La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Patchen: Hombre de Luz y de Furia – Henry Miller marzo 2, 2010

 

N. del T: tal como lo señala Henry Miller, este texto prologa la edición de las Obras Completas de Kenneth Patchen en su versión inglesa y francesa. Fue escrito en 1946 en Big Sur, California, donde Miller residió hasta el final de sus días, luego de los años que pasó en Europa. Todos los cuadros que ilustran este texto son algunos de los muchos “poemas pintados” que compuso Patchen.
Título original: Patchen: man of anger and light.
Traducción: Martín Abadía

 

Lo primero en lo que recaería uno al conocer a Kenneth Patchen es que es el símbolo vivo de la protesta. Recuerdo claramente la primera impresión que tuve cuando le conocí en New York: un ser sensible y poderoso que se movía entre cojines de terciopelo. Un especie de asesino sincero, me dije, mientras nos dábamos la mano. Esta impresión no me ha abandonado nunca. Sea o no verdad, sentí que le daría una alegría suprema destruir a todos los tiranos y sádicos de esta tierra con sus dos manos, tanto como al arte, las instituciones y toda la maquinaria de la vida cotidiana que los sostiene y los glorifica. Es una efervescente bomba humana siempre amenazando con explotar en medio de todos nosotros. Tierno y despiadado a la vez, tiene la facultad de perder la amistad de quienes quieren ayudarle. Es inexorable: no tiene modales, ni tacto, ni gracia. No da cuartel. Como un gángster, sigue su propio código. Te da la oportunidad de levantar las manos antes de dispararte. Mucha gente, sin embargo, se aterroriza al tener que levantarlas. Se las cortaría.

 

Este es su costado monstruoso, el que lo hace verse despiadado y rapaz. Junto al dragón que ronca, sin embargo, hay un príncipe gentil que sufre con la sola mención de la más ligera crueldad o injusticia. Una alma tierna, que aprendió muy rápidamente a envolverse en un uniforme de bombero para proteger su piel sensible. Ningún otro poeta norteamericano es tan inclemente en su inventiva como Patchen. Hay cierta insanía en su furia y en su rebeldía.

 

Como Gorki, Patchen empezó su carrera en la universidad de la vida muy tempranamente. Las horas que sacrificó en las fábricas de acero de Ohio, donde nació, sirvieron para difuminar su odio para con una sociedad en que la desigualdad, la injusticia y la intolerancia forman los cimientos de la vida. Sus años de vagabundo, durante los que esparció manuscritos como si fueran semillas, corroboraron las impresiones que le habían dejado el hogar, la escuela y las fábricas. Hoy en día es prácticamente un inválido, gracias al sistema que pone la vida de la máquina por sobre la vida del ser humano. Al sufrir de artritis en la médula espinal, fue confinado a guardar cama la mayoría del tiempo. Se acuesta en una gran cama en una especie de casa de muñecas cercana al río que recibió el nombre por Hendrick Hudson, otro gigante enfermo, consumido por la venenosa indiferencia de un mundo que le concede más espacio a las trampas para ratones que a los poetas. Escribe libro tras libro, tanto prosa como poesía, nunca seguro de cuando “ellos” llegarán y lo arrojarán (junto con la cama) a la calle. Esto ha sido así por más de siete años, si no me equivoco. Si Patchen pudiese recuperarse, ser capaz de usar las manos y los pies con libertad, es posible que lo celebrara tirando la casa abajo frente a los ojos de alguna insospechada víctima de su contento y su desdén. Lo haría lenta, deliberada, concienzudamente. Y en completo silencio.

 

Esa es otra cualidad de Patchen que inspira miedo cuando le conocemos: su inmenso silencio. Como si floreciera de su carne y luego la silenciara. Es un misterio. He aquí un hombre con el don de la lengua, pero que no habla. He aquí un hombre que salpica palabras, pero que se rehúsa a abrir la boca. He aquí un hombre que se muere por comunicarse, pero que en vez de conversar contigo, te pasa un libro o un manuscrito para que leas. El silencio que emana de él es negro. Lo pone a uno inquieto. Engendra histeria. Por supuesto, es tímido. Y no importa cuánto tiempo viva, nunca se volverá urbano. Es Norteamericano de cabo a rabo, y los Norteamericanos, pese a su parlachinería, son criaturas fundamentalmente silenciosas. Hablan para encubrir su innata reticencia. Es sólo en momentos de profunda intimidad que se dejan perder. Patchen es un típico Norteamericano. Cuando finalmente abre la boca es para liberar una larga tempestad de palabras. Su emoción lamenta tener que perderse en coágulos.

 

Lector voraz, se expone a toda influencia, incluso a las peores. Como Picasso, hace uso de todo. El innovador y el iniciador son presencias fuertes en él. Antes que aceptar la colaboración de algún artista de segunda línea, él mismo diseña la cubierta de sus propios libros, una diferente por cada libro. ¡Y qué bellas y originales son estas cubiertas de la mano de un escritor que no tiene la pretensión de ser ni pintor ni ilustrador! ¡Y qué interesantes además son los arreglos tipográficos que dicta para sus libros! ¡Qué competente puede ser cuando él tiene que ser su propio editor! (Ver El Diario de Albion Moonlight.) Desde un lecho de enfermo el poeta desafía y traspasa todos los obstáculos. Sólo tiene que hacer una llamada para dejar patitieso al personal de una editorial. Tiene la voluntad de un tirano, la persistencia de un toro. “¡Esta es la manera en que quiero que salga!” brama. Y Dios, consigue que salga de esa manera.

 

Déjenme citar unos pasajes de algunas respuestas a preguntas que le hice:

 

“El dolor es una parte casi natural de mi vida hoy en día: sólo los arranques de depresión (tan comunes en esta enfermedad) puede en verdad chuparme las energías y desfigurar mi espíritu natal. En esos accesos puedo hablar bastante mórbidamente. Probablemente la enfermedad del mundo no ha causado la mía, pero es cierto que me condiciona cuando tengo que lidiar con ella. De hecho (es la peor parte) siento que haría algo más si no sintiera esta rigidez dentro de mí, la presión constante de la enfermedad. Sería más puro, tendería menos a escribir (por decirlo así) para enseñar la parte enferma de mi vida que ya no volverá a rehabilitarse; podría experimentar mucho más lo que otros artistas producen si no estuviera tan preocupado con lo que sucede íntimamente en mi ser; tendría menos necesidad de ser puro frente a la presencia de las cosas que amo y en consecuencia (probablemente), tendría una visión de mí mismo mucho más personal… Creo que cuanto más articulado se vuelve un artista, menos sabe lo que puede decir sobre sí mismo, ya que generalmente la capacidad más grande de amor que uno tiene es inseparable de la capacidad que se esconde dentro toda criatura…. Es difícil imaginar por qué Dios debería “pensar,” cuando este “pensamiento” es el material de un arte supremo… no queremos saber nada de nosotros mismos; sólo queremos estar perdidos en el saber, como una semilla en una ráfaga de viento.”

 

“Creo que si tuviera un ingreso de dinero seguro, escribiría libros en forma de grandes lienzos, incluyéndolo todo en ellos: grandes sinfonías que tomarían a la poesía y a la prosa tal como se presentan día a día y de un aspecto de mi vida a otro. Pero ya todo terminó, creo. Van a echar todo por la borda la próxima vez y no creo que tengamos mucho tiempo. Siempre se ha hablado del FIN DEL MUNDO –pues ya está aquí. A sólo unas cuantas marcas más en la pared… uno o dos ladrillos que se reemplacen… y luego ni una sola piedra quedará sobre otra… luego un largo silencio, un silencio verdaderamente eterno. ¿Contra qué se puede luchar entonces? Nadie va a poder devolvernos las estrellas. No hay tiempo ya. No podría decir que no importa, importa más que cualquier otra cosa, pero somos incapaces de detenerlo ya.”

 

“Para mí es muy difícil responder a tus preguntas. Algunos son Rebeldes sin elegirlo; yo no lo elegí – Aún deseo que me den una mínima prueba de que éste, “su mundo,” pudo no haber sido planeado y manejado por media docena de idiotas drogados atados de pies y manos en el fondo mismo de un pozo de diez millas de profundidad. Siempre se tratará de que amamos ser rebeldes; es necesario mucho amor para señalar una u otra dirección que tomar para lo que sucederá de ahora en adelante: yo aún lo hago. No hay esperanza para el ser humano. En el momento en que no quede nada de esperanza, podremos al menos recordar lo Sublime y a los dioses.”

 

La mezcla de esperanza y desesperación, de amor y resignación, de coraje y sentido de la futilidad, que emana de estos extractos es reveladora. Apartado del mundo como poeta, como hombre visionario, Patchen no se identifica con esta enfermedad del mundo que se ha vuelto universal. Tiene la humildad para reconocer que su genio, que todos los genios, florecen de una fuente divina. Es además lo suficientemente inocente como para pensar que el mundo debe reconocer la voz de Dios y devolverle lo que le debe. Tiene la claridad para darse cuenta que su sufrimiento no es importante, que desfigura su espíritu natal, como lo dijo, pero ¿debe admitir, puede admitir, que el sufrimiento del mundo desfigura también el verdadero espíritu del mundo? Si pudiera creer en su propia cura, ¿no debería creer en una cura universal? “No hay esperanza para el ser humano,” dice. Pero él también es un ser humano y no está convencido en absoluto de que su caso no tenga solución. Imagina con cierta seguridad que será capaz de ofrecer la más profunda expresión de su poder. Hoy en día el mundo clama por seguridad. También clama por paz, pero no hace ningún esfuerzo verdadero para detener las fuerzas que llevan adelante la guerra. En su agonía cada alma sincera se refiere sin duda a este mundo como “su mundo.” Nadie en su sano juicio admite ser parte voluntaria de este mundo; tan completamente inhumano, tan intolerable se ha vuelto el ser. Todos (tantos si lo admitimos como si no) esperamos el fin del mundo como si no hubiera un mundo hecho por nuestras propias manos, sino un infierno al cual fuimos condenados por una fuerza malévola.

 

En este punto, distinguir la parte culpable de la parte inocente es difícil. En el caso de Patchen, yo declararía inocencia, tal como lo hizo Jacques Riviere con respecto a Rimbaud y Wassermann al describir el compromiso de Caspar Hauser. Estos individuos (los inocentes) despiertan el instinto asesino de su propia humanidad. Por su total aborrecimiento a la violencia y el asco que sienten al pensar en la injusticia, pero por sobre todo, por su conmovedora necesidad de amor, despiertan a la vez el odio y la persecución de aquellos a quienes llaman su atención o les imploran silenciosamente. Este es el fenómeno inexplicable de la perversidad humana. Esta es la marca de nacimiento que distingue a los líderes de la humanidad y les aparta como condenados, les convierte en figuras trágicas de la historia. Y es precisamente porque se desentienden de toda responsabilidad del mal por el cual les acusan. Las leyes del espíritu parecen dictar que uno no puede apartarse, que uno no puede liberarse hasta que todos sean libres. Algo en nosotros se rebela frente a la idea de la separación, de la emancipación individual. Todo o nada, se dice, y por consiguiente, se prepara la crucifixión de quien se atreva a violar el código. Los hombres crucifican a los emancipadores y desprecian sus efigies. Creen y rinden culto, pero se rehúsan empedernidamente a seguir esa dirección. Esto lo absurdo e incongruente de la naturaleza humana, una naturaleza impura. Pertenecemos a dos mundos y rara vez servimos a alguno de ellos con fidelidad. Sólo muy de vez en cuando algún artista (como Ramuz, por ejemplo) tiene el coraje de vislumbrar “el fin de toda la humanidad” y reservar la salvación para aquellos que aman verdaderamente la tierra. Muy, muy rara vez un artista es capaz de ofrecernos un personaje verdaderamente “malvado.” El mismo Satán se ha vuelto una figura heroica y en ocasiones, adorable; un héroe comprensible que, en su condición de rebelde encarnado, nunca deja de despertarnos simpatía. Los Salvadores no se prestan al arte con éxito: se quedan fuera de su seno, tan incomprensible en su amor como en su ejemplo. Nunca han podido dejarse ir con el correr de la sangre. Al abandonar el mundo, se vuelven iguales a los ídolos que querían destruir. Así es la perversidad humana. A lo largo de las eras, se ha puesto de manifiesto en la vida individual, y tanto ahora como antes, acaba reventando delante de olas cósmicas de futilidad y autodestrucción.

 

En Mi Vida como Alemán y Judío, Jacob Wassermann escribe: “Frente a un autor la nación adopta una actitud general que determina la libertad de su alma, la seguridad de su postura y un elemento, muy difícil de definir, de ritmo espiritual y controlado poder. Ser aceptado sin reservas es indispensable para él: pasa días y años imbuido en su trabajo, desbordante de restricciones y angustias, sin mencionar las dificultades que siempre trae aparejada la vida cotidiana. Si no puede sentir que el calor que emana de sí mismo genera un calor nuevo, la naturaleza colapsa en su interior.”

 

Este pensamiento, dirigido a una entera nación por alguien que fue Alemán y Judío a la vez, contiene una verdad terrible para todo norteamericano que es artista y ser humano. Todo artista incipiente en Norteamérica, todo artista genuino, tiembla ante la idea de que nunca será aceptado por lo que es, sino sólo en la medida en que sea servil y se comprometa, traicione su propio ser. ¡Qué perspectiva para alguien que trata de liberarse! ¿Exagero? Basta con leer las biografías de algunos autores célebres. Uno no tiene que ir demasiado lejos en su lectura, siempre tan reveladora, para darse cuenta de que son largas confesiones de la guerra sin cese entre lo sensible y lo insensible.

 

Patchen usa el lenguaje de la revuelta. No hay otro lenguaje que pueda usarse. No hay tiempo cuando tienes que robar un banco para explicarles a los directores la injusticia siniestra del sistema económico actual. Las explicaciones ya fueron dadas una y otra vez; los avisos ya se publicaron. Nadie les ha prestado atención. Es tiempo de actuar. “¡Arriba las manos! ¡Esto es un asalto!”

 

Es en su prosa donde Patchen usa este lenguaje de manera más efectiva. En El Diario de Albion Moonlight, Patchen abre un vena única en la literatura de lengua inglesa. Este trabajo, en el que el último en aparecer es Sleepers Awake, desafían toda clasificación. Como los viejos Libros de Nuestra Infancia, cada página contiene una nueva maravilla. Detrás del caos superficial y la locura uno detecta rápidamente la lógica y la voluntad del atrevido creador. Uno piensa en Blake, en Lautreamont, en Picasso y en Jacob Boehme. ¡Qué extraños predecesores! Y uno también piensa en Savonarola, en Grunewald, en John of Patmos, en Hieronymous Bosch, y por un momento, los eventos y las escenas son sólo reconocibles en las salas de espera del sueño. Cada nuevo volumen es una asombrosa proeza de prestidigitación en aumento, no sólo en cuanto a la proteica variedad del texto mismo, sino en su diseño, su composición, su forma. Uno ya no busca un libro impreso muerto, sino algo vivo, algo que respire, algo que te mire a ti con el mismo asombro con el que tú lo miras: la novela que no emplea la seducción, sino el implacable puñetazo de un maestro Zen que despierte e ilumine la consciencia del lector. ¡LA MANERA DE VIVIR DEL HOMBRE ES UNA FARSA! Esa es la realidad que claman las páginas de estos libros. Una vez más asistimos a la revuelta de los ángeles.

 

Este no es el lugar para discutir los méritos o defectos de la obra de un autor. Lo que me concierne de momento es el hecho de que, pese a todo, se trata de un poeta. Estoy vitalmente interesado en el hombre que, hoy en día, atraviesa el infortunio de ser, a la vez, artista y ser humano. Por la misma razón estoy muy interesado tanto en las manoeuvres del gángters como en los financistas y en los militares. Todos ellos forman una parcela en la sociedad; algunos laureados por sus esfuerzos, otros vilipendiados, otros perseguidos y cazados como bestias. En nuestra sociedad, el artista no es laureado, ni alentado, ni premiado, a menos que haga uso de un arma mucho más poderosa que aquella que emplean sus adversarios. Este arma no puede encontrarse ni en las tiendas ni en los arsenales: tiene que ser forjada por el artista mismo, como una araña forja su propia tela. Cuando la forja, se destruye a sí mismo. Es el único método que ha encontrado para preservar a su propia raza. Desde fuera, su vida está amortajada. Es un mártir tanto si elige como si no. Ya no busca generar calor, busca un virus que la sociedad permita que se le inyecte y le haga perecer. No importa si predica el amor o el odio, la libertad o la esclavitud; debe crear un espacio para ser escuchado y oídos que lo oigan. Debe crear, sacrificando su propio ser, la conciencia de un valor y una dignidad que alguna vez connotó la palabra “humano.” No es el momento para analizar o criticar las obras de arte. No es el momento para escoger las flores de genio, hacer diferencias entre ellas, etiquetarlas y categorizarlas. Es el momento de aceptar lo que se nos ofrece y ser agradecidos de que algo más que la intolerancia y el suicidio masivo puede preocupar al intelecto humano.

 

Si pese a la indiferencia y la inercia podemos reproducirnos tanto como crear bombas atómicas, creo entonces que el poeta tiene derecho a explotar de la forma y en el momento que más le plazca. Si todo es desesperanza en función de la destrucción, ¿por qué no ha el poeta de señalar el camino? ¿Por qué ha de quedarse entre las ruinas como una bestia demente? Si negamos a nuestro Hacedor, por qué hemos de preservar al creador de las palabras y las imágenes? Los símbolos y formas que teje, ¿se sobrepondrán a la Creación misma?

 

Cuando los hombres crean deliberadamente instrumentos de destrucción para utilizarlos tanto contra los inocentes como contra los culpables, contra los bebés en brazos como contra los viejos, contra los enfermos, los cojos, los mutilados, los ciegos, los locos, con la mira abarcando a toda la populación, al ser inmunes a todo advertencia, podemos darnos cuenta de que el corazón y la imaginación del hombre ya no son capaces de conmoverse. Si los más poderosos de esta tierra están encerrados en un puño, temblando temerosos, ¿qué esperanza hay para los más débiles? ¿Qué le importa a estos monstruos que nos controlan lo que ha sido del poeta, del escultor, del músico?

 

En el país más rico y más poderoso del mundo no hay intención alguna de salvar a un poeta inválido como Kenneth Patchen del hambre o el desahucio. No hay nadie allí, ninguna legión de artistas leales unidos para defenderle de los innecesarios ataques de las malévolas y rencorosas críticas. Cada día se anuncia un nuevo golpe, un nuevo insulto, un nuevo castigo. Pese a todo eso, él continúa creando. Trabaja en dos o tres libros a la vez. Se empeña en ello con un dolor inenarrable. Vive en una habitación que no tiene espacio más que para su esqueleto y lo que podría llamarse un ataúd alquilado. ¿No estaría mejor muerto? ¿Qué le queda ver como artista, como hombre, como miembro de la sociedad?

 

Escribo estas líneas para la edición inglesa y francesa de sus trabajos. Difícilmente sea el prefacio ortodoxo al que estamos acostumbrados. Pero mi esperanza está puesta en que en otros países lejanos Patchen (tal como otros escritores norteamericanos desconocidos) pueda encontrar amigos, sostenes y valor para seguir viviendo y trabajando. Norteamérica es inmune a todos los llamados. Su población no comprende la lengua de un poeta. No quieren reconocerse en el sufrimiento: es demasiado vergonzoso. No reciben a la belleza con los brazos abiertos: su presencia es perturbadora hasta para el corazón más autómata. Su miedo a la violencia les conduce a cometer insanas crueldades. No sienten reverencia frente a la forma o la imagen: se inclinan a destruir cualquier cosa que no se ajuste a su patrón, que es el caos. Ni siquiera les concierne su propia desintegración: están ya putrefactos. Una vasta congenie de sepulcros podridos. Norteamérica tan solo aguanta un poco más, esperando el momento oportuno para volar por los aires, haciéndose añicos.

 

Lo único que Patchen no puede entender, que no tolerará jamás en verdad, es el rechazo a la acción. En esto es inexorable. Si le confrontamos con excusas y explicaciones, se vuelve un león rabioso.

 

Es la prosperidad lo que especialmente incita su ira. Una y otra vez le han lanzado un hueso. En vez de aquietarse, ha gruñido más ferozmente. Sabemos, claro, lo que significa el paternalismo. Por lo general, es un soborno. “¿Qué puede hacer uno con un hombre así?” exclama el apoderado. Sí, un hombre como Patchen los arroja a ese dilema. Todo hará que sus demandas crezcan, que use lo que se le concede para sacar fuera su desdén y desprecio. Necesita dinero para la comida y el alquiler, dinero para el doctor, dinero para operaciones, dinero para medicinas: aún así sigue sacando libros bellos. Libros violentos disfrazados de una elegancia superficial. El tipo tiene un gusto poco común, algo que no lo contradice. ¿Pero qué es lo apropiado para un apetito culto? Mañana quizás esté pidiendo una cabaña junto al mar, o un Rouault, cuyo trabajo reverencia. O quizás un Capehart, ya que ama su música. ¿Cómo puede uno satisfacer un monstruo así?

 

Así es cómo la gente rica piensa en el artista hambriento. A veces, también los pobres piensan igual. ¿Por qué no se busca un trabajo? ¿Por qué no consigue que su esposa lo mantenga? ¿Tiene que vivir en una casa de dos habitaciones? ¿Debe tener todos esos libros, todos esos discos? Cuando resulta que este tipo de hombre es además un inválido, se vuelven más resentidos, más maliciosos. Dirán que ha permitido que su enfermedad haya tergiversado su manera de ver las cosas. “Es la obra de un hombre enfermo,” dirán, encogiéndose de hombros. Si él ruge, dirán “es la obra de un hombre impotente.” Si ruega y suplica, dirán “ha perdido toda dignidad.” Pero ¿si brama? Entonces dirán que es un enfermo sin remedio. No importa qué actitud adopte, está condenado de antemano. Cuando esté enterrado, lo venerarán como otro “poet maudit.” ¡Qué bellas lágrimas de cocodrilo se vierten sobre nuestros poetas malditos, nuestros poetas muertos! ¡Qué galaxia han conformado en el corto trecho de nuestra historia!

 

En 1909, Charles Peguy esbozó un morceau en sus Cahiers de la Quinzaine donde describía la por entonces inminente debacle del mundo moderno. “Estamos siendo derrotados,” empezaba, “derrotados de tal manera, tan completamente, que dudo de que la historia pueda alguna vez guardar registro de otra derrota como ésta que atravesamos…. Ser derrotados, eso no es nada. No significa nada. Por el contrario, puede ser algo genial. Podría serlo todo: la consumación final. Ser derrotados no es nada, pero hemos sido azotados. Incluso nos han dado una buena paliza. En algunos años, la sociedad, la sociedad moderna, incluso antes de que hayamos tenido tiempo de haber esbozado una crítica sobre ella, ha caido en estado de descomposición, de disolución, de tal modo, creo, que estoy seguro de que la historia nunca atestigüó algo comparable… Esa gran descomposición histórica, esa gran disolución, ese gran precedente que, si usamos un estilo literario, llamaríamos la caída de la decadencia Romana, la disolución del Imperio Romano, y que nos basta con llamarla, junto con Sorel, la ruina del viejo mundo, no es nada en comparación con la disolución y la degradación de esta sociedad, de la presente sociedad moderna. Sin duda, en tiempos del imperio Romano, había más crímenes y aun más vicios. Pero había infinitamente muchos más recursos. Aquella putrefacción estaba llena de semillas. La gente de entonces no sentía esta especie de promesa de esterilidad que tenemos ahora, si es que uno puede decirlo de esta manera, si esas dos palabras pueden ser usadas juntas.”

 

Luego de dos guerras aniquilantes, que dieron vida según Peguy a esta “promesa de esterilidad,” no subyace nada más que el vacío. El diagnóstico de una sociedad que devino luego el manifiesto del poeta y del pensador, y por supuesto, mucho más fuertemene hoy (incluso el hombre de la calle es consciente de ello), lo que Peguy describió como “un verdadero desorden de impotencia y esterilidad.” Será bueno recordar estas palabras cuando los asalariados críticos de la prensa (tanto de derecha como de izquierda) dirijan su poder fulminante contras los poetas de hoy. Es precisamente a los artistas con cierta chispa vital contra los que se vuelven para atacarlos viciosamente. Es al individuo creativo a quien acusan de haber despellejado la estructura social. Esta manía persecutoria pone de manifiesto que es el momento para que se pronuncie una palabra honesta. La atmósfera de todo el mundo moderno, desde la Rusia Comunista hasta la Norteamérica Capitalista, carga con la culpa. Este es el tiempo de los asesinos. La orden del día es: ¡Liquidar! El enemigo, el archi-enemigo, es un hombre que dice la verdad. Cada palmo de la sociedad está impregnado de falsedad y falsificación. Lo que sobrevive, lo resiste, lo que se defiende hasta en la última trinchera, es la mentira.

 

Quizás este diagnóstico tan confuso y miserable,” escribe Peguy, “es lo que, más imperiosamente que nunca, no debe hacernos claudicar. Uno nunca debe claudicar. Nuestra posición es cada vez menos importante, más aislada y amenazada; precisamente eso deja al país en manos del enemigo.

 

Todos aquellos que conozcan a Patchen se darán cuenta de que lo identifico con las ideas de Peguy. Tal vez no existan sobre la tierra dos individuos más diferentes que ellos. Tal vez no tengan nada en común, salvo el rechazo a comerse una mentira, el rechazo a claudicar aún en las horas más oscuras. No conozco ningún Norteamericano que haya insistido vigorosamente en que el enemigo lo llevamos dentro. Si se rehúsa a jugar el juego, no es porque ha sido abatido; es sólo porque nunca ha reconocido a esos fantasmas creados en el miedo y la confusión a los que el hombre llama “el enemigo.” Él sabe que el enemigo del hombre es el hombre. Se rebela por amor, no por odio. Dado su temperamento, su amor a la honestidad, su adherencia a la verdad, ¿no se explica entonces que diga que “no tiene otra opción (más que rebelarse)”? ¿Lo encontramos alguna vez entre esos otros rebeldes que meramente desean deponer a quien está en el trono para hacer buena migas con aquellos que azotaron sus manos? No, lo hallamos solo, en una pequeña buhardilla, afianzándose en un lecho de enfermo, dándose vuelta frenéticamente de un lado al otro como si fuera un prisionero en una jaula de acero. Y de hecho, en verdad, la jaula es real. Sólo ha abierto los ojos cada día para presenciar su desamparo. No podría claudicar aún queriéndolo: no hay nada frente a lo que claudicar, salvo la muerte. Yace al borde del precipicio con los ojos bien abiertos. El mundo que lo condena a ser prisionero se ha quedado dormido muy rápidamente. Él es furiosamente consciente de que su liberación no depende de la aceptación de la multitud, sino de la disolución del mundo que está estrangulándolo.

 

“No hay esperanza para el ser humano.” ¿Fue él quien lo dijo? En Albion Moonlight esta desesperación se expresa de manera artística: “Quiero ser una alfombra en una casa para gatos,” o en el título de uno de sus poemas, “The Furious Crown Conceals Its Throne” (“La Furiosa Corona Oculta Su Trono”). Así, parafraseando a Miró, las personas magnetizadas por las estrellas deben caminar al compás de la música de un paisaje rasgado. Así, dejamos solo a nuestro atávico amigo, el poeta, condenado a no poder habitar un mundo que nunca fue, que nunca será el mundo donde “las flores nacen de úteros relucientes.” Pero las flores siempre naceremos y los úteros siempre resplandecerán, en particular cuando el poeta sea acusado. Para él, la bestia es sólo un número, las estrellas del paisaje, el tiempo y el lugar de la creación aquí y ahora. Se mueve en un “círculo de destinos aparentes,” regido por un reino oscuro, maligno, acechante, desamparado en plena luz del día.

 

La noche se acerca una vez más. Y una vez más, el “reino oscuro” nos revelará sus esplendores. En mitad del siglo veinte, todos, absolutamente todos, estamos atravesados por un río de lágrimas humanas. No tenemos padres, ni madres, ni hermanos. Hemos vuelto al estado embrionario.

 

“Mandé al lenguaje a dormir,” dijo Joyce. Sí, y ahora también la consciencia empieza a dormirse.

 
 

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