La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Antonio Di Benedetto – Periferias de la Novela abril 21, 2010

Filed under: Literatura Argentina — laperiodicarevisiondominical @ 7:54 am
Tags: , , , , ,

 

En veros, quedé tan ciego que dixera que no os vi
(Boscán)

 

Probablemente recordemos al siglo XX como al siglo que se encargó, entre otras manías, de tergiversar de la mejor manera posible el concepto de novela. Los ejemplos acaso sean numerosos y acaso cada uno merezca un análisis que le sea apropiado. No podemos ciertamente pensar que Perec haya empezado allí donde Joyce dijo su última palabra; ambas apuestas parten de consignas netamente diferentes y concluyen, necesariamente, en horizontes diferentes.

 

La novela del siglo XX se funda sobre todo en un propósito: comprender que la esencia de lo novelesco no es ni la densidad de las caracteres ni lo conclusivo del relato, sino el cuerpo de una narración que, sirviéndose de todo tipo de procedimientos –poéticos, cinematográficos, pictóricos-, llega a convertirse en un órgano autárquico e indefinible a partir de ninguno de estos mismos procedimientos. Esa es la conducta de Huxley y de Gide, también la de Virginia Woolf: una sutil variación de la sinécdoque, resignificar las partes en nombre del todo.

 

La novela fue el fruto más dulce y mejor mordido del siglo XX ya que todo lo degustó sin tragar, todo lo falseó sin saber, todo lo aseguró sin corroborar: quiso ser absoluta, quiso quedarse con las esencias. El difuso ensueño que fue Nadja para Andre Breton, la retahíla de densos hologramas que le deparó a Lawrence Durrell El Cuarteto de Alejandría, tampoco narran en el sentido más llamo del término. Aún en el caso de los más prosaicos, como Bioy Casares, no nos convence del todo la idea de que el autor se abniegue a la trama. Hay densidad y espanto, no continuidad narrativa, en las mejores páginas de La Invención de Morel. Su tan recomendado asunto es poco más que un pretexto dentro de la obra.

 

A Antonio Di Benedetto se le imputan novelas lúgubres como Zama, enigmáticas como El Silenciero, pero a este respecto me parece en extremo acorde el caso de la que fuese su primera novela, El Pentágono.

 

En El Pentágono se cumplen dos zonas iluminadoras: la primera, narrar a partir del campo de detalles periféricos que hacen a un relato, a partir de todo lo que parece excusable, perecedero, al tiempo que lo axial permanece forzosamente oculto; la segunda, en consonancia con esto último, entender que lo axial pueda ponderarse y crearse a partir de las consignas de un prefacio, suerte de hoja de ruta que intenta explicitar una historia que, luego, en la novela, no vaya a comprobarse si no difusamente.

 

Di Benedetto prelimina El Pentágono como algo continuo, como algo incluso verificable, como si al decirnos A es B estuviera adiestrándonos en la maridaje de su obra. Ese adiestramiento es la lectura, lectura que, en la fe de quien lee, construye al relato por medio de una serie de inscripciones al margen, dificultades con las que bordear lo invisible. El prefacio es la sabia impostura que –ejecutando algunos caprichos del más especulativo Macedonio Fernández– da por supuesta una novela que no existe más que en apariencia. Son los contoneos con lo probable, la equidistancia entre lo presumible y lo adivinado, lo que forja el substrato narrativo. El tronco de la obra es evanescente, es oracular.

 

En ese vaivén en que nos demoramos, entre lo axial propuesto en el prefacio y lo periférico desenvuelto en símbolos esquivos, se crea todo un nuevo campo de significaciones, no sólo en lo que refiere al contenido del relato en sí mismo, sino también en cuanto a un cuestionamiento cabal de la forma y su vínculo con un lector que, inmerso, se deja llevar distraídamente por las figuras, los reflejos, las líneas de puntos que delimitan personajes, acciones, situaciones. El cuerpo narrativo supo existir y no existió. Es en mitad de esta contrariedad donde buscamos algún sentido a la obra.

 

Paul Valéry anotó en 1933: “Pocas personas conciben que se pueda hacer una obra que esté especialmente escrita – no pensando en dar al lector, sino, al contrario, pensando en recibir. Ofrecer al lector la oportunidad de un placer –trabajo activo- en lugar de proponerle un disfrute pasivo. Un escrito hecho expresamente para recibir un sentido – y no sólo un sentido, sino tantos sentidos como pueda producir la acción de una mente sobre un texto. Pero no hay que creer que esto es una novedad. Esto es sólo hacer de manera consciente lo que está necesariamente hecho de manera inconsciente en todos lo casos en que interviene el lenguaje.”

 

En El Pentágono los saltos al vacío, los golpes enfáticos de humor absurdo, las violentas interrupciones y el juego intraficcional es necesario para que buena parte de la novela sea dominada por el lector. A este respecto –creo que tan solo a éste- puede comprenderse el espíritu policial de Jimena Néspolo que, en largas y cansinas páginas, busca determinar en Di Benedetto a un innovador y en Julio Cortázar a un verificable plagista.

 

Ajeno al ornamentalismo de los naturalistas o la verborrea caleidoscópica de los barrocos, Di Benedetto manejó el detalle como una entidad única. Así, en El Pentágono lo que importa no es la despedida de los amantes en un cuarto, sino la revelación de un par de medias que quedó ahí, en un rincón, luego del desaire, amenazándonos con su condena: resistencia a esa otra periferia que es la memoria – inmódico sabor inane de lo que parece que nunca acabará puesto que nos hemos hecho una idea de cómo acabaría: todo sigue tristemente dentro de nosotros en lo que creímos que sería y no fue, y nosotros, perdidos en esa periferia de ilusiones para siempre incorregibles, inconmoviblemente pasadas, signos que nos transportan de la memoria al yo, del yo a la nada, de la nada al qué sé yo.

 

De esa infinitud que implosiona, de esos traspiés que caen sobre su propio vértigo, han nacido hombres como Di Benedetto.

 

Pero algo más nos embarga inevitablemente en su lectura. Puede que se trate de una sensación. Llamémosle un inconveniente.

 

A una –y acaso la única- de las más visitadas travesías de la literatura, Dante la dividió en tres instancias consecutivas (Infierno, Purgatorio, Paraíso), sabiendo acaso que en la vida éstos no se corroboran si no simultáneamente. Los seres que Di Benedetto creó trashuman página tras página urgidos por motivar esa consecutividad, pese a que nada pueden hacer para forjarla.

 

Creo que es suficiente un solo párrafo lúcido de cualquier novela de Di Benedetto para darnos cuenta que esta consecutividad es una figura sin correspondencia con nuestra vida. Atravesamos esas tres instancias no sólo simultánea, sino también eternamente, en cada palmo de todo lo que sentimos una eternidad, en todo lo que sabemos que, en nuestra finita medida humana, va a revelársenos eterno.

 

Hombres como Dante han llamado limbo a este inconveniente. Di Benedetto sintió su designio y lo transmutó en novela. Cuatro siglos antes, un español, Diego de San Pedro, escribió una de las primeras tentativas modernas de la novela en nuestra lengua. Lleva el título de Cárcel de Amor. Di Benedetto y muchos otros como él, vienen repitiendo de aquel primer esbozo la desilusión y el desconcierto.

 

 

M.A

 

 

One Response to “Antonio Di Benedetto – Periferias de la Novela”

  1. hugo savino Says:

    Martìn Abadìa: tu comentario es màs que justo, Di Benedetto era un maestro del detalle entre otras cosas. Me parece que tu nota nos dice que todavìa no empezamos a leerlo. Es un aire fresco leer estos comentarios que estàn, lejos muy lejos de la plomerìa filosòfica de nuestros profesores.
    Hugo Savino


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s