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Apollinaire, el gozne velado entre los ismos octubre 15, 2009

Filed under: literatura francesa — laperiodicarevisiondominical @ 10:40 pm
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apollinaireEl siglo XX fue el siglo de los “ismos”, no porque antes no los hubiera sino más bien porque en el siglo pasado la terminación en “ismo” se hizo bandera de legitimidad para cualquier “desvío” que pudiera proponerse respecto a la norma, o a la transgresión de la norma, o a la transgresión de la transgresión, y así.

El principio del siglo XX, sus tres primeras décadas, se nos dibuja ahora como un período en donde todas las expresiones podían ser novedosas, revulsivas; en donde cualquier manifestación, para ser tal, debía volverse manifiesto. Las terribles resultas del imperialismo ilustrado, la estupidez de la guerra, el génesis de los movimientos totalitarios, la irrupción del marxismo aplicado, el psicoanálisis, la provocadora gnoseología husserliana, el atormentado legado de Rimbaud y Mallarmé; estas y otras causas pueden citarse para la revuelta general, causas que por lo común tenían vocación de estandarte. De ahí que la figura de Apollinaire, tan rescatada de los mil anzuelos, aparezca ensombrecida en las páginas de las enciclopedias culturales.

 

En cualquier ámbito de la vida, en cualquier empresa conjunta, alguien tiene que hacer el trabajo sucio. La idea misma de la división del trabajo puede ser aplicada al caso: toda superficie luminosa precisa de una médula oscura que la sostenga. Cualquier engranaje – y de ese modo se presentan las “Historias” de cualquier cosa – precisa de un lado oscuro, recóndito, invisible; precisa de cada uno de los dientes, incluso de aquellos que no se ven, los que están enclavados en el corazón del mecanismo. Sobre todo precisa de estos últimos. El simbolismo, el cubismo, dadá y el surrealismo son los faros más palmarios de los procesos vanguardistas. Pero entre-sobre-bajo ellos, está Apollinaire, mucho más rezagado en cuanto a la fama, mucho más de paso. Creo que esa es la figura retórica indicada: Apollinaire es un autor “de paso”, dueño de una obra por la que se sobrevuela sin detenimientos. Pero la expresión “de paso” también sirve para delimitar su papel en la asonada vanguardista de comienzos del siglo pasado: Apollinaire es un pasaje inevitable para los artistas agitadores de antaño.

 

Las dos guerras mundiales del siglo pasado, y en menor medida la prolongada y absurda contienda en Vietnam, fueron sucesos que estimularon secuelas en todos los planos de la existencia. Y la literatura no es la excepción ni mucho menos. La literatura también recibió el impacto de la guerra, a grandes rasgos, al menos en dos sentidos: por un lado, muchísimos gigantes de la literatura moderna combatieron efectivamente en alguna, o cumplieron al menos funciones de algún tipo no muy lejos de las líneas de fuego (tal es el caso de Hemingway, Céline, Sastre, Dos Passos, entre muchos otros), y por otro, la guerra misma como evento real suscitó una literatura particular, intervenida sobre todo por los elementos tecnológicos que se habían desarrollado a propósito de las batallas (el futurismo italiano se me ocurre como ejemplo para este caso).

 

La guerra, para empezar, es un suceso real. Crudamente real. Allí murieron y enloquecieron millones de personas reales a causa de balas y bombas reales. Los libros de historia la evocan y describen con detallismo, es un documento, un archivo en el que consta de lo que es capaz el hombre. Pero a su vez, la trepidante materialidad de la guerra la torna ficcional, inverosímil, literaria en un sentido muy amplio. La guerra deviene fábula para aquellos que pueden resistirla.

 

Y, ya se sabe, la fábula es fábula no tanto por quien la inventa (desconocido, remoto, inexistente quizás) como por quien se atreve a contarla. Cada uno de los partícipes de una guerra, de cualquier guerra, sabe cuál es la poesía de las batallas, la música de los obuses, la filosofía del terror permanente. Cualquiera de ellos, debajo de la inmunda cáscara de barro y sangre, pudo divisar el flemático y estricto trabajo de la muerte, pero no cualquiera pudo contarlo, no todos tienen ese don.

 

¿Qué demonios hace un escritor en la guerra? Esa pregunta tiene, por lo pronto, una respuesta rotunda: lo mismo que un maestro, un albañil o un visitador médico: matar gente y procurar que no los maten a ellos. En el caso de Apollinaire el interrogante tiene una segunda respuesta, no menos rotunda: escribir. El escritor en la guerra escribe. Escribe la guerra; escribe sobre ella con tanta furia y desesperación que termina re-fundándola en la escritura.


apollinaire-smResulta curioso, inimaginable, pero es cierto. Algunos hombres, entre bombazo y bombazo, tomaban una libreta y ensayaban poesía en ella. Poesía, justamente ella, es difícil de creer. De algún modo resulta más plausible la idea de un cuento o una novela, incluso la de un diario que sirva como isla para el horror en estado puro. Pero la poesía parece, en primera instancia, un término de oposición a la guerra real. Lo parece hasta que se leen los Caligramas de Apollinaire.

 

La guerra, la simple enemistad entre los hombres llevada al extremo, siempre inspiró poesía, empezando por el propio Homero; pero una cosa es la vocación de musa que la guerra en tanto conflicto violento pueda ostentar y otra – muy otra – es la factura de poesía en el mismo campo de batalla, entre las estampidas de una contienda que parecía contener al mundo entero en un paso de danza mortuoria. Caligramas es acaso una prueba mayor en este sentido, un verdadero milagro si se considera además el talante con que Apollinaire está tratando a la poesía, las cuestas de espaldas a las que la está sometiendo.
Caligramas se compone de 6 partes que en este caso, como si se tratara de una novela o de una serie de cuentos ordenados, tienen un sentido en su disposición que, además de ser cronológica, refiere a un proceso de evolución poética y vital de Apollinaire que el propio poeta parece endilgar al universo mismo, a la civilización occidental y sus costosas bromas de fuego. Para simplificar la tesitura: “Ondas”, el primer grupo, refiere claramente al período de pre-guerra y está visto por su mismo creador como una continuación de Alcoholes, su obra más perfecta; “La cabeza estrellada”, la última sección, remite a la tremenda herida sufrida en el cráneo por Apollinaire y también al fin de la guerra, a la victoria de los aliados, a un mundo que ya no volvería a ser el mismo y a un autor que ya no volvería a ser.

 

Apollinaire erigió a la poesía como la forma de expresión artística más eficaz y apropiada para el devenir sangriento de occidente. Una poesía que por cierto se saltaba de cualquier molde tradicional, una poesía cebada de pintura y de innovaciones teóricas. Una poesía digna de los vertiginosos años que se vivían. Esa sola apuesta coloca a Apollinaire en un sitio de excepción: la poesía fue, desde aquella posguerra y hasta mucho después (a pesar de las prescripciones propuestas por algunos pensadores) la forma más cabal de hablar de algo. Tal vez la única forma.

 

También se puede trazar una línea de evolución, dentro del mismo volumen, entre los ismos que tanto sacudieron a Europa en aquellas temporadas. En los primeros poemas de Caligramas se encuentra la pretensión cubista de la enumeración, de la neutralidad de las cosas reales. El poema Las ventanas es un buen ejemplo de lo que digo, y también Las colinas, un poema monumental, quizás el mejor que Apollinaire escribió en su vida, que cobra rasgos proféticos cuando dice:

 

ENCIMA de París un día
Dos grandes aviones combatían
Uno rojo y negro el otro
Mientras en el cenit llameaba
El eterno avión solar
Uno era mi juventud entera
Y el otro era el porvenir

 

Y más adelante:

 

Dónde fue a dar mi juventud
Ya ves que arde el porvenir
Sabrás que yo hablo hoy
Para anunciar al mundo entero
Que al fin nació el arte de predecir

 

El poeta es consciente – o al menos intuye – el tiempo y lugar en el que está; es consciente del viento que lo arrastrará todo, ya sea materialmente con la codiciosa guerra, ya sea en el plano espiritual con el estallido brutal de la ficción que la modernidad había construido: el sujeto racional, liberalista y científico. 1913 es la fecha del poema y evidencia, junto a los del mismo período, el gigantesco peso visual – o más que visual, pictórico – que Apollinaire le carga a la poesía. El futurismo y el cubismo están a la base de estas composiciones; especialmente el primero, con su adoración hacia la tecnología y la velocidad, con su inquietud belicosa frente al futuro incierto que planean esos mismos factores técnicos.

 

apollinaire_blessePero hacia el final de Caligramas encontramos al Apollinaire que las figuras del dadaísmo y el surrealismo señalaron como precursor. El proceso que se puede bosquejar en la vida personal del poeta o en el acaecer del mundo capitalista también se da en su estilo, en las operaciones literarias que intenta, en el furor de sus poemas
(A propósito: ¿qué tal si la guerra resulta ser el factor principal respecto a la génesis de los grandes movimientos vanguardistas del siglo pasado?. No hablo de un-factor-entre-tantos, eso es demasiado obvio; me refiero a que la Gran Guerra sea, efectivamente, a través de la persona de Apollinaire, la razón principal de los transcursos vanguardistas. No suena descabellado ni lógico: debe ser cierto)

 

Por lo pronto, la guerra hipnotizó a Apollinaire; lo fascinó en la variante de un shock cuyas condiciones de posibilidad y cuyas consecuencias se traducen, poéticamente, en los siguientes recursos: ruptura con una realidad coherente, basada en los principios de no-contradicción y causalidad; hiper-sensorialidad de los poemas; claras alteraciones en la puntuación; establecimiento de la alucinación como fundamento estético, como procedimiento. Escribe Apollinaire en Tristeza de una estrella:

 

UNA hermosa Minerva de mi cabeza ha nacido
Una estrella de sangre para siempre me corona
La razón está en el fondo y el cielo en la cumbre
O en La victoria, poema definitivo del Apollinaire definitivo:
CANTA un gallo yo sueño y agita el ramaje
Sus hojas semejantes a pobres marineros
Alados y girando como Ícaro el inconsistente
Unos ciegos gesticulantes como hormigas
Bajo la lluvia se miraban en los reflejos de la acera
Sus risas arracimadas como uvas
No salgas más de mi casa diamante que hablabas
Duerme suavemente estás en tu casa todo te pertenece
Mi lecho mi lámpara y mi casco agujereado
Y más adelante, en el mismo poema:
Queremos sonidos nuevos sonidos nuevos sonidos nuevos
Queremos consonantes sin vocales
Consonantes que ventoseen sordamente

 

Sonidos nuevos sonidos nuevos: me suena de alguna parte. Probablemente de la profundidad del alma humana en cualquier tiempo. Probablemente.

 

 

Mome

 

 

 

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