La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Bye bye hombre impalpable febrero 1, 2010

Filed under: Dossier Salinger — laperiodicarevisiondominical @ 9:33 am
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Fuego y madera, el estricto sello del tiempo clavado en las pupilas; nada fatiga tanto como la obstinación de no responder. El mundo está hecho de barro y de sangre. Lo dijo Marx, aunque debería haberlo dicho Shakespeare. O Sócrates, salvo que Sócrates…bueno, todos sabemos de eso, todos estamos hechos – además de barro y de sangre – del nombre que Sócrates le impuso a las cosas y, especialmente, a las no-cosas.

 

Así las cosas ¿es la sangre que dilapidamos y glorificamos la que busca desesperadamente el desapacible frescor del barro? ¿O será el barro el que se abalanza sobre nosotros, el que se nos cuela con sus artilugios de vendedor de feria hasta hacerse de nuestro interior, nuestro tan ponderado y desconocido interior?

 

Leer a Salinger es similar a caer desde un piso 20, pecho al frente, brazos extendidos como en una crucifixión de nitrógeno, oxígeno y gases raros, ojos ciegos bien abiertos como dice el poeta y un yunque en el alma, hasta explotar de frente contra el incorrompible pavimento. En otros términos: leer a Salinger es comprobar la sangre y el barro a borbotones manando del pequeño y exhausto diamante que llevamos dentro a pesar de todo. Leer a Salinger es vernos a nosotros mismos desde afuera, vernos como en realidad somos o podríamos ser: algo así como el vómito de un dios.

 

En cierto sentido, las noticias son confirmaciones repentinas de alguna certeza que venimos masticando día tras día aunque siquiera caigamos en la cuenta de ello. Vamos, queridos lectores, seamos sinceros de vez en cuando: vivimos andando con los bolsillos cargados de certezas, aguardando en silencio y pacientemente que se cumplan, es decir: que se empapen de esa lámina indescifrable de lo real. En nuestra época estamos preparados para lo peor, para lo impensable, lo inverosímil; cuando esto llega – sea en la forma de horrendo terremoto, corrupción policial o noche interminable de sexo con aquella presa que sabíamos imposible – no es más que una corroboración. Pataleamos por supuesto, actualizamos (en el sentido plenamente aristotélico) nuestra alegría o nuestra congoja, parodiamos la sorpresa con mayor o menor habilidad, pero de algún modo sabíamos de eso que llamamos “noticia”, de algún modo ya estábamos viviendo con y en ella.

 

Especialmente si la protagonista estelar de esa noticia es la muerte. Muy especialmente si la muerte bautiza a uno de sus trofeos más añejos. Más especialmente todavía si dicho trofeo se llama J.D. Salinger, el hombre que ya estaba muerto.

 

Nosotros los occidentales, que identificamos ser con presencia como bien lo denunció Martin Heidegger, dábamos por muerto a Salinger hace ya mucho rato; con más exactitud: desde el momento en que decidió transformarse en el hombre impalpable. Cualquiera sabe de la reacción de Salinger al monumental éxito de sus libros; no se trata del primer hombre huraño ni tampoco del último, pero conjeturo que sí se trata de un ejemplo extremo en lo que tiene que ver con la radicalidad de su misantropía. La misantropía en los tiempos de la exposición compulsiva, la reclusión en la era de la publicidad total. Ahí creo que descansa la gracia de la broma.

 

Si partimos de la base de que la escritura es un oficio solitario y toda la retahíla sentimental o pseudo-psicoanalítica que puede comparecer detrás de ese tipo de afirmación, no debería extrañarnos la inflexible postura de Salinger. Como prueba de ello, vayan ahora mismo a los portales de los grandes periódicos mundiales y hallarán parvas de pequeños alegatos insubstanciales sobre la hosquedad el escritor muerto. Lo digo con franqueza: no me interesa tanto el proceso de mitificación con que fue investido la persona de Salinger; cada uno vive como quiere o puede, en definitiva la vida de un ser humano no tiene nunca demasiado interés para los demás excepto en el amor o en las ansias de chismerío. Considero factible incluso que el propio Salinger haya edificado cuidadosamente el mito para sacralizar su figura o simplemente para tirarse a descansar durante 40 años sin que nadie se lo reproche seriamente. A mí lo que me interesa – tal vez sea lo mismo visto desde otro rincón – es la literatura de Salinger, o mejor dicho cómo la literatura de Salinger transformó a un hombre en escritura, en palabras, en la época de la brutal “mostración” de la individualidad en forma de espectáculo.

 

De Seymour: Una introducción: “No se puede discutir con alguien que cree o sospecha con igual pasión que la función del poeta no consiste en escribir lo que debe escribir, sino en escribir lo que escribiría si su vida dependiera de asumir la responsabilidad de escribir lo que debería, en un estilo que excluyese la menor cantidad humanamente posible de viejas bibliotecarias”

 

Salinger llevó el “síndrome de Wakefield” al extremo, pero seríamos ingenuos si pensáramos – como piensan la mayoría de las necrológicas del día, insisto – que la “desaparición” simple y llana era todo el objetivo de Salinger. De ningún modo: Salinger no quiso desaparecer sino más bien convertirse en palabras, pocas por cierto, en historias perfectas e irreales, en escritura. El autor no existe, aseveran desde la teoría literaria más tajante, lo que existe es la escritura. Salinger se tomó en serio este precepto, salvo que no lo tematizó con guiños meta-literarios ni lo apoyó con libros o conferencias carísimas en universidades mediocres al respecto; Salinger aplicó el precepto a su propia vida (siempre en fuga, desapareciendo paulatina e incesantemente) y jugó con todos nosotros para ver cuán capaces somos para soportar nuestras propias teorías. El hombre Salinger se convirtió en escritura y se sentó a mirarnos, sonriente y cáustico, desde el balcón de alguna blanca mansión para percibir nuestra desesperación. Si queríamos literatura, ya la teníamos: los 4 libros básicos de Salinger no suman entre sí las páginas de una novela consagratoria para cualquier autor digno o ambicioso pero dicen mucho, muchísimo más, que todos los libros de todos esos escritores juntos. Lo que ocurre es que no nos conformamos con la literatura, esas 4 joyas no nos bastan y, en el mejor de los casos, reclamamos por nuevas entregas geniales de las que nos consideramos acreedores. En el peor, demandamos entrevistas, apariciones, fotografías, opiniones sobre otros escritores, detalles morbosos de la vida de una celebridad millonaria.

 

Pero Salinger, tras la fachada de la furia legal que le permitieron los millones que la propia literatura le regaló, esboza una sonrisa gigante al negarse a participar del número. Salinger se niega a eso por lo que los demás suelen envilecer sus vidas con tal de lograrlo durante unos minutos. Se ha dicho todo ya respecto a la causa de la desaparición, se lo ha llamado a Salinger grosero maleducado, psicótico, pervertido, huero, vanidoso. Digan lo que digan, tengo mi tesis personal: Salinger probó al mundo entero en su contradicción para reírse de él. Si semejante conducta ingresa en los cánones de la “normalidad”, la “maldad” o el “vedettismo” poco importa; en última instancia son categorías fraguadas que utilizamos sin saber qué diablos significan. Un hombre se tornó impalpable, prefirió convertirse en un puñado de historias soberbias y defender la cuestión con las propias armas que el sistema de la “normalidad” en que vivimos proporciona en libros codificados, a cambio de algunos billetes. Le alcanzó con eso para un par de revuelos y para perturbar (igual que en sus libros) a todas las sectas del pensamiento. Quizás ahora, que está muerto, la gente se olvide de las fábulas fisgonas y comience a leerlo; quizás ahora que está muerto la gente comprenda que el hombre se había reducido – o expandido – a palabras, a pura escritura.

 

Porque el muñeco de barro y sangre también cuenta con la incesante pulsión de mismidad que llamamos “pensamiento”; mismidad que nada tiene que ver con la identidad sino más bien con un zumbido indestructible y ahogado como el que un radio a transistores suele soplar cuando es encendido, un zumbido que nos cuenta de nosotros sin referirse a Cógito o Yo Trascendental alguno. Del (perfecto) relato Para Esmé, con amor y sordidez: “Entonces, de pronto, e la forma ya conocida y sin previo aviso, le pareció sentir que su mente se desplazaba, se bamboleaba como un bulto mal asegurado en el portaequipajes de un tren. Enseguida hizo lo que había estado haciendo durante semanas para arreglar las cosas: se apretó fuertemente las sienes con las manos”

 

Murió (al menos para el que escribe esto) el más grande escritor de los que aún vivían, un genuino artista de la palabra, un insinuador profesional, corrosivo hasta el paroxismo y aterrado por la santidad a la vez. Murió un escritor cuyo minimalismo perfecto – sólo comparable al de Borges – creó una escuela inimitable. Si leyeron a algunos de los novelistas que intentan remedarlo sabrán a lo que me estoy refiriendo. Claro que al mismo tiempo estampó un color de voz y una actitud refractaria (especialmente a través de Holden Caulfield, acaso el personaje más importante de la literatura reciente) sin las cuales la narrativa posterior sería ininteligible. Sin las cuales la literatura actual no sería la misma.

 

Murió el hombre que desde el más absoluto individualismo borró a su vez todos los rastros de su individualidad. Ahora queda su obra, inmortal e imperecedera, bla, bla, bla; seamos francos: no alcanzará tampoco con eso…ya nos abalanzaremos sobre las bateas atiborradas por los papeles que sus herederos o albaceas encuentren en cajones tramposos. Creo que además de su obra, la ya descubierta o la que aún está por ser explotada, lo que nos queda de Salinger es el silencio como herencia legítima, el silencio como talante esencial frente al mundo y el ser humano. En este punto asalta mi mente el nombre Arthur Rimbaud, algo más precoz en su decisión pero no por eso menos afín al credo mudo de Salinger: a menudo la única forma legítima de coherencia es el silencio más sepulcral de los silencios.

 

Murió Salinger, el hombre que ya estaba muerto. No sé si estoy triste o contento pero eso no importa: la muerte nunca es muy precisa a la hora de suscitar sentimientos.

 

 

Mome

 

 

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