La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Un hombre que duerme: Perec y las formas de decirlo junio 11, 2009

Filed under: literatura francesa — laperiodicarevisiondominical @ 12:12 am
Tags: , ,

 

La poesía entra en el sueño como un buzo muerto en el ojo de Dios.”
R. Bolaño

 

La espacialidad entendida como un lugar en donde el hombre, o las cosas, están. Los pliegues, las fisuras, los pequeños acomodos en donde el cuerpo -c-u-e-r-p-o- se dispone. Un hombre que duerme, de Georges Perec, es un libro en donde cuerpo y espacio son dos palabras que se debaten en el eterno juego de ser sólo una.
Y por espacio podemos entender tanto lo vacío -o la falta de- como el hueco, que es una zona en tensión entre dos o más cuerpos. La literatura, y este libro lo demuestra, es también un juego de captura y cese, de intromisión y desalojo. El sujeto de Un hombre que duerme, dramatiza la desidia de las emociones blancas hasta convertirlas en una tensa espera, hasta convertirlas en un devenir que amenaza pero no llega.

 

El territorio es ágil, pero el sujeto juega a ser antónimo. El texto circula por los espacios gracias a los sentidos de este hombre quieto y toda aproximación a eso que podríamos llamar exterioridad es tan sólo un impulso que no se gobierna por el yo.
 

Más tarde, llega el día del examen y no te levantas. No es un gesto premeditado, no es un gesto siquiera, sino una ausencia de gesto, un gesto que no realizas, gestos que evitas realizar. Te acostaste temprano, has dormido plácidamente, habías puesto el despertador, lo has oído sonar, has esperado a que sonara, durante varios minutos por los menos, ya despierto por el calor, o por la luz, o por el ruido de los lecheros, de los basureros, o por la espera. Tu despertador suena, tú no te mueves en absoluto, te quedas en la cama, vuelves a cerrar los ojos. Otros despertadores comienzan a sonar en las habitaciones contiguas. Oyes ruidos de agua, de puertas que se cierran, de pasos que se precipitan por las escaleras. La rue Saint-Honoré comienza a llenarse de ruidos de coches, chirridos de neumáticos, cambios de marchas, breves sonidos de bocina. Los postigos golpean, los comerciantes levantan sus persianas metálicas. Tú no te mueves. No te moverás. Otro, un sosia, un doble fantasmagórico y meticuloso hace, quizá, en tu lugar, uno a uno, los gestos que tú ya no haces: se levanta, se lava, se afeita, se viste, se va.”

 

El plan con el que el protagonista descrito por Perec desafía la estructura de comportamiento lógico –sí, lógico- se basa en un articulado de intenciones vanas, en una actividad donde la indolencia se convierte en método. Pero no es un plan vacío. Muy por el contrario, lo que se expresa, lo que el sujeto realiza, es un ejercicio de introspección que tiene como eje la frontera de lo externo e interno. Se plantea que la quietud es también una fórmula de resistencia, de tal modo que la exterioridad –o sea, la calle, el piso de arriba, la pared contigua- es ajena para los fines que se proponen.

 

Pero no son tan sólo las referencias espaciales las que promueven esta resistencia. Día y noche, como coordenadas cargadas de sentido, promueven una política del espacio. El sujeto se ausenta de día, pero recorre la ciudad por la noche. Juega, una vez más, como en proporción binaria, al par, al antónimo. Durante el día, adentro de su habitación percibe la exterioridad a través de lo sensorial. A la noche, comienza a poblar lo ya escuchado; recorre la ausencia del otro, transita un camino que tampoco le pertenece.

 

Esto es tu vida. Esto te pertenece. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas. No tienes ganas de acordarte de otra cosa, ni de tu familia, ni de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de tus vacaciones, ni de tus proyectos. Has viajado y no has traído nada de tus viajes. Estás sentado y no quieres más que esperar, sólo esperar hasta que no haya nada que esperar: que llegue la noche, que suenen las horas, que los días pasen, que los recuerdos se borren. No vuelves a ver a tus amigos. No abres la puerta. No bajas a buscar el correo. No devuelves los libros que sacaste de la Biblioteca del Instituto Pedagógico. No escribes a tus padres. Sólo sales a la caída de la noche, como las ratas, los gatos, los monstruos. Deambulas por las calles, te deslizas dentro de los pequeños cines mugrientos de los Grands Boulevards. A veces caminas toda la noche, a veces duermes todo el día.”

 

Un hombre que duerme reivindica la idea del ocio. Pero un ocio que se justifica, una vez más, por la propuesta que el mundo moderno tiene acerca de la acción. Perec busca generar un espacio y tiempo que consoliden un ritmo de hacer las cosas. La misma prosa de la novela, que se agita y encabalga, tiene quiebres con descripciones que nos recuerdan a autores franceses clásicos, pero que se nutre de una fuerza diferente: la fuerza del que conoce la tradición y sabe reescribirla.

 

Para Perec más que un descubrimiento, todo tiene que ver con un reconocerse. El hombre que se mira, el hombre que procura encontrar su espacio. Ubicarse es encontrar la identidad. Como si lo que uno es –o cree ser- estuviera en directa relación con el lugar que ocupa. Es por eso que digo que esta novela, como lo dice el protagonista, no es contra los hombres, ni contra la ciudad o el mundo. Tan sólo es un intento por observar y observarse y sentir que la épica que el mundo propone no es para uno.

 

No es que odies a los hombres, ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos!

 

Porque un tema que trasciende el texto es el de los logros que uno conquista a lo largo de la vida. Como si lo que uno es, al igual que el lugar que ocupa, estuviese supeditado a ciertos principios de pertenencia irrenunciables. Se trata de cumplir un rol, de ser parte del juego, de, finalmente, pertenecer a algo para lograr ser. Pero el sujeto declara: Prefieres ser la pieza que falta en el rompecabezas.

 

La consolidación, se plantea, es otra cosa. Pero ni siquiera eso; la consolidación es una convención social de la cual el protagonista no quiere, ni debe, ser parte. Una vez más el espacio se hace presente: el margen, el límite, el revés. Instalarse en el espacio vacío que el texto, dispuesto en la página, deja. Burlar las trampas de la cotidianeidad propone no porque el otro sea un enemigo, sino porque la trampa consiste en aceptar lo ajeno sin disputa alguna.

 

No desear ya nada. Esperar, hasta que ya no haya nada que esperar. Deambular, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las cunetas, las rejas, el agua a lo largo de las riberas. Caminar por los muelles, rozar las paredes. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía.”

 

La digresión es arbitraria, pero la constitución del sujeto responde a patrones normativos. ¿Quién lo dice? El sujeto de Un Hombre que duerme, condiciona el mensaje entregado, lo dispone en una métrica personal y espera. ¿Qué espera? No lo sabemos y tampoco importa. El mero intento de marginarse del entorno social, deviene en resistencia. ¿Utópico? Probable, pero la utopía, como significado, responde a una imposibilidad tácita entre el pacto social y la creencia individual. La utopía es olvidarse que las ideas son también actos y que estos nos conducen, siempre, a un destino. Y el destino jamás será fracaso, si lo diseñamos nosotros. Tal como en el juego solitario de cartas que juega el protagonista:
 

Tú proteges, destruyes, construyes, combinas, urdes plan tras plan: ejercicio vacuo, peligro que nada sanciona, ordenamiento irrisorio: cuarenta y ocho naipes te encadenan a tu buhardilla y te encuentras casi feliz de que un diez esté en su lugar, de que un rey no pueda levantarse contra ti, o casi infeliz de que todos tus pacientes cálculos conduzcan todos al mismo resultado imposible. Como si esa estrategia solitaria y muda constituyera tu único camino, se hubiera convertido en tu razón de ser.”

 

Es posible generar un diálogo entre Un hombre que duerme y Especies de Espacios. En ambos libros se ubica al sujeto como un ser que se relaciona con su entorno. Pero si en Especies de Espacios el centro está en la descripción minuciosa del ambiente, y como éste se relaciona con el protagonista, en Un hombre que duerme, se le da existencia y cuerpo y, por sobre todas las cosas, se lo ubica.

 

El juego de descripción propuesto por Perec en su libro, responde a los patrones de una configuración espacial que no olvida olores, colores, sabores ni sonidos. La acción es escasa, pero los sentidos pueblan el relato de una ansiedad estética desafiante. Todo se quiere ver. Todo se quiere tocar. El ambiente del protagonista, aunque esté quieto, sentado, acostado, es de una velocidad sensorial que sólo un buen texto puede entregar.

 

Y se acerca el fin, sí. Las grandes conclusiones, como los grandes axiomas, suelen ser un continuo que debe abortarse por efectos netamente temporales. Sin comienzo, ni mucho menos fin, el centro es una arbitrariedad más. ¿Y la ausencia qué dejo? ¿Y el gesto de resistencia? ¿Quería llegar a algún lugar?
El abandono como medio para algo, se transforma en el texto como un fin en sí mismo.

 

No has aprendido nada, sólo que la soledad no enseña nada, que la indiferencia no enseña nada: era un engaño, una ilusión fascinante y traicionera. Estabas solo y eso es todo, y querías protegerte; que entreel mundo y tú los puentes se rompieran para siempre.”

 

La novela no tiene fin. El texto apela a la subjetividad de todo ritmo. Es muy probable que el protagonista aún esté ahí, contando los cigarros que le quedan, pensando en las fachadas que ve desde su ventana, escuchando el sonido de una gotera que suena en otro piso. Creo que pocos textos son capaces de generar la idea de continuidad como éste. Y funciona, incluso, como símbolo de la escritura. Escribir, quizá, es ausentarse del ritmo y abandonarse. Esconderse en el lenguaje y resistir desde ahí. Encontrar una frontera desde la cual escribir. Ubicarse en el espacio, en el propio espacio, en un mapa personal e irreductible, y trazar las líneas de nuestra autodeterminación.

 

Y el último párrafo no puede ser mío: “Tocar fondo no quiere decir nada. Ni el fondo de la desesperación, ni el fondo del odio, de la decadencia etílica, de la soledad orgullosa. La imagen demasiado bella del buzo que, con una patada vigorosa, regresa a la superficie, está allí para recordarte, si acaso fuera necesario, que aquel que ha caído tiene derecho a todos los honores: la misericordia de Dios se extiende sobre él como sobre los habitantes del cielo a los que El da el sustento. Los pescadores, como los buzos, están hechos para ser absueltos.”

 

 

R.S

 

 

 

8 Responses to “Un hombre que duerme: Perec y las formas de decirlo”

  1. aningunsitio Says:

    Hola,

    Buena reseña! Muy completa, aunque no me la he leído toda para no quitarme sorpresas.

    Llevo un tiempo buscando este libro. ¿Tú sabrías dónde conseguirlo? Lo editó Anagrama pero ahora está descatalogado. :/

  2. Ernesto Says:

    ::La parte donde habla de las ratas me hace estremecer::
    Mi parte favorita:
    “Pero las ratas no se comen las uñas y, sobre todo, no metódicamente, durante horas enteras, hasta
    que la extremidad de sus garras no sea más que una llaga difusa. Arrancas el tejido córneo hasta la
    mitad de la uña, mordiendo los puntos donde se une a la carne; desgarras los pellejos casi a todo lo
    largo de la falangeta hasta hacer brotar la sangre, hasta que los dedos te duelen tanto que, durante
    horas, el más mínimo contacto te resulta tan insoportable que ya no puedes tocar nada y tienes que
    remojarte las manos en agua hervida.”

  3. Sofia Gallego Says:

    La editorial Impedimenta lo publico en el año 2009.

  4. Juan Moreno Says:

    Que buena reseña del libro, sigo buscandolo por todas partes, pero aún no lo encuentro, Sin embargo vi la película y es muy buena, se las recomiendo.
    Encontrar las letras de Perec ha sido fenomenal.

    Aquí estan los links para que se la descarguen si no la han visto.

    http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/7071605/Un-homme-qui-dort-_Bernard-Queysanne_-1974_.html

    Gracias.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s