La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Enajenación, susurro y éxtasis: Radiohead y la cultura del fin del mundo mayo 12, 2010

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 8:21 am
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Lo que queda en lo que pasa

 

En alguna oportunidad me he referido a la dificultad que supone detectar la genialidad o la excelencia en el propio tiempo; la contemporaneidad es mucho más prejuiciosa que el pasado y el futuro, el presente se la pasa – paradójicamente – exigiéndonos fundamentos. El presente pone el piso más alto que el pasado y el futuro, y respecto al cielo, bueno, el cielo es exacerbado hasta adquirir el status de imposible.
Sospecho además que esta dificultad propia de la contemporaneidad se encuentra agravada en nuestros tiempos. No voy a perorar aquí acerca de la explosión de los medios masivos de comunicación y lo demás; todos lo sabemos demasiado bien, todos estamos descriptos por esa explosión y somos en ella. Innegablemente nuestro mundo se mueve más que los anteriores; la velocidad, además de haber sido tensada hasta límites que aún no conocemos, ha sido consagrada como rasgo – también paradójicamente – estructural. Todo es veloz, todo es susceptible de ser acelerado. En consecuencia, la acción paradigmática de nuestra era es el movimiento veloz, o dicho de otro modo: el pasar.

 

La misma lógica (la del pasar) es empleada en todos los rubros posibles; en el campo de la música pop (o rock, o popular, llámenla como gusten) esto es particularmente visible: todo está destinado a pasar rápido, lo más rápido posible. Incluso en esa inminencia del pasar radica muchas veces todo su valor. Nadie espera ya que los grupos vayan a durar 30 años juntos como los Rolling Stones; me atrevo a decir que hasta existe cierto recelo hacia los Rolling Stones por el mero hecho de que aún se puede adquirir una entrada e ir a verlos en vivo. ¡Cuánta mitología se desperdicia por ese no-pasar, por esa perseverancia spinoziana!
Cuando se habla del pasar, no sólo se hace referencia a las cuestiones empíricas (un grupo que se descompone, un solista que pasa de moda por sus tropiezos narcóticos) sino también a la calidad de lo producido. Tampoco aguardamos hoy, al menos a nivel popular, la obra grandilocuente y eterna al estilo White Album o The dark side of the moon; no esperamos trayectorias brillantes ni rachas de discos perfectos. Se me podrá decir: no dejamos de desearlo. Concuerdo. Pero desear no es esperar. Claramente no lo es.
 

Ninguno de nosotros espera a los nuevos Beatles, en parte por la nostalgia que tantas veces nos define, en parte porque, de pensar que unos nuevos Beatles son posibles, gustamos de imaginarlos en un siempre-futuro que escapa tanto de nuestro tacto como el glorioso pasado.

 

Tamaño problema se me presentó, en este marco, cuando me topé con Radiohead. Aclaro que no soy uno de esos fans-desde-la-primera-hora que tantas ínfulas emparentadas con el derecho de propiedad saben mostrar a menudo. No ratifico ningún fundamentalismo ni propongo ningún ranking. Sólo pretendo hablar sobre el más valioso descubrimiento musical de mis últimos diez años; en otras palabras: pretendo hablar de lo que queda en lo que pasa.

 

 

Mutantes

Quiero tener control / Quiero un cuerpo perfecto / Quiero un alma perfecta / Quiero que te des cuenta / Cuando no estoy a tu lado / Eres tan jodidamente especial / Pero yo soy un bicho raro, un desgraciado
Yorke, Creep

 

Creo que en última instancia no hablo de otra cosa que de calidad; “lo que dura lo crean los poetas” dijo Hölderlin y creo que algo de eso hay. La música en más de un aspecto es poética, máxime cuando lleva acompañamiento lírico, y cuando alguna música logra perdurar es porque forja algo cierto, algo fuera del tiempo y a su vez decididamente de su tiempo. Radiohead es un caso testigo al respecto; expresa como pocas otras manifestaciones la abulia esquizoide y sobre-estimulada de los 90 pero sincrónicamente deja gestos y canciones para la eternidad, trabajos soberbios desde lo musical, algunos decididamente reveladores, composiciones-faro que alumbran tanto el camino recorrido hasta allí – léase los-grandes-del-rock – como el futuro.

 

Si hubo un término que cobró relieve en la década del 90 fue el de aburrimiento. Ciertas victorias en luchas en las que no habíamos peleado nos convidaron a hundirnos en una felicidad completa y constante, una felicidad saturada. La cultura decía eso: el adolescente era por primera vez adolescente (ya no matrimonios precoces, ya no bombas ni panfletos) y debía hacerlo valer. La cultura decía eso pero la realidad decía otra cosa. La realidad es aburrida, las personas que conforman la realidad son aburridas, el tiempo es aburrido cuando se lo tiene tanto en cuenta. Matando lo que siento y todo lo que toco se convierte en piedra escribe Yorke. El mundo veloz del que hablaba más arriba, el mundo hipercomunicado, puede convertirse en piedra; puede congelarse en un paisaje brillante e inmóvil con solamente recordar en un éx-tasis del pensamiento aquello en qué consistía el ser humano.

 

Ignoro si esta época que nos bautiza y moldea se extenderá en su frenesí hacia otra era o si, contra las numerosas previsiones apocalípticas, acabará siendo una época más, con un planeta y una cultura que continúen soportando sus propios atropellos. Si sé que vivimos en una época repleta de inminencias: algo debe cambiar, no sabemos qué, mucho menos cómo, pero algo debe cambiar. Somos mutantes a medio camino, en plena metamorfosis, tensando valores y tecnologías, tragando azufre. Éramos demasiado jóvenes para dormir / Demasiados cínicos para hablar / Un puto siglo veinte / Y estamos agradecidos por Nuestro pulmón de acero se escucha en My iron lung. La noche se hizo interminable, la noche en su doble filo de diversión exhaustiva y agujero de sombra; dormir es para los débiles y hablar para los ilusos. Hablar… ¿Hablar de qué? ¿Para qué? ¿Para quién?. Sin descanso ni palabra para decir con sentido; cualquiera que haya sido joven en los 90 comprenderá de inmediato.

 

Siempre entendí a Thom Yorke como una mezcla de Kafka, David Lynch y David Bowie. Hay en él – además de un talento musical difícil de empardar hoy día – un mix insondable de cinismo, temor y ternura. Frecuentemente parece estar narrándonos la aridez del infierno desde una agradable reposera en Malibú; no necesita cortarse las muñecas ni desbarrancar por hospicios y cárceles para ser un maldito. Parece (y en este punto el parentesco con Kafka me resulta patente) mostrarnos el mapa del averno con la naturalidad cansina del que ya está perdido – o salvado – de todo. La suya, como la del inmortal checo, es una expresión mutante, la expresión de un hombre mitad profeta mitad insecto que registra con su implacable y primitiva vista la torsión interminable de la realidad. Como en Fade out: Hileras de casas, todas dirigiéndose a mí / Puedo sentir sus tristes manos tocándome / Todas aquellas cosas en todos sitios / Todas aquellas cosas que un día tomarán el control (…) Se un chico de mundo, forma un círculo / Antes de que todos sucumbamos (…) Huevos cascados, pájaros muertos / Gritan como si lucharan por vivir / Puedo sentir la muerte, puedo ver ojos redondos, brillantes y saltones.

 

Se ha sabido que Thimoty Leary, el afamado líder-dealer de la psicodelia, veía en los Beatles cuatro mutantes diseñados por Dios para plasmar la perfección en la tierra; una perfección sumamente no-humana. Radiohead es una subida de apuesta en ese juego: hasta su impronta estética refirió desde un principio a la metamorfosis física y mental. Los pruritos de Heidegger, Marx y tantos otros al respecto se quedaron cortos: el mundo cibernético se teme a sí mismo ya de tanta virtualidad. Estamos todos (inter)conectados a algo que no entendemos ni podemos dominar. ¿Deberíamos sentirnos felices o abatidos? ¿Nos tendríamos que mantener callados o explotar en un aquelarre de gritos guturales? Nadie lo sabe muy bien pero, por si acaso, Radiohead ya le puso la banda de sonido.

 

De The nacional anthem: Todos / Todo el mundo por aquí / Todo el mundo está tan cerca / ¿Qué pasa? / ¿Qué pasa? / Todos / Todo el mundo está tan cerca / Todo el mundo tiene miedo.

 

 

En el país de la ciclotimia

 

Ignoro qué es exactamente lo que separa en mi gusto a Radiohead de las demás bandas contemporáneas. Prefiero por reglas ignorar las razones por las que me agradan las cosas; ¿qué quedaría de ellas una vez seccionadas y analizadas minuciosamente?. No obstante tengo en claro que el rasgo distintivo más poderoso de Radiohead estriba en su ciclotimia, rasgo que comparte con Lennon, con Gismonti, con Piazzolla, con Dylan. Un golpe y un susurro, la furia y la serenidad narcótica del pos-trauma, el alarido y la caricia. A veces olvidamos que el arte consiste capitalmente en saber mezclar elementos dicotómicos, heredados o creados, con felicidad. Todos estamos en un solo día, en un día cualquiera de nuestras vidas, varias veces en el cielo y en el infierno. Lo dijo Borges y lo sostiene Yorke. Vaya si lo sostiene.

 

Por supuesto, la ciclotimia no es un juego dócil, tiene sus propios vaivenes, su equilibrio, una serie micro-cambios y de gradaciones internas que la regulan. OK Computer es el álbum en que Radiohead logró domar a la bestia mejor con más presteza que nunca. Si digo que es uno de los discos de los 90 no revelo nada; de aparecer en cualquier otra década también hubiese hecho ruido. El tema es que OK computer no sólo es un disco de los 90 sino El disco sobre los 90. Extraer lo universal de lo particular; así entendieron la tarea del arte muchos poetas y pensadores. De eso se trata el álbum, porque debajo de todas las especificaciones epocales encontramos lo de siempre, ese puñado de cosas por las cuales el hombre occidental hace siglos viene triturándose cabeza y corazón: el amor, el miedo, la muerte, la felicidad, la soledad. Paranoid Android, acaso una de las composiciones más brillantes de los últimos 25 años, es persuasiva al respecto: Por favor podrías detener el ruido, estoy intentando descansar de todas las voces de pollitos en mi cabeza (…) Cuando sea rey, serás el primero contra la pared. Con tu opinión que no es para nada importante (…) Llueve. Llueve. Vamos, que llueva sobre mí. Sobre mí. Desde una gran altura (…) El polvo y los gritos. Los yuppies negociando El pánico, el vómito. El pánico, el vómito. Dios ama a sus hijos. La angustia es furia y es terror, arriba y abajo, el cielo y el infierno. Algo teníamos que vivir y quizás sea eso: una bonita estadía en el país de la ciclotimia. No está mal teniendo en cuenta que, en nuestros días, lo que nos libera nos esclaviza, lo que nos ofrecen nos piden y lo que usamos para vivir a menudo nos mata.

 

Mome

 

 

2 Responses to “Enajenación, susurro y éxtasis: Radiohead y la cultura del fin del mundo”

  1. Hen Says:

    Ritmo velociferico y detención, decía Goethe promediando finales del siglo xviii…
    “Somos accidentes esperando a suceder” dice Yorke.

    El viaje de escuchar los discos de Radiohead es sinuoso y diferente a medida que se atraviesa. No puede ser asimilado todo en una misma época.
    Interesante también es The Eraser.

    “porque pertenece a menos gente,
    es más libre y más grande el río de mi aldea”
    dice Pessoa.

  2. eckbeduan Says:

    Aclaraste varias cosas que tenia en la cabeza,es una banda y una droga…que dependiendo de la persona qye seas variaran los efectos


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