La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Hemon: el ruido que dejamos al partir junio 7, 2010

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 8:17 am
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Desde diversas fronteras, desde diferentes voces. Apelando a lo coral, teniendo en claro que la literatura es también un asunto de montaje. En El Hombre de Ninguna parte, novela del escritor de origen bosnio Aleksandar Hemon, la construcción de una biografía –de una historia que se centra en un individuo- y la búsqueda de identidad del sujeto, son constantes del relato. Hay más, sin duda, pero los dos elementos antes mencionados apelan a una escenografía específica. Me refiero al modo en que entendemos la literatura y los conflictos tratados: la sospecha ante la representación, la concepción del montaje literario, la duda frente a una versión única de las cosas. Y también, en el mismo marco, encontramos un escenario donde la identidad es un concepto que nunca finaliza, imposible de amarrar.


En un principio, se trata de seguir el rastro de diversos narradores que van dando cuenta –directa e indirectamente- de la vida de Jozef Pronek. Cada capítulo es una voz que conforma un contexto. Cada voz es un escenario, una perspectiva y un conflicto. Sarajevo, Ucrania, Chicago. La infancia, la adolescencia, una juventud en el ejército, una vida universitaria en permanente desasosiego. Y también la vida en el extranjero: visitando a los ancestros en Ucrania y compartiendo habitación con un norteamericano, su paso por Greenpeace, los amores, la dureza de no pertenecer. Pero también el peso político: la Guerra de Bosnia con el simbolismo de ir borrando la infancia del protagonista.


Hemon no utiliza la formulación lineal. La estructura es difusa, parcial. Siempre alertando al lector de que lo que se cuenta es lo que se pudo rescatar. El trabajo de los narradores, en ocasiones, es justamente ése: decir sólo lo que presumen saber, y no descartar que las cosas hayan podido ser de otra manera. Dejar abierto el relato. No extorsionar al lector con la totalidad, con el absoluto, sino lanzar la inquietud primera: desconfía de todo aquel que cuente una historia.


Un ejemplo del trabajo que realizan los narradores en El Hombre de Ninguna Parte lo podemos ver en la siguiente cita:


Y aquí estamos: él de rodillas, sangrando, rodeado por los restos del desastre. Mareado por la violenta adrenalina, cierra los ojos y espera a que Rachel deje de sacarle fotos, le toque la mejilla y le redima. Una mano le toca la cara, de manera tierna, delicada, desliza las puntas de los dedos por el hueco de su mejilla. (…) Pero no sabe que la mano que le acaricia la mejilla es la mía. No puede oír cómo le digo: “Ne placi. Sve ce biti u redu”. Cálmate, le digo, todo volverá a su lugar. Vamos a echar un vistazo a los destrozos. Vamos a recordar cómo llegamos hasta aquí. P 234


Pronek en el suelo y el narrador que nos relata la historia entra a escena. Y no sólo da ingreso al curso del relato como un observador privilegiado, sino que rompe la secuencia narrativa anterior, y se incorpora al texto como un protagonista más de la obra. Lo toca. Como si la ausencia en un cuadro no fuera más que una ilusión. Como si en realidad, en toda narración el que cuenta siempre está. La autonomía de la ficción se desmantela mostrando el molde, el simulacro, haciéndolo evidente.


En la novela hay otros ejemplos: uno de ellos es el cambio de perspectiva cuando Rachel ingresa a la habitación con Pronek. También hay un juego reconstructivo cuando otro de los narradores, en el capítulo segundo, se siente incapaz de dar cuenta de la vida del protagonista en Ucrania, y cuando no puede traducir unos documentos que agregan información sobre la vida de Pronek.


Identidades



Viajar. Recorrer algunos países, sin extrañar. El descontento, la apatía, cierta desidia natural, es por otra cosa. Tiene, esto último, más que ver con una manera de sobrevivir que con una rabia postiza. El lugar de origen, para Pronek, le entrega un idioma, amigos, algunos amores, cariños y afectos. Pero no duda al irse. La posibilidad de extrañar el lugar de origen no es razón para permanecer. Como tampoco descubrir el pasado familiar es razón para moverse hacia otro lugar. Las razones tiene más que ver con el individuo que con un planteamiento colectivo: futuro, novedad, misterio, sanidad mental. Pero aparece la guerra. Y es en ese momento cuando, aunque no quiera, empieza a ocupar un rol ante los ojos de los demás. La idea del refugiado, del hombre que escapa de la guerra, lo convierte, de inmediato, en una categoría social.


Admiro a la gente como tú, que es la esencia de este país: los pobres desgraciados que vienen y se convierten en americanos. P.157


Pierde amigos, familiares, gente que conocía. Su mejor amigo le escribe una carta preguntándole cuándo piense volver. Los norteamericanos le preguntan de qué lado está. Pronek, lo que se nos dice de él, analiza los hechos con calma. Su Sarajevo ya no existe.


No podemos fijar una imagen del protagonista. Es una figura que va dibujándose a medida que alguien nos relata algo sobre él. O no directamente sobre él: a veces algún narrador relata una historia donde, de manera tangencial, Pronek aparece. No es seguir una pista; es esperar que aparezca.


Escenarios


Hemon escribe amplificando el misterio que tenemos cuando vemos una escena. Va hacia atrás, va hacia delante. Realiza un corte temporal y elige el escenario que pretende narrar. Lo cuenta, pero sabe que nunca podrá contarlo todo. Necesita a otro. Un sujeto que vea la escena desde otro lugar y relate lo que ve desde allí. Profundizar el conflicto. En definitiva, completar la escena con más piezas.


Los narradores de Hemon no avisan. Narran: se dejan llevar como si todo fuera un ejercicio narrativo y no estuvieran sujetos a las secuencias –digamos, lógicas- del argumento. Narran un sueño, y no advierten; narran una posibilidad de desarrollo, y no se retractan. Todo lo que pudo ser también es parte del texto.


Hay momentos donde la literatura ya no sabe de finales. Y El Hombre de Ninguna Parte es, justamente, eso: un texto que se escriben sin la idea que conocemos de comienzo y final. El protagonista quedó en una habitación destrozada, de rodillas, siendo fotografiado por su novia. El narrador lo invitó a recordar. Y en eso estamos: fijando ruta.



R.S

 

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