La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Dossier Salinger: Prólogo enero 12, 2009

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salinger2gfgfgf2 Cuando a comienzos de Diciembre La Periódica Revisión Dominical comenzó a planear el Dossier Salinger, nada sabíamos sobre la fecha de cumpleaños del autor norteamericano. Comenzaron a aparecer artículos de prensa, los cuales hicieron que nos enteráramos que el 1 de Enero Salinger cumplía 90 años. Entonces supimos que lo que estábamos preparando era preciso y necesario.

 

En el presente Dossier repasamos las obras de Salinger, con textos que exploran los entramados de su prosa, sin descuidar la totalidad. Desde The Catcher in the Rye, pasando por Franny & Zooey y sus innumerables cuentos, La Periódica abarca su obra generando un diálogo con sus temáticas, convocando a nuevas lecturas e incorporándose al discurrir sobre un autor que decidió no seguir publicando.

 

No tenemos muchas cosas claras, pero sí sabemos que Salinger lo dijo todo. No queremos sumarnos a la moda reseñística, sino generar un nuevo corpus que se basa en la lectura y la crítica, la comparación intertextual y la reflexión. Y estos textos, creemos, son eso.

 

Para nosotros, Salinger no es pop. Puede ser cualquier cosa, pero no nos digan que es pop. Ahora, si insisten, si tanto quieren, digan que lo es. Hagan, eso sí, el favor de leerlo. Luego, si aún tienen ganas, digan que sigue siendo pop. Pero cuando escriban, entonces, no digan que lo que ustedes hacen es literatura pop.

 

Es que mucho se ha dicho sobre Salinger, pero poco se ha dicho en serio. Se ha canonizado su desaparición, y desde esa frontera se lo lee. Para nosotros no. Leer a Salinger es leer sus libros, no como quien rastrea pistas sobre el autor, sino como quien busca datos que iluminen una literatura escrita, viva y pertinente. Más que una desaparición, lo de Salinger es una aparición permanente. Están en lo dicho y en lo callado –que, lo sabemos, es otra forma de decir. En sus cuentos, que bordean la rabia y la pesadumbre, encontramos los gestos necesarios para volver sobre sus escritos y leerlos como pistas de futuro. Porque, lo creemos, los escritores están para adelantarnos algo.  

 

Pocos son los autores que han formulado una obra tan acabada, planeada y fugaz como Salinger. Muy pocos los que, apoyándose en una familia norteamericana como los Glass, han contado su época y todos los tiempos que siguen viniendo.

 

Queremos más, porque siempre queremos todo.

 

 

 

 

R.S

 

 

 

 

 

Dossier Salinger: Salinger por Salinger

Filed under: Dossier Salinger,Literatura Norteamericana,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 1:32 am
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1944

“Tengo veinticinco años y estoy ahora en Alemania, en el ejército. Solía ser bastante apegado a la gran ciudad, pero me doy cuenta de que mi memoria se ha quedado dormida desde que estoy aquí. Ha olvidado bares, calles, buses y rostros y me inclino, en retrospectiva, a sacar a mi Nueva York fuera de la Sala India Americana del Museo de Historia Natural, en donde solía jugar con mis canicas… He estado en tres universidades pero nunca el tiempo suficiente; técnicamente, no he pasado del primer año. Pasé un año en Europa entre los dieciocho y los diecinueve años, la mayor parte del tiempo en Viena. Se supone que estaba aprendiendo el negocio del jamón allí. Finalmente me arrastraron hasta Bydgoszcz, en donde estuve un par de meses en un matadero de cerdos, viajando bajo la nieve con el gran carnicero del lugar, quien estaba empecinado en entretenerme disparándole a los gorriones, los focos de luz, a algunos empleados. Volví a Norteamérica e intenté hacer un semestre en la universidad, pero abandoné como siempre. Estudié y escribí relatos con el grupo de Whit Nurnett en Columbia. Él publicó mi primera pieza en su revista, Story. He estado escribiendo desde entonces en algunas revistas grandes, aunque sobre todo lo he hecho en las más pequeñas. Sigo escribiendo cada vez que tengo el tiempo y una trinchera que esté desocupada.”
(Biographical Notes, en Story #25. Noviembre-Diciembre de 1944, pág. 1)

 

1945

“Tengo veintiséis años y es mi cuarto año en el Ejército. He estado en altamar por diecisiete meses. Desembarqué en Utah Beach el día-D con la Cuarta División y estuve con el 12ª de Infantería hasta el fin de la guerra. El trasfondo de “Este sándwich no tiene mayonesa” nace naturalmente ya que yo solía estar en el Cuerpo Aéreo. Incluso me gradué en la Academia Militar de Valley Forge. Después de la guerra planeé unirme a un buen coro. Así es la vida.
He escrito relatos desde los quince años. Siempre me ha perturbado no poder escribir simple y naturalmente. Mi mente padece el nudo de una negra corbata y pese a que me aparto de él en cuanto es posible, siempre algo queda. Soy un hombre precipitado, no puedo con los trayectos largos; posiblemente a causa de ello jamás pueda escribir una novela. Las novelas sobre esta guerra han tenido demasiado del vigor, la madurez y la artesanía que la crítica busca, pero muy poco de la gloriosa imperfección que hace tambalear y caer a las mejores mentes. Los hombres que han estado en esta guerra se merecen una suerte de melodía temblorosa, dispuesta sin vergüenza o arrepentimiento. Espero ese libro.”
(“Backstage with Esquire”, en Esquire, 24 de Octubre de 1945, pág. 34)

 

1949

“En primer lugar, si yo dirigiera una revista, nunca publicaría una columna llena de notas biográficas. Muy pocas veces me he preocupado de saber el lugar de nacimiento de un autor, el nombre de sus hijos, su plan de trabajo, la fecha de arresto por haber contrabandeado armas durante la rebelión irlandesa (¡el muy granuja!). El autor que te cuenta estas cosas es proclive a tener colgado su propio retrato con una colorida camisa desabotonada y seguramente busca un trágico perfil de tres cuartos. Inclusive puedes contar con que se refiera a su esposa como una persona maravillosa o una mujer formidable. He escrito varias notas biográficas en distintas revistas y dudo de haber sido honesto alguna vez. Esta vez sin embargo pienso ir un poco más lejos de mi período Emily Brönte para trabajar y encerrarme en un Heathcliff. (Todos los autores, no importa a cuántos leones le hayan disparado o cuántas rebeliones hayan soportado en persona, se van a la tumba siendo mitad Oliver Twist, mitad Mary, Mary, Quite Contrary) Esta vez voy a ser escueto y luego me iré a casa. Llevo diez años escribiendo bastante seriamente. Para ser modesto hasta al extremo, diré que no nací escritor, pero ciertamente soy un profesional. No creo haber escogido la literatura como una carrera. Simplemente empecé a escribir a los dieciocho años y nunca me detuve. (Quizás esto no sea del todo verdad. Quizás sí escogí la escritura como mi profesión. No lo recuerdo en realidad. Vuelvo a ello muy fácil y rápidamente.) Estuve en la Cuarta División en el Ejército. Casi siempre escribo sobre gente joven.”
(“J. D. Salinger Biographical” Harper’s, 218, Febrero de 1949, pág. 8.)

 

1961

“FRANNY apareció en The New Yorker, en 1955, y fue rápidamente seguido por Zooey, en 1957. Ambos relatos son tempranas y graves entradas de una serie de narraciones acerca de una familia de habitantes del New York del siglo veinte, los Glass. Es un proyecto a largo término, evidentemente muy ambicioso, y existe el peligro suficiente como para que, tarde o temprano, en algún momento me enrede demasiado y quizás desaparezca por completo en mis propios métodos, locuciones y manierismos. No obstante, tengo esperanzas acerca de ello. Me encanta trabajar en las historias sobre los Glass, estuve toda mi vida esperando hacerlo y tengo la decencia y la monomanía justa como para acabarlo con la debida preocupación y la destreza necesaria.
Algunas de estas historias, además de FRANNY y ZOOEY, ya fueron publicadas en The New Yorker, y hay material nuevo que está pronto a aparecer. Tengo también muchísimo material en papel, sin fecha de aparición, pero espero no “montar un número con él”, para usar una expresión popular, al menos por un tiempo. (“Pulir” es otro término dandy que me viene a la cabeza) Yo mismo trabajo a una lubricada velocidad en esto, pero mi alter-ego y colaborador, Buddy, se ha puesto insufrible últimamente.
Considero bastante subversivo el hecho de que el sentimiento de anonimato-oscuridad es la segunda propiedad de más valor que un escritor pueda tener en sus años de trabajo.
Mi esposa me ha pedido que agregase, en un singular arrebato de candor, que vivo en Westport con mi perro.”
(Notas en la cubierta de Franny and Zooey, Septiembre de 1961.)

 

1975

“Tiempo atrás, en 1939, cuando tenía veinte años, estudié durante un tiempo en uno de los talleres de relatos de Whit Burnett, en Columbia. Déjenme decirles que aquel fue un año muy instructivo y provechoso para mí en casi todo. Con simpleza y conocimiento, Mr Burnett dirigía el taller sin jamás permanecer neutral con respecto a uno. Cualquiera sean las razones que tuviese para estar allí, él básicamente no tenía intenciones de usar la ficción como sostén de sí mismo en la jerarquía de las revistas cuatrimestrales o en la academia. Generalmente llegaba tarde a clase, disculpándose, y se las arreglaba para escaparse temprano. A menudo tengo dudas acerca de lo que humanamente debe ser un buen y consciente guía de talleres de ficción. Mr Burnett lo era. Tengo algunas nociones de cómo y por qué lo era, pero esencialmente parece que sólo es necesario mencionar la pasión que tenía por el relato corto, el fuerte relato corto, el que muy fácil y apropiadamente se adomina de una habitación. Para nosotros estaba claro que le encantaba echar mano a cualquier relato excelente, ya sea de Bunin, Saroyan, Maupassant, Dean Fales, Tess Slessinger, Hemingway, como también de Dorothy Parker y Clarence Day, sin domestizajes, sin prejucios ostentosos. Allí estaba él, inequívocamente, y por apestoso que seguramente pueda sonar, al servicio del Relato Corto. Pero no quisiera pedirle a Mr Burnett que cargue ya con mis roncas plegarias. Al menos, no de la misma manera. Esto es algo que se ha quedado atascado en mi cabeza por veinticinco años. En clase, una noche, Mr. Burnett se sintió con ganas de leer “That Evening Sun Go Down” de Faulkner en voz alta; se lanzó y lo hizo. Una lectura rápida, en un indescriptible y singularísimo tono grave. En efecto, él era mucho menos leyendo la historia en voz alta que atravesando cada palabra, muy concienzudamente, con apenas el veinticinco por ciento de su voz. Cualquier persona elegida al azar en la multitud de un subterráneo podría dar una versión más dramática o de “mejor rendimiento”. Pero ése es el punto. Mr. Burnett se abstenía deliberadamente de rendir bien y de leer maravillosamente. Era como si se hubiese puesto bajo una lámpara de lectura y su voz hubiese pasado a ser tinta y papel. En suma, dejaba en tus manos averiguar cómo es que los personajes decían lo que decían. Recibías el relato de Faulkner, sin intermediario alguno. Nunca antes yo había escuchado a un lector hacerle tantas instintivas y sentidas concesiones a una página parida por un escritor. Lamentablemente, nunca conocí a Faulkner, pero siempre tengo presente enviarle una carta sobre esta manera única de leer su prosa que tenía Mr Burnett. En esta loca y explosiva era, la gente que lee relatos maravillosamente está por todos lados grabando discos, registrándose, enalteciéndose en televisión o en la radio; yo quiero contarle a Faulkner, que posiblemente ha oído innumerables buenas interpretaciones de su trabajo, que Burnett, a lo largo de toda la lectura, no se interpuso ni una sola vez entre el autor y su amado lector silencioso. Si ha vuelto a hacerlo realmente no lo sé, pero el contento de cualquiera que haya alguna vez querido alcanzar algo, sabe que la forma del relato corto debe quedarse en casa, intacta, lograda. Saludos a Whit Burnett, Hallie Burnett y todos los lectores y colaboradores de Story.”
(“Introduction”, Fiction Writer’s Handbook, Hallie and Whit Burnett, New York: Harper and Row, 1975)

 

Traducción: Martín Abadía

 
 
 

Dossier Salinger: Cartas a mí mismo

 

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La verdad fue una problemática que ocupó buena parte de la literatura de Truman Capote, acaso su totalidad. Fue a través de ella que se consagró méritos y deméritos, pero sobre todo, problemas. El feliz autor de Otras voces, otros ámbitos, joven precoz, lumpen glamoroso, arribista y pendenciero, devino con los años una especie de curioso profesional, proclive al escándalo farandulesco, a los cambios de humor violentos y al desagrado de una sociedad a la que amaba y detestaba al mismo tiempo. Los pormenores que hicieron a su última novela, Plegarias Atendidas, no fueron finalmente tan difíciles como las consecuencias que sobrevendrían con su publicación.

Las memorables palabras del prólogo a Música de Camaleones, apuntaban empero a un juicio personal, pero aún a una consecuencia de orden publico, pese a su evidente autoreferencialidad.

 

Cuando Dios le entrega a un hombre un don, también le entrega un látigo, y ese látigo no sirve más que para autoflagelarse.”

 

Con Plegarias Atendidas, aquel látigo no hizo más que tensarse y precisar su blanco, hasta condenar a Capote al ostracismo y el desprecio de la intelligenzia norteamericana. Si extendemos la alegoría, sabemos que J D Salinger tuvo igualmente su propia expulsión del mundo, aunque el mismo látigo no lo arrojara sino a la reclusión y el desaparecimiento.

 

En todo caso, la verdad tuvo en Salinger una huella más literaria y más profunda, y supo manifestarse como un híbrido entre lo verosímil y lo creíble. El objetivo era, por tanto, más difuso. El compromiso de Salinger con la verdad tuvo el rol de la embestida en The Catcher in the Rye y otro diferente, no tan aprehensible en la saga de la familia Glass y los diversos relatos que de alguna manera la bordean o bien la complementan. 

 

Ciertamente, muy pocos elementos nos son necesarios para caer en la cuenta de cuán disímiles fueron las premisas de expulsiones tan particulares: el auto flagelo de Capote encontraba su razón en un bloqueo creativo que lo llevó, en un primer momento, a una larga depresión y luego, al resentimiento y el combate: escribir todo, absolutamente todo lo que sabía sobre aquel mundo que abruptamente le cerraba sus puertas. Las consecuencias no tardaron en llegar y Capote disparó: “¿Qué esperaban? Soy un escritor y me sirvo de todo ¿Es que esa gente se pensaba que me tenían para entretenerles?

 

 

 

truman-capote1El caso de Salinger, en cambio, se tiñó de oscuridad y de incertidumbre. El furor provocado por la publicación de The Cathcer in the Rye, así como su inestable personalidad, delinearon paulatinamente el croquis de un mito: convertido en un eremita, aún hoy apenas sale de casa y aunque siguen acumulándose biografías siempre traicioneras sobre su persona, permanece sin proferir palabra y se diluye en su invisibilidad con el mismo orgullo de aquel personaje que ocupa al relato “The Secret Goldfish” que se cuenta en las primeras páginas de The Catcher… : un niño que no deja que nadie vea su pez dorado ya que lo ha comprado con su propio dinero.

 

Pero algunos años después de que Salinger se perdiera en su propia leyenda y su reclusión no fuera ya la comidilla de los medios de la época, sino poco más que una nueva anécdota del mundo literario, Capote abría su arcón de secretos bien custodiados y atacaba con una de tantas indiscreciones.

 

 

-¿Te acuerdas de lo de Salinger? –dijo Mrs Matthau.

-¿Salinger?

-“Un día para el pez plátano.” Ese Salinger.

-Franny y Zooey.

– Eso. ¿No te acuerdas de él?

Mrs Cooper reflexionó, hizo pucheros, No, no se acordaba.

-Fue mientras aún estábamos en Brearley -dijo Mrs. Matthau-. Antes de que Oona conociese a Orson. Oona tenía un novio misterioso, un chico judío con una madre en Park Avenue, Jerry Salinger. Quería ser escritor, y le escribió a Oona cartas de diez páginas mientras estuvo en el ejército, en ultramar. Eran una especie de cartas de amor, muy tiernas, tiernísimas. Lo cual es demasiada ternura. Oona solía leérmelas y cuando me preguntó qué pensaba, le dije que a mí me parecía que debía ser un chico que lloraba con mucha facilidad. Pero lo que quería saber era si yo pensaba que era alguien brillante y con talento, o nada más que un imbécil. Y yo dije que las dos cosas, ese chico es las dos cosas, y unos años más tarde, cuando leí El guardián entre el centeno y me enteré de que el autor era el Jerry de Oona, seguí manteniendo la misma opinión.

-Yo nunca oí ninguna historia extraña acerca de Salinger –confió Mrs. Cooper.

-Yo no he oído acerca de él nada que no sea extraño. Te aseguro que no es el típico chico judío de Park Avenue.

 

(Capote, 144, circa 1976)

 

                                                                                                                                       9788435033459

Lector ausente, despeja la mesa. Pasemos al detalle de esta nota de color que nos ocupa. En nuestra idea de Salinger siempre hubo un recluido, pero antes, mucho antes de que haya habido cazadores y guardianes[1]. Siempre hubo cartas desde la reclusión. La indiscreción de Capote no hace tanto a la verdad como a la leyenda: sólo demarca el territorio-Salinger haciéndolo menos ilusorio. Es cierto que Salinger estuvo en el ejército durante la guerra, y cierto que aquel período hubo de marcarlo para siempre, pero más allá de lo meramente biográfico, aún resiste la idea que cartas fueron buena parte de la literatura de Salinger y que cuando no hubo literatura, hubieron tan sólo cartas. Las internas de la familia Glass y las siguientes líneas remedan algún equivoco al respecto:

 

“Esencialmente todos somos escritores de cartas y cuando nos hablamos en la línea de fuego, lo más usual es preguntarle a alguien si tiene un poco de tinta que no vaya a usar”

 

Lo que me atrevo a decir es ligeramente corroborable pero entiendo que la intención de Salinger en múltiples ocasiones ha sido corresponsal y que esta tentativa abreva en una corresponsalía que se vuelve finalmente sobre quien la ejecuta, lo traspasa implacablemente, sorprende a su artífice y revela su identidad oculta, insospechada. Este punto de vista no se sostiene tanto en la anécdota relatada por Capote en Plegarias Atendidas como en Para Esme, con amor y sordidez. La cita, algunas líneas arriba, pertenece a ese relato.

 

 

image64Salinger, lector de James Joyce, supo que un relato no trae necesariamente una confesión, mas una revelación que potencie un estado superior, que lo desnude ante sí y ante el mundo, lo inculpe avergonzándolo, lo haga consciente de una verdad hasta entonces callada, dormida en lo no sabido, en lo ignorado, en lo obviado, en lo sutil, sigilosamente silenciado. James Joyce abre con el volumen de relatos Dubliners una sagaz modificación en la narrativa, y muy especialmente en la manera de construir relatos: el relato, para Joyce, no es sino la embestidura de una revelación o bien el proceso a través del cual el héroe se apercibe de algo hasta entonces desconocido. Joyce llama a esta revelación epifanía o epicletti (del griego, invocación), manifestación espiritual de una verdad que recae en lo meramente cotidiano y altera la realidad del héroe de forma tal que no puede sino descubrir que esa realidad misma es un engaño y la vida, un proceso de desengaños, de manifestaciones del equívoco, de ingenuidades irrecuperables. El hilo del relato joyceano rubrica una serie de símbolos y de indicios aparentemente inoperantes en la historia que confluyen en un umbral último, en donde cada uno recobra sintéticamente su valor poético al enhebrase en la revelación epifánica, paraje de la caída del héroe, antesala de una realidad truculenta, locus horribilis del alma y la consciencia. Desde el simbolismo mórbido de The Sisters, pasando por el olvidado de Araby, hasta el humillación de A little Cloud, todos los relatos que hacen a Dubliners consuman una suerte de despertar amargo en un héroe que, pasivamente, se hace uno con la oscuridad.

Acaso el caso más célebre sea el de The Dead. Gabriel, inserto en una sociedad en la que es alguien para los demás, pasa, dentro de sí mismo, a ser nadie al enterarse de que un hombre supo morir de amor por su esposa.

 

La contempló mientras dormía como si ella y él jamás hubieran vivido juntos como marido y mujer. Sus ávidos ojos descansaron en su rostro y en su cabello; y, entonces, pensando en lo que debía haber sido aquélla, su primera belleza juvenil, su alma se sintió invadida por una extraña piedad amistosa. (…) Su propia identidad se disolvía en un mundo gris intangible: el mismísimo sólido mundo en el que esos muertos se habían erguido y donde habían vivido, se borraba y consumía. (…) Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos. ( 345-345-347 )

 

 

Me sirvo de cierta influencia joyceana para una intervención en Para Esme… Entiendo, como se señala en este mismo dossier[2], que una secreta y personalísima ligazón atraviesa a los Nueve Cuentos y que, aún en su intensa polisemia, algunos temas determinan siquiera obsesiones recurrentes en la obra de Salinger. Para Esme… incluye varias de ellas, pero sólo una ocupa a este apartado. En The Catcher in the Rye se  la enuncia someramente. Holden Caufield dice:

 

I’m the most terrific liar you ever saw in your life

 

¿Importa esta línea al desarrollo de Para Esme…? No, en tanto no lo justifique.

 

Salinger dibuja en Para Esme… una serie de falsetes, de imposturas que son una misma impostura final, zonas de rigurosa e implacable mentira. Para Esme… supone formalmente una tripartición. De los tres narradores que relatan la historia sólo uno es real, el último, el que deja de narrar definitivamente para mirar a los ojos al lector, el que detiene el tiempo interno del relato para abrir paso a una voz que ha dejado de escabullirse en falsas alarmas y se transporta más allá, adonde todo ha dejado de ser juego, adonde no nos basta ya la literatura para sopesar el descrédito o la vida para comprenderlo.

 

This is the squalid, or moving part of the story, and the scene changes. The people change, too. I’m still around, but from here on in, for reasons I’m not at liberty to disclose, I’ve disguised myself so cunningly that even the cleverest reader will fail to reconize me. (Salinger, 1950, The New Yorker, pag 28-36)

 

 

Refiero ciertas astucias de Salinger: la candidez con la que introduce el relato, el horror con el que pone punto final.

El Sargento X, ya retirado, recibe la invitación a la boda de Esme, una niña que conoció seis años antes, en sus días de combate. La invitación es descartada bajo una rápida excusa, pero no tan frívolo es el recuerdo del Sargento. La madeleine proustiana sobrevuela esas páginas: X rememora en un primer momento, el encuentro con Esmé y su promesa de escribir un relato “sórdido” que la involucre, y en un segundo, los días posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, en los que X permanece acuartelado luego del armisticio. El relato prometido aúna a X y a Esmé, pero no tanto como una segunda, tácita promesa.

 

“Goodbye,” Esmé said. “I hope you return from the war with all your faculties intact.”

 

Estas palabras no revelan una honda preocupación sino en la voz del tercer narrador, aquel que alude haberse disfrazado durante todo el relato, de calmada vida marital en un primer momento, de escritor primerizo perdido en una guerra que no es la suya luego. Esta tácita promesa, línea en la que X y Esmé no pueden sino reclamarse mutuamente, importa sobre todo una identidad final, lóbrega y hábilmente escondida en la consciencia, manifestación de un yo disuelto en la verdad de la epifanía que, aún dirigiéndose a Esme, continúa disimulándose y pone en manos del lector esa última confesión en una corresponsalía de la que es único destinatario.

 

“You take a really sleepy man, Esme, and he always stands a chance of again becoming a man with his fac-with all his f-a-c-u-l-t-i-e-s intact.”

 

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Me concedo una libertad. La obra de Salinger abreva en un rasgo común, una serie de revelaciones que asisten a cada personaje, potenciándolos a un estado otro, una suerte de realización o conmoción del alma que los interpela y que, al resignificarlos, los individualiza, como un continuidad, un peregrinaje dentro de su propio ser. Acaso sea ésta la particularidad que haga a tantos lectores: sentirse correspondidos sin heroísmos impolutos, sin fracasos coloreados. Hay quien dice que sólo algunas obras pueden preciarse de universales, aquellas que abordan un abanico de temas centrales para el alma humana: la muerte, el dolor, el amor, la locura, la vida, la ilusión, la búsqueda, la pérdida, el deseo de atravesarse a uno mismo. Salinger sintió esa necesidad, se hizo carne en ella. Y su creación no es sino una serie de personajes que despiertan interiormente a la luz de una clarividencia autoconsciente. El I didn’t return with all my faculties intact consuma parte de ese proceso, y se extiende hacia otras revelaciones de igual envergadura dentro de la obra de Salinger: La Pérdida de la Inocencia (The Catcher in the Rye), La Felicidad (Seymour: an introduction).

 

Pero Salinger va más allá: llega al final del camino. No es sino en A Perfect Day for Banana Fish que ese ser epifánico se suprime, se despoja, desaparece, deja de ser. Seymour suprime su ego final quitándose la vida y desde entonces, todo lo que sabemos de Seymour es por lo que ha sido, ya no por lo que es. Seymour es el gran exiliado de la familia Glass, el otro, aquél que vive en boca de los demás ya que superó (pienso en el Zen) la arbitraria sujeción a cómo se ha de ser o cómo no se ha de ser. Creo necesaria una extensión más: el suicidio de Seymour se resignifica a su vez con el silencio hermético de Salinger. Salinger, luego del sucidio de Seymour, sólo puede decirnos cómo fue el éxtasis de haberse sentido Seymour alguna vez. Es por eso que prefiere acudir a Buddy como sostén, porque nada que pueda decirse verdaderamente puede decirse como un yo: la verdad sobre Seymour ha de decirla otro. Y otros siempre añadirán un último eslabón a la cadena, re-semantizándola, dándole vida una vez más.

 

De esta notación me he servido para este corto examen. La verdad sobre él también habrá de decirla otro.

 

 

 

M.A

 

[1] De alguna manera, esta es la temática que ocupa al otro de los ensayos incluido en este Dossier, “Francotiradores (Hat on- Hat off).

[2] Ver  “Palabras para el verano en que todos nadaban en aceite”


 

Dossier Salinger: el precio de lo auténtico

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Las historias se pueden contar de muchas formas, pero sólo se pueden enfrentar los conflictos de una: de frente. Y de forma inteligente, claro. Entonces, e indiscutiblemente, Salinger aparece en escena para refrendar lo dicho. Con Franny y Zooey, el autor norteamericano apela a la máxima: enfrentar el conflicto. No dar espacios a huidas inoficiosas, sino rodear y atacar para que nadie escape. Ni los personajes; mucho menos los lectores: la indiferencia es un invento.

 

Franny se publicó en 1955, en The New Yorker, y Zooey en 1957. Se puede hablar de continuidad, claro que sí, pero jamás de cierre. La obra que secunda a Franny no cierra la historia Glass. Es un continuo que se define en la misma estrategia que se utiliza para su construcción: la elección de escenas, espaciadas en el tiempo, como pequeños cuadros de un film. Porque Franny y Zooey son escenas. Elegidas y desarrolladas con minuciosidad y atrevimiento; en un paroxismo dramático completo y total.

 

A lo largo de la obra, en todas las escenas de conversación y diálogo, siempre son dos los personajes que aparecen: Lane y Franny; Zooey y Bessie Glass, y Zooey con Franny. Las únicas excepciones, están al comienzo del libro, mientras Lane espera, y al comienzo de la parte de Zooey, con la introducción del narrador y cuando el mismo Zooey lee la carta de su hermano en el baño.

 

Pero incluso en las ocasiones donde los personajes aparecen solos, esto sucede de forma aparente. Cuando Lane espera, o cuando Zooey está en el baño, antes del ingreso de la madre, ambos están leyendo. La presencia, a través de las palabras, de un otro implícito, es una realidad. Lane lee la carta de Franny y Zooey, una vieja carta de Buddy. En consecuencia, ambas situaciones se condicen con una constante del texto de Salinger: la presencia del par.

 

Una de las claves de este libro es el número dos. No como número en sí, sino como un binarismo, como una imprescindible presencia de antónimos. Y el libro se puede leer como un continuo choque de conceptos: mundo intelectual vs mundo espiritual; mundo exterior vs mundo interior; originalidad vs repetición; impostura vs autenticidad; serenidad vs locura; occidentalismo vs orientalismo. Los personajes, incluso, se ubican como representantes de alguna de esas tendencias y sus diálogos dan cuenta de las problemáticas.

 

 

Siguiendo con la idea del diálogo –sin ahondar demasiado en las diferentes significaciones- puedo decir que el conflicto está presente en todas las conversaciones que se suceden en la narración. Hay discusión. Intercambio de ideas. Molestia. Nunca los personajes están de acuerdo -o jamás lo admiten. Siempre son dos verdades las que se enfrentan; dos posturas, dos maneras de ver y entender el mundo. El acuerdo, el pacífico estar de acuerdo, prácticamente no existe.

 

Franny y Zooey, como libro, se estructura a través de esta contracara, sinónimo de un par indivisible. Posiciones que se necesitan para que existan como ideas independientes. La figura de la moneda, con sus dos lados, funciona, pero no es completa:

 

“Una suerte de geometría semántica dentro de la cual la distancia más corta entre dos puntos es un círculo casi completo.” (Salinger 57)

 

En lo que se refiere al conflicto central de la obra, tenemos varias entradas. La primera, y quizá la que prepondere en el libro, es la búsqueda de lo auténtico, por sobre la impostura. El conflicto de Franny se patenta en sus palabras:

 

“Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto. Me da asco de mí misma y de todos los que quieren causar sensación”. (Salinger 39)

 

La lucidez de la menor de los Glass es reflejo, en parte, de la vida erudita de su familia. Desde pequeños en concursos de conocimientos; rodeada de hermanos lectores. Sin embargo, y aquí es donde la crítica se hace más aguda, se conecta con la vida universitaria y todo lo que esta institución transmite.

 

El conocimiento, como objetivo, como reto mayor, como tesoro a conquistar, se revela como un enajenamiento de las cosas verdaderamente importantes. ¿Qué importa? Ser auténtico. ¿Qué es eso? No lo sabemos, pero funciona por oposición: la impostura intelectual tiene como fin el ego personal. La lucha de Franny es contra el ego, entendido como una serie de conocimientos y saberes que sólo se utilizan para lucimiento personal, pero que olvidan lo supuestamente principal: la sabiduría.

 

Durante un mes entero, por lo menos, cada vez que alguien decía algo que sonaba académico y pretencioso, o que olía a ego o algo parecido, al menos me quedaba calladita (…) Lo que pasaba era que se me metió en la cabeza la idea, y no podía quitármela, de que la universidad era sólo un lugar necio e inútil más en el mundo dedicado a acumular tesoros y todo eso. Quiero decir que los tesoros son tesoros, por amor de Dios. (…) A veces pienso que el conocimiento, al menos cuando es conocimiento por el conocimiento en sí, es lo peor de todo. (Salinger 152-154 )

 

                                                                                                                                                                      vista-de-nueva-york-desde-el-battery-park

Y el camino que emprende la protagonista, en consecuencia, es total: retirarse de la universidad, y repetir, incansablemente, una oración religiosa. Murmurarla hasta hacerla parte del ritmo interno del sujeto. El libro de Salinger, más allá de las creencias personales del autor, sólo muestra. Los conflictos familiares que surgen de la opción tomada por la menor de los Glass es un dato más en la historia total que se está contando. El único que intenta debatir con Franny es su hermano Zooey. Es él el encargado de realizar una reflexión sobre sus ideas. No hay intromisiones, sólo son las palabras de Zooey las que apelan:

“Por simple lógica, yo no veo ninguna diferencia entre el hombre ávido de tesoros materiales, o incluso intelectuales, y el hombre ávido de tesoros espirituales.” (Salinger 156)

 

Pero Zooey no es sólo eso. Él también lucha contra lo mismo. La búsqueda de lo auténtico es compartida por todos los hermanos Glass. Zooey es crítico, implacable e inconformista. Clama por una originalidad que no encuentra. Su madre, en la conversación que tienen en el baño, lo describe así:

 

“Si alguien no te gusta, a los dos minutos, lo descartas para siempre. No se puede vivir en el mundo con simpatías y antipatías tan marcadas.” ( Salinger 10 )

 

La contradicción entre lo que Zooey es y lo que Zooey dice (pensando en el diálogo que tiene con su hermana) es notoria. Pero pertenece, y esa es su gracia, a la siempre tendencia de Salinger de mostrar las costuras de sus personajes. No se habla de hombres intachables, sino de seres comunes: porque los Glass, por más que se sientan especiales, son una familia como todas, sin ningún tipo de excepcionalidad más allá de las particularidades de cada grupo familiar. Salinger no quiere crear una familia extraordinaria, sino patentar los vicios e ilusiones de seres comunes.

 

Hay en Salinger un continuo llamado, una especie de advertencia, que trasciende sus obras. Una pequeña nota que denuncia la incomodidad. Una incomodidad hacia los sujetos, hacia sus obras, pero también hacia las construcciones humanas. No es un llamado a regresar a una etapa primera, porque Salinger sabe que nunca hay regreso, sino una advertencia a realizar, en vida, aquello que nos aleje del mundo que complota. Un plan para crear un propio mundo, que surge del inconformismo hacia lo que se ve, como una necesidad ineludible.

 

No se puede obviar, me parece, la figura de Buddy. El hermano de los Glass, supuesto escritor que vive apartado y alejado de la vida de Nueva York, aparece como un obligado referente para toda la familia Glass. La madre, por ejemplo, pide contactarse con él para poder contarle lo que sucede con Franny. Zooey, por ejemplo, lee atentamente una carta vieja, como si fuera un mensaje al que siempre se deba regresar. Franny, por su parte, confía y cree en él.

 

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¿Qué es lo que tiene Buddy que funciona como justo medio para las desequilibradas vidas de su entorno familiar? Pues bien, Buddy, de una u otra forma, se retiró de la vida. Se apartó. Vive solo y retirado en una pequeña casa, escribiendo. Buddy es, o al menos la narración lo sugiere, el narrador del texto. Pero se oculta. No quiere aparecer. Se esboza su presencia en la introducción de la parte de Zooey, pero sus intromisiones son mínimas. En Franny y Zooey, Buddy es el vencedor: y por eso puede contar la historia.

 

La lucha contra el ego no termina. No es trabajo fácil, así como tampoco es una labor rentable en un mundo donde lo institucional funciona como agente legitimador de logros y virtudes. Y Zooey lo sabe.

 

“Siempre, siempre, siempre refiriendo cada maldita cosa que sucede a nuestros pequeños y asquerosos egos”. (Salinger 160)

 

 Aparece la idea de canalizar la rabia hacia el enemigo correcto. Esbozar un plan que tenga como centro la anulación de ese enemigo. Porque existe. Salinger sabe que existe y lo muestra a través de sus personajes.

 

El autor norteamericano coloca las balas, pero son otros las que deben dispararlas.

 

Si le vas a declarar la guerra al Sistema, dispara como una chica buena e inteligente: porque el enemigo existe y no porque te disguste su peinado o su maldita corbata” (Salinger 169-170)

 

Franny busca el lugar; el lugar preciso donde ubicar la bala. Franny y Zooey es el relato del inconformismo. Un texto donde los personajes reciben los golpes con la sensibilidad de los que han alcanzado cierta lucidez. Porque la lucidez, y Franny lo sabe, duele. Pega. La idea, entonces, es buscar una salida. Y en eso estamos.

 

 

 

 

R.S

 

 

 

 

 

Dossier Salinger: Este sándwich no tiene mayonesa

 

 

 

Nota: este relato inédito pertenece The Complete Uncollected Short Stories I and II  y apareció en Esquire, Octubre de 1945, pág. 54-56, 147-149. Según este sitio especializado, algunos de los primeros trabajos de J. D Salinger son susceptibles de catalogarse dentro de las “Caufield Stories”, relatos que tiene algún tipo de vínculo en forma con The Catcher In The Rye y con su protagonista Holden Caufield. “Este sándwich no tiene mayonesa” pertenece a este grupo.

 

 

 

Este sándwich no tiene mayonesa

 

 

Por J. D Salinger.

 

 

38740aVoy en un camión, sentado en una de las paredes del acoplado, tratando de escapar de esta loca lluvia de Georgia, esperando que llegue el Teniente de Servicios Especiales, esperando cobrar. Tengo pensado hacer dinero de acá a unos minutos. Hay treinta y cuatro hombres en este vehículo y sólo treinta de ellos se supone que deban ir a bailar. Cuatro deben irse. Planeo apuñalar a los cuatro primeros a mi derecha, al tiempo que canto con todo lo que me da la voz “Off We Go Into The Wild Blue Gonder”, ahogando sus tontos lamentos. Luego escogeré a otros dos (preferentemente graduados universitarios) para empujarlos a la húmeda y roja arcilla de Georgia, fuera de este vehículo. Quizás valga la pena olvidar que soy uno de los Diez Hombres Más Rudos que alguna vez se hayan metido en este acoplado. Podría machacar  a los gemelos Bobbsey. Cuatro deben irse. Fuera del camión homónimo… Choose yo’ pahtnuhs for the Virgina Reel!

Y la lluvia sobre la lona cae más fuerte que nunca. No es mi amiga. No es amiga mía ni de estas personas (cuatro de ellos deben irse). Tal vez es amiga de Katharine Hepburn o de Sarah Palfrey Fabyan o de Tom Heeney, o de todos los firmes fanáticos de Creer Garson que esperan en fila en el Radio City Music Hall. Pero no es mi compinche, esta lluvia. No es compinche tampoco de los otros treinta y tres hombres (Cuatro de ellos deben irse).

 

El tipo de la cabina me grita otra vez.

 

“¿Qué?” digo. No puedo oírlo. La lluvia sobre la lona me mata. Ni siquiera quiero oírlo.

 

Dice por tercera vez, “¡Bajemos a la carretera! ¡Que venga las mujeres!”

 

“Tengo que esperar al Teniente,” le digo. Siento que mi codo se moja y lo meto dentro, fuera del aguacero. ¿Quién se robó mi impermeable? Con todas mis cartas en el bolsillo izquierdo. Mis cartas de Red, de Phoebe, de Holden. Cartas de Holden. Ah, escuchen, no me importa que se roben mi impermeable, pero ¿por qué robarme las cartas? Él sólo tiene diecinueve años, mi hermano, y las drogas no bajan ni una mísera su humor, lo matan con sarcasmo, y no puede hacer nada más que escuchar frenéticamente al descalibrado aparatito que lleva en su corazón. Mi hermano perdido en acción. ¿Por qué no dejan los impermeables en paz?

 

Tengo que dejar de pensar en ello. Pensar en algo agradable, como el viejo cascarrabias de Vincent. Pensar en este camión. Hacerme creer que no es el más oscuro, húmedo y miserable camión del Ejército en el que haya viajado alguna vez. Este camión, debes hacerte creer, está lleno de rosas y rubias y vitaminas. Es un camión verdaderamente lindo. Es un camión formidable. Eres afortunado de estar aquí esta noche. Cuando vuelvas del baile –¡Choose yo’ pahnuhs, folks!- podrás escribir un poema inmortal acerca de este camión. Es un poema en potencia. Puedes llamarlo “Camiones en los que he viajado,” o “Guerra y Paz,” o “Este sándwich no tiene mayonesa”. Hazlo simple. Ah, escucha. Escucha, la lluvia. Es el noveno día desde que empezó a llover. ¿Cómo puedes hacerme esto a mí y los treinta y tres hombres (cuatro de ellos deben irse)? Déjanos solos. Deja de hacernos sentir pegajosos y desolados.

 

Alguien me habla. El hombre dentro del radio de mi navaja. (Cuatro deben irse.) “¿Qué?” le digo.

“¿De dónde eres, Sarg?” Me pregunta el muchacho. “Te estás mojando el brazo.”

Lo meto nuevamente adentro. “New York,” le respondo.

“Yo también. ¿De qué parte?”

“Manhattan. A algunas calles del Museo de Arte.”

“Yo vivo en Valentine Avenue,” dice el muchacho. “¿Sabes dónde es?

“En el Bronx, ¿no?”

“Nah, Cerca del Bronx. Cerca del Bronx, pero no ahí. Es aún Manhattan.”

 

Cerca del Bronx, pero no ahí. Recordemos esto. No vayas por ahí diciéndole a la gente que vives en el Bronx cuando no viven allí, viven en Manhattan. Usemos la cabeza, amigos. Bailemos un rato.

 

“¿Cuánto hace que estás en el Ejército?” le pregunto. Es un soldado raso. Es el soldado raso más empapado que he visto en el Ejército.

“Cuatro meses. Me envían al Sur y luego me embarco a Mee-ami. ¿Has estado en Mee-ami?”

“No,” miento. “¿Hay alguno bueno allí?”

“¿Algo bueno?” y codea al tipo a su derecha. “Dile, Fergie.”

“¿Qué?” dice Fergie, empapado, congelado y nauseabundo.

“Cuéntale al Sargento acerca de Mee-ami. Quiere saber si hay algo bueno o no. Dile.”

Fergie me mira. “¿Nunca ha estado allí, Sargento?” – Pobre y miseable proyecto de Sargento.

“No. ¿Se está bien allí?” me las apaño para preguntar.

“¡Qué ciudad!” dice Fergie suavemente. “Puedes conseguir todo lo que quieres allí. Te puedes divertir de verdad. Digo, realmente la puedes pasar bien. No como en este agujero. Aquí no puedes pasarla bien ni intentándolo.”

“Vivíamos en un hotel,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “Antes de la guerra se pagaba cinco o seis dólares al día por un habitación en ese lugar. Una habitación.”

“Duchas,” dice Fergie con el  tono agrio que Abelardo, durante sus últimos años, debe haber usado para describir el picaporte de Eloisa.

“Estábamos todo el tiempo limpios como niños. Allí tenías cuatro tipos en una habitación y duchas en el vestíbulo. El jabón del hotel era gratis. Cualquier tipo de jabón. No sólo el barato.”

“¿Estás vivo, no?” el tipo enfrente de mí le grita a Fergie. No puedo verle la cara.

Fergie está más allá de todo. “Duchas,” repìte. “Me duchaba dos o tres veces al día”

“Yo solía ser vendedor allí,” anunció un tipo en mitad del camión. Apenas puedo ver su cara en la oscuridad. “Memphis y Dallas son las mejores ciudades del Sur. Les juro. En el invierno Miami se llena de gente. Puede volverte loco. En los lugares adonde vale la pena ir, difícilmente puede conseguir algo.”

“No estaba atestado de gente cuando estuvimos allí, ¿no es cierto, Fergie?” pregunta el chico de Valentine Avenue.

Fergie no respondió. No participa como nosotros en la charla. No se presta a ello.

El hombre al que le gusta Memphis y Dallas piensa igual también. Le dice a Fergie, “estando por aquí, eres afortunado si consigues ducharte una vez por día. Estoy en una nueva área del Oeste. Aún no construyeron las duchas.”

A Fergie no le interesa. La comparación no es acertada. La comparación, debo decirte, apesta, Mac.

Del frente del camión llega una dinámica e irrefutable observación: “No hay vuelos otra vez esta noche. Los cadetes no volarán nuevamente esta noche, ¿está bien? El octavo día no hay vuelos nocturnos.”

Fergie mira, con un mínimo de energía. “Apenas he visto un avión desde que estoy por aquí. Mi esposa piensa que estoy volando como un loco. Me escribe y me dice que debería salirme del Cuerpo Aéreo. Me cree en un B-17 o algo así. Lee acerca Clark Gable y me cree un francotirador o algo que tenga que ver con las bombas. No tengo alma para decirle que no hago absolutamente nada.”

“¿Cómo nada?” dice Memphis y Dallas, interesado.

“Nada. Nada que sea necesario.” Fergie se olvida de Mee-ami por un minuto y le echa a Memphis y Dallas una mirada fulminante.

“Oh,” dice Memphis y Dallas, pero antes de que pueda continuar, Fergie se da vuelta y me dice, “debería ver esas duchas en Mee-ami, Sarg. No es broma. No tendría ya ganas de meterse en su propia bañadera otra vez.” Y vuelve a apartar la mirada y a perder interés en mi cara –lo cual es siempre comprensible.

 

Memphis y Dallas se asoma ansiosamente, dirigiéndose a Fergie. “Te podría llevar a dar un paseo,” le dice. “Trabajo con la Aduana. Los tenientes de aquí atraviesan el país en menos de un mes y no muchas veces llevan a alguien en la parte de atrás. Estuve allí muchas veces. Maxwell Field. En todas partes.” Señala con el dedo a Fergie, como si lo acusara de algo. “Oye. Si quieres ir alguna vez, llámame. Llama a la Aduana y pregunta por mí. Portner es mi nombre.”

Fergie parece flemáticamente interesado. “¿Sí? Que pregunte por Portner, ¿eh? ¿Eres cabo o algo así?”

“Soldado raso,” dice Portner fría y escuetamente.

“Muchacho,” dice el chico de Valentine Avenue, mirando detrás de mí, la abundante oscuridad. “Mira, asómate.”

 

¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está mi hermano Holden? ¿De qué se trata esto de “desaparecer en acción”? No me lo creo. No lo entiendo. No lo creo. El Gobierno de Estados Unidos miente. El Gobierno me miente a mí y a mi familia.

Nunca escuché mentiras tan jodidas.

Por qué; volvió de la guerra en Europa sin apenas un rasguño, todos lo vimos embarcarse en el Pacífico el último verano –y se veía bien.

Desaparecido.

Desaparecido, desaparecido, desaparecido. ¡Mentira! A mí también me mintieron. Nunca antes estuvo desaparecido. Es la última persona que podría perderse en este mundo. Está aquí, en este camión; en casa, en New York; está en la Preparatoria Pentey[1] (“Deberían enviarnos a ese muchacho. Lo moldearemos. Haremos de él un Hombre, con todas las pruebas de fuego que tenemos…”); sí, está en Pentey, nunca dejó la escuela; está en Cape Cod, sentado en el porche, mordiéndose las uñas; está jugando dobles conmigo, gritándome que me quede en la base mientras el está en el campo. ¡Desaparecido! ¿Eso es estar desaparecido? ¿Por qué mentir en algo tan importante? ¿Cómo es que el Gobierno puede hacer algo así? ¿Cómo pueden deshacerse de ello diciendo mentiras de este tipo?

“Hey, Sarg,” me grita el tipo de la cabina. “¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las mujeres!”

“¿Cómo son esas mujeres, Sarg? ¿Son bonitas?”

“La verdad es que no sé lo que pasa esta noche,” digo. “Generalmente, sí,  son bonitas.” Sólo por decir ya que, en otras palabras, decir generalmente es sólo un decir. Todos ponen mucho empeño. Todos están allí para lanzarse. Las chicas te preguntan de dónde vienes, les dicen de dónde, y ellas repiten el nombre de la ciudad, poniendo un signo de exclamación al final de la frase. Luego te cuentan sobre Douglas Smith, Cabo, AUS. Vive en New York, ¿lo conoces? No le crees y le hablas de lo maravilloso que es New York. Y sólo porque no quieres que Helen se case con un soldado y espere por un año o seis, sales y bailas con la extraña que dice conocer a Douglas Smith, la extraña chica llamativa que dice haber leído cada línea que ha escrito Lloyd C. Douglas. Mientras bailas y la banda toca, piensas en todo excepto en la música y en bailar. Te preguntas si tu hermanita Phoebe recuerda sacar a pasar el perro todos los días, si recuerda no joder con el collar de Joey – algún día esta niña matará al perro.

“Nunca ví una lluvia con ésta,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “¿Habías visto algo así, Fergie?”

“¿Algo como qué?”

“Una lluvia así.”

“Nah.”

 

“¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las damas!” dice el tipo ruido inclinándose hacia delante y veo su cara. Es igual que cualquiera de los que está en el camión. Luce igual.

“¿Cómo es el Teniente, Sarg?” dice el chico de que vive cerca del Bronx.

“No lo sé verdaderamente,” digo. “Entró al campo hace sólo algunos días. Sé que vivía cerca de aquí cuando era un civil.”

“¡Qué bueno! Vivir cerca de donde estás,” dice el chico de Valentine Avenue. “Ojalá yo estuviera en Mitchel. A sólo una media hora de casa.”

 

Campo Mitchel. Long Island. ¿Qué podríamos decir de aquel sábado de verano en Port Washington? Red me lo dijo. No va molestarte ir a la Feria. Es muy bonita. Fue cuando me apegué a Phoebe, ella estaba con una niña que se llamaba Minerva (lo cual me mataba), y las metí a ambas en el auto y luego busqué a Holden. No podía encontrarlo. De modo que Phoebe, Minerva y yo nos fuimos sin él… En la Feria estuvimos en la exhibición de teléfonos de Bell y le dije a Phoebe que aquel teléfono servía para llamar al autor de los libros de Elsie Fairfield. Y Phoebe, sacudiéndose como de costumbre, tomó el teléfono, tembló un poco y dijo Hola, Soy Phoebe Caufield, estoy en la Feria de los Mundos. Leí tus libros y creo que son excelentes. Mi madre y mi padre actúan en “Death Takes a Holiday in Great Neck”. Vamos a nadar muy a menudo, pero el océano es mucho mejor en Cape Cod. ¡Adiós!… Y luego, salimos del edificio y allí estaba Holden, con Hart y Kirky Morris. Tenía puesta una camisa de felpa. Ningún abrigo. Se acercó y le pidió a Phoebe un autógrafo y ella lo apretó contra si, feliz de verlo, feliz de ver a su hermano. Luego él me dijo, Vayámonos de toda esta basura educativa, vayamos a las carreras o algo así. No soporto todo esto… Y ahora intentan decirme que está desaparecido. Desaparecido. ¿Quién está desaparecido? No él. Está en la Feria de los Mundos. Sé dónde hallarlo. Sé exactamente donde está. Phoebe también lo sabe. Lo sabría en un solo segundo. ¿Qué es todo esto de la desaparición?

 

“¿Cuánto te lleva llegar desde tu casa hasta la calle Cuarenta y Dos?” le preguntó Fergie al chico de Valentine Avenue.

Valentine Avenue lo pensó, algo emocionado. “Desde mi casa,” informó intensamente, “hasta el Paramount Theather te toma exactamente cuarenta y cinco minutos en metro. Casi gano dos billetes apostándole a mi chica acerca de eso. Nunca tomaría su dinero.”

El hombre al que le gusta Memphis y Dallas más que Miami habló: “Espero que las chicas de esta noche no sean cobardes. Digo, niñas. Siempre me miran como a un viejo cuando son cobardes.”

“Procuraré no transpirar demasiado,” dijo Fergie. “Hace mucho calor en los bailes de por aquí. A las mujeres no les gustan si transpiras mucho. Ni siquiera a mi esposa le gusta. Pero está bien si ella transpira – ¡Es diferente!… Mujeres. Te vuelven loco.”

Estalló un colosal trueno. Todos saltamos –yo casi me caigo del camión. Me hago a un lado y el muchacho de Valentine Avenue se apreta contra Fergie para hacerme un lugar… Desde el frente del camión oímos una voz de fuerte acento sureño:

“¿Han estado en Atlanta?”

Todos esperan que truene una vez más. Yo respondo. “No,” digo.

“Altlanta es una buena ciudad.”

 

De pornto el Teniente de Servicios Especiales aparece salido de la nada, empapadísimo, con la cabeza asomada dentro del camión. – cuatro de estos hombres deben irse. Lleva puesta una de esas viseras con cubierta de hule; es como la vesícula de un unicornio. La cara completamente mojada. Es joven y pequeño, aún poco seguro para este nuevo comando al que el Gobierno le asignó. Se fija allí donde deberían estar las tiras de las mangas de mi impermeable robado (con todas mi cartas).

“¿Viene por un relevo aquí, Sargento?”

Wow. Choose yo’ pahtnuhs…

“Sí, señor.”

“¿Cuántos hombres hay aquí?”

“Habría que volverlos a contar, señor.” Me doy vuelta y digo, “Bien, todos los hombres con fósforos en las manos; enciéndanlos –quiero contar sus cabezas.” Y cuatro o cinco de ellos se las arreglan para encender fósforos simultáneamente. Finjo contar sus cabezas. “Treinta y cuatro incluyéndome, señor,” le dijo finalmente.

El joven Teniente sacudió su cabeza bajo la lluvia. “Demasiados,” me informa –y yo intento verme como muy estúpido. “He llamado a cada ordenanza,” revela a mi favor, “y di orden de que irían sólo cinco hombres por escuadrón.” (Pienso en la gravedad de la situación por primera vez. Debería sugerir que liquidemos a cuatro de ellos. Debería pedir muy detalladamente hombres experimentados en liquidar gente que quiere ir a bailar.)… El teniente me pregunta, “¿Conoce a Miss Jackson, Sargento?”

“Sé quien es,” le digo mientras escucha sin pitar su cigarrillo.

“Bien, Miss Jackson me llamó esta mañana y pidió solamente treinta hombres. Temo, Sargento, que vamos a tener que pedirle a cuatro hombres que vuelvan a sus áreas.” Deja de mirarme, mira dentro del camión, estableciendo una neutralidad entre él y la empapada oscuridad. “No me interesa cómo lo haga,” dice, frente al camión, “pero debe hacerlo.”

Cruzó mi mirada hacia los hombres. “¿Cuántos de ustedes no firmaron para ir al baile?”

“A mí no me mire,” dice Valentine Avenue. “Yo firmé.”

“¿Quién no firmó?” digo. “¿Quién está aquí sólo porque se enteró del baile?” – Eso fue bueno, Sargento. Sigue así.

“Hágalo fácil, Sargento,” me dice el teniente, asomando la cabeza al camión.

“Vamos, ya. ¿Quién no firmó?” –Vamos, ya. Quién no firmó. Nunca en la vida escuché una pregunta tan burda.

“Todos firmamos, Sarg,” dice Valentine Avenue. “Alrededor de unos siete hombres firmaron en mi escuadrón.”

Perfecto. Seré brillante. Les ofreceré una linda alternativa.

“¿Quién prefiere salir en una película sobre el Campo a ir al baile?”

Ninguna respuesta.

Respuesta.

Silenciosamente, Portner (el tipo Memphis-Dallas) se levanta y enfila para salirse. El resto le abre paso para dejarlo salir. Yo también me muevo a un costado… Ninguno de nosotros le dice a Portner, mientras pasa, lo importante y relevante que es.

Más respuesta… “Uno más,” dice Fergie, levantándose. “Así que parece que los casados escribirán cartas esta noche.” Y salta del camión rápidamente.

Espero. Todos esperamos. Nadie más se adelanta. “Dos más,” carraspeo. Los acosaré. Los acosaré porque odio sus agallas. Son insufriblemente estúpidos. ¿Qué les pasa? ¿Creen que será la noche de su vida en ese tonto baile? ¿Creen que van a escuchar un maravilloso trompetista tocando “Marie”? ¿Qué sucede con estos idiotas? ¿Qué sucede conmigo? ¿Por qué quiero que se vayan? ¿Por qué de alguna manera también quiero irme yo? ¡De alguna manera! Vaya broma. Te mueres por irte, Caufield…

“Bien,” digo fríamente. “Los dos últimos a la izquierda. Vamos, fuera. No sé quienes son,” – No sé quienes son.- ¡Uff!

El tipo ruidoso, el que me gritaba para que la fiesta empezara en la carretera, sale. Había olvidado que estaba allí. Pero desaparece confusamente en la negra tormenta india. Le sigue, al menos tentativamente, un tipo pequeño- un muchacho, puedo verlo en la claridad.

Con el sombrero marino puesto, encorvado y cojeando, empapado, sus ojos fijos en el Teniente, el muchacho espera bajo la lluvia – como si hubiera tenido orden de ello. Es muy joven, probablemente dieciocho años, y no parece ser alguien que se pondría a discutir y a discutir en una tormenta así. Lo miro fijamente y el Teniente se da vuelta y lo mira también.

“Yo estaba en la lista. Firmé cuando la clavaron en la pared. Justo luego de que clavaran la lista.”

“Lo siento, soldado,” dice el Teniente, – “¿Listo, Sargento?”

“Puede preguntarle a Ostrander,” le dijo el muchacho al Teniente y metió nuevamente la cabeza en el camión. “Hey, Ostrander. ¿No fui yo el primero que firmó?”

La lluvia parece caer más fuerte que nunca. El muchacho que quiere ir al baile se empieza a empapar. Saco una mano y lo tomo del cuello del impermeable.

“¿No fui el primero que firmó la lista?” le grita el muchacho a Ostrander.

“¿Qué lista?” dice Ostrander.

“¡La lista de lo que querían ir a bailar!” grita el muchacho.

“Oh,” dice Ostrander. “¿Qué pasa con la lista? Yo estaba en ella.”

Oh, Ostrander, qué pesado.

“¿No era yo el primero en la lista?” dice el muchacho con la voz rota.

“No lo sé,” dice Ostrander. “¿Cómo podría saberlo?”

El muchacho se vuelve bruscamente hacia el Teniente.

“Yo era el primero en la lista, señor. En serio. Ese tipo del escuadrón – el extranjero que trabaja en limpieza- clavó la lista y yo firmé. Fui el primero.”

El Teniente dice, empapado, “Adentro. Sube al camión, muchacho.” El muchacho trepa al camión y los hombres rápidamente le hacen lugar.

El Teniente se vuelve hacia mí y me pregunta, “Sargento, ¿dónde puedo encontrar un teléfono por aquí?”

“A ver, en el puesto de Ingeniería, señor. Le mostraré.”

Cruzamos por entre los ríos de lodo que se habían formado alrededor del puesto de Ingeniería.

“¿Mama?” dice el Teniente en la bocina. “Estoy bien… Sí, mama. Sí, mama. Me las arreglo. Tal vez el sábado pueda salirme, eso dijeron. Mama, ¿está Sarah Jane allí?… Bueno, ¿me dejas hablar con ella?… Sí, mama. Lo haré si puedo; quizás el domingo.”

El Teniente vuelve a hablar.

“¿Sarah Jane?… Bien. Bien… Me las apaño. Le dije a mama que quizás el domingo pueda salir. –Escúchame, Sarah Jane. ¿Cómo está el auto? ¿Pudiste hacer que lo reparen? Bien, bien; es un buen precio, con todos los repuestos.” La voz del Teniente cambia. Ahora es mucho más informal. “Sarah Jane, mira. Quiero que vayas adonde Miz Jackson esta noche… Bueno, así es: tengo aquí a unos cuantos muchachos para una de sus fiestas. ¿sabes?… Sólo quiero decirte que son demasiados… Sí… Sí… Sí… Ya lo sé, Sarah Jane; sé que está lloviendo… Sí… Sí…” La voz del teniente se endurece de pronto. Dice, “no estoy pidiéndotelo, niña. Te lo estoy diciendo. Ahora, quiero que vayas adonde Miz Jackson rápidamente – ¿bien?… No me importa… Está bien. Está bien. Te veo más tarde.” Cuelga.

 

Empapado hasta lo huesos, los huesos de la desolación, los huesos del silencio, caminamos lentamente hacia el camión.

 

¿Dónde estás, Holden? No me importa esto de la desaparición. Deja de hacer tonterías. Aparece. Da la cara donde sea que estés. ¿Me escuchas? ¿Lo harías por mí? Hazlo simplemente porque yo todo lo recuerdo. Porque no puedo olvidar nada que sea bueno. De modo que escúchame. Sólo ve con algún oficial, ve donde algún G.I, y dile que estás Aquí – no desaparecido, no muerto, nada más que Aquí.

Déjate ya de joder. Deja de decirle a la gente que estás desaparecido. Deja de llevar puesta mi bata en la playa. Deja de ponerte de mi lado en la corte. Deja de silbar. Siéntate a la mesa…

 

 

 

Traducción: Martín Abadía

Título original: This sandwich has no mayonnaise ( Esquire XXIV, Octubre de 1945, pág. 54-56, 147- 149 )


[1] La escuela preparatoria a la que asiste Holden Caufield en The Catcher in the Rye es Pencey.

 

 

 

 

 

Dossier Salinger: Eso del Amor o Parecido

 

 

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Infaltables discusiones, quejas y derrumbes. De arrepentirse, volver a casa y abrazar. No se trata –es lo que menos quiero- de definir las relaciones ni de puntualizar cómo y cuando, qué y dónde. Se trata, creo, al menos en este caso, de leer Las Dos Partes Implicadas y encontrarlo. Ver algo y no saber cómo entrar, pero querer hacerlo. El cuento inédito de Salinger, de 1944, trata sobre lo que dije, y de mucho más.

 

Lo narra Billy, marido de Ruthie. Y lo narra con la ironía y locura de los que buscan el problema, pero también se arrepienten. La historia es así: ella se casa muy joven, torciendo la voluntad de la madre. Él la quiere. Ella lo quiere. Tienen un hijo.

 

Se van a un bar y discuten. Él, dice ella, sale mucho. Él, asegura, no sale tanto. Insensible. Alguien llora. Es ella. Sale del bar y lo espera en el auto. Van a casa. No se hablan. Al día siguiente, él sale a trabajar. Cuando vuelve, ella ya no está.  

 

Dijo que desde luego entendía lo que quería decir, y dijo que también entendía lo que quería decir su madre, cuando su madre dijo que éramos demasiado jóvenes para casarnos. Dijo que ahora entendía lo que querían decir muchas cosas.

 

Frases que se dicen para que duelan. Y el subtexto propuesto por Salinger es claro: se sabe herir cuando se ama. En todo cuento de amor, de abandono, no puede faltar la nota. Un mensaje que se deja, algo oculto, pero lo suficiente visible como para que el otro lo vea. Y lo lea. Lo lea muchas veces hasta, como en este caso, se lo aprenda de memoria.

 

Billy: No veo que sirva de nada que sigamos juntos. Tú no pareces darte cuenta de que ya nos va tocando perder ciertas cosas. De que ya nos va tocando pasarlo de otra manera. No sé cómo decirte lo que quiero decir. De todas formas, no sirve de nada volver a machacar sobre ello, porque tú ya sabes lo que yo siento, y sólo hace que te enfades de todas formas. Por favor no aparezcas por casa de mi madre. Si quieres ver al niño, por favor, espera un poco.

 

¿Y qué hacer? Primero sentir la ausencia. El lugar no es el mismo. La locura de hablar solo e intentar poblar el vacío físico que es, en definitiva, el vacío del corazón. Así; bien cursi. Y Billy camina por la casa. Abre puertas y llama en voz alta a Ruthie. Pero Ruthie, y él lo sabe, no está. No hay nadie.

 

                                                                                                                                                                       bogart1 

Billy se siente Humphrey Bogart. Y canta: Moonlight Becomes You. Es la canción de ellos. Toda pareja tiene una canción. You’re all dressed up to go dreaming Now don’t tell me I’m wrong And what a night to go dreaming Mind if I tag along. Y Billy busca auxilio. Los amigos. Ahí tienen que estar los amigos. Pero no. No están. Nadie contesta o si contestan se han ido. Nadie puede ayudarte: Moonlight Becomes You.

 

 

Luego, casi como una regla inquebrantable, no hay que hacerle caso a la nota. Nunca. Si te dicen no llamar, llamas. Salinger lo dice claro: en esto de las relaciones nunca hacerle caso al otro. No hacerle caso a nadie. Entonces él la busca. Y llama. ¿Dónde? A la casa de la madre. La mujer no huye, se esconde. Se refugia. Aún estás a tiempo. Aún no aparece otro.

 

Contesta la madre. Ella dice que Ruthie no está, pero todos sabemos que sí está. Una regla más: nadie te hará las cosas fáciles. Es el precio a pagar. Nadie entenderá que tú, Billy, no quieres seguir pagando. No importa quién tiene la culpa: la culpa siempre será tuya. La culpa que sea. La culpa de no darte cuenta, por último. Y Ruthie ve a la madre y escucha a la madre y no lo soporta.: se pone al teléfono.

 

Ella dijo que volvería a casa.

 

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Y vuelve. Regresa. Él la espera. Se abrazan. El amor sigue. Pero la nota, la nota ya te la aprendiste de memoria. Por más que se haya solucionado, la memoria guarda las palabras dichas. Está escrita. Para Amar debes evitar soñar.

 

Se acuestan. Él despierta a mitad de la noche y no la encuentra. Va al salón y ahí está. Entonces, y como clausura final, Billy, al verla, define el amor: Ustedes no han visto nunca a mi mujer cuando lleva puesto un pijama azul o un vestido azul o un traje de baño azul. Yo nunca supe de qué color iba vestida una chica hasta que conocí a Ruthie. Pero con Ruthie se sabe que lleva puesto algo azul.

 

Y vivieron felices para siempre.

 

 

 

R.S

 

 

 

 

 

Dossier Salinger: Ligera Rebelión en Madison

 

 

Nota: este relato inédito, al igual que “Este sándwich no tiene mayonesa”, incluido también en este Dossier, pertenece a The Complete Uncollected Stories I and II y apareció en The New Yorker, el 22 de Diciembre de 1946 (pág. 76- 79 / 82- 86)  Algunas de las escenas que lo ocupan han sido más tarde utilizadas y reformuladas por Salinger en su novela The Catcher in the Rye. (N. del. T)

 

 

 

 

Ligera Rebelión en Madison

 

 

 

Por J. D. Salinger

 

 

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Cuando sale en vacaciones de la Escuela Preparatoria para muchachos Pencey (“Un docente por cada diez estudiantes”), Holden Morrisey Caufield generalmente lleva puesto su sobretodo y un sombrero de bordes pronunciados hacia la copa. Mientras pasan los autobuses de la Quinta Avenida, algunas chicas que conocen a Holden a menudo piensan que lo verían caminar por Saks’ o Altman’s o Lord & Taylor’s, pero generalmente se trata de otra persona.

 

Este año, las vacaciones de Navidad de Holden en la Preparatoria Pencey concidieron con las de Sally Hayes en la Escuella Mary A. Woodruff para señoritas (“especial atención a aquellos con cierta tendencia por la dramaturgia”). Al salir de vacaciones de Mary A. Woodruff, generalmente Sally no lleva sombrero aunque sí un nuevo abrigo azul plateado de piel. Mientras camina por la Quinta Avenida, los muchachos que conocen a Sally piensan a menudo que la verían pasar por Saks’ o Altman’s o por Lord & Taylor’s. Pero generalmente se trata de otra persona.

 

En cuanto llegó a New York, Holden tomó un taxi a casa, dejó su Gladstone en el recibidor, besó a su madre, abultó su abrigo y su sombrero convenientemente en una silla y marcó el número de Sally.

 

“Hey,” dijo a la bocina. “¿Sally?”

“Sí, ¿Quién habla?”

“Holden Caufield. ¿Cómo estás?”

“¡Holden! ¡Bien! ¿Qué tal tú?”

“Genial,” dijo Holden. “Oye, ¡cómo va todo? Digo, ¿qué tal la escuela?”

“Bien,” dijo Sally. “Bueno, ya sabes.”

“Perfecto,” dijo Holden. “Óyeme. ¿Qué haces esta noche?”

 

Holden la llevó a Wedgwood Room esa noche, ambos iban bien arreglados, Sally llevaba un nuevo vestido turquesa. Bailaron muchísimo. El estilo de Holden era más lento, con pasos largos hacia atrás y adelante, como si bailara sobre una alcantarilla abierta. Bailaron con las mejillas juntas y a ninguno de los dos le importó si era bochornoso. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvieron vacaciones.

Se lo pasaron maravillosamente en el taxi que los trajo de vuelta a casa. En dos ocasiones, cuando el taxi se detuvo brevemente por el tráfico, Holden saltó en su asiento.

“Te quiero,” le soltó a Sally, apartando su boca de la de ella.

“Oh, cariño, yo también te quiero,” dijo Sally, y agregó, menos apasionada, “Prométeme que te dejarás crecer el pelo. El pelo rapado es muy cursi.”

 

Al día siguiente, el jueves, Holden llevó a Sally a la matinée a ver “Oh Mistress Mine”, la cual ninguno de los dos había visto. En el primer entreacto, salieron a fumar al vestíbulo y ambos acordaron vehementemente que los Lunts eran maravillosos. George Harrison, de Andover, también fumaba en el vestíbulo y reconoció a Sally, tal como ella lo esperaba. Habían sido presentados alguna vez en una fiesta y nunca habían vuelto a verse desde entonces. Ahora, en el vestíbulo del Empire, se saludaron con el mismo gusto de quienes parecen haberse bañado frecuentemente desde niños. Sally le preguntó a George si creía que la obra era maravillosa. George se tomó el tiempo para replicar, acercando su pie al de la mujer que estaba a su lado. Dijo que la pieza en sí misma no era ciertamente una obra maestra, pero que los Lunts, por supuesto, era ángeles.

“Ángeles,” pensó Holden. “Ángeles, por el amor de Dios. Àngeles.”

 

Luego de la matinée, Sally le dijo a Holden que se le había ocurrido una idea maravillosa. “Vayamos a patinar mañana por la noche a Radio City.”

“Bien,” dijo Holden. “Seguro.”

“¿Lo dices en serio?” dijo Sally. “No lo digas si no lo piensas en realidad. Digo, a mí me importa un bledo hacer una cosa o la otra.”

“No,” dijo Holden. “Vayamos. Será divertido.”

 

Sally y Holden eran malísimos patinando sobre hielo. Los tobillos de Sally chocaban el uno con el otro de una manera desagradable y los de Holden no lo hacían mucho mejor. Esa noche había allí cientos de personas que no tenían nada mejor que hacer que ponerse a mirar a quienes patinaban.

 

“Hagámonos de una mesa y pidamos algo de beber,” sugirió inesperadamente Holden.

“Es la idea más maravillosa que he oído en este día,” dijo Sally.

 

Se quitaron los patines y se sentaron en una mesa. Hacía calor en el salón y Sally se sacó también las manoplas de lana. Holden comenzó a encender fósforos. Los dejaba quemarse hasta que ya no podía sostenerlos; luego dejaba caer los restos en el cenicero.

 

“Mira,” dijo Sally, “Tengo que saberlo- ¿Vas a ayudarme o no con el árbol para Nochebuena?”

“Seguro,” dijo Holden sin entusiasmo.

“Digo, tengo que saberlo,” dijo Sally.

Holden dejó de pronto de encender fósforos. Se inclinó sobre la mesa. “Sally, ¿tú nunca te hartas de nada? Digo, ¿no te asusta a veces que todo termine siendo una mierda al menos que hagas algo?”

“Claro,” dijo Sally.

“¿Te gusta la escuela?” inquirió Holden.

“Es muy pesada.”

“Pero ¿la odias?”

“Bueno, no, no la odio.”

“Bien, yo la odio,” dijo Holden. “Dios, ¡cómo la odio! Pero no es sólo eso. Es todo. Odio vivir en New York. Odio los autobuses de la Quinta Avenida y los de la Avenida Madison y salir por el centro. Odio la película de la calle Setenta y Dos, con esas nubes falsas en el cielorraso, y que me presenten a tipos como George Harrison, y tener que usar el ascensor cuando quieres salir y los tipos que se quieren meter contigo todo el tiempo en Brooks.” Su voz se excito un poco más. “Cosas así. ¿Sabes lo que digo? ¿Sabes? Eres la única razón por la que estoy aquí en vacaciones.”

“¡Qué dulce eres!” dijo Sally, deseando que cambiara ya de tema.

“Dios, ¡cómo odio la escuela! Deberías ir a una escuela de chicos alguna vez. Todo lo que haces es estudiar y pensar lo importante que es que tu equipo de fútbol gane, y hablar de chicas y ropa y licor, y…”

“Ya. Escúchame,” interrumpió Sally. “Muchísimos chicos sacan algo más que eso de la escuela.”

“Estor de acuerdo,” dijo Holden. “Pero esto es todo lo que saco yo. ¿Ves? A eso me refiero. No saco nada de nada. Estoy desquiciado. Muy desquiciado. Mira, Sally. ¿Cómo decírtelo para que lo entiendas? Ésta es mi idea. Le pediré prestado su auto a Fred Halsey y mañana por la mañana nos vamos a Massachussets o Vermont o por allí. ¿No crees? Es precioso. Digo, es hermoso allí arriba, lo digo en serio. Alquilaremos una cabaña o algo así hasta que se me acabe el dinero. Tengo unos ciento doce dólares. Y luego, cuando el dinero se acabe, consigo un trabajo y nos vamos a vivir por allí, cerca de un arroyo. ¿Me entiendes? En serio, Sally, la pasaremos genial. Y luego, más tarde, nos casamos o algo así. ¿Qué dices? ¡Vamos! ¿Qué dices? Hagámoslo, ¿eh?”

“No podemos hacer algo así,” dijo Sally.

“¿Por qué no?” preguntó Holden estridentemente. “¿Por qué diablos no podemos?”

“Porque no se puede,” dijo Sally. “No puedes, eso es todo. Suponte que el dinero se acaba y no consigues trabajo. ¿Y entonces qué?”

“Conseguiré un trabajo. No te preocupes por eso. No tienes que preocuparte por eso. ¿Cuál es el problema? ¿No quieres venir conmigo?”

“No hablo de eso,” dijo Sally. “No hablo de eso en absoluto. Holden, tenemos muchísimo tiempo aún para hacer cosas así –todas esas cosas. Después de terminar la universidad y casarnos. Habrá muchísmos lugares maravillosos a los que ir.”

“No, no los habrá,” dijo Holden. “Será completamente diferente.”

Sally lo miró, la había contradicho muy suavemente.

“No será igual en absoluto. Tendremos que bajar en ascensores con maletas y tal. Tendremos que llamar a todo el mundo y decirles adiós y enviarles postales. Y yo tendré que trabajar con mi padre, pasear por la Avenida Madison y leer periódicos. Tendremos que ir a la calle Setenta y Dos todo el tiempo y ver los informativos. ¡Informativos! Siempre hay alguna tonta carrera de caballos o alguna señora que inaugura un barco estrellando una botella. No entiendes en absoluto lo que estoy diciéndote.”

“Quizás no. Quizás tú no entiendes, en todo caso,” dijo Sally.

Holden se puso de pie, con uno de los patines colgándole del hombro. “Me apenas muchísimo,” anunció bastante desapasionadamente.

 

Un poco más tarde de la medianoche, Holden y un chico gordo y poco vistoso llamado Carl Luce se sentaron en el Wadsworth Bar a tomar Scotchs y comer papas fritas. Carl también iba a la Preparatoria Pencey y estaba en su misma clase.

“Hey, Carl,” dijo Holden, “tú eres uno de esos tipos intelectuales. Dime algo. Suponte que te sientes harto. Suponte que empiezas a volverte loco, muy loco. Suponte que quieres abandonar la escuela y todo y largarte de New York. ¿Qué harías?”

“Bebe,” dijo Carl. “A la mierda con todo eso.”

“En serio, lo digo en serio,” rogó Holden.

“Siempre te fastidias por cualquier cosa,” dijo Carl. Y se levantó y se fue.

 

Holden siguió bebiendo. Se tomó nueve dólares de Scotch y a eso de las 2 de la madrugada, caminó de la barra a la antesala, donde estaba el teléfono. Marcó tres veces hasta que dio con el número que quería.

“¡Hooola!” gritó al teléfono.

“¿Quién es?” inquirió una voz fría.

“Soy yo, Holden Caufield. ¿Podría hablar con Sally, por favor?”

“Sally duerme. Habla la Sra. Hayes. ¿Por qué llamas a estas horas, Holden?”

“¿Quiero hablar con Sally, Sra. Hayes. Importante. Llámela.”

“Sally duerme, Holden. Llámala mañana. Buenas noches.”

“Despiértela. Despiéeertela Sra. Hayes, eh. Despiéeertela, Sra. Hayes.”

“Holden,” dijo Sally, al otro lado. “Soy yo. ¿Qué sucede?”

“Sally, ¿eres tú?”

“Sí. Estás borracho.”

“Sally, estaré contigo en Nochebuena. Iremos a cortar un árbol. ¿Qué dices? ¿Eh?”

“Sí. Ve a la cama ahora. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?”

“Cortaré un árbol para ti. ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Eh?”

“Sí. Ahora ve a la cama. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?”

“Cortaré un árbol para ti. ¿Eh? ¿Ok?”

“¡Sí! ¡Buenas noches!”

“B’enas noches. B’enas noches, Sally, preciosa. Preciosa. Sally, cariño.”

 

Holden colgó y se quedó junto al teléfono unos quince minutos. Luego metió otra moneda en la ranura y volvió a marcar el mismo número.

 

“¡Hooola!” gritó. “Hablar con Sally, por favor.”

Se escuchó un agudo tintineo mientras colgaban y Holden colgó también. Se tambaleó por un momento. Luego fue hasta los sanitarios y llenó el lavabo con agua helada. Sumergió la cabeza hasta las orejas y luego caminó hasta la radiador, goteando, y se puso debajo. Se quedó sentado debajo del radiador, contando las baldosas del suelo mientras el agua resbalaba por su cara y se le metía en la nuca, empapándole el cuello de la camisa y la corbata. Veinte minutos después, entró el pianista del bar a peinarse. Tenía el pelo ensortijado.

 

“¡Hey, amigo!” lo saludó Holden desde el radiador. “Tengo la butaca más caliente. Me apagaron las luces y estaba empezándome a enfriar.”

El pianista sonrió.

“Dios, tú sí que puedes tocar, eh,” dijo Holden. “Tocas realmente bien. Deberías estar en la radio. ¿Sabes? Eres buenísimo, amigo.”

“¿No quieres una toalla, muchacho?” le preguntó el pianista.

“No, ya no,” dijo Holden.

“¿Por qué no te vas a casa ya?”

Holden sacudió la cabeza. “Ya no”, dijo. “Ya no.”

El pianista se encogió de hombros y volvió a meter el peine en su bolsillo. Cuando salió del baño, Holden se quitó de debajo del radiador y pestañeó varias veces para dejar ir las lágrimas. Luego fue hasta el recibidor. Se puso el sobretodo sin abotonárselo y se colocó con fuerza el sombrero sobre la cabeza empapada.

 

Los dientes le castañeaban con violencia; se detuvo en la esquina y esperó el autobús de la Avenida Madison. La espera sería larga.

 

 

 

 

 

 

Traducción: Martín Abadía

Título original: Slight Rebellion off Madison (The New Yorker XXII, Diciembre de 1946, 76-79, 82 -86)

 

 

 

 
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