La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

El Primer Cortázar septiembre 19, 2009

Filed under: Literatura Argentina — laperiodicarevisiondominical @ 3:00 pm
Tags: , , , ,

 

 

cortazar13La idea de un primer Cortázar –un posible Cortázar al que creer el primero- me viene más que de haber revisitado a un escritor, de haberlo memorado, haber descubierto oscuramente cómo la suma de anécdotas y de comentarios laterales a las obras hacen tanto a la literatura como los retruécanos y las aliteraciones. Aunque en realidad no se trate de una suma de anécdotas –las cuales mentiría, porque las desconozco eficazmente- sino de una sensación de haberlas oído, me las soplaron al oído y de golpe, las hice mías, las hice verdad, como los cuentos, como algunas frases acertadas.

Volví a un primer Cortázar, al menos celebrado, al que provoca en un bibliotecario el siguiente rezo: tendrás que venir mañana a consultar ese libro, pues es material de poco uso. Al Cortázar al que puede sumársele esta última anécdota personal para que sea el más inmediato de todos. La revisión, entiendo, vino después.
Detrás de los demás Cortázar, esos que se aúnan incólumes en la estampita Cortázar, raramente podría ubicarse éste al que refiero. Lo que memoré fue, sí, el ánimo de dos obras infortunadamente póstumas: El Examen (con el agregado de Diario –o noctuario- de Andrés Fava) e Imagen de John Keats. Lo que recuerdo de ellas es poco, es errado, es posiblemente mentido. Pero en esas páginas que no acusan una lectura fiel más que la imaginación recrea, hay instancias, hay versos perdidos de poetas también perdidos, hay uno o dos barrios, el Once, Almagro, ligeramente perceptibles, y esa vocación por el vértigo que tienen en la noche, esa inclinación delincuencial por la belleza. Se supone que allí empezó el primer Cortázar y Cortázar bien pudo empezar en tránsito, enseñándose inglés y alemán para leer a Keats y a Rilke, yendo y volviendo de Buenos Aires para respirar algo que no fuese la puntual siesta de un pueblo de provincia. Encerrándose para luego salir.

 

Y ahí, en la soledad del pueblo, podrá trabajar mucho mejor que en Buenos Aires. Yo lo sé, y lo confieso con un poco de nostalgia: nunca leí, nunca estudié, y nunca medité tanto como en esos dos años que pasé allá.” (Carta a Mercedes Arias, abril de 1942)

 

De esos años de ahogo en libertad, sobreviven algunas pistas menores. Cursos dispares en escuelas de provincia, incorrección política luego arrepentida, ensayos sobre Rimbaud, sobre Artaud, alguna cátedra en una universidad cuyana, traducciones fervorosas, la quema de una novela de 600 páginas, soltería de cuarto de pensión, cuentos con fallas de estructura, la lectura luminosa de Opium de Jean Cocteau, poemas herméticos y algo seniles, la influencia lorquiana antes, la influencia mallarmeana después, la idea de que la tarea de aquí en más fuese una poesía de concisión, de esencia. Las fechas son julio-cortazar4inconexas, se superponen, trafican su inexactitud como las anécdotas y esos años pueden ser siete, quince o doce. Hay, sí, un volumen triple de cartas al que podemos suscribir; hay, también, algún cuento final en forma de diario que nos lleva a estos preliminares; pero hay, sobre todo, una voz allí que empieza a dejar atrás a las otras voces, las voces de lo que ha leído, de lo que cree que debe y no debe ser la literatura. Y es cuando un primer Cortázar acomete su fuga, empieza a ir y venir de un registro a otro, se asoma al vértigo de verse a sí mismo, como a nadie más. El resto de lo que podemos llegar a saber, el resto de esa verdad a medias que Cortázar es, se encuentra diluido en alguno de sus libros. Y en esos libros, lo que subyace por sobre todas las cosas, es una forma de respirar. Respirar y también aquél término que seguramente adoró y ejerció, ejerció y adoró: entrever.

 

Durante el invierno escribí una novela, El Examen; no se podrá publicar por razones de tema, pero me ha servido para escribir por fin como me gusta, en plena libertad. Ya le conté alguna ideas que irían en esa novela, como aquello del barrido de los tranvías con todos los pasajeros dentro. Ya está escrito y me gusta bastante. Y ahora, para pasar el verano, he reunido el mucho material que había juntado en varios años sobre Keats, y estoy haciendo de eso un libro. No quiero que sea cosa de scholar; lo escribo sueltamente, con toda clase de diversiones y digresiones, con relatos marginales y analogías. Será un libro escandalosamente anti-universitario; por eso, espero, les gustará a los buenos lectores de Keats.” (Carta a Freddi Guthmann, enero de 1951)

 

Imagen de John Keats, en consonancia con lo que se enuncia en sus primeras páginas, cumple un cometido: en él se suceden a un mismo tiempo Keats y Cortázar, “caminan del brazo”, el uno cruzándose en la biografía del otro, el ánimo demoledor del poeta inglés atravesando una prosa que configura y vaticina los giros, las manías prosaicas, la incorrección y el desparpajo de lo que más tarde sería Rayuela. Cortázar no se asume sino como un lector entusiasta de Keats; el decoro profesional de la distancia del critico no existe en él. Cortázar vive para y en Keats, besa su mujer y acaricia a su perro. No detalla cómo alcanzar a su Keats, nunca objeta, nunca dirige: él también está alcanzándolo. Es tan solo un tripulante de una obra a la que siente viajar por su pasado y su presente: Keats no le permite nada taxativo, ningún dictum. Y desde ese lugar es como naturalmente se mezclan y se imbrican versos de Pedro Salinas y la repentina muerte de André Gide, visitas a Daniel Devoto y la sombra ominosa del surrealismo. Cortázar sabe que, entre poetas, puede ser él mismo un gran poeta. Y yéndose en la vida de Keats, llega a la suya, y el lector llega a la suya, ya que un fundamental espíritu de entre-nous recupera a dos hombres en una misma dirección: Un Cortázar que lee y un lector que lo lee leer.
Pero es en El Examen donde ese Buenos Aires que “yo respiré”, esa ciudad con “problemas de tema”, esa libertad plena ejercida en la seguridad del anonimato, resulta atrevida, incontenible, genial. El Cortázar de El Examen –ese no cortazar01tan primer Cortázar- corre la suerte, la lúcida suerte, de no saber quién es, y sin saberlo, escribe 300 páginas que no se precian de la sagacidad para intercalar perfectamente una cita, que no sienten en absoluto la forma como un mero producto del hacer, sino que confluye a través del mero hacer, intuyendo que es haciendo como se llega, que es llegando como se hace. Conozco pocas obras que simulen tan bien la desprolojidad, pocas que bailen con tanta soltura. La libertad  -cualquier libertad- no puede ser nunca fruto de una permisión. La más dulce de las libertades, esa que nos devuelve una imagen irreconocible de nosotros mismos, tiene tan solo mérito cuando es usurpada. Incluso usurpada a nuestra propia vanidad, a nuestra siempre tan cauta sensación de saber muy bien lo que somos. Cortázar: ¿y si no lo soy? Cortázar:

 

 

(…) Pero fijate que desde esta noche, y desde todas las noches, no hacemos mas que hablar de lo que escribimos y lo que leemos.
-Pero si está muy bien.
-¿Vos creés? ¿Vos creés de veras que tenemos derecho?
-Explicate – dijo Clara-. Así no te entiendo.
-La explicación va a ser más literaria que la pregunta –dijo tristemente Andrés-. No sé realmente lo que quiero pregunta. Es un poco una rabia de intelectual contra sus colegas y él mismo. Una sospecha de parasitismo, de innecesidad (…) No te niego el derecho y la razón de ser del intelectual. Está muy bien la poesía de Juan, mi diario y mis ensayos están muy bien. Pero fijate, Clara, fijate en esto, en el fondo él y yo y los demás nos pavoneamos demasiado con lo que hacemos. A veces con lo que hacemos, y a veces por el hecho de hacerlo. Yo escribo. Dan ganas de contestar con lo más breve y lo más insolente del contragolpe inglés: So what?
-Pero es que no podés plantear la cosa así –dijo Clara-. Lo que interesa es saber qué se escribe. El derecho a afirmarlo viene después. Qué sé yo, un Valéry podía decir: Yo escribo. ¿A vos te hubiera chocado oírselo decir?
-No –dijo Andrés, mansamente-. Supongo que es eso. Pero todo este hablar, este pasarnos papeles, estas mesas de café donde libros y libros y libros y estrenos y galerías… Mirá, aquí hay un escamoteo, una traición. (…) Es la calidad de nuestro intelectualismo lo que me preocupa. (El Examen, 49, 50)

 

 

 El Examen es la historia de una o dos noches, el reverso de lo anotado en un noctuario. Andrés Fava corrobora el eje del relato, pero tal eje no puede más que arbitrar discontinua, irregularmente. Fava, como Oliveira en Rayuela, como Persio en Los Premios, se instala como un punto de fuga impreciso y huraño. No se trata de que los personajes sean todos el mismo personaje; son en todo caso los diferentes Cortázar, las zigzagueantes maneras de decir soy.

Remito a la posibilidad. Remito -sin escozor- a Onetti. Para Cortázar, como para Onetti, todo personaje presenta una configuración tan solo posible, es un inacabado y un inacabable, se adosa al contrapunto de otro que venga a completarlo infructuosamente, para luego recaer en Uno. De esta manera, Uno también es posible. Cortázar supo del complemento de un personaje en los demás personajes que le rodean. Onetti, en los diferentes fantasmas de Uno que alguien se puede creer.

Cortázar fue un hombre de absolutos, de centro de redes una vez que las redes han sido quitadas para el salto. En el el-examen-cortazarcentro lo que restan son pistas a una arisca verdad, caminos a otros centros que también tienen sus pistas. Queda la atmósfera de una ciudad cualquiera que en sus noches aguarda ser despertada. Quedan fugas y hombres que las emprenden hasta sentir que el camino de regreso siempre es hacia algo primigenio, hacia alguna unidad donde todo sea a un mismo tiempo precipio, vértigo y caída.

Cortázar, ese primer Cortázar, en esos años mesurables en quince, siete o doce. Antes, después o durante Bestiario. En algún momento.

 

En estos días he estado distribuyendo discos en manos de mis amigos. Me parecía cruel y estúpido dejar los discos guardados, silenciosos, inútiles. Tuve que vender íntegra mi discoteca de jazz (…) Yo la había empezado en 1933, con mis primeros pesos (…) Realmente no sabía qué hacer, a mis amigos no les interesa el jazz. Vendí muchos, y los otros, los más queridos, los puse en manos que sabrán oirlos. Me gusta pensar que en algunas noches de Buenos Aires, música que fue mía, crecerá en una sala, en una casa, y se hará realidad para gente a quienes quiero. Me llevo a París un solo disco
entre la ropa; es un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llama Stack O’Lee Blues y que me guarda toda mi juventud
.” (Carta a Fredi Guthmann, octubre de 1951)

 

Creo tener para mí algunas certezas de ese primer Cortázar. También algunas resonancias. Puedo ver esa ciudad y saber que pocos, muy pocos -y que los mismos, muy los mismos- seguimos respirándola, en todas las vueltas inútiles que da en nuestro dedo. Somos pocos y los mismos acaso, los que podemos aún figurarnos sutilmente en el impacto de algún verso de algún Holderlin, de algún Neruda, en las noches en que nos atrevemos a mascullar estúpidamente una lengua extrajera, en la irreprimible sensación de saber que alguna vez escribiríamos, pongamos por caso, un artículo como éste.

 

 

 

 

M.A

 

 

 

One Response to “El Primer Cortázar”

  1. Lucía Says:

    En la ciudad con problemas de tema llovió a gritos. Dos veces.

    Un abrazo.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s