La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Patchen: Hombre de Luz y de Furia – Henry Miller marzo 2, 2010

 

N. del T: tal como lo señala Henry Miller, este texto prologa la edición de las Obras Completas de Kenneth Patchen en su versión inglesa y francesa. Fue escrito en 1946 en Big Sur, California, donde Miller residió hasta el final de sus días, luego de los años que pasó en Europa. Todos los cuadros que ilustran este texto son algunos de los muchos “poemas pintados” que compuso Patchen.
Título original: Patchen: man of anger and light.
Traducción: Martín Abadía

 

Lo primero en lo que recaería uno al conocer a Kenneth Patchen es que es el símbolo vivo de la protesta. Recuerdo claramente la primera impresión que tuve cuando le conocí en New York: un ser sensible y poderoso que se movía entre cojines de terciopelo. Un especie de asesino sincero, me dije, mientras nos dábamos la mano. Esta impresión no me ha abandonado nunca. Sea o no verdad, sentí que le daría una alegría suprema destruir a todos los tiranos y sádicos de esta tierra con sus dos manos, tanto como al arte, las instituciones y toda la maquinaria de la vida cotidiana que los sostiene y los glorifica. Es una efervescente bomba humana siempre amenazando con explotar en medio de todos nosotros. Tierno y despiadado a la vez, tiene la facultad de perder la amistad de quienes quieren ayudarle. Es inexorable: no tiene modales, ni tacto, ni gracia. No da cuartel. Como un gángster, sigue su propio código. Te da la oportunidad de levantar las manos antes de dispararte. Mucha gente, sin embargo, se aterroriza al tener que levantarlas. Se las cortaría.

 

Este es su costado monstruoso, el que lo hace verse despiadado y rapaz. Junto al dragón que ronca, sin embargo, hay un príncipe gentil que sufre con la sola mención de la más ligera crueldad o injusticia. Una alma tierna, que aprendió muy rápidamente a envolverse en un uniforme de bombero para proteger su piel sensible. Ningún otro poeta norteamericano es tan inclemente en su inventiva como Patchen. Hay cierta insanía en su furia y en su rebeldía.

 

Como Gorki, Patchen empezó su carrera en la universidad de la vida muy tempranamente. Las horas que sacrificó en las fábricas de acero de Ohio, donde nació, sirvieron para difuminar su odio para con una sociedad en que la desigualdad, la injusticia y la intolerancia forman los cimientos de la vida. Sus años de vagabundo, durante los que esparció manuscritos como si fueran semillas, corroboraron las impresiones que le habían dejado el hogar, la escuela y las fábricas. Hoy en día es prácticamente un inválido, gracias al sistema que pone la vida de la máquina por sobre la vida del ser humano. Al sufrir de artritis en la médula espinal, fue confinado a guardar cama la mayoría del tiempo. Se acuesta en una gran cama en una especie de casa de muñecas cercana al río que recibió el nombre por Hendrick Hudson, otro gigante enfermo, consumido por la venenosa indiferencia de un mundo que le concede más espacio a las trampas para ratones que a los poetas. Escribe libro tras libro, tanto prosa como poesía, nunca seguro de cuando “ellos” llegarán y lo arrojarán (junto con la cama) a la calle. Esto ha sido así por más de siete años, si no me equivoco. Si Patchen pudiese recuperarse, ser capaz de usar las manos y los pies con libertad, es posible que lo celebrara tirando la casa abajo frente a los ojos de alguna insospechada víctima de su contento y su desdén. Lo haría lenta, deliberada, concienzudamente. Y en completo silencio.

 

Esa es otra cualidad de Patchen que inspira miedo cuando le conocemos: su inmenso silencio. Como si floreciera de su carne y luego la silenciara. Es un misterio. He aquí un hombre con el don de la lengua, pero que no habla. He aquí un hombre que salpica palabras, pero que se rehúsa a abrir la boca. He aquí un hombre que se muere por comunicarse, pero que en vez de conversar contigo, te pasa un libro o un manuscrito para que leas. El silencio que emana de él es negro. Lo pone a uno inquieto. Engendra histeria. Por supuesto, es tímido. Y no importa cuánto tiempo viva, nunca se volverá urbano. Es Norteamericano de cabo a rabo, y los Norteamericanos, pese a su parlachinería, son criaturas fundamentalmente silenciosas. Hablan para encubrir su innata reticencia. Es sólo en momentos de profunda intimidad que se dejan perder. Patchen es un típico Norteamericano. Cuando finalmente abre la boca es para liberar una larga tempestad de palabras. Su emoción lamenta tener que perderse en coágulos.

 

Lector voraz, se expone a toda influencia, incluso a las peores. Como Picasso, hace uso de todo. El innovador y el iniciador son presencias fuertes en él. Antes que aceptar la colaboración de algún artista de segunda línea, él mismo diseña la cubierta de sus propios libros, una diferente por cada libro. ¡Y qué bellas y originales son estas cubiertas de la mano de un escritor que no tiene la pretensión de ser ni pintor ni ilustrador! ¡Y qué interesantes además son los arreglos tipográficos que dicta para sus libros! ¡Qué competente puede ser cuando él tiene que ser su propio editor! (Ver El Diario de Albion Moonlight.) Desde un lecho de enfermo el poeta desafía y traspasa todos los obstáculos. Sólo tiene que hacer una llamada para dejar patitieso al personal de una editorial. Tiene la voluntad de un tirano, la persistencia de un toro. “¡Esta es la manera en que quiero que salga!” brama. Y Dios, consigue que salga de esa manera.

 

Déjenme citar unos pasajes de algunas respuestas a preguntas que le hice:

 

“El dolor es una parte casi natural de mi vida hoy en día: sólo los arranques de depresión (tan comunes en esta enfermedad) puede en verdad chuparme las energías y desfigurar mi espíritu natal. En esos accesos puedo hablar bastante mórbidamente. Probablemente la enfermedad del mundo no ha causado la mía, pero es cierto que me condiciona cuando tengo que lidiar con ella. De hecho (es la peor parte) siento que haría algo más si no sintiera esta rigidez dentro de mí, la presión constante de la enfermedad. Sería más puro, tendería menos a escribir (por decirlo así) para enseñar la parte enferma de mi vida que ya no volverá a rehabilitarse; podría experimentar mucho más lo que otros artistas producen si no estuviera tan preocupado con lo que sucede íntimamente en mi ser; tendría menos necesidad de ser puro frente a la presencia de las cosas que amo y en consecuencia (probablemente), tendría una visión de mí mismo mucho más personal… Creo que cuanto más articulado se vuelve un artista, menos sabe lo que puede decir sobre sí mismo, ya que generalmente la capacidad más grande de amor que uno tiene es inseparable de la capacidad que se esconde dentro toda criatura…. Es difícil imaginar por qué Dios debería “pensar,” cuando este “pensamiento” es el material de un arte supremo… no queremos saber nada de nosotros mismos; sólo queremos estar perdidos en el saber, como una semilla en una ráfaga de viento.”

 

“Creo que si tuviera un ingreso de dinero seguro, escribiría libros en forma de grandes lienzos, incluyéndolo todo en ellos: grandes sinfonías que tomarían a la poesía y a la prosa tal como se presentan día a día y de un aspecto de mi vida a otro. Pero ya todo terminó, creo. Van a echar todo por la borda la próxima vez y no creo que tengamos mucho tiempo. Siempre se ha hablado del FIN DEL MUNDO –pues ya está aquí. A sólo unas cuantas marcas más en la pared… uno o dos ladrillos que se reemplacen… y luego ni una sola piedra quedará sobre otra… luego un largo silencio, un silencio verdaderamente eterno. ¿Contra qué se puede luchar entonces? Nadie va a poder devolvernos las estrellas. No hay tiempo ya. No podría decir que no importa, importa más que cualquier otra cosa, pero somos incapaces de detenerlo ya.”

 

“Para mí es muy difícil responder a tus preguntas. Algunos son Rebeldes sin elegirlo; yo no lo elegí – Aún deseo que me den una mínima prueba de que éste, “su mundo,” pudo no haber sido planeado y manejado por media docena de idiotas drogados atados de pies y manos en el fondo mismo de un pozo de diez millas de profundidad. Siempre se tratará de que amamos ser rebeldes; es necesario mucho amor para señalar una u otra dirección que tomar para lo que sucederá de ahora en adelante: yo aún lo hago. No hay esperanza para el ser humano. En el momento en que no quede nada de esperanza, podremos al menos recordar lo Sublime y a los dioses.”

 

La mezcla de esperanza y desesperación, de amor y resignación, de coraje y sentido de la futilidad, que emana de estos extractos es reveladora. Apartado del mundo como poeta, como hombre visionario, Patchen no se identifica con esta enfermedad del mundo que se ha vuelto universal. Tiene la humildad para reconocer que su genio, que todos los genios, florecen de una fuente divina. Es además lo suficientemente inocente como para pensar que el mundo debe reconocer la voz de Dios y devolverle lo que le debe. Tiene la claridad para darse cuenta que su sufrimiento no es importante, que desfigura su espíritu natal, como lo dijo, pero ¿debe admitir, puede admitir, que el sufrimiento del mundo desfigura también el verdadero espíritu del mundo? Si pudiera creer en su propia cura, ¿no debería creer en una cura universal? “No hay esperanza para el ser humano,” dice. Pero él también es un ser humano y no está convencido en absoluto de que su caso no tenga solución. Imagina con cierta seguridad que será capaz de ofrecer la más profunda expresión de su poder. Hoy en día el mundo clama por seguridad. También clama por paz, pero no hace ningún esfuerzo verdadero para detener las fuerzas que llevan adelante la guerra. En su agonía cada alma sincera se refiere sin duda a este mundo como “su mundo.” Nadie en su sano juicio admite ser parte voluntaria de este mundo; tan completamente inhumano, tan intolerable se ha vuelto el ser. Todos (tantos si lo admitimos como si no) esperamos el fin del mundo como si no hubiera un mundo hecho por nuestras propias manos, sino un infierno al cual fuimos condenados por una fuerza malévola.

 

En este punto, distinguir la parte culpable de la parte inocente es difícil. En el caso de Patchen, yo declararía inocencia, tal como lo hizo Jacques Riviere con respecto a Rimbaud y Wassermann al describir el compromiso de Caspar Hauser. Estos individuos (los inocentes) despiertan el instinto asesino de su propia humanidad. Por su total aborrecimiento a la violencia y el asco que sienten al pensar en la injusticia, pero por sobre todo, por su conmovedora necesidad de amor, despiertan a la vez el odio y la persecución de aquellos a quienes llaman su atención o les imploran silenciosamente. Este es el fenómeno inexplicable de la perversidad humana. Esta es la marca de nacimiento que distingue a los líderes de la humanidad y les aparta como condenados, les convierte en figuras trágicas de la historia. Y es precisamente porque se desentienden de toda responsabilidad del mal por el cual les acusan. Las leyes del espíritu parecen dictar que uno no puede apartarse, que uno no puede liberarse hasta que todos sean libres. Algo en nosotros se rebela frente a la idea de la separación, de la emancipación individual. Todo o nada, se dice, y por consiguiente, se prepara la crucifixión de quien se atreva a violar el código. Los hombres crucifican a los emancipadores y desprecian sus efigies. Creen y rinden culto, pero se rehúsan empedernidamente a seguir esa dirección. Esto lo absurdo e incongruente de la naturaleza humana, una naturaleza impura. Pertenecemos a dos mundos y rara vez servimos a alguno de ellos con fidelidad. Sólo muy de vez en cuando algún artista (como Ramuz, por ejemplo) tiene el coraje de vislumbrar “el fin de toda la humanidad” y reservar la salvación para aquellos que aman verdaderamente la tierra. Muy, muy rara vez un artista es capaz de ofrecernos un personaje verdaderamente “malvado.” El mismo Satán se ha vuelto una figura heroica y en ocasiones, adorable; un héroe comprensible que, en su condición de rebelde encarnado, nunca deja de despertarnos simpatía. Los Salvadores no se prestan al arte con éxito: se quedan fuera de su seno, tan incomprensible en su amor como en su ejemplo. Nunca han podido dejarse ir con el correr de la sangre. Al abandonar el mundo, se vuelven iguales a los ídolos que querían destruir. Así es la perversidad humana. A lo largo de las eras, se ha puesto de manifiesto en la vida individual, y tanto ahora como antes, acaba reventando delante de olas cósmicas de futilidad y autodestrucción.

 

En Mi Vida como Alemán y Judío, Jacob Wassermann escribe: “Frente a un autor la nación adopta una actitud general que determina la libertad de su alma, la seguridad de su postura y un elemento, muy difícil de definir, de ritmo espiritual y controlado poder. Ser aceptado sin reservas es indispensable para él: pasa días y años imbuido en su trabajo, desbordante de restricciones y angustias, sin mencionar las dificultades que siempre trae aparejada la vida cotidiana. Si no puede sentir que el calor que emana de sí mismo genera un calor nuevo, la naturaleza colapsa en su interior.”

 

Este pensamiento, dirigido a una entera nación por alguien que fue Alemán y Judío a la vez, contiene una verdad terrible para todo norteamericano que es artista y ser humano. Todo artista incipiente en Norteamérica, todo artista genuino, tiembla ante la idea de que nunca será aceptado por lo que es, sino sólo en la medida en que sea servil y se comprometa, traicione su propio ser. ¡Qué perspectiva para alguien que trata de liberarse! ¿Exagero? Basta con leer las biografías de algunos autores célebres. Uno no tiene que ir demasiado lejos en su lectura, siempre tan reveladora, para darse cuenta de que son largas confesiones de la guerra sin cese entre lo sensible y lo insensible.

 

Patchen usa el lenguaje de la revuelta. No hay otro lenguaje que pueda usarse. No hay tiempo cuando tienes que robar un banco para explicarles a los directores la injusticia siniestra del sistema económico actual. Las explicaciones ya fueron dadas una y otra vez; los avisos ya se publicaron. Nadie les ha prestado atención. Es tiempo de actuar. “¡Arriba las manos! ¡Esto es un asalto!”

 

Es en su prosa donde Patchen usa este lenguaje de manera más efectiva. En El Diario de Albion Moonlight, Patchen abre un vena única en la literatura de lengua inglesa. Este trabajo, en el que el último en aparecer es Sleepers Awake, desafían toda clasificación. Como los viejos Libros de Nuestra Infancia, cada página contiene una nueva maravilla. Detrás del caos superficial y la locura uno detecta rápidamente la lógica y la voluntad del atrevido creador. Uno piensa en Blake, en Lautreamont, en Picasso y en Jacob Boehme. ¡Qué extraños predecesores! Y uno también piensa en Savonarola, en Grunewald, en John of Patmos, en Hieronymous Bosch, y por un momento, los eventos y las escenas son sólo reconocibles en las salas de espera del sueño. Cada nuevo volumen es una asombrosa proeza de prestidigitación en aumento, no sólo en cuanto a la proteica variedad del texto mismo, sino en su diseño, su composición, su forma. Uno ya no busca un libro impreso muerto, sino algo vivo, algo que respire, algo que te mire a ti con el mismo asombro con el que tú lo miras: la novela que no emplea la seducción, sino el implacable puñetazo de un maestro Zen que despierte e ilumine la consciencia del lector. ¡LA MANERA DE VIVIR DEL HOMBRE ES UNA FARSA! Esa es la realidad que claman las páginas de estos libros. Una vez más asistimos a la revuelta de los ángeles.

 

Este no es el lugar para discutir los méritos o defectos de la obra de un autor. Lo que me concierne de momento es el hecho de que, pese a todo, se trata de un poeta. Estoy vitalmente interesado en el hombre que, hoy en día, atraviesa el infortunio de ser, a la vez, artista y ser humano. Por la misma razón estoy muy interesado tanto en las manoeuvres del gángters como en los financistas y en los militares. Todos ellos forman una parcela en la sociedad; algunos laureados por sus esfuerzos, otros vilipendiados, otros perseguidos y cazados como bestias. En nuestra sociedad, el artista no es laureado, ni alentado, ni premiado, a menos que haga uso de un arma mucho más poderosa que aquella que emplean sus adversarios. Este arma no puede encontrarse ni en las tiendas ni en los arsenales: tiene que ser forjada por el artista mismo, como una araña forja su propia tela. Cuando la forja, se destruye a sí mismo. Es el único método que ha encontrado para preservar a su propia raza. Desde fuera, su vida está amortajada. Es un mártir tanto si elige como si no. Ya no busca generar calor, busca un virus que la sociedad permita que se le inyecte y le haga perecer. No importa si predica el amor o el odio, la libertad o la esclavitud; debe crear un espacio para ser escuchado y oídos que lo oigan. Debe crear, sacrificando su propio ser, la conciencia de un valor y una dignidad que alguna vez connotó la palabra “humano.” No es el momento para analizar o criticar las obras de arte. No es el momento para escoger las flores de genio, hacer diferencias entre ellas, etiquetarlas y categorizarlas. Es el momento de aceptar lo que se nos ofrece y ser agradecidos de que algo más que la intolerancia y el suicidio masivo puede preocupar al intelecto humano.

 

Si pese a la indiferencia y la inercia podemos reproducirnos tanto como crear bombas atómicas, creo entonces que el poeta tiene derecho a explotar de la forma y en el momento que más le plazca. Si todo es desesperanza en función de la destrucción, ¿por qué no ha el poeta de señalar el camino? ¿Por qué ha de quedarse entre las ruinas como una bestia demente? Si negamos a nuestro Hacedor, por qué hemos de preservar al creador de las palabras y las imágenes? Los símbolos y formas que teje, ¿se sobrepondrán a la Creación misma?

 

Cuando los hombres crean deliberadamente instrumentos de destrucción para utilizarlos tanto contra los inocentes como contra los culpables, contra los bebés en brazos como contra los viejos, contra los enfermos, los cojos, los mutilados, los ciegos, los locos, con la mira abarcando a toda la populación, al ser inmunes a todo advertencia, podemos darnos cuenta de que el corazón y la imaginación del hombre ya no son capaces de conmoverse. Si los más poderosos de esta tierra están encerrados en un puño, temblando temerosos, ¿qué esperanza hay para los más débiles? ¿Qué le importa a estos monstruos que nos controlan lo que ha sido del poeta, del escultor, del músico?

 

En el país más rico y más poderoso del mundo no hay intención alguna de salvar a un poeta inválido como Kenneth Patchen del hambre o el desahucio. No hay nadie allí, ninguna legión de artistas leales unidos para defenderle de los innecesarios ataques de las malévolas y rencorosas críticas. Cada día se anuncia un nuevo golpe, un nuevo insulto, un nuevo castigo. Pese a todo eso, él continúa creando. Trabaja en dos o tres libros a la vez. Se empeña en ello con un dolor inenarrable. Vive en una habitación que no tiene espacio más que para su esqueleto y lo que podría llamarse un ataúd alquilado. ¿No estaría mejor muerto? ¿Qué le queda ver como artista, como hombre, como miembro de la sociedad?

 

Escribo estas líneas para la edición inglesa y francesa de sus trabajos. Difícilmente sea el prefacio ortodoxo al que estamos acostumbrados. Pero mi esperanza está puesta en que en otros países lejanos Patchen (tal como otros escritores norteamericanos desconocidos) pueda encontrar amigos, sostenes y valor para seguir viviendo y trabajando. Norteamérica es inmune a todos los llamados. Su población no comprende la lengua de un poeta. No quieren reconocerse en el sufrimiento: es demasiado vergonzoso. No reciben a la belleza con los brazos abiertos: su presencia es perturbadora hasta para el corazón más autómata. Su miedo a la violencia les conduce a cometer insanas crueldades. No sienten reverencia frente a la forma o la imagen: se inclinan a destruir cualquier cosa que no se ajuste a su patrón, que es el caos. Ni siquiera les concierne su propia desintegración: están ya putrefactos. Una vasta congenie de sepulcros podridos. Norteamérica tan solo aguanta un poco más, esperando el momento oportuno para volar por los aires, haciéndose añicos.

 

Lo único que Patchen no puede entender, que no tolerará jamás en verdad, es el rechazo a la acción. En esto es inexorable. Si le confrontamos con excusas y explicaciones, se vuelve un león rabioso.

 

Es la prosperidad lo que especialmente incita su ira. Una y otra vez le han lanzado un hueso. En vez de aquietarse, ha gruñido más ferozmente. Sabemos, claro, lo que significa el paternalismo. Por lo general, es un soborno. “¿Qué puede hacer uno con un hombre así?” exclama el apoderado. Sí, un hombre como Patchen los arroja a ese dilema. Todo hará que sus demandas crezcan, que use lo que se le concede para sacar fuera su desdén y desprecio. Necesita dinero para la comida y el alquiler, dinero para el doctor, dinero para operaciones, dinero para medicinas: aún así sigue sacando libros bellos. Libros violentos disfrazados de una elegancia superficial. El tipo tiene un gusto poco común, algo que no lo contradice. ¿Pero qué es lo apropiado para un apetito culto? Mañana quizás esté pidiendo una cabaña junto al mar, o un Rouault, cuyo trabajo reverencia. O quizás un Capehart, ya que ama su música. ¿Cómo puede uno satisfacer un monstruo así?

 

Así es cómo la gente rica piensa en el artista hambriento. A veces, también los pobres piensan igual. ¿Por qué no se busca un trabajo? ¿Por qué no consigue que su esposa lo mantenga? ¿Tiene que vivir en una casa de dos habitaciones? ¿Debe tener todos esos libros, todos esos discos? Cuando resulta que este tipo de hombre es además un inválido, se vuelven más resentidos, más maliciosos. Dirán que ha permitido que su enfermedad haya tergiversado su manera de ver las cosas. “Es la obra de un hombre enfermo,” dirán, encogiéndose de hombros. Si él ruge, dirán “es la obra de un hombre impotente.” Si ruega y suplica, dirán “ha perdido toda dignidad.” Pero ¿si brama? Entonces dirán que es un enfermo sin remedio. No importa qué actitud adopte, está condenado de antemano. Cuando esté enterrado, lo venerarán como otro “poet maudit.” ¡Qué bellas lágrimas de cocodrilo se vierten sobre nuestros poetas malditos, nuestros poetas muertos! ¡Qué galaxia han conformado en el corto trecho de nuestra historia!

 

En 1909, Charles Peguy esbozó un morceau en sus Cahiers de la Quinzaine donde describía la por entonces inminente debacle del mundo moderno. “Estamos siendo derrotados,” empezaba, “derrotados de tal manera, tan completamente, que dudo de que la historia pueda alguna vez guardar registro de otra derrota como ésta que atravesamos…. Ser derrotados, eso no es nada. No significa nada. Por el contrario, puede ser algo genial. Podría serlo todo: la consumación final. Ser derrotados no es nada, pero hemos sido azotados. Incluso nos han dado una buena paliza. En algunos años, la sociedad, la sociedad moderna, incluso antes de que hayamos tenido tiempo de haber esbozado una crítica sobre ella, ha caido en estado de descomposición, de disolución, de tal modo, creo, que estoy seguro de que la historia nunca atestigüó algo comparable… Esa gran descomposición histórica, esa gran disolución, ese gran precedente que, si usamos un estilo literario, llamaríamos la caída de la decadencia Romana, la disolución del Imperio Romano, y que nos basta con llamarla, junto con Sorel, la ruina del viejo mundo, no es nada en comparación con la disolución y la degradación de esta sociedad, de la presente sociedad moderna. Sin duda, en tiempos del imperio Romano, había más crímenes y aun más vicios. Pero había infinitamente muchos más recursos. Aquella putrefacción estaba llena de semillas. La gente de entonces no sentía esta especie de promesa de esterilidad que tenemos ahora, si es que uno puede decirlo de esta manera, si esas dos palabras pueden ser usadas juntas.”

 

Luego de dos guerras aniquilantes, que dieron vida según Peguy a esta “promesa de esterilidad,” no subyace nada más que el vacío. El diagnóstico de una sociedad que devino luego el manifiesto del poeta y del pensador, y por supuesto, mucho más fuertemene hoy (incluso el hombre de la calle es consciente de ello), lo que Peguy describió como “un verdadero desorden de impotencia y esterilidad.” Será bueno recordar estas palabras cuando los asalariados críticos de la prensa (tanto de derecha como de izquierda) dirijan su poder fulminante contras los poetas de hoy. Es precisamente a los artistas con cierta chispa vital contra los que se vuelven para atacarlos viciosamente. Es al individuo creativo a quien acusan de haber despellejado la estructura social. Esta manía persecutoria pone de manifiesto que es el momento para que se pronuncie una palabra honesta. La atmósfera de todo el mundo moderno, desde la Rusia Comunista hasta la Norteamérica Capitalista, carga con la culpa. Este es el tiempo de los asesinos. La orden del día es: ¡Liquidar! El enemigo, el archi-enemigo, es un hombre que dice la verdad. Cada palmo de la sociedad está impregnado de falsedad y falsificación. Lo que sobrevive, lo resiste, lo que se defiende hasta en la última trinchera, es la mentira.

 

Quizás este diagnóstico tan confuso y miserable,” escribe Peguy, “es lo que, más imperiosamente que nunca, no debe hacernos claudicar. Uno nunca debe claudicar. Nuestra posición es cada vez menos importante, más aislada y amenazada; precisamente eso deja al país en manos del enemigo.

 

Todos aquellos que conozcan a Patchen se darán cuenta de que lo identifico con las ideas de Peguy. Tal vez no existan sobre la tierra dos individuos más diferentes que ellos. Tal vez no tengan nada en común, salvo el rechazo a comerse una mentira, el rechazo a claudicar aún en las horas más oscuras. No conozco ningún Norteamericano que haya insistido vigorosamente en que el enemigo lo llevamos dentro. Si se rehúsa a jugar el juego, no es porque ha sido abatido; es sólo porque nunca ha reconocido a esos fantasmas creados en el miedo y la confusión a los que el hombre llama “el enemigo.” Él sabe que el enemigo del hombre es el hombre. Se rebela por amor, no por odio. Dado su temperamento, su amor a la honestidad, su adherencia a la verdad, ¿no se explica entonces que diga que “no tiene otra opción (más que rebelarse)”? ¿Lo encontramos alguna vez entre esos otros rebeldes que meramente desean deponer a quien está en el trono para hacer buena migas con aquellos que azotaron sus manos? No, lo hallamos solo, en una pequeña buhardilla, afianzándose en un lecho de enfermo, dándose vuelta frenéticamente de un lado al otro como si fuera un prisionero en una jaula de acero. Y de hecho, en verdad, la jaula es real. Sólo ha abierto los ojos cada día para presenciar su desamparo. No podría claudicar aún queriéndolo: no hay nada frente a lo que claudicar, salvo la muerte. Yace al borde del precipicio con los ojos bien abiertos. El mundo que lo condena a ser prisionero se ha quedado dormido muy rápidamente. Él es furiosamente consciente de que su liberación no depende de la aceptación de la multitud, sino de la disolución del mundo que está estrangulándolo.

 

“No hay esperanza para el ser humano.” ¿Fue él quien lo dijo? En Albion Moonlight esta desesperación se expresa de manera artística: “Quiero ser una alfombra en una casa para gatos,” o en el título de uno de sus poemas, “The Furious Crown Conceals Its Throne” (“La Furiosa Corona Oculta Su Trono”). Así, parafraseando a Miró, las personas magnetizadas por las estrellas deben caminar al compás de la música de un paisaje rasgado. Así, dejamos solo a nuestro atávico amigo, el poeta, condenado a no poder habitar un mundo que nunca fue, que nunca será el mundo donde “las flores nacen de úteros relucientes.” Pero las flores siempre naceremos y los úteros siempre resplandecerán, en particular cuando el poeta sea acusado. Para él, la bestia es sólo un número, las estrellas del paisaje, el tiempo y el lugar de la creación aquí y ahora. Se mueve en un “círculo de destinos aparentes,” regido por un reino oscuro, maligno, acechante, desamparado en plena luz del día.

 

La noche se acerca una vez más. Y una vez más, el “reino oscuro” nos revelará sus esplendores. En mitad del siglo veinte, todos, absolutamente todos, estamos atravesados por un río de lágrimas humanas. No tenemos padres, ni madres, ni hermanos. Hemos vuelto al estado embrionario.

 

“Mandé al lenguaje a dormir,” dijo Joyce. Sí, y ahora también la consciencia empieza a dormirse.

 
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Una historia confusa – Caio Fernando Abreu febrero 24, 2010

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Título Original: Uma história confusa
El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)
Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

 Traducción: Roberto Santander


 


Era jueves. Como en los últimos jueves, él estaba nervioso y traía un sobre en la mano. Tiró el sobre encima de la mesa, y comenzó a caminar por el cuarto.


– ¿Otra carta? –pregunté.


No respondió. Sólo hizo un movimiento impaciente con los hombros, que podía significar demasiadas cosas. Pero no dije nada. Yo, entonces, abrí y leí las palabras escritas con cuidado:


Te vi a través de las rosas y había en tus ojos una ansiedad muda. Algo así como si quisieras hablar conmigo. Juro que a la salida intenté acercarme, pero tuve miedo. Sé que igual vamos a ser amigos. No quiero forzar nada. Hoy día es Domingo antes del almuerzo. La casa está vacía. Me gustaría haberte escrito después de esa noche. Es increíble, pero hace dos décadas, ese mismo día de la semana, a esa misma hora, yo estaba naciendo.


– Es bonito –me arriesgué a decir.- Un poco juvenil, tal vez. Pero bonito. Al final, la adolescencia siempre es bonita.
– Él tiene 20 años.
-¿Él? ¿Cómo sabes que es él y no ella?
– Yo creo, lo siento así. Una mujer no escribiría esas cosas. No sé, la forma de escribir, algo.
– Puede ser –le dije.
– Y había otra cosa, creo que no te la mostré. Él decía que estaba cansado, eso mismo, cansado y no cansada.
– No me acuerdo –mentí. – Él puede estar mintiendo. Esa fecha, por ejemplo, esa fecha puede ser inventada.
Él evitó mirarme mientras me contaba:
– Fui a preguntarle a un astrólogo. Él nació el 22 de Septiembre de 1954. Entre las diez y el medio día. Es virgo, dice el astrólogo, del último día de Virgo. Por los cálculos, su ascendente debe ser Escorpión.
– ¿Ascendente?
– Es el signo que. –Él levantó los ojos, irritado. – Escucha: tú no vas a querer ahora que te dé una clase de astrología, ¿no?
– No, no. Sólo quería saber lo que quiere decir eso.
– Quiere decir que él debe ser inteligente. Muy inteligente. Y secreto, misterioso, intenso. Sólo por las cartas uno ya percibe que él tiene cierta…estructura. Las cartas están bien escritas, la gramática es siempre correcta.
– Es verdad –dije.- Correctísima.
Él se sentó al borde de la cama.
– No aguanto más. Esto lleva casi dos meses. Necesito saber quién es esa persona.
Sentado a los pies de la cama, yo no sabía qué decir.
– Él sabe todo sobre mí, mis horarios, todo. A veces habla de personas que conozco, de lugares a los que voy. Debe estar siempre cerca, debe conocer mucha gente que conozco.
– Estás muy agitado.
– Claro. ¿Cómo quieres que esté? Cada vez que recibo una carta de éstas quedo así. Me da una sensación extraña, salgo a la calle con la impresión de que estoy siendo observado. Alguien que no sé quién es, me acompaña en todos mis movimientos.
– Con amor –dije.
Él encendió un cigarro y siguió el humo hasta el techo:
– ¿Amor? No sé. Es medio paranóico. Parece que quiere enloquecerme de a poco.
– O para que te intereses en él.
Se levantó, de improviso, y se acostó en la mesa. De espaldas, yo sólo podía ver sus hombros curvos y sus dos manos sujetando la cabeza.
– Me imagino las historias más increíbles. A veces creo que es alguien que sólo quiere divertirse conmigo.
– No. –Y dije por segunda vez: – Eso es amor.
– ¿Será? Hay cosas, hay algunas cosas que escribe que lo parecen. No sé, parecen verdades, ¿entiendes? Él me toca, se mueve conmigo. Tal vez yo esté todo acomplejado porque alguien está dispuesto a prestarme atención.
– Eso es amor- repetí por tercera vez. Él caminó hasta la ventana. Noté que miraba las hojas de las palmeras de calle moviéndose por el viento norte.
– A veces tengo ganas de pagarle a un detective. Pero las pistas son pocas. Sellos comunes, sobre común, cada día una firma de una agencia diferente. Y ese tipo de máquina es de lo más común.
– Lettera 22.
– Tiró la colilla del cigarro por la ventana, y se dio vuelta de repente mirándome a los ojos.
– ¿Cómo sabes eso?
– Bueno, cualquiera que usa una máquina de escribir reconoce el logo. Es inconfundible –afirmé. Y cambié de asunto: – Pero no deja de ser bonito.
– Bonito e infernal.
– Y antiguo.
– Cartas anónimas. Parece cosa de romance del siglo pasado. Romance epistolar. Platónico. – Suspiró profundamente. – Pero es necesario saber luego quién es este muchacho. Nunca nadie se interesó tanto en mí.
Volvió a sentarse en la mesa, y encendió otro cigarro. Le acerqué el cenicero:
– Tú siempre fumas más los jueves.
Él se rió.
– Ahora los miércoles también. Me quedo pensando si al día siguiente va a llegar otra carta – Aspiró profundo, cerrando los ojos. Y prosiguió, soltando el humo: – Tengo algo escrito para él.
– ¿Qué?
– Que tengo algo escrito para él, escondido.
– ¿Tú no le contaste nada a Martha?
– ¿Estás loco? Tú sabes lo celosa que es, sólo te he contado a ti. Me tengo que esconder para escribir.

Encerrado en el escritorio, me quedo pensando que debe haber una especie de espíritu que sale por la ventana cuando estoy escribiendo. Siempre dejo la ventana abierta cuando escribo para él, después vuela por los tejados, atraviesa las calles de la ciudad y las paredes para llegar hasta donde él está, ¿entiendes?


– ¿Y qué haces con las cartas que escribes?
– Las guardo bajo siete llaves. Tal vez un día pueda entregárselas personalmente.
Yo también encendí un cigarro
– Y…¿qué le dices en tus cartas?
– Le pido socorro. Le digo que mi matrimonio es un horror, que ya llevo 3 años de ese horror que no termina. ¿Sabes que a la Martha, ahora, le dio por llamarme fofo? ¿Hay algo más odioso? Los domingos me pide parte del diario y me dice “mira, fofo, necesitamos aprovechar esta liquidación, fofo, dura sólo hasta el día 15, fofo”.
– Pero la Martha es una mujer tan…especial.
– Antes de casarse. Después, todas las mujeres se transforman en débiles mentales. Haces bien en no entrar en eso.
Apagué el cigarro.


– ¿Y qué más dicen las cartas?
El se apoyó en la mesa. Una de las manos apoyaba la cabeza, y la otra pasaba, lenta, por el borde de la madera. Como acariciándola.
– Le digo que a veces tengo ganas de tener un amigo como esos que teníamos en nuestra adolescencia. Esos a los que les contabas todo, absolutamente todo. Y que, en realidad, uno no sabe si es tu amigo o tu hermano.
– O amante.
– O amante – él repitió. Se tiró otra vez sobre la cama, sacó una hoja arrugada del bolso y leyó: – Yo digo que estoy dispuesto a cualquier cosa, y lo digo así: “Quédate cerca mío. Mírame, tócame, dime cualquier cosa. O no digas nada, pero quédate cerca. No seas idiota, no dejes que esto se pierda, que se convierta en polvo, que se convierta en nada. De aquí a poco vas a crecer y encontrar todo esto ridículo. Antes que todo se pierda, mientras todavía pueda decir sí, acércate”.


Dobló la hoja y volvió a meterla en el bolso, más arrugada. Nos miramos. Yo no sabía qué decir. El se hundió en la cama, se dio vuelta hacia la pared. Me quedé escuchando:
– Te hablo a ti como si fueras él. Si tú puedes ayudarme, si él pudiera ayudarme. Es tan difícil. Salgo a la calle y me quedo mirando a todos los niños de 20 años, como si cualquiera de ellos pudiese ser él. Siento cosas que no entiendo del todo. No me gusta no entender lo que siento. No me gusta pelear contra lo que no conozco. Nunca viví nada similar. Un viento fuerte abrió la ventana, haciendo que las cenizas del cenicero se desparramaran en la mesa. Él pareció un niño, encogido sobre la cama. Seguí escuchándolo:
– Ya tengo 34 años, no puedo sentir las cosas como si tuviera 15. Tú lo sabes, tenemos casi la misma edad. ¿Cuántos tienes ahora?
– 33 –le dije.
– Pues eso, tú lo sabes bien. No estamos en edad para enredarnos en esos delirios.
– ¿Crees que no? –pregunté. Pero él continuó hablando sin escucharme.
– Es tan extraño saber que hay alguien pensando en mí todo el tiempo. Alguien que no conozco. Y que tiene 20 años. Me quedo pensando cosas locas, no puedo parar.
– ¿Qué cosas? –pregunté en voz baja. – ¿Qué cosas piensas?


Él pasó su mano por la pared blanca:
– Acostarme a su lado. Sin ropa. Abrazarlo con fuerza. Besarlo. En la boca. – Retiró su mano de la pared y la puso junto a su cuerpo, en el medio de las piernas. – Debe ser el viento norte, ese exceso de luz, la primavera llegando, la luna casi llena. No sé, discúlpame. Estoy muy confundido.
Se quedó callado. Miraba por la ventana como si estuviera viendo algo, más allá de las palmeras, algo que yo no conseguía ver. Seguía sin saber qué decir. Me acerqué para estar más cerca, para poder extender mi mano y tocar su pelo desordenado. ¿Y si no tuviera 20 años, ese muchacho -pensé en preguntar-, te seguiría gustando? Resolví no decir nada. Detuve mi mano en el aire, y la traje de vuelta para tomar otro cigarro. Seguí cerca de él. Cerca, muy cerca. Era otro jueves, de septiembre, y desde el inicio de Agosto andábamos muy confundidos los dos.

 

 

Bajo el Cielo de Saigon – Caio Fernando Abreu febrero 8, 2010


Título Original: Sob o céu de Saigon

El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander



Ésta es tal vez la historia más paulista que escribí, en 1989. Se trata, más bien, de un ejercicio de enfoque, con un narrador imaginario en lo alto del Conjunto Nacional, donde se cruzan la Calle Augusta con la Avenida Paulista. Fue publicado en el extinto diario O Continente.



Él era uno de esos muchachos que, los sábados, con la barba algo crecida, sube o baja la calle Augusta. Los sábados por la tarde, eso sí, porque por los lentes oscuros y el rostro un tanto amasado debajo de la barba crecida, quien lo mirara detenidamente –aunque pocos lo hacen- se darían cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar. Usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatillas gastadas, camisetas, y, cuando ya hace frío, alguna chaqueta o sueter raído en los codos. Casi siempre llevan las manos en los bolsillos, por lo que resulta imposible ver sus uñas mordidas, y el dedo indicador y el del medio de la mano derecha, o la izquierda, si son zurdos, amarillos por el exceso de humo. Ellos miran hacia abajo, no porque tengan miedo de tropezar en los frecuentes baches de las veredas de Augusta –raramente usan zapatos, y las suelas de goma de sus zapatillas se amoldan con facilidad a las irregularidad del cemento-; miran hacia bajo, y esto sería visible si pudiéramos localizar el brillo en sus ojos de pupilas dilatadas tras sus oscuros lentes, como si buscaran tesoros perdidos, billetes secretos, alguna joya u objeto que, más que valor, guardara una historia imaginaria o real. ¿Qué importa? A veces también miran hacia arriba, sobre todo cuando el cielo está claro –lo que es raro en la ciudad- y podemos imaginar que sus pieles blancas buscan desesperadas la luz del sol. Y cuando el cielo está oscuro –lo que es común- sobre todo en esos sábados en que estos jóvenes acostumbran bajar o subir la calle Augusta, podemos imaginar que buscan balões juninos, objetos voladores no identificados, paracaidistas, helicópteros camuflados, zepellins, o cualquier otra de esas cosas poco probables de ser encontradas sobrevolando una calle como la Augusta un sábado por la tarde. Horizontes, sí, tal vez busquen horizontes en el entramado de edificios que se reflejan en los vidrios negros de los lentes que esconden el brillo o la intención del fondo de los ojos en el momento en que uno de los muchachos para en la esquina, como si diera lo mismo doblar a la izquierda o a la derecha, seguir hacia adelante o regresar. Por ser como son, siguen siempre hacia el frente, subiendo o bajando la calle Augusta. Y al ser tan iguales, quien quiera prestar atención en uno de ellos, aunque pocas –o nunca- veces alguien lo hace, jamás sabrá si se trata de muchos o de uno. Un único muchacho: éste, con la barba crecida y las manos en el fondo de los bolsillos, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.


Ella era una de esas muchachas que, los sábados, con el bolso al hombro, sube o baja la calle Augusta. Los sábados, casi siempre por la tarde, porque los lentes oscuros y el rostro un tanto gastado que la ausencia de maquillaje no quiso disfrazar, quien quiera mirarla más detenidamente, y algunos lo hacen, pidiendo el teléfono o diciendo cosas divertidas sin mucha gracia, a veces groseras, porque ellas caminan lento, mirando las cosas, no a las personas, pero quien la mira con atención se dará cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar sin mucha importancia. También usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatos bajos, a veces zapatillas gastadas, camisetas o una blusa de Musselina, seda, crepe u otro tejido transparente, que una rápida y aguda mirada se daría cuenta, de inmediato, que no se trata de una prostituta o una empleada doméstica. Porque tienen cierta nobleza, esas muchachas; no se sabe si por la manera altiva de fingir que no escuchan los piropos que algunos les dicen, si por la manera de afirmar las correas del bolso con sus dedos de uñas sin pintar, conscientes de que son mujeres y están en la selva. En el caso de un inesperado encuentro, que no sería imposible, menos los sábados, es verdad, que los viernes al medio día o por la tarde, si alguien le arrebatara el bolso a una de esas muchachas para después rasgarla en un terreno baldío, quedaría decepcionado por el escaso dinero, el talón de cheques sin saldo, una agenda con pocos compromisos, tickets de metro, algún libro de poesía, esoterismo o psicología, una foto de niña, raramente la de un hombre, tal vez una tarjeta de crédito vencida o entradas para el teatro o un concierto ya usadas. Esas muchachas no miran hacia abajo ni hacia arriba: con paso decidido, miran hacia el frente, como si visualizaran más allá del horizonte un lugar escondido para esos otros que pasan siempre sin mirar hacia donde se dirigen con sus jeans gastados, sus bolsas viejas, sus pieles sin valor. De esa nitidez en el tranco, de esa atrevida falta de artificio en el rostro es desde donde brota esa impresión de nobleza transmitida tan fuertemente cuando pasan, también a los que no las miran ni se mueven con ellas. Pueden parar a ver revistas extranjeras en algún kiosko, y nunca comprarlas, detenerse para ver los precios escritos en las puertas de los restaurantes, mirar manzanas o frutillas, tocar rosas o anturios, pero generalmente siguen hacia adelante, subiendo o bajando por la calle Augusta. Tal vez sean muchas y, si realmente lo son, tan parecidas que, si alguien desde lo alto de una ventana en el Conjunto Nacional mirara hacia bajo y las viera ahora, podría pensar que son tan sólo una. Una única muchacha: ésta, con el bolso viejo colgado del hombro, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar por la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.



Y porque el mundo, a pesar de ser redondo, tiene muchas esquinas, se encuentran esos dos, esos varios, frente al mismo cine y mirando el mismo cartel. Love kills, love kills, murmura él, sin percibir a la muchacha que está a su lado. And this is my way, canta ella para sí, en la versión de Frank Sinatra, no la de Sid Vicious, sin percibir al muchacho que está a su lado. Hay otros que entran y salen, sin verlos ni verse, punks, clavos en las casacas, botas negras, intelectuales de lentes, anillos coloridos, trajes cuadriculados, adolescentes japoneses, matrimonios abrazados, ellas comiendo pop corn, señoras con faldas apretadas, gente de todo tipo. Y tal vez porque los muchachos y las muchachas como ellos raramente –o nunca- van al cine los sábados por la tarde, porque prefieren subir o bajar la calle Augusta mirando las cosas, no las personas, los dos se encaminan hacia la entrada con forma de arco del cine. Entonces se detienen y miran hacia arriba, suspirando en una suave desesperación, un cielo gris, como si fuera a llover, oh cielo tan triste de Sampa (N de T: San Pablo).


Y como si un ángel de alas de oro rompiese de repente las nubes plomas y con un saxofón adornado de amatistas anunciase a los hombres de esa calle y de ese sábado por la tarde en esa ciudad lo irreversible y fatal de las esquinas del mundo –él la miró, y ella lo miró a él.

Él sonrió como para sí mismo, sin tener nada que decir. Ella sonrió para él. Y dijo:


– Parece Saigon, ¿no?


-¿Qué? –preguntó él, sin entender. Ella señaló hacia arriba:


– El cielo. El cielo parece Saigon.

Sorprendido, y algo atontado, él preguntó

– ¿Y tú estuviste en Saigon?


– Nunca –y volvió a sonreírle.- Pero no es necesario. Debe ser así, ¿no crees?


– ¿Qué cosa? –él, que era algo lento, volvió a preguntar.


– El cielo –ella suspiró. – Se parece al cielo de Saigon.

Fue él, esta vez, el que sonrió. Y dijo:


– Sí, es verdad. Parece el cielo de Saigon.


En ese momento –dicen que les pertenece a los hombres ese gesto, y ellos eran algo anticuados- tal vez él pensó en ofrecerle un cigarro a ella, en preguntarle si ya había visto esa película, si quería tomarse un café en el Ritz, incluso preguntarle cómo se llamaba u otra de esas cosas algo tontas, un tanto inocentes o terriblemente urgentes que se acostumbran a decir cuando uno de esos muchachos y una de esas muchachas o cualquier otro tipo de persona, y son tantas como tantos tipos de persona hay en el mundo, se encuentran de repente y por alguna razón, sexual o no, poco importa si por algunos minutos o para siempre, da igual, por alguna razón esas personas no se quieren separar. Pero como él era lento, no preguntó nada, no le hizo ninguna invitación. Ni ella. Aunque lenta no era, sólo un poco distraída. Ella, entonces, sonrió por tercera vez, y ya de espaldas le hizo un gesto con la mano abriendo los dedos, como Sally Bowles en Cabaret, y continuó caminando por la calle Augusta. Él también sonrió por tercera vez, y metió las manos aún más al fondo de sus bolsillos, como Tony Perkins en muchas películas, se rascó la barba crecida y resolvió subir nuevamente por la calle Augusta.


Unos cien metros después, ella por la Alameda Tietê, él por Santos, ese muchacho y esa muchacha, o tal vez los dos, o quizá ninguno, pero lo que importa es que al mismo tiempo piensan, vagos y sin rencor, que estos sábados son siempre tan aburridos, mierda, nunca pasa nada. Por asociación de ideas o de alguna otra forma extraña, él o ella, o ninguno, tal vez miren hacia atrás buscando algún vestigio, cualquier resto que quede de uno u otro por la calle Augusta desierta un sábado por la tarde. Pero muchachos y muchachas así, no acostumbran a dejar rastros, y ambos ya habían desaparecido en sus esquinas de veredas y calles maltratadas. Encima de ellos, nubes cada vez más densas esconden al ángel. Un cielo grisáceo, donde no sería sorpresa que en el próximo segundo explotara un hongo atómico, cayera una lluvia radioactiva o una tormenta de Napalm, que se parecía al cielo de Saigon, quizá pensaron. Aunque, para ser precisos, ellos nunca han estado allá.


 

Nueva traducción de Apollinaire diciembre 17, 2009

 

 

Como adelanto de una nueva traducción de los poemas más loables de Apollinaire, Mariano Fiszman nos deja dos poemas. La edición, que lleva el título de “Y que todo tenga un nombre nuevo,” saldrá publicada por Ediciones del Dock hacia marzo del 2010. Fiszman, a cargo de la traducción y los debidos prolegómenos, además tiene en su haber novelas y cuentos. Vale la pena echarle un ojo, aquí.

 

 

 

  La victoria

 

Un gallo canta yo sueño y el follaje agita
Sus hojas parecidas a pobres marineros
Alados y girando como Ícaro el falso
Unos ciegos gesticulando como hormigas
Se reflejaban bajo la lluvia en el espejo de la calle
Sus risas reunidas en racimos de uvas
No salgas más de mi casa diamante que hablabas
Duerme en calma es tu casa todo te pertenece
Mi cama mi lámpara y mi casco agujereado
Miradas preciosas zafiros tallados cerca de Saint-Claude
         Los días eran una esmeralda pura
Me acuerdo de ti ciudad de los meteoros
Florecían en el aire durante esas noches en que nada duerme
Jardines de la luz donde junté esos ramos
Ya debes estar harta de asustar a ese cielo
                Que siga con su hipo
Cuesta imaginarse
Hasta que punto el éxito vuelve a la gente estúpida y tranquila
En la escuela para ciegos preguntaron
No tienen algún chico ciego alado
Oh bocas el hombre está en busca de un lenguaje nuevo
Del cual el gramático de ninguna lengua pueda decir nada
Y las viejas lenguas están tan cerca de morir
Que en verdad es por hábito y falta de audacia
Que aún se las usa para la poesía
Pero son como enfermos desganados
Para mí que la gente se habituaría pronto al mutismo
La mímica al cine le alcanza
                 Pero insistamos en hablar
                 Movamos la lengua
                 Salpiquemos saliva
Queremos sonidos nuevos sonidos nuevos sonidos nuevos
Queremos consonantes sin vocales
Consonantes que exploten sordamente
                Imiten el ruido del torno
Dejen burbujear un sonido nasal y continuo
Chasqueen la lengua
Hagan el ruido sordo del que come sin urbanidad
El carraspeo aspirado de la escupida también sería una linda consonante
Los diversos pedos labiales también volverían estrepitosos sus discursos
Acostúmbrense a eructar con ganas
Y qué letra grave como una campanada
                 Atraviesa nuestras memorias
No amamos lo suficiente la alegría
De ver las bellas cosas nuevas
Oh apúrate amiga
Teme que un día un tren no te conmueva
                      Más
Míralo más rápido por ti
Esos ferrocarriles que circulan
Pronto saldrán de la vida
Serán bellos y ridículos
Dos lámparas arden delante de mí
Como dos mujeres que se ríen
Agacho tristemente la cabeza
Ante la burla ardiente
La risa se expande
Por todas partes
Hablen con las manos hagan chasquear sus dedos
Golpéense las mejillas como un redoblante
                            Oh palabras
                 Ellas siguen por entre los arrayanes
                 A Eros y a Anteros llorando
Yo soy el cielo de la ciudad
                            Escuchen el mar
El mar gemir a lo lejos y gritar muy solo
Mi voz fiel como la sombra
Quiere al fin ser la sombra de la vida
Quiere ser oh mar viviente infiel como tú
El mar que traicionó a tantos marinos
Se tragó mis grandes gritos como a dioses ahogados
Y el mar al sol sólo soporta la sombra
Que los pájaros proyectan con las alas desplegadas
La palabra es repentina y es un Dios que tiembla
Avanza y sostenme yo añoro las manos
De quienes las tendían y juntos me adoraban
Qué oasis de brazos me recibirá mañana
Conoces acaso esta alegría de ver cosas nuevas
Oh voz ahora hablo el lenguaje del mar
Y en el puerto la noche de las últimas tabernas
Yo que soy más testarudo que la hidra de Lerna
La calle donde mis manos nadan
Hurgando la ciudad con dedos sutiles
Se va pero quién sabe si mañana
Al volverse calle inmóvil
Quién sabe cuál sería mi camino
Piensa que los ferrocarriles
Pronto pasarán de moda y quedarán abandonados
Mira
La Victoria ante todo será
Ver muy a lo lejos
Ver todo
De cerca
Y que todo tenga un nombre nuevo

 

 

  Poema leído en el casamiento de André Salmon
  el 13 de julio de 1909.

 

Al ver banderas esta mañana no me dije
Mira la ropa de rico de los pobres
Ni el pudor democrático quiere velarme su dolor
Ni la libertad con honor hace que ahora se imite
A las hojas oh libertad vegetal oh única libertad terrestre
Ni arden las casas porque partiremos para nunca más volver
Ni esas manos agitadas trabajarán mañana para todos nosotros
Ni siquiera se colgó a quienes no sabían gozar de la vida
Ni siquiera se renueva el mundo tomando otra vez la Bastilla
Yo sé que sólo lo renuevan quienes están fundados en poesía
Embanderaron París porque mi amigo André Salmon se casa
Nos conocimos en un sótano maldito
En los tiempos de nuestra juventud
Fumando los dos y mal vestidos esperando al alba
Enamorados enamorados de las mismas palabras a las que habría que cambiarle el sentido
Engañados engañados pobrecitos y sin saber reír todavía
La mesa y los vasos se convirtieron en un moribundo que nos lanzó la última mirada de Orfeo
Los vasos cayeron se rompieron
Y nosotros aprendimos a reír
Entonces salimos peregrinos de la perdición
A través de las calles a través de las comarcas a través de la razón
Lo volví a ver a orillas del río en el que flotaba Ofelia
Que blanca flota aún entre nenúfares
Se iba entre Hamlets pálidos
Tocando en la flauta la canción de la locura
Lo volví a ver junto a un mujik moribundo contar las beatitudes
Admirando la nieve semejante a mujeres desnudas
Lo volví a ver haciendo esto o aquello en honor de las mismas palabras
Que cambian las caras de los chicos y digo todas estas cosas
Recuerdo y Porvenir porque mi amigo André Salmon se casa
Alegrémonos no porque nuestra amistad fue el río que nos fertilizó
Terrenos ribereños cuya abundancia es el alimento que todos esperan
Ni porque nuestros vasos nos lanzan una vez más la mirada de Orfeo moribundo
Ni porque crecimos tanto que muchos podrían confundir nuestros ojos con las estrellas
Ni porque las banderas golpean las ventanas de los ciudadanos que están contentos desde hace cien años por tener la vida y pequeñas cosas que defender
Ni porque fundados en poesía tenemos derechos sobre las palabras que forman y deshacen el Universo
Ni porque podemos llorar sin hacer el ridículo y sabemos reír
Ni porque fumamos y tomamos como antes
Alegrémonos porque director del fuego y de los poetas
El amor que llena como la luz
Todo el espacio sólido entre estrellas y planetas
El amor quiere que hoy mi amigo André Salmón se case

  

 

En Caliente – Louis-Ferdinand Céline noviembre 3, 2009

 

En 1948, Céline, habiéndose enterado de que Sartre, en Retrato de un antisemita (Les Temps Modernes, diciembre de 1945, texto recogido más tarde en un volumen de Gallimard bajo el título Reflexiones sobre la cuestión judía), había escrito: “Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron”, escribió este panfleto como respuesta. Se lo envió a Jean Paulhan, que no lo publicó, y luego a Albert Parraz, que lo reprodujo el final de su libro Le Gala des vaches, donde pasó desapercibido. Costeada por sus amigos, fue impresa una edición de 200 ejemplares. (P. Lanauve de Tartas, París, s. f).
Traducción: Mariano Dupont

 

 

4v27n08-13126074fig10No leo mucho, no tengo tiempo. ¡Demasiados años perdidos en tantas tonterías y en prisión! Pero me presionan, me ruegan, me molestan. Es imperioso que lea, parece, una suerte de artículo, el Retrato de un antisemita, de Jean-Baptiste Sartre (Les Temps Modernes, diciembre 1945). Recorro esa larga tarea, le echo un vistazo, no es ni bueno ni malo, es nada, pastiche… “A-la-manera-de”… Ese enano de J.-B. S. leyó l’Etourdi, l’Amateur de Tulipes, etc. Quedó prendado, evidentemente, no sale más… ¡Siempre en la escuela este J.-B. S.! siempre con los pastiches, “A-la-manera-de”… También a la manera de Céline… y de muchos otros… “Putas”, etc. “Cabezas de recambio”… “Maïa”… Nada grave, por cierto. Arrastro en el culo una buena cantidad de esos “A-la-manera-de”… ¿Qué puedo hacer? Sofocantes, rencorosos, cagones, traidores, semisanguijuelas, semitenias, no me hacen ningún honor, no hablo nunca de ellos, eso es todo. Progenie de la sombra. ¡Decencia! ¡Oh! No le deseo ningún mal al enano J.-B. S. ¡Su destino ya es bastante cruel! Ya que se trata de una tarea, yo le habría dado con gusto siete de veinte y no se habría hablado más del asunto… ¡Pero en la página 462 el soretito me desconcierta! ¡Ah! ¡El maldito culón podrido! ¿Qué osa escribir? “Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron.” Textual. ¡Epa! Eso es lo que escribía ese pequeño escarabajo mientras yo estaba en prisión corriendo gran peligro de que me colgaran. ¡Maldita lacra atiborrada de mierda, salís de mi culo y me ensuciás! Ano de Caín. ¿Qué querés? ¿Que me asesinen? ¡Es evidente! ¡Aquí! ¡Cómo te aplastaría! ¡Sí!… Lo veo en una foto… esos ojos grandes… esa tricota de crochet… esa babosa con ventosas… ¡es un cestodo! ¡Qué no inventaría este monstruo para que me asesinen! ¡No termina de salir de mi caca y ya me está denunciando! Lo más fuerte está en la página 451: “Un hombre que encuentra natural denunciar a los hombres no puede tener nuestra concepción del honor, incluyo a aquellos de los que él se vuelve benefactor, él no los ve con nuestros ojos, su generosidad, su dulzura, no son parecidas a nuestra dulzura, a nuestra generosidad, no podemos localizar la pasión”.

 

En mi culo, en donde se encuentra, no se le puede pedir a J.-B. S. que vea bien o que se exprese con claridad, J.-B. S parece sin embargo haber previsto el caso de la soledad y de la oscuridad en mi ano… J.-B. S habla evidentemente de sí mismo cuando escribe en la página 451: “Este hombre teme cualquier tipo de soledad, tanto la del genio como la del asesino”. Comprendamos qué quiere decir… Basándose en la fe de los semanarios J.-B. S no se ve sino como un genio. Por mi lado, y basándome en sus propios textos, me siento forzado a ver a J.-B. S como un asesino, e incluso mejor, como un maldito alcahuete, un repugnante, asqueroso, inmundo soplón, un cana con anteojos. ¡Ya me empiezo a embalar! No corresponde a mi edad, ni al estado en el que me encuentro… Iba a concluir ahí… asqueado, listo… Reflexiono… ¿Asesino y genial? Hay casos… Después de todo… ¿Será quizá el caso de Sartre? Asesino lo es, quisiera serlo, entendámonos, ¿pero genial? ¿La caquita que está en mi culo es genial? ¿Hum?… Vamos a ver… sí, cierto, eso puede hacer eclosión… dispararse… ¿pero J.-B. S? ¿Esos ojos de feto? ¿Esos hombros mezquinos? ¿Esa busardita? Tenia, seguro, tenia humana, ubicada donde ya saben… ¡y filósofo!… son demasiadas cosas… El liberó, parece, París en bicicleta. El jugó… en el Teatro, en la Ciudad, con los horrores de la época, la guerra, los suplicios, el hierro y el fuego. Pero los tiempos cambian, y hete aquí que crece, se infla enormemente. ¡J.-B. S! Ya no se domina… ya no se conoce… de embrión quiere convertirse en criatura… el ciclo… no tuvo suficientes jueguitos, suficientes engaños… corre detrás de las pruebas, las pruebas verdaderas… la prisión, la expiación, los palos, y el más grande de todos los palos: el Poste… La Maldición lo entretiene a J.-B. S… ¡las Furias! terminadas las bagatelas… ¡Quiere convertirse en un monstruo! ¡Ahora tira la bronca contra de Gaulle!

 

¡Qué manera! ¡Quiere cometer lo irreparable! ¡Lo logra! Las brujas van a volverlo loco, él vino a acicatearlas, ellas no lo soltarán jamás… Tenia de los soretes, falso renacuajo, ¡te vas a morfar la Mandrágora! ¡Te vas a convertir en súcubo! La enfermedad de la maldición evoluciona en Sartre… Vieja enfermedad, vieja como el mundo, en el que toda la literatura está podrida… ¡Reflexioná J.-B. S antes de seguir cometiendo errores irreparables! ¡Pensá! Date cuenta de que el horror no es nada sin el Sueño y sin la Música… Te veo bien como una tenia, pero no como una cobra, para nada una cobra… ¡sos nulo para la flauta! Sin música, sin sueños, Macbeth no es sino un Grand-Guiñol y malos días… Sos malvado, sucio, ingrato, rencoroso, cana, ¡pero J.-B. S es más que eso! Eso no es suficiente… ¡Todavía hay que bailar!… Me gustaría equivocarme, por cierto… No pido nada mejor… Iré a aplaudirte cuando al fin te hayas convertido en un verdadero monstruo, cuando hayas pagado, a las brujas, lo que hace falta, el precio para que te transmuten, para que te eclosionen en un verdadero fenómeno. En una tenia que toca la flauta.

 

Pero me rogaste mucho, a mí y a través de Dullin, de Denoël, ¡me suplicaste “bajo la bota” que descendiera a aplaudirte! Yo no veía que bailaras o flautearas, para mí eso es un pecado terrible, lo reconozco… ¡Pero olvidemos todo eso! ¡Pensemos en el futuro! ¡Tratá de que tus demonios te inculquen la flauta! ¡Primero la flauta! ¡Mirá a Shakespeare, colegial! ¾ de flauta, ¼ de sangre… ¼ es suficiente, te lo aseguro… ¡pero de la tuya! antes que de cualquier otra sangre. La Alquimia tiene sus leyes… la “sangre de los otros” no les gusta para nada a las Musas… Reflexionemos… Conseguiste un pequeño éxito en el “Sarah”, bajo la Bota, con tus Moscas… ¿Por qué no despachás ahora tres pequeños actos, rápidamente, de circunstancia, a las apuradas, Los Soplones? Pequeño desfile retrospectivo… Te vemos en persona, con tus amiguitos, enviando a tus compañeros odiados, a los llamados “Colaboradores”, a la cárcel, al poste, al exilio… ¿No es gracioso? Vos mismo, por supuesto, haciéndote fuerte gracias a tu texto, en el primer papel… como tenia bufona y filósofo… Es fácil imaginar cien funciones exitosas, peripecias y surgimientos de más farsas en el curso de una comedia de ese género… y luego en la escena final una de esas “Masacres Generales” ¡que producirá carcajadas en toda Europa! (¡Ya es hora!) ¡Lo más alegre de la época! ¡Cómo van a mear y cagar incluso en la 500ª!… ¡y mucho más lejos! (¡Mucho más lejos! ¡Je, je!) El asesinato de los “Signatarios”, ¡unos por otros!… vos mismo en manos de Cassou… ¡Cestuy en manos de Eluard! ¡el otro por su mujer y Mauriac! ¡y así siguiendo hasta el último!… ¡Te das cuenta! ¡La Apoteosis de la Hecatombe! ¡Sin olvidar la carne, por supuesto!… Gran desfile de chicas despampanantes, desnudas, contoneándose increíblemente de un lado a otro… orquestra del Grand Tabarin… Jazz de los “Constructores del Muro”… “Atlantist Boys”… premio asegurado… y la gran partuza de los fantasmas en una sobreimpresión luminosa… 200.000 asesinados, presidiarios, enfermos de cólera, indignos… ¡y colgados! ¡en corro! ¡un pedazo de Cielo! ¡Coro de los “Verdugos de Nuremberg”!… Y al tono le insuflás más-que-existencia, instantaneísmo, masacrismo… Clima de espasmos de agonía, ruidos de cólicos, de sollozos, de hierros… “¡Socorro!”… Fondo sonoro: “Máquinas de ¡Hurras!”… ¿Lo ves? Y luego, como atracción principal, en el entreacto: ¡Remate de esposas para presos! Y un Bar de sangre. El Bar futurista absoluto. ¡Sólo sangre verdadera! En vaso, cruda, certificada por los hospitales… ¡de esa misma mañana! ¡sangre de aorta, sangre de feto, sangre de himen, sangre de fusilados!… ¡Para todos los gustos! ¡Ah! ¡Qué futuro J.-B. S! ¡Qué maravillas vas a hacer cuando seas eclosionado! ¡Verdadero Monstruo! Ya te veo fuera del sorete, casi tocando la flauta, ¡una flautita verdadera! ¡qué encanto!… ¡ya casi un verdadero pequeño artista!

Maldito J.-B. S.

 

 

 

 

¿Está bien ser Ludita? – Thomas Pynchon septiembre 25, 2009

 

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Como si estar en 1984 no fuera suficiente, este año es el 25º aniversario de la famosa lectura de C. P. Snow, “Dos Culturas y la Revolución Científica,” notable por su advertencia de que la vida intelectual en Occidente empezaba a polarizarse en dos facciones, la “literaria” y la “científica,” ambas condenadas a no entenderse ni apreciarse jamás. Originalmente la lectura intentaba dirigirse a cuestiones formales en la era de Sputnik y el rol de la tecnología en el desarrollo de lo que pronto sería conocido como Tercer Mundo. Pero fue la formulación de esas dos culturas lo que llamó la atención de la gente. De hecho, provocó un enorme alboroto en su día. Se redujeron ciertos puntos ya bastante simplificados, lo cual trajo algunos comentarios, y luego insultos e incluso réplicas inclementes que dieron a la totalidad del asunto un halo de distintiva rispidez.

 
 Hoy en día nadie podría hacer una distinción de este tipo. Desde 1959, nos hemos visto obligados a vivir en el flujo de información más vasto que alguna vez podríamos haber imaginado. La demistificación está a la orden del día, todos los gatos han saltado fuera de sus bolsas y han comenzado a maullar. De inmediato sospechamos cierta inseguridad en el ego de gente que intenta ocultarse detrás de una jerga especializada o que finge estar  informada “más allá” de lo que sabe el hombre común. Cualquiera con el tiempo, la educación y ciertas ganancias, puede hacerse del conocimiento especializado que más le plazca. De modo que, hasta ese punto, la disputa entre las dos culturas no puede sostenerse. Como podemos confirmarlo fácilmente al visitar una biblioteca de barrio o una librería, hoy día existen mucho más que dos culturas y el problema en realidad es encontrar el tiempo para leer algo que no tenga relación con la especialidad de uno mismo.
 
Lo que ha persistido, luego de un largo cuarto de siglo, es el elemento de carácter humano. C. P. Snow, con los reflejos del novelista al fin y al cabo es, buscaba identificar no solamente dos tipos de educación, sino además dos tipos de personalidad. El eco fragmentario de viejas disputas, de inolvidables ofensas a lo largo de una larga y espesa cháchara, tal vez hayan ayudado a formar el subtexto de la desmedida y más tarde celebrada afirmación de Snow: “Que desaperciban la cultura científica significa que estos intelectuales nunca han intentado ni han querido comprender la Revolución Industrial.” Estos “intelectuales”, en su mayoría “literarios,” debían entenderse, según Snow, como “Luditas Natos.”
 
A excepción del Pitufo Filósofo, es difícil imaginar a alguien en estos días que guste de ser llamado “intelectual literario,” pese a que no suena tan mal si la etiqueta se amplía a “gente que lee y piensa.” Ser llamado Ludita es otra cuestión. Nos remonta a preguntas como: ¿hay algo en leer y pensar que cause o predisponga a una persona volverse Ludita? ¿Está bien ser Ludita? Pero, yendo más al grano, ¿qué es un Ludita?
 
Históricamente, los Luditas florecieron en Inglaterra de 1811 a 1816. Eran grupos de hombres, organizados, enmascarados, anónimos, cuyo objetivo era destruir la maquinaria usada principalmente en la industria textil. No juraban lealtad a ningún otro rey inglés, salvo a su propio Rey Ludd. No está muy claro por qué se llamaban a sí mismos Luditas, pese a que así era reconocidos tanto por sus simpatizantes como por sus enemigos. El uso de la palabra que hace C. P. Snow fue evidentemente polémico, con la intención de insinuar odio y miedo irracional a la ciencia y la tecnología. Los Luditas, desde esta perspectiva, habían llegado a ser vistos como los contrarrevolucionarios de la “Revolución Industrial,” aquella que la visión moderna no había “nunca intentado ni querido entender.”

 

Pero la Revolución Industrial no fue -como la Revolución Norteamericana o la Francesa que datan del mismo período-, un lucha violenta con un principio, un nudo y un desenlace. Se trataba de algo más sutil, menos conclusivo, algo parecido a un acelerado pasaje en una larga evolución. La frase se popularizó por primera vez hace cientos de años por obra del historiador Arnold Toybee y tuvo su cuota de revisionismo hace muy poco en el número de Julio de 1984 de Scientific American. Allí, en “Raíces Medievales de la Revolución Industrial,” Terry S.Reynolds sugiere que el temprano rol de la máquina de vapor (1765) tal vez haya sido sobredramatizado. Lejos de ser revolucionaria, mucha de la maquinaria que el vapor llevaba adelante había sido usada ya desde la Edad Media por medio del poder del agua. No obstante, la idea de una “revolución” tecno-social, en la que la gente se pusiera al frente como en Norteamérica y Francia, puede aplicarse a cientos de personas y no sólo a quienes, como pensó C. P. Snow, han visto en el Ludismo una forma de encontrar a otros que, al igual que ellos, se oponían política y reaccionariamente al capitalismo. 
 
Pero el Diccionario Británico de Oxford tiene una interesante historia que contar. En 1779, en un poblado de algún lugar de Leicestershire, un tal Ned Lud irrumpió en una casa y en “un rapto de furia demente” destruyó dos máquinas usadas para el tejido de calcetines. La voz se corrió y muy pronto, cada vez que una fabrica de calcetines era saboteada –esto debió haber estado sucediendo, según la Enciclopedia Británica, desde 1710- la gente del lugar respondía con el latiguillo “Lud debe haber pasado por aquí.” Para cuando su nombre se evocó, en 1812, el histórico Ned Lud fue absorbido por el más o menos sarcástico apodo de “Rey (o Capitán) Ludd,” y todo lo demás fue un misterio de oscura y divertida resonancia: una presencia sobrehumana que rumiaba en medio de la noche por los distritos textiles de Inglaterra, poseido por un peculiar y cómico don – cada vez que se encontraba con una tejedora de calcetines, se volvía loco y procedía a hacerla añicos. 
 
Pero es importante recordar que el objetivo, incluso en el asalto original de 1779, como muchas otras máquinas de la Revolución Industrial, no era en absoluto una innovación tecnológica. La tejedora de calcetines había dado la vuelta al mundo desde 1589 cuando, de acuerdo con la leyenda, fue inventada por el Reverendo William Lee, presa del más absoluto de los despechos. Parece que Lee se había enamorado de una joven que estaba más interesada en tejer que en él. Cada vez que aparecía, surgía el rezo: “Lo siento, Rev, tengo que tejer. ¿Qué quiere esta vez?” Pasado un tiempo, incapaz de lidiar con este tipo de rechazo, Lee –a diferencia de Ned Ludd, sin rapto de furia demente alguno pero imaginemos que sensata y seriamente- se prometió inventar una máquina que volviese obsoleto el tejido de calcetines a mano. Y cumplió su promesa. Según la enciclopedia, el sistema del clérigo rechazado era “tan perfecto en su concepción que continuó siendo la única forma mecánica de tejer por cientos de años.” 
 
Ahora, teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado, no es tan fácil pensar en Ned Lud como en un loco tecnofóbico. No hay duda de que lo que la gente admiró y mitificó fue el vigor de la peculiar actitud de su asalto y una frase como “rapto de furia demente” resulta de poca monta, sobre todo 68 años después del suceso. En todo caso, el enojo de Ned no estaba directamente enfocado en las máquinas. A mí me resulta más próximo al controlado enojo del tipo de las artes marciales, propio del Mala Leche.
Hay una historia bastante extendida en torno a esta figura, el Mala Leche. Muy a menudo es un hombre y aunque muchas veces se gana la socarrona tolerancia femenina, es casi universalmente admirado por los hombres por dos virtudes básicas: es Malo y es Grande. Malo no significa moralmente malvado, no necesariamente, sino más bien capaz de hacer daño a gran escala. Lo que sí es importante aquí es la amplitud de esa escala, la multiplicación del efecto.
 
 Las máquinas para tejer que provocaron los primeros disturbios luditas han dejado a la gente en la calle a lo largo de dos siglos. Todo el mundo vió como esto sucedía –se volvió parte de la vida cotidiana. Incluso empezó a vérselas cada vez más como propiedad de hombres que no trabajaban, que sólo las poseían y las alquilaban. No hubo filósofo alemán que no haya, tarde o temprano, recalado en lo que hicieron las máquinas de los salarios y los trabajos. El sentir público frente a ellas nunca pudo haber sido un horror simple e insensato, sino más bien algo más complejo: una relación de amor/odio entre el humano y la máquina –especialmente cuando ya hace un tiempo que están entre nosotros-, para no mencionar el agudo resentimiento hacia al menos dos efectos que han sido vistos tan injustos como amenazantes. El primero, la concentración de capital que cada máquina representa; el segundo, la habilidad de la máquina de dejar a un buen número de hombres sin trabajo- que “valga” mucho más que muchas almas humanas. Lo que dio al Rey Lud un carisma de Malo tan especial, llevándolo de héroe local a enemigo público nacional, fue que él se enfrentó contra la ampitud y la multiplicación de este efecto más que contra otros humanos, y que prevaleció. Cuando las cosas van mal y nos sentimos rendidos a la piedad de fuerzas mucho más poderosas que nosotros, ¿no se nos ocurre virar, como si se tratara de un equalizador, siquiera en la imaginación, en el deseo, y convertirnos en un Mala Leche –un djinn, un golem, un hulk, un superhéroe- que resistiría frente a todo lo que podría aplastarnos?
Por supuesto, por entonces la verdadera y laica contienda contra las máquinas seguía librándose aún, los sindicatos se pusieron al frente, haciendo uso de la noche, la solidaridad y una disciplina muy personal para conseguir la expansión de un efecto que les fuera propio.
 
 
karlof-frankensteinFue una guerra que abrió los ojos de las clases. El movimiento tuvo aliados en el Parlamento, entre ellos Lord Byron, en cuyo discurso inaugural en la Casa de los Lores, en 1812, argumentó compasivamente contra un presupuesto destinado a, entre otras medidas represivas, convertir los asaltos a las fábricas en un crimen penado con la muerte. “¿No te sientes cerca de los Luditas?” le escribió desde Venecia a Thomas Moore. “Por Dios! ¡Si hay una revuelta, estaré allí! ¿Cómo ir contra quienes desbaratan las máquinas –los luteranos de la política-, los reformistas?” En la carta incluía una “amiable chanson,” que resulta ser un Himno Ludita tan ferviente que no fue pulicado sino después de la muerte del poeta. La carta data de Diciembre de 1816: Byron había pasado el verano anterior en Suiza, encerrado en Villa Diodati en casa de los Shelleys, mirando cómo la lluvia caía, mientras todos contaban historias de fantasmas. En aquel Diciembre, mientras tanto, Mary Shelley estaba trabajando en el Capítulo Cuatro de su novela Frankenstein, o el Prometeo Moderno.
 
Si existe algo así como un género de novela Ludita, ésta, como advertencia de lo que puede suceder cuando la tecnología y aquellos que la utilizan pierden el control, sería la primera y una entre las mejores. La criatura de Victor Frankenstein califica además, sin duda, como en mayor Mala Leche literario. “He resuelto,” nos dice Victor, “crear un ser de una estatura gigantesca, es decir, de unos ocho pies de altura y de una talla proporcional,” lo cual parece ser muy Grande. La historia de cómo resulta ser Malo es el corazón mismo de la novela, su parte más recóndita: es la propia criatura quien se la cuenta a Victor en primera persona, para luego anidar en la narrativa del propio Victor, que es anidar a su vez en las cartas del explorador del ártico, Robert Walton. Más allá de que la longevidad de Frankenstein se deba al desapercibido genio de James Whale, quien la llevó al cine, resiste aún hoy no sólo por las razones por las que todos leemos novelas, sino también por su valor Ludita: es decir, por su intento, mediante elementos literarios que se sirven de lo nocturno y del disfraz, de negar la máquina.
 
Observemos, por ejemplo, el informe de Victor sobre cómo ensambla y anima a su criatura. Debe, por supuesto, ser un poco vago con los detalles, pero nos abandona a un proceso que parece incluir cirugía, electricidad (aunque en nada parecida a las extravagancias galvánicas de Whale), química e incluso, en alusión directa a Paracelso y Alberto Magno, la forma de magia ya por entonces desacreditada conocida como alquimia. Lo que está claro, pese a la representación tan común del Tornillo en la Nuca, es que ni en el método, ni en la criatura que resulta, hay algo mecánico.
 
Esta es una de las varias similitudes entre Frankenstein y un temprano relato sobre el Malo y Grande, El Castillo de Otranto (1765), de Horace Walpole, a menudo entendido como la primera novela gótica. Por alguna razón, ambos autores, al presentar sus libros al público, usaron voces que no eran las suyas. El prefacio de Mary Shelley fue escrito por su esposo, Percy, haciéndose pasar por ella. Tuvieron que pasar 15 años para que ella escribiese una introducción a Frankenstein con su propia voz. Por otro lado, Walpole, le asignó a su libro un extraño origen aduciendo que se trataba de una traducción del italiano medieval. No fue sino hasta el prefacio de la segunda edición que reconoció su autoría.
De igual manera, las dos novelas tienen un notable génesis nocturno: ambas resultaron de episodios oníricos. Mary Shelley, aquel verano de historias de fantasmas en Génova, al intentar dormir una noche, avizoró de pronto a la criatura despertando a la vida en imágenes que llegaban a su mente “con una claridad que estaba más allá de los límites normales del sueño.” Por su lado, Walpole fue despertado de un sueño “del que todo lo que puedo recordar es que estaba en un castillo antiguo… y que en lo más alto de la barandilla de la escalera vi una gigantesca mano de hierro.”
 
En la novela de Walpole, esta mano aparece como la mano de Alfonso el Bueno, primer Príncipe de Otranto y, pese al epíteto, el Mala Leche residente del castillo. Alfonso, como Frankenstein, es armado por partes –el yelmo emplumado, los pies, las piernas, la espada, todo, al igual que la mano, de tamaño desmesurado- caídas del cielo o quizás encontradas aquí y allí en el terreno del castillo, como si se tratara del implacable retorno de recuerdos reprimidos sobre el que escribió Freud. El organismo, tal como en Frankenstein, no es mecánico. El montaje final de “la forma de Alfonso, dilatada a una inmensa magnitud,” se logra por medios sobrenaturales: la maldición de una familia y la intervención del santo patrono de Otranto.
 
La locura por las novelas góticas luego de El Castillo de Otranto estuvo basada, sospecho, en un profundo anhelo religioso por aquella temprana época mítica a la que se llamó Era de los Milagros. De manera más o menos literal, la gente del siglo XVII creía que muchas de las cosas que habían sido posibles antes, ya no lo eran más. Gigantes, dragones, hechizos. Las leyes de la naturaleza no estaban entonces tan estrictamente formuladas. Lo que había sido entendido como verdadera magia entonces, en la Era de la Razón se degeneró en mera maquinaria. Los molinos satánicos de Blake representaron una antigua magia que, como el mismo Satán, ha sido alejada de la gracia. Mientras que la religión se secularizaba más y más en el Deismo y la descreencia, lo que permaneció fue el hambre permanente de evidencias de Dios, de una nueva vida a través de la salvación –y si es posible, la resurrección del cuerpo-. El Movimiento Metodista y el Gran Despertar Americano fueron los únicos dos sectores que ejercieron una enfrentamiento amplio con la Era de la Razón, enfrentamiento que incluía tanto el Radicalismo y la Francmasonería como el Ludismo y la Novela Gótica. Cada uno desde su posición expresaba la misma y profunda mala gana para abandonar elementos de fe -más allá de que fuesen “irracionales”-, a un orden tecnopolítico emergente que quizás supiera o no supiera lo que estaba haciendo. Lo “Gótico” se emparentó a lo “Medieval” y esto ha permanecido como “milagroso,” desde los pre-rafaelistas, las cartas de tarot de finales de siglo, las operas espaciales de los pulps y las historietas hasta la Guerra de las Estrellas y los cuentos contemporáneos de espadas y brujería.
 
Insistir en lo milagroso es negar al menos lo que las máquinas nos reclaman, reafirmar el limitado deseo de que las cosas vivas, terrenales o no, puedan devenir en alguna ocasión lo suficientemente Malas y Grandes como para cumplir un rol en sucesos trascendentes. Mediante esta teoría, por ejemplo, King-Kong (?- 1933) se convierte en el clásico santo Ludita. El diálogo final de la película, recordarás, dice, “Bueno, los aviones lo atraparon.” “No… fue la Belleza que mató a la Bestia.” Allí volvemos a encontrarnos con la misma disyuntiva, aunque diferente, entre el humano y la tecnología.
 
Pero si queremos insistir en las violaciones ficcionales a las leyes de la naturaleza –de espacio, tiempo, termodinámica, y la más grande de todas, la misma mortalidad- corremos el riesgo de ser juzgados por la literatura dominante como Insuficientemente Serios. Ser serio con respecto a estas cuestiones es una de las maneras que los adultos se han forjado tradicionalmente frente a los niños confidencialmente inmortales con los que deben lidiar. Volviendo a Frankenstein, escrito a la edad de diecinueve años, Mary Shelley dijo, “le tengo mucho cariño; por entonces estábamos en la primavera de nuestros de días más felices, cuando la muerte y el dolor no eran más que palabras que no resonaban fuertemente en mi corazón.” Dado que usaba imágenes de muerte y supervivencia fantasmagórica sin ningún fin formal más que el de los efectos especiales y la emoción, la actitud gótica en general no fue juzgada lo suficientemente Seria y se la restringió a una sola parte de la ciudad. No es el único barrio en la gran Ciudad de la Literatura que, por así decirlo, está tan herméticamente definido. En los westerns, los librivoxthecastleofortanto500buenos siempre ganan. En las novelas de romances, el amor lo conquista todo. En las policiales, el asesinato, siendo el pretexto de un rompecabezas lógico, difícilmente sea alguna vez un acto irracional. En la ciencia ficción, donde mundos enteros podrían ser generados por un simple entramado de axiomas, la coacción de nuestra propia cotidaneidad se trasciende como por rutina. En cada uno de estos casos lo sabemos bien; decimos, “pero el mundo no es así.” Estos géneros, al insistir en oponerse a los hechos reales, malogran su Seriedad; es así como se los tacha de “escapistas.”

 
Se trata de algo verdaderamente desafortunado en el caso de ciencia ficción en la que, en la década posterior a Hiroshima, se vio uno de los más notables florecimientos de talento literario y de genio –cosa que se da a menudo- en nuestra historia. Fue algo tan importante como el movimiento Beat que surgía al mismo tiempo, y ciertamente más importante que la ficción preponderante que, salvo ciertas excepciones, se había quedado paralizada por el clima político de la Guerra Fría y los años de McCarthy. Más allá de ser casi una síntesis ideal de las Dos Culturas, la ciencia ficción también resultó ser uno de los principales refugios para los Luditas potenciales de nuestros tiempos.
 
Hacia 1945, el sistema fabril –el cual, más que una pieza de maquinaria, resultaba ser el mayor y más evidente resultado de la Revolución Industrial- se ha extendido hasta incluir el Manhattan Project, el programa Alemán de cohetes de largo alcance y los campos de exterminio, como los de Auschwitz. No nos hace falta ningún don profético para ver cómo estas tres variables de desarrollo podría converger plausiblemente y muy poco tiempo. Desde Hiroshima, hemos observado que las armas nucleares se multiplican sin control y que los sistemas para ponerlas en funcionamento adquieren, globalmente, cada vez más precisión y una ilimitada autonomía. La aceptación absoluta de un holocausto se ha convertido –particularmente en aquellos que, desde 1980, han estado guiando a nuestras fuerzas policiales- en un saber convencional.
 
Para la gente que escribía ciencia ficción en los 50’s nada de esto resulta sorprendente, más allá de que las modernas imaginaciones luditas hayan salido con bichos lo suficientemente Malos y Grandes, incluso en las ficciones menos formales, como para empezar a compararlos con lo que podría haber producido una guerra nuclear. De modo que, en la ciencia ficción de la Era Atómica y la Guerra Fría, vemos el impulso ludita de negar la máquina en una dirección diferente. El ángulo mecánico “des-enfatizado” en favor de preocupaciones más humanas –evoluciones culturales exóticas y escenarios sociales, paradojas y juegos de tiempo-espacio, preguntas filosóficas salvajes- y muchas de ellas comparten, como lo ha discutido ampliamente la crítica, una definición de lo “humano” singularmente distinta de lo “mecánico.” Al igual que sus viejos colegas, los luditas del siglo XX miraron anhelantes hacia otra era –curiosamente, hacia la misma Era de la Razón que había despertado en los primeros Luditas una nostalgia de la Era de los Milagros.
Pero ahora vivimos, nos lo han dicho, en la Era de las Computadoras. ¿Cuáles son las perspectivas de la sensibilidad Ludita? Los ordenadores, ¿captarán la misma hostil atención que las máquinas de tejer? Lo dudo. Escritores de todo tipo, como si se tratara de una estampida, se precipitan a comprar procesadores de textos. Las máquinas tienen una utilidad tan amistosa que incluso los Luditas más incorregibles estarían encantados de bajar el mazo y acariciar las teclas de un teclado. Más allá de todo, parece que cada vez estamos más cerca de consensuar que el conocimiento en realidad es poder, que hay una muy franca conversión entre el dinero y la información y que, de alguna forma, si la logística funciona, los milagros aún son posibles. Si esto es así, los Luditas llegarían al final a un terreno común al de sus adversarios, ese alegre ejército de tecnócratas que suponen tener “el futuro en los huesos.” Quizás sólo se trate de la perenne ambivalencia ludita con respecto a las máquinas, o quizás es que la esperanza de milagros más profunda del Ludita se concentre ahora en la habilidad de la computadora para darle la información precisa a quienes la aprovechen de mejor manera. Con el adecuado despliegue de presupuesto y de tiempo informático, curaremos el cáncer, nos salvaremos de una extinción nuclear, cultivaremos comida para todos, eliminaremos la feroz codicia industrial – haremos realidad todos las quimeras nostálgicas de nuestros días.
 
 
 La palabra “Ludita” continúa siendo aplicada con desprecio a todo aquel que dude de la tecnología, especialmente de la tecnología nuclear. Los Luditas de hoy en día no tienen ya que enfrentarse a los dueños de las fábricas y a máquinas vulnerables. Como se sabe, el presidente e involuntario ludita D. D. Eisenhower profetizó cuando abandonó su puesto que hay un poder establecido permanente de almirantes y generales frente al que todo pobre bastardo es completamente inferior, más allá de que Ike no lo haya formulado de esta manera. Se supone que todos debemos estar tranquilos y dejar que las cosas sigan su curso por más que, dada una revolución informática, se vuelva cada día menos posible molestar a cualquiera en cualquier momento histórico.
 
 
 Si nuestro mundo sobrevive, el próximo gran desafío será estar atento a lo que vendrá –lo oíste al principio- cuando converjan las variables de investigación y desarrollo de la inteligencia artificial y las de la biología molecular y robótica. Oh, muchacho. Será asombroso e impredecible, e incluso el más grande los mandamases -esperémoslo con devoción-, será sorprendido con los pies sobre la tierra. Es ciertamente algo que deberían esperar todos los buenos Luditas si, por obra de Dios, llegamos a vivir para verlo. De momento, como norteamericanos, nos queda el consuelo, aunque sea mínimo y frío, de la traviesa canción improvisada por Lord Byron en la que él, como otros observadores de los tiempos, vio claramente la identificación entre los primeros Luditas y nuestros propios orígenes revolucionarios. Empieza así:
 
 
 Como los hombres libres del mar
Compraron su libertad, muy barata, con sangre
Así nosotros, muchachos, así
Viviremos libres o moriremos luchando,
Para acabar con todos los reyes, salvo el Rey Ludd!
 
 
 
 
  
 
 
 
Traducción: Martín Abadía
Este ensayo apareció en The New York Times Book Review, el 28 de Octubre de 1984
Título Original: It is Ok To Be A Luddite?

 

 

 

 

William Saroyan – Segunda Parte agosto 14, 2009

 

 
 
williamsSegunda y última entrega de este ciclo de relatos del escritor norteamericano William Saroyan.
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Para leer la primera parte de este ciclo, pulsa aquí.
 
 
Traducciones: Martín Abadía