La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Raymond Carver y el relato que amenaza julio 29, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 6:36 pm
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De Carver, todo. Del primero, ése que leímos antes de la historia de Gordon Lish. El escritor que nos contó una América que no aparecía en el gran mapa; pueblos pequeños, autopistas, oficios, dramas íntimos, conflictos personales. Raymond Carver como el escritor que se instaló en el espacio norteamericano, pero observándolo desde la provincia, desde lo doméstico. Historias que se arman en el tránsito que hay de la cocina al dormitorio, de la cafetería de carretera al lago del pueblo, entre las paredes.

 
Suena repetitivo apelar a la historia íntima como característica, pero lo de Carver es eso antes que muchos. Y también la de realzar a un personaje que, en apariencia, no tenía mucho que contar. Carver develó el centro, invirtió el viejo modelo, y dictaminó inconscientemente que todos tienen una historia que puede y debe ser contada. El escritor norteamericano instauró el secreto como un ineludible al que los hombres –todos- están sujetos. Y el lenguaje, en consecuencia, está hecho para transitar el entramado, recorrer los intersticios, acercarse lo más posible a una verdad que se disfraza e invierte sus roles. Una verdad que no siempre salva, que es mejor no alcanzarla.
 
Hay en los relatos de Carver una amenaza que funciona como estrategia. Es el mundo, es el drama íntimo, la incomunicación o la desidia; todo se enaltece y toma proporciones monstruosas e incesantes. La amenaza como estrategia narrativa, pero no necesariamente como una manera de cargar el texto de señales que adviertan de su presencia, sino como una textura que impone una tensión. Está en los gestos de los personajes. Está en los detalles del espacio. Está en el ritmo de una prosa de frases cortas, precisas, que juega con la velocidad de los planos.
 
Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja-dormitorio. Abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.

 
Inmerso en el decorado, un sujeto aparentemente insignificante; quieto, sin ninguna característica que lo destaque por sobre otro, algo perdedor, olvidado. Sobre estos sujetos es que el trabajo de Carver actúa, potenciando los dramas supuestamente privados como emblemas de un sufrimiento y una densidad argumental que cierta literatura no ha tocado. No se trata, como en la generación pasada, del outsider, del beatnik. Tampoco es el protagonista de las novelas de Hemingway que vive rodeado de acción y experiencias. No; el personaje de Carver es un sujeto que no se rebeló ante nada, que vivió la vida que le dijeron que debía vivir. Los quiebres son esa aparente normalidad. Carver recupera el relato anónimo, dándole protagonismo a una historia que, a primeras, ningún atractivo podía tener.
 
En un ensayo de su libro Fires, Carver se refiere a su escritura con las siguientes palabras:
 
Es posible, en un poema o un relato, escribir sobre cosas y objetos corrientes empleando un lenguaje corriente, y dotar estas cosas –una ventana, unas coronas, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer – de una fuerza inmensa, incluso desconcertante.
 
 
Esa misma fuerza con la que carga los objetos, está presente cuando se aproxima a sus personajes. La llamada densidad sicológica de los personajes no está desarrollada como una exégesis emocional, sino que se expresa en la relación del sujeto como un objeto más dentro del relato. Sus actitudes hacia el espacio físico, la descripción del entorno, qué objetos lo rodean y qué hace con ellos, le otorgan densidad y caracterizan al sujeto narrado. Relatos que (siguiendo con la idea recogida hace un tiempo atrás en un texto sobre Richard Ford publicado en La Periódica) se escriben con las claves de una composición pictórica, donde los pliegues, los colores, la sombra, van dotando de carácter a la narración.

 
¿Y por qué estos personajes?
 
En una entrevista que recopila Zona Erógena (L. Maffery y S. Gregory. Raymond Carver: De Qué Hablamos Cuando Hablamos de Minimalismo. Zona Erógena. Nº 17. 1994) el escritor norteamericano se refiere a por qué elige este tipo de sujetos.
 
He conocido a gente así toda mi vida. Esencialmente, yo soy una de esas personas confusas, perplejas, provengo de personas así, y con esa gente he trabajado y me he ganado el pan muchos años. Las cosas que han dejado una huella indeleble en mí son cosas que vi en las vidas de los que me rodeaban y de las que fui testigo, y en la vida que yo mismo viví. Estas eran vidas en que la gente tenía realmente miedo cuando alguien llamaba a la puerta, de día o de noche, o cuando sonaba el teléfono; no sabían cómo iban a pagar la renta o qué harían si se les estropeaba el frigorífico (…) alguna gente no puede permitirse llamar al técnico si les va a costar sesenta pavos, igual que no van al médico si no tienen seguro, y los dientes se les pudren porque no tienen dinero para ir al dentista cuando debieran. Esa situación a mí no me parece poco real ni rebuscada. Tampoco parece que, al centrarme en este tipo de gente, haya estado haciendo nada muy distinto de lo que han hecho otros escritores. Chéjov les escribía sobre una “población sumergida” hace cien años. Los escritores de relatos siempre han hecho esto. No todos los relatos de Chéjov tratan de personas que viven en la miseria, pero un número bastante significativo se centra en esa población sumergida de la que hablo. Escribió sobre médicos y hombres de negocios y profesores a veces, pero también le dio voz a gente que no tiene esa capacidad de expresión. Encontró formas de que esa gente expusiera su punto de vista también. Así que cuando yo hablo de personas que no tienen facilidad de palabra, y que están desconcertadas y asustadas, no hago nada radicalmente distinto.

 
Darle voz a los que no tienen facilidad de expresión. Contar la vida de las personas comunes, que se asustan con problemas cotidianos. Sujetos que no viven grandes aventuras ni realizan grandes viajes. Tan sólo ciudadanos de un pequeño pueblo o una ciudad algo más grande; matrimonios que sienten que llevan una vida aburrida; niños que mienten con tal de ir a pescar y no escuchar gritar a sus padres; un marido que se enoja porque miran a su esposa que trabaja en un café.
 
El gesto de Raymond Carver es notorio: literatura de lo que se conoce, de lo que se ha vivido, de lo más próximo. Los sentimientos de los personajes, las incongruencias y rebeliones internas, como la educación sentimental a la que siempre regresa la literatura. Pero también un estilo. Porque están los personajes, sí; pero la narración escueta, que apela a lo justo, a la poda por sobre el exceso, es otro gesto de Carver. Si bien sus cuentos son sobre sujetos sencillos, sin ninguna característica extraordinaria, los aspectos formales, como ya se ha dicho, rescatan un realismo que no peca de la descripción detallada, sino de la descripción justa. El uso de la elipsis, además, en esa intención de dejar espacios, huecos que uno debe completar, hace que los relatos de Carver también funcionen como fragmentos de otro gran libro, nunca escrito, pero siempre escribiéndose.

 
El otro gran libro puede conjugarse como un retrato de un tiempo y una época. Textos, que funcionan como cuentos, pero que al disponerlos libremente adquieren otra magnitud: la de construir un relato único que contiene, en su totalidad, los desastres sentimentales de una generación. Relatos de una especie de novela que nunca quiso ser novela, pero que adquirió la propiedad de formar parte de una historia no oficial. Una novela que no es novela que funciona como un testimonio de lo que está al otro lado. Reconstrucción del mapa. Advertencia y amenaza. Una relativa calma y orden a vidas que, desde lejos, pareciera ser que no tienen ni generan interés. Quizá por ser comunes. Probablemente porque son como nosotros. O tal vez porque, en realidad, no sabemos nada de ellos.
 
 
 
R.S
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One Response to “Raymond Carver y el relato que amenaza”

  1. Jackie Silva Says:

    Hola
    Estuve visitando tu Blog y está excelente, permíteme felicitarte.
    Sería un gusto contar con tu blog en mi directorio y estoy segura que para mis visitas será de mucho interés.
    Si lo deseas no dudes en escribirme
    Exitos con tu blog.
    Un beso
    Jackie


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