La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Lispector: Lo que pesa septiembre 8, 2010

Filed under: Literatura Brasilera — laperiodicarevisiondominical @ 8:30 pm
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Los cuentos de Clarice Lispector nunca dejan de molestar. Como anotaciones que quedan, como pedazos que intentan romperse en más pedazos. Como cuentos fríos que adornan la historia de ciertas familias, y que son peso, duda, tal vez fatalidad. Una lectura que más que planear horizontes, los confunde todos.


No es reproducir los intentos, sino desplegar el artificio del relato. Mostrar esa hebra que acompaña el texto, y que desemboca, sin aviso previo, en un precipicio. Asumir que no estamos en presencia de cuentos que procuran hacer patente la realidad de las cosas, sino de transitar por los diferentes estados y situaciones que se ocultan tras el velo. La cotidianeidad de los relatos de Lispector son una trampa armada. Hay algo que duele, y no es sólo la desilusión; hay algo que arde, y no es sólo la mentira que se debe guardar; hay algo que sangra, y no es sólo la confesión lanzada al azar. Es un fragmento que pide no escribirse, pero que se escribe igual. Mancha que esconde otras manchas. Y si vas tras la mancha, te quedas en ella. No sales. O sales con todo el cuerpo manchado; marcado con las huellas de una batalla cotidiana que anunció, desde un principio, que no ibas a ganar.


Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme (Restos Del Carnaval)


En los relatos, un cuerpo que se esconde. En “Mejor que Arder”, por ejemplo, está el secreto del deseo que busca liberarse y no sabe cómo. Pero no sólo ahí: también en “El Primer beso”, y el artificio del cuerpo que construye una identidad. O en Una Gallina, donde cierta compasión se convierte en un símil de la dominación. A Lispector hay que acercase, en consecuencia, siempre con la mirada puesta en la escritura femenina. Una escritura que se ubica desde el cuerpo, entendiendo que el lenguaje y las maneras de acercarse a lo femenino son también una construcción social. Lispector aborda el discurso con el que comúnmente se ha tratado la mujer, y escribe no una nueva versión, sino un texto que constata el silencio, el secreto, cierta represión. Pero encuentra rutas; explora mecanismos que narren la fantasía infantil y la desilusión dada por el entorno. Una manera de patentar la promesa que te rompen.


No, había que comprar a la mona adecuada, saber su origen, tener por lo menos cinco años de garantía de amor, saber lo había hecho y lo que no, como si fuera para casarse. (Monos)


“Con fuerza y subversión – con furia si es necesario”, dijo Luisa Valenzuela respecto al modo en que las mujeres debían encarar la escritura. Y Clarice Lispector transita en esa frecuencia. No es sólo el ritmo de una prosa, que juega con el monólogo interior, y entrega imágenes, luces, sino también la actitud de desatar una vida doméstica condicionada por un lenguaje dominante. Subvertir esos textos que intentaron aproximarse a la mujer, pero desde afuera.


…sentada en el borde de la cama con la chinela balanceándose en el pie. (Devaneo y embriaguez de una muchacha)


Clarice Lispector decía que la escritura era un oficio, dominado por cierta necesidad de expresar aquello que no se soporta más. El punto exacto donde lo interior requiere convertirse en una exterioridad. Para que no pese tanto, o pese de otra manera. Poner el cuerpo en palabras. Escribir el cuerpo que es también desde donde se escribe.


R.S

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Una historia confusa – Caio Fernando Abreu febrero 24, 2010

Filed under: Literatura Brasilera,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 9:36 am
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Título Original: Uma história confusa
El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)
Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

 Traducción: Roberto Santander


 


Era jueves. Como en los últimos jueves, él estaba nervioso y traía un sobre en la mano. Tiró el sobre encima de la mesa, y comenzó a caminar por el cuarto.


– ¿Otra carta? –pregunté.


No respondió. Sólo hizo un movimiento impaciente con los hombros, que podía significar demasiadas cosas. Pero no dije nada. Yo, entonces, abrí y leí las palabras escritas con cuidado:


Te vi a través de las rosas y había en tus ojos una ansiedad muda. Algo así como si quisieras hablar conmigo. Juro que a la salida intenté acercarme, pero tuve miedo. Sé que igual vamos a ser amigos. No quiero forzar nada. Hoy día es Domingo antes del almuerzo. La casa está vacía. Me gustaría haberte escrito después de esa noche. Es increíble, pero hace dos décadas, ese mismo día de la semana, a esa misma hora, yo estaba naciendo.


– Es bonito –me arriesgué a decir.- Un poco juvenil, tal vez. Pero bonito. Al final, la adolescencia siempre es bonita.
– Él tiene 20 años.
-¿Él? ¿Cómo sabes que es él y no ella?
– Yo creo, lo siento así. Una mujer no escribiría esas cosas. No sé, la forma de escribir, algo.
– Puede ser –le dije.
– Y había otra cosa, creo que no te la mostré. Él decía que estaba cansado, eso mismo, cansado y no cansada.
– No me acuerdo –mentí. – Él puede estar mintiendo. Esa fecha, por ejemplo, esa fecha puede ser inventada.
Él evitó mirarme mientras me contaba:
– Fui a preguntarle a un astrólogo. Él nació el 22 de Septiembre de 1954. Entre las diez y el medio día. Es virgo, dice el astrólogo, del último día de Virgo. Por los cálculos, su ascendente debe ser Escorpión.
– ¿Ascendente?
– Es el signo que. –Él levantó los ojos, irritado. – Escucha: tú no vas a querer ahora que te dé una clase de astrología, ¿no?
– No, no. Sólo quería saber lo que quiere decir eso.
– Quiere decir que él debe ser inteligente. Muy inteligente. Y secreto, misterioso, intenso. Sólo por las cartas uno ya percibe que él tiene cierta…estructura. Las cartas están bien escritas, la gramática es siempre correcta.
– Es verdad –dije.- Correctísima.
Él se sentó al borde de la cama.
– No aguanto más. Esto lleva casi dos meses. Necesito saber quién es esa persona.
Sentado a los pies de la cama, yo no sabía qué decir.
– Él sabe todo sobre mí, mis horarios, todo. A veces habla de personas que conozco, de lugares a los que voy. Debe estar siempre cerca, debe conocer mucha gente que conozco.
– Estás muy agitado.
– Claro. ¿Cómo quieres que esté? Cada vez que recibo una carta de éstas quedo así. Me da una sensación extraña, salgo a la calle con la impresión de que estoy siendo observado. Alguien que no sé quién es, me acompaña en todos mis movimientos.
– Con amor –dije.
Él encendió un cigarro y siguió el humo hasta el techo:
– ¿Amor? No sé. Es medio paranóico. Parece que quiere enloquecerme de a poco.
– O para que te intereses en él.
Se levantó, de improviso, y se acostó en la mesa. De espaldas, yo sólo podía ver sus hombros curvos y sus dos manos sujetando la cabeza.
– Me imagino las historias más increíbles. A veces creo que es alguien que sólo quiere divertirse conmigo.
– No. –Y dije por segunda vez: – Eso es amor.
– ¿Será? Hay cosas, hay algunas cosas que escribe que lo parecen. No sé, parecen verdades, ¿entiendes? Él me toca, se mueve conmigo. Tal vez yo esté todo acomplejado porque alguien está dispuesto a prestarme atención.
– Eso es amor- repetí por tercera vez. Él caminó hasta la ventana. Noté que miraba las hojas de las palmeras de calle moviéndose por el viento norte.
– A veces tengo ganas de pagarle a un detective. Pero las pistas son pocas. Sellos comunes, sobre común, cada día una firma de una agencia diferente. Y ese tipo de máquina es de lo más común.
– Lettera 22.
– Tiró la colilla del cigarro por la ventana, y se dio vuelta de repente mirándome a los ojos.
– ¿Cómo sabes eso?
– Bueno, cualquiera que usa una máquina de escribir reconoce el logo. Es inconfundible –afirmé. Y cambié de asunto: – Pero no deja de ser bonito.
– Bonito e infernal.
– Y antiguo.
– Cartas anónimas. Parece cosa de romance del siglo pasado. Romance epistolar. Platónico. – Suspiró profundamente. – Pero es necesario saber luego quién es este muchacho. Nunca nadie se interesó tanto en mí.
Volvió a sentarse en la mesa, y encendió otro cigarro. Le acerqué el cenicero:
– Tú siempre fumas más los jueves.
Él se rió.
– Ahora los miércoles también. Me quedo pensando si al día siguiente va a llegar otra carta – Aspiró profundo, cerrando los ojos. Y prosiguió, soltando el humo: – Tengo algo escrito para él.
– ¿Qué?
– Que tengo algo escrito para él, escondido.
– ¿Tú no le contaste nada a Martha?
– ¿Estás loco? Tú sabes lo celosa que es, sólo te he contado a ti. Me tengo que esconder para escribir.

Encerrado en el escritorio, me quedo pensando que debe haber una especie de espíritu que sale por la ventana cuando estoy escribiendo. Siempre dejo la ventana abierta cuando escribo para él, después vuela por los tejados, atraviesa las calles de la ciudad y las paredes para llegar hasta donde él está, ¿entiendes?


– ¿Y qué haces con las cartas que escribes?
– Las guardo bajo siete llaves. Tal vez un día pueda entregárselas personalmente.
Yo también encendí un cigarro
– Y…¿qué le dices en tus cartas?
– Le pido socorro. Le digo que mi matrimonio es un horror, que ya llevo 3 años de ese horror que no termina. ¿Sabes que a la Martha, ahora, le dio por llamarme fofo? ¿Hay algo más odioso? Los domingos me pide parte del diario y me dice “mira, fofo, necesitamos aprovechar esta liquidación, fofo, dura sólo hasta el día 15, fofo”.
– Pero la Martha es una mujer tan…especial.
– Antes de casarse. Después, todas las mujeres se transforman en débiles mentales. Haces bien en no entrar en eso.
Apagué el cigarro.


– ¿Y qué más dicen las cartas?
El se apoyó en la mesa. Una de las manos apoyaba la cabeza, y la otra pasaba, lenta, por el borde de la madera. Como acariciándola.
– Le digo que a veces tengo ganas de tener un amigo como esos que teníamos en nuestra adolescencia. Esos a los que les contabas todo, absolutamente todo. Y que, en realidad, uno no sabe si es tu amigo o tu hermano.
– O amante.
– O amante – él repitió. Se tiró otra vez sobre la cama, sacó una hoja arrugada del bolso y leyó: – Yo digo que estoy dispuesto a cualquier cosa, y lo digo así: “Quédate cerca mío. Mírame, tócame, dime cualquier cosa. O no digas nada, pero quédate cerca. No seas idiota, no dejes que esto se pierda, que se convierta en polvo, que se convierta en nada. De aquí a poco vas a crecer y encontrar todo esto ridículo. Antes que todo se pierda, mientras todavía pueda decir sí, acércate”.


Dobló la hoja y volvió a meterla en el bolso, más arrugada. Nos miramos. Yo no sabía qué decir. El se hundió en la cama, se dio vuelta hacia la pared. Me quedé escuchando:
– Te hablo a ti como si fueras él. Si tú puedes ayudarme, si él pudiera ayudarme. Es tan difícil. Salgo a la calle y me quedo mirando a todos los niños de 20 años, como si cualquiera de ellos pudiese ser él. Siento cosas que no entiendo del todo. No me gusta no entender lo que siento. No me gusta pelear contra lo que no conozco. Nunca viví nada similar. Un viento fuerte abrió la ventana, haciendo que las cenizas del cenicero se desparramaran en la mesa. Él pareció un niño, encogido sobre la cama. Seguí escuchándolo:
– Ya tengo 34 años, no puedo sentir las cosas como si tuviera 15. Tú lo sabes, tenemos casi la misma edad. ¿Cuántos tienes ahora?
– 33 –le dije.
– Pues eso, tú lo sabes bien. No estamos en edad para enredarnos en esos delirios.
– ¿Crees que no? –pregunté. Pero él continuó hablando sin escucharme.
– Es tan extraño saber que hay alguien pensando en mí todo el tiempo. Alguien que no conozco. Y que tiene 20 años. Me quedo pensando cosas locas, no puedo parar.
– ¿Qué cosas? –pregunté en voz baja. – ¿Qué cosas piensas?


Él pasó su mano por la pared blanca:
– Acostarme a su lado. Sin ropa. Abrazarlo con fuerza. Besarlo. En la boca. – Retiró su mano de la pared y la puso junto a su cuerpo, en el medio de las piernas. – Debe ser el viento norte, ese exceso de luz, la primavera llegando, la luna casi llena. No sé, discúlpame. Estoy muy confundido.
Se quedó callado. Miraba por la ventana como si estuviera viendo algo, más allá de las palmeras, algo que yo no conseguía ver. Seguía sin saber qué decir. Me acerqué para estar más cerca, para poder extender mi mano y tocar su pelo desordenado. ¿Y si no tuviera 20 años, ese muchacho -pensé en preguntar-, te seguiría gustando? Resolví no decir nada. Detuve mi mano en el aire, y la traje de vuelta para tomar otro cigarro. Seguí cerca de él. Cerca, muy cerca. Era otro jueves, de septiembre, y desde el inicio de Agosto andábamos muy confundidos los dos.

 

 

Bajo el Cielo de Saigon – Caio Fernando Abreu febrero 8, 2010


Título Original: Sob o céu de Saigon

El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander



Ésta es tal vez la historia más paulista que escribí, en 1989. Se trata, más bien, de un ejercicio de enfoque, con un narrador imaginario en lo alto del Conjunto Nacional, donde se cruzan la Calle Augusta con la Avenida Paulista. Fue publicado en el extinto diario O Continente.



Él era uno de esos muchachos que, los sábados, con la barba algo crecida, sube o baja la calle Augusta. Los sábados por la tarde, eso sí, porque por los lentes oscuros y el rostro un tanto amasado debajo de la barba crecida, quien lo mirara detenidamente –aunque pocos lo hacen- se darían cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar. Usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatillas gastadas, camisetas, y, cuando ya hace frío, alguna chaqueta o sueter raído en los codos. Casi siempre llevan las manos en los bolsillos, por lo que resulta imposible ver sus uñas mordidas, y el dedo indicador y el del medio de la mano derecha, o la izquierda, si son zurdos, amarillos por el exceso de humo. Ellos miran hacia abajo, no porque tengan miedo de tropezar en los frecuentes baches de las veredas de Augusta –raramente usan zapatos, y las suelas de goma de sus zapatillas se amoldan con facilidad a las irregularidad del cemento-; miran hacia bajo, y esto sería visible si pudiéramos localizar el brillo en sus ojos de pupilas dilatadas tras sus oscuros lentes, como si buscaran tesoros perdidos, billetes secretos, alguna joya u objeto que, más que valor, guardara una historia imaginaria o real. ¿Qué importa? A veces también miran hacia arriba, sobre todo cuando el cielo está claro –lo que es raro en la ciudad- y podemos imaginar que sus pieles blancas buscan desesperadas la luz del sol. Y cuando el cielo está oscuro –lo que es común- sobre todo en esos sábados en que estos jóvenes acostumbran bajar o subir la calle Augusta, podemos imaginar que buscan balões juninos, objetos voladores no identificados, paracaidistas, helicópteros camuflados, zepellins, o cualquier otra de esas cosas poco probables de ser encontradas sobrevolando una calle como la Augusta un sábado por la tarde. Horizontes, sí, tal vez busquen horizontes en el entramado de edificios que se reflejan en los vidrios negros de los lentes que esconden el brillo o la intención del fondo de los ojos en el momento en que uno de los muchachos para en la esquina, como si diera lo mismo doblar a la izquierda o a la derecha, seguir hacia adelante o regresar. Por ser como son, siguen siempre hacia el frente, subiendo o bajando la calle Augusta. Y al ser tan iguales, quien quiera prestar atención en uno de ellos, aunque pocas –o nunca- veces alguien lo hace, jamás sabrá si se trata de muchos o de uno. Un único muchacho: éste, con la barba crecida y las manos en el fondo de los bolsillos, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.


Ella era una de esas muchachas que, los sábados, con el bolso al hombro, sube o baja la calle Augusta. Los sábados, casi siempre por la tarde, porque los lentes oscuros y el rostro un tanto gastado que la ausencia de maquillaje no quiso disfrazar, quien quiera mirarla más detenidamente, y algunos lo hacen, pidiendo el teléfono o diciendo cosas divertidas sin mucha gracia, a veces groseras, porque ellas caminan lento, mirando las cosas, no a las personas, pero quien la mira con atención se dará cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar sin mucha importancia. También usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatos bajos, a veces zapatillas gastadas, camisetas o una blusa de Musselina, seda, crepe u otro tejido transparente, que una rápida y aguda mirada se daría cuenta, de inmediato, que no se trata de una prostituta o una empleada doméstica. Porque tienen cierta nobleza, esas muchachas; no se sabe si por la manera altiva de fingir que no escuchan los piropos que algunos les dicen, si por la manera de afirmar las correas del bolso con sus dedos de uñas sin pintar, conscientes de que son mujeres y están en la selva. En el caso de un inesperado encuentro, que no sería imposible, menos los sábados, es verdad, que los viernes al medio día o por la tarde, si alguien le arrebatara el bolso a una de esas muchachas para después rasgarla en un terreno baldío, quedaría decepcionado por el escaso dinero, el talón de cheques sin saldo, una agenda con pocos compromisos, tickets de metro, algún libro de poesía, esoterismo o psicología, una foto de niña, raramente la de un hombre, tal vez una tarjeta de crédito vencida o entradas para el teatro o un concierto ya usadas. Esas muchachas no miran hacia abajo ni hacia arriba: con paso decidido, miran hacia el frente, como si visualizaran más allá del horizonte un lugar escondido para esos otros que pasan siempre sin mirar hacia donde se dirigen con sus jeans gastados, sus bolsas viejas, sus pieles sin valor. De esa nitidez en el tranco, de esa atrevida falta de artificio en el rostro es desde donde brota esa impresión de nobleza transmitida tan fuertemente cuando pasan, también a los que no las miran ni se mueven con ellas. Pueden parar a ver revistas extranjeras en algún kiosko, y nunca comprarlas, detenerse para ver los precios escritos en las puertas de los restaurantes, mirar manzanas o frutillas, tocar rosas o anturios, pero generalmente siguen hacia adelante, subiendo o bajando por la calle Augusta. Tal vez sean muchas y, si realmente lo son, tan parecidas que, si alguien desde lo alto de una ventana en el Conjunto Nacional mirara hacia bajo y las viera ahora, podría pensar que son tan sólo una. Una única muchacha: ésta, con el bolso viejo colgado del hombro, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar por la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.



Y porque el mundo, a pesar de ser redondo, tiene muchas esquinas, se encuentran esos dos, esos varios, frente al mismo cine y mirando el mismo cartel. Love kills, love kills, murmura él, sin percibir a la muchacha que está a su lado. And this is my way, canta ella para sí, en la versión de Frank Sinatra, no la de Sid Vicious, sin percibir al muchacho que está a su lado. Hay otros que entran y salen, sin verlos ni verse, punks, clavos en las casacas, botas negras, intelectuales de lentes, anillos coloridos, trajes cuadriculados, adolescentes japoneses, matrimonios abrazados, ellas comiendo pop corn, señoras con faldas apretadas, gente de todo tipo. Y tal vez porque los muchachos y las muchachas como ellos raramente –o nunca- van al cine los sábados por la tarde, porque prefieren subir o bajar la calle Augusta mirando las cosas, no las personas, los dos se encaminan hacia la entrada con forma de arco del cine. Entonces se detienen y miran hacia arriba, suspirando en una suave desesperación, un cielo gris, como si fuera a llover, oh cielo tan triste de Sampa (N de T: San Pablo).


Y como si un ángel de alas de oro rompiese de repente las nubes plomas y con un saxofón adornado de amatistas anunciase a los hombres de esa calle y de ese sábado por la tarde en esa ciudad lo irreversible y fatal de las esquinas del mundo –él la miró, y ella lo miró a él.

Él sonrió como para sí mismo, sin tener nada que decir. Ella sonrió para él. Y dijo:


– Parece Saigon, ¿no?


-¿Qué? –preguntó él, sin entender. Ella señaló hacia arriba:


– El cielo. El cielo parece Saigon.

Sorprendido, y algo atontado, él preguntó

– ¿Y tú estuviste en Saigon?


– Nunca –y volvió a sonreírle.- Pero no es necesario. Debe ser así, ¿no crees?


– ¿Qué cosa? –él, que era algo lento, volvió a preguntar.


– El cielo –ella suspiró. – Se parece al cielo de Saigon.

Fue él, esta vez, el que sonrió. Y dijo:


– Sí, es verdad. Parece el cielo de Saigon.


En ese momento –dicen que les pertenece a los hombres ese gesto, y ellos eran algo anticuados- tal vez él pensó en ofrecerle un cigarro a ella, en preguntarle si ya había visto esa película, si quería tomarse un café en el Ritz, incluso preguntarle cómo se llamaba u otra de esas cosas algo tontas, un tanto inocentes o terriblemente urgentes que se acostumbran a decir cuando uno de esos muchachos y una de esas muchachas o cualquier otro tipo de persona, y son tantas como tantos tipos de persona hay en el mundo, se encuentran de repente y por alguna razón, sexual o no, poco importa si por algunos minutos o para siempre, da igual, por alguna razón esas personas no se quieren separar. Pero como él era lento, no preguntó nada, no le hizo ninguna invitación. Ni ella. Aunque lenta no era, sólo un poco distraída. Ella, entonces, sonrió por tercera vez, y ya de espaldas le hizo un gesto con la mano abriendo los dedos, como Sally Bowles en Cabaret, y continuó caminando por la calle Augusta. Él también sonrió por tercera vez, y metió las manos aún más al fondo de sus bolsillos, como Tony Perkins en muchas películas, se rascó la barba crecida y resolvió subir nuevamente por la calle Augusta.


Unos cien metros después, ella por la Alameda Tietê, él por Santos, ese muchacho y esa muchacha, o tal vez los dos, o quizá ninguno, pero lo que importa es que al mismo tiempo piensan, vagos y sin rencor, que estos sábados son siempre tan aburridos, mierda, nunca pasa nada. Por asociación de ideas o de alguna otra forma extraña, él o ella, o ninguno, tal vez miren hacia atrás buscando algún vestigio, cualquier resto que quede de uno u otro por la calle Augusta desierta un sábado por la tarde. Pero muchachos y muchachas así, no acostumbran a dejar rastros, y ambos ya habían desaparecido en sus esquinas de veredas y calles maltratadas. Encima de ellos, nubes cada vez más densas esconden al ángel. Un cielo grisáceo, donde no sería sorpresa que en el próximo segundo explotara un hongo atómico, cayera una lluvia radioactiva o una tormenta de Napalm, que se parecía al cielo de Saigon, quizá pensaron. Aunque, para ser precisos, ellos nunca han estado allá.


 

André Sant’Anna : Ámense los unos a los otros junio 23, 2009

Filed under: Literatura Brasilera,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 1:43 am
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AndréAndré Sant’Anna nació en Belo Horizonte, en 1964. Músico y escritor, ha publicado Amor (1998), Sexo (1999), Amor e outras histórias (2001, O paraíso é bem bacana, (2006). También participó en la Antología Os cem melhores contos brasileiros do século (2001) El presente cuento es un relato inédito que puedes encontrar en http://oglobo.globo.com/blogs/prosa/post.asp?cod_post=104920

Traducción: Roberto Santander

Anda, que se va a acabar. El sábado se pasa rápido. Anda. Anda luego. Anda rápido.

Reúne a los amigos y anda. A la playa, como todos. Como todo el mundo. Anda pensando en sexo. Va a salir todo bien. No vas a conseguir sexo. Pero te vas a acordar, para el resto de tu vida, y te vas a morir de la risa cada vez que te acuerdes, de tu amigo que bebía mucho, que vomitaba mucho, que tapó el único baño de la casa donde ustedes veinte se quedaron. Te vas a morir de la risa.

Tú no vas a poder ir. Fuiste escogido para hacer horas extras en la empresa. Piensa, ¿por qué tú? Tonto. Obvio: es que eres muy ingenuo, tranquilo, demasiado tímido y, aunque te pongas esa corbata, no puedes ocultar la cara de hippie que tienes. Está claro: vas a pasar el turno de navidad escribiendo poesía en la empresa. Lo vas a hacer.
Anda, que va a estar pésimo. La familia por ahí, caminando por la calle de la heladería, contigo adelante, sudando. Tu esposa, muy digna, embadurnada en crema encima de su bronceado, con sus piernas llenas de picaduras, más atrás, sufriendo mucho, mucho. Tu hijo adolescente, vestido de negro, por el otro lado de la calle, queriendo que mires, con su pelo desarreglado, cómo él te ignora. Los menores quieren plata para comprarse alguna cosa. Cualquier cosa, casi siempre. Y en el final de la fila, la abuela, que es, digamos, nadie. Si no fuese por la irritación que ella provoca en ti, ella no sería nadie en verdad. Tienes que ir. Todo el mundo va. Anda.

Anda, pero anda con cuidado. La violencia está por todos lados. Más aún en esta época del año. Pero algún día los expulsaremos con eso de los derechos humanos. Ahí resolveremos todo.

Sol, cielo, sal, sábado, amor. Prepárate para el amor. Prepárate para ser feliz. Tienes que ser feliz. Felicidad es amor. Si tienes un buen cuerpo, la piel bien cuidada, el bronceado o la palidez en el tono exacto, el espíritu joven, la mente preparada para vivir nuevas experiencias, disposición para estar siempre inventando nuevas modas, acceso a la más moderna tecnología de punta, una sonrisa larga siempre en tu rostro, si eres muy feliz, vas a enamorarte este sábado. Si no, no. Anda obligatoriamente feliz.

ellaNo. No vayas. Tú eres diferente. Tú no eres igual. Ellos son unos neuróticos, y tú eres una buena persona. Esa gente que se va sobando por la calle, sudada, fea, sin dientes, vendiendo cosas baratas, comprando cosas que no deberían ser vendidas, bebiendo pinga, gritando insultos, haciendo farofa, comiendo fierritos de camarón, bailando música para mover el culo, gritando el himno del Vasco, no, tú no eres así, usando jabón y shampoo en la cascada, molestando al conductor del bus que arrancó muy brusco, reclamando por el taxi que se detuvo en el paso de peatones, fea, fea, fea ,tú no. Diferente, bonita, linda, con un buen cuerpo, la piel bien cuidada, el bronceado o la palidez en el tono exacto, etc. Etc. Etc. Moderna, tecnológica, diferente de todo eso que circula por ahí, lista para ser feliz este sábado, sólo tú y el tipo que es tú tipo, tomando vino, escuchando jazz, planeando un viaje inolvidable para una isla en Indonesia que sólo él conoce, lejos de esta gente tan igual, sudada, diferente a ti, que nunca sudaste, y de él, que sabe cocinar un plato dulce y picante, receta tailandesa que incluso es afrodisíaca, para ti, que eres perfecta, diferente para este sábado.


 

Algo Urgente – Joao Gilberto Noll mayo 15, 2009

Filed under: Literatura Brasilera,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 11:01 am
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Titulo Original: Alguma coisa urgentemente
(http://www.releituras.com/joaognoll_alguma.asp) El Cuento forma parte del Libro “Romances e Contos Reunidos” (1997)
Autor: Joao Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946) es un escritor brasilero que figura como una los máximos exponentes de la literatura de su país. Ha publicado cuentos y novelas. Entre sus principales libros está Bandoleiros (1985), Harmada (1993), Lord (2004), A Máquina do Ser (2006).
Traductor: Roberto Santander

 

 

 

                                                                                                                                    3263868842_a8fd9c6167
Los primeros años de vida provocaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre no sabía explicar muy bien el por qué de la existencia, y siempre se cambiaba de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más marcada de mi padre era el cambio. Se autoproclamaba filósofo sin libros, con una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, creía que mi padre era sólo un hombre amargado por haber sido abandonado por mi madre cuando yo era un niño. Vivíamos en ese tiempo en la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me sacaba a pasear todas las mañanas por la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba el nombre de los árboles. Yo no me conformaba con saber sólo los nombres, quería saber las características de cada vegetal, de qué lugar venía. Él me decía que el mundo no eran sólo esas plantas, sino que también eran las personas que pasaban y las que se quedaban y que cada uno tiene un drama personal. Yo le pedía que me cargara en sus brazos. Él me hacía caso y silvaba una canción medieval que afirmaba era su preferida. En los brazos de él, yo balbuceaba unos pensamientos peligrosos:
– ¿Cuándo te vas a morir?
– No te voy a dejar solo, hijo.
Me hablaba visiblemente emocionado y decía que antes me iba a enseñar a leer y escribir. Le gustaba comportarse como si yo no supiera lo que pasaba. Para qué leer –le preguntaba. Para describir la forma de este arbol –respondía un tanto irritado con mi pregunta. Pero luego se calmaba.
– Cuando aprendas a leer vas a poseer, de alguna forma, todas las cosas, incluso a ti mismo.
Hacia el final de 1969, mi padre se fue preso al interior de Paraná. (Dicen que le pasaba armas a un grupo de no sé qué tipo). Tenía en esa época una casa de caza y pesca en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.
Hacia el final de 1969, mi padre se fue preso al interior de Paraná. (Dicen que le pasaba armas a un grupo de no sé qué tipo). Tenía en esa época una casa de caza y pesca en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.
El día que él fue arrestado, una vecina de piel muy clara me sacó de mi hogar y me dijo que pasaría unos días en su casa, mientra mi padre estaba de viaje. No le creí, pero hice como si le creyese, porque es lo que le conviene a los niños. ¿Porque qué hubiese pasado si yo le decía que eso era mentira? ¿Qué hacer con un niño que sabe la verdad?
Me pusieron en un internado al interior de San Pablo. El Cura Director me miró y afirmó que ahí yo sería feliz.
– No me gusta este lugar
– Te acostumbrarás y hasta te va a gustar.
Los compañeros me enseñaron a jugar fútbol, a masturbarme, a robar comida de los Curas. Tenía una erección y se las mostraba. Mostraba también las manzanas y los dulces de los robos. Hablaba de mi padre. Uno de ellos me odiaba. Mi padre fue asesinado, me decía, con odio en los ojos. Mi papá era bandido, contaba él, con el corazón acelerado.
Yo me callaba. Es que había cosas que él decía sobre mi padre que presumían un conocimiento que yo no tenía. Llegó una carta de él. Pero el Director no dejó que la leyera; me llamó a su escritorio y me contó que mi padre estaba bien.
– Él está bien.
Agradecí, como lo hacía normalmente cuando tenía algún tipo de contacto con el Director, y salí murmurando:
– Él está bien.
El niño que me odiaba se acercó y dijo que a su padre le habían puesto diecesiete tiros.
En las clases de religión el Padre Amancio nos enseña a rezar el rosario y a repetir plegarias.
– Salve María –él exclamaba al principio de la clase.
– Salve María –repetían los alumnos al unísono.
Cuando crecí mi padre me vino a buscar. Él estaba sin un brazo. El Cura Director, entonces, me preguntó:
– ¿Quieres irte?
Miré a mi padre y le dije que yo ya sabía leer y escribir.
– Entonces un día sabrás todo –dijo.
Cuando nos fuimos, el niño que me odiaba se quedó mirándome desde la puerta del Colegio. Él estaba con su uniforme bien lavado y planchado.
En la carretera hacia San Pablo paramos en un restaurante. Pedí un cognac y mi padre no se espantó. Leía un diario.
Ya en San Pablo fuimos a una habitación donde no recibíamos visitas.
– Vamos a Río –dijo mi padre, sentado en la cama con el brazo que le quedaba apoyado sobre las piernas.
En Río fuimos a un departamento que quedaba en la Avenida Atlántica. De unos amigos, dijo él. Pero aunque el departamento estuviese amueblado, siempre estaba vacío, no iba nadie.
– Quiero saber –le dije a mi padre.
– Puede ser peligroso –contestó.
Apagué el televisor dispuesto a escuchar. Pero él dijo que no. Es muy pronto todavía. Para ese entonces, ya había perdido la capacidad de llorar.
Intenté olvidar. Mi padre me puso en un Colegio en Copacabana y comencé a crecer como tantos adolescentes en Río. Me acostaba con la empleada de Alfredo, un amigo del colegio, y, en la playa, a veces tenía que sentarme porque era común tener erecciones a vista de todos. Fingía, entonces, que observaba el mar, la performance de cualquier surfista.
No me gustaba constatar lo mucho que me molestaban algunas cosas. Pero mi padre desapareció nuevamente. Me quedé solo en el departamento de Avenida Atlántica sin que nadie lo supiera. Y yo ya me había acostumbrado al misterio de ese departamento. Ya no JoaoGilbertoNollquería saber a quién pertenecía, porque vivía solo. El secreto alimentaba mi silencio. Y yo necesitaba de ese silencio para seguir ahí. Ah, me olvidé de decir que mi padre había dejado dinero en un cofre. Ese dinero fue suficiente para siete meses. Gastaba poco e intentaba no pensar sobre qué pasaría una vez que se terminara. Sabía que estaba solo, viviendo de un dinero que se acababa, pero era necesario preservar la libertad de los jóvenes de mi edad, y falsificar la firma del padre sin remordimientos frente a cada exigencia del colegio.
La limpieza del departamento no me importaba. Estaba sucio. Muy sucio. Pasaba tan poco en casa que no le daba importancia a la mugre, a las sábanas inmundas. Tenía buenos amigos en el colegio, dos o tres amigas que dejaban que les metiera mano donde yo quisiera.
Pero el dinero se había terminado y yo estaba caminando por la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, una tarde noche, cuando noté a un grupo de muchachos parados en la esquina de la Barra de Ipanema, apoyados en un auto y enrollando un papelillo. Cuando pasé, ellos me ofrecieron. ¿Una fumada? Acepté. Uno de ellos me dijo mira, no te lo pierdas, amigo. Miré hacia donde habían apuntado y vi un Mercedes parado en la esquina con un hombre de unos treinta años adentro. Anda, me dijeron y empujaron. Y fui.
– ¿Quieres entrar? –me dijo el hombre.
Pensé en que lo había comido todo y que andaba sin dinero.
-Trescientos –dije.
Él abrió la puerta y me dijo que entrara, el auto subió la calle Niemeyer, y no había nadie en el cerro donde el hombre paró. Un casette tocaba música clásica, creo, y el hombre me dijo que era de San Pablo. Me ofreció un cigarro, un chicle y comenzó a sacarme la ropa. Pedí el dinero y me dio 3 billetes de cien nuevos. Desnudo, él se acercó a mí y comenzó a morderme como queriendo dejarme marcas, casi me saco un pedazo de la boca. Yo tenía un buen físico y eso lo excitaba, lo dejaba loco. El casette ya se había terminado y se escuchaba sólo un grillo.
– Vamos –dijo el hombre, encendiendo el auto.
Yo había disfrutado y necesitaba limpiarme con la ropa interior.
Al día siguiente mi padre volvió; apareció en la puerta, muy flaco y sin dos dientes.
Le conté:
– Ayer resolvi prostituirme, fui con un hombre a cambio de trescientos mangos.
Mi padre me miró sin sorpresas y dijo que intentara hacer otra historia con mi vida.
– Vine para morir. Mi muerte será cubierta por los diarios, la policía me odia, hace años que me busca. Van a descubrirte, pero no des ninguna declaración, di que no sabes nada. Lo que es, además, verdad.
– ¿Y si me torturan? – pregunté
– Eres menor y ellos necesitan evitar escándalos.
Fui hacia la ventana pensando que iba a reventar en lágrimas, pero sólo conseguí quedarme mirando el mar, sintiendo que necesitaba hacer algo urgentemente. Di vuelta la cabeza y vi que mi padre dormía. Sin embargo, no fue eso lo que pensé: pensé que él ya estaba muerto y corrí para sentir su pulso.
Aún estaba con vida. Necesito hacer algo urgente, repetía mi cabeza. Es que no me gustaba haber ido con el hombre la noche anterior, mi padre iba a morir y yo no tenía ni un puto centavo. ¿Cómo iba a sobrevivir? Entonces pensé en denunciar a mi padre, para que los diarios me recibieran y así conseguir casa y comida en algún orfanato, o en la casa de alguna familia. Pero no, eso no lo hice porque quería a mi padre y no estaba interesado en vivir en un orfanato ni con una familia desconocida. Sentía pena por mi padre acostado en el sofá, durmiendo y tan débil. Necesitaba comunicarme con alguien, contar lo que estaba pasando. ¿Pero a quién?
Comencé a faltar a clases y me quedaba caminando por la playa, pensando qué hacer con mi padre que se quedaba en casa durmiendo, feo y viejo. Y yo no había conseguido ni un 3463721328_b926690399_mputo centavo. Menos mal que tenía un amigo vendedor en los carritos de la Geneal que me regalaba unos Cachorro-Quente. Le decía que le pusiera bastanta mostaza, que calentara bien el pan, que le pusiera harta salsa. Me obecedía como si quisiera que me fuera bien. Pero no podía, no conseguía contarle lo que me estaba pasando. Sólo hablaba con él sobre el culo de las mujeres o alguna cicatriz en el estómago. Es cesárea, me decía. Y yo fingía que nunca había escuchado hablar de cesárea para que aumentara su placer de enseñarme sobre la cesárea. Un día me preguntó:
– ¿Tienes hermanos?
Respondí que tenía siete.
– ¿Un cabrón tu padre, eh?
Me demoré en contestarle. Tal vez era la ocasión de contarle todo, admitir que necesitaba ayuda. ¿Pero qué podía ofrecerme un vendedor de la Geneal salvo ir donde la policía y contarles? Entonces me callé y me fuí.
Cuando llegué a mi casa entendí que mi padre era un moribundo. Él ya no se acordaba de nada, tenía espasmos, se le doblaba la lengua y yo lo ayudaba. El departamento, en esa época, tenía un mal olor, como a podrido. Pero esta vez me dio lo mismo todo y comencé a ayudarlo. Le levanté la cabeza, e intenté acostarme con él.
-¿Qué estás sintiendo?
– Ya no siento nada –respondió.
– ¿Duele?
– Ya no siento ningún dolor.
De vez en cuando le traía un Cachorro-quente que mi amigo de la Geneal me daba, pero mi padre devolvía cualquier cosa y expulsaba los pedazos de pan y salchicha por el borde de la boca. Una de esas veces en que yo le limpiaba los restos de pan y salchicha de su boca, sonó el timbre. Fui a abrir la puerta con mucho miedo, con el paño todavía en la mano. Era Alfredito.
– La Directora quiere saber por qué nunca más fuiste al colegio. – me preguntó.
Entró y le dije que estaba enfermo, con la garganta inflamada, pero que volvería al colegio al día siguiente porque ya casi me había mejorado. Alfredito sintió el mal olor de la casa, estoy seguro, pero hizo como si nada pasara.
Cuando se sentó en el sofá noté la cantidad de polvo que había y cómo Alfredito se sentaba con sumo cuidado, como si el sofá se fuera a abrir, pero él fingía y hacía como si todo estuviese normal, ni la barata que bajaba por la pared de la derecha, ni los ruidos de mi padre, sus gemidos que venían de la habitación de al lado le importaban. Me senté en la poltrona y comencé a contarle todo lo que se me venía a la cabeza para distraerlo de los ruidos que hacía mi padre, de la barata de la pared, del polvo del sofá, de la mugre y el olor del departamento. Hablé sobre cómo en los días de enfermedad leía en la cama unas revistas de bromas, revistas danesas, ¿y sabes cómo conseguí esas revistas?, se las robé a mi papá, estaban escondidas en su cajón, no te las muestro porque se las presté a un amigo, un bandido que trabaja en un carrito en la Geneal de la playa, él se la mostró a otro un amigo que se masturbó con la revista en la mano, hay unas mujeres con unas piernas así y la cámara les tomó la foto justo aquí , bien aquí, amigo, cómo los tipos le sacaron esa foto a la mujer, es como para pajearse, la cámara cerca, y la mujer desnuda con las piernas en ésta posición, no estoy mintiendo, ya vas a ver, un día vas a ver, sólo que ahora la revista no la tengo yo, por eso es que te digo que enfermarse de vez en cuando es bueno, un día entero leyendo la revista, sin nadie que me moleste, sólo yo y mis revistas, nadie que te toque las pelotas, nadie, amigo, nadie.
Paré de hablar y Alfredito me miraba asustado, me miraba con cara de idiota, medio desconfiado, y no sé bien qué pasó por su cabeza cuando mi padre me llamó desde la otra habitación. Era la primera vez que mi papá me llamaba por el nombre; yo mismo me asusté tapa lordcuando lo escuché, y me puse de pie atemorizado porque no quería que nadie supiera sobre mi padre, sobre mi secreto, sobre mi vida. Quería que Alfredito se fuera y que no volviese nunca más. Entonces me puse de pie y le dije que tenía cosas que hacer, y él se fue caminando de espaldas en dirección a la puerta, como si tuviese miedo de mí, y yo le decía que mañana voy a aparecer en el colegio, puedes decirle a la Directora que mañana converso con ella, y mi padre me llamó de nuevo con su voz agonizante, y mi padre me llamaba por primera por mi nombre y dije chao hasta mañana, y Alfredito dijo chao hasta mañana, y yo continuaba con el paño de plato en la mano y cerré la puerta bien rápido porque no aguantaba más a Alfredito ahí, y fui corriendo y vi que mi papá estaba con los ojos duros, mirándome, y me quedé parado en la puerta pensando que yo necesitaba hacer algo, cualquier cosa, urgente.
 
 

London, London ou Ajax, Brush and Rubish – Caio Fernando Abreu abril 13, 2009

 

 

Titulo Original: London, London ou Ajax, Brush and Rubish (http://semamorsoaloucura.blogspot.com/2007/08/london-london.htm) El cuento se encuentra en el libro Estranhos estrangeiros (1996)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander

 

 

 

LONDON, LONDON OU AJAX, BRUSH AND RUBBISH

 

Para Carlos Tèmple Troya

 

                                                                                                                                                                                                         09_caio_fernando_de_abreu

Mi corazón está perdido, pero tengo un mapa de Babylon City entre las manos. Primer día de fog auténtico. Hay un fantasma en cada esquina de Hammersmith, W14. Voy navegando en las waves de mi propio silbido hasta la puerta oscura de una casa victoriana.

 

Good morning, Mrs. Dixon! I’m the cleaner!

What? The killer?

Not yet, Lady, not yet. Only the cleaner…

 

Llamo a Mrs. Dixon de Mirs. Nixon. Es un poco sorda, así que no entiende bien. Tengo que gritarle muy cerca del pendiente (jamaicano) de su oreja derecha. Mrs. D(N)ixon usa un chaleco de piel (siberiana) muy elegante sobre una malla negra, y un collar de jade (chino) en el cuello. Sus ojos azules son impenetrables, y, cuando se contraen, hacen mover lentamente la red de adornos (belgas) que sujeta en su cabeza. Sólo cuando comienza a acariciar a su gato (persa) me presta atención

 

Where are you from?

I’m Brazilian, Mrs. Nixon.

Ooooooooooouuuuuu, Persian? Like my pussy cat! It’s a lovely country! Do you like carpets?

Of course, Mrs. Nixon. I love carpets!

Para mostrar interés, enciendo inmediatamente un cigarro. Pero Mrs. Nixon se intranquiliza, junto con el gato.

Take care, stupid! Take care of my carpets! They are very-very expensive!

 

Trae un cenicero de plata (Tailandés) y apago el cigarro (americano).  But, sometimes, yo hablo también un poquito de español e, if il faut, aussi un peu de français: navego, navego en las waves contaminadas de 3425797571_ebca48bc6dBabylon City, después me siento en el Hyde Park, W2, y presencio el encuentro de Carmen Miranda con una Rumbeira-from-Kiúba. Perhaps por los orígenes tropicales y respectivos back-grounds, se hablan por medio de quiebres y giros y quizá por el tono dorado de las hojas de otoño, (like “Le Bonheur”, ¿remember “Le Bonbeur”?), tal vez, maybe, se aman inmediatamente.  Pero Carmen huye, fiel a sus ya citados orígenes y repite enl(r)ouquecida[1], en portugués castizo, que ese amor ciego terminará por matarla. La Rumbeira-from-Kiúba, cuyo nombre, hasta hoy, no ha sido debidamente esclarecido, (something between Remédios and Esperanzá), decide tomar medidas con el fin de abandonar la old-fashion y se matricula en beginnerde danza moderna en The Place, Euston. NW1. Para consolarse del frustrado affair, todos los sábados va a Portobello Rd, Wll, donde se dedica a la investigación y eventual adquisición de porcelana china. Su pequeña habitación en Earl’s Court Rd, W8, está tomada. Ayer substituyó su almohada por una carísima pieza de la Dinastía Ming. Mientras, Carmen gana 20 libras por semana cantando “I-I-I-I-I-I-I like very much” en los intervalos de las sesiones de Classic, Nothing Hill Gate, Wll. Los sábados compra viejos zuecos con altísimas plataformas, tejidos y frutas en los barracones de Portobello –para llenar el hueco de su (c)hambre[2]. Tarde en la noche, cada una en su habitación, leen respectivamente a  Cabrera Infante y la lírica de Camões. Ambas esperan, secretamente, encontrarse cualquier  saturday de estos, entre candelabros art nouveau, ropas de paje renacentista, couves-de-bruxelas y pasteles de Jamaica, frente al Ceres, Portobello, Rd, W14, donde todo pasa. O casi. Pero todo es en secreto. Ninguna está dispuesta a hablar primero. Ninguna dejará vislumbrar alguna emoción detrás del make-up. It’s so dangerous, money, y, además, en Europa es así, hijo mío, trata de ir acostumbrándote. Pero siempre puede ser que sus ojos digan todo. Como en esas melosas y absurdas historias de Rumbeiras-from-Kiúba meeting Carmen-mirandas por las veredas otoñales de Hyde Park –donde las hojas, a quien le interese, siguen cayendo.

 

I think all Latin-American writers should write in English. Spanish is very difficult. But don’t worry, dear: Joseph Conrad learned to write only at nineteen…

 

Ampollas en las manos. Callos en los pies. Dolor de espalda. Músculos cansados. Ajax, brush and rubbish. Pelo duro por el polvo. Narices llenas de mugre. Stairs, stairs, stairs. Bathrooms, bathrooms. Blobs. Dolor en las piernas. Subir, bajar, llamar, escuchar. Up, down. Up, down. Many times got lost in undergrounds, corners, places, gardens, squares, terraces, streets, roads. Dolor, pain. Blobs, ampollas.

 

You’re not just beautiful. I think you’ve got some-thing else.

 

 

 

I’ve got something else. ¿Donde los castillos, los príncipes, las suaves vegetaciones, los grandes encuentros 3419049058_8052297ddb–donde las montañas cubiertas de nieve, los teatros, los ballets, la cultura, la historia –dónde? Paisaje duro, hard landscape. Tunecinos, japoneses, persas, indios, congoleños, panameños, marroquíes. Babylon City hierve. Blobs in strangers’ hands haciendo privado el balde lleno de sífilis, mientras tiro la descarga para que Mrs. Burnes (o Lascelley ou Hill ou Simpson) no escuche el grito.

 

What you think about the Women’s Lib?

Nothing. I prefer boys.

Chauvinist!

 

Ella está descalza, aunque hace frío. Tiene una falda colorida que llega  casi hasta el suelo lleno de basura. El pelo rojo de henna, con algunas mechas verdes. En los ojos, un pincel stone trazó enormes alas de purple butterfly. Como si su rostro fuera un jardín. Empuja un coche de niños vacío y canta. Canta cualquier cosa, así: “I’m so happy/ I’m so happy/’cause today is The Day/’cause today is a Sunny Day”. Es muy joven, pero la heroína le quitó el color de su piel. La boa azul se mueve con la brisa que causa un bus al pasar. Sonríe, se detiene, da media vuelta, y saca de dentro del coche una bolsa de pequeños vidrios y cordones dorados y toma un vidrio oscuro y salpica unas gotas de óleo en la punta de sus dedos y los pasa –slowly, slowly– por mi frente, por mi cara, por mi pecho, en las cicatrices suicidas de mi pulso de indio:

 You know and I know that you know: today is just The Day.

 

Hay olor a Sándalo, a Oriente. Yo no quiero decir nada, en ninguna lengua, no quiero decir absolutamente nada. No sonrío y dejo que se vaya con sus pies descalzos y sucios, bailando sobre la tela de su falda. Ella todavía canta. Respiro profundo, mientras espero que el bus pase, y siento Sándalo, siento Oriente.

Won’t you finisb your bloody cigarette?

Fuck off!

Very eccentric!

 

Mrs. Austin le apunta a las palomas del patio y dice que no se puede morir, ¿you know?, que tiene ochenta años pero que no se puede morir. ¿Qué sería de las palomas de Mrs. Austin si el muriese ahora? Me quedo parado en la esquina, las manos llenas de palomas, los pies en el jardín dorado de Mrs. Austin, que me dio cincuenta pence más. Ellas pasan, ellos pasan. Algunos miran, casi paran. Otros se dan vuelta. Otros, después de concluir que no he muerto, a pesar de mi pelo negro y ojos oscuros, se acercan solícitos y, como en esta isla no se puede andar impunemente por las esquinas, me agraden con su British hospitality:

 

― May I help you? May I help you?

― No, thanks. Nobody can help me.

 

Something else. Toco el pequeño cactus con los dedos llenos de ampollas rosadas. Es un frágil falo verde, cubierto de espinas blancas. Comprimo las espinas blancas contra la piel rosada de las ampollas de mis dedos. Pero nada pasa. Something else. Yo quería tocar “Pour Élise” al piano, ¿sabía? Es algo kitsch, lo sé, pero yo quería, y en el Brazil,  cariño, en el otro lado del mar, hay una tierra encantada que se llama Arembepe, y un poco más al sur hay otra, que se llama Garopaba. En estos sitios, todos los días son sunny-days, todos. Mon cher, tome sus maracas, su malla de ballet, sus platos chinos –toma todos los pedazos que perdiste en tus andanzas y ven a mi alfombra mágica. Te quieres volar conmigo hasta los sitios encantados? Something else. Coño. Apreto mis ampollas contra el falo verde. Y nada pasa. Como César Vallejo: “Tenemos en uno de los ojos mucha pena, y también en el otro, mucha pena, y en los dos, cuando miran, mucha pena. Carmen está excitada, el teléfono en las manos. Flash-back: Cármen-menina excitada con el pene del vecino entre las manos de uñas verde-menta, esmalte from Biba, High Street Kensington, W8. Quizá Remédios, Soledad o Esperanza. Zoom en los ojos. La boca escalarta repite enr(l)ouquecida[3]:

 

Pero si no te gusta esa de que te hablo, hay otra más al sur, o más al centro,  donde Io quieras,  cielo, donde Io quieras,  locura. Sometimes, penso que mio cuore es una basura, but “your body hurts me as the world hurts God”. I car it forget it.

 

Look deep on my eyes. Can you see? They’re lost. They’re completely lost. And I can do nothing.

 

 

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Camino, camino. Rimbaud fue a África, Virginia Woolf jugó en un río, Oscar Wilde fue a la cárcel, Mick Jagger se inyectó silicona en la boca y Arthur Miller se casó con Norma Jean Baker, que acabó entrando en la Hi$toria, si no que lo diga Norman Mailer. Mrs. Burnes no viene, no viene. Wait her and after call me. Espero, espero. Mrs. Burnes no viene.  En Amsterdam es hasta legal, pero nunca vi tanta mierda de perro en la calle. En Nicaragua un tercio de la población habla ahuara, que es una lengua hindú. En el muro cerca de casa, alguien escribió con sangre: “Flower-power is dead“. Es fácil, flaco, terminar en algo bueno: primero busca un departamento, después busca trabajo, una escuela, después, si sobra tiempo, amor. Después, si fuese necesario, y siempre es, motivos para reír o llorar –o cualquier cosa más drástica, como convertirte en adicto a la heroína, hacer auto-stop hasta Katmandú, traficar armas para los marroquíes o –siempre existe la old-fashion– morir de amor por alguien que tenga asco de tu piel latina. Why notP

 

Please, can you clean the other side of that door?

 

Primero, la sorpresa de no encontrar. Sorpresa blanca, larga, boca abierta. €10. El arriendo de la semana más uno o dos mazos de Players Number Six. Algunos sandwiches y buses,  five en la entrada, y five, please, a la salida. Reviso la bolsa: pasaporte brasilero, patchulí hindú, monedas suecas, sellos franceses, fósforos belgas, César Vallejo y Sylvia Plath. Ojo en el suelo. Alejo las piernas de las personas, las latas de basura, empujo bancos. Tengo dos opciones: sentarme en la escalera sucia y llorar o salir corriendo y tirarme al Támesis. Prefiero tomar el próximo tren para la próxima casa, navegar en las waves de mi propio silbido y esperar a Mrs. Burnes, que no viene, que no viene.

 

WHY?

I beg your pardon?

 

                                                                                                                                                                  3418238729_ac61a9638d_m

Anochece siempre temprano y en la sala discuten sobre las virtudes de la  princesa Anne. Alguien dice que el marido es muy caliente y escuchan un rock que habla de “una-isla-del-norte-donde-no-sé-si-por-suerte-o-por-castigo-fui-a-parar-por-un-tiempo-que-pasó-rápido-como-todo-tiene-que-pasar-hoy-día-yo-me-siento-como” si ahora fuese también ayer, mañana y después de mañana, como si la primavera no sucediese al invierno, como si nunca se debiese romper la cáscara del huevo, como si no fuese necesario encender todas las velas y todo el incienso que hay por las casas para alejar el frío, el miedo y la voluntad de volver. Pero el coche de niños est´vacío. La piedra de Brighton pare­ce un corazón partido. El tarro esconde la Torre Fulminada. Las flores amarillas sobre la mesa blanca todavía no mueren. El teléfono existe, pero no suena. En la pared hay un mapa del siglo no sé cuántos. El cactus. La aguja hace que la ampolla libere un líquido espeso y dulce. Siento dolor: estoy vivo. Lo último que vi del día reposa, como en un poema antiguo, sobre el uniforme de la tercera gran guerra  tirado al suelo por la ofensiva de la mañana siguiente: zapatillas francesas (treinta francos), blue jeans suecos (noventa coronas), suéter inglés (cuatro libras), abrigo marroquíe (noventa pesetas). Ahora valgo un poco más caro y mi precio está sujeto a las oscilaciones de la bolsa internacional. Cuando vuelvas, vas a ver como las personas sólo te dicen “Mira, él acaba de volver de Europa”. Te pondrán caras y te lanzarán miradas, y tendrás un status increíble. Con ese impulso podrás comerte a cualquiera. Flaca, tu me lo dijiste, lo sé, pero ¿dónde están tus dedos llenos de anillos? Y en la sala, en la sala discuten las virtudes del marido de la princesa Anne y cantan rock. David Bowie es una gran mujer, pero mi corazón es atlante. Tengo sol en Virgo, Marte en Scorpio, Venus en Leo y Jupiter en Sagittarius. Me ubico. Pongo el despertador a las siete de la mañana, cuando todavía está oscuro, y los autos están cubiertos por el hielo. Apago la luz y me tapo con el cobertor rojo. Sin embargo, y a lo lejos, alguien dice que a fin de año todavía tiene que venir el cometa. Busco un fósforo, enciendo un cigarro. La pequeña punta roja se queda brillando en la oscuridad. Sorry, in the dark: red between the shadows. Casi com un farol. Sorry: a lighthouse. Flaca, allá en la Bahía, encuentra mi pequeña luz. Extiende tu mano llena de anillos por sobre el mar y toca mi frente caliente de índio latino-americano y habla así, con un acento bien horroroso, que Shakespeare se retuerza en su tumba:

 

– De beguiner is ólueis dificulti, suiti ronei, létis gou tu trai agueim. Iuvi góti somessingui élsi, donti forguéti iti.

I don’t forget. Mi corazón está perdido, pero tengo un London de la A a la Z en la mano derecha y en la izquierda un Collins dictionary. Babylon City moribunda, ahogada en la basura occidental. But I’ve got something else. Yes, I do.

 

 


[1] Se mantuvo el original, privilegiando la doble significación del idioma nativo.

[2] Chambre: habitación en francés.

[3] Se mantuvo el original, privilegiando la doble significación del idioma nativo.

 

Romeo y Julieta – Sérgio Sant’Anna febrero 23, 2009

Filed under: Literatura Brasilera,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 9:15 am
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Título original: Romeu e Julieta (Minificçoes) ( http://www.releituras.com/ssantanna_minific1.asp )

 

Autor: Sergio Sant´Anna (Rio de Janeiro, 1941), escritor que ha publicado cuentos, teatro y novelas. Entre sus principales libros se encuentran “Simulacros” (1977) y “A senhorita Simpson (1989)

 

Traductor: Roberto Santander

 

 

                                     ROMEO Y JULIETA

 

1

Él la esperó en la puerta del Colegio. Con quince años, era la primera vez que se acercaba a una mujer. Tenía la cara roja de vergüenza, pero igual le preguntó si podía acompañarla. Ella dijo que sí.

Se sentía ridículo y nervioso, pero igual le preguntó si estaba apurada. Ella dijo que no. Entonces, él le preguntó si quería ir al cine. Ella dijo sí.

No pudiendo concentrarse en la película, se dedicó a mirarla de reojo. Sus miradas se encontraron y ella le sonrió, dándole la mano.

Entonces él preguntó si podía besarla. Ella dijo que sí. Su corazón comenzó a latir más fuerte, porque tenía la certeza de que, finalmente, las cosas comenzarían a suceder.

 

 

2

Ellos se aproximaban a los sesenta años y no se buscaban en la cama. Pero se hacían compañía uno al otro y se querían, de la forma en que las personas se quieren a esa edad.

Mas una noche él fue hasta el armario y tomó una camisa colorida y escogió su mejor pantalón. Y ella lo sorprendió pasándose perfume por el cuerpo y peinándose con cuidado. Él salió diciendo que iba a visitar a un amigo, pero ella entendió que se trataba de una mujer.

Acostada, se preparó para una larga espera. Sin embargo, una hora más tarde, él volvió a la casa. Se tiró en la cama y encendió un cigarro y luego otro, mirando fijamente el techo. Ella lo conocía en todos los gestos y detalles, por lo que supo, desde el primer instante, que él había fallado. Ella le extendió una de sus manos y él la apretó con fuerza.

 

 

3

La primera vez fue en un parque municipal, entre arbustos y columpios. Ella fingió un orgasmo, para que él no se decepcionara. Y nunca había sentido tanto miedo, a causa de las personas que pasaban y, principalmente, por los guardias nocturnos.

Después ella se fue para la casa y comprobó que tenía hojas pegadas en su piel y pequeños dolores en el cuerpo. Hasta hoy, a pesar del miedo, ella recuerda esa noche como la mejor de su vida.

 

 

4

Junto a otros mendigos ella duerme bajo los viaductos de la ciudad. Sus ropas están sucias y rasgadas y su cuerpo huele mal. Ella no consintió al viejo que se acercó y comenzó a acariciarla, pero tampoco se recusó. Entonces, él siguió hasta el final, alejándose luego, en silencio. Ella no obtuvo nada similar al placer, pues la única cosa que estaba dispuesta a sentir, además del hambre, era un tremendo cansancio.

 


5

Cuando el novio llegó, ella se dio cuenta, una vez más, que era gordo y siempre estaba transpirando.

Cuando él la besó en la boca, ella sintió asco y tuvo la certeza que lo traicionaría después del matrimonio.

Cuando él habló de un sistema de préstamos, para comprar los muebles, ella pensó que él era muy aburrido.

 

Cuando la hermana vino a felicitarlos, ella se acurrucó junto a él de un modo diferente. Nunca admitiría el triste fracaso que ellos eran.

Y cuando, finalmente, él se fue, ella se metió debajo de la ducha, enjabonándose con cuidado, para sacarse ese olor. Pensó que le gustaría ser otra persona. Quizá más joven y con la fuerza suficiente como para abandonarlo. Pero ella no era otra persona, y se fue a dormir sabiendo que él volvería al día siguiente.

 

 

6

Él le dio un beso en la boca. Después le besó el cuello y la oreja. Ella le mostró su piel tensa y excitada. Él comenzó a sacarle la ropa, de arriba hacia abajo, besándole todo el cuerpo. Cuando llegó abajo, ella le enterró las uñas en su hombro y le confesó que nunca habían hecho eso antes, y que lo que hacían estaba muy bien.

 

 

7

En el vigésimo aniversario de matrimonio, fueron a cenar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Comieron langosta y tomaron vino, volviendo a casa levemente borrachos. Como si se tratara de un juego, él la cargó en sus brazos hacia la cama. El vestido que llevaba puesto la hacía ver muy atractiva para ser una mujer de más de cuarenta años. Él comenzó a sacarle la ropa, pieza por pieza. Una vez desnuda, comenzó a explorarle el cuerpo, como si fuera la primera vez, y comprobó que tenía una porción de estrías y venas azules. Lo intentó todo esa noche, pero no pudo sacarse de la cabeza las venas azules.