La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Van Buskirk: el más certero escupitajo beatnik noviembre 5, 2009

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 4:41 pm
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Dulce introducción a la nada
 
by Robert Cappa…palabras, sólo palabras. Palabras ardientes, recalcitrantes, palabras empedernidas e indiferentes. Palabras sofocadas de tanto correr en la huida del sentido, la huida eterna del acérrimo enemigo. Una habitación infesta, desangelada…quiero decir: la habitación modélica del adicto: sin objetos de valor, sin enchufes sanos, sin paz. El hombre de los huesos marcados en la piel detecta con el rabillo del ojo la llegada del frenesí. Sus ojos ya no sirven, ni sus manos, ni su pija, ni sus piernas. No sirven al menos para lo que él quiere, para lo que necesita. El estallido se produce: allí está la palabra rondándolo violentamente sobre su cabeza, como un murciélago espástico, enloquecidos ambos en el encierro de la habitación. El hombre sabe, ya sabe…observó demasiadas cosas como para no saber: la lucha es inútil. El hombre traga la palabra como si se tratara de cien litros de aceite capilar. Cree que va a morir, y de algún modo está en lo cierto; pero momentáneamente la tortura cesa y la palabra regurgita desde sus entrañas, surge desde sus labios y resuena aterradoramente en la habitación, se posa en el viento y asume la eternidad.

 
El hombre es Alden Van Buskirk
 
La palabra…bueno, la palabra la conocen todos pero nadie sabría decirla. Es la palabra sin palabra.
 
De Van Buskirk se sabe poco y nada. Murió en 1961, antes de cumplir sus 25 años, gustaba de Keats, de Burroughs, de Beethoven y de Charlie Parker. Consumía todo tipo de drogas y de alguna manera ofició de enfant terrible de la Generación Beat o así dicen sus escasos críticos.
 
Ah, por cierto, también sabemos que escribió un solo libro, póstumamente recopilado y titulado Lami. Y los que lo leímos, también sabemos que es un estiletazo en el corazón de la vida sosegada.
 
Van Buskirk trabaja con esa palabra, con la palabra-sin-palabra. Es esa la palabra que lo persigue y lo alucina, es esa misma palabra la que él mismo persigue en el último estertor del ánimo. Van Buskirk penetra a la palabra y es penetrado a su vez por ella. La palabra-sin-palabra. La nada. Eso es: la única, exigua y rejuntada obra de Van Buskirk es una dulce introducción a la nada. A la ausencia de la ausencia, al calamitoso sentido del sinsentido:
 
Venga, ¿has bajado ya las chimeneas impasables?
¿Me has enviado más guías aún para orientarme por el horror?
¿Has meado rojo, llorando, porque le faltaron sables?
Las hormigas han tapado los desnudos a color de los carteles

 
Van Buskirk desata las cuerdas de la nada, las extiende, las inocula en las palabras. ¿O será que las palabras ya tienen una parte de nada? ¿O será que las palabras están hechas de nada; atiborradas, exhaustas, hartas de nada? Van Buskirk no puede una obra, o quizás no quiere, lo mismo da. Van Buskirk narra desde el sótano del hombre y vaya si se le nota el moho. El moho, que es como una nada que mancha. El moho, que es casi como las palabras.
 
 
 
Eso que no cabe nunca en el cuerpo
 
ninobatallondeaceroLos poemas de Lami – que en verdad se distribuyen entre poemas, prosas poéticas, fragmentos de cartas y otras yerbas – reflejan (como la nada refleja en el espejo ese vapor que nos desvela en las malas noches) un estilo de vida beat ya rendido, desastrado, entregado al inexorable futuro de una nueva dimensión, se llame esta muerte, locura o misticismo. Van Buskirk está enmarcado en la Generación Beatnik porque Ginsberg le tenía algún cariño y porque su propio estilo se nutre de algunos motivos típicos de Burroughs pero en realidad no pertenece a ninguna “generación”; en todo caso pertenece de otra manera, pero en lo que respecta a su manera de escribir, a su universo literario, Van Buskirk se hunde en un vacío que sólo alcanzaría un Kerouac viviendo como Burroughs.

 
Quiero decir: la desesperación que puebla Lami es comparable a la del último Kerouac, al de Big Sur, pero Kerouac no estaba tan resignado como consternado, y esa pavura en Van Buskirk deviene otra cosa, precisamente porque Van Buskirk está resignado a su forma de vida, no siente culpa alguna por ella. Escribe en el poema Última voluntad y:
 
Hasta la fecha me entregué a la vida y desperté
tiritando, como un cobarde.
Cada vez más rígido empero,
Víctima de un arrastre mayor cada vez, muero
De deseos de explotar y juro no volver a batirme en retirada.
Dios también ansía follarme,
Y será la muerte mi última amante.
A ella me entrego

 
Van Buskirk quiere explotar, y su literatura – tan vacía de “literaturidad”, tan desinteresada de cualquier gesto voluntario – también. El poeta le canta (con voz agria y oxidada, con una voz que, se me ocurre, solo Leonard Cohen podría encarnar) a eso que no cabe en el cuerpo, eso que jamás se serena del todo, eso que satura a ciertos seres humanos hasta el terror. Van Burskik se agencia un lugar en el otro lado del pensamiento y desde allí escribe; el lado humillado del pensamiento, el cono fuliginoso desde el cual solamente se puede balbucear. Desde allí envía sus notas a un cuaderno traslúcido, como de agua. Desde allí escribe: “Toda humillación es espiritual, toda degradación religiosa”. Es el fondo del mar, el mismísimo fondo del mar en donde siquiera agua queda, un desierto de aire que no sirve: el adicto rindiéndose cuentas a sí mismo sin mirarse a los ojos. Sin contrición y sin esperanza, sin remordimiento y sin futuro.
 
 
 
Rapsodia de la vida sin hechos
 
michael_mann_robert_capa_photo_02El primer Wittgenstein – el del Tractatus – dice, en el comienzo de su trabajo, lo siguiente:

 
1. El mundo es todo lo que acaece.
1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11 El mundo esta determinado por los hechos y por ser todos los hechos.
1.12 Porque la totalidad de los hechos determina lo que acaece y también lo que no acaece.
 
Como puede notarse, Wittgenstein (que escribía estas notas en las trincheras de la Gran Guerra, literalmente) no estaba bromeando en sus aporreos con la tradición filosófica: el mundo ya no estaría definido a partir de ser un conjunto de cosas sino más bien de hechos, lo que llamamos mundo no sería otra cosa que la combinación de hechos atómicos (es decir, hechos simples, sin partes que a su vez sean hechos). Por mi parte, me atrevo a decir que Van Buskirk es el pensador más serio de los que ha intentado refutarlo. Escribe en El poema del primer día:
 
No subsiste ni un solo hecho
ni siquiera la desintegración
que da origen del poema
antes de que el lápiz se ponga en movimiento

 
Van Buskirk no parte del pensamiento: él habita en el fondo del mar, sus palabras no tienen referencia ni sentido (tal como exigen los filósofos analíticos), sus palabras constituyen en realidad una sola palabra, la palabra-sin-palabras. Por eso puede responder de una vez y para siempre, porque Wittgenstein tampoco había partido del Pensamiento (en tanto institución), tampoco había leído a los filósofos tradicionales. Sólo desde la ignorancia de las categorías tradicionales básicas con que el pensamiento occidental se puede pensar, o eso al menos parece el caso de estos dos hombres.
 
Y Van Buskirk responde: los hechos, lo que imaginamos como “hechos”, no subsisten, los hechos que presuntamente nos constituyen como seres humanos, se diluyen antes de ser. La palabra-sin-palabras para el hecho-sin-hechos. Porque, claro, son ciertas las armonías de Monk y los cogollos pringosos de marihuana; son ciertas las habitaciones vacías y las autopistas fulminantes. Pero son ciertas de otra certeza…su certeza, su efectividad, están en otro orden del mundo, en un pretérito siempre huyente y al alcance de la mano. Los hechos no subsisten en el sumidero del mundo; Van Buskirk lo dice: “Aquí en el pantano se pudre el neumático, el caucho se derrite, la luna parte los cajones de madera tragados por las aguas servidas, sus amantes parasitarios recorren las tablillas…Y mi tronco erguido, con el gargüero ceñido hasta la asfixia, todo rezo”
 
El mundo de cualquier adicto terminal, antes de perecer experimenta el despoblamiento paulatino de sí mismo. Los hechos mismos van desapareciendo como tales, tornándose otra cosa, hecha más de relámpago y sangre que de duración o discernimiento. El adicto extremo, el que ha entregado su cuerpo y su espíritu (los adictos tal vez sean los únicos que conocen de veras la existencia y densidad del espíritu humano cuando contemplan su ruina) a aquello que lo hace consistir en algo, recorre un camino de despoblamiento, de borrado de huellas. El adicto extremo vive en el mundo sin hechos; un mundo que, pese a Wittgenstein o a quien sea, puede ser el mundo.
 
Gilles Deleuze, en el Abecedario que construyó junto a Claire Parnet, se refiere a las adicciones en los siguientes términos: “Está muy bien beber, drogarse. Uno puede siempre hacer lo que quiera si ello no le impide trabajar, si es un excitante; además es normal ofrecer algo del propio cuerpo en sacrificio, todo un aspecto muy sacrificial. En las actitudes de beber, de drogarse, ¿por qué uno ofrece su cuerpo en sacrificio? Sin duda, porque hay algo demasiado fuerte, que uno no podría soportar sin el alcohol. El problema no es aguantar el alcohol, sino más bien que uno cree que necesita, que uno cree ver; lo que uno cree experimentar, cree pensar y que hace que uno experimente la necesidad, para poder soportarlo, para dominarlo, de una ayuda: alcohol, droga, etc.”. Algo demasiado fuerte; enseguida se plantea la objeción que exige la determinación de ese algo. Nuestro carácter científico civilizatorio así lo reclama: la resolución del misterio, su reducción a unidad, a rótulo, a sustancia. Quizás sea la hora de no pedir más rendiciones al respecto, de mantener a ese algo en la indefinición que lo define.
 
001Van Buskirk, por su parte, no tiene dudas, no tiene tiempo para inventar dudas. Sabe qué es ese algo demasiado fuerte que no se soporta. Aunque, más que su qué, conoce su escalofriante cómo: “Al mundo que despierta le han dado cuerda al revés, cuerda negra”. El camino invertido, el lento desandarse de los adictos perdidos, el retorno hacia el vacío que ahora ya no está tan vacío, que no puede estarlo, que está poblado por los fantasmas de los hechos, los fantasmas de los fantasmas. Van Buskirk tuvo tiempo tan sólo para un último lapso de lucidez, un postrero escupitajo hacia el mundo referencial y aparente, con cáustico cariño:

 
Anunciamos/anuncio palabras de fuego negro a
los oídos obstruidos por letras impresas en amianto, yo, yo,
mensaje intemporal para todos los colgados,
perdedores y tristes desenamorados de esta tierra.
A vosotros os dedico mi lamento, este lamento
 
 
 
 Mome
 
 
 
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Dossier Kerouac: “Acerca de la Generación Beat” (1957) mayo 4, 2009

 

 

N. del T: El siguiente texto fue escrito por Jack Kerouac en 1957, pero no fue publicado hasta marzo de 1958 por Esquire Magazine.

De algún modo, junto con la aparición de On The Road (1957), constituye una piedra fundacional en lo que hace a una descripción certera de la Beat Generation, al igual que el ensayo de Norman Mailer, El Negro Blanco, también escrito en 1957.

Título original: About the Beat Generation

Traducción: Martín Abadía

 

                                                                                                                                                             connections 

La Generación Beat es una visión que tuvimos a finales de los Cuarentas  John Clellon Holmes y yo, y Allen Ginsberg en un sentido más amplio, en torno a la generación de los locos, iluminados hipsters que de pronto se erguían y deambulaban por toda América, serios, curiosos, vagando y haciendo dedo en todos lados, harapientos, beatíficos, hermosos en un sentido nuevo y grácil — una visión extraída de la manera en que escuchábamos la palabra “beat” en las esquinas de Times Square y el Village, así como en el centro de otras ciudades nocturnas de la América de la postguerra — beat, que significa abatido y marginado, pero pletórico de una intensa confianza —- Incluso ya la habíamos oído en los hipsters de 1910, pronunciándola de la misma manera, con ese mismo desdén melancólico —- Nunca significó delincuentes juveniles, sino personajes de una espiritualidad especial que no se oponían a nada mas que siendo solitarios Bartlebies escapándose por la funesta ventana tapiada de nuestra civilización — los héroes subterráneos que finalmente se apartaban de la maquinaria de la “libertad” occidental y tomaban drogas, entendían el bop, tenías visiones introspectivas, experimentaban el “desarreglo de los sentidos,” hablando de manera extraña, siendo pobres y felices, profetizando así un nuevo estilo dentro de la cultura americana, un nuevo estilo (pensábamos) completamente libre de influencias europeas (a diferencia de la Generación Perdida), un nuevo encantamiento — Lo mismo estaba sucediendo en la Francia de la postguerra de Sartre y Genet y todo lo que por entonces sabíamos —- Pero en lo que se refiere a una idea verdadera sobre una Generación Beat, hay una posibilidad de que sólo haya existido en nuestras cabezas —- Tomábamos taza tras taza de café las 24 horas, poniendo un disco tras otro de Wardell Gray, Lester Young, Dexter Gordon, Willie Jackson, Lennie Tristano y todos los demás, hablando alocadamente sobre aquel nuevo sentimiento de santidad que veíamos surgir allí afuera, en la calle — Escribíamos relatos sobre extraños y beatíficos jazzeros negros, santos de barba que hacían dedo por todo Iowa con sus instrumentos, llevando el secreto mensaje de su respiración hacia otras costas, otras ciudades, como auténticos Walters Desposeidos al frente de una invisible Cruzada Fundamental — Teníamos nuestros héroes místicos y además escribíamos musicales novelas sobre ellos, largos poemas verticales que celebraban a los nuevos “ángeles” de la América subterránea — En la actualidad hay solamente un puñado de verdaderos hips, y lo que probablemente fue desapareciendo velozmente durante y después de la Guerra de Corea, al tiempo que un siniestro y novedoso tipo de eficiencia surgía en América, quizás haya sido resultado de la universalización de la Televisión y poco más (los oficiales de las Educadas Redes de “Paz” de la Policía de Control Total); más allá de los personajes beat posteriores a 1950, desaparecidos en cárceles y manicomios, o avergonzados en el conformismo silencioso, la generación tuvo una vida corta y no fue numerosa.

Pero no tendría sentido escribir este artículo si no fuera igualmente verdad que por obra de algún milagro de metamorfosis, inusitadamente, la juventud posterior a la Guerra de Corea emergió a su vez fría y abatida, habiendo tomado los mismos gestos y mismo el estilo, la nueva apariencia, la “enrevesada” y encorvada apariencia que finalmente empezaríamos a ver en películas (James Dean) o en televisión, los arreglos bop que otrora fueron el secreto éxtasis musical de la contemplación beat ahora aparecían en cada rincón, en cualquier libro (como en los trabajos de Neil Hefti, sin referirme a libro sobre Basie), las visiones bop se volvían propiedad común del mundo popular de la cultura masiva, el uso de expresiones como “crazy,” “hassle,” “make it,” “like,” “go,” se volvían familiares y de uso común al tiempo que la ingestión con drogas se hacía oficial (tranquilizantes, etc) y aún el estilo en la vestimenta de los beats y hipters empezaba a formar parte de la nueva juventud de rock n’ roll, vía Montgomery Clift (camperas de cuero), Marlon Brando (camisetas) y Elvis Presely (largas patillas); y la Generación Beat, pese a que estaba muerta,  resurgía y se veía de pronto justificada.

Sucedió realmente así y lo triste es que, mientras que se me pide que explique la Generación Beat, ya no existe un auténtica Generación Beat; hoy en día, desde México hasta Montreal, desde Londres a Casablanca, los chicos de vaqueros ponen discos de rock n’ roll.

En lo que respecta a un análisis sobre su significado… ¿quién sabe? Aún en esta última etapa de la civilización, cuando lo único que realmente importa a todos es el dinero, pienso que tal vez se trate de la Segunda Religiosidad que Oswald Spengler profetizó a todo Occidente (en América, el último hogar de Fausto) ya que hay elementos de una oculta significación religiosa en la manera en la que, por ejemplo, un tipo como Stan Getz, el más grande genio del jazz de su Generación Beat, fue encarcelado por intentar asaltar una farmacia y luego tuvo visiones sobre Dios y el arrepentimiento (hay algo de Villon en esa historia)—- O el caso de la posterior canonización de James Dean en manos de millones de chicos —- la extraña forma de hablar sobre el “fin del mundo” por el “advenimiento de otro mundo”, sobre “visiones de drogas” y ciertas apariciones que ya habíamos oído entre los primeros hipsters, todos creyentes, todos inspirados y fervientes y libres del materialismo Bohemio-Burgués, como es el caso de Phillip Lamantia, cuando un Ángel lo golpeó, haciéndolo caer de la silla y su visión de libros de los Padres de la Iglesia avasallando el Tiempo, o el de Gregory Corso, visiones del diablo y Heraldos celestiales, o de Allen Ginsberg, visiones en Harlem y en todas partes de un emotivo Amor Divino, o la compresión del mundo de William Burroughs, pensándose como el Único Profeta, o las visiones budista de Gary Snyder en torno a una promesa de salvación, visiones de peyote donde todos los mitos se volvían verdad, o las visiones de Phillip Whalen, donde maléficas y nyc154135b15dalucinadas formas hacían volar el techo de la casa, o las numerosas visiones celestiales de Jack Kerouac, la “Dorada Eternidad” echando luz en los bosques nocturnos, o las atolondradas visiones de Herbert Huncke sobre Armaggedon o las visiones de reencarnación de Neal Cassady bajo la voluntad de Dios, o bien las de Alene L. (1), en las que una electricidad misteriosa se adueñaba de todo, o las visiones de un chico anónimo de Times Square sobre el Advenimiento de otro Mundo que fuese televisado (todas ellas, verdaderamente y definitivamente, tuvieron lugar en la niebla de la vida cotidiana de las mentes de los miembros típicos de mi generación), reapariciones de una temprana Primavera Gótica que sentía la humanidad occidental de una manera especial, antes de que se tornase “Civilización” racional y se volviera hacia el relativismo, jets, superbombas y colosales, benevolentes y totalitarias estructuras burocráticas à la Gran Hermano — tal como Spengler dijo, cuando llegue el ocaso de nuestra cultura (ya presente ahora mismo, según sus gráficos morfológicos) y el polvo de nuestros esfuerzos civilizados se aplaque, la clara luz de final del día revelará preocupaciones una vez más, revelará una beatifica indiferencia para con las cosas que son del César –por ponerlo de algún modo-, un agotamiento con respecto a todo ello, y anhelos y arrepentimiento por lo que fuera un valor trascendental, en torno a “Dios,” al “Paraíso,” espiritual arrepentimiento por un Amor Infinito que se verificará con nuestras teorías de gravitación electromagnética y nuestra conquista del espacio, y donde hoy hay solamente técnicas de eficiencia no habrá nada más, al tiempo que la población atraviesa un violento terremoto que dejará tan solo la Últimas Cosas…. una vez más (ya que el hecho de que el mundo muriera, haría agradable al mundo).

Todos sabemos del Renacimiento Religioso (incluso Billy Graham) por el cual la Generación Beat, e incluso los existencialistas, con todos sus envoltorios intelectuales y pretensiones de indiferencia, representa un sentido de profunda religiosidad, el deseo de desaparecer, fuera de este mundo (cosa que no es nuestro propósito), “elevarse,” extasiarse y ser salvado, como si las visiones de los santos de los claustros de Chartres y Clairvaux hubiesen vuelto nuevamente a nosotros, brotando como hierbas en la acera de la almidonada Civilización, venciendo sus últimos preceptos.

O tal vez la Generación Beat, al ser la heredera de la Generación Perdida, sea tan solo otro paso más que dar hasta la última pálida generación, que tampoco sabrá responder sobre sí misma.

En todo caso, todo indica que su efecto ha echado raíces en la cultura Americana.

Tal vez.

Si no, ¿qué diferencia podría haber?

 

 

(1)Alene L fue la afroamericana con quien Kerouac tuvo un affair en New York City en 1953; su nombre es “Mardou” en The Subterreneans.

 

 

Dossier Kerouac: “Corderos, no leones” (1958)

Filed under: Dossier Kerouac,Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 1:53 am
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N. del T: El siguiente texto apareció por primera vez en la revista Pageant Magazine en 1958. Luego fue recogido en el volumen recopilatorio The Portable Jack Kerouac, editado por Penguin Books.

Eran los años en que la figura de Kerouac empezaba a cobrar cierta notoriedad a partir de la publicación de On The Road y se veía precisado de explicar claramente el por qué del mote “Beat Generation,” dadas las diversas tergiversaciones que llevaban adelante los medios gráficos y televisivos.

Título original: Lamb, no lion.

Traducción: Martín Abadía.

 

 

                                                                                                                                                             beatnik4601 

La Generación Beat no es vandálica. Al igual que el hombre al que de golpe se le ocurrió la palabra “beat” para describir a nuestra generación, a mí también me gustaría decir algo antes que alguien en el mundo de las letras empiece a llamarnos “rufianes,” “violentos,” “desinteresados,” “desarraigados.” ¿Cómo podría ser desarraigada la gente? ¿Desinteresada en qué? ¿En tener pertenencias? ¿Rufianes porque no te muestras elegante?

Beat no significa cansado, o hecho polvo, tanto como beato, la palabra italiana para decir beatífico: estar en estado de beatitud, como San Francisco, intentando amar la vida y ser absolutamente sincero con todos, ejerciendo la resistencia, la amabilidad, cultivando la alegría del corazón. ¿Cómo se puede llegar a esto en nuestro mundo moderno de  millones de multiplicidades?  Practicando cierta soledad, andando solo de vez en cuando en búsqueda del más precioso de los oros: las vibraciones de la sinceridad.

Ser beat no se trata de ser un maniático. Quizás seas introvertido, pero no por eso has de ser malo. Ser beat no es una vieja forma de criticismo. Es un modo de afirmación espontánea. ¿Qué clase de cultura habremos de tener en un mundo de caras grises que dicen, “no creo que eso esté bien”?

Empecemos por el principio. Luego de que se publicó mi libro sobre la Generación Beat, me pidieron que explicase en TV, en la radio, en todos lados, de qué se trataba ser beat. Todos tenían la impresión de que ser beat era un ato de histeria frenética venida de ningún lado. ¿Qué estás buscando? me preguntaban. Yo respondía que estaba esperando ver el rostro de Dios. (Luego recibí una carta de una chica de dieciséis años diciéndome que eso era exactamente lo que ella había estado esperando también.) Me preguntaron: ¿Qué podría tener que ver todo esto con los alocados jazzeros? Respondí que incluso los locos y felices jazzeros, con todas sus emociones, chicas y conversaciones excitadas, eran criaturas de Dios, abandonadas sin saber por qué, aquí, en este infinito universo. Y de hecho, nunca había oído tantas discusiones sobre Dios, las Últimas Cosas, el alma, el adónde-vamos entre los chicos de mi generación; y no se trataba solamente de los del tipo intelectual, sino de todos ellos. En los rostros de mis inquisidores podía ver la pregunta sin fin: Pero, ¿por qué? Billy Graham tenía medio millón de niños espirituales a merced. Esta generación tenía muchos “chicos beats”; hay un vínculo entre ambas cosas, dije.

La Generación Perdida de los años 20s no creían en nada, de modo que se vieron libres para de ser cínicos y negativos. Esa generación es un corpus de autoridad en la actualidad y nos mira con disgusto, como por encima del hombro, a todos nosotros que queremos movernos — en la vida, en el arte, en todo, al confesar cada cosa a cada ser humano. La Generación Perdida aplacó eso; la Generación Beat está tratando de restablecerlo. La Generación Beat cree que debe haber algún tipo de justificación a todo el horror de vivir. La primera de las Cuatro Verdades Nobles es: La Vida es Sufrimiento. Y aún los oigo hablar sobre cuánto vale la pena si tan solo llegar a creerlo, si dejas que ese flujo sagrado salga a borbotones infinitamente, más allá de la fuente secreta de la felicidad.

“¡Hombre, lo entiendo todo!” Tantos tipos me dijeron eso en las aceras, en los años 40s, cuando el beat se erguía como una flor etérea, lejos de la sordidez y la locura de los tiempos. “Pero, ¿por qué?” preguntaba. “No tienes un centavo, ni un solo lugar para dormir.” Respuesta: “Hombre, tienes que seguir elevándote, eso es todo.” Y así veía a los mismos personajes al día siguiente, completamente hechos polvo y abatidos, rumiando sentados en un banco del parque, rehusándose a hablar, buscando algo más en que creer.

Y allí estaban todos, en la noche, los músicos bop sobre el escenario tocando, veías cientos de cabezas asintiendo en la oscuridad cargada de humo, asintiendo a la música. “Sí, sí, sí,” es lo que decían sus cabezas, meditabundas, hermosas, místicas. Los músicos también esperaban el momento de su solo asintiendo mientras escuchaban. Sí. Vi a toda una generación dando un gran sí. (También vi yonquis dando un No al pie de la cama.)

No creo que la Generación Beat acabe siendo una tonta banda de drogadictos y vándalos. Mis amigos favoritos beats eran de todo tipo, buenos chicos, entusiastas, sinceros (“¡Dame cinco minutos de tu tiempo y escucha cada palabra que voy a decir!”)…. ¡Qué tierna inquietud! Qué patética esperanza humana aboga porque todos estemos comunicados y seamos aceptados, todos unidos misteriosamente en nuestras mentes. Las drogas van a desaparecer. Son sólo una moda, como cualquier otra cosa. En la Generación Beat, en vez de las viejas botellas de champagne entrelazadas con medias de seda de la Generación Perdida, encuentras a alguien que vino de visita durmiendo en el ropero, o una vieja cucaracha en el tocador, todo cubierto de polvo. Las drogas estaban destinadas a un puñado de yonquis con problemas de metabolismo antes de que fuese vista pésimamente por las autoridades. Luego, se fue de las manos.

En cuanto al sexo, ¿por qué no? Una mujer que me entrevistó me preguntó si yo pensaba que la pasión sexual era algo turbio; dije, “No, es la entrada al paraíso.”

Sólo la gente amarga puede abatir la vida. La Generación Beat será dulce (como decía el gran Pinky Lee; Lee, que ama a los niños, y todas las generaciones están formadas por niños.)

Yo sólo espero que no haya una guerra capaz de herir a toda esta gente tan hermosa, y en realidad no creo que vaya a haberla. Pareciera que empieza a haber un Generación Beat a lo largo de todo el mundo, incluso detrás de la Cortina de Hierro. Creo que Rusia quiere una parte de lo que tiene América –comida y ropa y placeres para todos.

Avizoro que la Generación Beat, vista tan solo como loco nihilismo bajo la apariencia de un nuevo estilo, va a ser la generación más sensible en toda la historia de América, de modo que no puede más que hacer el bien. Todo lo que se entiende de manera equivocada, luego se refleja con cierta maliciosa interferencia. Si existe alguna cualidad de peso que yo haya observado en esta generación por encima de cualquier otra, es su espíritu de no interferencia con respecto a los demás. Tuve un sueño en el que no quería que un león se comiera a un cordero, y el león se acercó y se sentó en mi regazo como si fuera un pequeño cachorrito. Luego alcé al cordero y él me besó. Ése es el sueño de la Generación Beat.

 

 

Dossier Kerouac: “Beatifico: Orígenes de la Generación Beat” (1959)

 

 

N. del T: El siguiente texto apareció por primera vez en la revista Playboy en 1959. Luego fue recogido en The Portable Jack Kerouac, editado por Penguin Books. Sería una de las últimas defensas escritas que Jack Kerouac haría sobre los siempre cuestionables malentendidos que se tejían en torno a la Generación Beat desde los medios de comunicación.

Título original: Beatific: The origins of the Beat Generation.

Traducción: Martín Abadía

 

 

                                                                                                                                                                06__jack_kerouac 

Este artículo hablará sobre mí, necesariamente. De modo que arremeto.

Esa foto mía, con cara de loco, en la portada de On The Road resulta del hecho de que recién había bajado de una alta montaña, donde estuve completamente solo durante dos meses; usualmente tienes el hábito de peinarte, claro, para conseguir que alguien te levante en la carretera y para que las chicas se fijen en ti en tanto hombre y no bestia salvaje, como mi amigo poeta Gregory Corso que se desabotona la camisa y muestra el crucifijo de plata que lleva al cuello y dice, “Llévalo y llévalo por fuera de la camisa, ¡no hace falta peinarse!”; de modo que pasé varios días dando vueltas por San Francisco con él y otra gente, yendo a fiestas, reuniones, sesiones de jazz, bares, lecturas de poesía, iglesias, caminamos hablando sobre poesía en las calles, hablando de Dios (en algún momento una pandilla de vándalos nos enfrento y uno dijo, “¿Qué derecho tiene a llevar eso?, y mi propia pandilla de músicos y poetas calmó un poco la situación), y finalmente, al tercer día, la revista Mademoiselle quiso tomar fotos de todos nosotros, así que yo posé tal cual salgo allí, con el pelo revuelto, el crucifijo y todo eso, con Gregory Corso, Allen Ginsberg y Phil Walhen, y la única publicación que, más tarde, no borró el crucifijo de la foto (yo, con una camisa de algodón escocesa sin mangas) fue New York Times, ya que New York Times es tan beat como yo, y me alegra encontrar amigos así. Lo digo sinceramente, Dios bendiga a New York Times por no borrar el crucifijo en la foto, como si se tratara de algo desagradable. De hecho, quienes realmente son beats aquí, beat en el sentido de “abatido” son aquellos que borraron el crucifijo, y no New York Times y Gregory Corso, el poeta, y yo. No me avergüenza llevar puesto el crucifijo de mi Señor. Lo llevo porque precisamente soy beat, porque creo en la beatitud de Dios y en que Dios ama tanto al mundo como para confiarle a su primogénito. Estoy seguro de que ningún párroco habría de condenarme por llevar un crucifijo por fuera de la camisa y que no importa dónde salgo con él, incluso en una foto tomada para Mademoiselle. Así que Ustedes no creen en Dios, ustedes grandes sabelotodos Marxistas y Freudianos, ¿eh? ¿Por qué no vuelven en un millón de años y me lo cuentan todo, ángeles?

Hace muy poco Ben Hecht me preguntó en televisión “¿Por qué tienes miedo de decir lo que tienes dentro? ¿Qué va mal en este país? ¿De qué están todos asustados?” ¿Se estaba dirigiendo a mí? Todo lo que quería era que hablara en contra de la gente, como desdeñosamente llevó a Dulles, a Eisenhower, al Papa, a todo tipo de personas a las que tratar con cierta burla junto a Drew Pearson y así hablar en contra del mundo, ésa es su idea de la libertad, a eso llama libertad. Dios, quién sabe, pero el universo, el auténtico vasto mar de compasión, la genuina miel sagrada, no está detrás de todo este espectáculo de crueldad y personalidades. De hecho, ¡quién sabe si no es la soledad de la unicidad de lo increado, la esencia increada de todo, la verdad pura y permanente, ese gran potencial vacío que puede iluminar todo lo quiera desde su puro ser, esa llameante alegría, ¡Mattivajrakaruma, Trascendental Diamante de la Compasión! No, yo quiero pronunciarme por las cosas, por el crucifijo, por la Estrella de Israel, por el hombre más divino que haya existido que fue alemán (Bach), por el dulce Mahoma, por Buda, por Lao-tse y Chiang-tse, por D.T. Suzuki… ¿Por qué atacar lo que amo más allá de la vida? De esto se trata ser beat. ¿Vivir la vida? Nah, amar la vida. Cuando lleguen y te lapiden, no tendrás un casa de cristal, sólo tu carne cristalina.

Esa foto salvaje y codiciosa que me sacaron para la portada de On The Road, en la que luzco tan Beat, se remonta a mucho más atrás que 1948, cuando John Clellon Holmes (autor de Go y The Horn) y yo nos sentábamos a pensar la significación de la Generación Perdida y el subsiguiente Existencialismo, y dije, “Sabes, ésta, realmente, es la Generación Beat,” y él saltó y dijo, “Cierto, ¡tienes razón!” Nos remonta a 1880s, cuando mi abuelo Jean-Baptiste Kerouac solía salir al porche en medio de una tormenta eléctrica, con una lámpara de kerosén en la mano y gritaba, “¡Vamos! ¡Adelante! ¡Si eres más poderosa que yo, derríbame y apaga la luz!” mientras su mujer y sus hijos temblaban en la cocina. Y la luz nunca se apagó. Quizás, dado que soy el vocero de la Generación Beat (soy quien originó el término alrededor del cual la generación cobró forma), debería apuntar que las agallas beats me vienen de mis ancestros, que eran Bretones, el grupo noble más independiente de toda Europa, que lucharon contra los Franceses Latinos hasta el último momento (pese a lo que me dijo un gran contramaestre rubio de un barco mercante una vez, cuando le dije que mis antepasados eran Bretones, en Cornwall, Brittany; bufó “¡Nosotros, los vikingos, solíamos salir de ronda y robar vuestra redes!”) Bretón, Vikingo, Irlandés, Indio, loco, no hay diferencia, ni hay duda de que la Generación Beat, al menos su núcleo, se trata de un grupo de nuevos Americanos tratando de pasarla bien… ¿Irresponsabilidad? ¿Quién no habría de ayudar a un hombre que agoniza en una carretera desolada? La Generación Beat no retrotrae aún a las salvajes fiestas que mi padre celebraba en casa en los 20s y los 30s en New England, que eran tan fantásticamente ruidosas que nadie podía dormir en todo el vecindario y cuando burroughskerouacllegaba la policía, todos tenían un trago en la mano. Nos retrotrae a la arrebatada y febril infancia de jugar a las sombras bajo los árboles azotados por el viento en el alegre otoño de New England y escuchar los aullidos del Hombre Lunar, parado en la orilla, hasta que podíamos atraparlo en el árbol (era el “mayor”, de unos 15 años), la risa maniática de ciertos locos del barrio, el humor furioso de todas las pandillas cuando jugaban al baloncesto hasta el atardecer en el parque; nos remonta a aquellos locos días antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando los adolescentes bebían cerveza los viernes por la noche en los salones de Lake y se recuperaban de la resaca el sábado por la tarde jugando al baloncesto y luego, un chapuzón en el arroyo — y nuestros padres llevaban sombreros de paja como W.C. Fields. Nos remonta al parloteo sin sentido de los Tres Chiflados, a las locuras de los Hermanos Marx (también a la ternura del Ángel Harpo con su armónica). Nos remonta a las cancioncillas de las viejas caricaturas (Krazy Kat y su ladrillo irracional)—a Laurel and Hardy en la Legión Extranjera— al Conde Drácula sonriente y al Conde Drácula temblando y silbando detrás de la Cruz— al Golem horrorizando a los perseguidores del Ghetto— a la tranquila sapiencia de una película sobre la India, sin apego al argumento— al sonriente Chino Tao bajando al trote por la calle de la vieja Shangai de Clark Gable— al Árabe sagrado, alertando sobre la proximidad del Ramadán. Al Hombre Lobo de Londres, distinguido doctor de chaqueta de terciopelo, fumando su pipa a la luz de una lámpara, leyendo tomos de botánica y de pronto empieza a crecerle pelo en las manos, su gato ríe socarronamente y arremete en la noche con una capa rasgada, como las capas de las personas que pedían comida— a Lamont Cranston, tan frío y seguro, de pronto deviniendo una Sombra desesperada que aúlla mwee hee hee ha ha en los callejones de la imaginación de New York. A Popeye El Marino y la Bruja del Mar y las resbaladizas bordas de los barcos, a Captain Easy y Wash Tubbs gritando excitados sobre latas de duraznos en almíbar en la isla de los caníbales, a Wimpy buscando una jugosa hamburguesa con sus rayos X, de ésas que ya no se hacen más. A Jiggs, traspasando casas completamente amuebladas al volar por el aire, Jiggs y los chicos en el bar y los bifes con maíz y la col de las cercas al atardecer— a King Kong, mirando por la ventana del hotel con un enorme y tierno amor por Fay Wray— y a Bruce Cabot, con la gorra del capitán, al frente del barco de vapor gritando “Suban a bordo.” Nos remonta a cuando le lanzaban uvas  a los crooners y a los vendimiadores en los bares que sopapeaban en la cadera a las reinas de burlesque. A cuando los padres llevaban a sus hijos a los juegos de la Liga Twi. A los días de Babe Callahan en los muelles y Dick Barthelmess acampando bajo un farol en Londres. Al viejo Basil Rathbone buscando al Perro de los Baskervilles (un perro tan grande como el Lobo Gris que destruiría a Odin) — al viejo y somnoliento Doctor Watson, con un coñac en la mano. A Joan Crawford y sus piernas ásperas en la niebla, su blusa a rayas, fumando un cigarrillo con los labios apretados en el extremo del muelle. Al silbido de los trenes a carbón pasando entre los pinos bajo la luna. A Maw y Paw alborotando a toda California para conseguir un trabajo, vendiendo autos usados y haciendo un montón de dinero. Al regocijo de América, la honestidad de América, la honestidad de los trabajadores de los viejos tiempos, con sombreros de paja y la honestidad de quienes esperaban en fila en el Puente de Brooklyn, el gracioso rencor de viejos americanos como Big Boy Wlliams al decir “Hoo? Hee? Huh?” en una película sobre Mack Trucks y las puertas giratorias del comedor. A Clark Gable, su especial sonrisa, su aferrada lascivia. Al igual que mi abuelo, esta América fue construida por individuos salvajes que creían en sí mismos y empezó a desaparecer en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tantos tipos enormes que han muerto (puedo recordar una media docena en mi propia infancia) y hoy vuelve resurgir prontamente, en los hipsters que se desplazan de un lado al otro diciendo “Crazy, man.”

Cuando vi por primera vez hipsters, arrastrándose por Times Square fue en 1944, tampoco me gustaron. Uno de ellos, Huncke, de Chicago, vino hasta mí y me dijo “Hombre, estoy abatido.” Y supe enseguida a lo que estaba refiriéndose. Por entonces todavía no me gustaba el bop, que llegó a mí luego por Bird Parker, Dizzy Gillespie y Bags Jackson; me inicié recién entonces, luego de que Don Byas, el último gran músico, se fuese a España… Antes yo solía ir en busca de Jazz en el viejo Minton’s Playhouse (Lester Young, Ben Webters, Joel Guy, Charlie Christian y otros) y cuando oí a Bird y a Dizzy y a los Three Deuces por primera vez, supe que eran músicos serios tocando un tonto sonido nuevo y no me importó qué fue lo que pensé, o lo que pensada mi amigo Seymour. De hecho estaba ya aprendiendo tan solo estando en el bar con una cerveza, cuando Dizzy se acercó para pedir un vaso de agua, se puso justo delante de mí y tomó su vaso con las dos manos, rodeando mi cabeza y bailó un poco, como si pensara que algún día yo iría a cantar algo sobre él, o que alguno de sus arreglos serían nombrados con una palabra que yo inventara por una tonta circunstancia. Por entonces, Charlie Parker ya estaba expresándose en Harlem, como el gran nuevo músico luego de Chu Berry y Louis Armstrong.

De todas formas, los hipsters, cuya música era el bop, por más que se veían como criminales, hablaban de las mismas cosas que a mí me gustaban, largas divagaciones de visiones y experiencias personales, confesiones nocturnas llenas de esperanza que la Guerra había reprimido y vuelto ilícitas, conmociones, ecos de un alma nueva (la vieja alma humana). Así se nos apareció Huncke al decir “estoy abatido,” [“I’m beat”] con una luz radiante escapándose de sus ojos evanescentes… una palabra quizás salida de algún copia-de-neil_cassadycarnaval del medioeste o de una piojosa cafetería. Un nuevo lenguaje que, en realidad, era la jerga esgrimida por los Negros, pero podías aprenderla rápidamente, cosas como “Hung-up,” por ejemplo, [“colgado”], una expresión tan económica y tan útil para tantas cosas. Algunos de estos hipsters estaban volviéndose locos y hablaban continuamente. Era el Jazz. Era el Jazz moderno de Symphony Sid y el bop siempre presente. Hacia 1948 empezó a cobrar forma. Ése fue un año vibrante y salvaje, año en el que muchos de nosotros caminábamos las calles y saludábamos a todo el mundo y nos deteníamos a charlar con cualquiera que nos mirase amigablemente. Los hipsters sabían mirar. Fue el año en que vi a Montgomery Clift, sin afeitar, vistiendo una chaqueta andrajosa, arrastrando los pies por la Avenida Madison con una acompañante; el año en que vi a Bird Parker paseando por la Octava Avenida con un suéter negro de cuello de tortuga junto a Babs Gonzales y una chica preciosa.

Hacia 1948, los hipsters, o beatsters, se dividieron en “calientes y “fríos”. Muchos de los malentendidos en torno a los hipsters y a la Generación Beat derivan del hecho de que hay dos estilos diferentes: los “fríos,” de barba e inteligencia lacónica, o de pelo largo, que luego de tomarse una cerveza en un antro beatnick, hablan en voz baja y poco amistosa, y cuyas mujeres no dicen nada y visten de negro; y los “calientes,” de mirada alocada y brillante, conversadores (a menudo inocentes y de gran corazón), locos que van de bar en bar, de cama en cama, buscando a todo el mundo, gritones, inagotables, borrachos, tratando de “hacérselo” [“make it”] entre los beatniks subterráneos que los ignoran. La mayoría de los artistas de la Generación Beat pertenecen a la escuela de los “calientes,” ya que la difícil llama precisó un poco de calor. En muchos casos, la mixtura es de un 50 y 50. Así fue que un hipster caliente como yo se vio finalmente conmovido por la meditación budista, más allá de que cuando voy a ver Jazz aún siento ganas de gritarle a los músicos “¡Sopla, sopla!”. Hacia 1948 los hipsters “calientes” corrían en autos como en On The Road, buscando jazz salvaje y vociferante, como el de Willis Jackson o el del primer Lucky Thompson o la gran banda de Chubby Jackson, mientras que los hipsters “fríos” se quedaban helados, en un silencio de muerte, viendo a músicos formales, de excelencia, como Lennie Tristano o Miles Davis. En realidad se trata de lo mismo, excepto por el hecho de que ya ha cobrado proporciones nacionales y el rótulo “beat” acabó atascándose (y todos los hipsters odian ese rótulo).

Originalmente, la palabra “beat” significaba pobre, derrotado y al margen, abatido a muerte, en la calle, triste, durmiendo en el subterráneo. Ahora que está volviéndose de dominio general, se extiende para incluir a gente que no duerme en los subterráneos, sino que tiene cierto gesto, o actitud. “Generación Beat” se ha vuelto un slogan o una etiqueta para describir formalmente una revolución en América. Marlon Brando no fue el primero en llevarla a la pantalla. Los primeros fueron Dane Clark, con su ceñido rostro dostoievskiano y su acento de Brooklyn, y por supuesto, Garfield. Los ojos de los sabuesos eran Beat. Bogart. Lorre, que lo hizo renacer con su encorvada forma de caminar.

Escribí On The Road en un rollo de cien pies, en tres semanas, en el hermoso mes de Abril de 1951, mientras estaba viviendo en Chelsea, la parte baja de lado Este de Manhattan, allí puse palabras a la Generación Beat, diciendo al pie de la letra qué papel jugaba yo en las salvajes fiestas universitarias en cuartuchos atiborrados de jóvenes. “Estos chicos son geniales, pero ¿dónde están Dean Moriarty y Carlo Marx? Oh, bueno, creo que no podrían pertenecer a esta pandilla, son demasiado oscuros, nyc25505kkkdemasiado extraños, demasiado subterráneos, y lentamente empiezo a unirme a un nuevo tipo de generación beat.” El manuscrito de Road fue juzgado negativamente dado su poco potencial de venta, pero mi editor en aquel momento, un hombre muy inteligente, me dijo, “Jack, esto parece salido de Dostoievsky, ¿pero qué podría hacer yo con él en esta época?” Aún era muy pronto. De modo que en los seis años que siguieron fui vagabundo, guardafrenos, hombre de mar, mendigo, pseudo-indio en México, todas y cada una de las cosas que se te ocurran, y seguí escribiendo ya que mi héroe era Goethe y yo creía que en el arte y anhelaba escribir algún día la tercera parte de Fausto, lo cual hice luego en Doctor Sax [Nota: el título completo de Doctor Sax es Doctor Sax – Faust Part Three-] Luego, en 1952, la revista dominical de New York Times publicó un artículo cuyo titular era “ “Esta es la Generation Beat” ” (así, entre comillas) y el artículo anunciaba que yo había pronunciado el término por primera vez y que lo usaba “cada vez que un rostro era difícil de reconocer,” el rostro de la generación. Después hubo cierta discusión en torno a la Generación Beat, pero el término no empezó a pasar de boca en boca hasta 1955, cuando publiqué un extracto de On The Road (mezclado con partes de Visions of Neal) bajo el seudónimo de “Jean-Louis,” cuyo titulo era Jazz de la Generación Beat y se anunciaba como una parte de una novela in progress intitulada Beat Generation (título que luego cambié por On The Road dada la insistencia de mi editor). El término y los gatos [Nota: cats, apócope de hepcats, o sea, devotos del jazz]. Por todos lados empezaron a aparecer extraños hepcats mezclándose entre algunos universitarios y todos comenzaban a usar los términos que yo había oído en Times Square a principios de los Cuarentas; algo estaba formándose. Pero cuando los editores finalmente se atrevieron a publicar On The Road, en 1957, todo empezó a abrirse de golpe y a multiplicarse; todos clamaban por la Generación Beat. Me han entrevistado por todos lados, preguntándome por el “significado” de algo así. La gente empezó a autodenominarse beatniks, beats, jazzniks, bopniks, bugniks; y a mí finalmente se me nombró el “avatar” de todo esto.

Pero aún era católico, y no fue por insistencia de ninguno de estos “niks”, ni ciertamente tampoco por su aprobación, que fui una tarde a la iglesia de mi infancia (a una de ellas), Ste. Jeanne d’Arc, en Lowell, Mass., y de pronto, con lágrimas en los ojos, tuve una visión sobre lo que realmente había querido decir con “Beat” cuando, en el silencio sagrado de la iglesia (era el único que estaba allí, a las 5 de la tarde, con los perros que ladraban afuera, los gritos de los niños, las hojas caídas, las velas parpadeando sólo para mí), vi al mundo Beat refiriéndose a la beatificación… Y el párroco predicaba el domingo en la mañana, cuando de pronto, por la puerta lateral de la iglesia, entra un grupo de personajes de la Generación Beat, envueltos en sus abrigos, como agentes de la I.R.A, acercándose en silencio para comprender la religión… Entonces lo supe.

 

Pero esto fue en 1954; de modo que imagínense el horror que sentí en 1957, y más tarde, en 1958 cuando de repente vi que el Beat era asumido por todos, la prensa, la TV y el pastoso circuito de Hollywood para justificar los estallidos de “delincuencia juvenil” y ciertas olas de terror en clubes de New York y L.A, diciendo que eso era Beat, que eso era beatífico… montones de tontos marchando contra los Giants de San Francisco para protestar por el baseball, cuando mi ambición infantil había sido ser una estrella de las grandes ligas, un bateador como Ted Williams, y  aquel año, 1951, cuando Bobby Thompson dio aquel homerun, temblé de alegría ¡y escribí poemas tratando de entender cómo es posible que un espíritu humano pudiera hacer algo así! O cuando había algún asesinato, un asesinato de rutina en North Beach, se lo endilgaban a la Generación Beat, cuando en mi infancia fui conocido por ser el excéntrico de mi cuadra ya que impedía que los niños menores apedrearan  a las ardillas, o que frieran serpientes en latas, o que molestaran a las ranas con palillos, dado que mi hermano, Gerard Kerouac que murió a los nueves años, me había dicho, “Ti Jean, nunca hagas daño a nada vivo, todos los seres vivos, no importa si se trata de un gatito o una ardilla o lo que sea, irán al cielo, directo a los nevados brazos de Dios, así que nunca les hagas daño, y si ves que alguien les hace daño, detenlo tan rápido como puedas,” y cuando murió, una procesión de monjas sombrías de la parroquia de St. Louis de France se detuvo frente a su lecho de muerte (1926) para oír sus últimas palabras sobre el Cielo. Y también mi padre, Leo, que nunca levantó una mano para castigarme o para castigar las macotas de la casa. Y este aprendizaje me fue dado por los hombres de mi casa y nunca tuve nada que ver con el odio, la violencia, la crueldad o cualquier disparate horroroso que, pese a todo, Dios, con su gracia más allá de toda imaginación humana, perdonará al final del camino… en un millón de años preguntaré por ti, América.

Así que cuando ahora hay rutinas beatnik en TV, sátiras de chicas vestidas de negro y muchachos en jeans con navajas de mano y camisetas sudadas y tatuajes con svásticas en el antebrazo, y llegan al público respetable que mira estos programas basados astutamente en el atuendo de los Hermanos Brooks, vaqueros y sudaderas, se trata solamente de un cambio en los modales y la moda, la mera corteza de la historia – como en la Edad de la Razón se pasó del viejo Voltaire, sentado en una silla, al romántico Chatterton bajo la luz de la luna— de Teddy Roosevelt a Scott Fitzgerald… De modo que no hay de lo que preocuparse. En realidad, el Beat proviene del viejo celebrar americano y parece que sólo va a cambiar algunos vestidos y pantalones y va a volver inútiles a las sillas del living y muy pronto vamos a tener Secretarias Beat del Estado, instituyendo nuevas baratijas y nuevas motivos para la malicia de hecho, nuevos motivos para la virtud y para el perdón.

Pero bueno, uf, uf, frente a aquellos que aún piensan que la Generación Beat significa crimen, delincuencia, inmoralidad y amoralidad…. Ufff, aquellos que lo atacan aduciendo que no tienen una comprensión de la historia y los gritos del ama humana… Uf, aquellos que no se dan cuenta de que América debe y deberá cambiar, y que de hecho está cambiando ahora mismo, para decirlo mejor….Uf, aquellos que creen en la bomba atómica, en las madres y los padres con odio, que niegan el más importante de los Diez Mandamientos, uf, aquellos que no creen en la increíble dulzura del amor sexual, uf, aquellos que son los estandartes habituales de la muerte, que creen en el conflicto y el horror y la violencia y en llenar nuestros libros y pantallas y livings con toda esa basura, de hecho ¡los que hacen películas malvadas sobre la generación Beat, donde un ama de casa es violada por beatniks!, aquellos que son los auténticos pecadores lúgubres para los que aún Dios hace un lugar para perdonarlos… uf, aquellos que escupen sobre la Generación Beat, a todos ellos el viento los arrastrará hacia el pasado.

 

 

Dossier Kerouac: La América de papel (suite)

 

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(Allemande) De la América de Papel reconozco dos registros certeros.
El primero certifica un ingreso y se encuentra al final de la primera parte de En el Camino. Es entonces que el término se hace patente, el regreso a la ciudad crepuscular luego del extravío en los caminos. Regreso a lo dado, ingreso al mundo que es.
El segundo se ubica después, hacia el capítulo tercero de la cuarta parte del libro, y marca un egreso de ese mismo mundo: se sale, pero se ingresa a la vez: se ingresa al mundo que fue alguna vez.
Pero luego, al recorrer En el Camino página tras página, al habitar una y otra vez la obra completa de Jack Kerouac, caemos en la cuenta de que la América de Papel no es corroborable mediante el pasaje de un mundo a otro, de una tierra a otra, y que no importa tan solo a éste o aquél capitulo su difusa transparencia, sino que se encuentra desperdigada por todos lados, a veces de forma intensa, otras subrepticia, y que en la mayoría de los casos deja de ser una toma de posición, o una petición, o la manifestación de una voluntad, para ser un estado de ánimo, algo con lo que aprehender el mundo y soportarlo, y soñarlo, y hacerlo revivir. Algo, en última instancia, con lo que hacer del mundo un ensueño, una manera de morar en él sin ser un muerto vivo.
Y los muertos vivos, aceptémoslo, pueblan la tierra, ejercen atinadamente las funciones más obedientes, los rigores más perentorios en una sociedad que ha de funcionar útil y repetidamente, sin sobresaltos, sin excedentes, sin incidencias. Una sociedad silenciada detrás del rugido mecánico de sus sostenes. Sociedades que avancen, que no dejen de extenderse horizontalmente hasta saciar su último y por siempre efímero deseo de consumación, cuando consumar algo refiere siempre a sobreponerse al fracaso de no llegar a tiempo al futuro, y pretender que el futuro está aquí siempre que se empleen los medios por sobre los fines para apresarlo. Y los medios estipulan la marcha prolija hacia el futuro, y los medios borran los fines finalmente y de los fines tan solo saboreamos el vértigo de haberlos podido alcanzar: saber que la meta estuvo aquí por dos segundos, que pudimos hacerla nuestra y que no importó a cuántos hemos dejado a un lado del camino por nuestra fiel vocación de un mundo de permanente actualización aquí y ahora, de un mundo siempre presente, siempre enérgico e impávido, y tan repentinamente válido en tanto haya una consigna enhebrada con mediana y mediocre sapiencia que acometer y con la que cumplir.
Entonces es que la tarea del artista no difiere tanto del mundo al que éste se opone, ya que también el mundo vislumbra su estrella, y también se confunde y se desconcierta detrás de una estrella fugaz tas otra hasta que se hunde (En el Camino, 151). Pero resta acaso una diferencia crucial: el artista va hacia donde no sabe que va, va allí adonde no hay idea clara del mundo, donde el mundo va haciéndose en sus propias huellas, en el devenir de su viaje. El artista deviene al trasponer el horizonte, refundándolo, permutando la mirada del horizonte por la suya, y lo que consigue al fin es verse devenir, sabiendo en último caso que es el mundo el que le impulsa a corregirlo, y no al revés.
 
 

 

 

(Courante) Jack Kerouac fue quien sembró otra tierra en su tierra, quien abrió en ella un espacio para la vida, espacio por el que la vida se sostuviese tan solo en la medida en que un hombre se precie de estar vivo y resuelva que no hay batalla final más que la de un presente intenso que te arrastre a vivir pedestremente con lo que puedas abrirte paso. Jack Kerouac creó también un hombre para esa vida, uno o varios. Jack Kerouac creó sobre todo héroes detrás de una inalterable consigna: “you can’t die without heros to look after” (Doctor Sax, 27), y se echó a andar detrás de ellos, tratando de buscar en sus pasos un tiempo que los americanos extrañamente han podido vivir en su historia como en la literatura y en la memoria ancestral de sus paraísos perdidos.
La América de Papel no podría entonces ser más que una clave, una eterna sugerencia que mueve a Kerouac sin preguntarle demasiado, sin pedirle nada tampoco. Y Kerouac de la misma manera se abalanza en el ensueño, yendo, como un maniático, para seguir habitándolo.
América es varias Américas, como Kerouac es varios Kerouacs, varias versiones de una vida y varias e permutables visiones del sueño, el sueño del amor, de la amistad, de los caminos, de la fuente de algún incierto saber, de una imposible redención. Kerouac supo todo esto, por eso lo confundió todo, por eso fue desobediente a cualquier mandato, porque sabía que no podía sino forjar uno propio, que lo que justificase, que revelase que la mejor manera de amor y responsabilidad con respecto a alguna idea es apropiarse confusamente de ellakerouac44481 y devolverla como algo absolutamente nuevo. Y de las varias Américas que hubo, Kerouac eligió acaso la menos verídica y verificable, y vislumbró entonces su América de Papel atrás, mucho más atrás, en esa América primigenia donde las auténticas rebeliones aún eran posibles (Henry D.Thoreau), donde la osadía parecía ser una obligación (Herman Melville) donde el heroísmo era el resultado de la aventura y de la amistad de un otro que alteraba con su sola presencia y de un solo plumazo, el curso de nuestras vidas para siempre (Jack London, Mark Twain). Y esa América tan solo resistía en los confines, en las lindes de la otra gran América, la que empezaba a instalarse como vigía de sí misma y del mundo entero, e instalaba en cada hogar un puesto de vigilancia: la televisión.
 
(Zarabanda)Quand irons-nous, par delà les gréves et les monts, saluer la naissance du travail nouveau, la sagesse nouvelle, la fuite des tyrans et des démons, la fin de la superstition, adorer – les premiers ! – Nöel sur la Terre !” solían repetir los primeros beats, inclinándose sobre sus ejemplares trajinados de Temporada en el Infierno, en los primeras borracheras y desórdenes en New York, mientras lidiaban con sus propios fantasmas e ilusiones, y empezaban a abrirse a la aventura de vivir literariamente. Y así vivían, en cualquier departamento, con cualquier alma que les alojara, sin vergüenza, sin sentir nada como un error. Vivían y se encaminaban como Rimbaud hacia el espíritu, mientras el coglomerado de neón de la ciudad los hundía en las anfetaminas, la bencedrina y la lectura acalorada de Thomas Mann, de William Blake, de Céline.
No obstante, frente a tal entrega no deben haber desapercibido aquella otra notación rimbaudiana que, sin darse cuenta, empezaban a poner en práctica: “Vous êtes en Occident, mais libre d’habiter dans votre Orient (…) L’esprit est autorité, il veut que je sois en Occident. Il faudrait le faire taire pour conclure comme je voulais.”
La América de Papel, la fantasía de vivir fuera del ipso facto de lo cotidiano de un ritmo social bajo el que todos tus días están contados, todas tus carreras universitarias bien acabadas, todos tus hijos tienen juguetes y todas tus esposas se quejan por el aumento de los impuestos; la América de Papel, el lugar donde vivir en un oriente dentro de tu cabeza, desapercibiendo todo lo que te rodea.
(Giga) Entonces fue que apareció la palabra beat. Mucho ha escrito Kerouac sobre ella –más que todo, en respuesta a todo lo que pretendía estandarizarla- y en sus declaraciones, algo cansadas, siempre dejaba sospechar que no había razón para tan ciclópea tarea. En 1931, Duke Ellington había ya zanjado la cuestión al titular una de sus composiciones “It ain’t mean a thing if it ain’t got that swing,” mucho antes del beat, mucho antes de que se confundiese ambigüedad con polisemia. Esta última circunstancia, rara vez tratada, alberga buena parte de las innumerables discusiones en torno a la palabra. Si hay algo que sostiene al signo Beat no es su oscuridad o su capacidad de difuminar los contornos para que cualquier cosa pueda parecer cualquier otra, sino su permeabilidad, su potencial para hacer despertar en una cosa, todas las cosas. El mismo Ellington, cuando se le preguntó por el significado del swing, dijo, “si te lo explico, no vas a entenderlo.” Ya en nuestros tiempos, Andrés Calamaro habría de reformular la frase inteligentemente, “el swing, como los vicios, no se pueden explicar. Se tienen o no se tienen, pero no se explican.”
El swing, como lo beat, mientras veían como una usina se llevaba el río y como el río también servía para hacer la guerra, se funda en una capacidad para moverse de una manera especial, para ser abatido de una manera especial, para tener visiones de una manera especial, pero por sobre todo las cosas, para vivir de una manera especial y saber que esa manera te es propia, intransferible y te concede fuerzas suficientes como para hacerte a un lado del mundo y no sentir la necesidad de dar demasiadas explicaciones, ya que para entender has de latir a la par y sólo latiendo, llegarás a entender. En la literatura de Jack Kerouac, ritmo y sentido son claramente indisociables ya que reclaman, en el hombre que se mira en el agua, la fuerza altisonante con que las aguas se mueven bajo la mirada del hombre. Ritmo y sentido se precisan para constatarse, para saber el uno la verdad del otro y en último caso, para realizarse. Jack Kerouac, como bien dice hoy su epitafio, honró la vida, puesto que no sólo vivió, sino que forjó además una manera de sentir de qué se trata esto de estar vivos, se pasó la vida buscando el lenguaje adecuado para hacernos sentir de qué se trata esto de que la vida venga a atravesarnos.
 
(Minué) Con la publicación de En el Camino en 1957 más que el manifiesto de una generación, se abría paso a un estilo y una forma de ejecución. En el Camino narraba aventuras del período 1948-1949 y los años que le tomó a Kerouac conseguir un editor que publicara el libro, anotician de cuán adelantado estaba a la sociedad literaria de entonces, cuando en ese ínterin de 8 años de esperar un editor, Kerouac ya había escrito Los Subterráneos, Los vagabundos del Dharma y esa joya del fraseo y la imaginación que es Doctor Sax. Esta asincronía explica más o menos bien cómo buena parte de su obra fundamental, posterior a En el Camino y en muchos casos superior a ella, fuese arrojada al ostracismo y el hecho de que cuando la crítica y el público fue en busca de Kerouac y quisieron ver quién era el hombre que había firmado aquel kerouac145libro, se encontraron con un “católico loco” que se veía obligado a responder sobre asuntos que él ya había reformulado, actualizado y ejecutado de varias maneras diferentes, nunca símiles entre sí. No obstante, entiendo fácil y peligroso hablar de Kerouac tan solo como un escritor que se encargó de narrar un quiebre generacional y sus posteriores consecuencias. Lo insoslayable, como nunca antes, fue el cómo antes que el qué: entre muchas otras cosas, como sus adorados Bird Parker, Dizzy Gillespie y Thelonious Monk, Kerouac fue el primer perfomance de la literatura occidental, alguien capaz de interpretar estilísticamente la realidad de un momento, embargando a su propia escritura con las vibraciones propias del momento en que se escribe, dejando que el éxtasis del presente se transporte a su literatura a la misma velocidad en que ocurre en su propia vida y confiando finalmente en que su satisfacción personal, como dijera alguna vez, estimularía en el lector una satisfacción de iguales dimensiones.
(Rondó)Monsanto dirá “No hay que hacer más que eso, no preocuparse, todo está perfecto, no tomes las cosas con tantas seriedad, están mal aunque las analices en profundidad con conceptos imaginarios, como siempre dices”—Sacaré el boleto y diré adiós en un día lleno de flores y dejaré atrás San Francisco y volveré a casa a través del otoño de Norteamérica y será como si fuera el principio— La eternidad pura y dorada derramando su bendición sobre todos— Nada ha sucedido nunca— Ni siquiera esto— Santa Carolina del Mar seguirá siendo dorada de una u otra manera— El niño crecerá y será un gran hombre— Habrá adioses y sonrisas— Mi madre me estará esperando contenta— En el rincón donde está enterrado Tyke habrá un sepulcro nuevo y perfumado que hará que mi casa parezca de algún modo más propia— Las noches de primavera me quedaré en el jardín bajo las estrellas— Algo bueno nacerá de todas estas cosas— y será algo dorado y eterno— No hace falta decir una palabra más.” Así concluye Jack Kerouac Big Sur, acaso una de las últimas y mejores muestras del poder de su escritura y del sueño de una América de Papel que no supo escapársele de las manos hasta el último momento. Cuando no lo hacía en pequeñas libretas, Kerouac escribía en largos rollos de papel teletipo, sintiendo que sus palabras se extendían toda la noche, al igual que los caminos, a lo largo de su vida. “Habrá adioses y sonrisas,” acota, y nuevas Américas de Papel van fundiéndose en la suya, transformándola, hasta decir palabra, hasta decir una última palabra que nunca será posible decir.
M.A