La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Lawrence Ferlinghetti, el beatnik desatormentado agosto 18, 2010

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El hombre límpido entre los chicos oscuros


No vale la pena discutir acerca de si la llamada “Generación Beatnik” importa realmente una generación”, una “escuela”o un mero grupo de hombres más o menos amigos que en verdad tuvieron escasas conexiones literarias como para homologarlos bajo algún rótulo. No vale la pena porque cualquiera que los haya leído sabe que ninguno de las dos posturas es cierta; los Beatniks soportan dignamente la etiqueta de “Generación” por la cercanía cronológica de sus integrantes y especialmente por su juventud, pero no tienen ni por asomo entre esos mismos integrantes una comunidad férrea de estilo o ideología para considerarlos una escuela literaria. ¿Qué tiene que ver el lamento religioso y mortuorio de Big Sur de Kerouac con el humor corrosivo de los poemas de Corso, qué las novelas cut-up de Burroughs con el imperativo poema “Manifiesto populista” de Ferlinghetti?


Ahora bien, la diversidad de formas y fondos entre sus autores tampoco obliga a disociarlos; los escritores beatniks hicieron voluntariamente de la agrupación un arma y aún teniendo en cuenta sus diferencias, es innegable su congregación – al menos inicial – respecto al modo de ver la vida o de escoger a sus enemigos. Más seguros de aquello que no querían ser que de un modelo aceptable cualquiera para sus futuros, los Beatniks, como todos los jóvenes, prendieron cartuchos contra la tradición y jugaron una apuesta destinada a morir joven. Como ocurre con el punk rock – es el paralelo más adecuado que se me ocurre – el movimiento beatnik, sea lo que sea, estaba condicionado a una eterna juventud: sus ansias hostiles, su culto al placer o su experimentación con sustancias no-ordinarias lo indican claramente. En este sentido, se torna interesante cotejar las peripecias adultas de los escritores, habida cuenta de que ninguno de ellos murió joven (Kerouac fue el primero y ya contaba 47 años) y de que sus trayectorias manifestaron efectivamente una pluralidad muy próspera.


Con el primer golpe de vista es muy arduo negar la oscuridad general del grupo; no pretenso asimilarlos a los románticos ni nada por el estilo, pero es patente que la tendencia hacia la locura o la autodestrucción matizó de gris – de grises en verdad diferentes – los futuros de los escritores beat. El triste alcoholismo de Kerouac, la bala de Burroughs en la frente de Joan o los conflictos de Ginsberg con la homosexualidad son algunos ejemplos de lo que quiero decir. En ese panorama, la figura de Lawrence Ferlinghetti se esconde y destaca a la vez: Ferlinghetti, todavía vivo, el último de los beatniks, fue y es un hombre claro, un poeta límpido, un amante de la vida, y aún así – aunque se nos aparezca como el “menos” beatnik de todos – es un escritor definitivamente perteneciente a la generación beat, haciendo la salvedad de que en una de sus últimas entrevistas concedidas el propio Ferlinghetti renegó del mote generacional diciendo que jamás le había agradado.


No pienso concederle mucha importancia a lo que piensa Ferlinghetti al respecto, no tanta al menos como a lo que Ferlinghetti hizo por que aquel conjunto de escritores geniales se convirtiera en una “Generación” o a los elementos efectivamente generacionales que Ferlinghetti – el último beatnik, el desatormentado – encarnó con nobleza y lucidez. En Confesión burlona, uno de sus mejores poetas, encuentro las palabras más claras para lo que intento decir:


“Tengo la sensación de caerme


en muy pocas ocasiones


pero la mayor parte del tiempo tengo los pies sobre la


tierra


No puedo evitarlo si el suelo mismo está cayendo


(…)


Creo en la Revolución


en su imagen de doble filo


pero nena la tuya no es la mía


Me niego a confesarme a los muchachos


O a las chicas en el baño”


Balada del hombre real


“Poetas, salid de vuestros armarios,


abrid vuestras ventanas, abrid vuestras puertas,


habéis estado enclaustrados demasiado


en vuestros mundos cerrados”


Ferlinghetti – Manifiesto populista N° 1


Se sabe que a través de la osadía de Ferlinghetti y su librería City Lights muchos escritores beat pudieron ser editados y dados a conocer al gran público; se sabe de la favorable repercusión que le proporcionó el escándalo por la lectura de Aullido, de Ginsberg, y todo el chisme. Pero Ferlinghetti no se reduce a un organizador de papeles de los demás genios; no sólo la jugó de mecenas humilde sino que además postuló y defendió muchas de las posturas que pueden ser consideradas beatniks. Entre esas posturas sin duda alguna la reticencia hacia lo tradicional y cierto hedonismo realista y mágico a la vez son dos marcas registradas del grupo, especialmente en sus inicios, mucho antes de que Kerouac virara hacia lo reaccionario o de que Burroughs flipara en el hermetismo más chispeante del que se tenga memoria. Los beatniks, más allá de los vaivenes políticos y a-políticos en los que ingresaron más tarde sus protagonistas, supusieron un desplazamiento hacia la izquierda, esa izquierda amplia en su concepto, tan emparentada con la juventud como significación, tan parecida al espanto del que simplemente no alcanza a entender las torturas que un hombre puede infligir a otro.


La resistencia entonces, la resistencia y la vida. La vida como resistencia. La desobediencia, claro, el desacato, la transgresión, pero en el caso de Ferlinghetti no por el mero gusto que suele despuntar la transgresión de saborearse a sí misma sino la transgresión para que algún día sea regla, para cambiar el mundo, para que el hombre por fin devenga algo mejor. Algo mejor de lo que había visto – allí mismo, en carne y hueso, como Oficial al mando – en el desembarco en Normandía o en las cortes donde acusaban a poemas (sic) de nocivos para la sociedad.


La resistencia entonces, la resistencia y la vida. Y allí, apenas a centímetros, la poesía.


Ferlinghetti es un poeta al que le interesa la poesía, pero no tanto como objeto intelectual o de estudio sino como actitud ante la vida: la poesía y la vida están ligadas, mezcladas, deben ser una sola cosa. Pero el asunto no es tan romántico ni tan sencillo. El mundo en el que vive Ferlinghetti perdió el aura y la ingenuidad, por lo que la vida (la poesía) no se puede tratar únicamente de ensoñaciones o utopías azules sino que debe batirse con la realidad en su propio terreno para moldearla, (re)constituirla, salvarla. En Retos para poetas jóvenes escribe: “Cuestionen todo y a todos. Sean subversivos, confronten constantemente a la realidad y al estatus quo /Sean poetas, no mercachifles. No abastezcan, no complazcan, especialmente no lo hagan con sus posibles audiencias, lectores, editores o publicistas. / Salgan del clóset. Ahí adentro está oscuro. (…) Comprométanse con algo que no sean ustedes mismos. Sean militantes. O extasíense / Ser un poeta a los dieciséis años es tener dieciséis años, ser un poeta a los 40 es ser un poeta. Sean ambos. / Levántense y tiren una meada, el mundo está en llamas.”. Es decir, el poeta debe ser un subversivo, un hombre que pierda sus veleidades de místico y “baje” al mundo para combatirlo hasta el final, sin atragantamientos precoses ni narcisismos exasperados. Pero no alcanza con eso, en el tiempo de Ferlinghetti no alcanza con eso, existen otros dispositivos de poder y por tanto nuevos riesgos; la industria del entretenimiento ya amenazaba con devorárselo todo, y la poesía no es la excepción. Por eso el exhorto del poeta al poeta joven a que no se vendan ni se compren, a que siquiera participen del circo que rodea incluso a la poesía, especialmente a la propia poesía beat.


En Manifiesto populista acusa al respecto: “Todos ustedes críticos de poesía / que beben la sangre del poeta / Todos ustedes Policía de la Poesía…/ Dónde están los hijos salvajes de Whitman”. Ferlinghetti quiere una poesía vital, una poesía de la realidad que no niegue la entrega de los unos a los otros, es cierto, pero quiere que la poesía siga siendo poesía, que continúe ostentando la dignidad y la sagacidad que Ferlinghetti le atribuye. El “descenso” del poeta a la realidad no supone la vulgarización y la explotación de la poesía sino la comunidad de la misma, su ascenso a (anti)método de vida. Estos versos de Leyendo a Yeats no pienso…quizás aclaren lo que quiero decir:



“Leyendo a Yeats no pienso


en Arcadia


y sus bosques que Yeats creía muertos


pienso


en todos los rostros idos


cayendo en medio de la ciudad


con sus sombreros y sus empleos


y en aquel libro perdido que hallé


con su cubierta azul, blanca por dentro


donde con un lápiz habían escrito


¡JINETE, PASA DE LARGO!”


Los hijos salvajes de Whitman


Es sorprendente pero hasta que no leí los poemas de Ferlinghetti jamás se me había ocurrido aquello de “hijos salvajes de Whitman” para los poetas beatniks; no es que ande por ahí buscando latiguillos para los escritores sino que la metáfora me parece en realidad muy evidente y ajustada. Es fácil encontrar comentarios sobre la literatura norteamericana en los que Walt Whitman aparece como un padre omnisciente que atraviesa la trayectoria completa (todas las trayectorias posibles) de la referida literatura. Lo que en muchos casos no aparece en esos comentarios son los fundamentos para esa filiación. En el caso del grupo beat, los vínculos aparecen nítidos ya desde el alborozado tono con que escriben y llegan hasta la homosexualidad haciendo escalas en la exaltación de la libertad y en la tendencia a mitologizar al pueblo norteamericano. Efectivamente, los beatniks de alguna manera son los hijos salvajes de Whitman, menos idealistas, menos cándidos, acaso más hartos, pero son los hijos legítimos del poeta barbado. Hasta en la estética algunos beatniks lo han seguido.


Ferlinghetti escribe el monumental Autobiografía: “Soy el hombre /estuve allí / Sufrí / un poco (…) Pero soy el hombre / Y estaré allí / Y puedo hacer que los labios /de los que duermen / hablen / y puedo hacer de mis libretas de notas / haces de hierba / Y puedo escribir mi propio / epónimo epitafio /instruyendo a los jinetes /que pasen”. Por cosas como estas, Ferlinghetti es, de todos, el hijo “más” legítimo de Whitman. No sólo por la indudable procedencia de las palabras de Whitman que casi conforman una paráfrasis sino además por el estruendo de credibilidad, modestia y profundidad que produce su lectura. Los poetas mienten; aún quien los considere como portadores de la palabra más sublime y más realista sabe que los poetas mienten. Mienten incluso – o sobre todo – cuando dicen la verdad. El pacto de credibilidad que se establece con un poeta no corre jamás por los carriles que los instaurados con una novela o un film; no es un pacto de verosimilitud lo que se puede suscribir con la poesía. En este sentido, el pacto es más cercano al que se usa con alguna pintura o una canción. Al poeta se le cree desde algo visceral, desde un elemento absolutamente disociado de los racional. Siquiera es una cuestión de gustos: nada tiene de proporcional la estima estética que podamos tener respecto a un poeta con la credibilidad que nos arranque.


Whitman y Ferlinghetti son dos poetas que parecen imponer la fe ajena sobre cada una de las palabras que escriben. Un aura indefinible y suprema rodea sus escrituras con una cordialidad tan firme y violenta como un huracán.


Un huracán de fe desesperada. Eso pueden llegar a ser ciertas líneas de Ferlinghetti.


¿En qué radica la desesperación de Ferlinghetti, en dónde la detectamos? Conjeturo que en el cinismo propio de sus amigotes y de su tiempo histórico, que aún más desatormentado en Ferlinghetti, como ya se dijo, se nota igual. “Escucho a América cantar / en las Páginas Amarillas” es capaz de escribir el poeta con un don de síntesis tal que en dos líneas logra unir al nombrado Whitman con el volumen escrito que mejor representa a la sociedad pos-moderna. La crédula algarabía whitmaniana pasada por el salvajismo provocado en parte por las consecuencias indeseadas pero plausibles de lo que el mismo Whitman cantaba. La democracia, la libertad, el trabajo y el progreso tuvieron no solamente sus límites sino también sus costos, enormes, garrafales, interminables costos. Los costos fueron de todo tipo, claro está, salvo que Ferlinghetti, el poeta, vuelve una y otra vez sobre el costo que atañe al destino de la poesía. Ferlinghetti sabe a convicción por donde se lo saboree; puede caer pesado, lo admito: la óptica cultural hegemónica, aquella que nos describe a los que hoy estamos vivos, se mofa asiduamente de las convicciones. Puede caer pesado, lo admito, tan pesado como le cae siempre al rictus posmoderno cualquier palabra profética. En verdad profética. Vale la pena que este escrito finalice con la opinión de Ferlinghetti al respecto. De El triunfo de los postmodernos:


“Los violines tendieron a chillar


escapando de sus melodías lineales



La banda sinfónica en zapatillas


tamborileó temas de MTV


y los poetas se deconstruyeron a sí mismos en becas

oficiales


y se unieron a departamentos de lingüística


mientras que otros (silenciados por el desconcierto)


se fueron a las colinas cantando haikus de aserradero


o inauguraron peluquerías unisex en Des Moines”



Mome

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Dossier Kerouac: Nota al Pie sobre el orígen de Doctor Sax mayo 4, 2009

 

                                                                                                                                                     kerouac254

La primera noticia que hemos tenido sobre Doctor Sax, como tantas otras, es lóbrega y alucinatoria. Remite a uno de los varios descensos de On The Road: Sal Paradise, perdido en el corazón de San Francisco, pasa días hambriento y abandonado, y en esos días, sueña: sueño de quien “no tiene nada, a nadie,” y fin del sueño del fugitivo grácil, arrastrado por la suerte de los caminos.

Al igual que en la primera vuelta a New York, Paradise desciende y lo que hay allí abajo, lo que lo espera realmente, es aquello que difícilmente pudo luego verbalizar en todos sus demás sueños, Dharma Bums o Satori in Paris.  Sal Paradise, que es Ti Jean, que es Leo Percepied, que es Jackie Duluoz,

que es Jack Kerouac, llega finalmente “al estado del éxtasis al que siempre había querido llegar; a ese paso completo a través del tiempo cronológico camino de las sombras; al asombro en la desolación del reino de lo mortal con la sensación de la muerte pisándome los talones,” … y que luego haya desistido al ensueño y le haya puesto palabras, que luego no haya accedido a la tentación de dar testimonio de lo que vió, tal como lo vió, es la clave que nos hace presumir algo casi obvio: que Sal Paradise, o Ti Jean, o Leo Percepied, o Jackie Duluoz, o Jack Kerouac, era escritor y no santo, y que en un escritor no hay ni debe haber otra libertad que la de creerse todo lo que esté en sus manos creer, que atomizarse detrás de un solo nombre y una sola actitud es pueril e insensato. Se es escritor, y no pese a querer ser santo; se es escritor más allá de ser santo. Vilipendiar una actitud por sobre otra difícilmente sea producto del mundo de la literatura; acaso corresponda a una postura

fanática o caprichosa de vaya uno a saber qué mundo. Sal Paradise y Ti Jean y Leo Percepied y Jackie Duluoz y Jack Kerouac fueron escritores abandonados a su propia santidad.

La mención de Doctor Sax se ubica algunos párrafos atrás,

 

Discutimos en la habitación; también pasamos noches enteras en la cama mientras yo le contaba mis sueños. Le hablé de la gran serpiente del mundo que estaba enrollada en el interior de la Tierra lo mismo que un gusano dentro de una manzana y que algún día empujaría la Tierra, creando una montaña que desde entonces se llamaría la Montaña de la Serpiente y se lanzaría sobre la llanura. Su longitud sería de ciento cincuenta kilómetros y devoraría todo lo que se pusiera por delante. Le dije que esa Serpiente era Satanás.

-¿Y qué pasará entonces? –dijo Marylou, apretándose asustada contra mí.

-Un santo llamado Doctor Sax la destruirá con unas yerbas secretas que está preparando en su escondite en algún lugar subterráneo de América. También podría resultar que la serpiente no fuera más que la vaina de unas palomas y que cuando muriera salieran de ella grandes nubes de palomas de un gris espermático que llevaran la nueva de la paz por todo el mundo. –Yo deliraba de hambre y amargura.

 

pero dataría de mucho antes sin embargo, cuando un joven Kerouac dejaba la universidad para darse al mundo subterráneo de las ciudades, compartiendo una habitación junto a Burroughs y Lucien Carr en New York, dándose a los primeros acopios de drogas, a la lectura siempre desordenada de Dostoievsky y Spengler, y a la visión de un Times Square que parecía anunciar la génesis de su propio mundo literario. Fue entonces que percibió no sólo su primer libro, sino todos sus libros, todas las exégesis que exige cualquier origen. Kerouac por entonces bautizó aquella visión como The Myth of the Rainy Night, primer manchón de su pluma que luego hubo de esparcir a lo largo de toda su vida, en cada palabra, en cada segmento de cada frase, a cada minuto.

Sobre The Myth of The Rainy Night corroboramos tan solo un capítulo central en Doctor Sax; el mito da origen a un poema, ese poema es música y la vida de Kerouac, el pentagrama donde ejecutarla en ensueños; doctorsaxcoverensueños como la totalidad de Doctor Sax. The Myth of the Rainy Night no importa tanto un mito como el caos de la memoria de un mundo perdido, lejano, ausente, memoria de un mundo que sólo existe en la imaginación de quien participa de su experiencia. Allí la patria de la infancia y allí sus fantasmas, sus ecos, sus infinitas imaginerías; allí el origen fantástico de un universo despojado de toda responsabilidad y de toda temporalidad, donde todas las palabras son válidas, donde hablar con las sombras de uno mismo es hablar de uno mismo como si no existiera un mundo fuera, apresurado por hacernos despertar.

Sal Paradise, Leo Percepied, Ti Jean, Jackie Duluoz y Jack Kerouac, todos dueños de un mismo signo en esta tierra y de una manera única para hacerlo transmigrar de un misterio a otro y asomarse a cada uno de ellos con ese callado dolor de saber que no podemos recuperarlos nunca más.

 

 

M.A