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BUNKER LITERARIO

William Gass: camisas blancas tras el cristal septiembre 29, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 7:06 am
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La literatura es una estrategia de aproximación. Nunca llegar, pero sí encaminarse hacia las zonas donde el lenguaje reconstruye un espacio, un lugar, un personaje. A modo de inventario, William Gass, en El Corazón del corazón del país (1968) (último relato del libro que lleva el mismo nombre), emprende un rumbo. Dar cuenta de un pequeño pueblo del Medio Oeste Norteamericano. Utiliza el fragmento -consciente que la totalidad no sólo es inabordable, sino también inexistente- como método posmoderno para narrar la historia de un desamor, de un pueblo en ruinas, de un futuro que no se espera.

 

Es una narración que se resquebraja, al igual que lo que se va narrando. Pero ante todo, un personaje, vacío, quieto, desorientado, que, al igual que el pueblo donde habita, comienza a deconstruir una identidad.

 

Tengo que organizarme. Tengo que, según dicen, ponerme en marcha, ahuyentar a ese gato de mi regazo –sí, tomar resoluciones, moverme, hacer. Mas ¿qué hacer? Mi voluntad es como la luz rosada y polvorienta de esta habitación: suave, difusa y levemente reconfortante. Me permite hacer cualquier cosa…nada. Mis oídos oyen como por casualidad. Me alimento con lo que me dan. Mis ojos ven lo que se les pone delante. Mis pensamientos no son pensamientos, son dueños. Estoy vacío o lleno…depende. Y yo no puedo elegir.

 

3865597798_8a3cd1bfbf_mWilliam Gass conduce el relato de la ciudad y el relato del personaje que la mora, como partes de una misma descomposición. La imposibilidad de dictar una norma, el imposible que es fijar una imagen que pueda perdurar, hacen que la narración se articule a través de un eje que se va moviendo y transformando a medida que avanza. Es ahí donde el carácter y la intención del autor relucen. Ya no hay sujetos que cuenten su historia con la integridad con la que cierta literatura del pasado lo hacía. Ahora, la obligación de una verdad, o la búsqueda de ésta, están supeditadas a la consciencia que tiene el que escribe y el que lee el artificio.

 

La disolución de la identidad, lo sabemos, es una constante de la literatura denominada como posmoderna. Esto quiere decir –aunque el debate siempre está abierto- que la forma por la que nos acercábamos a los personajes, cambia. Ya no es posible contar la historia con la utopía de un comienzo y fin, con la lógica causa-efecto. Lo que ahora prevalece son pequeños esbozos, bosquejos tentativos de un sujeto, aproximaciones que de antemano se saben insuficientes. Y es justamente eso lo que sabemos del personaje de El Corazón del corazón del país: minucias de una pérdida, imágenes que evocan historias mínimas, palabras que inducen a un lenguaje que alguna vez fue pero ya no.

 

Porque ahora estoy en B., Indiana, sin trabajo y sin paciencia, sin amor, sin tiempo y sin dinero, sin pan y sin cuerpo, de mal humor, sin té, señora Desmond. Así que, cierra el puño, bruja, saco de muerte. Vete a llamar a otra puerta, muérete, preciosa. (Yo quería ser famoso, pero tú me haces recordar el tiempo –mi vacío. ¿Era esto lo que yo creía que me iba a elevar sobre los demás? ¿Amor? ¿dónde estás?… ámame. Quiero llegar tan alto, decía yo, que cuando cague, nadie escape a mi mierda.

 

tunneling-tunnel-diagramLas confesiones del personaje denotan otro tiempo, otra vida, otro lugar, pero nada sabemos. Él mismo desconfía de sus palabras, y se desdice, y se contradice, como alguien que, en realidad, aspira a una verdad, pero sabe que no existe tal cosa. Todo está ligado a una interpretación personal, a una incomunicación con los otros, pero también a una desconfianza hacia lo propio. No sé si lo que me cuento es cierto, o fue de otra manera, o simplemente lo inventé. El recuerdo es nuestra primera literatura, y como tal sólo puede mentirse.

 

Un ejemplo de lo anterior lo vemos en la siguiente cita:

 

Voy a acabar por creer que sólo viven quienes se resignan (…), mas advierto que escribo sólo viven quienes se superan. Y mantengo lo escrito, despreocupándome de mi experiencia. Cada una de mis palabras está invertida o trastocada – o soy yo quien lo está.

 

Y está el mensaje que hace que la incomunicación sea el estado permanente de nuestras relaciones: Me escribiste: las cosas nos parecen extrañas cuando no las entendemos. A mí vez te escribo: creo que cuando te amé fui hacia mi muerte.

Hay una presencia que acompaña al relato, como he dicho. Es el pueblo, ese lugar del Medio Oeste, que no se atreve a definirse, que sólo aspira a continuar un camino de deconstrucción. Jóvenes vacilantes, hombres con poco que hacer, locos por la calle, fábricas que se cierran. El pueblo es contado por William Gass como si lo que estuviera narrando fuera una gran bodega y su trabajo fuera tan sólo nombrar lo que ve.

 

Sin embargo, el procedimiento adoptado por el autor norteamericano no sólo tiene relación con la desconfianza que toda narración supone. También hay un juego mayor, que se condice con el título del relato. El corazón del corazón del país, lo más propio de la gran nación, es esa desolación y enfermedad que lo inunda todo. La descomposición como una constante.

 

Estas casas están muriendo a la par que los despojos que las habitan; poco a poco fueron 3888829110_988925f3ddperdiendo el uso de sus facultades –sordera, ceguera, falta de memoria, habla incongruente, andares inseguros, temblores incontrolables, han ido apoderándose de ellos.

 

El Medio Oeste. Discordancia de gentes y lugares, somos una consonancia de ciudades. Como quien aumentase físicamente, excepto en su corazón, trabajamos en exceso. Nuestro aspecto nunca realmente urbano, nunca rural tampoco; vegetamos sin dejar de aumentar, tal como Alicia, en el cuento, crecía sin cambiar de aspecto.

 

Un lugar que no puede definirse; que no se reconoce como urbano, pero tampoco como una zona rural. Similar a lo que sucede al personaje principal, ya que éste no se decide ni elige, sólo recuerda un amor, un pasado que, presumimos, tal vez fue mejor. No lo sabemos. La ciudad también recuerda otras épocas, pero no hay juicio al respecto. Lo mejor o peor, lo bueno o malo, no está librado a un juicio categórico.
Gass demuestra en su texto que el sujeto se cuenta su vida de la misma forma que una ciudad se cuenta a sí misma. El estilo que el autor utiliza hace que lo supuestamente trascendental en el hombre, quede anulado por esa narración fragmentaria que apila sucesos sin que sepamos su historia. A su vez, la ciudad se narra como un recuento de cosas, lugares, casas y tiendas, que estaban y ya no están. Los hechos en la vida de un hombre son homologables a una fábrica que alguna vez estuvo y desapareció. Hay una consciencia de que la literatura es un artificio y que los sentimientos pueden ser manejados como una ficción más.

 

gass_32Para los demás puede ser una tontería: amor. ¿Por qué he de sentir una pérdida? ¿De qué he sido despojado? Nunca fue mía; era una ficción, siempre fue una chica maravillosa, descalza, con aspecto adolescente e interesada como un muchacho en los deportes y en la pesca, un personaje de Twain o, todavía peor, de Riley. La edad no es amable. Aquí hay poca caricias…en B., pocas. Nadie toca a otro a no ser con ira.

 

No obstante el texto aspira a un reconocimiento metaliterario, hay algo que como lectores siempre identificamos como real. O próximo, más bien. Trasladarlo todo a un plano meramente textual, donde el lenguaje asume una condición de promesa imperfecta, funciona si queremos analizar las estrategias narrativas sobre la que se construye un relato. Sin embargo, entre las palabras, en las imágenes que éstas forman, hay un rumor de dolor y desencanto que se parece más a nuestra experiencia que a una construcción abstracta. Tal vez sea eso lo que hace que aún leamos y busquemos huellas de un yo en textos y vidas ajenas. Es tal vez por eso que seguimos leyendo. Hay aún una utopía en nuestras lecturas que no se gasta.

 

 

R.S

 

 

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2 Responses to “William Gass: camisas blancas tras el cristal”

  1. Buen ensayo?, artículo?, post? aproximación a W. Glass?

    Uno de los pendientes –como muchos– que tengo, ahí, a la espera…

    saludos,

    ADO

    • laperiodicarevisiondominical Says:

      Gracias Antonio.
      No sabría decir qué es.
      Lo que sí: Gass vale la pena. Tengo el libro en fotocopia, por si te interesa.
      Abrazos.


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