La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Monelle o los espejos proscriptos junio 19, 2009

 

MARCEL_SCHWOB_1Al igual que sus biografiados, Marcel Schwob habita en el vaivén de lo probable. Su vida, cualquiera de sus vidas, pudo haber sido lo que se quiso de ellas o cuanto ellas se empeñaron en abandonarse a su imagen. La imagen de Marcel Schwob que tenemos, cualquiera que sea, es suspenso sobre lo veraz. Hoy Schwob es uno y mañana otro. Schowb juega o no juega, no lo sabemos, pero su marca es la evanescencia, la disolución. Luego el camuflaje, lo irreconciliable de ser uno mismo a la luz de parecerse a lo que uno cree que es. Lo más fielmente que se pueda. Lo más cercano al deseo de ser.

 

Cuenta algún cronista que Marcel Schwob conoció a una tal Monelle hacia 1891. El una tal en el que pienso es válido. Monelle fue, como tantos otros, una o un tal: alguien, ninguna o todas. Monelle, como Billy The Kid, como Pocahontas, fue un nombre y una verdad sobre lo incierto, y su realidad, tan solo la cara visible y adulterable de la invención. Destacan su tendencia a la soledad y la agonía de la tuberculosis; una vida proletaria, el trajín cansino de los barrios bajos, sombras y en cada sombra, un espejo. Se dice que Schwob cuidaría de ella hasta el final de su vida, en 1893. También que Schwob nunca volvería a enamorarse de la misma manera. Que nunca volvería a escribir así, con solamente un nombre delante: Monelle.

 

Marcel Schwob siguió la huella de Stevenson, quien a su vez siguió la huella de Thoreau: todos perecieron en el periplo, tarde o temprano. El desaire anárquico de Thoreau en los bosques de Walden se consagraría en símbolos, en infracciones en Schwob. Al final de su vida, Schwob zozobraba en Samoa, tras las huellas de Stevenson. La historia reduce la desobediencia de Thoreau a unos impuestos impagos, lo homologa todo a un inusitado acto ciudadano. No lo elige diferente, lo acoge tan solo en su peculiaridad. Que hoy hablemos aún de Schwob obedece a esa distinción. Las infracciones de Schwob fueron a la larga más contaminantes por ser desapercibidas. Acaso sólo las actitudes subterráneas sobrevivan; lo subterráneo, que también se forja en el olvido. De la historia de la literatura no puede florecer Shakespeare una y otra vez; a veces nos parece que Shakespeare, con poner punto final a su obra, acabó para siempre con Shakespeare, que Shakespeare habita tan cómodamente el Olimpo Literario que su admonición es predecible. Shakespeare tiene estatus referencial: al decir Shakespeare allí donde estemos estamos diciendo literatura. Si allí donde vamos se nos reconoce por lo que detentamos, ¿podremos luego decir ese soy yo? Lo que se aloja en lo oscuro, lo que nace de la argamasa del silencio es revelador, tan solo lo que crece en el substrato de las formas resuelve finalmente las formas; y el silencio es discontinuo: al final del siglo diecinueve en Francia le adjudicamos muchas veces poco más que un mero asombro de postrimería. Stevenson acaso sea un escritor más citado que leido. Igualmente Huysmans. Renard, Louÿs. Se llama decadentismo, cuando lo que se quiere decir es inefabilidad. Fermento.

 

Entre muchas virtudes, Schwob legó alguna astucia de Stevenson. Supo que un sujeto se basta de muy poco para detentar uno o varios predicados, que escoger un nombre es ya describir de alguna manera. Así el Hyde de Stevenson, como el Burke de Schwob, son nombres que con sólo fundarse, se dicen. Asimismo Monelle. La fantasía final de Vidas Imaginarias, “Mr. Burke & Hare, asesinos,” evoca a conciencia a los formidables ladrones de cadáveres de Stevenson, acaso con más ahínco y menos turbación psicológica. Hyde, como Burke, funcionan como meros símbolos y no se sienten como una afectación; lo que delatan con sus nombres es de alguna manera el relato mismo. En sentido contrario opera el Ismael de Melville, que denota lo bíblico, y acaso algo similar ocurra con algún verso de Alejandra Pizarnik (“Alejandra, Alejandra / debajo estoy yo/ Alejandra”), aunque resista la salvedad de que cierta literatura ha de ser auto referencial porque puede sentirse como tal, porque puede despertar esa sensación sin traficar en biografías. El caso de Stevenson en todo caso forma parte del idioma: no todos los idiomas se dan tan bien como el inglés para que lo aparente ignore la dificultad de lo visible.
Detrás de El Libro de Monellle, no yacen ya las vidas posibles o el suspense y la bizarrería de Couer Double. No demora en prólogos que certificar.
Marcel Schwob no dio noticias sobre Monelle, no pudo sino prefigurarla más que dándole un nombre y dejándola hablar, soñándola a un tiempo prostituta y silenciosa; tan solo luego podrían entenderse las menciones de la Sonia de Dostoievsky, la Anne de De Quincey, la amante efímera de Bonaparte. Schwob transfiguró al fin la réplica a Moisés (Soy el que Soy) en todo y nada:

 

“Debido a que estoy sola me darás el nombre de Monelle. Pero tendrás presente que tengo todos los otros nombres. Y soy esta y aquella, y la que no tiene nombre.”

 

Schwob lo cubre todo de literatura. Monelle advierte:

 

 “Ninguna de ellas, debes saberlo, puede quedarse con ustedes. Estarían demasiado tristes y les da vergüenza quedarse. Cuando ustedes ya no lloran, ellas no se atreven a mirarlos. Les enseñan la lección que han de enseñarles y se van. (…) Pues deben tal vez irse a otra parte.”

 

Hubert Juin apunta que Schwob “no amaba leer como lo hacían los demás, o sea, desconfiaba de lo que entraba por la puerta, ya fuese el diario de la mañana o la herencia de los siglos. Sospechaba que la literatura admitía otra literatura. Que debajo de la historia oficial, había otra historia, igualmente fascinante, turbadora e enriquecedora.”
Monelle entonces no aguarda más que detrás de un nombre ilusorio y detrás de ese nombre, espera ser nombrada nuevamente. Ser nombrada sin reflejos de otras, ser tan sólo ella, encarnándose una y otra vez en sus probables, en sus camufladas sombras. Monelle proscribe el espejo, borra el horror de ser única, de ser la que está sola. Es lo que la conduce a mil huidas nunca ejecutadas, tan solo prometidas. Monelle se va sin acabar de irse jamás: no hay nada de acechadora en ella. Eligió la manera más evanescente de la huída: la estancia invisible.
Monelle se queda en todas las promesas de ser:
la egoísta,
la voluptuosa,
la perversa,
la decepcionada,
la salvaje,
la fiel,
la predestinada,
la soñadora,
la complacida,
la insensible,
la abnegada,
todas las que se precia y no se precia de ser. Todas las que la devuelven a su nombre. Es entonces que Monelle deja de hablar. Es entonces que Monelle es.

 

 

En La Ressemblace et la Difference, Marcel Schwob dispone las gramáticas de un arte detrás del sueño de Lautréamont: la poesía debe ser hecha por todos. El conflicto más acuciante de El Libro de Monelle, y de toda la obra de Schwob, se yergue en esta preocupación: en las permeabilidades del uno y el universo, del individuo y las masas. Y de su representación: “Sabed que este mundo no es más que signos, y signos de signos. Si podéis imaginaros un Dios que no sea vuestra persona y una palabra bien diferente de la vuestra, concebid que Dios habla: entonces el universo será su lenguaje. Nos es necesario que nos hable. Ignoramos a quien se dirige. Pero sus cosas intentan hablarnos a su vez, y nosotros, que formamos parte de ellas, intentamos comprenderlas sobre el mismo modelo con que Dios ha imaginado proferirlas. No son más que signos, y signos de signos. Como nosotros mismos, son máscaras de caras eternamente oscuras. Así como las máscaras son el signo de que hay caras, las palabras son el signo de que hay cosas. Y estas cosas son signos de lo incomprensible.”

Monelle desaparece hacia al final de la primera parte del libro, se deconstruye y se reaparece luego. Monelle entonces reclama un origen al que Schwob llama “aparición,” una existencia a la que Schwob llama “vida,” una pérdida a la que Schwob llama “fuga,” un talento al que Schwob llama “paciencia,” un paradero al que Schwob llama “reino,” una posibilidad a la Schwob llama “resurrección.” Llamemos a todo esto: Monelle. ¿Quién es Monelle? ¿Son las vidas de Monelle las de una sola Monelle? ¿Son las formas de Monelle las de una misma Monelle? Monelle es tan solo tener con qué nombrar a las gramáticas que hacen posible su percepción, gramáticas de quien la imagina, de quien la hace presente con un sinfín de interrogantes a su alrededor. Monelle, con la Nadja de André Breton, importa todos sus rostros por no ser ninguno de ellos, por ser rumor, espejismo de una mujer cuyo trazado en signos se superpone a toda certeza, a toda realidad. Por ser la flecha que se dispara hacia el blanco, pero además la pericia del arquero, la velocidad del disparo, la pasividad del centro y todos los pasajes que atraviesa hasta llegar, como en la aporía de Zenón. (“No había una manera de evitar este lugar, que es como un largo pasaje,” anota Schwob). Monelle es, de todas esas instancias, la que uno elige, despertando en su elección el complemento que suponen todas las opciones que uno menospreció. En magias como ésas a veces se resuelve el amor. A veces también el arte.

“Monelle”, escribe Hubert Juin, “es una figura de un alegorismo hierático; escapa de la noche; efímera, ordena y prescribe: “Hay que determinar las formas,” matar el pensamiento del pasado y del futuro, olvidar la razón y el conocimiento de uno mismo, pero sobre todo, no vivir más que en la instantaneidad lábil y fulgurante.”

 

 

M.A

 

 

 

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