La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Variaciones Onetti 8: Los pozos* febrero 4, 2010

Filed under: Variaciones Onetti — laperiodicarevisiondominical @ 3:50 pm
Tags: , ,

 

Pozos escondidos, repentinos en la planicie dorada de nuestros días; nuestros días son desérticos, vivimos días-desiertos, desiertos que adquieren la forma del día. Un día (más), un día (menos). Pozos arteros, diseminados en la tontera de lo llano para que un día, un día-desierto cualquiera, tropecemos con ellos.
 

Aunque – hay que ser rigurosos en ciertos asuntos – con los pozos no se tropieza. Con los pozos, la única relación posible es el hundimiento.

 

Pozos abiertos, eróticos, sugestivos desde el inmenso radio de su abertura. Pozos como llagas sutiles y moradas en una superficie que es eso, minuciosamente eso, una superficie desastrada, implacable, repleta de electrodomésticos módicos y en cuotas. Repleta de eso y de temor.

 

“Viejos, cansados, sabiendo menos de la vida a cada día, estábamos fuera de la discusión. Es siempre la absurda costumbre de dar más importancia a las personas que a los sentimientos. No encuentro otra palabra”.

 

Pozos cerrados como un grano de pus latente, una infección tabicada; pozos irreversibles, cercados por la tierra de la costumbre, reverberando sus propias miserias en una cadencia dulce, monótona y tenebrosa.

 

“Estoy muy cansado y con el estómago vacío. No tengo idea de la hora. He fumado tanto que me repugna el tabaco y tuve que levantarme para esconder el paquete y limpiar un poco el piso”
Pozos claros. Claros, tan claros y luminosos que ciegan, como si estuviesen destinados a parecerse a la oscuridad. Luz negra. Luz que alucina en blanco, o en negro, o sin color. Sin color. La luz sin color. Pozos oscuros. Tan oscuros como la noche y como el fondo del color en las manchas de humedad.

 

“Es todo un poco nebuloso, tristón, como si estuviera contento, bien arropado y con algo de ganas de llorar (…) no, ningún plan. Tengo asco por todo ¿me entiende? Por la gente, la vida, los versos con cuello almidonado. Me tiro en un rincón y me imagino todo esto. Cosas así y suciedades, todas las noches”
 

Pozos que se disuelven dentro de otros pozos, que ciertamente no son más grandes ni más chicos, ni más altos ni más bajos. Pozos que se resisten a cualquier individualización y que sin embargo son – todos ellos – particulares, clara y dramáticamente particulares. Los pozos: el pozo, aunque la cuestión no sea tan sencilla como parece. (Nunca las cuestiones son tan sencillas – ni tan complicadas – como parecen, nunca).

 

“¿Por qué me fijaba en todo aquello, yo, a quien nada le importa la miseria, ni la comodidad, ni la belleza de las cosas?”

 

Pozos dentro de pozos. El pozo del YO tísico y humillado buscando en el pozo de su cerebro las diabólicas razones de la una vida que se hundió en el pozo del tiempo. El pozo del tiempo interno: el pozo invertido de la adultez. El insaciable pozo del alma, si es que ella misma no es (más) que un pozo: el pozo de la increíble noche azul violácea que aguarda, entre relámpagos, la entrega de una vez a la caída.

 

“Esta es la noche. Voy a tirarme en la cama, enfriado, muerto de cansancio, buscando dormirme antes de que llegue la mañana, sin fuerzas ya para esperar el cuerpo húmedo de la muchacha en la vieja cabaña de troncos”

 

Pozos. Todos los pozos, el pozo. Todos los pozos de tu vida. Pozos, pozos y pozos.

 

“Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce”.

 

Amén.

 

 

Mome

 

*Las palabras amuchadas dentro de las comillas pertenecen a la novela El Pozo.

 

Anuncios
 

Variaciones Onetti 5: Onetti por partes de mujer, y esa mujer además abril 14, 2009

Filed under: Variaciones Onetti — laperiodicarevisiondominical @ 9:52 pm
Tags: , ,

 

 

                                                                                                                                                               onetti_75

En todos los libros que uno va dejando que se extravíen en la memoria,  trashuman actualizándose los recuerdos. Las relecturas tienden a ser ingratas y rememorar el filo de un texto es siempre una reposición, una voluntad de acomodamiento. Así no todos los días de Mme. Bovary eran abismos, ni todas las torres de Hölderlin se hacían con las piedras recolectadas durante el día. Muchas cosas que recordamos ni siquiera están en esas mismas novelas, se mienten rumores que el tiempo deja entrar, y allí esa manía de aferrarse a ellos, refundarlos, ofrendarles el insomnio y el sueño, el color de mí, mi insomnio, mi sueño, mi color.

 

Uno no desempolva nada en realidad, ni relee, ni puede asombrarse con esa presura casi profesional que hace del asombro un anuncio. Uno no anuncia, acaso tan solo lea y leyendo vaya formándose una argamasa amorfa que no sirve ni para citar. Uno lee y la única relectura que queda al final es que  haya golpes de suerte que posibiliten la trasmigración, lluvias que te lluevan y soles que te soleen. Y al venir, al traer todo de vuelta a casa, el tropiezo del recuerdo es un disparo sin blanco, un trompo sin eje. Es el recuerdo mismo el que finalmente tropieza, se interrumpe en su advenir y cuando quisiera advenir de una vez por todas, no adviene, choca con otro y éste otro lo ilumina, lo contrae, lo determina y ya no es que haya o no haya olvido, no lo sentimos así, es que no hay desembarazo de ningún recuerdo, que todos tienen insertos los nervios del próximo y su delicado, efímero acontecer, y el acontecer del pálpito de verlo venir y la víspera de saber que llega, involucrándonos con cada minuto, con cada partición de ese mismo minuto.

 

Pero un recuerdo, sólo uno, resiste, se sobrepone a todos los otros, conteniéndolos. Por esa razón siempre corre el riesgo de lo apócrifo cualquier diario de vida. Por eso tonta y furtivamente llamamos vida y aún diario de vida a ciertas cosas que, de poder nombrarlas, juzgaríamos triviales o vergonzosas. Porque un solo recuerdo nos pesa y nos alberga, un recuerdo que es dueño de nuestro pudor y de nuestro constante, perezoso latido.

Ésa es la noche y ése el pozo,  cuando en uno de esos azares voluntarios, -esos azares que te toman 4 años de perplejidad en el Río de la Plata-, Enrique Cadícamo saboreaba el mismo polvo que Juan Carlos Onetti y así  parece un pozo de sombras la noche, y yo en las sombras camino muy lento.  Y ver sucederse finalmente, acaso habiéndolo esperado, una noche y todas las noches, un pozo y todos los pozos, una mujer y todas las mujeres. Pero además esa mujer, esa noche, ese pozo. Y todo por partes, todo dándose a resolverse en partes, en el trapecio tambaleante de la memoria diluyendo y aceptando lo espurio, avisando que no hay plano fijo posible sino desorden de sombras, pozo donde Ester, Cecilia, Hanka y aún Ana María son tan solo tener 18 años y saberlo sin vacilaciones porque murió unos meses después y sigue teniendo esa edad cuando abre por la noche la puerta de la cabaña y corre sin hacer ruido, a tirarse en una cama de hojas. Porque en todo caso lo que resta es lo visto y cómo fue visto, porque intentar contarlo es sumirlo bajo un nombre, y nombrar, acaso tan solo intentar nombrar, es siempre poner un punto final en el mundo, y no en el ensueño y no en la memoria y no en las noches, en los pozos, en las mujeres y en esa mujer además. Así que lo que hay son formas de renunciar, son partes de partes de partes que partir, la cabaña y la puerta abriéndose, la puerta y correr sin hacer ruido, correr y una cama de hojas, una cama de hojas y tener dieciocho años y la noche en un cabaña donde hay una cama de hojas y dieciocho años. Y nada que decir luego, nada que entorpecer con fechas, situación histórica, estado del comercio. Ningún esto es aquello, ningún aquello es esto, ninguna tilde elíptica, ningún ergo. Ya que

cosas sin nombre, cosas que andaban  por el mundo buscando un nombre, saltaban sin descanso de su boca, o iban brotando porque sí, en cualquier parte remota y palpable. Era – pensé después- un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa

y tenemos una noche por delante, con sus ladridos a lo lejos, con la imbécil demora del amanecer, con el recuerdo de unos pies debajo de la mesa de algún café y nos asomamos a él con cierta timidez, como si no nos pertenecieran.

 

Ése o cualquier otro, debió decir Onetti. Pero que sea bello. O que pueda embellecerse. En todo caso, que no nos sirva de nada más que de faro,  de presunta melodía que seguir tarareando sin saber adonde vamos al tararear, adónde y a comer y a beber con el hambre de quién, adónde y el ensueño, el mismo que Onetti creyó un pozo que le revelaba el dulce peligro de habitar tan solo en la memoria.

 

 

 

M.A