lo que podemos entender, lo que sirve para una vida occidental. Utilizamos su tolerancia completa para justificar nuestra propia vida. En el budismo cabe todo, y cabe también la parcialidad: podemos, debemos quedarnos tan solo con aquello que nos conmueve, debemos desechar lo que desafía la razón o lo vuelve incómodo: aquel niño saltando de flor de lis en flor de lis, declarándose al poco de nacer el centro del universo; aquella historia del príncipe enjaulado volando por encima de los ríos una vez ha alcanzado la iluminación. Los denominamos mitos, y al explicar su procedencia y precursores los normalizamos y convertimos en razón, en filosofía. Nos aproximamos a la religión por su cara neutra, la no religiosa. Esta actitud, prevista y aceptada por el Buda histórico, camina hacia el pensamiento único.

 

Frente al laico Theravāda de Kerouac se sitúa el trascendente zen de Japhy. El zen proviene del Mahāyāna, el budismo estándar que convirtió al Tibet en un pequeño Vaticano, donde una re-lectura piadosa del nirvana hizo de los budas almas aún reencarnables. Cuando el budismo se introdujo en China encontró una corriente de pensamiento con la que se sentía cómodo. Al fin y al cabo, todas las religiones orientales beben de las mismas fuentes, pero el taoísmo lleva la lucha contra la dialéctica hasta el extremo último, hasta hacerse incapaz de describirse a sí mismo, ni siquiera mediante símbolos o parábolas. El koan zen contiene la posibilidad de la enseñanza, no la enseñanza en sí misma, que deviene a contrapelo, sin aviso y sin ni siquiera buscarse. El satori que encaja sin dificultad dentro del desarrollo cultural occidental, una vez que las enseñanzas de las vanguardias de inicios de siglos hubiesen dejado a su paso su huella irracional sobre la cultura popular.

 

Pero un zen clásico no termina de encajar dentro del sistema de valores y réplicas de un escritor plenamente occidental como Kerouac:

 

Un niño que, al observar que un bodhisattva respondía a cada pregunta señalando al cielo con el dedo, imitó el movimiento, y que alcanzó el nirvana cuando el mismo bodhisattva le arrancó el dedo de un tajo para que no le imitase y consiguiese ir más allá del puro gesto. La sensibilidad que busca nuevos caminos para la realización se inquieta ante estas narraciones llenas de absurdo y que niegan el pensamiento, el mismo pensamiento que se ha utilizado para llegar hasta ellas. Pero queda lo estético: el haiku, los grandes gestos de magnanimidad, las narraciones y las paradojas del koan. Por la vía de la belleza sí es accesible el zen. Pero lo que se deja en el camino es su esencia, su razón de ser. La narración no es más que el instrumento para alcanzar lo otro, lo inexpresable. El tao declara como falso todo aquello que puede ser explicado. Tamaño desafío deviene en una visión conformista, innegablemente parcial, afín al ritual pero incapaz de asumir la exigencia de suspensión de todo juicio que conlleva. Lo inexpresable queda fuera, y solo se recuerda a través de su versión más light: su versión literaria. Kerouac, no obstante, se muestra lúcido a la hora de asumir la derrota. En la novela, las continuas referencia a esa esencia inefable son rechazadas con desdén y humor, sin llegar a tomarse del todo en serio ni siquiera por el mismo protagonista.

 

El zen en Japhy es más natural, menos corroído por la necesidad de expresarse. Su retrato es vívido, repleto de gestos. En la primera parte de la novela, la presencia de la escuela Rinzai zen impregna cada acto de Japhy, y también las conversaciones del grupo. La necesidad de matar a la propia familia, primera de las celebres citas de Rinzai, queda asumida por el grueso beat como evidente: también a ese lado del océano, en la occidental America, la lucha contra la insidiosa institución familiar se considera el inicio de toda revolución cultural; también matarse a uno mismo, incluso en un sentido literal, encaja en la esencia beat. Pero matar al buda queda tan solo para Japhy, con su vida monástico-sexual, con sus caminatas y su, por momentos creíble, desapego. Japhy, en un contexto ortodoxo (y es aquí donde queda su zen mejor definido), no busca el nirvana en ninguna de sus 00385formas. Pero se acerca a él cada día, como Han San y toda esa caterva de influencias y nombres que recorren la novela.

 

Ascenso.- El ascenso al monte Matterhorn marca el inicio del sincretismo que se desarrollará a partir de la coronación. En un juego paralelo de sensibilidades, se observa a cada uno de los protagonistas afrontar un mismo desafío bajo filosofías opuestas. Ray entiende el ascenso como una alargada y dura labor de meditación hasta el simbólico nirvana de la cima. Para Japhy todo es más sencillo. El satori es instantáneo y no necesita ser buscado. Japhy es un montañero casi profesional que disfruta con las agotadoras caminatas y que entiende la montaña. “No encuentro que sea diferente estar en The Place a subir al Matterhorn. Se trata del mismo vacío, joven”, responde a Ray, que en el regreso al campamento tras su fallido intento de ascenso/iluminación reconocerá la inutilidad de sus actos y envidiará la suerte del tercer montañero, Morley, que ni siquiera había sentido la necesidad de esforzarse por subir a la cima:

 

Aquí tenemos el karma de estos tres hombres: Japhy Ryder se lanza triunfante hacia la cumbre y llega a ella; yo casi llego, pero me rajo y quedo acurrucado en este maldito agujero. Sin embargo, el más listo de los tres, el poeta de poetas, se queda ahí tumbado con una rodilla sobre otra, mirando el cielo y mordisqueando una flor en una deliciosa ensoñación. ¡Maldita sea! No volverán a traerme aquí arriba”.

 

En el transcurso de la ascensión al Matterhorn Ray pone a prueba su budismo y su propia resistencia en la naturaleza. La excursión puede entenderse dentro de la estructura general de la novela como una iniciación a la parte final, donde Ray, por consejo de Japhy, aceptará un trabajo de guardabosques que lo mantendrá dos meses incomunicado y a solas consigo mismo.

 

 

On the dharma.- Una anécdota sirve como código para leer el resto de la novela. Japhy echa en cara a Ray sus problemas con la bebida. Esta mención al alcoholismo somera y poco significativa dentro de la novela abre una etapa de alucinaciones solapadas con amagos de nirvana e incluso de milagros. La narración se enturbia y deslavaza al ritmo del auto-stop y de los diferentes “bodhisattvas” que Ray conoce en sus viajes. Nos encontramos con la versión menos obvia de budismo, sin las parrafadas didácticas del comienzo. Ray se encamina directamente hacia su conversión en buda, pero lo hace en un clima de extrañeza étilica, implícito pero potente.

 

Hacia el final de la novela, se produce un diálogo que encubre una realidad no mencionada en ningún momento, sólo sugerida en la anécdota anterior:

 

– Japhy, hay una cosa que en este momento deseo más que cualquier otra en el mundo…, más que cualquiera de las que he deseado en toda mi vida -soplaba el frío viento del atardecer y apresurábamos el paso inclinados bajo las mochilas por aquel sendero interminable

– ¿Cuál

– Una de esas tabletas de chocolate Hershey tan maravillosas. Hasta me contentaría con una de las más pequeñas. Por el motivo que sea, una de esas tabletas sería mi salvación en este preciso instante.

– Eso es tu budismo, una tableta de chocolate Hershey. ¿Qué te parecería estar a la luz de la luna, bajo un naranjo, con un helado de vainilla?

 

El budismo de Ray no es el chocolate, obviamente. El dharma, el camino de Kerouac no necesita ser explicitado, y será el detonante de su alejamiento del resto de poetas beats y de su propio final. Es además el foco que ilumina todas esas falsas iluminaciones, tan literales, tan parecidas a lo que deben ser, tan faltas de originalidad. Ya había sido anunciado de manera metafórica al comienzo de la novela, cuando se citaron las famosas fases por las que pasa un bebedor de té, y que una lectura obvia enlaza con los efectos de las diferentes drogas legales o no. En realidad, el acercamiento de Kerouac al budismo siempre estará lastrado precisamente por esa falta de renuncia a la vida beat en un inicio y al alcohol al final de sus días. El budismo donde cabe todo no tiene problemas a la hora de aceptar al lumpen de la sociedad, las herejías ni las distintas lecturas de los mitos, pero pierde su esencia y se convierte en una parodia cuando pierde su única verdad, la que la distingue del resto de religiones de salvación. La cuarta verdad del dharma: el desapego.

 

El comienzo de la novela Kerouac explica lo que a él le atrae del budismo. Todo es dolor, la primera verdad enunciada por el Buda histórico en la Sutra del diamante. Pero todo es dolor podría firmarlo también Jesucristo, o Mahoma (no es casualidad que Ray, en varias ocasiones, compare a Buda con Jesús de Nazareth, idea que enerva a Japhy). Es la manera de apaciguar ese dolor lo que distingue a Buda, que realizando un análisis casi médico sentencia como única posibilidad el desapego, la suspensión de todo deseo. Este dogma es asumido en la novela, sí, pero de manera poco convicente. Las palabras, como en tantas ocasiones, se quedan en nada: importan los actos. Y cada acto de Ray en la novela está impregnado de pasión, de deseo, de necesidad. Y utiliza el budismo para postular sus actos, y, sin desvirtuarlo del todo, si lo priva de su peligrosidad, de lo que lo hace radical y terrible. Su difícil de entender falta de humanidad.

 

Lo que separa a Kerouac de Buda también lo separa del resto de la sociedad, desde polos apuestos. Su ideal de vagabundo pobre y feliz es su excusa. Japhy, tras la trifulca a propósito del alcohol, regresa arrepentido y drogado, después una conferencia a la que Ray no quiso acudir porque quería emborracharse, y que estuvo finalmente repleta de perfectos budistas japoneses perfectamente borrachos de sake. Pero la redención de Kerouac es efímera y artificiosa, porque el alcohol en sí mismo no es el problema, como no lo es el sexo (uno kerouac-orlando-1959de los amigos de Japhy: “a veces veo un relámpago de iluminación en lo que intentas exponer, pero créeme, tengo más satoris con Princess que con las palabras”).

 

El regreso de Japhy podría dar material para alargar el debate entre la sensibilidad occidental en choque contra la realidad del budismo no académico. En oriente tomaría consciencia de un hecho no siempre presente: la cara del budismo más cotidiano, de su función religiosa pura, sin connotaciones filosóficas. Esto es: el budismo del pueblo analfabeto, de las velitas a los santos, los rituales y las tradiciones, más parecidas a la semana santa española que a los ensayos del doctor Suzuki. Su pureza filosófica queda resguardada en los monasterios donde se medita durante todo el día y no se permite ni se desea otro conocimiento que no sea el dharma. Buda como filósofo puede interesar a occidente, pero no como santo, como receptor de ofrendas florales. Una utópica segunda parte de la novela bien podría haber versado sobre el miedo del pueblo a la muerte y las argucias para intentar detenerlo (el budismo, como tantas y tantas religiones, no es sino un sistema de choque contra esa verdad dolorosa). Es decir: lo que el budismo tiene de fe y de engaño.

 

 

 

Parapo

 

 

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One Response to “Dossier Kerouac: La Tentación del Zen”

  1. […] La Tentación del Zen, por Parapo  (colaboración especial). […]


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