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Una zona muda: Los Suicidas de Antonio Di Benedetto agosto 7, 2009

Filed under: Literatura Argentina,literatura latinoamericana — laperiodicarevisiondominical @ 6:06 am
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dibenedettoUna novela que es una investigación o una investigación que termina en novela. Las sutilezas de un lenguaje que se ajusta al ritmo de una narración que tiene un principio y un destino claro: morir de sí misma. Los Suicidas, novela del escritor argentino Antonio Di Benedetto, como un relato que funciona a doble cara; una, con el protagonista que intenta dilucidar su historia familiar a través de su cercanía con el suicidio; y la otra, con el reportaje que escribe sobre los suicidas de su ciudad.

Operación fallida: no contaminar el reporteo con la biografía. El protagonista de la novela, condicionado por el suicidio de su padre, indaga los fragmentos de vida que dejaron desparramos los suicidas que debe investigar. Y descubre (o lo intenta): por qué se matan, o, mejor, por qué no matarse.

Son muchos los discursos que se utilizan para justificar o criticar la práctica. Benedetto los dispone en su texto como partes de un diálogo que el relato hace para sí mismo, pero también hacia los lectores. Fragmentos de Montaigne, Aristóteles, Hume, aparecen como voces invitadas a una obra que no tiene un destino claro. O, más bien, como textos que ayudan a descifrar el enigma de la muerte que es también el de por qué permanecer vivo. Las fotos lanzadas sobre la mesa del protagonista, con el rostro de 3 suicidas, al principio de la novela, abren este otro texto que es más bien la duda que justifica toda escritura: unos lo hacen, pero otros prefieren no hacerlo. O aguantarse.

Están espantados, tienen el espanto en los ojos y sin embargo, en la boca se les ha formado una mueca de placer sombrío. (12)

Sin la intención de dictar sentencia, Benedetto asume la estrategia de desmitificar los discursos para indagarlos. Sí: Los Suicidas no es un texto que pretenda encontrar las causas y justificaciones de la existencia, sino más bien de problematizar el tabú.

Luego pienso en la muerte del pájaro, porque es cierto de quien come vive, pero igualmente es cierto que quien no come no vive, y el gorrión prisionero no come, lo cual lo lleva a no vivir. Y esa fue la falla de la criatura: creyó que todos quieren vivir, que basta con que se les ponga la comida delante. (128)

Lo que se cuenta es también la otra historia. La de un protagonista que debe lidiar con la herencia de haber perdido un padre a través del mismo método que le toca investigar. Algo ausente, adicto a las peleas de boxeo, a las películas de ciencia ficción, el sujeto de la novela carga con la responsabilidad de no hacer lo mismo. O si lo hace, hacerlo por sus propias razones, no por una especie de tradición impostergable: el hijo del que se mata, se mata también.

Su relación con las cosas y personas del mundo se articula a través de la fragilidad que conoce. Las relaciones que establece, generalmente con mujeres, o son circunstanciales o padecen la condena de lo fútil. Su madre; Julia, que es su novia; Bibi, la chica que le pasa los informes con citas y cifras sobre suicidios; Marcela, la fotógrafa que lo acompañará a lo largo de la investigación. No se habla de amor. Tal vez se trate de una necesidad. La compañía de los otros resulta ser una especie de experimento donde se prueba la elasticidad de los sentimientos y la crudeza de hasta dónde se puede jugar con el otro.

Me enderezo, busco la belleza. Hay, está, circula. Casi abunda. Los cuerpos esbeltos, las cabezas en alto de la juventud, un rostro, unos ojos, los colores que descienden del aire a las personas, una frente adulta, una fina mano en vuelo…surgen, pasan…se pierden en el torrente de la fealdad humana. Hay días así. (169)

La condena parece insoslayable. La salida, todo tipo de salida, no es más que una excusa con la que los hombres trazan un acuerdo. Resulta difícil no entrar en la dinámica del dogma existencialista, con su conciencia irrenunciable frente a la tragedia de lo humano. Pero no. Eso sería indagar en otras fronteras. Lo que sobresale es otra cosa: es un hombre enfrentado a la cruda realidad de su biografía. Una que no fue elegida por él. Una que está normada por los actos de otro. Un otro que no es cualquiera; otro que es su padre.

Una fotografía marca un instante, delimita un tiempo, fija. Y la figura sirve para indagar en cómo, en Los Suicidas, el pasado asume una condición de presente frente a la que el individuo poco puede hacer. ¿Qué hacer con tanta noche? ¿Qué hacer con la imagen de un jardín, un globo, un clavo? ¿Qué hacer con una historia familiar? Literatura, sí. Escribir sobre lo que no se renuncia, no porque no se quiera, sino porque simplemente no se puede. Escribir sobre otro, para siempre estar escribiendo sobre uno.

R.S

 

One Response to “Una zona muda: Los Suicidas de Antonio Di Benedetto”

  1. […] rojo, ahí llevaba anotaciones y algunos manuscritos que, luego supe, eran algunas líneas de Los suicidas un libro que le publicaron afines de los 60, porque a él lo había traumado el suicidio de su […]


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