La periódica revisión dominical

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El núcleo del disturbio de Samanta Schweblin: la tensa espera a la que llamamos vida septiembre 1, 2009

Filed under: Literatura Argentina — laperiodicarevisiondominical @ 10:06 am
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Contemporaneidad y ceguera
 
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Es muy difícil, o mejor dicho muy incómodo, hablar sobre nuestros contemporáneos. Es incómodo evaluarlos o simplemente leerlos desde la presunta objetividad que custodia el resto de nuestras lecturas, ya sea el Beowulf, la Summa Teológica de Tomás o un poema de Oliverio Girondo. Lo contemporáneo nos trabaja día y noche, sin grandes hitos (los grandes hitos pertenecen siempre al pasado, o al futuro) pero sin respiro. Tal vez por esa razón al enfrentarnos a una obra o a un artista cualquiera de nuestro tiempo nuestra percepción trastabilla, se llena de dudas, no logra perspectiva en su crítica. Lo contemporáneo nos interpela, nos pone a nosotros mismos en cuestión; la comprensión de lo contemporáneo propone un doble riesgo: para los amantes del presente, puede significar el aterrizaje de sus ínfulas de actualidad; para los melancólicos, la admisión de que también pueden estar rodeándonos una belleza digna de Mozart, Dante o El Bosco.
En relación con este artículo, la dificultad es más empinada aún porque se trata del asunto que más me interesa (la literatura) y además porque la autora del libro que intento comentar nació en el mismo año que yo y en la misma ciudad. Escribir un libro hoy es poco menos que un acto de ingenuidad, una muestra irrefutable de brío; tal vez lo haya sido siempre, pero las condiciones actuales (sociales, culturales, ideológicas, económicas, si es que no estoy hablando siempre de lo mismo) enervan ese acto. Hoy la literatura no le interesa a casi nadie – no es un quejido de incomprendido lo que suelto, por favor no confundir, me refiero a una simple cuestión estadística – pero asimismo cuenta con otros obstáculos, tal como el de las “libertades” que la hiper-pos-modernidad ha inoculado a sus objetos de estudio. La literatura ya no puede escandalizar ni tampoco azuzar la caída de ningún gobernante, la literatura no tiene ya molde ninguno sobre el que reposar pero – tal vez como misterioso castigo – tampoco tiene forma que desafiar. La (buena) literatura hoy se puede tratar de una sola cosa: escribir bien.
Samanta Schweblin recoge este guante y se dedica a tramar cuentos deliciosos, inteligentes, desquiciados. Simplemente un manojo de buenos cuentos en tiempos en los que el formato parece agotado. Cuentos intemporales en los que sin embargo este tiempo, nuestro tiempo, está encarnado en cada frase.
 
 
 El revés de la actualidad: la espera como concreción del ser
 
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El mundo en que nos toca vivir es el reino de la instantaneidad; todo, sea lo que sea y revista la importancia que revista, debe producirse ahora. El hallazgo del amor idílico o el último compacto de Herbie Hancock, lo mismo da: debe llegar ahora, debe estar disponible en la interminable red de combinaciones que nos rodea. Schweblin ensaya un vuelco interesante al respecto: sus cuentos parecen ubicar al ser humano en una condición esencial de espera. Las personas son lo que son porque están en espera, aguardando siempre aquel acto imperceptible que borronea a cualquier presente en su importancia y disuelve, de paso, a una metafísica de la presencia que fue siempre el talismán del pensamiento occidental. No son tanto los sucesos que efectivamente ocurren – confiando ciegamente en los conceptos de realidad que sabemos manejar, por supuesto – los que constituyen una vida como aquellos potenciales, futuros, afiebrados, los sucesos-por-ocurrir que empantanan al homo sapiens en un tiempo que se parece demasiado a la eternidad.
No admito ningún concepto seductor de la eternidad. La idea misma de eternidad (al menos en lo que se refiere al hombre real, a todos nosotros como yoes conscientes de nuestra propia mismidad) es aberrante. El hombre debe contar con la chance, sea cuál haya sido su performance en este planeta, de descansar de sí mismo. Todo el universo sería una aberración (y no aseguro que no lo sea) si dicha posibilidad no fuera dada a los animadores de este feria de atracciones. Los personajes de los cuentos de Schweblin podrían entender muy bien de lo que hablo: ellos viven en la espera o, dicho de otro modo, la espera los vive a ellos, los utiliza para cumplir sus inescrutables designios como a marionetas ensangrentadas y luego los arroja al descarado vacío de presente, en donde 2+2 suele dar 4 y todo el resto del versículo.
El cuento Mujeres desesperadas ilustra esta cuestión de forma muy clara, y aterradora. En una encrucijada de carreteras, cientos de mujeres aguardan que sus novios regresen luego de dejarlas plantadas en el altar y en la vida. Por eso gritan, insultan, se esconden. Por eso sobre todo lloran. Nené y Felicidad, dos mujeres que se resisten al futuro de llanto y espera son atacadas por estas infelices, consideradas enemigas de toda una forma de ser. Ellas, las voces ocultas y lacrimosas que llegan desde el campo, son pura espera y en esa espera se les va su ser. No quieren novedades, ni buenas ni malas; no aceptan razonamientos ni defensas de género. Ellas son espera y llanto, no sabrían qué diablos hacer con las demás posibilidades.
En La pesada valija de Benavides la apuesta es aún más grave: el tal Benavides mata a su mujer en un brote y la rompe hasta hacerla caber en una valija, la lleva hasta lo de su psiquiatra y se la muestra, sin saber muy bien qué es lo que hay para mostrar. El médico ve en el contenido de la valija una obra de arte digna de exponerse y a esa empresa se dedica en los días siguientes, durante los cuales Benavides queda recluido en una habitación a mano del psiquiatra, aguardando sin tener control siquiera sobre su propia mente por una resolución que no entiende y que no puede modificar pero que, cortada con la tijera que se quisiera cortar, le sabe a final, a cumbre de aquello que tanto se había esmerado en perpetrar. Benavides es Benavides únicamente mientras se extiende la espera que lo justifica; luego será un genio artístico o un insano asesino, pero eso ya no importa. No le importa a Benavides al menos: él no puede hacer nada por la circunstancia de la espera, las fuerzas que gobiernan el mundo o la acumulación de las causas y los efectos (incluso aquellas que fundaron su obra) escapan a su dominio y al de todos los hombres.
 
 
 
 Esclavitudes y liberaciones

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Ahora bien, la espera supone – contra lo que tantas veces se cree – una determinada forma de esperar, una esclavitud hacia la espera. Se suele pensar en la espera como una suspensión, una epojé del tiempo en la que las cosas – y, sobre todo, el que espera – permanecen inalteradas. Nada más falso. La espera demanda que seamos esclavos del tiempo, de nosotros mismos (o de lo que creemos, candorosamente, que somos), del mundo entero. Schweblin trabaja esta cuestión, creo, en el relato Hacia la alegre civilización de la Capital, que da comienzo al libro. Allí un hombre queda varado en una estación ferroviaria pueblerina porque no consigue que le proporcionen cambio para adquirir el boleto hacia la Capital. El encargado de la parada se niega pero su mujer hospeda al atollado con toda dedicación junto a otros hombres; allí trabajan, se acostumbran al ritmo de vida propuesto por la extraña pareja y por el lugar, conviven y esperan el deseado cambio para poder huir. Por fin maquinan una escapada que les permite librarse de la tortura, pero algo desaparece en ellos al abandonar el lugar, que es lo mismo que decir: al abandonar la espera. Como el preso que, tras tanto soñar con ello, recupera su libertad una mañana gris y recuerda que ya no sabe cómo es viajar en ómnibus; como el niño que tras nueves meses es arrancado del útero, los personajes de este cuento entrevén la lejanía con terror: el futuro es un enorme campo desierto y misterioso que les ha sido dado de repente y para el que no estaban preparados, como nadie lo está en realidad. La esclavitud a un orden de cosas y de silencios los había modificado, casi imperceptiblemente, como modifican en su pérfida fajina los años.
Concluye el cuento: “Una última sensación, común a todos, es de espanto: intuir que al llegar a destino, ya no habrá nada”. ¿Qué estaban buscando antes del rapto? ¿Cuáles eran sus lujos, cuáles sus tribulaciones? ¿Cuál era el nombre de las mujeres que los esperaban a dormir? Nada de eso parece interesar: la liberación es neutra, implacablemente neutra, casi impersonal. Tal como lo es la esclavitud de la espera paralítica. ¿Qué hacer entonces, si la omisión es nociva y la reacción libertadora nos llena de terror y desesperación? Schweblin no parece responder con sus cuentos; no tiene por qué hacerlo, al fin de cuentas es una escritora, no un gurú de la autoayuda o un psicólogo de obra social. Menos mal.
 
 
 
Mome

 

 

 

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2 Responses to “El núcleo del disturbio de Samanta Schweblin: la tensa espera a la que llamamos vida”

  1. avellanal Says:

    Estoy -quizá esté de más decirlo- completamente de acuerdo con tu apreciación inicial sobre la dificultad que nos ciega, enmudece y ensordece (como al personaje Tommy de la ópera rock homónima de The Who) a la hora de apreciar a un contemporáneo.

    Por otro lado, no he tenido la suerte (todavía) de leer ningún cuento de Samanta, pero lo que precisás sobre el estado de espera, de algún modo me hizo recordar un librito de cuentos olvidado de Eduardo Mallea, llamado precisamente “La sala de espera”.

  2. Miguel Says:

    Coincido con vos y el comentario anterior, es muy difícil contemplarnos y criticarnos abiertamente, sanamente y desde un punto de vista de apreciar a un contemporáneo nuestro.

    Me ha gustado tú blog, lo enlazo en uno de los míos.

    Saludos.


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