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Dossier Kerouac: La única novela de amor que he leído (apuntes sobre una sensación emergida en el fragor lector de Los Subterráneos) mayo 4, 2009

Filed under: Dossier Kerouac,Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 1:32 am
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Kerouac en la Banda de los Corazones Rotos

 

                                                                                                                                                                       46_thumb 

La literatura tiene un manojo exiguo de tópicos, no más. Ese objeto o actividad o arte o superstición a la que consentimos en denominar “literatura” y a la que consideramos tan inasible en vastedad puede escribir(se) únicamente sobre un puñado de cosas o sentimientos. La violencia, la soledad, el poder, el viaje son algunos de ellos; podrían buscarse algunos más, es cierto; tan cierto como que la abrumadora mayoría de esos elementos podrían reducirse a dos centrales: el amor (y su colmo, el odio) y el terror (y su exceso, la temeridad).

 

El amor y el terror, entonces. El dulce y el trueno, la retribución y la pérdida. Todas las palabras que puedan escribirse y todos los órdenes – finitos pero incontables – en que esas palabras puedan ordenarse tramarán siempre la forma del amor o la del terror. Hay palabras u ordenamientos que no dicen nada, ya lo sé, pero qué otra cosa que terror a las significaciones es eso. Qué otra cosa que amor por las palabras.

 

Las novelas de amor cuentan con un derrotero implacable; la mismísima Ilíada puede ser leída como una novela de amor y, seguramente, el mes pasado se editaron unas 1000 en todo el mundo. Muchos de los grandes hitos en la literatura, empezando por la citada Ilíada, pasando por la Comedia de Dante, Romeo Y Julieta o Madame Bovary, llegando hasta Trópico de Cáncer o Zama, son susceptibles de ser caratuladas como novelas-de-amor. ¿Pero realmente lo son?. Digo, más allá de lo estéril que resultan siempre las clasificaciones, ¿están hablando siempre de amor en esas páginas?. Dicho de otro modo: ¿alcanza la relación –carnal o ideal, pero siempre erótica – entre dos seres humanos para hablar de amor?. No lo creo. En verdad no lo creo: la noción de amor, de amor real, incluye una serie de fricciones, puñaladas y elixires que desborda la mera idealización del ser amado (siempre más efectiva en el terreno poético, dicho sea de paso; leer a Keats o a Novalis o a Breton en caso de duda) o la obsesión sexual. El amor real es otra cosa, y que no se interprete esto en desmedro de las obras citadas, nada pierden con esta observación. Se me ocurre simplemente que las emociones que circulan en esas páginas son diferentes al amor real, para el que tuvo la desgraciada suerte de conocerlo, no porque dichas emociones no surjan de un potencial amor genuino. ¿Cómo podríamos saber eso; qué importancia tiene para la literatura en todo caso?. Mi pretensión no apunta a juzgar “los amores” de cada uno ni a desatar una competencia publicitada como A ver quién ama más sino a denunciar que en esa literatura el amor no está plasmado de un modo terminante. Se me dirá que se trata de literatura, y que todos sabemos las relaciones de la literatura con la realidad y que…. Yo estaré de acuerdo, admitiré sin chistar y acto seguido exhortaré a leer Los Subterráneos, de Jack Kerouac, para observar si las convicciones continúan tan firmes y bien peinadas.

 

 

 

La madurez, ese eufemismo que se utiliza para nombrar la decrepitud

 

La crítica ha coincidido en denominar a Los Subterráneos como una novela de madurez; la escasa crítica que aborda hoy día la obra de Kerouac, al parecer, sigue pensando lo mismo. Esta clasificación surge por referencia a En el Camino; se sabe lo arduo que le resulta a cualquiera a hablar del escritor beat sin remitirse de una u otra forma a su obra capital. En el Camino está ambientada en 1948 y Los Subterráneos en 1953. La distancia entre ambas fechas no sería relevante para la mayoría de duetos novelísticos que podamos imaginar de un mismo autor, pero en el caso de Kerouac (y del mundo de Kerouac) cobra una relevancia central. Los personajes beat de En el Camino están calientes, en la cresta de una ola interminable, cálida, narcótica. Los personajes beat de Los Subterráneos están ateridos, se han enfriado por la decepción y por el cliché que se ha logrado de ellos; se han enfriado por el paso de esos años también, que en el caso de ellos parecen contarse como los de los perros, es decir, siete por cada uno.

Pero (precisamente a causa de lo dicho anteriormente) el término madurez aparece como un eufemismo para decrepitud en el marco de Los Subterráneos; Leo y sus amigos, más allá de ciertas declaraciones de principios que aparecen desperdigadas por la novela y que apuntan a su supuesta temperatura frente a los otros beat, a los de San Francisco, se saben cansados, decrépitos, atestados por el sentido y el vértigo con que decidieron vivir. Son jóvenes aún. Eso al menos diría un doctor que escrutara su DNI antes de revisarlos. No son jóvenes, y eso sólo lo saben ellos.

 

“En otro tiempo yo era joven y me orientaba tanto más fácilmente y podía hablar con nerviosa inteligencia sobre cualquier cosa, con claridad y sin preámbulos tan literarios como éste; en otras palabras, ésta es la historia de un hombre que no se tiene mucha fe, y al mismo tiempo la historia de un inútil egomaníaco y bufón de nacimiento” Esas son las palabras que principian la novela. Son también las palabras que podrían cerrarla. Son las palabras de la noche, la confesión de la caducidad, la letanía del egoísmo asumido y el látigo aquel del que hablaba Capote.

 

Henry Miller, en un vertiginoso prólogo a Los Subterráneos, se enfada y advierte: “No hay que olvidar que Kerouac se ha pasado toda la noche despierto, escuchando con los ojos y las orejas. Toda una noche de mil años. Lo oyó en el útero, lo oyó en la cuna, lo oyó en la escuela, lo oyó pegando la oreja a la pared de la bolsa de la vida, allí donde un sueño vale oro”. Miller asume la defensa ante el potencial agravio y sobre todo ante el elogio fácil, ante el pasmo fingido y acomodaticio que se maravilla del calvario ajeno como si se tratase de un mero filme de aventuras deliciosas y sin secuelas. “Y además – añade Miller- ya está casi harto de oírlo. Quiere dar un nuevo paso adelante. Quiere reventar. ¿Vais a dejar que lo haga?”. Kerouac amaga con convertirse en mártir, el paso adelante que va a dar es el suicidio, la destrucción final. Va a reventar, quiere reventar a causa del zumbido de la noche, no quiere oír más, tal vez para no tener que traducir en palabras y silencios a los demás ese mismo zumbido.

kerouactrincaycanta“Los años no vienen solos” suele amonestarse en las sobremesas jocosas. Tampoco se van sin nada, habría que decirlo. Se llevan con ellos los retazos de todos esos seres que describe Kerouac, de los beat y de los hipster, de los fríos y los calientes, de los intelectuales y los rudos, el innombrable polvo que se va desmarcando de ellos con cada amanecer en sillones, con cada nueva borrachera, con cada golpe del amor.

 

…Porque, claro, yo había prometido – desde el título – hablar de amor. El amor y la decrepitud, el amor después del amor (como muy bien ha dicho Paez), el amor como única estaca en el huracán, una estaca pringosa, tenue, huidiza, envenenada. No me retracto: La historia de amor entre Leo Percepied y Mardou Fox es la historia de un amor decrépito, sumergido en las tinieblas de los bares recorridos, de las manos permitidas, del insondable deseo que crece en el hastío de vivir; de vivir a nivel individual y de vivir juntos, o mejor dicho: de haber vivido tanto. Es la gesta del amor moderno, en donde todos estamos siempre a punto de colapsar, en donde los pisos son tan endebles como los techos, en donde se ha perdido todo sentido de la continuidad. ¿Cómo amar en medio de la borrasca? ¿Por qué hacerlo cuando se conocen todos los calibres de las balas que nos aguardan?, ¿Por qué no evitarlo – o refrenarlo o moderarlo al menos – cuando las alimañas que tan pacientemente criamos en nuestras entrañas y en nuestras mentes se aprestan a triturarnos?  Las respuestas a esas preguntas son la carne de Los Subterráneos.

 

 

 

“Un amor real es como dormir y estar despierto…”

 

Es jactancioso intentar una definición de amor real. Pero más que jactancioso es estéril. Pretender la uniformidad conceptual en ese terreno equivale a procurar arrancarle un ademán de amor a la ciencia. En las arenas antropológicas se ha insistido con más ahínco en la diferencia que el hombre ostenta frente a la animalidad simple (la racionalidad) que en la diferencia que nos separa de lo inerte, lo exacto, lo natural (la pasión). El amor real, sea lo que sea – ay  de los límites de las palabras –, es la evidencia más rotunda de esto último.

 

El amor real es un trastorno, un desbarajuste total de los sentidos y los esquemas que regulan a un ser humano, una suerte de vida dentro de la otra vida, más intensa por cierto, más aireada, más real. El amor real es una astilla divina que se inserta en la mente y en el corazón del poseído, una esquirla diamantina que actúa como lazarillo en la tormenta y que no obstante, por alguna razón, jamás no deja en paz. El amor real es, en efecto, la única experiencia que vale la pena vivir. Todo esto parece decir Kerouac del amor. Todo esto parece cierto.

 

El amor, de este modo, representa para Kerouac un desgarro, una turbación, un encanto, básicamente una incomodidad. Ese es el rasgo enfatizado en la novela: el amor moderno es un delirio dentro del delirio, una adicción más dentro de las adicciones, salvo que en esta oportunidad el contrincante habla, se calla, se viste, se desnuda. El estado de amor es incómodo, un sentimiento tan delicioso y comprometido que resulta insoportable. Una pasión que enturbia incluso y sobre todo las aristas maravillosas de sí misma. El amor real, para Kerouac, es una pasión destinada a devorarse a sí misma íntimamente, a neutralizarse: “…Toleradme, vosotros todos, lectores amantes que habéis sufrido, toleradme vosotros, hombres que comprendéis que el mar de negrura en los ojos oscuros de una mujer es el mismo mar solitario, ¿y acaso iríais al mar a exigirle explicaciones, o a preguntarle a una mujer por qué cruza las manos en el regazo sobre una rosa? No…”. Las palabras supuran como una infección desatada por el calor, y se incrustan en la médula del asunto: el amor real es la apoteosis de la incomunicación, pero no de aquella incomunicación total y cotidiana que se tiende entre los hombres y la mayoría de sus semejantes sino de una incomunicación esencial que se da únicamente dentro de la comunicación esencial, exagerada, aterradora del amor real.

                                                            

El amor real es un dulce trastorno que borra incluso los límites de la realidad, de ese bloque de comodidades y concreciones que llamamos realidad; el sueño, ese bloque de incomodidades y abstracciones que llamamos sueño, se confunde con la vigilia hasta fusionarse, hasta formar un único escenario, enclenque y mal iluminado. Tal vez las mejores páginas de la novela – y de la literatura amatoria universal moderna – sean aquellas que suceden al sueño de Leo y que llegan hasta el final de Los Subterráneos. Leo Percepied, abrumado por ese jack-kerouaclllestado indefinible en que consiste la borrachera furiosa y crónica mezclada con el sueño físico, tiene un sueño extremadamente vivaz en el cual su mujercita, Mardou, se acuesta descaradamente con Yuri, un amigo en común. Leo es consciente de que se trató de un mero sueño, forjado seguramente por los incipientes y vertiginosos celos que empezaban a enturbiar las cosas. Leo lo sabe; lo sabe  y se lo repite a sí mismo, pero actúa como si en realidad la afrenta hubiese existido. La desfiguración de la barrera entre lo real y lo imaginario es un signo de alarma para el ebrio o el adicto, pero mucho más lo es cuando está enamorado. El amor real se vuelve así, paradójicamente quizás, un líquido viscoso en el que resbala cualquier certeza, cualquier atisbo de permanencia. “…ahora recordaba que al despertar de la pesadilla de los celos, en la cual ella hacía el amor con Yuri, algo había cambiado; lo sentía, algo en mí se había roto, percibía una nueva pérdida; es más, una nueva Mardou” se lee en la novela.

 

El amor real se vuelve así una locura deforme e impostergable que horada el núcleo de la estabilidad: la vida entera pasa a ser la tediosa escenografía en la que el amor se muere, en la que el amor se puede morir, en la que el amor siempre está muriendo.

 

 

 

La perdición, la fusión, la distancia

 

Hay un concepto que se repite con insistencia en Los Subterráneos: el amor hace que uno se pierda en el otro; dicho con menos palabras, que uno se pierda. Se trata de un concepto jánico: por un lado aparece la grandiosidad del amor real y por el otro su maldición. Lo curioso del caso es que el esplendor y la abominación forman parte de un mismo sentimiento, emergen de un relámpago que es uno y el mismo, persisten en una única medida temporal.

 

“…hace que sienta piedad de mí mismo, al verme perdido como ella en el mar sufriente e ignorante de la vida humana, y sintiéndome distante de ella, que es la que debería estar más cerca y sin saber (no, no podré saberlo en este mundo) por qué la distancia es en cambio el sentimiento, ella y yo enredados y perdidos en él, como debajo del mar…”

 

El amor real volatiliza el mundo consentido (el “habitual”, ese, el que está atestado de saludos formales, de días de lluvia y de sol, de deliciosas Navidades en clan) e instala en su lugar, en la tierra yerma y abandonada que atestigua el desfalco, un mundo ardoroso e indómito,  un “mar sufriente” que hace de la indiferencia y la tosquedad su norma. Mundo-mar. Un mundo que cuando surge en su desnudez también desnuda nuestros ojos y nos permite ver la crudeza, la hostilidad, el desamparo de un mundo-mar en el que por primera vez hemos sido acompañados de verdad. Esa compañía, esa tremebunda e intocable compañía, es la que despierta el cadalso de sentido: sentirse acompañado es la certidumbre de que algún día seremos des-acompañados, abandonados; la certidumbre de que algún día seremos solos. Solos como éramos antes de esa compañía se podría pensar; no, no es cierto, solos como nunca estuvimos antes, más solos que la misma soledad.

Pero esa soledad se insinúa en plena compañía. Quiero decir, no se trata de una cuestión temporal, no se trata de subterrc3a1neosque la soledad suceda a la compañía una vez malograda esta. La soledad se esboza en la fusión, es ese espantoso sentimiento de distancia del que habla Kerouac y que únicamente puede darse cuando esa fusión (la del amor real) se concreta. Se ha dicho mucho sobre la fusión del amor, se la ha tachado de idealista, de idílica, se la ha considerado real también. Más allá de lo que se pueda decir sobre ella (no lo sabremos nosotros tampoco en este mundo), la fusión es la evidencia de la distancia, es la única instancia desde que esa soledad esencial, esa distancia infinita hacia todos los otros, puede intuirse. En ese pequeño truco de la vida reside el crimen: la distancia ortodoxa, la que siempre sentimos y respetamos desde aquel desgarrón con nuestra madre, se vuelve otra. Dentro de la fusión amorosa esa distancia acostumbrada se congestiona de tal manera que pasa a ser fundamental. Ya lo era, eso está claro, pero recién allí se descubre o confirma.

 

“La vez que nos pusimos a temblar mientras hacíamos el amor y ella me dijo de repente me sentí perdida, y se perdió en efecto conmigo, aunque sin terminar, ella, pero frenética en mi frenesí”

 

El frenesí del sexo con amor, de eso que más que sexo es un dulce, dulce sacrificio, un ritual espasmódico del alma. Y tras el frenesí, o en medio de él, la perdición, el verterse en el otro como si se tratara de una hemorragia invertida. Y tras la perdición, o en medio de ella, la distancia, la concreta y la latente, ese mosquito insomne que, carabina en mano, no nos deja dormir cuando es debido ni levantarnos cuando es urgente. 

 

 

 

Mome

 

 

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One Response to “Dossier Kerouac: La única novela de amor que he leído (apuntes sobre una sensación emergida en el fragor lector de Los Subterráneos)”

  1. […] La única novela de amor que he leido…, por Mome. […]


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