La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Un receso diciembre 17, 2009

Filed under: La Periódica Revisión Dominical — laperiodicarevisiondominical @ 9:04 pm
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Llega el fin de este año y pensamos tomarnos unas vacaciones que podrán desapercibir sin ningún problema.

Como no solemos decir más de lo que ya decimos en estas páginas, es el buen momento para saludar a todos los que, en buena medida, hacen de este reducto lo que es. Y celebrar con ellos.

Gracias a Gemma, Daniel Melingo, Pablo Brameri, Nacho Vegas & Carmen, Hugo Savino, Juan Pablo F., Sábados 14.30 en Café London (BsAs), Matti Pellompää, Naún & Vale, Mariano Dupont, Familia Abadía, Alberto Haj-Saleh, Antonio Díaz Oliva, Manu por habilitar el búnker, Rodrigo Pinto & Marisol García, amigo Gómez, La Vie En Rose (Moritz & cigarrettes & frío marginal), Andrés Neuman, Sergio Morera, Dr. Bereslawski, Café Durán & Eldo Lape (Alella), Mariano Fiszman, Luis Bardamu Menéndez, Milita Molina, Vale Zabala, Enrique Bunbury, Plaguita, Patri & Dani, Ana Baena Tedo, Damián Tabarovsky, Facu & Lucía, Bar L’Arc (Girona), blogs que nos leen y leemos, madrugada y escalando.

A todos, dice el espíritu: presente.

 

La Periódica

 

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Nueva traducción de Apollinaire

 

 

Como adelanto de una nueva traducción de los poemas más loables de Apollinaire, Mariano Fiszman nos deja dos poemas. La edición, que lleva el título de “Y que todo tenga un nombre nuevo,” saldrá publicada por Ediciones del Dock hacia marzo del 2010. Fiszman, a cargo de la traducción y los debidos prolegómenos, además tiene en su haber novelas y cuentos. Vale la pena echarle un ojo, aquí.

 

 

 

  La victoria

 

Un gallo canta yo sueño y el follaje agita
Sus hojas parecidas a pobres marineros
Alados y girando como Ícaro el falso
Unos ciegos gesticulando como hormigas
Se reflejaban bajo la lluvia en el espejo de la calle
Sus risas reunidas en racimos de uvas
No salgas más de mi casa diamante que hablabas
Duerme en calma es tu casa todo te pertenece
Mi cama mi lámpara y mi casco agujereado
Miradas preciosas zafiros tallados cerca de Saint-Claude
         Los días eran una esmeralda pura
Me acuerdo de ti ciudad de los meteoros
Florecían en el aire durante esas noches en que nada duerme
Jardines de la luz donde junté esos ramos
Ya debes estar harta de asustar a ese cielo
                Que siga con su hipo
Cuesta imaginarse
Hasta que punto el éxito vuelve a la gente estúpida y tranquila
En la escuela para ciegos preguntaron
No tienen algún chico ciego alado
Oh bocas el hombre está en busca de un lenguaje nuevo
Del cual el gramático de ninguna lengua pueda decir nada
Y las viejas lenguas están tan cerca de morir
Que en verdad es por hábito y falta de audacia
Que aún se las usa para la poesía
Pero son como enfermos desganados
Para mí que la gente se habituaría pronto al mutismo
La mímica al cine le alcanza
                 Pero insistamos en hablar
                 Movamos la lengua
                 Salpiquemos saliva
Queremos sonidos nuevos sonidos nuevos sonidos nuevos
Queremos consonantes sin vocales
Consonantes que exploten sordamente
                Imiten el ruido del torno
Dejen burbujear un sonido nasal y continuo
Chasqueen la lengua
Hagan el ruido sordo del que come sin urbanidad
El carraspeo aspirado de la escupida también sería una linda consonante
Los diversos pedos labiales también volverían estrepitosos sus discursos
Acostúmbrense a eructar con ganas
Y qué letra grave como una campanada
                 Atraviesa nuestras memorias
No amamos lo suficiente la alegría
De ver las bellas cosas nuevas
Oh apúrate amiga
Teme que un día un tren no te conmueva
                      Más
Míralo más rápido por ti
Esos ferrocarriles que circulan
Pronto saldrán de la vida
Serán bellos y ridículos
Dos lámparas arden delante de mí
Como dos mujeres que se ríen
Agacho tristemente la cabeza
Ante la burla ardiente
La risa se expande
Por todas partes
Hablen con las manos hagan chasquear sus dedos
Golpéense las mejillas como un redoblante
                            Oh palabras
                 Ellas siguen por entre los arrayanes
                 A Eros y a Anteros llorando
Yo soy el cielo de la ciudad
                            Escuchen el mar
El mar gemir a lo lejos y gritar muy solo
Mi voz fiel como la sombra
Quiere al fin ser la sombra de la vida
Quiere ser oh mar viviente infiel como tú
El mar que traicionó a tantos marinos
Se tragó mis grandes gritos como a dioses ahogados
Y el mar al sol sólo soporta la sombra
Que los pájaros proyectan con las alas desplegadas
La palabra es repentina y es un Dios que tiembla
Avanza y sostenme yo añoro las manos
De quienes las tendían y juntos me adoraban
Qué oasis de brazos me recibirá mañana
Conoces acaso esta alegría de ver cosas nuevas
Oh voz ahora hablo el lenguaje del mar
Y en el puerto la noche de las últimas tabernas
Yo que soy más testarudo que la hidra de Lerna
La calle donde mis manos nadan
Hurgando la ciudad con dedos sutiles
Se va pero quién sabe si mañana
Al volverse calle inmóvil
Quién sabe cuál sería mi camino
Piensa que los ferrocarriles
Pronto pasarán de moda y quedarán abandonados
Mira
La Victoria ante todo será
Ver muy a lo lejos
Ver todo
De cerca
Y que todo tenga un nombre nuevo

 

 

  Poema leído en el casamiento de André Salmon
  el 13 de julio de 1909.

 

Al ver banderas esta mañana no me dije
Mira la ropa de rico de los pobres
Ni el pudor democrático quiere velarme su dolor
Ni la libertad con honor hace que ahora se imite
A las hojas oh libertad vegetal oh única libertad terrestre
Ni arden las casas porque partiremos para nunca más volver
Ni esas manos agitadas trabajarán mañana para todos nosotros
Ni siquiera se colgó a quienes no sabían gozar de la vida
Ni siquiera se renueva el mundo tomando otra vez la Bastilla
Yo sé que sólo lo renuevan quienes están fundados en poesía
Embanderaron París porque mi amigo André Salmon se casa
Nos conocimos en un sótano maldito
En los tiempos de nuestra juventud
Fumando los dos y mal vestidos esperando al alba
Enamorados enamorados de las mismas palabras a las que habría que cambiarle el sentido
Engañados engañados pobrecitos y sin saber reír todavía
La mesa y los vasos se convirtieron en un moribundo que nos lanzó la última mirada de Orfeo
Los vasos cayeron se rompieron
Y nosotros aprendimos a reír
Entonces salimos peregrinos de la perdición
A través de las calles a través de las comarcas a través de la razón
Lo volví a ver a orillas del río en el que flotaba Ofelia
Que blanca flota aún entre nenúfares
Se iba entre Hamlets pálidos
Tocando en la flauta la canción de la locura
Lo volví a ver junto a un mujik moribundo contar las beatitudes
Admirando la nieve semejante a mujeres desnudas
Lo volví a ver haciendo esto o aquello en honor de las mismas palabras
Que cambian las caras de los chicos y digo todas estas cosas
Recuerdo y Porvenir porque mi amigo André Salmon se casa
Alegrémonos no porque nuestra amistad fue el río que nos fertilizó
Terrenos ribereños cuya abundancia es el alimento que todos esperan
Ni porque nuestros vasos nos lanzan una vez más la mirada de Orfeo moribundo
Ni porque crecimos tanto que muchos podrían confundir nuestros ojos con las estrellas
Ni porque las banderas golpean las ventanas de los ciudadanos que están contentos desde hace cien años por tener la vida y pequeñas cosas que defender
Ni porque fundados en poesía tenemos derechos sobre las palabras que forman y deshacen el Universo
Ni porque podemos llorar sin hacer el ridículo y sabemos reír
Ni porque fumamos y tomamos como antes
Alegrémonos porque director del fuego y de los poetas
El amor que llena como la luz
Todo el espacio sólido entre estrellas y planetas
El amor quiere que hoy mi amigo André Salmón se case

  

 

Torsiones de la verdad 3: Interpelación de una lucha diciembre 15, 2009

Filed under: Filosofía,Teoría — laperiodicarevisiondominical @ 8:18 am
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La pugna por la verdad

 

Escribe Calvino en Punto y aparte: “La relación entre filosofía y literatura constituye una lucha. La mirada de los filósofos atraviesa la opacidad del mundo, supera su espesor carnoso, reduce la variedad de lo existente a una telaraña de relaciones entre conceptos generales y fija las reglas del juego por las que número finito de peones que se mueven sobre un tablero de ajedrez agota un número tal vez infinito de combinaciones. Llegan los escritores, y las abstractas piezas del ajedrez, los reyes, las reinas, los caballos y las torres son sustituidas con un nombre, una forma determinada, un conjunto de atributos reales o equinos y en el lugar del tablero se extienden polvorientos campos de batalla o mares agitados; y así las reglas del juego saltan por los aires y un orden distinto del de los filósofos se va abriendo camino paulatinamente” (Calvino: p. 171).

 

Era tiempo, pues, de que alguien colocara el sustantivo preciso: el nexo entre filosofía y literatura es una lucha. Calvino tuvo el valor de hacerlo sin levantar mucha polvareda porque, claro, la palabra lucha ya suena a nuestros oídos como cualquier otra, como una flatus vocis que remite vagamente a pasado, a cítrica melancolía. La lógica posmoderna (si es que existe tal cosa sin contradecir la supuesta esencia de la posmodernidad) no incluye a la lucha entre sus conceptos rectores, o al menos la relega al plano de las luchas locales, en un diseño de la resistencia que por cierto o encarna la idea de lucha estrictamente.

 

La lucha es violenta, se da entre contradictores parejos, proporcionados per se o que se “proporcionan”, se nivelan para/en el combate. La lucha supone una desavenencia sobre un punto importante para ambas partes, y también supone un aborrecimiento mutuo que foguee la contienda. A pesar de los discursos grisáceos que nos bautizan como era, nadie puede luchar contra alguien a quien no odia. Así las cosas ¿cuál es ese punto neurálgico por el que contienden literatura y filosofía? ¿cuál es el motín por ganar? Nuevamente Calvino: “Cada una de las partes está convencida de haber dado un paso adelante en la conquista de la verdad, o al menos de una verdad, pero al mismo tiempo es consciente de que la materia prima de las construcciones propias es la misma que la de las ajenas, es decir, palabras

 

La lucha se da entonces por dos motivos; se está luchando por la verdad y se está luchando, más específica y dramáticamente, por las palabras. Pero entonces estamos ante un paradójico punto común que se da en el núcleo de la diferencia: para ambas – filosofía y literatura – el acceso a cualquier verdad está mediado por el lenguaje. Por supuesto, esto no incluye a los pensadores o poetas que han retirado cualquier mediación con la verdad o que han considerado al lenguaje con el molde de un mero nominalismo. Por supuesto, también están exceptuados de esta lista los que desdeñan cualquier pretensión de verdad, sea única o particular. Practicadas las salvedades, no parece incorrecto estimar que, efectivamente, la palabra también es objeto de la lucha: a pesar de las intenciones, pasando de ellas, tanto la literatura como la filosofía intervienen en el mundo con palabras; palabras imbricadas en la búsqueda o producción de sentido, palabras que tensan el borde de la palabra misma, el borde de la lengua. Palabras destinadas a mirar de frente el último precipicio de todos. Palabras conminadas a mirar directamente el vacío de la no-palabra, de lo indecible.

 

 

Labilidad del suelo

 

Deleuze y Guattari opinan en ¿Qué es la filosofía?: “El filósofo es el amigo del concepto, está en poder del concepto. Lo que equivale a decir que la filosofía no es un mero arte de formar, inventar o fabricar conceptos, pues los conceptos no son necesariamente formas, inventos o productos. La filosofía, con mayor rigor, es la disciplina que consiste en crear conceptos (…) crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía” (Deleuze y Guattari: p. 11). Nos sirve la cita para preguntarnos si en verdad la literatura y la filosofía se pueden trabar estrictamente en una lucha. Porque – precisemos – la lucha también exige como condición de posibilidad la existencia de una arena común en donde poder desarrollarse, un suelo de contacto y de frontera a la vez.

(Podría objetarse que ahora las luchas son con mando a distancia y misiles inteligentes; en principio parece sensato pensar en nuestro tiempo como aquel en donde el renombrado “acortamiento de las distancias” hizo innecesario en muchos sentidos el contacto humano y, por tanto, el campo que soporta ese contacto. Pero el mundo virtual tiene sus límites, no puede virtualizarlo todo: la pantallita digital desde la que se dispara y se detectan los misiles son un campo común, algo de lo que disponen las dos partes, un plano, que más allá de ser una representación, no obstante es).
 

Quiero decir: la lucha efectiva sigue requiriendo un campo común, ¿lo tienen la filosofía y la literatura en el orden del lenguaje, los conceptos, las palabras? La cita de Deleuze-Guattari delimita el terreno de un modo sutil y profundo: la filosofía no pretende inventar palabras ni tampoco revolucionar su uso sino crear conceptos. El concepto, como cualquiera sabe, excede a la palabra; el cómo lo excede – en qué sentido, con cuáles mecanismos de representación en juego – es otra cuestión. El concepto es más que la palabra, la antecede, la completa, la quebranta, la renueva. O quizás es menos, porque tan siquiera puede existir sino es por las palabras: después de todo el concepto está hecho de palabras y no puede huir de eso. En cualquier caso (sea más o sea menos) el concepto es otra cosa que la palabra. Y esto implica cierta discrepancia respecto al botín en juego para cada uno. La literatura también puede forjar conceptos, pero su estilete es la palabra, la palabra felizmente salvada de su condena semántico-sintáctica.

 

Aquí el suelo común se hace lábil, la médula de la lucha se disuelve, pero no sus nervios: hay que recordar que otra de las características de la lucha es la vaguedad en que se hunde por lo general el objeto inicial al comenzar la contienda. Tal vez la literatura y la filosofía no luchan rigurosamente por las palabras, tal vez no sepan ya por qué luchan, en el sentido en que Calvino lo refiere.

 

 

Los jirones de la verdad

 

Aunque, claro, aún queda por ajustar las cuentas respecto al asunto de la verdad. Y en este tipo de tironeo, digámoslo, nadie quiere aliviar el esfuerzo. La filosofía es más grosera en su pretensión, eso es muy cierto, más autoritaria, más prescriptiva al menos. Mas la literatura no ha cejado jamás (al menos completamente) tampoco en su reclamo. Sucede que el reclamo de la literatura es más sutil, más complejo y más llano a la vez: la literatura se instala fuera de cualquier discusión “real” sobre la “realidad”, se define ella misma como una instancia segunda de realidad – principalmente basada en la concepción moderna de la representación – para trabajar, más cómoda desde allí, la socavación del concepto de “realidad” que la filosofía, la ciencia o la religión puedan pergeñar.

 

Aún las literaturas más extremas, las vanguardias de cualquier tiempo, detrás de la carne revulsiva y del desdén por el concepto materialista o cósico de la realidad, siguen clamando (muchas veces, tantas, sin decir nada) por la posesión de la realidad. El surrealismo, por caso, en la figura de Bretón, se propuso trastornar la “realidad mundana” para mostrar a través de sus métodos, la “verdadera” realidad. Cito el Manifiesto en la definición de surrealismo: “automatismo psíquico puro por el cual nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, ya sea por escrito, ya sea de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento”. El subrayado es mío, pero en realidad parece que se subraya solo ¿no es cierto? Bretón se refiere al funcionamiento real del pensamiento, pero más allá de que en principio el pensamiento puede concebirse como “independiente” de la realidad material, dicha autonomía es muy tenue: el funcionamiento del pensamiento es la realidad en este contexto. Siendo de otro modo ¿qué significarían las cosas, una silla o un ventilador por caso? ¿qué significarían sin una mente que las conciba, organice e imagine? Tal vez algo mejor, tal vez – quién sabe – la imagen de Dios, pero no obstante no estaríamos hablando o escribiendo sobre ellas, no serían nada para nosotros.

 

Escribe Jürgen Habermas en Pensamiento postmetafísico: “Es propio de un texto literario no presentarse con la pretensión de documentar un acontecimiento en el mundo; y sin embargo, trata de atraer paso a paso al lector al encantamiento de un acontecer imaginario, llegando el lector a seguir los sucesos narrados como si fueran reales. También la realidad fingida tiene que ser vivida por el lector como real, pues de otro modo la novela no lograría lo que pretende” (Habermas: p. 246). Habermas se está remitiendo, claro está, a la idea de lo verosímil, tópico fundacional de la teoría literaria, el afamado “como si” que – como quedó dicho o sugerido – exime a la literatura de su candidatura a la producción de realidad. Dicho de otro modo: la literatura misma – y sus teóricos, aunque en este caso no importan tanto – en tanto institución se auto-aparta de la realidad, desiste en principio de luchar por el monopolio de la verdad.

 

Pregunto: ¿cómo no sospechar sobre esta ubicación? ¿Desde cuándo las actividades pueden ellas mismas colocarse en el sitio que les conviene? Complicando un poco el asunto: ¿Quién es, en qué consiste esa literatura – término abstracto por definición – que se determina de una u otra manera respecto a la noción de realidad – término abstracto por excelencia – según su propio parecer?

 

Para empezar a hablar de estos interrogantes – que por cierto no tienen respuesta definitiva posible, o eso me temo – hay que dar por descontados un manojo de asuntos, fundamentalmente el asunto de la realidad. Si la realidad es eso que desde Platón y, sobre todo, desde Aristóteles se nos dice que es, la posición marginal de la literatura funciona, pero el caso es que ese eso jamás fue explicado de modo convincente o en todo caso se trata de una explicación, la proporcionada por la ciencia, tan débil en todos los sentidos, tan contradicha por al ciencia misma o por el mundo. Por la negativa, si no se acepta aquel eso en que consistiría la realidad – y, vamos, ¿qué otra cosa que la desconfianza o negación de la realidad es esencialmente la literatura – el funcionamiento de la literatura, su posición, renguea, se manca.

 

No me interesa tanto la postura de Habermas al respecto (que por otro lado no hace otra cosa que reproducir una sentencia clásica) pero sí el corolario de su argumentación, que atañe también al receptor, al lector. La verosimilitud, atributo propio de la literatura, principio por el que se rige, debe transformarse en realidad para el lector si es que pretende cumplir su “cometido”. De aquí, dos cuestiones: por un lado ¿cuál es el “cometido” de la literatura? ¿Tiene alguno en verdad?. Tengo para mí que, de existir algún “cometido” medianamente general de la literatura, se orienta hacia la transformación del lector (y con él del mundo mismo, aquí está el chiste). Y en este punto, la segunda cuestión: ¿qué queda en este caso de la verosimilitud? ¿no se produce una transformación efectiva en realidad?

 

En otras palabras, en otra pregunta: ¿No está operando la literatura en el último caso en/sobre el mundo?

 

Recuerdo especialmente unas palabras del Indio Solari al respecto, en una entrevista. Decía que la música en particular y el arte en general habían cambiado su mundo y, en consecuencia, el mundo. El propio Italo Calvino, que descree de la indiferenciación entre literatura y filosofía, escribe hacia 1968: “La imagen que nosotros nos hacemos hoy del hombre no puede prescindir de la absoluta negatividad del hombre de Beckett” (Calvino: p.173). El “hombre de Beckett” – es decir, ese borroso y huidizo concepto de hombre que subyace en sus obras – alteró el concepto y la imagen de hombre que se tenía hasta él, hasta sus escritos. Calvino extiende este “poder” a otros autores como Kafka, Borges o Dostoievski, ejemplos en los que “la autoridad del escritor (…) coincide con la autoridad del pensador de más alto nivel”. Vale como epílogo el siguiente interrogante: si estos autores, sumamente escritores-de-ficción, por nadie señalados como filósofos, son capaces de transformar a las personas y al mundo (un anhelo típico de la filosofía, explícito desde Marx) ¿qué resta de la diferencia entre literatura y filosofía, entre un quehacer “artístico” o “ficcional” y uno “racional” con aspiraciones empíricas cuando no prescriptivas? Tal vez los jirones de una verdad en sentido fuerte que, más o menos referida, es el objeto de ambas. No lo sé, creo que nadie lo sabe.

 

Mejor dicho: lo que resta ¿importa?

 
  

Mome

 

 

 

Entrevista a Bob Dylan – Playboy Interview (1966) – 2ª Parte diciembre 13, 2009

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 10:59 am
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Segunda y última parte de esta entrevista a Bob Dylan en febrero de 1966, a cargo de Nat Hentoff. Para leer la primera parte, haz click aquí.

Traducción: Martín Abadía

 

 

Hasta el momento en que abandonaste las canciones “con mensaje,” no eras considerado solamente un voz importante en el movimiento estudiantil de protesta sino también un campeón militante en la lucha por los derechos civiles. Según algunos amigos, parecías sentir un vínculo especial de parentesco con el SNCC (Comité Coordinador de Estudiantes contra la Violencia), al cual apoyaste activamente como voluntario y como cantante. ¿Por qué hoy te has retraído con respecto a estas causas? ¿Has perdido  tanto interés en las canciones de protesta como en la protesta misma?
En lo que concierne al SNCC, conocía a algunas personas que estaban en él, pero las conocía sólo como gente, no como parte de algo que era más grande o mejor que ellos mismos. No supe lo que eran los derechos civiles hasta que los conocí. Digo, sabía que hay negros y que hay gente a la que no le gustan los negros. Pero tengo que admitir que si no hubiese conocido a la gente del SCNN, habría pensando que Martin Luther King no era nada más que un héroe de guerra en desgracia. No he perdido interés alguno en la protesta desde entonces. Antes no tenía interés alguno en la protesta – tanto como no lo tenía en los héroes de guerra. No puedes perder lo que nunca has tenido. Más allá de todo, cuando no estás conforme con tu situación, o bien te desinteresas o bien lo enfrentas. No puede quedarte ahí y ponerte a lloriquear. En ese caso, la gente se vuelve consciente del ruido que haces, pero no se vuelve consciente de ti. Aún cuando te den lo que quieres, será porque estás haciendo mucho ruido. Lo primero que sabes es que quieres otra cosa, y luego otra cosa, y luego otra cosa, hasta que finalmente deja de tener gracia, y lo que sea contra lo cual protestes al final se vuelve un hastío y empieza a molestar a todo el mundo. Por supuesto, puedes tratar de reunir gente que es menos que tú, pero no te olvides de que estás jugando con la gravedad. Yo no peleo con la gravedad. Creo en la igualdad, pero también en la distancia.

 

 ¿Te refieres a gente que mantiene cierta distancia racial?
Creo en la gente que puede mantener lo que tiene.

 

Cierta gente quizás pueda sentir que tratas de escabullirte de las cosas en las que crees.
Esa sería gente que piensa que tengo algún tipo de responsabilidad para con ellos. Probablemente quieran que les ayude a hacerse de amigos. No lo sé. Probablemente quieran encerrarme en sus casas para que salga afuera a cada hora y les diga qué hora es, o para meterme debajo del colchón. ¿Cómo pueden entender lo que yo creo?

 

Bueno, ¿en qué crees entonces?
Ya te lo he dicho.

 

Bien. Muchos de tus colegas siguen involucrados activamente en la lucha por los derechos civiles, con libertad de opinión, más allá de Vietnam. ¿Crees que están equivocados?
No creo que estén equivocados, si es eso lo que piensan que deben hacer. Pero no creas que lo que tienes ahí fuera es un montón de Budas, desfilando una y otra vez. La gente que usa a Dios como un arma debería ser acabada. Los ves por todos lados, todo el tiempo: “Sé bueno o no le gustarás a Dios y te irás al infierno.” Cosas así. La gente que marcha con slogans y cosas por el estilo tiende a creerse sagrada. Sería muy pesado si ellos también empezaran a usar a Dios como un arma.

 

¿Piensas que no tiene sentido dedicarse a causas de paz y de igualdad racial?
Tiene sentido dedicarse a la paz y a la igualdad racial, pero no tiene sentido dedicarse a su causa; eso verdaderamente no tiene sentido. Es muy misterioso. Decir “causa por la paz” es como decir “trozo de manteca.” Digo, ¿cómo puedes escuchar a alguien que quiere que creas que se dedica a un trozo y no a la manteca? La gente que no puede concebir cómo otros hacen daño: ellos son los que están cambiando al mundo. Todos temerosos de admitir que en verdad no se conocen entre ellos. Probablemente estén aquí mucho después de que nosotros nos hayamos ido y hayamos dado a la luz a los que vendrán. Pero ellos mismos – No creo que ellos den a luz a nada.

 

Suenas un poco fatalista.
No soy fatalista. Los cajeros de los bancos lo son; los oficinistas son fatalistas. Yo soy un granjero. ¿Se ha escuchado alguna vez a un granjero fatalista? No soy fatalista. Fumo muchos cigarrillos, pero eso no me hace fatalista.

 

Te citaron recientemente diciendo que “las canciones no pueden salvar al mundo. Yo ya he pasado por eso.” Lo tomamos como que no compartías la creencia de Pete Seeger de que sí pueden cambiar a la gente, que pueden ayudar a construir una comprensión a nivel internacional.
En lo que refiere a la comprensión a nivel internacional, está bien. Pero tienes un problema con la traducción aquí. Cualquiera con tu nivel de pensamiento tiene que además pensar en la traducción. Pero, en todo caso, no creo que las canciones puedan cambiar a la gente. No soy Pinocho. Considero eso como un insulto. No soy parte de ello. No culpo a nadie por pensar así. Pero no les doy un solo centavo. No considero tampoco que sean conservadores; son más bien de la categoría de los arribistas.

 

¿Qué piensas de los que corrieron el riesgo de ir a prisión al quemar sus cartas de reclutamiento en oposición al interés de Estados Unidos en Vietnam, y rehusarse –como lo ha hecho tu amiga Joan Baez- a pagar impuestos a la ganancia como protesta contra a los gastos en armamento y en la guerra? ¿Crees que están perdiendo el tiempo?
Quemar las cartas de reclutamiento no va a detener la guerra. Ni tampoco va a salvar vidas. Si alguien se siente más honesto consigo mismo al hacerlo, es genial; pero si hace que se sienta más importante, es un agobio. En verdad no sé mucho de los problemas que tenga Joan Baez con los impuestos a la ganancia. Lo único que puedo decirte sobre Joan Baez es que no Belle Star.

 

Un columnista describió a este tipo de manifestantes como “incineradores barbudos de cartas de reclutamiento y evasores de impuestos a la ganancia,” ubicándolos no lejos del lugar social que ocupan los yonquis, los homosexuales y los asesinos en masa. ¿Cuál es tu reacción frente a esto?
No creo en esas palabras. Hay mucha histeria allí. No describen nada. Mucha gente piensa que homosexual, gay, maricón, drag queen y tortillera son la misma palabra. Todos piensan que un yonqui es un monstruo que se droga. En lo que a mí concierne, yo no me considero nada. Sólo me considero apartado.

 

Joan Baez abrió hace poco una escuela en el norte de California para guiar a los que luchan por los derechos civiles por el camino de la no violencia. ¿Sientes compasión por algo así?
Si te refieres a estar de acuerdo o no, en verdad no veo nada con lo que tener que estar de acuerdo. Si te refieres a si algo así tiene mi aprobación, es probable que sí la tenga, pero mi aprobación no podría hacerle ningún bien. No sé nada de la compasión de los demás; la mía está con los caídos, los pobres y las cosas bellas. Tengo la sensación de estar perdiendo poder –algo parecido a un sentimiento de reencarnación. No siento lo mismo por lo mecánico, como los autos y las escuelas. Seguro que es una escuela preciosa, pero si me preguntas si yo iría, tendría que decirte que no.

 

Para ser el tipo que abandonó la universidad en el primer año, pareces tener un visión bastante oscura de la enseñanza en general, no importa cuál sea el tema.
En verdad, no he pensado en ello.

 

Bueno, ¿te has arrepentido alguna vez de haber dejado los estudios?
Eso sería ridículo. Las universidades son como los geriátricos. Exceptuando que muere más gente estando en la universidad que en un geriátrico, no hay mucha diferencia. Mucha gente tiene dones –la oscuridad, por ejemplo- y pocos son agradecidos de ello. A todos se nos enseña a ser agradecidos por la comida, la ropa y cosas como ésas, pero no a ser agradecidos por la oscuridad. Las escuelas no enseñan eso; enseñan a la gente a ser un rebelde o a ser abogado. No voy a tirarme contra el sistema educativo; eso sería demasiado tonto. Se trata solamente de que no hay mucho que enseñar. Las universidades forman parte de las instituciones norteamericanas; eso tiene el respeto de todos. Tienen mucho dinero y mucha influencia, pero no tienen nada que ver con la supervivencia. Eso lo sabe todo el mundo.

 

¿Le aconsejarías a la gente joven que abandone la universidad entonces?
No le aconsejaría nada a nadie. Verdaderamente no le aconsejaría a nadie que no vaya a la universidad. Tan solo no esperaría nada de su camino en la universidad.

 

¿No crees que las cosas que uno aprende en la universidad pueden ayudar a enriquecer la vida de uno?
No creo que algo así vaya a enriquecer mi vida, no – no mi vida, al menos. Las cosas suceden más allá de que yo lo sepa o no. Tan solo se vuelve complicado cuando te apegas a ello. Empiezas a no darte cuenta de por qué las cosas se mueven. Dejas que se muevan; las ves moverse; haces que se detengan; y empiezas a moverte. Pero no te sientas allí para tratar de darte cuenta de por qué se mueven –a menos, claro, que seas un imbécil inocente o algún japonés sabio. Más allá de la gente que se queda allí preguntando “¿por qué?” ¿cuántos son verdaderamente los que quieren saber?

 

¿Puedes sugerir un uso mejor para los cuatro años que pasas en la universidad?
Bueno, puedes perder el tiempo en Italia; ir a Mexico; puedes trabajar como lavaplatos; puedes ir a Arkansas. No sé, hay cientos de cosas que hacer y lugares a los que ir. Todos creen que debes de darte cabezazos contra la pared, pero es una tontería si en verdad lo piensas. Digo, aquí tenemos científicos fantásticos tratando de prolongar la vida humana y tenemos también gente que da por sentado el hecho de que hay que mirar a la pared para ser feliz. Puedes escoger la que menos cercana esté de un insulto. Yo creo que hay que ir donde tus deseos están al desnudo, donde eres invisible y nadie te necesita.

 

¿Clasificarías al sexo entre tus deseos allí donde sea que estés?
El sexo es algo temporario; no es amor. Puedes conseguir sexo en cualquier lugar. Pero si buscas a alguien que te ame es diferente. Creo que no hay que abandonar la universidad para eso.

 

Que hayas abandonado la universidad, ¿significa que no has encontrado a alguien que te ame?
Pasemos a la próxima pregunta.

 

¿Tienes dificultades para relacionarte con la gente –o viceversa?
Bueno, a veces tengo la sensación de que la gente quiere mi alma. Si les digo, “No tengo alma,” me dicen “Ya lo sé. No tienes que decírmelo. No a mí. ¿Qué tan tonto te crees que soy? Soy tu amigo.” ¿Qué puedo decir más que lo siento y que me encuentro mal? Quizás sentirse mal y sentirse paranoico sean la misma cosa.

 

La paranoia es uno de los estados mentales a los que muchas veces se accede mediante algún alucinógeno, como el peyote y el LSD. Considerando el riesgo que está en juego, ¿crees que este tipo de drogas deben formar parte de las experiencias de madurez de un joven?
No le aconsejaría a nadie usar drogas –especialmente drogas duras; las drogas son medicinas. Pero el opio, el hash y la marihuana no son drogas; tan solo tuercen un poco tu cabeza. Creo que la cabeza de todo el mundo debería torcerse de vez en cuando. Pero no es lo mismo en lo que respecta al LSD. El LSD es una medicina, una medicina diferente. Te hace consciente del universo, por así decirlo; te das cuenta de lo tontos que son los objetos. Igualmente, el LSD no es para la gente con buena onda; es para los locos, los que están llenos de odio y quieren venganza. Es para gente que a menudo tiene ataques cardíacos. Deberían usarlo en la Convención de Génova.

 

Ahora que estás acercándote a los 30, ¿te preocupa el hecho de volverte más conservador, perder lo abierto que eres a la experimentación, volverte receloso al cambio?
No. Pero si sucede, sucede. ¿Qué puedo decir? No parece que haya mañana alguno. Cada vez que despierto, no importa en qué posición, siempre es el día de hoy. Mirar hacia delante y empezar a preocuparme por cosas triviales de las que nada sé no tiene más importancia que mirar hacia atrás y recordar cosas triviales. No voy a convertirme en un instructor de poesía para las colegialas; eso lo sé bien. Pero eso es todo lo que sé bien. Seguiré haciendo cosas diferentes, creo.

 

¿Cosas como cuáles?
Como despertar en diferentes posiciones.

 

¿Qué más?
Soy como cualquier otro. Seguiré intentándolo.

 

¿Incluyendo el robo y el asesinato?
No podría decir en verdad que no cometería robo o asesinato y esperar que todos me crean. Yo no le creería a nadie si me dijese algo así.

 

A mitad de los años 20, mucha gente empezó a sentar cabeza, a buscarse un lugar en la sociedad. Pero tú te las has ingeniado para seguir abierto y consecuente con lo que piensas. ¿Qué te estimuló para huir seis veces de casa entre los 10 y los 18 y abandonarla luego definitivamente por tu bien?
Nada en realidad; se trata tan solo de un accidente geográfico. Si hubiese nacido y me hubiese criado en New York o en Kansas City, estoy seguro de que todo habría resultado diferente. Pero Hibbing, Minnesota, no era el lugar indicado para que yo me quedase a vivir. En verdad no había nada allí. Lo único que podías hacer era dedicarte a la minería, e incluso ese tipo de cosas estaban yéndose en picada. La gente que vivía allí era gente agradable; estuve dando vueltas por todo el mundo desde que me fui de allí y ellos siguen destacándose del resto por lo abandonados que están. Las minas estaban muriéndose, eso es todo. Y no era su culpa. Todos a mi edad se fueron de allí. No era nada romántico. No te hace un genio ni un gran lúcido haberte ido y tampoco debes sentirte orgulloso de ello. No me escapé de aquel lugar; sólo le di la espalda. No podía darme nada. Estaba completamente vacío. Así que irme no fue tan duro; hubiese sido mucho más duro tener que quedarme. No quería morir allí. Igualmente, ahora que lo pienso, no es un mal lugar para volver y morir. No existe ningún lugar al que me sienta cercano hoy en día, ningún lugar del que me sienta parte, que no sea New York; pero no soy neoyorquino. Soy del Medioeste, de Minnesota y de Dakota del Norte. Tengo ese color. Hablo de esa manera. Soy de un lugar que se llama Iron Range. Mi cerebro y mis sentimientos provienen de allí. No perdería un brazo para salvar a un ahogado. Nadie de allí lo haría.

 

Hoy en día estás convirtiéndote en millonario. ¿Sientes el peligro de quedar atrapado por la influencia de serlo, por las cosas que puedes comprar?
No, mi mundo es muy pequeño. El dinero no podría hacerlo crecer. Tan solo puede impedir que se asfixie.

 

A muchas estrellas les resulta dificultoso involucrarse en el manejo empresarial de sus carreras, inclusive muchos acaban enredados al hacerse cargo. Como el hombre de tres carreras prósperas que eres –músico, compositor e intérprete- ¿te has sentido agobiado alguna vez al atender estas responsabilidades que nada tiene de creativas?
No. En verdad tengo gente que hace ese trabajo por mí. Ellos cuidan mi dinero, lo guardan. Están todo el tiempo con un ojo encima de él y se suponen que son muy listos en lo que respecta al dinero. Ellos saben qué hacer con él y yo les pago bastante. No hablo mucho con ellos y ellos no hablan mucho conmigo después de todo, así que creo que todo está bien.

 

Si la fortuna no te ha atrapado, ¿qué hay de la fama? ¿Crees que a las celebridades les resulta difícil mantener intacta su vida privada?
Mi vida privada estuvo en peligro desde el principio. Lo que hoy se agrega es una atmósfera diferente.

 

Solías disfrutar el andar vagando por todo el país –hacer viajes abiertos, errando de ciudad en ciudad, sin un destino preciso en mente. Pero hoy en día pareces estar haciéndolo menos. ¿Por qué? ¿Es porque te has vuelto muy conocido?
Principalmente es porque tengo que estar en Cincinnati el viernes a la noche y la próxima noche en Atlanta. Y la noche posterior a ésa, en Buffalo. Luego tengo que ponerme a escribir canciones para un nuevo álbum.

 

¿Ya no tienes tiempo para andar en motocicleta?
Soy aún un patriota del camino, pero ya no ando tanto en motocicleta, no.

 

¿Cómo te diviertes estos días?
Contrato a gente para que me mire a los ojos y luego me pegue patadas.

 

¿Y así te diviertes?
No. Luego los perdono; ahí es cuando empieza la diversión.

 

El año pasado le dijiste a un periodista, “He hecho todo lo que quería.” Si eso es verdad, ¿qué ansías hoy en día?
La salvación. Sólo la salvación.

 

¿Algo más?
Rezar. También me gustaría crear una revista de cocina. Siempre quise ser árbitro de boxeo. Quiero ser árbitro en un campeonato de pesos pesados. ¿Puedes imaginártelo? ¿Puedes imaginarte a cualquier boxeador dándose cuenta de que se trata de ?

 

Si tu popularidad menguara, ¿recibirías de buena gana al anonimato?
¿Te refieres a si lo recibiría de buena gana, como a un peregrino que sale de la lluvia? No, no la recibiría así; sin embargo, la aceptaría. Algún día, obviamente, voy a tener que aceptarla.

 

¿No has pensado alguna vez en casarte, asentarte, tener una casa, quizás vivir en el extranjero? ¿Hay algún lujo que te gustaría tener, digamos, un yate o un Rolls-Royce?
No, no pienso en ese tipo de cosas. Si tengo ganas de comprar algo así, lo haré. Pero lo que me estás preguntando es por el futuro, por mi futuro. Soy la última persona en el mundo a la que habría que preguntarle por el futuro.

 

¿Estás diciendo que vas a volverte pasivo y dejar que las cosas te sucedan sin más?
Bueno, eso es quizás muy filosófico, pero creo que es verdad.
 

 

Planeaste escribir una novela una vez. ¿Sigues en eso?
No creo. Todo lo que escribo va a parar a las canciones ahora. Ya no me interesan otros formatos.

 

¿Tienes alguna ambición que no hayas cumplido?
Bueno, creo que siempre quise ser Anthony Quinn en “La Strada.” No siempre en realidad –quizás los últimos seis años. No se trata de uno de esos sueños de niño. Ah, y ahora que lo pienso, creo que siempre quise ser Brigitte Bardot también; pero no quiero pensar mucho en todo eso.

 

¿Tuviste alguna vez el sueño estándar de niño de llegar a ser presidente?
No. Cuando era niño, el presidente era Harry Truman. ¿A quién se le ocurre querer ser Harry Truman?

 

Bueno, supongamos que fueses presidente. ¿Qué te gustaría llevar a cabo durante los primeros cinco días?
Bueno, ya que insistes, en broma, te diría que lo primero que haría sería mover la Casa Blanca. En vez de estar en Texas, estaría en lado este de New York. (N. del T: la Casa Blanca, de hecho, se encuentra en Washington, no en Texas). McGeorge Bundy tendría que cambiar definitivamente su nombre y habría que forzar al General McNamara a usar lentes oscuros y un gorro de piel. Reescribiría de inmediato “The Star-Spangled Banner,” (N. del T: himno nacional de Estados Unidos) y los niños en la escuela, en vez de memorizar “America The Beautiful,” tendría que memorizar “Desolation Row.” De inmediato también llamaría a Mao Tse-Tung; lucharía contra él en persona – y haría que alguien lo filme.

 

 

Una pregunta final: más allá de que estás más o menos retirado de la protesta política y social, ¿se te ocurre alguna circunstancia que pudiera persuadirte de volver a involucrarte?
No. A menos que toda la gente del mundo desaparezca.

 

 

Andrés Calamaro: Cordillera Izquierda diciembre 11, 2009

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 3:12 am
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Hace algún tiempo, cuando Calamaro estaba alejado de los escenarios, cuando colgaba sus canciones en Internet, cuando se especulaba, con esa moralidad mundana que insiste en no dejarnos tranquilos, sobre su estado de salud, empecé a escucharlo. Ciertas letras, ciertos ritmos, encontraron un espacio. Pero, y centrándome en lo que pasó el 5 de Diciembre en Santiago, hubo algo que marcó particularmente mi relación con su música que se volvió a dar en su reciente concierto. Me refiero a la idea de música como un lugar donde confluyen muchos ritmos, texturas y variaciones, acordes que preceden y anteceden siempre a otro. Cierta temporalidad que sacude el tiempo de una canción, y se sumerge en la profundidad de los sonidos; la actitud de hacer patente la materialidad. Ése, creo, es el Calamaro que más me interesa. El que, sin prejuicios, se apodera del legado popular y lo canta con vigencia. Un músico que no conoce de jerarquías académicas, sino que explora, con la libertad del que busca lo urgente, ritmos que convivan y narren una parte de nuestra historia.


Hace un tiempo, cuando tuvimos espacio para conversar con él, nos confesó que “La música popular y las artes académicas están condenadas a una convivencia alegre y enriquecedora, de ninguna manera quisiera perderme la tradición, el ritmo y el sentimiento, de los géneros y subgéneros populares americanos.”


Y algo de eso se pudo escuchar ese sábado 5 de Diciembre. Empezar con Jumpin´Jack Flash y enlazarla con El Salmón, para más adelante cantar Salud, dinero y Amor al ritmo de Walk of life de Dire Straits, es tal vez un juego que muchos otros músicos hacen –recuerdo un par- pero cuando escuchas parte de la obra de Calamaro, entiendes que el gesto de deliberado tiene poco. Más bien se centra con esa actitud de deconstruir y volver a armar que tiene el músico argentino, y, por sobre todo, con una especie de agradecimiento que Calamaro le rinde a los orígenes de la música que toca.


Sus referencias no quedan sólo ahí. Desde que incorporó los tangos a su repertorio, siempre se encarga de que aparezcan y luzcan en sus recitales. En esta ocasión tocó Los Mareados, Naranjo en flor y Soledad. Un poco más adelante, volvió al tango y tocó un pedazo de Volver. Lejos de querer imitar a los viejos cantantes, Calamaro les entrega un toque y tono personal, con un desparpajo hacia la forma, y siempre resaltando la actitud antes que la técnica.


De otra sonoridad, relucen las menciones a Bob Marley y James Brown. Y aparece lo latinoamericano con alusiones concretas y directas a Víctor Jara, Violeta Parra y Mercedes Sosa. No obstante, habría que profundizar un poco en lo del cantante chileno. El concierto de Calamaro –y así nos lo confesó días antes por mail- tenía un sentido especial: tocaba el mismo día en que se realizaba el funeral de Víctor Jara. Recuerdos de otro Santiago, de uno más sangriento y amargo, aparecieron en escena, y apoderándose de una simbología a la que Calamaro le tiene particular agrado, cantó versos de Te recuerdo Amanda como si así formara parte del mismo cantar.


Siempre haciendo épica de sí mismo, el músico argentino dispone las partes materiales de lo que son sus propias canciones. Rastrear influencias es posible, no con el ánimo de determinar de dónde vienen, necesariamente, sino con la disposición de comprender que la música se hace de fragmentos, de acordes que vienen de otros y que están en potencia de transformarse. Podrían enumerarse muchas contradicciones, sin embargo, no lo haremos. Hay una sombra que cada uno debe y sabe cuidar.


El Andrés Calamaro que estuvo sobre el escenario el día sábado no tiene mucha relación con ese temeroso músico que subió al escenario del Cosquín Rock el 2005. Se mueve y habla más, sale del piano –que no tocó- y se calza la guitarra con decisión. Se da espacio para cantar canciones como El Perro -desatendiendo el pedido popular que siempre tiende a las más conocidas. Aún está por verse ese concierto –y sí, estamos especulando- donde toque, por poner un ejemplo, gran parte de El Salmón. En esas letras, y en esos registros, está el Calamaro que tal vez más me agrada. Las grabaciones caseras, los mensajes políticos, la poca rigurosidad técnica, la sensación de estar verdaderamente haciendo algo contra la corriente. En tiempos donde pocas canciones acceden a la zona que duele, escuchar en ese disco Un poco de diente con diente, puede ser una buena clave para entender el compromiso de cierto arte.


Así como este texto nunca pretendió ser una crónica del

concierto –al modo en que dicen deben escribirse las crónicas-, las sensaciones y peligros de una música que no aspira a ser otra cosa que canciones para tiempos de amor, tiene poca validez. Las partes del show que más me gustan son esas donde se nos intenta mostrar que las canciones no son una obra de originalidad, sino que tienen trazos de otras.


Siempre hay una muestra indolora, pero también una versión urgente donde el cantante –y se nota- devela su deseo. Pretender que la canción no esconda el lugar que ocupa en la historia. Exhibir la superficie, no con ambición, sino con la consciencia de que lo importante es la canción y los paisajes e imágenes que recorre. No sé si siempre lo logra, no sé si siempre se defiende el lugar. Pero hay infiernos mejores que recuerdan canciones de otros infiernos. Hacer presente dónde estamos. No olvidar. No olvidar a aquellos que cantaron antes.


R.S

 

Spinetta en Vélez: el día en que el hombre se volvió canción diciembre 8, 2009

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 10:30 am
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                                                       “…ya lo estoy queriendo, ya me estoy volviendo canción
                                                                                      Luis Alberto Spinetta (Barro tal vez)

 

De pronto el cielo se llena de azul – ese azul que se parece tanto a lo no-azul, ese azul que tiende a lo profundo – y el hombre se vuelve canción.

 

Luis Alberto Spinetta ofreció la noche del viernes pasado un concierto histórico, de esos que, parafraseando a Walter Benjamin, hacen saltar el continuum de la historia y detiene el tiempo para parir el nuevo tiempo, el verdadero tiempo.

 

Los que nos sentimos incómodos con el tiempo presente solemos fantasear con nuestra presencia en aquellos hechos pasados (o futuros, para qué mentir) que señalaron algún tajo en la historia. Por caso, me he soñado en las sesiones de grabación de Kind of Blue, en París en 1968 o en Atenas, oyendo las conversaciones entre Platón y Aristóteles. Hoy me siento menos desdichado: estuve en el concierto de Spinetta.

 

De pronto la anaranjada luna parece despegarse con desprecio del horizonte para posar su estruendo redondo sobre las mentes atónitas de una ciudad que, se sabe, ignora lo que ama y ama – en silencio, dulce silencio – lo que ignora.

 

Hay un hombre allí.

 

Hay un hombre allí, en el centro de referencia que cualquier mirada fenomenológica o gestáltica no podría evitar. “Allí, sí, allí…¡Un hombre!”. ¿No debería ser más común un asombro de este tipo en estos tiempos? Como el propio Luis lo insinuó: “Hoy que veo más sombras que nada, tu dulzor me haría reír”. Hay allí un hombre, una guitarra y una voz, trazando con estiletes invisibles otra redondez al universo, volviendo del atávico tiempo de la belleza.

 

El hombre suelta la mano derecha y la serena erupción eléctrica se apodera del viento.

 

Es hora de que lo admitamos, de que lo oficialicemos de esa oficialidad que escapa a cualquier tentativa de institucionalización: Spinetta representa, junto a Astor Piazzolla, el más alto genio en la música popular argentina.

 

A propósito, los tremendos músicos invitados al concierto (García, Páez, Cerati, Mollo, Juanse, Javier Malosetti entre otros) fueron presentados infaliblemente como “genios” o “monstruos”; se generó incluso una chanza entre el público y el músico en torno a las ampulosas presentaciones. Honestidad Brutal para mi sentimiento al respecto: no es impropio de un genio sindicar como culpables a los demás.
 

¿Qué decir exactamente de un show en el que un hombre interpreta (ejecuta tal vez sería más indicado) 50 canciones entre las que se encuentran, a simple modo de ejemplo, No te busques ya en el umbral, La bengala perdida, Alma de diamante, Cielo de ti, Cementerio Club, Rezo por vos, Jugo de lúcuma, Poseído del alba, Credulidad, Post-crucifixión, Fermín, Yo quiero ver un tren? ¿Qué decir si todas esas canciones son de su autoría? ¿Qué decir si un hombre decide resumir en 5 horas (sic) el arco completo de la música y actitud popular identificada como “rock”? ¿Qué decir de las palabras mismas que surgen de las canciones; palabras desgarradas, violetas, perfectas? ¿Qué decir, en suma, si el hombre en cuestión se volvió canción?

 

No sé minuciosamente en qué instante ocurrió. No sé si debería hablar de “momentos” o de “instantes”. A decir verdad, no sé siquiera si debería mezclar al tiempo en todo esto. Lo que sí sé muy bien es que la conversión tuvo lugar, que el hombre se transfiguró en música, pura música fluyendo de un manantial inmanente debajo del punto más tensado de una noche cualquiera, o mejor dicho, de una versión cualquiera de la gran y única noche.

 

Mis manos temblaban por el fresco de la noche y por la conmoción. Cuando lo comprobé estaba alejándome de allí (allí, donde ocurrió la conversión) para allanarme nuevamente en la madrugada de una ciudad que despierta y se duerme a los balazos. Me esperan – espero – cientos de personas por conocer, miles de borracheras por emprender, millones de libros y de minutos por desbaratar. Pero hay algo que ya nadie me podrá arrebatar, un fogonazo de luz, una ausencia compañera que se parece mucho al recuerdo y demasiado al amor. Estuve – a todos nos toca alguna vez en la vida – donde tenía que estar.

 

 

Mome

 

 

Entrevista a Bob Dylan – Playboy Interview (1966) – 1ª Parte diciembre 6, 2009

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 4:38 pm
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En el texto preliminar a esta entrevista, Nat Hentoff, no sin cierto barroquismo, señala algunos detalles tanto concurrentes como vanos sobre aquel Bob Dylan de mitad de los años sesenta: Que estaba convirtiéndose en una mixtura de James Dean y Holden Caufield. Que se esperaba que su cuenta bancaria trepase a fin de año el millón de dólares. Que estaba cada vez más elusivo, más mordaz. Que su lírica había adquirido, como nunca antes, un carácter personal que la apartaba de cualquier otra. Que su lírica: “una amalgama surrealista de sensualidad opaca y sátira kafkeana de amenazante corrosión.” Que la entrevista concedida a la revista Playboy en febrero de 1966 que sigue aquí abajo tuvo lugar en el décimo piso del edificio de Columbia Records en Manhattan.
 

Traducción: Martín Abadía

 

 

“La música popular,” le dijiste a un reportero el año pasado, “es la única forma de arte que describe el ánimo de los tiempos. En el único lugar en que eso sucede es en la radio y en los discos. Allí es donde la gente pasa el tiempo. No con los libros; no en los teatros; no en las galerías. Todo ese otro arte del que estábamos hablando no puede salir de su cascarón. No hace feliz a nadie.” En vistas de que, hoy en día, la gente lee libros, va a ver obras y a galerías de arte más que nunca, ¿crees que lo que dijiste se apega a la realidad?
Las estadísticas miden la cantidad, no la calidad. La gente que se hace cargo de las estadísticas está muy aburrida. El arte –si existe algo a lo que poder llamar arte- está en los baños; todos lo saben. Ir a una galería de arte en la que te sirven leche y donuts y donde toca una banda de rock n’ roll: eso es sólo una cuestión de status. No lo critico, date cuenta; pero yo suelo pasar mucho tiempo en el baño. Creo que los museos son vulgares. Todos están en contra del sexo. Igualmente, no dije que la gente pasaba el tiempo con la radio; dije que se conectaba en la radio.

 

¿Por qué crees que el rock n’ roll llegó a convertirse en un fenómeno internacional?
En verdad, no creo que haya algo como rock n’ roll. De hecho, cuando piensas en ello, nada que no tenga una existencia real puede estar ligado a un fenómeno internacional. De todas formas, ¿qué significa “rock n’ roll”? ¿Significa Beatles, significa John Lee Hooker, Bobby Vinton, el hijo de Jerry Lewis? ¿Qué hay de Lawrence Welk? Él debe poder tocar algún rock n’ roll. ¿Esta gente es toda igual? ¿Ricky Nelson es como Otis Redding? ¿Mick Jagger es realmente como Ma Rainey? Yo puedo decirte con sólo ver la forma en que sostienen un cigarrillo si son como Ricky Nelson. Creo que está bien que Ricky Nelson guste: de hecho, no podría preocuparme menos si a alguien le guste Ricky Nelson. Pero creo que no estamos yendo por las ramas. No hay tal cosa como Ricky Nelson. No hay tal cosa como Beatles. Oh, perdón, me retracto: hay muchísimos Beatles. Pero no hay nadie como Bobby Vinton. De todas maneras, la palabra acorde no es “fenómeno internacional,” sino “pesadilla paternal.”

 

En los últimos años, según algunos críticos, el jazz ha perdido atractivo en las generaciones jóvenes. ¿Estás de acuerdo?
No creo que el jazz haya atraído alguna vez a las generaciones jóvenes. En todo caso, no sé realmente de qué generación joven se trata. No creo que vayan a meterse en un club de jazz de todas formas. Pero el jazz es algo difícil de seguir; me refiero a que en verdad tiene que gustarte el jazz para querer seguirlo. Y mi lema es: nunca seguir nada. No sé cuál es el lema de la generación joven, pero me animaría a pensar que deberían seguir a sus padres. Digo, ¿qué le dirían sus padres a un chico que llega a casa con un ojo de vidrio, un disco de Charlie Mingus y los bolsillos llenos de plumas? Preguntarían, “¿a quién estuviste yendo a escuchar?” Y el pobre chico tendría que quedarse allí, con agua en los zapatos, la corbata anudada a la oreja y hollín saliendo de su ombligo, y diría, “Jazz, padre, estuve yendo a escuchar jazz.” Y su padre probablemente diría, “trae una escoba y limpia todo ese hollín antes de irte a dormir.” Y luego la madre del chico le dirá a sus amigas, “Oh, sí, nuestro pequeño Donald, es parte de la nueva generación, sabes.”

 

Solías decir hasta hace poco que querías tocar lo mínimo posible, que querías darte la mayor cantidad de tiempo para ti mismo. Sin embargo, estás tocando cada vez más y sacando discos cada año. ¿Por qué es? ¿Es por dinero?
Ahora todo ha cambiado. La primavera anterior, creí que iba a parar de cantar. Me sentía muy agotado y por la manera en que se estaban dando las cosas, se preveía una situación muy desgastante. Me refiero a estar cantando “Everybody loves you for your black eye” mientras en tu cabeza todo se está desplomando. Más allá de todo, estaba tocando un montón de canciones que no tenía ganas de tocar. Cantando palabras que no quería cantar. No me refiero a palabras como “Dios” y “madre” y “Presidente” y “suicidio” y “cuchilla de carne,” sino a palabras simples como “si” y “esperanza” y “tú.” Pero Like A Rolling Stone lo cambió todo: después de eso no volví a preocuparme por escribir libros o poemas o lo que sea. Digo, era algo que yo mismo podía entender. Es muy abrumador tener a tu alrededor gente que te dice cuanto te entiende cuando no puedes entenderte a ti mismo. Es un entretenimiento de un ingenio tremebundo. Al contrario de lo que piensan algunos asustadizos, no toco con una banda ahora por razones comerciales o de propaganda. Se trata tan solo de que mi música son imágenes y la banda hace la música de esas imágenes.

 

 ¿Sientes que el haber reunido a un grupo y pasar del folk al folkrock te ha mejorado como intérprete?
No estoy interesado en mí como intérprete. Los intérpretes interpretan a otra gente. Es lo que los diferencia de los actores. En mi cabeza todo se ve muy simple. No importa qué tipo de reacción provoque en la audiencia. Lo que sucede sobre el escenario es contundente. No se espera la aprobación ni el veto de ningún agitador. Es ultrasimple, y sucedería tanto si hubiese alguien ahí para escucharlo como si no. En lo que concierne al folk y al folkrock, no interesa qué clase de nombres horribles invente la gente para la música. Podría ser llamada “música arsénica,” o quizás “música de Fedra.” No me parece que una palabra como folkrock tenga algo que ver con todo esto. Y “música folk” es un término que no puedo usar. La música folk es un montón de gente gorda. Tengo que pensar en todo esto como música tradicional. La música tradicional estaba basada en hexagramas. Se inspiraba en leyendas, en la Biblia, en las plagas, y hablaba sobre vegetales y muertes. No hay nadie que vaya a matar a la música tradicional. Todas esas canciones sobre rosas creciendo en la cabeza de la gente y amantes que en verdad son gansos y cisnes que devienen ángeles – todo eso no va a morir. Se trata tan solo de un montón de paranoicos que creen que alguien vendrá y les robará el papel higiénico del baño –ellos son los que van a morir. Canciones como “Which Side Are You On?” y “I Love You, Porgy” – no son canciones folk; son canciones políticas. Y ya están muertas. Obviamente, la muerte no es algo que se acepte universalmente. Digo, quizás pienses que la gente en torno a la música tradicional deduce a través de sus canciones que el misterio –el misterio, simple y llano- es un hecho, un hecho tradicional. Yo escucho viejas baladas, pero no iría a una fiesta para escuchar esas viejas baladas. Podría darte una descripción detallada de lo que han hecho de mí, pero probablemente cierta gente pensaría que mi imaginación se ha vuelto loca. Me resulta gracioso que la gente tenga en verdad las agallas para pensar que yo tengo una imaginación fantástica. Me desola un poco. Pero, de todas formas, la música tradicional es demasiado irreal como para morir. No precisa que nadie la proteja. Nadie va a hacerle daño. Hoy en día, es en esa música donde puedes sentir la única verdadera muerte válida al poner un disco. Pero como todo lo que tiene gran demanda, la gente se lo apropia. Tiene que ver con cierta pureza. Creo que lo que no tiene significado es sagrado. Todos saben que yo no soy un cantante folk.

 

Algunos de tus viejos fans han reconocido que, desde tu debut con una banda de rock n´roll el año pasado, en el festival de folk de Newport, recibes muchos abucheos, bastante estridentes, por haberte “vendido” a un cierto gusto comercial. El primer Bob Dylan, sienten ellos, era el Bob Dylan “puro.” ¿Cómo te sientes al respecto?
Me ha dejado atónito. Pero no puedo menospreciar a alguien por venir a abuchearme. Después de todo, ha pagado para poder entrar. Sin embargo, podrían haber sido un poco menos vociferantes y menos persistentes. Había también mucha gente vieja allí; muchas familias que habían conducido desde Vermont, muchas enfermeras con sus padres, y bueno, ellos venían solamente para relajarse en una fiesta folk, sabes, donde sonasen una o dos polcas indias. Y cuando todo estaba yendo muy bien, ahí llego yo y todo el lugar se convierte en una fábrica de cerveza. Había allí mucha gente bastante complacida de que yo fuese abucheado. Pude verlos después. Lo que me molesta, pese a todo, es que todo aquel que me abucheó haya dicho luego que lo hizo porque era un viejo fan.

 

¿Qué opinas de que digan que has vulgarizado tus dones naturales?
¿Qué podría decir? Me gustaría ver a alguno de esos viejos fans. Me gustaría que me los trajeran con los ojos vendados. Es como perderte en el desierto y pedir auxilio y que luego, al volver, los niños del parque te arrojen la arena del arenero. Sólo tengo 24 años. Esta gente que ha dicho esto, ¿eran norteamericanos?

 

Fuesen o no norteamericanos, se trataba de muchísima gente a la que no le gustaba tu nuevo sonido. En vistas de esta reacción negativa tan extendida, ¿no piensas que has cometido un error al cambiar de estilo?
Un error es cometer un malentendido. A este respecto no puede haber tal cosa. Tanto si la gente entiende como si la gente finge entender – o como si la gente no entiende realmente. De lo que estás hablando aquí es de hacer algo equivocado por una razón egoísta. No conozco una palabra para eso, a menos que sea “suicidio.” En cualquier caso, no tiene nada que ver con la música.

 

Sea o no un error, ¿qué te hizo decidirte por el camino del rock n’ roll?
El descuido. Perdí a mi viejo amor. Empecé a beber. Lo primero que sé es que estaba en una partida de cartas. Luego, caigo en que es un juego de mierda. Desperté en un billar. Una mujer mexicana enorme me arrastra fuera de la mesa, me lleva a Philadelphia. Me deja en su casa y todo arde en llamas. Acabo en Phoenix. Consigo trabajo como Chino. Empiezo a trabajar en una tienda de baratijas y me mudo con una chica de trece años. Después esta mexicana enorme de Philadelphia llega y enciende fuego la casa. Me voy a Dallas. Consigo trabajo como “antes,” en una publicidad de dietas; el “después” era Charles Atlas. Me mudo con un repartidor que cocina unos chiles y unos hotdogs fantásticos. Después, esta chica de trece años de Phoenix llega y enciende fuego la casa. El repartidor –no era tan bondadoso- le da a ella un cuchillo y lo próximo que sé es que estoy en Omaha. Hace mucho frío; por entonces ya estoy robando mi propia bicicleta y friendo mi propio pescado. Tengo un golpe de suerte y consigo trabajo como carburador en las carreras de coches de los jueves por la noche. Me mudo con una profesora de secundario que trabaja a la vez de fontanera y a la que no hay que prestar mucha atención, aunque fue capaz de construir un nuevo tipo de refrigerador que puede convertir el periódico en lechuga. Todo va bien hasta que el repartidor aparece y trata de acuchillarme. No es necesario decir que también quemó la casa y que yo me hago al camino de inmediato. El primer tipo que me levanta me preguntó si quería ser una estrella. ¿Qué podría decir?

 

¿Y así fue como te convertiste en cantante de rock n’ roll?
No, así fue como contraje tuberculosis.

 

Pongámoslo de otra manera, ¿por qué has dejado de componer y cantar canciones de protesta?
He dejado de componer y cantar todo aquello que se escriba por alguna razón o que se cante por algún motivo. No me malinterpretes. La palabra “protesta” no es mi palabra. Nunca me creí cercano a esa palabra. La palabra “protesta”, creo, se inventó para la gente que se somete a cirugía. Es una palabra de parque de diversiones. Cualquier persona normal que esté en sus cabales tendría que tener dificultad para pronunciarla con honestidad. La palabra “mensaje” suena como a tener hernia. Es igual que la palabra “delicioso.” Y “maravilloso.” Los ingleses pueden pronunciar “maravilloso” bastante bien. Sin embargo, no pueden decir “escabroso” tan bien. Bueno, cada uno tiene lo suyo. De todas formas, las canciones con mensaje, como todo el mundo sabe, son muy pesadas. Sólo los editores de periódicos estudiantiles y las chicas de menos de catorce años pueden tener tiempo para ellas.

 

Has dicho que las canciones con mensaje son vulgares. ¿Por qué?
Bueno, primero de todo, todo aquel que tiene algún mensaje lo extrae de la experiencia para meterlo luego en una canción. Digo, no siempre saldrá el mismo mensaje. Luego de uno o dos intentos vanos, uno se da cuenta de que el mensaje resultante, que no es el mismo mensaje que habías pensado y con el que había comenzado a trabajar, te exige que te apegues a él; porque, después de todo, una canción se aleja de tu boca tan pronto como se aleja de tus manos. ¿Me sigues?

 

Oh, perfectamente.
Bueno, luego, tienes que respetar el derecho de los demás de tener también un mensaje para ellos mismos. Yo lo que voy a hacer es alquilar el ayuntamiento y meter unos 30 chicos de la Western Union ahí. Digo, entonces que van a escucharse mensajes. La gente podrá venir y escuchar más mensajes de los que pudo oír en toda su vida.

 

 Pero a tus primeras baladas se las llamó “canciones de protesta apasionada.” ¿Eso no las convierte en música “con mensaje”?
Eso no importa. ¿No entiendes? He estado escribiendo desde los ocho años. Toco la guitarra desde los diez. Me crié tocando y escribiendo todo aquello que podía tocar o escribir.

 

¿Sería injusto decir entonces, como algunos dijeron, que fueron motivos comerciales más que creativos los que te llevaron a escribir el tipo de canciones que te hicieron popular?
Bien, mira. No es algo tan profundo. No es tan complicado. Mis motivos, o lo que sea, nunca fueron comerciales en el sentido monetario de palabra. Era más bien en el sentido de no-poner-la-cabeza-debajo-de-la-sierra. Nunca lo hice por dinero. Sucedió y dejé que me sucediera. No había ninguna razón para que no dejara que sucediera. Pero de todas formas, no podría haber escrito antes lo que hoy escribo. Las canciones solían ser sobre lo que veía y sentía. Nada de mi propio vómito rítmico se inmiscuía en ellas. El vómito no es romántico. Yo pensaba que las canciones debían ser románticas. Y no quería cantar nada que fuese específico. Lo específico no tiene sentido del tiempo. Todos nosotros no tenemos sentido del tiempo; es un cuelgue dimensional. Cualquiera puede ser específico y obvio. Ese siempre ha sido el camino más fácil. Es el que toman los líderes del mundo. No se trata de que sea muy difícil ser poco específico y menos obvio; sino de que no existe nada, absolutamente nada, sobre lo que ser específico y obvio. Mis viejas canciones, para dejarlo claro, no eran sobre nada. Las nuevas hablan sobre nada también, aunque quizás puedan verse por dentro con algo más grande, algo que quizás podríamos llamar ningún lugar. Pero todo esto es enfermizo. Yo de qué son mis canciones.

 

¿De qué son?
Oh, algunas son de cuatro minutos, algunas de cinco y algunas, lo creas o no, son de once o doce.

 

 ¿Puedes ser un poco más informativo?
No.

 

Bien. Cambiemos de tema. Como ya sabrás, el promedio de edad de la gente que escucha tus canciones está entre los 16 a los 25 años. ¿Por qué creés que es así?
No veo tan extraño que sea ese promedio el que escuche mis canciones. Soy lo suficientemente hip como para saber que no van a estar entre los 85 y los 90. Si los que están entre los 85 y los 90 me escucharan, sabrían que no estoy diciéndoles nada. Los que están entre 16 y 25, probablemente sepan que tampoco les digo nada a ellos– y ellos saben que yo lo sé. Es divertido. Obviamente, no soy una computadora IBM más de lo que soy un cenicero. Digo, es obvio para todo aquel que haya dormido alguna vez en la parte de atrás de un coche que no soy un maestro de escuela.

 

Más allá de que no eres un maestro de escuela, ¿no te gustaría ayudar a la gente joven que te entiende a volverse contra aquello en lo que se han convertido sus padres?
Bueno, tengo que decir que en verdad no conozco a sus padres. En realidad no sé bien si los padres de cualquiera son tan malos. Me disgusta llegar como un debilucho o un cobarde y darme cuenta de que cierta religiosidad parece haberse perdido, pero no soy la persona indicada para vagar por el país salvando almas. No me atropellaría a alguien que está durmiendo en la calle y ciertamente, no me convertiría en verdugo. No dudaría en darle un cigarrillo a un hambriento. Pero no soy un pastor. No estoy para salvar a nadie del destino, del cual no sé nada en absoluto. “Padres” no es la palabra clave aquí. La palabra clave es “destino” No puedo salvar a nadie de eso.

 

Aún así, miles de jóvenes te ven como una especie de héroe del folk. ¿Sientes algún tipo de responsabilidad para con ellos?
No siento que tenga responsabilidad alguna, no. Quien sea que escuche mis canciones no me debe nada. ¿Cómo podría sentirme responsable por miles de personas? ¿Qué podría hacerme pensar que yo le debo algo a alguien por el sólo hecho de estar ahí? Nunca he escrito una canción que comience con las palabras “Los he reunido aquí esta noche…” No estoy para decirle a nadie que sea bueno y que irá al cielo. De todas formas, verdaderamente no sé que piensan de mí todas estas personas que están del otro lado de mis canciones. Es horrible. Apuesto a que Tony Bennet no tiene que pasar por todo esto. Me pregunto si Billy The Kid tuvo alguna vez que responder preguntas así.

 

Entre tus admiradores, mucha gente joven comenzó a imitar tu manera de vestir – un comentador se refirió a ti como “un tímido bicho raro de insolente desprolijidad.” ¿Cuál tu opinión sobre este tipo de menosprecio?
Eso es una mierda. Oh, cuánta mierda. Conozco al tipo que dijo eso. Solía venir por aquí para que le diéramos una paliza. Es mejor que se cuide; hay gente detrás de él. Van a desnudarlo y dejarlo en Times Square. Lo atarán y también le van a poner un termómetro en la boca. Ese tipo de observaciones e ideas mórbidas son insignificantes. Digo, hay una guerra llevándose a cabo. La gente contrae raquitismo; todos quieren comenzar un motín. Mujeres de cuarenta años comen espinacas en cajones. Los doctores no tienen aún la cura para el cáncer. Y un pueblerino habla de que no le gusta la manera de vestir de alguien. Es peor que eso, porque se imprime y mucha gente inocente tiene que leerlo. Es terrible. Y él es un hombre terrible. Obviamente está alimentándose con su propia grasa y espera que sus hijos lo cuiden. Sus hijos probablemente escuchen mis discos. El hecho de que mi ropa sea larga, ¿significa que no estoy calificado para hacer lo que hago?

 

 No, pero algunos piensan que sí – y muchos de ellos parecen sentir lo mismo con respecto a tu pelo. Pero comparado con las melenas largas hasta los hombros que llevan los grupos de estos días, tú pareces más conservador. ¿Qué piensas de estos peinados tan inusuales?

 De lo que la mayoría de la gente no se da cuenta es que es más abrigado llevar el pelo largo. Todos queremos estar abrigados. La gente con pelo corto se congela muy fácilmente. Luego tratan de esconder su frialdad y se ponen celosos de que todo el mundo esté abrigado. Así se convierten en barberos o congresistas. Muchos guardias en la prisión llevan el pelo corto. ¿Te habías dado cuenta de que el pelo de Abraham Lincoln era más largo que el de John Wilkes Booth?

 

 

¿Piensas que Lincoln llevaba el pelo largo para tener abrigada la cabeza?
En realidad, creo que era por razones de salud, cosa que no me preocupa. Pero creo que si lo piensas bien, te darás cuenta de todo el pelo de uno envuelve al cerebro que está dentro de tu cabeza. Matemáticamente, cuanto más puedas sacar de tu cabeza, mejor. La gente que quiere liberar la mente de los demás desapercibe muchas veces el hecho de has de tener cierta desprolijidad en el cerebro. Obviamente, si dejas que te crezca el pelo, tu cerebro será un poco más libre. Pero toda esta charla sobre llevar el pelo largo es un jugarreta. Fue pensada por hombres y mujeres que lucen como cigarros –el comité anti-felicidad. Son policías y oportunistas. Puedes ver quiénes son: siempre andan cargando calendarios, armas o tijeras. Intentan empantanarte. Creen que tienes algo. No sé por qué Abe Lincoln llevaba el pelo largo.

 

 

 

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