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BUNKER LITERARIO

Ascenso y ocaso de la realidad: Allen Ginsberg en éxtasis, la Generación Beat en anaqueles septiembre 23, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 12:32 am
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 El destino trunco de las vanguardias y la soledad de las almas ardientes

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 Las vanguardias son jóvenes. Es un hecho, o aún más, una condición. Únicamente el inconformismo y el brío juveniles – tan caricaturizados hoy día – pueden generar una verdadera ruptura con la tradición, un mojón en el devenir de alguna actividad. No me estoy refiriendo necesariamente a la edad de las personas que idean y encarnan los movimientos vanguardistas: la juventud es un estado y no un mero lapso físico.

 Las vanguardias son jóvenes y – al igual que cierto hormigueo de la juventud – parecen saberse destinadas al fracaso, más allá de sus ínfulas y sus escándalos. Hablo de un fracaso muy particular por cierto: el fracaso que supone el éxito, la institucionalización, el museo, el talento mismo para quienes se mofaron de todo ello como bandera sagrada de su revolución. De este – perverso – modo, la vanguardia está destinada a desaparecer, a fracasar, ya sea por su futilidad (han existido vanguardias inofensivas, hay que admitirlo) o por su triunfo.
Uno de los problemas con este asunto es que, a pesar de los rebusques a que nos tienen acostumbrado cierta estirpe de críticos literarios, las vanguardias son ideadas y defendidas por personas, por nombre propios que comúnmente envejecen. Estos nombres propios muchas veces quedan atados al ismo que los destacó y no han sido pocos los casos de patetismo al respecto. Ginsberg, en Sándwiches de Realidad, parece estar muy atento a la cuestión.
Los poemas de Sándwiches de Realidad comprenden el (agitado) lapso que cabe entre 1953 y 1960 y reflejan la incertidumbre de Ginsberg – el más joven de los beatniks decisivos – respecto al futuro de una generación que está comenzando a envejecer (se sabe lo exigua que es la verdadera juventud) y que ya dio sus frutos mejores, léase En el camino, El almuerzo desnudo, Gasolina de Corso y algunos más. Estos poemas están manchados de sangre joven y postrera a la vez, de la sangre que identifica el último corte real en la carne. Como un fulminante presagio, Mi alba, el primer poema del libro, culmina de la siguiente manera:
 
 
cinco años de trabajo infeliz
de los 22 a los 27 años trabajando
encima ni un centavo en el banco
en justificación
llega el alba no es más que el sol
el Este humea O mi dormitorio
Estoy condenado al Infierno qué
despertador está sonando
 
 
Ginsberg se planta entonces en el suplicio moderno del despertador o – con un poco menos de misericordia – en el martirio moderno del despertar. Ignoro si en algún tiempo los hombres amanecían felices o alivianados; sospecho que se trata siempre de un plano más individual, más casuístico. De lo que estoy seguro – tan seguro como Ginsberg lo estaba – es de que en nuestros tiempos el despertar adulto es un cuasi-tormento, la certeza inclemente de la similitud de los días, de la tiranía del tiempo y su gestor, el reloj.
Ellos mismos, los mismísimos beatniks, tan prototipos de la hiperjuventud como James Dean o las minifaldas, están madurando, lo que equivale en su criterio a envejecer. Ellos mismos, los muchachos tan animados de las fotografías legendarias, están siendo sojuzgados por las obligaciones y los horarios pero, claro, por un manojo de buenas razones, no están aptos mental ni físicamente para ejecutar la parodia sin remilgos. Y de allí a la soledad hay un solo paso, un único y profundo paso. La soledad del trabajo y el dinero, la soledad de la vena artística y creativa relinchando en silencio bajo el manto de la grasa de la ciudad.
Escribe Ginsberg en el sublime poema Siesta en Xbalba y vuelta a los Estados Unidos: “qué soledad he / heredado finalmente”, y más tarde, en el mismo poema: “el problema es el aislamiento / – allá en la tumba / o aquí en el olvido de la luz”. Las vanguardias, incluso a pesar de los deseos de sus integrantes, es una idea grupal, supone la compañía, la connivencia, la hermandad; pero el tiempo y la forma suelen arruinarlo todo. Ya Kerouac había escrito algo así como que la locura se insinuaba para él en el silencio de su mente. Algo parecido sugiere Ginsberg. La soledad de las almas ardientes se asemeja demasiado a la locura, a la muerte.
 
 
 
La leyenda beatnik
 AllenGinsberg

La modernidad ha parido una forma muy particular de leyenda: aquella basada en ciertas proezas juveniles; el siglo XX de algún modo creó a la juventud como actriz social y en esa consagración germinan también ciertas leyendas fundadas en la exacerbación de los rasgos juveniles. Pero dentro de estas leyendas modernas existen dos clases: las que surgen por la muerte física del implicado y las que se construyen con la madurez de la/s persona/s en cuestión. Las primeras son perfectas: James Dean, Jim Morrison, Janis Joplin, John Lennon o Andrés Caicedo son algunos ejemplos. Las segundas son un poco más arduas en su edificación, y más comunes; son las que deben extraer de la continuidad una calidad o condición extraordinaria que no se enturbie precisamente por el paso – y el cansancio – de los años. No creo que haya ejemplo más adecuado, en este caso, que el de la Beat generation.
Por alguna razón – que todos podríamos enunciar, que todos creemos saber o sabemos efectivamente sin poder hablar de ella con los vocablos más fieles – hubo que paralizar el tiempo para inmortalizar a la Generación Beatnik (nombre en el que no creían siquiera sus propios integrantes, como suele ocurrir), para convertirla en leyenda. Ginsberg conoce esa razón y también los antídotos para ella. En De vuelta a Times Square, soñando con Times Square escribe:
 
 
Pesadilla de adolescente
Pandilleros de la luna
Pero nosotros nunca fuimos pandilleros de
pesadilla sino buscadores de
la rubia nariz por la Verdad
Algunos viejos están aún vivos, pero
los viejos drogotas han desaparecido –
Somos una leyenda, invisible pero
legendaria, tal como fue profetizado.
 
 
El poema data de 1958 y marca no tanto la longevidad de los constituyentes del grupo como la muerte (real e inminente, una muerte que ya está siendo) de una época, de un paisaje urbano al menos, de un modo determinado de tomar a la vida por el cuello y exigirle algo más que la miseria cotidiana. Y en la muerte de ese paisaje anida la “conversión” en leyenda de los beatniks, conversión que se debe, según Ginsberg, a un error elemental: el de haber considerado a los poetas un grupo de salvajes pendencieros en lugar de genuinos pensadores de su tiempo. Ginsberg está al tanto de que tanto él como sus compañeros han cooperado con la imagen y el estereotipo pero no quiere dejar pasar el equívoco sin señalarlo. No parece, viéndolo con nuestros ojos, tan equivocado: la Generación Beatnik es menos un objeto de estudio sincero que una etiqueta que sabe desbordarse por los dos costados, el de la sobrevaloración a partir de la mitificación (los que andan vociferando sobre Kerouac sin haber leído más que On the road) y el del descrédito por las licencias o los estruendos de los escritores (los que dicen que Burroughs estaba siempre posando a lo Dalí sin haber leído más que The naked lunch). De una u otra manera el corolario es el mismo, el que temía Ginsberg: la Generación Beat sobrevuela la historia de la literatura como una leyenda casi ilegible pero impostergable, menos como un grupo de artistas lúcidos con una visión establecida de la literatura que como un manojo de anécdotas o de suspicacias sexuales.
Supongo que cualquier persona – sobre todo aquellas con vocaciones artísticas – gustaría, al menos por un instante, de transformarse en leyenda. No me refiero al mero recuerdo, a una entrada de página y media en el diccionario top de la disciplina en cuestión sino a la efectiva evocación legendaria, aquella que juega con lo dicho y lo callado, aquella que produce cierto pasmo en quien la recorre o enarbola y cierto rechazo cobarde por parte de quienes la desdeñan. Sospecho también que los tentados no quieren reconocer enteramente el precio a pagar por la conversión; en la incapacidad para engañarse al respecto reside, creo, la ironía de Ginsberg y también su valor poético en el siglo XX, el de las masacres y los desencantos.
 
 
 
Fantasmas desnudos
ALLEN-GINSBERGEl siglo XX artístico se ha caracterizado, entre otras cuestiones, por la insistencia sobre la incomunicación humana. Beckett, Ciorán, Kafka o Pessoa pueden ser nombres que atestigüen lo que pretendo decir. De esta insistencia se ha derivado una postura extrema que desemboca en el individualismo contemporáneo y en ciertos puntales del pensamiento posmoderno. Pero también han surgido de aquel fenómeno irrefutable (a saber: no hay comunicación prístina y esencial posible entre los seres humanos) otras tentativas menos cínicas, más desgarradas e irracionales, tiznadas tal vez de romanticismo, es cierto, pero no por eso menos modernas o realistas.

Ginsberg, en Poema de amor basado en un tema de Whitman, describe a los habitantes modernos como “…fantasmas desnudos buscándose los unos a los otros / en medio del silencio”. La ciudad no es más – ni menos – que un enorme hotel, siempre nocturno, repleto de gente que sucumbe en el desencuentro mutuo y perpetuo. Pero el hombre según Ginsberg no se regodea en ello sino que lo padece: es una de sus enfermedades. El hombre deambula perdido en las celdas del hotel, insultando a la luna con galanterías, desesperado por un encuentro con esos otros que, pesadilla o realidad, se tornaron más reales que el hombre mismo, más gravitantes para la vida propia.
El aislamiento humano es un hecho; todo el poemario de Ginsberg está estriado por esta condición, incluso en el breve enunciado que prologa de alguna manera el texto: “1953-60 He emborronado en secreto estos cuadernos para mi propia satisfacción”. Pero el aislamiento – exacerbado en el egocentrismo – pasa factura al hombre moderno, lo limita, lo saca de quicio frente a la volatilización de la realidad, no tanto la de las autopistas y los carteles como la de la existencia humana. Se lee en Éter:
 
 
La misma pugna de la Mente, alcanzar la
Cosa
Que termina su proceso con una X
Comprendiendo sus antes y después
inexplicables a cada uno, excepto en un
profético
secreto recuerdo colectivo, oculto
no escrito como a media
tinta
 
 
La mente, sea cuál sea su estado o su vocación, tiende desde el reinado del cientificismo al asimiento de la cosa – sea esta sujeto, objeto, situación o recuerdo – que, como bien dice Ginsberg, jamás termina en otra cosa que en incógnita. La epistemología moderna ajustó su penetración hasta lo más recóndito, hasta el confín mismo de eso sagrado que descansa alrededor nuestro sin tocarnos, eso que nos habita sin anunciarse. Siquiera las drogas alucinógenas sirven para desmarcarse de esa tendencia, tal como lo creía la vanguardia de toda una generación. El individualismo encuentra su límite de este modo en la donación de sentido hacia el mundo. La racionalidad individual cae. Cae justo allí donde las preguntas se tejen en la intersubjetividad, en una subjetividad que trasciende la mera individualidad así como los torpes acoples con que los sociólogos de vez en cuando nos acunan.
 
 
 
Mome

 

 

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One Response to “Ascenso y ocaso de la realidad: Allen Ginsberg en éxtasis, la Generación Beat en anaqueles”

  1. Raúl Says:

    ¡Muy bonito artículo!


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