La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Kenneth Patchen y el signo de Bartleby octubre 25, 2009

 

olderPatchenfaceDetrás de buena parte de la literatura norteamericana del siglo XX se alistan dos recurrencias significativas: la primera, lo mórbido de un orden; la segunda, la inapelable referencia a Dostoievsky. Entiendo que estas instancias no sólo recurren, sino que también se imbrican. En lo que sigue, me ocuparé caprichosamente de la primera.

 

Nataniel Hawthorne anotó en 1835 la fuga ligeramente fantástica de un hombre llamado Wakefield; algunos años después Herman Melville insertó en otro hombre llamado Bartleby el evanescimiento paria de Wakefield trocándolo en conducta ética: Bartleby acepta su destino paria y a partir de él, hace manifiesta la idea de que, en un mundo errático, causal y definido, las infracciones conducen al silencio, al anonimato, a la muerte en vida. Sin embargo, Bartleby no sucumbe a la fuga como Wakefield; Bartleby resiste en una empecinada actitud. La labor de Bartleby consiste sólo en copiar, repetir un modelo del cual ya no existe original alguno (alguna de estas figuras, el difícilmente rastreable modelo o la labor del copista pueden antojársenos como metáforas del infinito; llamarles metáforas lo corroboraría). Bartleby tan solo copia y en cada copia el orden se afinca más y más, un orden secreto: orden que anida y se renueva en su mismidad –insalvable paradoja- dentro del inconsciente de cada ciudadano. Bartleby resiste, pero sobre todas las cosas, Bartleby no escarmienta. Se pronuncia taxativo en una respuesta unívoca: prefiero no hacerlo. Bartleby, consecuentemente, deja de copiar.

 

Probablemente alguien lo haya notado antes. Entre ambos relatos se extiende una notable similitud: tanto Wakefield como Bartleby ejecutan sus acciones allí donde el orden se manifiesta con mayor virulencia. Wakefield lo hace en el centro de la ciudad de Londres; Bartleby en la mismísimo Wall Street. La línea final de Wakefield dice: “En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.” Hacia el final de Bartleby, Melville apunta: “No puedo afirmar su fundamento; ni puedo decir qué verdad tenía. Pero, como este vago rumor no ha carecido de interés para mí, aunque es triste, puede también interesar a otros.”
Hay en la voluntad de estos hombres algo más que una toma de conciencia. Hay en parte una extraña predicción opuesta al posterior espíritu creador de Walt Whitman. Hay, en esa misma predicción, cierta vocación por la escuela trascendentalista. Whitman encarnó el nacimiento simbólico de una nación –tal como lo hizo Borges en Fundación Mítica de Buenos Aires– cuando lo que marcaba era el nacimiento de una literatura. Difícilmente las letras norteamericanas puedan eludir la clarividente sombra de Walt Whitman; más difícilmente aún puedan soslayar el signo de Bartleby.

 

Restan algunas diferencias. Wakefield encarna un cierto tipo de hombre de acción; Wakefield resuelve olvidar el orden y lo olvida; puede verlo como algo ajeno, ridículo. Wakefield difícilmente perciba al orden como tal; sólo se siente presa de él. Bartleby, en cambio, ve como ese mismo orden se agrieta con su palabra, mira los ojos de enfado del sujeto al que se le dice No. Si Wakefield se avecina a determinar el campo de acción de un supuesto Adversario, Bartleby pelea a ciegas en él, con la ingenuidad suficiente que precisa cualquier forma de rebelión.

 

Entiendo que, en cierta medida, la literatura norteamericana se abre paso de esta manera: valentía e impermeabilidad, avance y reticencia. Algo mejor acaso: avance cauto, paso del francotirador. Lo que se escribe, lo que se enuncia, se ejecuta desde una trinchera móvil, condenada al pulso de un enemigo en permanente fuga, y a falta de certezas sobre su identidad, se intuye siquiera su presencia, su entidad, su olor. Lo que me alienta a seguir en esta línea es una intuición doble: que la escuela de todo escritor norteamericano consista en darse cuenta de que algo huele mal y que en buena medida cada escritor norteamericano sea un Bartleby, atento a una actitud fundamental: el hombre no ha de marchar a destiempo del orden que lo atenaza, sino contra él. Para ser más explícito: lo que impone el signo de Bartleby no es que Uno diga No como consecuencia de dejar de decir Sí; por el contrario, Uno dice No muy especialmente cuando todo indica que debería decir Sí.

 

Tomando como referencia esto último, pensaremos no con injusta soberbia que la literatura que se agrupe detrás del signo de Bartleby es cuantiosa mas no dispar. Ciertamente, cuantiosa es. Me pregunto si no dispar.

 

patchen_wings_98-08-10Este reciente siglo de madurez con el que carga la aún breve historia de literatura norteamericana –ese del que abrevamos con cierta ingenuidad, confiando en sus inicios y sus confines, como si las fechas vinieran a decirnos algo realmente- conoce de un Sherwood Anderson y de un Norman Mailer, de un Cummings y de un Chandler, de un Fitzgerald y de un Carver, todos tan sutilmente abigarrados en el signo de Bartleby y en el destino final de Wakefield. Algunos, como Bartleby, asumieron la valentía de oponerse al orden; otros, como Wakefield, pusieron al descubierto sus paradojas. La disparidad que media entre una y otra actitud determina dos caracteres más o menos evidentes: francotiradores y fugitivos tiñen lúgubremente la literatura norteamericana.

 

Pero algo más: que algo abigarre a los escritores norteamericanos en un signo y un destino paria no obedece –y esto se me antoja fascinante- a conocer fielmente aquello que les conduce a padecerlo. El orden de un imperio se distingue de otros órdenes en su sigilo: las jaulas jamás serán mencionadas como jaulas, los hombres jamás mencionados como prisioneros. El signo de Bartleby, por tanto, no designa aquello contra lo cual revelarse; prioriza tan solo las ansias de rebelión. Bartleby, como decía anteriormente, se revela a ciegas, es un ciego de la verdad. Pero no hay condición más eficaz al rebelarse que esta ceguera de saber a ciencia cierta que está dando en la tecla.

 

El caso Patchen resulta más que ilustrativo a este respecto. Patchen probablemente sea uno de los poetas al que menos justicia le han hecho las antologías y los exégetas. Patchen no nos resultaría olvidado si no fuera por la suerte de algunos de sus sucesores. Es lícito argüir que probablemente la literatura que vino después no fue sino variaciones del sentir de Patchen. En 1936, con la publicación de Before The Brave, Patchen vindicó como ningún otro poeta la ominosa sombra del signo de Bartleby, fue desapercibidamente el audaz preconizador del signo de Bartleby.

 

Fue Henry Miller quien en 1946 retrató fielmente –con esa fidelidad que da la imaginación- a Kenneth Patchen. Mucho antes –y acaso también después- Patchen no se escondía sino detrás de algunos detalles biográficos: su nacimiento en Ohio, sus tempranos esfuerzos literarios, la vocación por el vagabundeo, publicaciones en algunos periódicos, en algunas revistas. Distinguiblemente, la numeración de estas efemérides no evoca a un hombre; podría evocar a cientos de norteamericanos. Miller apunta en Patchen: man of anger & light que Patchen era silencioso e inquieto, que su espíritu indócil no traficaba en manerismos, (”he is inexorable: he has no manners, no tact, no grace. He gives no quarter. Like a ganster, he follows a code of his own.”), que pasó la parte final de su vida confinado a una cama a causa de su invalidez. Miller dispone también una cualidad insoslayable: su inocencia (“innocents, precisely because they disavow all responsibility for evil are they accursed”).

Pero la mención de Patchen puede ser –a esto me ajusto- la de muchos otros escritores. Lo que importa en todo caso es el panorama, el entorno del cual se desprende, rebelde, el signo de Bartleby, y la significación de su impronta. Dispongo, lógicamente, de ejemplos literarios. En 1967, Norman Mailer propuso alguna variación al signo de Bartleby, variación que puede ser también pensada como desbarajuste. Algunas de estas digresiones se encuentran en un viejo artículo mío, “Norman Mailer y el Héroe Cómico.” Copio aquí algunas líneas de Mailer.
 

marchó sobre un bastión que simbolizaba el poderío militar de la república, y marchó, no para capturarlo, sino para herirlo simbólicamente; y las fuerzas que defendían a ese bastión reaccionaron como si una herida simbólica pudiese ser tan mortal como cualquier otro desgarro en el combate

 

kpc07bEl inocente, según Miller, no es tal tanto por inculpabilidad como por desentendimiento: él mismo acaba siendo marginado precisamente porque se desprende de la culpa, se desembarga de ella ya que ésta es el atributo que el orden dispone para anularlo, para reducirlo a objeto. El héroe, según Mailer, sólo debe operar en intervenciones lacerantes y las heridas no tienen sino que ensuciar las singularidades del orden, herir simbólicamente, dejar en manos del futuro un seco reguero de pólvora y no las consecuencias del estallido, la fórmula y no el resultado, establecer el conflicto ignorando la solución. Ningún orden se extingue porque una fuerza opuesta a él, de iguales magnitudes, se abalance a derrotarlo. Ocurre más bien lo que al modelo infinito de Bartleby: si nos enfrentamos en iguales condiciones –es decir, sin diferencias sustanciales entre ellos y nosotros, lo cual viene a decir también que todo lo que ellos hagan para ganar, nosotros lo haremos también- no estaremos sino copiando aquello que tanto nos atosiga. No habrá por tanto heroísmos, ya que la heroicidad se marca en lo particular, en lo diferencial, pero por sobre todo, en lo insólito y en la suma de las infracciones inesperadas por el orden que conducen a su abatimiento. Los Bartlebies, los Wakefields, no producen explosiones; por el contrario, son la huella intachable de la implosión, actúan desde y para lo inusitado, sobre lo que ha de perdurar para que el orden caiga desde lo alto con el exacto peso con el que se yergue; contribuirán a su erosión y a su ruina: le ofrecerán un espejo en el que pueda verse monstruoso.

 

El siguiente verso de Patchen, de apreciable influencia kafkiana, resulta iluminador al respecto.

 

¿Conocemos otra culpa que la espera?

 

Pero mucho más certeros fueron los versos finales de Have you killed your man for today?, de 1943.

 

Nuestra es la enfermedad del venado al que matan
Ya que la actividad de los cazadores es matarlo.

 

La pregunta por la literatura norteamericana pudo haber sido otra y pudo incluso el signo de Bartleby brotar sin circunscribirse a un solo orden, sino a todos. Todo orden menor importa uno superior y el camino de uno a otro siempre es infinito.
Nuestra también es la culpa de la espera. Pero lo que aguardamos tendrá algún vínculo con la verdad última de Bartleby –aquella que Melville prefirió no hacer pública-. Y será a través de ella que nos convertiremos en perfectos francotiradores o hermosos fugitivos. Algún día, probablemente mañana, cuando sin razón alguna, sin dirección que seguir, sin Adversario certero, despertemos y acatemos lo que dentro de nosotros señala el signo de Bartleby.

 

 

M.A

 

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