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Auden y el Siglo XX: versos y versos para los años oscuros febrero 14, 2010

Filed under: literatura inglesa,Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 9:19 pm
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“No precisamos estrellas ahora… /Apáguenlas todas / Envuelvan la luna / Desarmen el sol / Desagüen el océano y / Talen el bosque / Porque de ahora en adelante / Nada servirá”
W.H. Auden (Funeral Blues)

 

El poeta y la realidad


 

Desde el principio del principio, los poetas fueron medidos – para bien o para mal – de acuerdo a la noción de realidad. Atormentados se podría decir. Desde el preciso momento en que fue definida de alguna manera esa noción, aún de forma incorpórea como ocurre con Platón, la poesía (es decir, los poetas; mal que nos pese sin el pérfido bípedo hostil no habría poesía) fue juzgada primariamente por su relación con la realidad.


 

Se trata de un estigma o algo así.

 

 

No hablo del mero hecho de cotejar una expresión artística con la supuesta “realidad”; eso hasta cierto punto es legítimo, o tal vez entretenido para algunos. El asunto es cuando dicho cotejo gravita absolutamente sobre la actividad en cuestión. Por alguna razón los poetas no han podido nunca (o casi) desmarcarse de esa relación; sólo hay que pensar en la cantidad de obras de los más grandes poetas que no consisten en otra cosa que referencias al nexo entre poesía y mundo, en la opinión particular del poeta al respecto. A partir de esta obstinación puede sugerirse que en verdad la esencia misma de la poesía (o algo por el estilo) tiene como uno de sus pilares la relación del lenguaje con la realidad. Es admisible, desde ya, pero también evidencia que aún aquellos poetas que bregaban por la “separación” entre realidad y poesía debían hacer justamente eso, bregar, tomar partido, opinar. Dicho de otro modo: casi tan difícil como contar los granos de arena que hay en este mundo es hallar a un poeta que de una manera u otra no se pronuncie por el vínculo entre la poesía (o el arte si se quiere, o el lenguaje mismo) y la realidad.


 

Y si hablamos de realidad – fuera lo que fuera el significado de esta palabra, dando por descontado que no es eso que científicos y demás iluminados dicen que es – el siglo XX despunta de ella. En más de un sentido, el siglo XX es pura realidad. La realidad más inusitada, la más irreal, la más bruta y material. Por supuesto, es posible que nosotros, como todos los hombres, tendamos a magnificar lo contemporáneo o (mejor dicho sin dudas) lo inmediatamente pasado. ¿No hicieron lo mismo Heródoto, Marco Aurelio, Montaigne o Balzac? Y aceptado esto ¿quién está en lo “cierto”, cuál de sus voces es la legítima? Todas y ninguna, naturalmente. Aún así, considero particularmente que el siglo XX cuenta con elementos firmes para candidatearse como “Era Decisiva” o algún rótulo semejante.


 

W.H. Auden vivió casi completo ese afamado “siglo XX corto” (el término es de Hobsbawm); el que va desde la Gran Guerra del ’14 y concluye con la caída de la URSS. Es más: Auden muere en 1973, año-mojón en el referido siglo corto, año en que por la suba del barril de crudo el mundo occidental descarta sus experimentos “benefactores” y prepara nuevamente el diente para un nuevo atracón (neo)liberal. La mayoría de los intelectuales y artistas que han vivido el período señalado se han visto en la obligación de optar entre ideologías, credos y nombres propios; el mundo entero se estaba partiendo por la mitad, al menos en apariencia, y los intelectuales y creadores eran llamados sin excusas a elegir su bando públicamente.


 

Auden no labró un trayecto demasiado inusual en este sentido: coqueteó con el marxismo, rescató la figura de Freud pese a no creer demasiado en el psicoanálisis, combatió al fascismo desde su condición de poeta (y homosexual), participó en la Guerra Civil Española del lado republicano, bregó luego por la independencia del artista frente a cualquier tipo de limitación impuesta por la ideología o la política y finalmente recayó en un recogimiento religioso por demás sombrío. En efecto, la parábola de pensamiento descripta podría ser la de la mayoría de los pensadores o poetas de la época, exceptuando a aquellos que, obstinados por sus dogmas, prefirieron desangrarse o hasta ridiculizarse a sí mismos aferrados a sus puestos, ya sean stalinistas, demócratas o fascistas.


Pero, claro, no cualquiera de los hombres célebres de aquella época escribía como Auden, y lo curioso del caso es que tal vez el propio Auden se sintiera incómodo con su presente histórico. Quiero decir: un poeta del temperamento y la erudición de Auden probablemente hubiese sido más acorde con otros vientos; alguien de su sencillez personal hubiese preferido una época menos pública y alborotada. Es por esta particularidad que ciertos poemas de Auden cobran, en el itinerario revulsivo y sangriento del siglo, un valor relevante y peculiar. Como si la poesía, en el momento en que se la enjuiciaba con más vigor, hubiese poseído a un hombre para que revoleara versos y versos para los años oscuros. En este sentido, las últimas líneas de su poema seudo preguntas es muy gráfico:


 

Ni caballos salvajes me arrastrarían a un debate sobre
Arte y Sociedad: los críticos con credos,
cristianos o marxistas, deberían cerrar su bocaza,
para no decir pavadas


 

 

El (nuevo) mundo


 

A veces las fechas resultan de veras simbólicas: W.H. Auden arribó con intenciones de quedarse a los EE.UU. en 1936 y fue admitido como ciudadano en 1946. El traslado de Auden al “nuevo mundo” supone un giro en su vida y en su poética. Hay quienes aseguran que jamás volvió a escribir un poema como Funeral Blues o cualquiera de los que se recopilan en Poems, de 1930; hay otros, más cautos, que recuerdan poemas escritos en Nueva York como En homenaje a la piedra caliza, Quien más amara o El escudo de Aquiles entienden que la luz sigue tan clara como siempre, que tal vez únicamente cambió de color.


 

Más allá de cualquier juicio estético que se pueda practicar, lo que interesa en este caso es que el éxodo de Auden principia en un año central de la historia universal y que puede verse de alguna manera como cierto distanciamiento de lo que hasta allí era el centro del mundo, lo que fuerza una nueva forma de mirar. En el mismo giro (y aquí los símbolos vuelven a ser evidentes) se aleja del marxismo a causa del pacto germano-soviético, de Freud, de Oxford y toda su pompa letrada… Auden se aleja del mundo, “su” mundo, para adentrarse como peregrino oceánico en un mundo nuevo, en el que la mayoría de las cosas (las buenas y sobre todo las malas) están por hacerse, aunque ya desde un hombre devaluado, descreído de sí mismo. Escribe en La cueva de la Creación: “pero desde Stalin y Hitler ya no volveremos / a confiar en nosotros mismos: sabemos que, subjetivamente, / todo es posible”.


 

Auden era un viajero, lo atestigua no sólo este traslado sino sus estadías en Italia y Austria por ejemplo. Uno de esos hombres a los que no les gusta la rutina ni los rostros que esa rutina suele investir de suprema autoridad. Lo paradójico es que la llegada a los EE.UU., que en principio podía suponer un retiro del aquelarre moderno europeo, lo encuentra en 1946 como “ciudadano” nuevamente en el centro del mundo. Es que el (nuevo) mundo era ahora, en 1946, El mundo, al menos uno de los dos que existía. Auden estaba nuevamente en el centro de occidente, en la médula de la continuidad cultural, en las vísceras, por qué no, del nuevo desperdicio. Ignoro si Auden lamentó o festejó esa circunstancia; creo que hasta él mismo lo ignoraba.


 

El nuevo corazón de la cultura occidental, aún sin importar tanto si estaba ubicado en New York o en cualquier otro lugar, es un corazón ya herido, azorado por la inverosimilitud y algo asqueado de la mampostería de la realidad. Esta circunstancia, sin ampulosas teorías ni dogmas al respecto, igualmente influye sobre la relación entre arte y realidad. Se lee en un poema breve de sus postscriptum:


 

Los ficticios mundos atemporales
de significado manifiesto
no nos deleitarían
si el nuestro
no fuera un mundo temporal donde nada
es lo que parece


 

Supongo que hasta el mismísimo Platón hubiera podido decir algo parecido (de hecho, lo dijo), pero también estoy seguro de que en ningún otro tiempo que en el siglo XX tendrían estas palabras más sentido. Las apariencias, la “carne” de las cosas, sin ser en absoluto algo negativo para Auden, trastornan al hombre moderno y proponen la paradoja: aquello que llamamos mundos imaginarios, los mundos propuestos por el artista, que a primera vista son vistos como una huida de la realidad, en verdad son buscados en la modernidad como un tronco firme del cual sujetarse en el naufragio; es el mundo real – ese mundo que Auden ya intuye tendiente a convertirse en espectáculo – el que se disfraza y desnuda alternativamente tras las apariencias. El hombre moderno, empachado hacía ya siglos por la cientificidad y el progreso racional, está sumido, en pleno siglo XX, en un baile de máscaras – bastante infernales algunas, hay que decirlo – raudo y voraz.


 

 

La marcha del siglo


 

Después de tanta palabrería sobre el tema, de tantas voces eufóricas y autoritarias, probablemente no haya forma más genuina de conocer lo ocurrido en el mundo, es decir, la historia, que a través de los poemas de un hombre. Se dirá que es una forma de conocer sumamente subjetiva, cosa que es implacablemente cierta pero ¿qué modo de conocer no lo es? ¿O todavía hay quien crea en la leyenda científica, en una supuesta descripción impersonal o ecuánime? Aún si un Dios existiera, aún en ese caso, su forma de conocer sería subjetiva. Hasta los religiosos monoteístas deben admitirlo: si Dios creó al mundo y al hombre para algo, su visión de las cosas inevitablemente está condicionada por dicha intención.


 

En este sentido me atrevo a decir que el magnífico siglo XX, con sus luces y sus sombras, puede ser percibido de forma quizás inmejorable en los poemas de Auden. Poemas como En memoria de Sigmund Freud, Los años oscuros, No habrá paz, Alunizaje o Elegía para J.F.K pueden explicar la marcha del siglo, las conmociones y los estertores, con mayor lucidez que cualquier apunte historiográfico de los que he leído. Allí están el desdoblamiento del ego cógito, la llegada del mono a la luna, Vietnam, Hitler, Stalin. Allí, en esos poemas “ocasionales” publicados originalmente en revistas (que por cierto no son de los mejores de Auden) está la marcha del siglo, ese huracán dialéctico que sabe de sangre y de traiciones, de sótanos congelados por el pánico y de inauguraciones con tijeras, bandas y todo el asunto.

Allí están las esperanzas, el terror, el escepticismo y la inmaculada soberbia de un siglo que hizo del hombre algo distinto a lo que soñaron los griegos, los mayas o los persas. El hombre, tras la borrasca del siglo XX, ya no es el Adán del que habla la biblia ni el animal del que habla la ciencia; siquiera es la lagartija amaestrada que describen las publicidades o el soldado heroico al que apelan los generales minutos antes de la batalla. Ese hombre (¿será lo que quedó del hombre?) también es Auden; esta simple certeza – no siempre tan cierta – convierte a sus poemas en testimonios, en pruebas, sin dejar de ser poemas. Probablemente en esto consista el genio de ciertos artistas. Probablemente.


 

Mome

 

 

 

One Response to “Auden y el Siglo XX: versos y versos para los años oscuros”

  1. Alex Says:

    Qué hermosa forma de terminar este artículo. Lo disfruté mucho y gracias desde Tijuana, México.


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