La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Sergio Pitol: Testimonio Gris 2 mayo 9, 2010

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En “El Mago de Viena”, tercera parte de la llamada Trilogía de la Memoria del escritor mexicano Sergio Pitol, nos encontramos con una continuidad escritural que recuerda los libros que lo anteceden. Sin embargo, las vivencias narradas, las impresiones y lecturas, profundizan lo biográfico sin llegar a convertirse en un relato marcado por un yo que lo inunda todo.


Pitol maneja el pasado con cuidado. Indaga como siguiendo huellas inciertas y borrosas. Procura ausentarse del relato y darle protagonismo a los sucesos antes que a su intimidad. No sigue una línea cronológica, ni secuencia las acciones a una causalidad. Los registros, las anotaciones, las marcas del texto, funcionan como un hilo que va agrupando fragmentos que nunca pierden su individualidad. El escritor mexicano reúne; convoca diversos tiempos en un texto que, en el fondo, no puede tener final.


“Creí que al escribir este relato de viaje, algún hilo comenzaría a conectarse con otros hasta llegar a desenredar el nudo. La escritura, muy a menudo, y todo autor lo sabe aun sin proponérselo, rescata zonas poco visitadas, limpia los lugares deseados de la conciencia, lleva aire a las zonas sofocadas, revitaliza todo lo que ha empezado a marchitarse, pone en movimiento reflejos que uno creía ya extinguidos” p.81


Sin embargo, por más que la presencia del autor procure confundirse con los hechos y reflexiones narradas, hay una voz que no puede ocultarse. La intención de revelar y entender esos secretos que se mantienen en el tiempo, de deslizar una escritura que recupere, resulta insoslayable en El Mago de Viena. En definitiva, lo que el texto de Pitol privilegia es el destino de la evidencia. ¿Hacía dónde convoca esta escritura? Hay espacio para la conjetura; son muchos los caminos donde puede desembocar la memoria.


La frontera que el narrador intenta colocar entre su vida y los hechos, es permeable y él la denuncia. Hay un costo en quedar afuera, en dejarse afuera, en despersonalizar lo que le sucede de lo que hace. Un costo y también un imposible. Así es como Pitol incorpora el contexto y lo utiliza para su escritura. Subordina lo biográfico, y en otras ocasiones comienza desde ahí para lanzarse hacia otros lugares. Un comentario literario realizado por el narrador no queda al margen de la situación que vivía el mismo narrador cuando escribía o leía el libro comentado. El narrador, a su vez, se apoya en la escritura biográfica o epistolar del autor comentado para concluir, reflexionar, comparar y dictaminar. Un comentario sobre Conrad, por ejemplo, hace que el narrador vaya a las cartas del escritor polaco-inglés. Aparecen respuestas, nuevas problemáticas, conclusiones sobre el oficio en esos textos personales. La literatura, en consecuencia, explora todos los registros y se vale de todos ellos para configurar los perfiles y huellas que desencadenarán en lo que solemos llamar experiencia.


“Escribir un diario es establecer un diálogo con uno mismo y un conducto adecuado para eliminar toxinas venenosas. (…) En fin, en cualquier tema sobre el que escribo logro introducir mi presencia, me entrometo en el asunto, relato anécdotas que a veces ni siquiera vienen al caso, transcribo trozos de viejas conversaciones mantenidas no sólo con personajes deslumbrantes sino también con gente miserable, esa que pasa las noches en estaciones de ferrocarril para dormitar o conversar hasta la madrugada.” p.95


El relato, en cuanto a su contenido, registra, como si de un cuaderno de lectura se tratara, la confesión del autor sobre la construcción de sus novelas. Siempre mencionando su infancia, sus años de viaje por Europa, sus trabajos temporales, la singular experiencia en Cuba. Pitol cuenta cómo escribió algunas de sus novelas, de dónde sacó las ideas, cómo el lenguaje fue convirtiéndose en forma. A su vez, el autor, al igual que en sus libros de memoria anteriores, procura escribir sobre autores que marcaron su vida. La presencia del ya mencionado Joseph Conrad, como también la de Enrique Vila-Matas, Flann O`Brien, Henry James, Gao Xingjian, Evelyn Waugh, convierte el trabajo de memoria en un ejercicio de reseña. Lo que se dice sobre los autores, las pequeñas crónicas sobre la lectura, generan un compromiso biográfico mayor. Imposible separar lo que leemos de lo que vivimos. Si vamos a recordar, si vamos a escribir sobre aquello que nos pasó, no podemos obviar los libros que ahí estuvieron.


Pitol también indaga en aspectos biográficos de sus escritores favoritos para conocer un poco más de ellos, pero también para justificar una concepción de lo que el autor mexicano entiende por literatura: todo se convierte en escritura. No concibe un espacio, ni de juego ni de ensayo, donde la escritura esté ausente. La memoria no se guarda, se escribe o se lee. Y hay que dejar rastro.


“Un escritor, de eso soy consciente, no busca la forma, sino que se abre a ella, la espera, la acepta, aunque parezca combatirla. Pero la forma siempre debe vencer. Cuando no es así el texto está podrido.” P.232


El libro de Pitol se enmarca en esa misma definición. La memoria no es un género, sino un requisito para esta escritura; la autobiografía tampoco es un género, sino la materialidad de todo lo que se escribe. De esa manera, el texto se convierte en un todo que contempla un fluir que no sabe de distinciones formales.


No hay una secuencia narrativa clásica, sino un texto que se construye de diversos registros. El cuerpo de la escritura gesticula su propio rigor. Hay un texto que se escribe, un diario con viejos recuerdos que genera narración. La literatura de la memoria sufre una condena: en algún momento ya no habrá tiempo para escribir; en algún momento ya no habrá memoria donde esconderse.



R.S

 

 

 

Sergio Pitol: testimonio gris abril 26, 2010


Se parte de una omisión, pero parece que eso siempre es así. Luego viene lo que decimos; la zona que elegimos e intentamos narrar. Si podemos. Recuperar un lugar y un tiempo, como un testimonio que apela a lo discursivo, pero que busca, en el fondo, relatar una experiencia. Narrar un viaje como testigo privilegiado de un cambio. Contar, sin mayor pretensión, una experiencia precisa, pero terminar gestando un relato con múltiples entradas, con diversas referencias. En el fondo: hacer del texto un artefacto que supere la convención memorialística. Y eso es lo que logra Sergio Pitol en El Viaje, texto donde cuenta su experiencia en Moscú y Tiflis en los años que comienza la Perestroika.


El ejercicio narrativo funciona como un aparato donde las entradas y las salidas son muchas. Todo lo que el sujeto lee, sueña, conversa, imagina, y mira, son fuentes para una escritura que se dedica a registrar. Sin embargo, ese registro no es el de una escritura que pretenda fijar un espacio y tiempo determinado, necesariamente; sino el de una escritura que procura explorar la historia, consciente que hay otros relatos circulando. Esos relatos, para el autor, son sus propios recuerdos de viajes pasados, la historia política y, sin duda, la lectura de ciertos autores rusos que cuentan y dicen tanto de este tiempo como de cualquier otro.


Gogol, Tolstói, Pasternak, Chéjov, Pushkin, Bulgákov, entre otros, son convocados por el sujeto que escribe El Viaje, para refrendar comentarios, imponer ideas, contextualizar escenarios. Pero, por sobre todo, para abrir rutas hacia otros destinos, para conocer biografías que narren y dejen testimonio de una experiencia diferente. Los autores que Pitol convoca, dialogan con las impresiones del escritor. El uso de las citas, por ejemplo, ayuda a la sensación de que el escritor mexicano lo que verdaderamente procura es sostener un texto que contenga la mayor cantidad de referencias posibles y que eso sea algo explícito.


Una de las referencias más cuidadas y minuciosas, es la que hace con Marina Tsvietáieva. Realiza pequeños análisis sobre su literatura y, apoyado en las biografías que existen sobre ella, cuenta su vida íntima y política. El propósito de Pitol, no es sólo, como lo confiesa en algún momento, patentar la distancia que el género biográfico tiene con los hechos reales –similar al de la palabra con su referente-sino también proyectar la historia del lugar que visita en ese otro. La persecución familiar, la pobreza, el desenfreno amoroso, la distancia a la que estuvo sometida Tsvietáieva, es símbolo de un tiempo y una época – algo esquinada, pero real y violenta- que dejó marcas en la memoria rusa. Tsvietáieva es símbolo de resistencia: se subsiste en la escritura, se padece fuera de ella.


“Un ensayo suyo es siempre un relato y la cápsula de una novela y una crónica de época y un trozo de autobiografía.” P.111


La cita anterior es de Pitol hablando de los ensayos de Tsvietáieva. No obstante, esa misma cita puede ser utilizada para referirse a la escritura del escritor mexicano en El Viaje. Sin la intención de marcar una diferencia, pero consciente de que no hay memoria sin una escritura que se contradiga desde su génesis, el autor se ubica en un tiempo histórico y realiza saltos hacia atrás. Es un texto, entonces, que no olvida que el pasado y el presente –como los tiempos del conflicto- se cuenta con los recuerdos de todas las otras vidas que circulan.


La escritura de la memoria, para Pitol, no es una escritura que padezca del autoritarismo de la verdad; busca alianzas y conflictos, procura explorar el entorno, pero también la intimidad del que cuenta. No hay una búsqueda de un mensaje concreto, sino un fluir textual que sabe de obsesiones y perplejidades, de ensoñaciones y tragedias políticas.


Sergio Pitol, muchas veces, esconde el “yo”, para darle espacio a otros actores. Hace de la escritura, de principio autobiográfico, un lugar donde el “yo” juega un rol también desde afuera del texto. Un artefacto, como dije, que va transformándose. Un texto que integra voces, ritmos, tonos, pero, por sobre todo, que incorpora otras biografías, simbolizando, en parte, que también somos las otras vidas que leemos y observamos.


R.S


 

De una tierra siempre prometida noviembre 27, 2008

 

juan-rulfo1203656237Perdidos, desorientados y postergados. Rodeados de un paisaje hambriento, seco y polvoriento. Ahí van los hijos sin padre o los padres sin hijos. Caminan; buscan la venganza que es la única justicia a la que pueden acceder. Esperan, como Macario contando su dolor, a que salgan las ranas. Tienen miedo. Mucho miedo. Pero nunca lo confesarán.

 
Leer a Juan Rulfo es atravesar el descampado, acompañado sólo por el rumor quieto y ensordecedor de los grillos. Los cuentos de El Llano en Llamas, publicados en 1953, figuran el paisaje latinoamericano desde una frontera pocas veces auscultada por los escritores venideros. No está la ciudad, pero sí el pueblo. El afuera que duele. La política del pequeño poblado que, hasta hoy, busca la promesa que le hicieron.
 
Juan Rulfo escribió, quizá, el libro de cuentos más importante en lengua castellana. Se hizo cargo de una época (la Revolución Mexicana, las Guerras Cristeras), pero, sin saberlo, proyectó la historia de Latinoamérica hasta hoy. Porque al leer los relatos de Rulfo nos encontramos con la ansiedad y la decepción, con esa herida que nunca se cerró.
 
Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron primero que los tuyos. Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido. ¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. (…) Hijo no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo.” (Rulfo 154-156)
 
tepeaca_imagen_juan_rulfoDe desamparo y decepción, los relatos de Rulfo no son textos amables cuando tratan las cuestiones humanas. Violentos y crueles, los hombres, donde viven, se rigen por leyes que no responden a un criterio mayor. Están hechas por el rencor de la postergación y por la ambigüedad de la desolación. No es barbarie, es la realidad del medio, que se configura con la promesa que siempre queda inconclusa.

 
Las dieciséis historias transmiten el desamparo de los protagonistas. En conversaciones, en recuerdos, los personajes van dando cuenta de su mundo; esa tierra olvidada. Uno de los cuentos que mejor representa lo que intento sostener, es Luvina. Un hombre le cuenta a otro, en un bar, de cerveza tibia, insectos y calor, cómo fueron sus días en Luvina. Cuenta lo que le espera al otro.
 
Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en un calín ceniciento. (…) Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara.” (Rulfo 204-205)
 
Transversal es la duda. El no saber a quién o a qué acudir. Ni la patria, ni Dios. Tampoco la naturaleza, tampoco los otros hombres. En la tierra de Rulfo todos son criminales y sospechosos. No hay espacio para el consuelo, porque el consuelo no existe.
 
“-Entonces yo le pregunté a mi mujer: ¿en qué país estamos, Agripina?
Y ella se alzó de hombros
(…)
-¿Qué haces aquí, Agripina?
-Entré a rezar –nos dijo.
-¿Para qué? –le pregunté yo.
Y ella se alzó de hombros

(Rulfo 207)
 
Juan RulfoEl Llano en Llamas, como he dicho, tiene implicancias políticas. Éstas no son excluyentes, pero sí completan la lectura y, por sobre todo, la proyectan temporalmente y le dan actualidad. No sostengo que la contemporaneidad de los cuentos se afirmen en eso; lo que quiero decir es que el contexto no ha variado mayormente.

 
Un día traté de convencerlos de que fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. (…) El Gobierno nos ayudará. Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
-¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al Gobierno?
Les dije que sí
-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno.
Yo les dije que era la patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. (…) Pelearon sus dientes molenques y me dijeron que no, que el gobierno no tenía madre. Y tienen razón ¿Sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de sus muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De hay en más no saben si existe
.” (Rulfo 210)
 
He hablado de la venganza. Del ajuste de cuentas que los personajes asumen como una cuenta pendiente, ineludible. No hay término medio: o te vengas o guardas el rencor para siempre. Nadie lo hará por ti. En ¡Diles que no me maten! un condenado a muerte le suplica a su hijo, Justino, que interceda por él. El coronel a cargo de la ejecución pronuncia un monólogo que funciona como declaración de principios de la justicia que deben tomar los hombres. Ellos deben dar el castigo.
 
9789685208581Guadalupe Tejeros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó. (…) Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca.” (Rulfo 201)

 
Luego, el hijo carga el cuerpo muerto de su padre. Se lo lleva, con la serenidad del que sabe que así funcionan las cosas; con la frialdad del que sabe que bien podría haber sido fusilado él.
 
En este territorio, ni siquiera la naturaleza es amable. En Es que somos muy pobres, el río se lleva a la vaca de Tacha. El padre, que no quería que su hija siguiera el camino de sus hermanas –prostitutas- le compra una vaca con la finalidad de que tenga algo con que vivir. Pero con las lluvias, el río se la lleva. Sin contemplaciones, el futuro de la niña es tragado por la naturaleza. Ahora, Tacha, la hija, la hermana del narrador, ya no tiene alternativas.
 
“El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.” (Rulfo 149)
 
20051207010035-rulfoEl desastre es total. La tierra, ésa que te hacen creer que es tuya, no te sirve para nada. Siempre hay otros. Siempre es seca. Pasa el agua y se lleva todo. No deja nada. Los relatos de Rulfo se introducen en la decepción impostergable; plantean el mundo como un lugar de incumplimiento permanente, tanto por las autoridades políticas, como por el hombre hacia sus pares, como por la impasible naturaleza.

 
Vuelvo hacia todos lados y miro llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan los ojos al no encontrar cosa que lo detenga. (…) Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si alto retoña y se levanta. Pero nada se levantará aquí. Ni zopilotes.” (Rulfo 131-132)
 
jrulfo14Antes que se hablara del Boom, apareció Juan Rulfo. Utilizó estrategias narrativas que, con el tiempo, serían repetidas por toda la generación de escritores de los 60. Dictó los principios de una narratividad que tomaba lo mejor de Faulkner, para componer cuentos que dan cuenta de una realidad latinoamericana. Aborda la provincia, el caudillismo y el abandono como temas literarios y los expresa con una voz local y, a la vez, amplia.

 
Aún bajo el sol, los personajes siguen habitando la sombra histórica. Rulfo los puso en escena. Hablaron. Contaron la Latinoamérica dolorosa. Un relato que subyace las generaciones. Cuentos de los que nadie se hizo cargo.
 
 
 
R.S