La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Mescalito: Ruta y noche diciembre 3, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 4:39 am
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Más que al mote de escritor maldito, periodista gonzo, o contestatario a secas, Hunter Thompson no renunció a la escritura como ruta. No hablo de destino, digo ruta, entendiendo que la zona de tránsito es el lugar donde la escritura explora, indaga. El lugar donde el sujeto, convertido en lenguaje, se relaciona con la intimidad amenazante, con el otro rostro que no siempre se quiere mostrar.


En Mescalito –el primer texto de los tres que se agrupan en el libro de Hunter Thompson del mismo nombre- hay varias cosas: Los Angeles, un balcón, una habitación de hotel, drogas, una radio, un televisor, una máquina de escribir y un texto que se escribe.


Se trata de atravesar la noche. Cruzarla. Viajar hacia el otro lado. Probar la droga, en este caso mescalina, y ver cómo la escritura acompaña el viaje. Preferir los bordes, siempre los bordes. Transitar la noche frente a una máquina de escribir, marcando las letras de un texto que es otro, no el que un encargo o una redacción exige, sino que el que se puede escribir; el texto que te ayuda a atravesar la zona de riesgo.


esta máquina es mi cable a tierra, sin ella perdería el rumbo por completo.


Otro diría: encerrado en mi torre de marfil. No obstante, la figura no parece ser del todo precisa. El espacio del que escribe consiste en un restarse de la existencia corriente, para devenir en otro. Devenir en papel, en escritura, en la técnica y el contenido. Hunter indaga. Es una existencia, que dura una noche, solitaria, acompañada de drogas (las cuales no requieren mayor descripción). Aunque se intente esbozar la figura de Thompson como un escritor en permanente contacto con el mundo, con la vida, los excesos y la calle, su rol está en la escritura. Todo es texto: la experiencia no significa si no va acompañada de la denuncia. Una noche como la de Mescalito no es una noche, si no está escrita. Y el sujeto de la narración, la escribe. Acompañado de las palabras, simboliza una resistencia letrada. Escribe un viaje inmóvil, en el que se padece de la forma a la que uno le gusta padecer. El estímulo es mayor, el viaje es sólo una coordenada de referencia, y los objetivos –si los hay- siempre acaban siendo otra cosa.


Y se está poniendo peor, tengo espasmos en un músculo del muslo, cada vez que cimbrea es como si se hubiera soltado de alguno de sus extremos…Puedo verlo y sentirlo, pero como dos sensaciones disociadas. No hay conexión entre la mente y el cuerpo… aunque puedo seguir tipeando, y a bastante velocidad, mayor a la normal. Sí, definitivamente me está haciendo efecto, se parece mucho al ácido, un placentero letargo corporal mientras el cerebro lidia con algo contra lo que jamás lidió (uf, eso fue difícil de redactar). Todo el trabajo lo está haciendo la cabeza en este momento, ajustándose a los nuevos estímulos como un soldado veterano que cayó en una emboscada y, después de un momento de pánico, recupera sus instintos, aunque no tenga el dominio de la situación: atento a la menor posibilidad y esperando a la vez lo peor… Y aquí viene lo peor.


El ritmo que Thompson le impone a su prosa es un centro en permanente movimiento. Un centro como un ojo, que esquiva al bulto, pero que al esquivarlo se lanza, involuntariamente y a gran velocidad, contra otro. Hay sólo una certeza: querer sobrepasar la noche, llevarla más allá, hacer que el cuarto del hotel sea un terreno donde el lenguaje y su a veces solapada promesa se cumpla.


Esfuerzo bestial para encontrar otra estación de radio con este dial, pasemos a FM ya mismo, evitemos las noticias, algo sereno, en idioma extranjero… ya estarán pasando por televisión las noticias, pero no voy a encenderla, no voy a mirar en su dirección siquiera… no quiero ni ver la cara de Nixon… MIERDA, llamé a Oscar, fantástica tarea la de discar, y daba ocupado… colguemos el teléfono, no nos deliremos, ignoremos este extraño temblor, riamos, sí, apelemos al sentido del humor, escabullámonos…


Huir es lo único que importa en esos casos, si exceptuamos las horribles cicatrices, pero ése es otro cantar.


Más que sobre algo, la escritura se convierte en su propio propósito. Pero Hunter no olvida las referencias. Alusiones políticas, comentarios sobre los asuntos pendientes, sensaciones narcóticas, son materia de escritura. Se explora la rabia y el inconformismo propio de Hunter Thompson, su acostumbrado disentir, y la noche comienza a ser, entonces, la escenografía ideal para los conflictos. El lugar, como otra de esas definiciones, donde confluye una declaración torcida; un precipicio largo donde se exhiben todos los desastres del ahora, la paranoia de una auto-desnudez.


La presión se acumula como una tormenta eléctrica en mi cerebro. Agotado y despelucado de no dormir, o por lo menos no lo suficiente. Con llamadas pendientes y reuniones pendientes y dineros pendientes y efectos químicos pendientes, esperando que la presión acumulada encuentre una brecha de salida y me ponga en movimiento, desoxide los rieles, me lleve a destino, quiebre este maldito hábito de no llegar nunca al final de nada –nada.


Y llega la mañana. Mucamas que abren otras puertas y que en cualquier momento pueden interrumpir el ritual. El pasillo afuera como un símbolo del peligro que acecha: la convención, el rito mundano, los horarios. La manera y el tono en el que hay que comportarse. Bajo los efectos de una droga que es cualquiera, la escritura prosigue, torpe y agitada. Sin embargo, el sujeto que la opera confía que escribiendo el miedo tal vez haya salida. Es probable que así la puerta de su habitación nunca se abra, que el tiempo no tenga un después, que la noche, por más que afuera el sol ya empiece a aparecer, prosiga con su secreto. Nadie tiene el derecho de interrumpirnos, parece ser el mensaje.


No hay en mí mucha esperanza, pero ésa no es manera de pensar, me las he arreglado para hacer todo lo que hice hasta ahora.


Sin decirlo, notamos dolor. O tal vez no dolor, pero sí un temor necesario que puede llamarse lucidez. Una salida que se anuncia, pero la pronta confirmación de que la ilusión es vana. Las cosas simples son el pálido anuncio de una posible catástrofe para todos esos que prefieren estar adentro, en una habitación, escribiendo el ritmo de una noche. Como el mismo Thompson confiesa: “¿Qué estás haciendo allá arriba?”. Y yo contesté: “Estoy escribiendo sobre ustedes, los enfermitos de las calles”.


Hay que esquivar el resultado, y pensar que lo que se escribe procede del mismo gesto que lo inauguró. La conclusión que vale no se enuncia. Hunter Thompson va a salir de ahí, va a tomar el avión. Interrumpirá su noche, pero nada que esté escrito puede suspenderse. El escritor norteamericano confirma que  se trata de intensificar, no de evadir. Hacer la ruta, hacer tu noche, hacerla siempre.


R.S

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One Response to “Mescalito: Ruta y noche”

  1. Juan Manuel Says:

    Gracias por esto de Thompson, y claro, por el dossier Kerouac y la mezcla de opiniones, con sus entrevistas. Mucho trabajo, se agradece el esmero, y a falta de billetes les pago con mis halagos, que tal vez no sean mucho, pero ejercen el compromiso de informarles que lo que leí, me nutrió,
    Abrazos- pura vida-
    JM


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