La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Pelea tu propia guerra – William Saroyan julio 8, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 6:15 am
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mini_SAROSentado en esta pequeña habitación, a dos o tres meses de aquel momento, o a dos o tres años de aquel momento, escribiendo una historia sobre un grupo de seres que marchan en un desfile de muerte, escribiendo sobre lo que se les pasa por la cabeza, todas las cosas con las que sueñan e imaginan en relación con ellos mismos y el universo, cuando escucho que tocan a la puerta, un golpe bastante enfático.
 Sé que no es la oportunidad, ya que la oportunidad tocó a mi puerta hace varios años cuando estaba acabado y buscaba un trabajo, así que imagínense que debe ser mi primo Kira Minor, el mejor escritor que conozco que no escribe ni quiere escribir. O tal vez, imagino, es ese joven de semblante triste, el del uniforme azul ajado, que trabaja para la agencia de cobranzas y viene una vez por mes para informarme educada y nerviosamente que a menos que le pague los cuatro dólares que aún le debo a aquella agencia de empleos que me consiguió un trabajo en 1927, van a llevar el caso a la corte, deshonrarme y quizás enviarme a la penitenciaría.
Este chico estuvo viniendo tan a menudo que ya lo conozco bastante bien, y en las vueltas que le hemos dado a este asunto, pudimos hacernos amigos, más allá de que en apariencia parezcamos enemigos. Nunca me molesté en preguntarle su nombre, pero me ha contado todo sobre él y así supe que tiene una esposa, una pequeña hija que siempre está enferma, fuente de todas sus preocupaciones.
Al principio me disgustaba y solía preguntarme por qué trabajaba para una compañía de cobranzas, pero cuando me explicó sobre la enfermedad de su hijita, empecé a entender que tenía que ahorrar dinero de alguna forma y que no estaba haciéndolo porque le gustara, sino más bien porque era absoluta y desesperadamente necesario. Solía venir a mi habitación, aturdido de preocupación, me miraba con severidad y luego decía: Aquí, Sr. Sturiza, mi firma está ya cansándose de sus evasiones y precisamos que efectúe el pago de una buena vez. Yo decía: siéntate. Toma un cigarrillo. ¿Cómo está tu hija? Entonces suspiraba, se sentaba y encendía un cigarrillo. El deber es el deber, solía empezar diciendo, y tengo que ser severo con usted. Después de todo, le debe a nuestro cliente cuatro dólares. Muy bien, decía yo, sé severo. No le debo un centavo a nadie. Le debo a mi primo Kira Minor medio dólar, pero no llevó ese asunto a una agencia. Luego hablábamos al menos durante media hora o algo así, y el joven recaudador me contaba sus problemas, lo mal que le estaba yendo, y yo le contaba los míos, lo mal que me iba a mí, tratando de escribir bien y siempre equivocándome, yendo a pie hasta la biblioteca pública para tratar de averiguar cómo lo había hecho Flaubert.
El golpe en la puerta detiene la continuidad de mis ideas, así que voy y la abro. Si es mi primo Kira, pienso, voy a regañarle; si es el joven recaudador de la agencia, seré educado y le preguntaré sobre su hija.
Pero no es ninguno de los dos; es un hombre pequeñito de unos cincuenta años, con una tonta cara, momentáneamente animada por algún pensamiento entusiasta, y trae en su mano izquierda un sobre marrón largo, no hay duda que atiborrado de documentos muy importantes. El hombre es un extraño para mí, de modo que estoy sumamente interesado en e´l, ilusionado con que puedo aprender de él lo suficiente como para escribir una buena historia.
¿Enrico Sturiza? Pregunta, o más bien, lo grita, y yo empiezo a entender que algo sucedió en algún lugar del mundo, algo trascendental, histórico.
Sí, Sr, respondo con calma.
Enrico Sturiza, continúa el hombrecito con un tono que sugiere que estoy a punto de ser sentenciado a muerte por algún insignificante pecado olvidado, tengo el honor de informarle, de parte de la Liga Internacional de Preservación de la Democracia y Aniquilación del Fascismo, el Bolchevismo, el Comunismo y el Anarquismo, que usted reúne los requisitos necesarios para asumir el deber de formar parte de la línea de fuego, así que en cuanto pueda tomar su sombrero y su abrigo, estaré complacido de escoltarlo hasta el Packard que está en la puerta, para llevarlo al cuartel del regimiento. Allí le proveerán de un nuevo uniforme, un pequeño libro de instrucciones escrito en un lenguaje comprensible para un niño de siete años, un buen arma y una lugar donde dormir.
El hombrecito dio este discurso con un estilo muy vivo e imponente, pero yo no estaba sumamente impresionado. Hice una pausa, encendí un cigarrillo y le sugerí que entrara a mi habitación y se sentara. Entró, pero no aceptó tomar asiento.
¿Estamos en guerra? Pregunté educadamente.
Sí, por supuesto, sonrió el hombrecito, queriendo decir que yo era un burro por no haberlo sabido. La Guerra, me anunció, se declaró esta mañana, exactamente a las seis y cuarto.
Esa no es hora de declarar la guerra, respondí. Difícilmente alguien esté despierto en ese momento. ¿Quién la declaró?
Esta pregunta lo molestó y se sonrojó un poco confundido, cambiando de semblante y esforzándose en toser. saroyan1
La declaración de guerra se imprimió en todos los periódicos matutinos, replicó.
No leo los periódicos, dije. A veces ojeo el Christian Science Monitor, pero no muy a menudo. Soy escritor y leer periódico echa a perder mi estilo. No puedo permitírmelo. Pero la guerra me interesa. ¿Quién escribió la declaración?
Vi que le caía mal al hombrecito, así que se negaba incluso a intentar una respuesta a mis preguntas.
¿Es usted Enrico Sturiza? Volvió a preguntar.
Sí, respondí.
Muy bien. Entonces, venga conmigo, dijo el hombrecito.
Lo siento, respondí. Estoy escribiendo una historia sobre un montón de famélicos que marchan en fila y debo terminarla para hoy. No puedo ir con usted. Luego de que acabe la historia, tengo que salir a hacer ejercicio.
Le exijo, dijo el hombrecito, que me acompañe. En nombre de la Liga Internacional, le exijo que me acompañe.
Váyase ya mismo de aquí, respondí en voz baja.
El hombrecito empezó a temblar de furia, temiendo un ataque de rabia. Sin embargo, se da la vuelta a la manera militar, me grita que soy un traidor y se va.
Vuelvo a la máquina de escribir y trato de seguir con la historia que estoy escribiendo, pero no resulta nada fácil. Una guerra es una guerra, y todos sabemos de qué viciosa manera la última guerra se metió en los nervios de los escritores, sacando de ellos todo tipo de excentricos estilos de escritura, todo tipo de manierismos. Las noticias sobre la guerra me embargan y empiezo a deprimirme, sentado ociosamente en la silla, tratando de pensar en inteligente en lo que pensar.
No mucho más de media hora después golpean nuevamente y al abrir, veo la apuesta figura de un muchacho con uniforme de oficial. Obviamente se trata de un tipo educado, que fue a la universidad, alegre y no un completo idiota.
¿Enrico Sturiza? Pregunta.
Sí, respondo. Por favor, pase.
Mi nombre, dice el joven oficial, ofreciéndome su mano, es Gerald Appleby.
Me agrada saber su nombre, digo. ¿Quiere sentarse?
El joven Appleby acepta mi hospitalidad, saca un cajetilla de cigarrillos, la abre; acepto un, empezamos a fumar y la conversación arranca. El Sr. Covington, dice el Sr. Appleby, le hizo una visita esta mañana, según fui informado. Su reporte sugería que usted no -¿debo decirlo?- deseaba ser escoltado por él hasta el cuartel de oficiales. Mi comandate, el General Egmont Pratt, aconsejó que me contactase con usted para llevar adelante esta conversación con el objetivo, esperamos, de convencerlo de la urgencia que supone su participación en la presente guerra antes de que la civilización se vea amenazada.
Appleby es un tipo interesante. Es interesante ya que puedo darme cuenta de que nada que tenga que ver con la guerra o con cuán amenazada está la civilización podría alejarlo alguna vez de la estrechez y la vacuidad de su vida.
¿Qué le hace pnesar que la civilización está amenazada? Le pregunto. ¿De dónde sacó esa idea?
Si no derrotamos al enemigo, responde el Appleby, evadiendo mi pregunta como un niño, la civilización será la derrotada, y derrotada de manera tan contundente que la tierra entrará en un estado de absoluta barbarie.
¿A qué civilización se refiere usted? Pregunto.
A nuestra civilización, dice el Sr. Appleby.
No estaba al tanto, respondo. En todo caso, estoy vivamente a favor de volver a una absoluta barbarie. Creo que realmente sería divertido. Creo además que hasta la gente más sofisticada disfrutaría de volver al barbarismo. ca_wss
Sr. Sturiza, dice el joven oficial, de joven a joven, le pido que abandona esa posición frívola y se una a sus hermanos en la batalla contra las fuerzas destructivas de la humanidad, que ahora mismo amenazan con desbaratar los nobles y decentes sentimientos del hombre.
¿Está usted seguro? Pregunto.
Debemos pelear para defender la tradición democrática, y si es necesario, debemos morir en combate.
¿Usted quiere morir? Pregunto muy educadamente.
A favor de la libertad, sí, responde el Sr. Appleby.
Entonces le contaré, digo, lo que ocurrió con Pascin. Creo que lo hizo con cierta gracia. Se metió a la bañadera, se cortó con cuidado las muñecas, saangró hasta morir, con sin mucho dolor y mucho arte. Hay por supuesto muchísimas otras maneras, igualmente artísticas. Yo tendría la delicadeza de recomendar un salto desde un rascacielos. Es una manera mucho más inquietante y más rápida, una de las tendencias más modernas de suicidio. En parte mi plan como escritor es tratar de vivir lo máximo que pueda. Espero además sobrevivir a tres o cuatro guerras. Mi plan es vivir indefinidamente.
No puedo entenderlo, dice Appleby. Usted es un joven saludable. No está enferno. Tiene una postura erecta, buena para ser soldado, y aún así pretende no alistarse en esta guerra, una guerra que acabará con todas las guerras, una guerra histórica, una oportunidad de participar en quizás el evento más extraordinario que ha sucedido sobre la faz de la tierra. Nuestras fuerzas aéreas están en perfecto estado. Nuestra división de químicos y gases están preparadas para destruir enemigos en gran cantidad. Nuestros tanques son los más rápidos, los más grandes y los más letales. Tenemos armas más poderosas que las del enemigo. Los superamos en número de barcos, tres nuestros contra uno de ellos. Nuestro sistema de espionaje funciona a la perfección, podremos conocer todos los secretos del enemigo. Nuestros submarinos están listos para hundir cada barco del enemigo. Y usted, sentado ahí, sin querer involucrarse en esto, la guerra más noble de todos los tiempos.
Precisamente por eso, respondo. No tengo deseos de destruir al enemigo. No reconozco enemigo alguno. ¿Con quién se supone que están peleando? ¿Alemania? ¿Francia? ¿Italia? ¿Rusia? ¿Con quién? Tengo mucho cariño por los alemanes, y también por los franceses, por los italianos y por los rusos. No pensaría en absoluto en herir los sentimientos de un ruso. Soy admirador de Dostoievski, de Tolsto, Turguenev, Chejov, Andreiev y Gorki.
El Sr. Appleby se levanta, profundamente herido. Muy bien, dice. Desafortunadamente, aún no pudimos obtener la autoridad necesaria para exigir la participación de todos los jóvenes que se encuentren capacitados para la batalla, pero nuestro departamento de propaganda está trabajando día y noche en ello, y lo que queremos es ir a elecciones generales y ganar las elecciones. Estar en las filas del ejército es sólo una cuestión de tiempo para todos los tipos indiferentes y cobardes como usted. Le aseguro, Sr. Sturiza, que no podrá escaparle a esta guerra.
Quizás sea que este muchacho no se equivoca, pienso.
Búsqueme alguna otra vez, le sugiero, y tendremos una charla sobre arte. Es un tema inabarcable; cuanto más se habla de ello, más hay para decir y para no decir.
Así que vuelvo al relato que se supone que estoy escribiendo, un poco triste esta vez, pero no hay manera ya; la guerra no me permitirá escribir. Es como una sombra sobre cada pensamiento y vuelve fútil a cada esperanza con respecto al futuro. Así que en vez de sentarme y deprimirme, salgo a caminar, camino de la biblioteca pública. Veo a la gente y veo algo que comenzó a embargarlos. No están de la misma forma que ayer. El cambio es muy sutil, es difícil de explicar, pero distingo que no son ya los mismos.
Me pregunto si soy yo el mismo de ayer, pero al mismo tiempo no puedo creer en lo que digo. La gente como yo parece ser la misma, pero no lo es. Puedo darme cuenta de la diferencia, pero no puedo identificar qué hay de diferente en mí. Hago lo mejor que puedo para seguir siendo el mismo, pero pese a mis esfuerzos, no sucede. Cada momento me encuentra leve, pero definitivamente cambiado.
El cambio en la gente es la histeria; no es aún extrema, pero está empezando a crecer. El cambio en mí empiezo a creer que es diferente. Yo estoy tranquilo. Lo único que no puedo negar es que empiezo a estar un 15768poco irritado e inconscientemente tengo deseos de golpear al próximo jovencito que me pida participar en la guerra; también inconscientemente creo que es lo apropiado para mí, golpear un tonto.
Hacia la noche volví a mi habitación y encontré a mi primo Kira Minor escuchando música en el fonógrafo. Sonaba Elegy, de Massenet, cantada por Caruso. Mi primo fumaba un cigarrillo, se veía muy tranquilo escuchando al más grande cantante que el mundo haya conocido que, según mi primo, es también el hombre más grande que el mundo ha conocido.
¿Qué hay de la guerra? Le pregunto.
¿Qué hay con ella?
¿Cómo te sientes al respecto?
No tengo ninguna opinión, dice mi primo.
No estás diciéndome la verdad, le digo. ¿Cómo te sientes? Tienes diecisiete años: muy pronto te reclutarán. ¿Cómo te sentirías si eso sucediera?
No me gustan las multitudes, responde.
Pero te harán ir.
No, dice. No me harán ir. Odio caminar en fila recta. No saco nada de las guerras.
A ellos no les importa eso, digo. Están presionando al gobierno y te forzarán a ir.
No, dice mi primo. Me rehusaré.
Te pondrán en la cárcel, le respondo.
Que lo hagan. No me preocupa, dice mi primo. ¿No quieres luchar por la perpetuación de la Democracia o algo así? Le pregunto.
No, dice. No me gusta caminar entre soldados. Me avergüenza. Me gusta caminar solo.
Bien, le respondo, enviaron a dos oficiales aquí hoy y tuve que insultarlos a ambos.
Eso está bien, dice. Tú no iniciaste la guerra. Deja que peleen los que lo hicieron. Más allá de que lo dude, se supone que tú eres escritor.
Eso es sólo tu opinión, le digo. Sal de aquí; quiero ponerme a escribir de nuevo.
Una semana más tarde me visita una joven vestida muy elegante. Muy embaucadora al hablar. Fumaba muy nerviosa.
Estamos resueltos a hacerlo cooperar, Sr. Sturiza, dice. Supimos que usted es escritor de relatos y lo queremos tenerlo dentro de nuestro departamento de propaganda. Su trabajo será escribir historias de interés humano sobre jóvenes que se lanzan a salvar a la civilización, madres heroicas y abnegadas, esposas, hermanas e hijas. Será muy bien remunerado y hay bastantes oportunidades de progreso.
Lo siento, digo, pero no soy bueno para escribir historias de interés humano.
No tiene por qué preocuparse por eso, dice la joven. Ya todos los formatos han sido creados científicamente para que un máximo de efecto emocional apele a los sentimientos del público, de modo que usted simplemente tiene que cambiar los nombres, las direcciones y otros detalles menores. Es muy simple.
Ya lo imagino, digo, pero no quiero el trabajo.
Le pagarán cinco dólares a la semana, dice la joven, y le darán el rango de primer teniente. Participará en todas las funciones militares y, déjeme decirle, conocerá a muchísima gente que le será útil luego de la guerra.
Cinco dólares a la semana es más dinero del que yo esperaba ganar alguna vez, y la gente se interesaría en mí.
Lo siento, digo, el empleo no me interesa.
La joven sale, diciéndome que piense la cuestión con calma. Se está quedando en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Me pregunta si me importaría ir a visitarla alguna vez para beber algo y charlar. Yo también me lo pregunto.
Dos meses más tarde, mi primo Kira Minor llega a mi habitación con el periódico matutino. La noticia es que todos los jóvenes con condiciones para la batalla van a ser forzados a participar en la guerra, guerra en la cual no le está yendo muy bien al bando que se supone que es nuestro bando. Nuestras bajas fueron casi tantas como las del enemigo: aproximadamente un millón de hombres de muertos y el doble de heridos. Ha habido anuncios de bonos de incentivo para los soldados, reuniones masivas y titulares enormes durante varias semanas.
Leo las noticias y me siento a fumar otro cigarrillo.
Bueno, digo, esto significa que van a venir a buscarme después de todo.
¿Qué vas a hacer? Pregunta mi primo.
Decidí no permitirme a mí mismo involucrarme en todo esto.
Cinco días después recibo una carta en la que se me ordena presentarme en los cuarteles del regimiento la semana siguiente a las ocho. Esa misma semana a esa hora estoy en mi habitación, tratando de escribir un relato. A las dos y once minutos de la tarde, el Sr. Covington, el hombrecito que me visitó primero, y cuatro hombres más entran en mi habitación. En el hall hay dos policías militares y abajo, en la calle, dos automóviles muy caros.
¿Enrico Sturiza? Dice el Sr. Covington.
Sí, respondo.
Como Jefe del Comité de Estudios de Casos de Deserción del distrito, distrito 47º de San Francisco, es mi deber interrogarlo en vistas de que no se ha hecho presente en la movilización de esta mañana. ¿Recibió la carta oficial número 247-Z?
Supongo que la carta que recibí era la carta oficial número 247-Z, respondo.
¿La leyó?
Sí, la leí.
Entonces ¿por qué, si me permite, no se reportó esta mañana en la movilización?
Sí, dice otro de los hombrecitos. ¿Por qué?
Sí, ¿por qué? dice el tercero.
El cuarto creo que es incapaz de hablar. No dice nada.
Tenía que escribir un relato, respondo a todo el Comité, y estaba escribiéndola cuando me honraron con su visita.
Le ruego, dice el Sr. Covington, que me dé respuestas directas. ¿Estaba tan enfermo que no pudo reportarse a la movilización?
No, respondo, estoy muy bien, incluso ahora mismo. Nunca me sentí mejor en toda mi vida.saroyan-parisfresno200304
Entonces, dice el Sr. Covington, lamento informarle que se encuentra usted bajo arresto por deserción.
Estoy de pie frente a mi máquina de escribir, mirando un fajo de papel amarillo y pienso esta es mi habitación y he creado una pequeña civilización en ella, y este lugar es lo que el universo para mí, y no tengo deseos de que me alejen de él, y de pronto sé que he derribado al Sr. Covington y que ha caído en el suelo y que hago lo mejor que puedo para golpear a los demás miembros del Comité, y que sacan sus armas, los cuatro miembros y los dos policías militares, y lo único que pienso es por qué mierda, bastardos, no pelean su propia guerra, ustedes malditos veteranos que mataron a millones en la última guerra, por qué no pelean en todas sus malditas guerras, pero no puedo decir nada, y uno de los miembros del Comité me dice, si el Sr. Covington muere, tendremos que fusilarlo, Sr. Sturiza; será nuestro penoso deber fusilarlo, Sr. Sturiza;; si el Sr. Covington no muere, lo condenaremos a veinte años en la penitenciaría, Sr. Sturiza, pero si muere, será nuestro penoso deber fusilarlo; y mientras bajamos las escaleras el hombrecito sigue dicéndome esto una y otra vez.

 
 
 
 
Traducción: Martín Abadía
 
 

 

 
 
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