La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Van Buskirk: el más certero escupitajo beatnik noviembre 5, 2009

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Dulce introducción a la nada
 
by Robert Cappa…palabras, sólo palabras. Palabras ardientes, recalcitrantes, palabras empedernidas e indiferentes. Palabras sofocadas de tanto correr en la huida del sentido, la huida eterna del acérrimo enemigo. Una habitación infesta, desangelada…quiero decir: la habitación modélica del adicto: sin objetos de valor, sin enchufes sanos, sin paz. El hombre de los huesos marcados en la piel detecta con el rabillo del ojo la llegada del frenesí. Sus ojos ya no sirven, ni sus manos, ni su pija, ni sus piernas. No sirven al menos para lo que él quiere, para lo que necesita. El estallido se produce: allí está la palabra rondándolo violentamente sobre su cabeza, como un murciélago espástico, enloquecidos ambos en el encierro de la habitación. El hombre sabe, ya sabe…observó demasiadas cosas como para no saber: la lucha es inútil. El hombre traga la palabra como si se tratara de cien litros de aceite capilar. Cree que va a morir, y de algún modo está en lo cierto; pero momentáneamente la tortura cesa y la palabra regurgita desde sus entrañas, surge desde sus labios y resuena aterradoramente en la habitación, se posa en el viento y asume la eternidad.

 
El hombre es Alden Van Buskirk
 
La palabra…bueno, la palabra la conocen todos pero nadie sabría decirla. Es la palabra sin palabra.
 
De Van Buskirk se sabe poco y nada. Murió en 1961, antes de cumplir sus 25 años, gustaba de Keats, de Burroughs, de Beethoven y de Charlie Parker. Consumía todo tipo de drogas y de alguna manera ofició de enfant terrible de la Generación Beat o así dicen sus escasos críticos.
 
Ah, por cierto, también sabemos que escribió un solo libro, póstumamente recopilado y titulado Lami. Y los que lo leímos, también sabemos que es un estiletazo en el corazón de la vida sosegada.
 
Van Buskirk trabaja con esa palabra, con la palabra-sin-palabra. Es esa la palabra que lo persigue y lo alucina, es esa misma palabra la que él mismo persigue en el último estertor del ánimo. Van Buskirk penetra a la palabra y es penetrado a su vez por ella. La palabra-sin-palabra. La nada. Eso es: la única, exigua y rejuntada obra de Van Buskirk es una dulce introducción a la nada. A la ausencia de la ausencia, al calamitoso sentido del sinsentido:
 
Venga, ¿has bajado ya las chimeneas impasables?
¿Me has enviado más guías aún para orientarme por el horror?
¿Has meado rojo, llorando, porque le faltaron sables?
Las hormigas han tapado los desnudos a color de los carteles

 
Van Buskirk desata las cuerdas de la nada, las extiende, las inocula en las palabras. ¿O será que las palabras ya tienen una parte de nada? ¿O será que las palabras están hechas de nada; atiborradas, exhaustas, hartas de nada? Van Buskirk no puede una obra, o quizás no quiere, lo mismo da. Van Buskirk narra desde el sótano del hombre y vaya si se le nota el moho. El moho, que es como una nada que mancha. El moho, que es casi como las palabras.
 
 
 
Eso que no cabe nunca en el cuerpo
 
ninobatallondeaceroLos poemas de Lami – que en verdad se distribuyen entre poemas, prosas poéticas, fragmentos de cartas y otras yerbas – reflejan (como la nada refleja en el espejo ese vapor que nos desvela en las malas noches) un estilo de vida beat ya rendido, desastrado, entregado al inexorable futuro de una nueva dimensión, se llame esta muerte, locura o misticismo. Van Buskirk está enmarcado en la Generación Beatnik porque Ginsberg le tenía algún cariño y porque su propio estilo se nutre de algunos motivos típicos de Burroughs pero en realidad no pertenece a ninguna “generación”; en todo caso pertenece de otra manera, pero en lo que respecta a su manera de escribir, a su universo literario, Van Buskirk se hunde en un vacío que sólo alcanzaría un Kerouac viviendo como Burroughs.

 
Quiero decir: la desesperación que puebla Lami es comparable a la del último Kerouac, al de Big Sur, pero Kerouac no estaba tan resignado como consternado, y esa pavura en Van Buskirk deviene otra cosa, precisamente porque Van Buskirk está resignado a su forma de vida, no siente culpa alguna por ella. Escribe en el poema Última voluntad y:
 
Hasta la fecha me entregué a la vida y desperté
tiritando, como un cobarde.
Cada vez más rígido empero,
Víctima de un arrastre mayor cada vez, muero
De deseos de explotar y juro no volver a batirme en retirada.
Dios también ansía follarme,
Y será la muerte mi última amante.
A ella me entrego

 
Van Buskirk quiere explotar, y su literatura – tan vacía de “literaturidad”, tan desinteresada de cualquier gesto voluntario – también. El poeta le canta (con voz agria y oxidada, con una voz que, se me ocurre, solo Leonard Cohen podría encarnar) a eso que no cabe en el cuerpo, eso que jamás se serena del todo, eso que satura a ciertos seres humanos hasta el terror. Van Burskik se agencia un lugar en el otro lado del pensamiento y desde allí escribe; el lado humillado del pensamiento, el cono fuliginoso desde el cual solamente se puede balbucear. Desde allí envía sus notas a un cuaderno traslúcido, como de agua. Desde allí escribe: “Toda humillación es espiritual, toda degradación religiosa”. Es el fondo del mar, el mismísimo fondo del mar en donde siquiera agua queda, un desierto de aire que no sirve: el adicto rindiéndose cuentas a sí mismo sin mirarse a los ojos. Sin contrición y sin esperanza, sin remordimiento y sin futuro.
 
 
 
Rapsodia de la vida sin hechos
 
michael_mann_robert_capa_photo_02El primer Wittgenstein – el del Tractatus – dice, en el comienzo de su trabajo, lo siguiente:

 
1. El mundo es todo lo que acaece.
1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11 El mundo esta determinado por los hechos y por ser todos los hechos.
1.12 Porque la totalidad de los hechos determina lo que acaece y también lo que no acaece.
 
Como puede notarse, Wittgenstein (que escribía estas notas en las trincheras de la Gran Guerra, literalmente) no estaba bromeando en sus aporreos con la tradición filosófica: el mundo ya no estaría definido a partir de ser un conjunto de cosas sino más bien de hechos, lo que llamamos mundo no sería otra cosa que la combinación de hechos atómicos (es decir, hechos simples, sin partes que a su vez sean hechos). Por mi parte, me atrevo a decir que Van Buskirk es el pensador más serio de los que ha intentado refutarlo. Escribe en El poema del primer día:
 
No subsiste ni un solo hecho
ni siquiera la desintegración
que da origen del poema
antes de que el lápiz se ponga en movimiento

 
Van Buskirk no parte del pensamiento: él habita en el fondo del mar, sus palabras no tienen referencia ni sentido (tal como exigen los filósofos analíticos), sus palabras constituyen en realidad una sola palabra, la palabra-sin-palabras. Por eso puede responder de una vez y para siempre, porque Wittgenstein tampoco había partido del Pensamiento (en tanto institución), tampoco había leído a los filósofos tradicionales. Sólo desde la ignorancia de las categorías tradicionales básicas con que el pensamiento occidental se puede pensar, o eso al menos parece el caso de estos dos hombres.
 
Y Van Buskirk responde: los hechos, lo que imaginamos como “hechos”, no subsisten, los hechos que presuntamente nos constituyen como seres humanos, se diluyen antes de ser. La palabra-sin-palabras para el hecho-sin-hechos. Porque, claro, son ciertas las armonías de Monk y los cogollos pringosos de marihuana; son ciertas las habitaciones vacías y las autopistas fulminantes. Pero son ciertas de otra certeza…su certeza, su efectividad, están en otro orden del mundo, en un pretérito siempre huyente y al alcance de la mano. Los hechos no subsisten en el sumidero del mundo; Van Buskirk lo dice: “Aquí en el pantano se pudre el neumático, el caucho se derrite, la luna parte los cajones de madera tragados por las aguas servidas, sus amantes parasitarios recorren las tablillas…Y mi tronco erguido, con el gargüero ceñido hasta la asfixia, todo rezo”
 
El mundo de cualquier adicto terminal, antes de perecer experimenta el despoblamiento paulatino de sí mismo. Los hechos mismos van desapareciendo como tales, tornándose otra cosa, hecha más de relámpago y sangre que de duración o discernimiento. El adicto extremo, el que ha entregado su cuerpo y su espíritu (los adictos tal vez sean los únicos que conocen de veras la existencia y densidad del espíritu humano cuando contemplan su ruina) a aquello que lo hace consistir en algo, recorre un camino de despoblamiento, de borrado de huellas. El adicto extremo vive en el mundo sin hechos; un mundo que, pese a Wittgenstein o a quien sea, puede ser el mundo.
 
Gilles Deleuze, en el Abecedario que construyó junto a Claire Parnet, se refiere a las adicciones en los siguientes términos: “Está muy bien beber, drogarse. Uno puede siempre hacer lo que quiera si ello no le impide trabajar, si es un excitante; además es normal ofrecer algo del propio cuerpo en sacrificio, todo un aspecto muy sacrificial. En las actitudes de beber, de drogarse, ¿por qué uno ofrece su cuerpo en sacrificio? Sin duda, porque hay algo demasiado fuerte, que uno no podría soportar sin el alcohol. El problema no es aguantar el alcohol, sino más bien que uno cree que necesita, que uno cree ver; lo que uno cree experimentar, cree pensar y que hace que uno experimente la necesidad, para poder soportarlo, para dominarlo, de una ayuda: alcohol, droga, etc.”. Algo demasiado fuerte; enseguida se plantea la objeción que exige la determinación de ese algo. Nuestro carácter científico civilizatorio así lo reclama: la resolución del misterio, su reducción a unidad, a rótulo, a sustancia. Quizás sea la hora de no pedir más rendiciones al respecto, de mantener a ese algo en la indefinición que lo define.
 
001Van Buskirk, por su parte, no tiene dudas, no tiene tiempo para inventar dudas. Sabe qué es ese algo demasiado fuerte que no se soporta. Aunque, más que su qué, conoce su escalofriante cómo: “Al mundo que despierta le han dado cuerda al revés, cuerda negra”. El camino invertido, el lento desandarse de los adictos perdidos, el retorno hacia el vacío que ahora ya no está tan vacío, que no puede estarlo, que está poblado por los fantasmas de los hechos, los fantasmas de los fantasmas. Van Buskirk tuvo tiempo tan sólo para un último lapso de lucidez, un postrero escupitajo hacia el mundo referencial y aparente, con cáustico cariño:

 
Anunciamos/anuncio palabras de fuego negro a
los oídos obstruidos por letras impresas en amianto, yo, yo,
mensaje intemporal para todos los colgados,
perdedores y tristes desenamorados de esta tierra.
A vosotros os dedico mi lamento, este lamento
 
 
 
 Mome
 
 
 
 

Conatus y juventud en Dos Passos: el idealismo en el confín de la literatura maldita marzo 5, 2009

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Las enseñanzas de Spinoza: esa testaruda idea de ser uno mismo

 

 

 

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John Dos Passos

 

Baruch de Spinoza, en su renombrada Ética (acaso uno de los 4 o 5 libros de genuina filosofía que hayan existido), da forma a un concepto central, que anima todo el desarrollo “geométrico” de su teoría. Ese concepto es el conatus, definido en la proposición VI de la parte tercera del libro en los siguientes términos: “Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”. Esta clásica definición ha recibido (quizás justamente por ser clásica) interpretaciones de lo más diversas, pero más allá de ellas, es innegable que en el “esfuerzo” de la cosa que Spinoza describe hay una dimensión psicológica que se efectiviza en el hombre, pese a que el conatus sea extensible a la naturaleza toda en la compleja propuesta spinoziana. Pensado así la piedra, de poder pensar o sentir, desearía ser piedra, lo mismo que el ornitorrinco, el relámpago o las tacitas chinas de té. Lo mismo que el hombre…

 

Pero el hombre, el hombre…¿el hombre simplemente desea perseverar en su ser de hombre? ¿Allí se agota su deseo o más bien elucubra dentro de su ser-hombre otro(s) modelo(s) de hombre(s)? En el primer caso se trataría de una mera declaración contra el suicidio, en el segundo entraría en cuestión la ética (y la estética y la epistemología y así). Propongo la segunda lectura, aquella que apunta a la perseverancia con la que el hombre asume no el mero deseo de vivir sino el de vivir de determinada manera, con determinados valores, en determinados colores.

 

Pero Spinoza añade en la proposición siguiente: “El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma”. Lo que hace Spinoza es una revolución en la ontología occidental al identificar la potencia (el conatus) con la esencia de una cosa. De acuerdo a la lectura propuesta, el modelo seguido por cada hombre, ese testarudo deseo de ser uno mismo, no sería ya un plan o proyecto y mucho menos una simple perspectiva sino que se trataría de la esencia misma del hombre, aquello que lo define y sustenta como hombre mismo, justamente aquello que lo distingue de la piedra o el relámpago. El hombre quiere ser hombre, pero para eso hace falta algo más que respirar todos los días, trabajar unas cuantas horas al día y cortarse las uñas del pie una vez cada quince días. El hombre quiere ser hombre, y en ese querer (taciturno, inquieto, letal algunas veces, imperceptible otras) consiste su propio ser. La esencia misma del hombre es su potencia, su conatus, su deseo.

 

John Dos Passos, acaso el escritor más renombrado y menos leído de la “generación maldita”, escribió un libro que no figura entre sus obras más populares así como tampoco entre las más vanguardistas o lúcidas. En efecto, Aventuras de un hombre joven no tiene el relieve literario de Manhattan Transfer, el sesgo osado de El Paralelo 42 o la profusión narrativa de 1919. Se trata apenas de una obra corriente para el nivel de autor que hablamos, una novela de iniciación que se ubica en la línea de Wilheim Meister de Goethe, La educación sentimental, Del tiempo y del río de Thomas Wolfe o El guardián en el centeno. Una novela que retrata el penoso asunto de crecer con menos brillantez por cierto que cualquiera de las nombradas.

No obstante lo dicho, Aventuras de un hombre joven muestra con una idílica crudeza la concreción de las sentencias spinozianas referidas más arriba. Muestra la trayectoria desangelada de la independencia mental y económica, la ardorosa lucha del hombre moderno por ser ese uno-mismo que proyectó en el límite del idealismo, dos pasos antes de que el idealismo se perdiera de espaldas en el precipicio a manos del nihilismo o la abnegación. Glenn, el protagonista de la novela, es el hombre (norteamericano si se quiere) del siglo XX, el de las guerras mundiales y el de la guerra congelada. La pátina política, capital en la novela de Dos Passos, actúa en este caso como símbolo de un tiempo: el altruismo, la estupidez, la libertad, la verdadera libertad, el autoritarismo, la traición, el amor; todos los componentes de la política (y de la vida, supongo) están conjugados en esa tentativa desesperada por perseverar en el ser.

 

 

De itinerarios y maldiciones

 

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La novela de Dos Passos puede ordenarse en un itinerario muy marcado y sugerente. La adolescencia marcada por la figura paterna y un simbolismo lúdico que lo lleva al pequeño Glenn a formar parte de los “rojos” en las contiendas escolares; la despedida abrupta del hogar y el correspondiente bautismo como ciudadano del mundo; los viajes más bien sin dirección por el país; los trabajos mal pagos en los cuales el joven se acerca a la clase trabajadora; la adhesión al Partido; la decepción por el autoritarismo del Partido; la expulsión del Partido, el combate en la Guerra Civil española, la muerte. Hasta aquí el itinerario: no tiene por cierto nada de sublime; es más: podría ser aplicado seguramente a unas cuantas novelas del siglo XX modificando algún que otro detalle.

 

Lo que empieza a pesar en el camino son las maldiciones.

 

Vamos por partes: Aventuras de un hombre joven no es, en su prosa, una novela corrosiva o particularmente irónica. Por el contrario, su estilo es lozano, franco, agradable. El malditismo (auténtico, soberbio malditismo) emerge de la carne de la novela, de los sucesos que narra. El mundo entero está maldito pese a su apariencia liberadora, enorme, abismal. El mundo es un tablero abierto pero aún así los casilleros se hacen notar.

 

“Dormía sobre la alfalfa en un gran desván donde habían hecho su nido algunos vencejos (…) el cuerpo le dolía por todas partes pero tenía las carnes duras  y la tez bronceada y se sentía cansado y feliz (…) Buenos, esto sí que era una experiencia. Un viaje sobre el que podría escribirle a Paul largo y tendido ¡Cómo no!”

 

He allí la prosa de la aventura, tan ingenua, tan fresca y fervorosa. Tan joven. He allí la prosa que podría encontrarse – con mayor o menor brillo – en una ristra interminable de novelas metropolitanas emplazadas en el siglo XX. La pasión por el riesgo camina en puntas de pie sobre las palabras.

 

“Papá prosiguió: para él sería un gran alivio saber que Glenn había calzado en un buen empleo porque así como iban las cosas podía suceder, aunque no podía asegurarlo, que tuviera el privilegio de ser enviado a Ginebra como representante de varias entidades pacifistas americanas.

Pero, papá, sólo la clase obrera revolucionaria con la clase obrera de Rusia a la vanguardia puede lograr la verdadera paz mundial”.

 

He allí la prosa de la convicción idealista, de la juventud hecha carne y letra, de cierta inocencia perdida. He allí la prosa de la juventud vuelta actriz política del siglo inolvidable. He allí el renombrado asesinato al padre, el reproche elevado a eslogan radical, el homicidio del conformismo y la falsa calma a manos de un sueño real dirigido por hombres reales.

 

“ Me echaron del partido, ¿sabes? – dijo Glenn, tratando de no dar importancia a las palabras.

_ ¡No me digas! … y yo que te creía el más leal de sus afiliados.

_ No podía tragar las directivas partidarias

_ ¿Y ahora qué haces?

_ Dirijo un pasquín en pro de la unidad obrera…y estoy haciendo una campaña para sacar de la cárcel a unos tipos que todos los demás han olvidado. Para el Partido soy lo que llaman un carnero.”

 

 

He allí la prosa de la desilusión, la prosa ácida del dolor esencial, la escritura de la libertad y la confusión. Las aventuras del joven se interrumpen estratégicamente allí; lo que sobreviene son los retazos de un convencimiento que, salido de canal, persiste sobre las grietas de los sistemas que se superponen para quedar a mano con su tierna alma. La Guerra Civil Española, la acusación de “espía trozkista-bukharinista”, la muerte traicionera. Pero esos retazos son el conatus, la persistencia en el ser, en ese ser que había proyectado – con más fervor que minuciosidad – como suyo. Aún frente a la muerte (rastrera, obtusa muerte), la potencia como esencia, todo aquello que se puede ser (y hacer, sobre todo hacer) con aquello que se es, con aquello que se quiso ser. Se podría objetar: ¿no hubo en medio del itinerario de Glenn un relajamiento de su perseverancia?. Más general y despiadadamente: ¿No existe siempre un relajamiento de las convicciones y los sueños de los hombres en el itinerario en que se despliega su ser?. Spinoza también tiene al respecto algo que decir: “El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no implica tiempo alguno finito, sino indefinido”.

 

La perseverancia sin final, o mejor dicho con un único y exclusivo final: la destrucción de la cosa; en el caso del hombre: la muerte. Desde el nacimiento hasta la muerte no existen ripios de la perseverancia para Spinoza, y esto no significa, reaccionarios del mundo, que esa perseverancia permanezca idéntica a sí misma, monolítica, estática. La perseverancia, pese a seguir siendo una y la misma, va tomando lo que nosotros calificaríamos desde nuestro sistema epistemológico (y ético) como “cambios”. La perseverancia, como puede fácilmente inferirse, actúa en otro plano, a otro nivel de profundidad del ser. Tal vez allí resida una de las condenas más terroríficas del hombre: se puede pasar de gerente de finanzas a reparador de ventiladores; se puede cambiar de comunista a progresista neoliberal, es dable incluso transformarse en un cerdo rapaz luego de haber sido un mancebo solidario. Pero hay algo, un algo, que siempre ladrará intestinamente, un algo que no se mueve o que únicamente lo hace para deshacerse de nuestras torpes y paródicas tentativas de someterlo o manipularlo.

 

 

 

“…que se consume lo mejor que tenés”

 

Spinoza, además de definir la esencia del hombre en forma tan indeterminada, procuró encontrar una manera de explicar las relaciones con los otros y con lo otro. Para esto parte de la alegría y de la tristeza, las dos pasiones básicas a las que se reducen todas las demás. En este sentido, dice Gilles Deleuze en uno de sus recordados cursos sobre la filosofía de Spinoza: “La cosa que me entristece es la cosa de la que las relaciones no convienen con las mías”. En el universo spinoziano todo son encuentros, de los hombres con las cosas y de los hombres entre ellos mismos. Vivimos encontrándonos con cosas y hombres que aumentan o disminuyen nuestra potencia de actuar, es decir, nuestra propia esencia. Esos hombres no son buenos ni malo, no al menos en el sistema ético de Spinoza, que se aleja de cualquier moral basada en el juicio; la bondad o maldad será relativa a los efectos y afectos que despierten en nosotros.

Las cosas que nos entristezcan, en consecuencia, serán aquellas que nos debilitan, aquellas que disminuyen nuestro conatus, aquel transformador del que hablaba la inmortal canción de García, aquel “…que se consume lo mejor que tenés”. Las personas que nos entristezcan, lo mismo.

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¿No habrá sido esa la desdicha de Glenn? ¿No habrá sido esa también su máxima virtud o al menos la prueba de su conatus ante la existencia empírica? ¿No será esa la desdicha y la virtud de todos los hombres de nuestra abismal e irrepetible época? Vivimos en un mundo que nos obliga a chocar todo el tiempo contra personas y cosas que sí son buenas o malas, pero desde mi perspectiva, delineada por el conatus. Concluyo con Deleuze, en su libro Spinoza: Filosofía Práctica: “… se llamará bueno (o libre o razonable o fuerte) a quien, en lo que esté en su mano, se esfuerce en organizar los encuentros, unirse a lo que conviene a su naturaleza, componer su relación con relaciones combinables y, de este modo, aumentar su potencia (…) se llamará malo, o esclavo, débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia”.

 

Sí, ya lo sé: todos somos buenos. Y malos.

 

 

 

 

Mome  

 

 

 

 

  

 

 

 

 
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