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Dossier Kerouac: Últimas palabras sobre el hombre y la botella mayo 4, 2009

Filed under: Dossier Kerouac,Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 1:25 am
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No se trata tanto de que yo sea un borracho que se sienta culpable sino de que los otros que ocupan conmigo este estado de vida en la tierra no sienten la menor culpa de nada

                                                                                    Jack Kerouac, Big Sur

 

 

 

Grieta

                                                                                                                                                                lc04e2mw 

Tiene algo de chusma – y mucho de mórbida – la forma en que la historia, en este caso la “historia literaria” o algún disparate en el mismo tono, le cae a los vicios de los escritores. Especialmente a los de aquellos que, merced a su histrionismo o a pesar de sí mismos, se convierten en estrellas del espectáculo.

En la pesquisa habitual de trapos sucios, la intención no apunta tanto a un verdadero análisis de la relación adicción-creación como una mera exposición de las debilidades de los genios, suponiendo siempre que las adicciones son un claro correlato de las flaquezas, asociación un tanto reaccionaria por cierto. Descuento que esta postura está inmersa en una corriente bastante general de nuestra cultura, que tiene a la estupidez como rectora. Pero también sospecho que se trata de vagancia, de incapacidad: la relación de algunos autores con sus adicciones no son carne de comidilla sino la médula de sus obras, el misterio sagrado en torno al cual surgen los venerables manuscritos. Deleuze, en uno de los libros más lúcidos y menos rigurosos del siglo XX[1], eligió a Fitzgerald y a Lowry como prototipos del escritor alcohólico, del escritor cuya obra no se comprende sin el alcoholismo como motor y como clausura. Pretendo sumar a Kerouac a esa lista.

 

Deleuze habla de la grieta, la grieta silenciosa que Fitzgerald retrata mejor que nadie en The Crack-Up. No perderé tiempo en intentar explicarla: la grieta no tiene explicación posible, y de haber alguna, está en el libro de Fitzgerald. La grieta es muda, definitiva, parsimoniosa (una de las características del alcoholismo, señala convenientemente Deleuze, es el tiempo que da para relacionarse con la muerte, su demora en la destrucción), ininteligible. La grieta, en todo caso, se siente, es esa espina en la mente que nos perturba antes de dormir o aquella devastadora sensación en la cual todos los demás parecen hechos de cera. La grieta es algo que los pensadores abstemios creen poder describir, sugiere Deleuze, de allí el ridículo que los barniza: la grieta del alcohol es algo que sólo los alcohólicos pueden experimentar y, al menos, balbucear.

 

Escribe Deleuze: “Cuando Fitzgerald o Lowry (o Kerouac, me atrevo a agregar) hablan de esta grieta metafísica incorporal, cuando encuentran en ella, a la vez, el lugar y el obstáculo de su pensamiento, la fuente y la desecación de su pensamiento, el sentido y el sinsentido, es porque han efectuado la grieta en el cuerpo con todos los litros de alcohol que han bebido”. No se trata por supuesto de una apología matona que conmine a los escritores a emborracharse para poder hablar del quiebre metafísico; Deleuze simplemente está poniendo las cosas en su lugar: la obra de ciertos autores (mártires o villanos, eso queda para el gusto y la moralina de cada quien) es un único bosquejo, desarrollado en sablazos desparejos, de esa grieta espiritual desde la cual nace la demolición.

 

Escribe pertinentemente Kerouac en Big Sur: “¿Por qué me tortura Dios? – Pero quien no haya tenido delirium tremens aunque sea en su primer estadio no podrá entender que no se trata  tanto de un dolor físico sino de una angustia mental indescriptible para esa gente ignorante que no bebe y acusa de irresponsabilidad a los bebedores”

 

 

 

Literatura del borde

 

“Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición”. La cita, harto afamada y no por eso menos brillante y elitista, es de Fitzgerald.  Deleuze se fascina (Deleuze también era alcóholico, vale decirlo, por eso habla) con el adverbio inicial de la oración, con el adverbio que denota la certeza, la obviedad de la afirmación. Kerouac parece ir en este caso – como en casi todos – un poco más allá: la faena (auto)demoledora en que consiste la vida debe ser consumada también dentro de la literatura. La literatura misma debe ser ese proceso de demolición que la involucra a ella como principal damnificada. ¿Kerouac quiere suicidar a la literatura?. No. Era demasiado simple para él y, por lo demás, ya se había hecho. Lo que pretende es en efecto lo contrario: que en ese proceso destructivo la literatura permanezca viva; agonizante, siempre moribunda, herida en sus nervios y en sus órganos vitales, babeante, trastornada, sufriente, pero viva.

De este modo Kerouac coloca el milagro de la escritura en el borde del acantilado. Esto puede comprobarse kerouac-header1en toda su obra, pero especialmente en Big Sur. En dicha novela (acaso la más honesta y cáustica de su siglo), Kerouac abandona toda convención y lo hace en dos planos distintos: el literario por un lado, el estrictamente vital por el otro. La literatura, su literatura, se transforma en un llano ejercicio de desesperación, una súplica rabiosa que pende de un cordón en su relación con el mundo. La vida, su vida, se transforma en la pauperización de toda vida, en misticismo, parálisis, culpa y atrocidad.

 

Literatura y vida, la encrucijada de Kerouac. En sus palabras: “Toda una suma de pequeñas alegrías (…) me conmovieron cuando volví a ver en ese horror posterior cómo ellos, la gente, habían alterado y convertido todo en siniestro (…) y mis ojos y mi estómago tenían náuseas y mi alma gritaba palabras, balbuceos, oh – No es fácil de explicar y es mejor no mentir”. Mientan siempre, aconsejó algún otro genio. Lo que ocurre es que aquel genio se refería a la literatura y Kerouac está en el borde de la literatura, con un pie en ella y el otro…bueno, todos sabemos donde está el otro, aunque no podamos explicarlo.  

 

Big Sur es el verdadero “diario de un  loco” que persiguieron Dostoiesky, Gogol o Joseph Roth, la lúcida metralla del delirio. El escritor y el hombre no pueden ir más allá; porque más-allá se deja de ser hombre y ciertamente allí ya no vale la pena escribir: “Libros, esta enfermedad me ha convencido de que si puedo salir de esto seré un alegre molinero y mantendré mi enorme boca cerrada” dice Kerouac en plena borrasca, en la orilla de la razón. Más-allá está el abismo en cualquiera de sus versiones: o bien la locura y el encierro o bien la extática redención que sobrevuela el final de la novela: “Las noches de primavera me quedaré en el jardín bajo las estrellas – Algo bueno nacerá de todas estas cosas – Y será algo dorado y eterno – No hace falta decir una palabra más”.

 

 

 

Enfermedad

 

Big Sur no habla sobre el alcohol, Big Sur es otra cosa: es la prosa del alcohol. Se oye entre sus páginas al alcohol mismo descalzándose, sudando, enjuiciándose en el delirio que aguijonea en el alma humana. El alcohol no aparece como diversión, tampoco como estimulante, tan siquiera como pertrecho de evasión. El alcohol en Big Sur es la bestia, la enfermedad, el mal mismo reducido a conducta: “Uno se siente enfermo en el máximo sentido de la palabra, respira sin creer en ello, enfermoenfermoenfermo”

 

Enfermedad es la palabra clave de Big Sur, no tanto porque se repita hasta el cansancio como porque sin las directivas y los caprichos de esa palabra (de lo que esa palabra implica) la novela se desintegra, desaparece. “Todos estamos de acuerdo en que es demasiado grande para seguirle el paso, que estamos rodeados por la vida, que nunca llegaremos a comprenderla, entonces nos concentramos en beber de la botella el escocés y lbrs149_kerouac_bigsurcuando está vacía salgo del auto y compro otra. Punto”

 

Si existiese alguna variedad de justicia divina o superior, nuestros ojos deberían perder su poderío tras la lectura de Big Sur; nuestras pestañas deberían caer como pelusas en una habitación derruida. Big Sur está dispuesta para aniquilar al lector, para enfrentarlo al nudo marinero de la enfermedad, una enfermedad genérica que excede al alcoholismo y a cualquier otra dolencia particular, un trastorno que pertenece a la naturaleza humana tanto como la sexualidad o la obligación de recortar las uñas de tanto en tanto. Big Sur, una vez superado el meridiano de sus páginas, se hace irreversible: deja de ser una novela para transformarse en el retrato de la enfermedad, en la enfermedad misma. “De hecho, todo se desliza hacia la locura” parece advertirnos Kerouac hacia el final de la novela. Todo va hacia allí, hacia el hueco interminable del pensamiento en llamas, hacia el foso en donde el hombre y el escritor yacen histéricos, devastados, con la expresión de la criatura que ha roto la vitrina de recuerdos familiares y aguarda por el regreso de su madre del mercado.

 

 

 

 

Fuga 

 

Otra vez Deleuze: “(…) el alcoholismo es el proceso de demolición mismo en tanto que determina el efecto de fuga del pasado: no solamente del pasado sobrio del que están separados (…) sino también del pasado próximo en el que acaban de beber, y del pasado fantástico del primer efecto. Todo se ha convertido en igualmente lejano y determina la necesidad de volver a beber”. El pasado se disuelve en la vida del alcohólico, se disuelve multiplicándose. El pasado son los pasados, diferentes pasados que conforman un iceberg de memoria sin piedra debajo, un iceberg que se desmorona con sólo mirarlo fijo con los ojos inevitables de la culpa. Kerouac supo bastante de esto.

 

Un pasado sobrio que se aleja irremediablemente con cada golpe de codo: un jardín remoto en donde hasta los colores eran distintos, más vivos, más ciertos. Un pasado frugal en donde se cocinaban los detalles del desastre y que sin embargo aparece como inmaculado, indiscutiblemente preferible al hundimiento actual. Un kerbarpasado verde que se agota para el alcohólico en  esos chispazos de impresiones (olores, sabores, sentimientos), que apenas surge para desaparecer.

 

Un pasado fantástico, voraz, desatado por los primeros efectos de la sustancia, el preciso momento en que el alcohólico “cambia de bando”. Se trata de un pasado que podríamos llamar intermedio; un pasado particular dentro del gran pasado. El alcohólico (no el que meramente bebe, aunque beba mucho) lleva dentro de la cartera fastidiosa de lo visto, lo oído y lo hecho una bisagra insoslayable, definitiva, temporal: las primeras borracheras memorables. Este pasado aparece una y otra vez (aquí lo interesante y también la maldición) en el proceso tóxico del borracho perdido, aparece en la forma del primer trago para desaparecer con el segundo, el tercero y los demás. Kerouac en Big Sur: “Cualquier bebedor conoce el proceso: el primer día que uno se emborracha todo está bien, a la mañana siguiente duele la cabeza pero puede neutralizarse fácilmente con algunos tragos y comida, pero si uno saltea la comida y continúa bebiendo hasta emborracharse como a la noche, y se levanta para seguir de fiesta, y prosigue así el cuarto día (…) Insomnio, sudor, temblores, una sensación lamentable de debilidad (…) pesadillas (pesadillas de muerte)”

 

Un pasado reciente, muy reciente, que no obstante se aparta como lo hacen los propios alcohólicos de la luz. Esta pasado está marcado por la última ingesta, por la ingesta actual, la que todavía se desenrolla en su conocido repertorio de síntomas y efectos secundarios, en ese repertorio del que si se tuviera un registro escrito (y Big Sur tal vez los sea en algún sentido) podría titularse sin escándalo la Agenda de Belcebú. Un pasado flamante que también se fuga, que se fuga (casi) antes de ser pasado. Un pasado reciente que devuelve el golpe del alcohólico y lo sitúa en su reino, en el Reino de la Inmovilidad.

 

Kerouac, nuevamente en Big Sur: “Me sentí completamente despojado de esos modestos mecanismos protectores que son los pensamientos generales acerca de la vida o las meditaciones bajo los árboles y lo esencial y toda esa mierda, y de todos los otros mecanismos patéticos como preparar la cena o decir ¿Qué haré después? ¿Cortar leña? – Me vi como un condenado, sentí lástima – La evidencia atroz de que he estado engañándome a mí mismo toda la vida al pensar que era necesario hacer siempre otra cosa para que el espectáculo y ahora ya no soy más que un payaso harto y enfermo, igual que todos los demás”

 

 

 

 

Mome

 

 


[1] Me refiero a La Lógica del Sentido, y especialmente para este artículo a la vigesimasegunda de sus series, titulada “Porcelana y Volcán”.

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2 Responses to “Dossier Kerouac: Últimas palabras sobre el hombre y la botella”

  1. […] Últimas palabras sobre el hombre y la botella, por Mome. […]


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