La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Enrique Bunbury: canciones que no olvidan mayo 24, 2010

Filed under: música — laperiodicarevisiondominical @ 3:07 am
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Del amor, la tierra, el pueblo, el viaje de ida y también el regreso. La pena, pero también la rabia; la salida, la venganza, la ambigüedad, las promesas rotas. Y la voz, melodramática, nunca mezquina, que recorre un camino que anuncia el pronto naufragio. Enrique Bunbury desde que comenzó su carrera solista ha buscado un lugar donde ubicarse. Y lo sigue buscando. La música del cantante español es un permanente transitar. Ir de paso. Explorar un continente, intentando sacarle la máscara y conocer una geografía que, de primeras, resulta esquiva.


Los primeros discos desde que dejó Héroes del Silencio han sido eso. La incorporación de sonidos latinos, han llenado su música de una densidad donde los matices son también protagonistas. El viaje es también un adquirir. Ir llenándose de una cosmovisión, pero luchar contra el estereotipo. Intentarlo, al menos.


La ranchera, la tonada, el corrido, el bolero; voces populares que funcionan como escenas de una América menor. Lejos de la gran ciudad, de la urbe, está la periferia. En el barrio, en las barriadas de un continente contagiado de influencias, esos sonidos que apelan no a la exhibición del deseo, sino a la constatación de lo que sucede con la naturalidad y la franqueza del que padece la escena. Es el ritmo de la pena, de la desilusión y frustración, mezclado con la violencia del que sabe que la justicia, a veces, sólo es esa que se aplica con las propias manos.


Desde el Radical Sonora, pasando por Flamingos o el Pequeño, Bunbury estaba generando un recorrido que sólo podía desencadenar en un disco doble que rescataba parte de su pasado musical, sumando experiencias en América e incorporándole las visiones, sensaciones, delirios y el ritmo del continente. Es El Viaje a Ninguna Parte el destino de ese recorrido. Las canciones encuentran, finalmente, su lugar, en la incertidumbre y el vértigo de la distancia. La voz quebrada, las melodías siempre a punto de desprenderse, el tono opaco que sufre de pequeñas arremetidas de fiesta.


Canto porque me levanto siempre con las mismas penas, con las heridas abiertas que siguen sin cicatrizar. Vago por las veredas, por desiertos, por la selva, surcando los anchos mares, hacia ningún lugar. Canto porque me canso de dar explicaciones, no tengo soluciones, ¿Para qué tanto preguntar? Salto de cama en cama, de boca a boca, de falda en falda. No vuelvo por donde vine, nunca miro hacia atrás. Y no hay ni mejor ni peor, pues con la gente que tropiezo, sufren del mismo dolor. No hay mejor ni peor, si estás quieto o en movimiento, sufres el mismo dolor, estás igual, el mismo dolor. Canto porque me harto de lugares concurridos, de esquemas aburridos para conseguir seguridad. Porque de aquí a otro lado, crías cuervos y te comen los ojos luego. Canto porque me levanto siempre con las mismas penas. (Canto El mismo Dolor)


El acercamiento al territorio tiene múltiples maneras. Una de ellas, se sabe, es a través de la música. Hay un riesgo en el modo de apropiarse del ambiente, del entorno: el panfleto de lo pintoresco. Sin embargo, Bunbury deja claro que las interpretaciones son sólo una aproximación al mensaje que siempre está más allá. Al otro lado; burlando la clasificación para subvertir el principio del orden. El cantante español compuso un disco intentando despojarse de la visión Ibérica. La mirada del colonizador y del colonizado se debaten, como si, en el fondo, la disputa no hubiese terminado.


El sujeto de El Viaje a Ninguna Parte discute con lo que fue, discute con su propia historia. Las influencias, todas identificables, todas parciales, arman un artista que reinterpreta la tradición de la canción popular. No quiere hacer del rock un ejercicio de élites, sino teatralizar un concepto y transformarlo en una propuesta personal. En el fondo, las canciones de El Viaje a Ninguna Parte, nunca pierden su carácter de piezas individuales, creadas por un artista que sabe de parcialidades. Un Enrique Bunbury que condiciona su individualidad a una serie de influencias que proyectan un artista dentro de una tradición.


En la pulpería de Lucita paso las tardes enteras viendo como se pone el sol por el malecón. No hay tristeza mayor que verla perder la cabeza con el gringo que se tropieza, ¡por un cuartito de ron! (En la pulpería de Lucita)


Al oír el disco podemos dibujar un paisaje de pueblos y canciones. Personajes, mujeres, traiciones y desilusión, que no son más que fragmentos de una historia que siempre es amarga, que siempre se tuerce hacia el otro lado. Y ésa es una de las virtudes de este disco: la creación de un espacio propio. Rumores, murmullos de otras conversaciones, que configuraron un lugar.


Este vano correr tras lo imposible. Este mapa de incauto navegante. Este vivir un rato para morir más tiempo. Para al final morder el anzuelo y caer en la trampa. (El anzuelo)


La idea es no caer. Dentro de todo, Bunbury arremete con la idea de rectitud, la cual no tiene otra explicación que la consecuencia con los ideales de independencia material y espiritual. Rescata la figura del hombre que vive alejado del mundo, intentando encontrar un secreto en los paisajes de algún lugar. El ideal romántico del hombre que se desprende para vivir en plenitud. El Viaje a Ninguna Parte es el aviso de que en América hay una historia oculta, lugares aislados, pueblos alejados de la sobremodernidad. Situaciones cotidianas, con pasiones desbordadas y canciones que dan cuenta de una ausencia infatigable. Enrique Bunbury configuró el camino, y lo hizo cantando en el tono. No tuvo temor de visitar la historia sonora, ni ocultó sus intenciones de figurar los dolores. Encontró la canción que muchos se avergüenzan de cantar.


R.S

 

One Response to “Enrique Bunbury: canciones que no olvidan”

  1. ANGEL Says:

    SERIA UN EXITO BUNBURY QUE SACARAS UN DISCO A TRIBUTO A JOSE ALFREDO TOMALO EN CUENTA VALE ….


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