La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Anexo Dossier Salinger febrero 1, 2010

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In Memorian (1 Enero de 1919- 27 de Enero de 2010)

 

(Click en lo que quieras leer)

 

Bye Bye hombre impalpable, por Mome

 

Siempre en despedida, por Roberto Santander

 

Carta sobre los derechos de adaptación de The Catcher in the Rye

 
 
 

Bye bye hombre impalpable

Filed under: Dossier Salinger — laperiodicarevisiondominical @ 9:33 am
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Fuego y madera, el estricto sello del tiempo clavado en las pupilas; nada fatiga tanto como la obstinación de no responder. El mundo está hecho de barro y de sangre. Lo dijo Marx, aunque debería haberlo dicho Shakespeare. O Sócrates, salvo que Sócrates…bueno, todos sabemos de eso, todos estamos hechos – además de barro y de sangre – del nombre que Sócrates le impuso a las cosas y, especialmente, a las no-cosas.

 

Así las cosas ¿es la sangre que dilapidamos y glorificamos la que busca desesperadamente el desapacible frescor del barro? ¿O será el barro el que se abalanza sobre nosotros, el que se nos cuela con sus artilugios de vendedor de feria hasta hacerse de nuestro interior, nuestro tan ponderado y desconocido interior?

 

Leer a Salinger es similar a caer desde un piso 20, pecho al frente, brazos extendidos como en una crucifixión de nitrógeno, oxígeno y gases raros, ojos ciegos bien abiertos como dice el poeta y un yunque en el alma, hasta explotar de frente contra el incorrompible pavimento. En otros términos: leer a Salinger es comprobar la sangre y el barro a borbotones manando del pequeño y exhausto diamante que llevamos dentro a pesar de todo. Leer a Salinger es vernos a nosotros mismos desde afuera, vernos como en realidad somos o podríamos ser: algo así como el vómito de un dios.

 

En cierto sentido, las noticias son confirmaciones repentinas de alguna certeza que venimos masticando día tras día aunque siquiera caigamos en la cuenta de ello. Vamos, queridos lectores, seamos sinceros de vez en cuando: vivimos andando con los bolsillos cargados de certezas, aguardando en silencio y pacientemente que se cumplan, es decir: que se empapen de esa lámina indescifrable de lo real. En nuestra época estamos preparados para lo peor, para lo impensable, lo inverosímil; cuando esto llega – sea en la forma de horrendo terremoto, corrupción policial o noche interminable de sexo con aquella presa que sabíamos imposible – no es más que una corroboración. Pataleamos por supuesto, actualizamos (en el sentido plenamente aristotélico) nuestra alegría o nuestra congoja, parodiamos la sorpresa con mayor o menor habilidad, pero de algún modo sabíamos de eso que llamamos “noticia”, de algún modo ya estábamos viviendo con y en ella.

 

Especialmente si la protagonista estelar de esa noticia es la muerte. Muy especialmente si la muerte bautiza a uno de sus trofeos más añejos. Más especialmente todavía si dicho trofeo se llama J.D. Salinger, el hombre que ya estaba muerto.

 

Nosotros los occidentales, que identificamos ser con presencia como bien lo denunció Martin Heidegger, dábamos por muerto a Salinger hace ya mucho rato; con más exactitud: desde el momento en que decidió transformarse en el hombre impalpable. Cualquiera sabe de la reacción de Salinger al monumental éxito de sus libros; no se trata del primer hombre huraño ni tampoco del último, pero conjeturo que sí se trata de un ejemplo extremo en lo que tiene que ver con la radicalidad de su misantropía. La misantropía en los tiempos de la exposición compulsiva, la reclusión en la era de la publicidad total. Ahí creo que descansa la gracia de la broma.

 

Si partimos de la base de que la escritura es un oficio solitario y toda la retahíla sentimental o pseudo-psicoanalítica que puede comparecer detrás de ese tipo de afirmación, no debería extrañarnos la inflexible postura de Salinger. Como prueba de ello, vayan ahora mismo a los portales de los grandes periódicos mundiales y hallarán parvas de pequeños alegatos insubstanciales sobre la hosquedad el escritor muerto. Lo digo con franqueza: no me interesa tanto el proceso de mitificación con que fue investido la persona de Salinger; cada uno vive como quiere o puede, en definitiva la vida de un ser humano no tiene nunca demasiado interés para los demás excepto en el amor o en las ansias de chismerío. Considero factible incluso que el propio Salinger haya edificado cuidadosamente el mito para sacralizar su figura o simplemente para tirarse a descansar durante 40 años sin que nadie se lo reproche seriamente. A mí lo que me interesa – tal vez sea lo mismo visto desde otro rincón – es la literatura de Salinger, o mejor dicho cómo la literatura de Salinger transformó a un hombre en escritura, en palabras, en la época de la brutal “mostración” de la individualidad en forma de espectáculo.

 

De Seymour: Una introducción: “No se puede discutir con alguien que cree o sospecha con igual pasión que la función del poeta no consiste en escribir lo que debe escribir, sino en escribir lo que escribiría si su vida dependiera de asumir la responsabilidad de escribir lo que debería, en un estilo que excluyese la menor cantidad humanamente posible de viejas bibliotecarias”

 

Salinger llevó el “síndrome de Wakefield” al extremo, pero seríamos ingenuos si pensáramos – como piensan la mayoría de las necrológicas del día, insisto – que la “desaparición” simple y llana era todo el objetivo de Salinger. De ningún modo: Salinger no quiso desaparecer sino más bien convertirse en palabras, pocas por cierto, en historias perfectas e irreales, en escritura. El autor no existe, aseveran desde la teoría literaria más tajante, lo que existe es la escritura. Salinger se tomó en serio este precepto, salvo que no lo tematizó con guiños meta-literarios ni lo apoyó con libros o conferencias carísimas en universidades mediocres al respecto; Salinger aplicó el precepto a su propia vida (siempre en fuga, desapareciendo paulatina e incesantemente) y jugó con todos nosotros para ver cuán capaces somos para soportar nuestras propias teorías. El hombre Salinger se convirtió en escritura y se sentó a mirarnos, sonriente y cáustico, desde el balcón de alguna blanca mansión para percibir nuestra desesperación. Si queríamos literatura, ya la teníamos: los 4 libros básicos de Salinger no suman entre sí las páginas de una novela consagratoria para cualquier autor digno o ambicioso pero dicen mucho, muchísimo más, que todos los libros de todos esos escritores juntos. Lo que ocurre es que no nos conformamos con la literatura, esas 4 joyas no nos bastan y, en el mejor de los casos, reclamamos por nuevas entregas geniales de las que nos consideramos acreedores. En el peor, demandamos entrevistas, apariciones, fotografías, opiniones sobre otros escritores, detalles morbosos de la vida de una celebridad millonaria.

 

Pero Salinger, tras la fachada de la furia legal que le permitieron los millones que la propia literatura le regaló, esboza una sonrisa gigante al negarse a participar del número. Salinger se niega a eso por lo que los demás suelen envilecer sus vidas con tal de lograrlo durante unos minutos. Se ha dicho todo ya respecto a la causa de la desaparición, se lo ha llamado a Salinger grosero maleducado, psicótico, pervertido, huero, vanidoso. Digan lo que digan, tengo mi tesis personal: Salinger probó al mundo entero en su contradicción para reírse de él. Si semejante conducta ingresa en los cánones de la “normalidad”, la “maldad” o el “vedettismo” poco importa; en última instancia son categorías fraguadas que utilizamos sin saber qué diablos significan. Un hombre se tornó impalpable, prefirió convertirse en un puñado de historias soberbias y defender la cuestión con las propias armas que el sistema de la “normalidad” en que vivimos proporciona en libros codificados, a cambio de algunos billetes. Le alcanzó con eso para un par de revuelos y para perturbar (igual que en sus libros) a todas las sectas del pensamiento. Quizás ahora, que está muerto, la gente se olvide de las fábulas fisgonas y comience a leerlo; quizás ahora que está muerto la gente comprenda que el hombre se había reducido – o expandido – a palabras, a pura escritura.

 

Porque el muñeco de barro y sangre también cuenta con la incesante pulsión de mismidad que llamamos “pensamiento”; mismidad que nada tiene que ver con la identidad sino más bien con un zumbido indestructible y ahogado como el que un radio a transistores suele soplar cuando es encendido, un zumbido que nos cuenta de nosotros sin referirse a Cógito o Yo Trascendental alguno. Del (perfecto) relato Para Esmé, con amor y sordidez: “Entonces, de pronto, e la forma ya conocida y sin previo aviso, le pareció sentir que su mente se desplazaba, se bamboleaba como un bulto mal asegurado en el portaequipajes de un tren. Enseguida hizo lo que había estado haciendo durante semanas para arreglar las cosas: se apretó fuertemente las sienes con las manos”

 

Murió (al menos para el que escribe esto) el más grande escritor de los que aún vivían, un genuino artista de la palabra, un insinuador profesional, corrosivo hasta el paroxismo y aterrado por la santidad a la vez. Murió un escritor cuyo minimalismo perfecto – sólo comparable al de Borges – creó una escuela inimitable. Si leyeron a algunos de los novelistas que intentan remedarlo sabrán a lo que me estoy refiriendo. Claro que al mismo tiempo estampó un color de voz y una actitud refractaria (especialmente a través de Holden Caulfield, acaso el personaje más importante de la literatura reciente) sin las cuales la narrativa posterior sería ininteligible. Sin las cuales la literatura actual no sería la misma.

 

Murió el hombre que desde el más absoluto individualismo borró a su vez todos los rastros de su individualidad. Ahora queda su obra, inmortal e imperecedera, bla, bla, bla; seamos francos: no alcanzará tampoco con eso…ya nos abalanzaremos sobre las bateas atiborradas por los papeles que sus herederos o albaceas encuentren en cajones tramposos. Creo que además de su obra, la ya descubierta o la que aún está por ser explotada, lo que nos queda de Salinger es el silencio como herencia legítima, el silencio como talante esencial frente al mundo y el ser humano. En este punto asalta mi mente el nombre Arthur Rimbaud, algo más precoz en su decisión pero no por eso menos afín al credo mudo de Salinger: a menudo la única forma legítima de coherencia es el silencio más sepulcral de los silencios.

 

Murió Salinger, el hombre que ya estaba muerto. No sé si estoy triste o contento pero eso no importa: la muerte nunca es muy precisa a la hora de suscitar sentimientos.

 

 

Mome

 

 

 

Siempre en despedida

Filed under: Dossier Salinger — laperiodicarevisiondominical @ 9:32 am
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Lo van a intentar de muchas formas, lo van a justificar de diversas maneras. Y tal vez lo único claro, lo único que vale la pena decir en medio de esta avalancha de declaraciones y teorías, sea que Salinger escribió unos cuantos libros y que ahí están esperando ser leídos.


En rigor, Salinger siempre estuvo ausente. Estuvieron sus libros, esos que sin presumir de una cualidad biográfica, fueron piezas vivas, hermosas, radiantes y agresivas. También estuvo en algunas declaraciones; pequeños fragmentos que deslizó en entrevistas y cartas. Sin embargo, su lugar siempre fue la literatura. Develar la impostura, marcar con una cruz todo aquello que sugiera convención. Y más: contar una familia norteamericana, y no intentar perdonar, y no intentar dar lecciones, sólo contarla demostrando el narcisismo y superficialidad de una generación, pero a la vez dando a entender que un contexto nada justifica.


Como se desliza en uno de sus relatos, Salinger fue un narrador, pero con necesidades personales muy apremiantes. Y tal vez una de esas necesidades fue restarse. O, en otras palabras, no seguir el ritmo de los tiempos. Cuando todo era –y es- mostrarse, exhibir, Salinger siguió el camino contrario. Una ruta que opaca la gloria de los medios y la fastuosidad literaria actual, pero que convierte al autor en lo que es una vez que el texto está escrito: un ser prescindible.


Desde cuándo el escribir es tu profesión? Nunca fue otra cosa que tu religión. Nunca. Estoy un poco sobreexcitado. Puesto que es tu religión, ¿sabes qué te preguntarán cuando te mueras?


La operación de su escritura también tuvo que ver con una estrategia similar. Cuatro libros publicados que son la carta de navegación de una generación de escritores que no ha podido ni ha intentado sacar una voz propia. Autores que confiesan la admiración por el autor norteamericano –la cual, claro está, es merecida- pero que, en muchos casos, no han podido encontrar la sustancia que llene sus obras. Porque lo que Salinger escribió nos recuerda que la impostura no cuenta al momento de escribir. Que el carácter es una actitud que subyace en todo texto, y que en Salinger se nota que es real.


Vendrán muchos, ahora, que pedirán que se publiquen los supuestos diarios que escribía, los cuentos de la familia Glass o un nuevo libro con Caulfield de protagonista. Probablemente cada uno de esos pasos –desde el encuentro de los manuscritos, hasta las peleas por la herencia literaria- sean episodios que la prensa no olvidará de comunicarnos. Es alta la probabilidad de que esos textos tengan un valor literario similar o superior a lo que ya conocemos de Salinger, y no puedo –al menos mientras escribo esto- decir que no quiero leerlos. Lo que sí quiero evitar, es el retorno a la decoración académica, al rumor de prensa estéril y poco substancial, a la anécdota pueril. Porque de haber algo, no me cabe duda que será un mensaje rabioso y disconforme. Veo a Salinger, encerrado en su casa, escribiendo en su escritorio, consciente de lo que alguna vez publicó, burlándose de nosotros y mostrándonos eso que somos y no queremos, eso que hacemos y no queremos, eso que mentimos y no queremos, eso que decimos y no escuchamos.


De momento, y antes que empiece el show de los otros, Salinger: sigue al borde del camino, continúa afuera. Y gracias por todo.


R.S

 

Carta sobre los derechos de adaptación de The Catcher In The Rye

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R.D
Windsor, Vt.
19 de Julio de 1957

 

Querido Mr. Herbert,

 

Intentaré contarle cuál es mi actitud frente a los derechos de adaptación al teatro y al cine de El Guardián en el Centeno. Ya he cantado esta canción varias veces, así que si no ve a mi corazón por aquí, trate de ser tolerante… Primero, es posible que algún día los derechos sean vendidos. Dado que hay una siempre amenazante posibilidad de que yo no muera rico, jugueteo seriamente con la idea de dejarles los derechos a mi esposa y mi hija como una especie de seguro de vida. Me daría un placer inmenso; sobre todo, debería agregar rápidamente, porque que no tendré que ver el resultado de la transacción. Sigo repitiéndolo y nadie parece estar de acuerdo, pero El Guardián en el Centeno es una novela muy novelística. Hay “escenas” ya listas –sólo un tonto podría negarlo- pero, para mí, el peso del libro está en la voz del narrador, en sus peculiaridades sin cese, en su personal y en extremo diferencial actitud frente a la actitud del lector-escucha, sus comentarios laterales sobre arcoiris de gasolina en las alcantarillas de las calles, su filosofía o su manera de ver valijas desvencijadas y cajas vacías de pasta de dientes – en un palabra, sus ideas. No puede ser legítimamente apartado de su propia técnica de primera persona. Es verdad, si forzosamente lo apartamos de ella, habrá material de sobra para algo que podríamos llamar una Excitante (o quizás tan solo Interesante) Velada en el Teatro. Pero si bien la idea no me parece del todo odiosa, al menos sí es lo suficientemente odioso tener que impedir se vendan los derechos. Muchas de sus ideas, claro, podrían ser volcadas al diálogo – o a algún tipo de discurrir del flujo de consciencia en la voz de su cabeza- pero volcadas es la palabra exacta. Lo que él, en la novela, piensa y hace tan naturalmente en su soledad, en una puesta en escena llegaría a ser en el mejor de los casos una pseudo-simulación, si es que existe una palabra así (espero que no). Sin hacer mención además, Dios nos ayude, al inconmensurable riesgo de usar actores. ¿Ha visto alguna vez a una niña actriz cruzada de piernas sobre su cama que se vea bien? Estoy seguro que no. Y Holden Caufield mismo, en mi indudablemente parcial opinión, es esencialmente ininterpretable. Un Sensible, Inteligente y Talentoso Actor Joven con Un Impermeable Reversible no sería aún suficiente. Se necesitaría a alguien que tenga X para sacarlo adelante y no hay ningún jovencito que, incluso teniendo X, sepa bien que hacer para lograrlo. Y, debería agregar, no creo además que ningún director pueda contarnos su historia.

 

Aquí me quedo. Temo decirle, para terminar, que me siento muy firme frente a todo esto, si es que aún no se ha dado cuenta.

 

Igualmente, gracias por su amistosa y fluida carta. Buena parte de la correspondencia que recibo de productores ha de estar en el infierno.

 

Sinceramente,

 

(Firmado, “J.D. Salinger”)

 

J.D. Salinger

 

Traducción: Martín Abadía 

Nota: la traducción de esta carta se publicó originalmente el 31 de octubre de 2010 en el suplemento cultural “Radar” del diario Página/12

  
 

Dossier Salinger: Prólogo enero 12, 2009

Filed under: Dossier Salinger,Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 1:34 am
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salinger2gfgfgf2 Cuando a comienzos de Diciembre La Periódica Revisión Dominical comenzó a planear el Dossier Salinger, nada sabíamos sobre la fecha de cumpleaños del autor norteamericano. Comenzaron a aparecer artículos de prensa, los cuales hicieron que nos enteráramos que el 1 de Enero Salinger cumplía 90 años. Entonces supimos que lo que estábamos preparando era preciso y necesario.

 

En el presente Dossier repasamos las obras de Salinger, con textos que exploran los entramados de su prosa, sin descuidar la totalidad. Desde The Catcher in the Rye, pasando por Franny & Zooey y sus innumerables cuentos, La Periódica abarca su obra generando un diálogo con sus temáticas, convocando a nuevas lecturas e incorporándose al discurrir sobre un autor que decidió no seguir publicando.

 

No tenemos muchas cosas claras, pero sí sabemos que Salinger lo dijo todo. No queremos sumarnos a la moda reseñística, sino generar un nuevo corpus que se basa en la lectura y la crítica, la comparación intertextual y la reflexión. Y estos textos, creemos, son eso.

 

Para nosotros, Salinger no es pop. Puede ser cualquier cosa, pero no nos digan que es pop. Ahora, si insisten, si tanto quieren, digan que lo es. Hagan, eso sí, el favor de leerlo. Luego, si aún tienen ganas, digan que sigue siendo pop. Pero cuando escriban, entonces, no digan que lo que ustedes hacen es literatura pop.

 

Es que mucho se ha dicho sobre Salinger, pero poco se ha dicho en serio. Se ha canonizado su desaparición, y desde esa frontera se lo lee. Para nosotros no. Leer a Salinger es leer sus libros, no como quien rastrea pistas sobre el autor, sino como quien busca datos que iluminen una literatura escrita, viva y pertinente. Más que una desaparición, lo de Salinger es una aparición permanente. Están en lo dicho y en lo callado –que, lo sabemos, es otra forma de decir. En sus cuentos, que bordean la rabia y la pesadumbre, encontramos los gestos necesarios para volver sobre sus escritos y leerlos como pistas de futuro. Porque, lo creemos, los escritores están para adelantarnos algo.  

 

Pocos son los autores que han formulado una obra tan acabada, planeada y fugaz como Salinger. Muy pocos los que, apoyándose en una familia norteamericana como los Glass, han contado su época y todos los tiempos que siguen viniendo.

 

Queremos más, porque siempre queremos todo.

 

 

 

 

R.S

 

 

 

 

 

Dossier Salinger: Salinger por Salinger

Filed under: Dossier Salinger,Literatura Norteamericana,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 1:32 am
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1944

“Tengo veinticinco años y estoy ahora en Alemania, en el ejército. Solía ser bastante apegado a la gran ciudad, pero me doy cuenta de que mi memoria se ha quedado dormida desde que estoy aquí. Ha olvidado bares, calles, buses y rostros y me inclino, en retrospectiva, a sacar a mi Nueva York fuera de la Sala India Americana del Museo de Historia Natural, en donde solía jugar con mis canicas… He estado en tres universidades pero nunca el tiempo suficiente; técnicamente, no he pasado del primer año. Pasé un año en Europa entre los dieciocho y los diecinueve años, la mayor parte del tiempo en Viena. Se supone que estaba aprendiendo el negocio del jamón allí. Finalmente me arrastraron hasta Bydgoszcz, en donde estuve un par de meses en un matadero de cerdos, viajando bajo la nieve con el gran carnicero del lugar, quien estaba empecinado en entretenerme disparándole a los gorriones, los focos de luz, a algunos empleados. Volví a Norteamérica e intenté hacer un semestre en la universidad, pero abandoné como siempre. Estudié y escribí relatos con el grupo de Whit Nurnett en Columbia. Él publicó mi primera pieza en su revista, Story. He estado escribiendo desde entonces en algunas revistas grandes, aunque sobre todo lo he hecho en las más pequeñas. Sigo escribiendo cada vez que tengo el tiempo y una trinchera que esté desocupada.”
(Biographical Notes, en Story #25. Noviembre-Diciembre de 1944, pág. 1)

 

1945

“Tengo veintiséis años y es mi cuarto año en el Ejército. He estado en altamar por diecisiete meses. Desembarqué en Utah Beach el día-D con la Cuarta División y estuve con el 12ª de Infantería hasta el fin de la guerra. El trasfondo de “Este sándwich no tiene mayonesa” nace naturalmente ya que yo solía estar en el Cuerpo Aéreo. Incluso me gradué en la Academia Militar de Valley Forge. Después de la guerra planeé unirme a un buen coro. Así es la vida.
He escrito relatos desde los quince años. Siempre me ha perturbado no poder escribir simple y naturalmente. Mi mente padece el nudo de una negra corbata y pese a que me aparto de él en cuanto es posible, siempre algo queda. Soy un hombre precipitado, no puedo con los trayectos largos; posiblemente a causa de ello jamás pueda escribir una novela. Las novelas sobre esta guerra han tenido demasiado del vigor, la madurez y la artesanía que la crítica busca, pero muy poco de la gloriosa imperfección que hace tambalear y caer a las mejores mentes. Los hombres que han estado en esta guerra se merecen una suerte de melodía temblorosa, dispuesta sin vergüenza o arrepentimiento. Espero ese libro.”
(“Backstage with Esquire”, en Esquire, 24 de Octubre de 1945, pág. 34)

 

1949

“En primer lugar, si yo dirigiera una revista, nunca publicaría una columna llena de notas biográficas. Muy pocas veces me he preocupado de saber el lugar de nacimiento de un autor, el nombre de sus hijos, su plan de trabajo, la fecha de arresto por haber contrabandeado armas durante la rebelión irlandesa (¡el muy granuja!). El autor que te cuenta estas cosas es proclive a tener colgado su propio retrato con una colorida camisa desabotonada y seguramente busca un trágico perfil de tres cuartos. Inclusive puedes contar con que se refiera a su esposa como una persona maravillosa o una mujer formidable. He escrito varias notas biográficas en distintas revistas y dudo de haber sido honesto alguna vez. Esta vez sin embargo pienso ir un poco más lejos de mi período Emily Brönte para trabajar y encerrarme en un Heathcliff. (Todos los autores, no importa a cuántos leones le hayan disparado o cuántas rebeliones hayan soportado en persona, se van a la tumba siendo mitad Oliver Twist, mitad Mary, Mary, Quite Contrary) Esta vez voy a ser escueto y luego me iré a casa. Llevo diez años escribiendo bastante seriamente. Para ser modesto hasta al extremo, diré que no nací escritor, pero ciertamente soy un profesional. No creo haber escogido la literatura como una carrera. Simplemente empecé a escribir a los dieciocho años y nunca me detuve. (Quizás esto no sea del todo verdad. Quizás sí escogí la escritura como mi profesión. No lo recuerdo en realidad. Vuelvo a ello muy fácil y rápidamente.) Estuve en la Cuarta División en el Ejército. Casi siempre escribo sobre gente joven.”
(“J. D. Salinger Biographical” Harper’s, 218, Febrero de 1949, pág. 8.)

 

1961

“FRANNY apareció en The New Yorker, en 1955, y fue rápidamente seguido por Zooey, en 1957. Ambos relatos son tempranas y graves entradas de una serie de narraciones acerca de una familia de habitantes del New York del siglo veinte, los Glass. Es un proyecto a largo término, evidentemente muy ambicioso, y existe el peligro suficiente como para que, tarde o temprano, en algún momento me enrede demasiado y quizás desaparezca por completo en mis propios métodos, locuciones y manierismos. No obstante, tengo esperanzas acerca de ello. Me encanta trabajar en las historias sobre los Glass, estuve toda mi vida esperando hacerlo y tengo la decencia y la monomanía justa como para acabarlo con la debida preocupación y la destreza necesaria.
Algunas de estas historias, además de FRANNY y ZOOEY, ya fueron publicadas en The New Yorker, y hay material nuevo que está pronto a aparecer. Tengo también muchísimo material en papel, sin fecha de aparición, pero espero no “montar un número con él”, para usar una expresión popular, al menos por un tiempo. (“Pulir” es otro término dandy que me viene a la cabeza) Yo mismo trabajo a una lubricada velocidad en esto, pero mi alter-ego y colaborador, Buddy, se ha puesto insufrible últimamente.
Considero bastante subversivo el hecho de que el sentimiento de anonimato-oscuridad es la segunda propiedad de más valor que un escritor pueda tener en sus años de trabajo.
Mi esposa me ha pedido que agregase, en un singular arrebato de candor, que vivo en Westport con mi perro.”
(Notas en la cubierta de Franny and Zooey, Septiembre de 1961.)

 

1975

“Tiempo atrás, en 1939, cuando tenía veinte años, estudié durante un tiempo en uno de los talleres de relatos de Whit Burnett, en Columbia. Déjenme decirles que aquel fue un año muy instructivo y provechoso para mí en casi todo. Con simpleza y conocimiento, Mr Burnett dirigía el taller sin jamás permanecer neutral con respecto a uno. Cualquiera sean las razones que tuviese para estar allí, él básicamente no tenía intenciones de usar la ficción como sostén de sí mismo en la jerarquía de las revistas cuatrimestrales o en la academia. Generalmente llegaba tarde a clase, disculpándose, y se las arreglaba para escaparse temprano. A menudo tengo dudas acerca de lo que humanamente debe ser un buen y consciente guía de talleres de ficción. Mr Burnett lo era. Tengo algunas nociones de cómo y por qué lo era, pero esencialmente parece que sólo es necesario mencionar la pasión que tenía por el relato corto, el fuerte relato corto, el que muy fácil y apropiadamente se adomina de una habitación. Para nosotros estaba claro que le encantaba echar mano a cualquier relato excelente, ya sea de Bunin, Saroyan, Maupassant, Dean Fales, Tess Slessinger, Hemingway, como también de Dorothy Parker y Clarence Day, sin domestizajes, sin prejucios ostentosos. Allí estaba él, inequívocamente, y por apestoso que seguramente pueda sonar, al servicio del Relato Corto. Pero no quisiera pedirle a Mr Burnett que cargue ya con mis roncas plegarias. Al menos, no de la misma manera. Esto es algo que se ha quedado atascado en mi cabeza por veinticinco años. En clase, una noche, Mr. Burnett se sintió con ganas de leer “That Evening Sun Go Down” de Faulkner en voz alta; se lanzó y lo hizo. Una lectura rápida, en un indescriptible y singularísimo tono grave. En efecto, él era mucho menos leyendo la historia en voz alta que atravesando cada palabra, muy concienzudamente, con apenas el veinticinco por ciento de su voz. Cualquier persona elegida al azar en la multitud de un subterráneo podría dar una versión más dramática o de “mejor rendimiento”. Pero ése es el punto. Mr. Burnett se abstenía deliberadamente de rendir bien y de leer maravillosamente. Era como si se hubiese puesto bajo una lámpara de lectura y su voz hubiese pasado a ser tinta y papel. En suma, dejaba en tus manos averiguar cómo es que los personajes decían lo que decían. Recibías el relato de Faulkner, sin intermediario alguno. Nunca antes yo había escuchado a un lector hacerle tantas instintivas y sentidas concesiones a una página parida por un escritor. Lamentablemente, nunca conocí a Faulkner, pero siempre tengo presente enviarle una carta sobre esta manera única de leer su prosa que tenía Mr Burnett. En esta loca y explosiva era, la gente que lee relatos maravillosamente está por todos lados grabando discos, registrándose, enalteciéndose en televisión o en la radio; yo quiero contarle a Faulkner, que posiblemente ha oído innumerables buenas interpretaciones de su trabajo, que Burnett, a lo largo de toda la lectura, no se interpuso ni una sola vez entre el autor y su amado lector silencioso. Si ha vuelto a hacerlo realmente no lo sé, pero el contento de cualquiera que haya alguna vez querido alcanzar algo, sabe que la forma del relato corto debe quedarse en casa, intacta, lograda. Saludos a Whit Burnett, Hallie Burnett y todos los lectores y colaboradores de Story.”
(“Introduction”, Fiction Writer’s Handbook, Hallie and Whit Burnett, New York: Harper and Row, 1975)

 

Traducción: Martín Abadía

 
 
 

Dossier Salinger: Cartas a mí mismo

 

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La verdad fue una problemática que ocupó buena parte de la literatura de Truman Capote, acaso su totalidad. Fue a través de ella que se consagró méritos y deméritos, pero sobre todo, problemas. El feliz autor de Otras voces, otros ámbitos, joven precoz, lumpen glamoroso, arribista y pendenciero, devino con los años una especie de curioso profesional, proclive al escándalo farandulesco, a los cambios de humor violentos y al desagrado de una sociedad a la que amaba y detestaba al mismo tiempo. Los pormenores que hicieron a su última novela, Plegarias Atendidas, no fueron finalmente tan difíciles como las consecuencias que sobrevendrían con su publicación.

Las memorables palabras del prólogo a Música de Camaleones, apuntaban empero a un juicio personal, pero aún a una consecuencia de orden publico, pese a su evidente autoreferencialidad.

 

Cuando Dios le entrega a un hombre un don, también le entrega un látigo, y ese látigo no sirve más que para autoflagelarse.”

 

Con Plegarias Atendidas, aquel látigo no hizo más que tensarse y precisar su blanco, hasta condenar a Capote al ostracismo y el desprecio de la intelligenzia norteamericana. Si extendemos la alegoría, sabemos que J D Salinger tuvo igualmente su propia expulsión del mundo, aunque el mismo látigo no lo arrojara sino a la reclusión y el desaparecimiento.

 

En todo caso, la verdad tuvo en Salinger una huella más literaria y más profunda, y supo manifestarse como un híbrido entre lo verosímil y lo creíble. El objetivo era, por tanto, más difuso. El compromiso de Salinger con la verdad tuvo el rol de la embestida en The Catcher in the Rye y otro diferente, no tan aprehensible en la saga de la familia Glass y los diversos relatos que de alguna manera la bordean o bien la complementan. 

 

Ciertamente, muy pocos elementos nos son necesarios para caer en la cuenta de cuán disímiles fueron las premisas de expulsiones tan particulares: el auto flagelo de Capote encontraba su razón en un bloqueo creativo que lo llevó, en un primer momento, a una larga depresión y luego, al resentimiento y el combate: escribir todo, absolutamente todo lo que sabía sobre aquel mundo que abruptamente le cerraba sus puertas. Las consecuencias no tardaron en llegar y Capote disparó: “¿Qué esperaban? Soy un escritor y me sirvo de todo ¿Es que esa gente se pensaba que me tenían para entretenerles?

 

 

 

truman-capote1El caso de Salinger, en cambio, se tiñó de oscuridad y de incertidumbre. El furor provocado por la publicación de The Cathcer in the Rye, así como su inestable personalidad, delinearon paulatinamente el croquis de un mito: convertido en un eremita, aún hoy apenas sale de casa y aunque siguen acumulándose biografías siempre traicioneras sobre su persona, permanece sin proferir palabra y se diluye en su invisibilidad con el mismo orgullo de aquel personaje que ocupa al relato “The Secret Goldfish” que se cuenta en las primeras páginas de The Catcher… : un niño que no deja que nadie vea su pez dorado ya que lo ha comprado con su propio dinero.

 

Pero algunos años después de que Salinger se perdiera en su propia leyenda y su reclusión no fuera ya la comidilla de los medios de la época, sino poco más que una nueva anécdota del mundo literario, Capote abría su arcón de secretos bien custodiados y atacaba con una de tantas indiscreciones.

 

 

-¿Te acuerdas de lo de Salinger? –dijo Mrs Matthau.

-¿Salinger?

-“Un día para el pez plátano.” Ese Salinger.

-Franny y Zooey.

– Eso. ¿No te acuerdas de él?

Mrs Cooper reflexionó, hizo pucheros, No, no se acordaba.

-Fue mientras aún estábamos en Brearley -dijo Mrs. Matthau-. Antes de que Oona conociese a Orson. Oona tenía un novio misterioso, un chico judío con una madre en Park Avenue, Jerry Salinger. Quería ser escritor, y le escribió a Oona cartas de diez páginas mientras estuvo en el ejército, en ultramar. Eran una especie de cartas de amor, muy tiernas, tiernísimas. Lo cual es demasiada ternura. Oona solía leérmelas y cuando me preguntó qué pensaba, le dije que a mí me parecía que debía ser un chico que lloraba con mucha facilidad. Pero lo que quería saber era si yo pensaba que era alguien brillante y con talento, o nada más que un imbécil. Y yo dije que las dos cosas, ese chico es las dos cosas, y unos años más tarde, cuando leí El guardián entre el centeno y me enteré de que el autor era el Jerry de Oona, seguí manteniendo la misma opinión.

-Yo nunca oí ninguna historia extraña acerca de Salinger –confió Mrs. Cooper.

-Yo no he oído acerca de él nada que no sea extraño. Te aseguro que no es el típico chico judío de Park Avenue.

 

(Capote, 144, circa 1976)

 

                                                                                                                                       9788435033459

Lector ausente, despeja la mesa. Pasemos al detalle de esta nota de color que nos ocupa. En nuestra idea de Salinger siempre hubo un recluido, pero antes, mucho antes de que haya habido cazadores y guardianes[1]. Siempre hubo cartas desde la reclusión. La indiscreción de Capote no hace tanto a la verdad como a la leyenda: sólo demarca el territorio-Salinger haciéndolo menos ilusorio. Es cierto que Salinger estuvo en el ejército durante la guerra, y cierto que aquel período hubo de marcarlo para siempre, pero más allá de lo meramente biográfico, aún resiste la idea que cartas fueron buena parte de la literatura de Salinger y que cuando no hubo literatura, hubieron tan sólo cartas. Las internas de la familia Glass y las siguientes líneas remedan algún equivoco al respecto:

 

“Esencialmente todos somos escritores de cartas y cuando nos hablamos en la línea de fuego, lo más usual es preguntarle a alguien si tiene un poco de tinta que no vaya a usar”

 

Lo que me atrevo a decir es ligeramente corroborable pero entiendo que la intención de Salinger en múltiples ocasiones ha sido corresponsal y que esta tentativa abreva en una corresponsalía que se vuelve finalmente sobre quien la ejecuta, lo traspasa implacablemente, sorprende a su artífice y revela su identidad oculta, insospechada. Este punto de vista no se sostiene tanto en la anécdota relatada por Capote en Plegarias Atendidas como en Para Esme, con amor y sordidez. La cita, algunas líneas arriba, pertenece a ese relato.

 

 

image64Salinger, lector de James Joyce, supo que un relato no trae necesariamente una confesión, mas una revelación que potencie un estado superior, que lo desnude ante sí y ante el mundo, lo inculpe avergonzándolo, lo haga consciente de una verdad hasta entonces callada, dormida en lo no sabido, en lo ignorado, en lo obviado, en lo sutil, sigilosamente silenciado. James Joyce abre con el volumen de relatos Dubliners una sagaz modificación en la narrativa, y muy especialmente en la manera de construir relatos: el relato, para Joyce, no es sino la embestidura de una revelación o bien el proceso a través del cual el héroe se apercibe de algo hasta entonces desconocido. Joyce llama a esta revelación epifanía o epicletti (del griego, invocación), manifestación espiritual de una verdad que recae en lo meramente cotidiano y altera la realidad del héroe de forma tal que no puede sino descubrir que esa realidad misma es un engaño y la vida, un proceso de desengaños, de manifestaciones del equívoco, de ingenuidades irrecuperables. El hilo del relato joyceano rubrica una serie de símbolos y de indicios aparentemente inoperantes en la historia que confluyen en un umbral último, en donde cada uno recobra sintéticamente su valor poético al enhebrase en la revelación epifánica, paraje de la caída del héroe, antesala de una realidad truculenta, locus horribilis del alma y la consciencia. Desde el simbolismo mórbido de The Sisters, pasando por el olvidado de Araby, hasta el humillación de A little Cloud, todos los relatos que hacen a Dubliners consuman una suerte de despertar amargo en un héroe que, pasivamente, se hace uno con la oscuridad.

Acaso el caso más célebre sea el de The Dead. Gabriel, inserto en una sociedad en la que es alguien para los demás, pasa, dentro de sí mismo, a ser nadie al enterarse de que un hombre supo morir de amor por su esposa.

 

La contempló mientras dormía como si ella y él jamás hubieran vivido juntos como marido y mujer. Sus ávidos ojos descansaron en su rostro y en su cabello; y, entonces, pensando en lo que debía haber sido aquélla, su primera belleza juvenil, su alma se sintió invadida por una extraña piedad amistosa. (…) Su propia identidad se disolvía en un mundo gris intangible: el mismísimo sólido mundo en el que esos muertos se habían erguido y donde habían vivido, se borraba y consumía. (…) Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos. ( 345-345-347 )

 

 

Me sirvo de cierta influencia joyceana para una intervención en Para Esme… Entiendo, como se señala en este mismo dossier[2], que una secreta y personalísima ligazón atraviesa a los Nueve Cuentos y que, aún en su intensa polisemia, algunos temas determinan siquiera obsesiones recurrentes en la obra de Salinger. Para Esme… incluye varias de ellas, pero sólo una ocupa a este apartado. En The Catcher in the Rye se  la enuncia someramente. Holden Caufield dice:

 

I’m the most terrific liar you ever saw in your life

 

¿Importa esta línea al desarrollo de Para Esme…? No, en tanto no lo justifique.

 

Salinger dibuja en Para Esme… una serie de falsetes, de imposturas que son una misma impostura final, zonas de rigurosa e implacable mentira. Para Esme… supone formalmente una tripartición. De los tres narradores que relatan la historia sólo uno es real, el último, el que deja de narrar definitivamente para mirar a los ojos al lector, el que detiene el tiempo interno del relato para abrir paso a una voz que ha dejado de escabullirse en falsas alarmas y se transporta más allá, adonde todo ha dejado de ser juego, adonde no nos basta ya la literatura para sopesar el descrédito o la vida para comprenderlo.

 

This is the squalid, or moving part of the story, and the scene changes. The people change, too. I’m still around, but from here on in, for reasons I’m not at liberty to disclose, I’ve disguised myself so cunningly that even the cleverest reader will fail to reconize me. (Salinger, 1950, The New Yorker, pag 28-36)

 

 

Refiero ciertas astucias de Salinger: la candidez con la que introduce el relato, el horror con el que pone punto final.

El Sargento X, ya retirado, recibe la invitación a la boda de Esme, una niña que conoció seis años antes, en sus días de combate. La invitación es descartada bajo una rápida excusa, pero no tan frívolo es el recuerdo del Sargento. La madeleine proustiana sobrevuela esas páginas: X rememora en un primer momento, el encuentro con Esmé y su promesa de escribir un relato “sórdido” que la involucre, y en un segundo, los días posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, en los que X permanece acuartelado luego del armisticio. El relato prometido aúna a X y a Esmé, pero no tanto como una segunda, tácita promesa.

 

“Goodbye,” Esmé said. “I hope you return from the war with all your faculties intact.”

 

Estas palabras no revelan una honda preocupación sino en la voz del tercer narrador, aquel que alude haberse disfrazado durante todo el relato, de calmada vida marital en un primer momento, de escritor primerizo perdido en una guerra que no es la suya luego. Esta tácita promesa, línea en la que X y Esmé no pueden sino reclamarse mutuamente, importa sobre todo una identidad final, lóbrega y hábilmente escondida en la consciencia, manifestación de un yo disuelto en la verdad de la epifanía que, aún dirigiéndose a Esme, continúa disimulándose y pone en manos del lector esa última confesión en una corresponsalía de la que es único destinatario.

 

“You take a really sleepy man, Esme, and he always stands a chance of again becoming a man with his fac-with all his f-a-c-u-l-t-i-e-s intact.”

 

                                                                                                                                       383089864_5817aed679_o

Me concedo una libertad. La obra de Salinger abreva en un rasgo común, una serie de revelaciones que asisten a cada personaje, potenciándolos a un estado otro, una suerte de realización o conmoción del alma que los interpela y que, al resignificarlos, los individualiza, como un continuidad, un peregrinaje dentro de su propio ser. Acaso sea ésta la particularidad que haga a tantos lectores: sentirse correspondidos sin heroísmos impolutos, sin fracasos coloreados. Hay quien dice que sólo algunas obras pueden preciarse de universales, aquellas que abordan un abanico de temas centrales para el alma humana: la muerte, el dolor, el amor, la locura, la vida, la ilusión, la búsqueda, la pérdida, el deseo de atravesarse a uno mismo. Salinger sintió esa necesidad, se hizo carne en ella. Y su creación no es sino una serie de personajes que despiertan interiormente a la luz de una clarividencia autoconsciente. El I didn’t return with all my faculties intact consuma parte de ese proceso, y se extiende hacia otras revelaciones de igual envergadura dentro de la obra de Salinger: La Pérdida de la Inocencia (The Catcher in the Rye), La Felicidad (Seymour: an introduction).

 

Pero Salinger va más allá: llega al final del camino. No es sino en A Perfect Day for Banana Fish que ese ser epifánico se suprime, se despoja, desaparece, deja de ser. Seymour suprime su ego final quitándose la vida y desde entonces, todo lo que sabemos de Seymour es por lo que ha sido, ya no por lo que es. Seymour es el gran exiliado de la familia Glass, el otro, aquél que vive en boca de los demás ya que superó (pienso en el Zen) la arbitraria sujeción a cómo se ha de ser o cómo no se ha de ser. Creo necesaria una extensión más: el suicidio de Seymour se resignifica a su vez con el silencio hermético de Salinger. Salinger, luego del sucidio de Seymour, sólo puede decirnos cómo fue el éxtasis de haberse sentido Seymour alguna vez. Es por eso que prefiere acudir a Buddy como sostén, porque nada que pueda decirse verdaderamente puede decirse como un yo: la verdad sobre Seymour ha de decirla otro. Y otros siempre añadirán un último eslabón a la cadena, re-semantizándola, dándole vida una vez más.

 

De esta notación me he servido para este corto examen. La verdad sobre él también habrá de decirla otro.

 

 

 

M.A

 

[1] De alguna manera, esta es la temática que ocupa al otro de los ensayos incluido en este Dossier, “Francotiradores (Hat on- Hat off).

[2] Ver  “Palabras para el verano en que todos nadaban en aceite”