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Rilke: Apenas la poesía mayo 28, 2009

Filed under: literatura alemana — laperiodicarevisiondominical @ 9:17 pm
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rilkepicEl símbolo, la belleza y lo terrible  Soy de los desafortunados que no creen en la teleología, ya sea en su versión laica, ya sea en la sacra. Se sabe, desde Platón y Aristóteles (en este caso sí funciona el dueto) el pensamiento occidental ha tendido a buscar un fin (telos) para todo, desde el universo hasta el último mondadientes. Se sabe, también, que las religiones han hecho de esa consigna un escándalo de tren fantasma, repleto de juicios postreros y destinos hundidos en la eternidad y sus diversas habitaciones, las celestiales y las no tanto. Tanto se ha insistido en la cuestión del futuro – de eso se trata en el fondo, del pánico ciego por el futuro – que hasta ese aborrecible monstruo de la inteligencia y el plagio insidioso, Tomás de Aquino, inventó con ella una de sus famosas “vías” hasta Dios. Supongo que la cobardía que nos aqueja por ser conscientes de nuestras propias acciones y – sobre todo – de nuestra propia muerte es la causante de semejantes dislates.
Y yo, que no me jacto de ser valiente, tampoco lo hago de ser cobarde.
Pertenezco entonces a la triste secta de los que no ven fines en ningún lado, pertenezco a aquellos que más que asombrarse de un supuesto orden de las cosas (después-del-día-viene-la-noche, las 4 estaciones y cosas así) se aburren de él. Y todo lo escrito hasta aquí sería íntegramente verdadero sino fuera por la poesía.
Existe un período de nuestras vidas en el que las ideas y los sentimientos tienden a transformarse en convicciones furibundas, en jactancias. La modernidad le procuró un nombre a ese período: lo llamó adolescencia. El escepticismo también puede ser una jactancia; en efecto, la mayoría de las veces culmina en un número patético, plagado de autobombo y de poses hurañas para imaginarias cámaras. Me tocó ser en aquella época un fundamentalista del descreimiento. Hasta que leí a Rilke.
La poesía, cierta poesía, tiene el poder de reducir a trizas cualquier pretexto esgrimido contra la eternidad o el mundo. No es un fin precisamente; no cumple los requisitos del formulario de la utilidad y renguea fiero a la hora de prometer recompensas. No es un fin pero cumple las virtudes de aquél: la poesía justifica el mundo y la existencia, para decirlo con palabras sencillas. Apenas la poesía.
Las Elegías de Duino, acaso uno de los últimos hitos de la poesía moderna, fueron publicadas en 1922, año que – ya se dijo algo en este blog al respecto – ostenta una serie de obras artísticas que incita a la desconfianza. Pero fueron trabajadas durante diez años: desde 1912 Rilke les dio forma trabajosamente, contrariando de alguna manera esa suerte de estigma que persigue a la poesía y que consiste en la inmediatez, en la furia creativa de la inspiración. El mismo Rilke, en el mismo año, publicó además los Sonetos a Orfeo, escritos en apenas unos meses, como para corroborar el estigma. Las Elegías, no obstante, no muestran el fatigoso trabajo que las generó. Borges en alguna parte dijo que las obras maestras se caracterizan por ser fruto de un ardoroso esfuerzo pero también por no evidenciar esa labor. Las Elegías, pese al sesudo trabajo que las precedió, parecen escritas por un brazo tan enérgico y volátil como un halcón; parecen escritas contra el tiempo, al modo de una ráfaga de fuego. Las Elegías de Duino parecen, para decirlo de una vez, perfectas. Y todos sabemos que la perfección, al menos en el terreno poético, está emparentada a la prontitud, a la urgencia del espíritu por estrangular a la duración.
Rilke es un poeta extraño en la tradición alemana, de la que tal vez representa el último “nombre sagrado”. Y lo es particularmente en las Elegías de Duino, en las que no hay referencia alguna a los rasgos típicos de la poesía alemana o a la mitología nórdica. Probablemente resida en esta condición la singularidad de las Elegías: se trata de simbolismo (tan francés él) ejecutado por un alemán. Simbolistas son sus motivos, en especial el que subyace a todo el poemario (la relación entre creación artística, existencia y muerte); simbolista es su ejecución, repleta de referencias a la juventud y de guiños hacia la soledad esencial; simbolista es, en fin, su concepción sobre los efectos mágicos o sagrados del lenguaje, sobre el encantamiento que puede provocar y la atmósfera decadentista en la que se mueven las palabras.
La poesía justifica a la existencia y al mundo, escribí más arriba. Ciertos poemas de Rilke pertenecen al grupo selecto de aquellos que tienen ese poder y esta pertenencia no se cimienta únicamente sobre una cuestión de talento. El talento, ciertamente necesario para cualquier faena decisiva dentro del arte, no basta para encumbrar automáticamente a su poseedor. Quiero decir: el talento es condición necesaria para escribir grandes obras, pero no condición suficiente para hacerlo. No se me ocurre dudar, a modo de ejemplo, del talento poético de un Jean Paul o un Lamartine; tampoco se me ocurriría colocar a esos autores en un lote análogo al del propio Rilke o al de Whitman o al de Rimbaud o al de Coleridge. El espíritu habla en estos últimos; es ese espasmo de ansias espirituales lo que desborda la obra meramente talentosa para enclavarla en la cumbre de la realización humana.
Pero ¿cuál es la manifestación acabada de esa cumbre? Probablemente no la haya, probablemente cualquiera de los candidatos a semejante cargo presente una carencia elemental para satisfacer la incógnita. Entre esos candidatos, sin ínfulas de originalidad, opto por la belleza. Es la belleza, alejada de cualquier definición dogmática, la aparición sensible que denuncia y remite a la cumbre espiritual. Lo bello, libre en su aparecer es la sustancia (insustancial) que sacude a través de la poesía, el nervio mismo de la existencia humana y, sobre todo, la creencia que tenemos de ella.
Ahora bien ¿es la belleza el todo de esa referencia, o al menos un elemento que por sí solo resuelva el misterio? No lo creo. Rilke, que tampoco lo cree, en la Primera Elegía escribe:
“Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos”
Lo terrible de Rilke, esa noción que (al igual que ocurre con la de tiempo según esgrimió lúcidamente Agustín de Hipona) despierta al avizorarla su más profunda comprensión de nuestra parte al mismo tiempo que la más absoluta imposibilidad de explicación con palabras de este mundo. Todos sabemos de qué está hablando Rilke y ninguno podría dilucidarlo para otro, siquiera si ese otro también lo sabe. Rilke hace de la incomunicación esencial no sólo un motivo que abanica todas las Elegías sino también un rasgo contundente de su poesía. La figura de los amantes desgarrados por la certeza de su distancia, o mejor dicho de la imposibilidad de unión real, circula por la colección de elegías y simboliza la soledad radical del hombre. Pero la poesía misma de las elegías, derivada de ese “principio” citado más arriba, es a su vez la expresión de lo bello, esa parte admisible de lo terrible. La poesía, que incluso justifica la existencia y el mundo, no puede dar cuenta de lo terrible en otra forma que no sea la de la belleza, es decir, en forma de símbolo.
 
 
 
rilke1895_1La juventud y el grito Rilke retoma en las Elegías de Duino un tópico romántico; dicho con más propiedad, el tópico romántico por excelencia: la juventud. Pero Rilke, se sabe, ya había pasado por el filtro del simbolismo francés y ante él la juventud se erguía con otras propiedades que las que rescataron los popes del romanticismo. Con menos nostalgia, con más veneno. La juventud – lo que en este marco poético es sinónimo de muerte joven – es un rasgo heroico y violento, menos susceptible de compasión que de secreta envidia. Se lee en la sexta elegía:
“Raro el parecido de los muertos jóvenes
con el héroe. A éste durar no le importa.
Su ascensión es vida. Se exalta y se lanza
cada vez en medio de las renovadas
formas de peligro
que en todo momento lo acecha
El joven – más que la juventud en su acepción cuasi platónica – es la negación de las negaciones: encarna en su ser la negación del tiempo como duración. El joven, en su desprecio del tiempo cotidiano, del inerte tiempo que se preocupa básicamente por conservar, lo niega como patrimonio válido para el hombre y avanza hacia la muerte del tiempo, hacia la muerte. Escribe Rilke en la octava elegía:
“¿Qué es el destino? No más que eso: siempre
estar delante y nada más, delante”
Delante. El avance por el avance mismo; el avance por la fuerza irresistible de la vida que tiende hacia… delante. Esa fuerza que se traduce en el hormigueo inquebrantable de la inminencia. Delante, ese eterno delante que culmina (en el sentido riguroso de la palabra) con la muerte. La muerte joven: esa muerte que salva de la desdicha de ser hombre, adulto. Otra vez Rilke, en la octava elegía:
“Ven con todos sus ojos las criaturas
lo Abierto (…)
Los hombres nunca, ni siquiera un día,
ante sí tienen el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
Siempre está el mundo alrededor”
   
El decadentismo de la modernidad golpea con un sonido sordo, hueco, en las páginas de las Elegías. El mundo, lo impuro y sintético del (moderno) mundo, entorpece la relación de la criatura con el universo: el mundo rodea al hombre, lo cerca, le oculta el infinito que le fue destinado. Rilke, como todos los hombres, tampoco lograba huir de su tiempo: la infamia de la Gran Guerra había dejado paso a una falsa calma repleta de bienestar y lujos, la expansión capitalista de posguerra (aún en Alemania, en donde las insurrecciones comunistas se repetían cada dos años) estaba encubriendo el cielo vertiginosamente con productos flamantes, con objetos tan novedosos como pueriles.
“Acá todo es distancia; allá era todo
respiración”
La juventud es el último mojón de ese allá que se asoma en el poema rilkeano; el último parapeto de la libertad. Pero allí, en el meridiano exacto de ese parapeto, surge la impronta propia de Rilke para desmarcarse del romanticismo y espetar en el rostro del todavía nuevo y sin embargo magullado siglo. Allí, en la trinchera terminal, surge el rasgo moderno, el desdén propio del dandy inteligente, afiebrado de orgullo:
“¡Basta de súplicas! ¡Basta! Que una voz nacida en ti
sea el alma de tu grito; grito puro en otro tiempo
como el reclamo del pájaro cuando la estación lo exalta”
El derrotero metafísico en que consiste la historia, la devaluación inapelable en que consiste la vida del hombre – y con él, con cada hombre de este mundo, la vida de la especie humana – no supone, no puede suponer, la derrota amistosa. Tal como la juventud representaba el último espacio de la libertad, el grito puro, bestial, estridente, inflamado, constituye la última manifestación de la resistencia. Rilke nos habla del territorio aquél en donde el habla misma no tiene sentido, la comarca tan temida en donde las palabras se disgregan en el diluente espasmódico de la perplejidad. El mundo, una vez sacudida su escenografía, una vez removidos todos los obstáculos, el mundo desnudo, lo que sabe provocar es pavor, aturdimiento, un silencio tan hondo como el pozo en el que habita el derrotado. La única alternativa a la mudez está encarnada en el grito; el grito forjado por un puñado de vísceras en llamas, furibundas frente a la imposición que esos rostros de porcelana bañados en lágrimas evidencian alrededor. El grito, el fuego, el estallido del espíritu sorteando el ardid de la inteligencia y los bemoles del cuerpo. La esclavitud se revierte en grito, en alarido espectral que carga en su resonancia el sino del siglo sangriento y su porvenir, su inminencia de masacre generalizada.
 
2521“…el seno es todo” Pero, entonces…¿Qué propone Rilke? Créanme, he oído alguna vez esa inquisición, aunque por suerte mi memoria no llegue a identificar los labios toscos de los que emergió. Los poetas no proponen, es casi una ofensa tener que aclararlo. Tal vez sean los únicos seres de este mundo incapaces de proponer nada. Los poetas disponen, aunque esa atribución se la lleve siempre el dios cristiano. El poeta simplemente observa en la oscuridad; ve allí donde no hay nada para ver a los ojos humanos.
Sin embargo, esto es sabido por todos, los disparates más ingenuos suelen ser acicates de reflexiones en torno a él, de reflexiones que ciertamente lo exceden y lo aniquilan, pero que en última instancia siempre cargan con una marca congénita, asociada al dislate en cuestión. Quiero decir: he pensado, a partir de aquel comentario, la posibilidad de que algún elemento en la obra de Rilke se perfilara como candidato para una (im)posible “propuesta”.
Pues bien, hechas ya todas las salvedades, ese “elemento” podría ser, en su inmensa generalidad (o quizás precisamente gracias a ella), el retorno al útero materno, al origen, a la fuente.
No se trata de un plan original, vale decirlo. Qué otra cosa es el arte al fin de cuentas que la búsqueda desesperada de un más-allá que está ligado al absoluto, a la honda calma amniótica. Fuera del terreno artístico incluso (en lo que los manuales y los hombres conservadores llaman “vida real”) tengo para mí que el fin esencial del ser humano tiende a ese absoluto: eso buscamos en el sexo sentido, en las adicciones, en los placeres fugaces que manipulamos para despegarnos del tiempo.
Sin embargo, el talento encuentra siempre bordes novedosos para transitar lo gastado y Rilke, según creo, cuadra en esa tónica. Una vez más, Rilke en las Elegías de Duino:
“¡Oh, ventura sin par de la pequeña
criatura que en el seno permanece
que lo gestara! ¡Oh, dicha del mosquito
que interiormente salta todavía
hasta en sus bodas! Pues, el seno es todo”
El poeta celebra con dolor la dicha de lo imposible. ¿Qué representaría para la criatura humana la permanencia en el seno?: la imposibilidad de la existencia, la (in)existencia eterna. Pero en ese caso no tendría sentido alguno la celebración: nadie celebra en exceso su situación normal. Para celebrar la ausencia de vida (entendido este concepto como “vida cotidiana” o “vida humana”) es preciso haber probado el espasmo de la humanidad. De este modo, la celebración se reduce a la melancolía del imposible retorno, un retorno que no por imposible cesa de ser; un retorno que pone al hombre – y al espíritu que lo secunda y apuntala – en una circunstancia de huida constante. Para terminar, Rilke:
“¿Quién nos ha hecho girar de esta manera
que, hagamos lo que hagamos, siempre estamos
en la actitud del que se va? Y como éste,
sobre el último cerro que le muestra
una vez más aún todo su valle,
se da vuelta, se para y titubea,
tal vivimos nosotros, despidiéndonos.”
 

 

 

 

                                                                                                                                         Mome

 

 

 

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