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Lispector: Lo que pesa septiembre 8, 2010

Filed under: Literatura Brasilera — laperiodicarevisiondominical @ 8:30 pm
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Los cuentos de Clarice Lispector nunca dejan de molestar. Como anotaciones que quedan, como pedazos que intentan romperse en más pedazos. Como cuentos fríos que adornan la historia de ciertas familias, y que son peso, duda, tal vez fatalidad. Una lectura que más que planear horizontes, los confunde todos.


No es reproducir los intentos, sino desplegar el artificio del relato. Mostrar esa hebra que acompaña el texto, y que desemboca, sin aviso previo, en un precipicio. Asumir que no estamos en presencia de cuentos que procuran hacer patente la realidad de las cosas, sino de transitar por los diferentes estados y situaciones que se ocultan tras el velo. La cotidianeidad de los relatos de Lispector son una trampa armada. Hay algo que duele, y no es sólo la desilusión; hay algo que arde, y no es sólo la mentira que se debe guardar; hay algo que sangra, y no es sólo la confesión lanzada al azar. Es un fragmento que pide no escribirse, pero que se escribe igual. Mancha que esconde otras manchas. Y si vas tras la mancha, te quedas en ella. No sales. O sales con todo el cuerpo manchado; marcado con las huellas de una batalla cotidiana que anunció, desde un principio, que no ibas a ganar.


Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme (Restos Del Carnaval)


En los relatos, un cuerpo que se esconde. En “Mejor que Arder”, por ejemplo, está el secreto del deseo que busca liberarse y no sabe cómo. Pero no sólo ahí: también en “El Primer beso”, y el artificio del cuerpo que construye una identidad. O en Una Gallina, donde cierta compasión se convierte en un símil de la dominación. A Lispector hay que acercase, en consecuencia, siempre con la mirada puesta en la escritura femenina. Una escritura que se ubica desde el cuerpo, entendiendo que el lenguaje y las maneras de acercarse a lo femenino son también una construcción social. Lispector aborda el discurso con el que comúnmente se ha tratado la mujer, y escribe no una nueva versión, sino un texto que constata el silencio, el secreto, cierta represión. Pero encuentra rutas; explora mecanismos que narren la fantasía infantil y la desilusión dada por el entorno. Una manera de patentar la promesa que te rompen.


No, había que comprar a la mona adecuada, saber su origen, tener por lo menos cinco años de garantía de amor, saber lo había hecho y lo que no, como si fuera para casarse. (Monos)


“Con fuerza y subversión – con furia si es necesario”, dijo Luisa Valenzuela respecto al modo en que las mujeres debían encarar la escritura. Y Clarice Lispector transita en esa frecuencia. No es sólo el ritmo de una prosa, que juega con el monólogo interior, y entrega imágenes, luces, sino también la actitud de desatar una vida doméstica condicionada por un lenguaje dominante. Subvertir esos textos que intentaron aproximarse a la mujer, pero desde afuera.


…sentada en el borde de la cama con la chinela balanceándose en el pie. (Devaneo y embriaguez de una muchacha)


Clarice Lispector decía que la escritura era un oficio, dominado por cierta necesidad de expresar aquello que no se soporta más. El punto exacto donde lo interior requiere convertirse en una exterioridad. Para que no pese tanto, o pese de otra manera. Poner el cuerpo en palabras. Escribir el cuerpo que es también desde donde se escribe.


R.S

 

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