La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Algo Urgente – Joao Gilberto Noll mayo 15, 2009

Filed under: Literatura Brasilera,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 11:01 am
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Titulo Original: Alguma coisa urgentemente
(http://www.releituras.com/joaognoll_alguma.asp) El Cuento forma parte del Libro “Romances e Contos Reunidos” (1997)
Autor: Joao Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946) es un escritor brasilero que figura como una los máximos exponentes de la literatura de su país. Ha publicado cuentos y novelas. Entre sus principales libros está Bandoleiros (1985), Harmada (1993), Lord (2004), A Máquina do Ser (2006).
Traductor: Roberto Santander

 

 

 

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Los primeros años de vida provocaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre no sabía explicar muy bien el por qué de la existencia, y siempre se cambiaba de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más marcada de mi padre era el cambio. Se autoproclamaba filósofo sin libros, con una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, creía que mi padre era sólo un hombre amargado por haber sido abandonado por mi madre cuando yo era un niño. Vivíamos en ese tiempo en la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me sacaba a pasear todas las mañanas por la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba el nombre de los árboles. Yo no me conformaba con saber sólo los nombres, quería saber las características de cada vegetal, de qué lugar venía. Él me decía que el mundo no eran sólo esas plantas, sino que también eran las personas que pasaban y las que se quedaban y que cada uno tiene un drama personal. Yo le pedía que me cargara en sus brazos. Él me hacía caso y silvaba una canción medieval que afirmaba era su preferida. En los brazos de él, yo balbuceaba unos pensamientos peligrosos:
– ¿Cuándo te vas a morir?
– No te voy a dejar solo, hijo.
Me hablaba visiblemente emocionado y decía que antes me iba a enseñar a leer y escribir. Le gustaba comportarse como si yo no supiera lo que pasaba. Para qué leer –le preguntaba. Para describir la forma de este arbol –respondía un tanto irritado con mi pregunta. Pero luego se calmaba.
– Cuando aprendas a leer vas a poseer, de alguna forma, todas las cosas, incluso a ti mismo.
Hacia el final de 1969, mi padre se fue preso al interior de Paraná. (Dicen que le pasaba armas a un grupo de no sé qué tipo). Tenía en esa época una casa de caza y pesca en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.
Hacia el final de 1969, mi padre se fue preso al interior de Paraná. (Dicen que le pasaba armas a un grupo de no sé qué tipo). Tenía en esa época una casa de caza y pesca en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.
El día que él fue arrestado, una vecina de piel muy clara me sacó de mi hogar y me dijo que pasaría unos días en su casa, mientra mi padre estaba de viaje. No le creí, pero hice como si le creyese, porque es lo que le conviene a los niños. ¿Porque qué hubiese pasado si yo le decía que eso era mentira? ¿Qué hacer con un niño que sabe la verdad?
Me pusieron en un internado al interior de San Pablo. El Cura Director me miró y afirmó que ahí yo sería feliz.
– No me gusta este lugar
– Te acostumbrarás y hasta te va a gustar.
Los compañeros me enseñaron a jugar fútbol, a masturbarme, a robar comida de los Curas. Tenía una erección y se las mostraba. Mostraba también las manzanas y los dulces de los robos. Hablaba de mi padre. Uno de ellos me odiaba. Mi padre fue asesinado, me decía, con odio en los ojos. Mi papá era bandido, contaba él, con el corazón acelerado.
Yo me callaba. Es que había cosas que él decía sobre mi padre que presumían un conocimiento que yo no tenía. Llegó una carta de él. Pero el Director no dejó que la leyera; me llamó a su escritorio y me contó que mi padre estaba bien.
– Él está bien.
Agradecí, como lo hacía normalmente cuando tenía algún tipo de contacto con el Director, y salí murmurando:
– Él está bien.
El niño que me odiaba se acercó y dijo que a su padre le habían puesto diecesiete tiros.
En las clases de religión el Padre Amancio nos enseña a rezar el rosario y a repetir plegarias.
– Salve María –él exclamaba al principio de la clase.
– Salve María –repetían los alumnos al unísono.
Cuando crecí mi padre me vino a buscar. Él estaba sin un brazo. El Cura Director, entonces, me preguntó:
– ¿Quieres irte?
Miré a mi padre y le dije que yo ya sabía leer y escribir.
– Entonces un día sabrás todo –dijo.
Cuando nos fuimos, el niño que me odiaba se quedó mirándome desde la puerta del Colegio. Él estaba con su uniforme bien lavado y planchado.
En la carretera hacia San Pablo paramos en un restaurante. Pedí un cognac y mi padre no se espantó. Leía un diario.
Ya en San Pablo fuimos a una habitación donde no recibíamos visitas.
– Vamos a Río –dijo mi padre, sentado en la cama con el brazo que le quedaba apoyado sobre las piernas.
En Río fuimos a un departamento que quedaba en la Avenida Atlántica. De unos amigos, dijo él. Pero aunque el departamento estuviese amueblado, siempre estaba vacío, no iba nadie.
– Quiero saber –le dije a mi padre.
– Puede ser peligroso –contestó.
Apagué el televisor dispuesto a escuchar. Pero él dijo que no. Es muy pronto todavía. Para ese entonces, ya había perdido la capacidad de llorar.
Intenté olvidar. Mi padre me puso en un Colegio en Copacabana y comencé a crecer como tantos adolescentes en Río. Me acostaba con la empleada de Alfredo, un amigo del colegio, y, en la playa, a veces tenía que sentarme porque era común tener erecciones a vista de todos. Fingía, entonces, que observaba el mar, la performance de cualquier surfista.
No me gustaba constatar lo mucho que me molestaban algunas cosas. Pero mi padre desapareció nuevamente. Me quedé solo en el departamento de Avenida Atlántica sin que nadie lo supiera. Y yo ya me había acostumbrado al misterio de ese departamento. Ya no JoaoGilbertoNollquería saber a quién pertenecía, porque vivía solo. El secreto alimentaba mi silencio. Y yo necesitaba de ese silencio para seguir ahí. Ah, me olvidé de decir que mi padre había dejado dinero en un cofre. Ese dinero fue suficiente para siete meses. Gastaba poco e intentaba no pensar sobre qué pasaría una vez que se terminara. Sabía que estaba solo, viviendo de un dinero que se acababa, pero era necesario preservar la libertad de los jóvenes de mi edad, y falsificar la firma del padre sin remordimientos frente a cada exigencia del colegio.
La limpieza del departamento no me importaba. Estaba sucio. Muy sucio. Pasaba tan poco en casa que no le daba importancia a la mugre, a las sábanas inmundas. Tenía buenos amigos en el colegio, dos o tres amigas que dejaban que les metiera mano donde yo quisiera.
Pero el dinero se había terminado y yo estaba caminando por la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, una tarde noche, cuando noté a un grupo de muchachos parados en la esquina de la Barra de Ipanema, apoyados en un auto y enrollando un papelillo. Cuando pasé, ellos me ofrecieron. ¿Una fumada? Acepté. Uno de ellos me dijo mira, no te lo pierdas, amigo. Miré hacia donde habían apuntado y vi un Mercedes parado en la esquina con un hombre de unos treinta años adentro. Anda, me dijeron y empujaron. Y fui.
– ¿Quieres entrar? –me dijo el hombre.
Pensé en que lo había comido todo y que andaba sin dinero.
-Trescientos –dije.
Él abrió la puerta y me dijo que entrara, el auto subió la calle Niemeyer, y no había nadie en el cerro donde el hombre paró. Un casette tocaba música clásica, creo, y el hombre me dijo que era de San Pablo. Me ofreció un cigarro, un chicle y comenzó a sacarme la ropa. Pedí el dinero y me dio 3 billetes de cien nuevos. Desnudo, él se acercó a mí y comenzó a morderme como queriendo dejarme marcas, casi me saco un pedazo de la boca. Yo tenía un buen físico y eso lo excitaba, lo dejaba loco. El casette ya se había terminado y se escuchaba sólo un grillo.
– Vamos –dijo el hombre, encendiendo el auto.
Yo había disfrutado y necesitaba limpiarme con la ropa interior.
Al día siguiente mi padre volvió; apareció en la puerta, muy flaco y sin dos dientes.
Le conté:
– Ayer resolvi prostituirme, fui con un hombre a cambio de trescientos mangos.
Mi padre me miró sin sorpresas y dijo que intentara hacer otra historia con mi vida.
– Vine para morir. Mi muerte será cubierta por los diarios, la policía me odia, hace años que me busca. Van a descubrirte, pero no des ninguna declaración, di que no sabes nada. Lo que es, además, verdad.
– ¿Y si me torturan? – pregunté
– Eres menor y ellos necesitan evitar escándalos.
Fui hacia la ventana pensando que iba a reventar en lágrimas, pero sólo conseguí quedarme mirando el mar, sintiendo que necesitaba hacer algo urgentemente. Di vuelta la cabeza y vi que mi padre dormía. Sin embargo, no fue eso lo que pensé: pensé que él ya estaba muerto y corrí para sentir su pulso.
Aún estaba con vida. Necesito hacer algo urgente, repetía mi cabeza. Es que no me gustaba haber ido con el hombre la noche anterior, mi padre iba a morir y yo no tenía ni un puto centavo. ¿Cómo iba a sobrevivir? Entonces pensé en denunciar a mi padre, para que los diarios me recibieran y así conseguir casa y comida en algún orfanato, o en la casa de alguna familia. Pero no, eso no lo hice porque quería a mi padre y no estaba interesado en vivir en un orfanato ni con una familia desconocida. Sentía pena por mi padre acostado en el sofá, durmiendo y tan débil. Necesitaba comunicarme con alguien, contar lo que estaba pasando. ¿Pero a quién?
Comencé a faltar a clases y me quedaba caminando por la playa, pensando qué hacer con mi padre que se quedaba en casa durmiendo, feo y viejo. Y yo no había conseguido ni un 3463721328_b926690399_mputo centavo. Menos mal que tenía un amigo vendedor en los carritos de la Geneal que me regalaba unos Cachorro-Quente. Le decía que le pusiera bastanta mostaza, que calentara bien el pan, que le pusiera harta salsa. Me obecedía como si quisiera que me fuera bien. Pero no podía, no conseguía contarle lo que me estaba pasando. Sólo hablaba con él sobre el culo de las mujeres o alguna cicatriz en el estómago. Es cesárea, me decía. Y yo fingía que nunca había escuchado hablar de cesárea para que aumentara su placer de enseñarme sobre la cesárea. Un día me preguntó:
– ¿Tienes hermanos?
Respondí que tenía siete.
– ¿Un cabrón tu padre, eh?
Me demoré en contestarle. Tal vez era la ocasión de contarle todo, admitir que necesitaba ayuda. ¿Pero qué podía ofrecerme un vendedor de la Geneal salvo ir donde la policía y contarles? Entonces me callé y me fuí.
Cuando llegué a mi casa entendí que mi padre era un moribundo. Él ya no se acordaba de nada, tenía espasmos, se le doblaba la lengua y yo lo ayudaba. El departamento, en esa época, tenía un mal olor, como a podrido. Pero esta vez me dio lo mismo todo y comencé a ayudarlo. Le levanté la cabeza, e intenté acostarme con él.
-¿Qué estás sintiendo?
– Ya no siento nada –respondió.
– ¿Duele?
– Ya no siento ningún dolor.
De vez en cuando le traía un Cachorro-quente que mi amigo de la Geneal me daba, pero mi padre devolvía cualquier cosa y expulsaba los pedazos de pan y salchicha por el borde de la boca. Una de esas veces en que yo le limpiaba los restos de pan y salchicha de su boca, sonó el timbre. Fui a abrir la puerta con mucho miedo, con el paño todavía en la mano. Era Alfredito.
– La Directora quiere saber por qué nunca más fuiste al colegio. – me preguntó.
Entró y le dije que estaba enfermo, con la garganta inflamada, pero que volvería al colegio al día siguiente porque ya casi me había mejorado. Alfredito sintió el mal olor de la casa, estoy seguro, pero hizo como si nada pasara.
Cuando se sentó en el sofá noté la cantidad de polvo que había y cómo Alfredito se sentaba con sumo cuidado, como si el sofá se fuera a abrir, pero él fingía y hacía como si todo estuviese normal, ni la barata que bajaba por la pared de la derecha, ni los ruidos de mi padre, sus gemidos que venían de la habitación de al lado le importaban. Me senté en la poltrona y comencé a contarle todo lo que se me venía a la cabeza para distraerlo de los ruidos que hacía mi padre, de la barata de la pared, del polvo del sofá, de la mugre y el olor del departamento. Hablé sobre cómo en los días de enfermedad leía en la cama unas revistas de bromas, revistas danesas, ¿y sabes cómo conseguí esas revistas?, se las robé a mi papá, estaban escondidas en su cajón, no te las muestro porque se las presté a un amigo, un bandido que trabaja en un carrito en la Geneal de la playa, él se la mostró a otro un amigo que se masturbó con la revista en la mano, hay unas mujeres con unas piernas así y la cámara les tomó la foto justo aquí , bien aquí, amigo, cómo los tipos le sacaron esa foto a la mujer, es como para pajearse, la cámara cerca, y la mujer desnuda con las piernas en ésta posición, no estoy mintiendo, ya vas a ver, un día vas a ver, sólo que ahora la revista no la tengo yo, por eso es que te digo que enfermarse de vez en cuando es bueno, un día entero leyendo la revista, sin nadie que me moleste, sólo yo y mis revistas, nadie que te toque las pelotas, nadie, amigo, nadie.
Paré de hablar y Alfredito me miraba asustado, me miraba con cara de idiota, medio desconfiado, y no sé bien qué pasó por su cabeza cuando mi padre me llamó desde la otra habitación. Era la primera vez que mi papá me llamaba por el nombre; yo mismo me asusté tapa lordcuando lo escuché, y me puse de pie atemorizado porque no quería que nadie supiera sobre mi padre, sobre mi secreto, sobre mi vida. Quería que Alfredito se fuera y que no volviese nunca más. Entonces me puse de pie y le dije que tenía cosas que hacer, y él se fue caminando de espaldas en dirección a la puerta, como si tuviese miedo de mí, y yo le decía que mañana voy a aparecer en el colegio, puedes decirle a la Directora que mañana converso con ella, y mi padre me llamó de nuevo con su voz agonizante, y mi padre me llamaba por primera por mi nombre y dije chao hasta mañana, y Alfredito dijo chao hasta mañana, y yo continuaba con el paño de plato en la mano y cerré la puerta bien rápido porque no aguantaba más a Alfredito ahí, y fui corriendo y vi que mi papá estaba con los ojos duros, mirándome, y me quedé parado en la puerta pensando que yo necesitaba hacer algo, cualquier cosa, urgente.
 
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London, London ou Ajax, Brush and Rubish – Caio Fernando Abreu abril 13, 2009

 

 

Titulo Original: London, London ou Ajax, Brush and Rubish (http://semamorsoaloucura.blogspot.com/2007/08/london-london.htm) El cuento se encuentra en el libro Estranhos estrangeiros (1996)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander

 

 

 

LONDON, LONDON OU AJAX, BRUSH AND RUBBISH

 

Para Carlos Tèmple Troya

 

                                                                                                                                                                                                         09_caio_fernando_de_abreu

Mi corazón está perdido, pero tengo un mapa de Babylon City entre las manos. Primer día de fog auténtico. Hay un fantasma en cada esquina de Hammersmith, W14. Voy navegando en las waves de mi propio silbido hasta la puerta oscura de una casa victoriana.

 

Good morning, Mrs. Dixon! I’m the cleaner!

What? The killer?

Not yet, Lady, not yet. Only the cleaner…

 

Llamo a Mrs. Dixon de Mirs. Nixon. Es un poco sorda, así que no entiende bien. Tengo que gritarle muy cerca del pendiente (jamaicano) de su oreja derecha. Mrs. D(N)ixon usa un chaleco de piel (siberiana) muy elegante sobre una malla negra, y un collar de jade (chino) en el cuello. Sus ojos azules son impenetrables, y, cuando se contraen, hacen mover lentamente la red de adornos (belgas) que sujeta en su cabeza. Sólo cuando comienza a acariciar a su gato (persa) me presta atención

 

Where are you from?

I’m Brazilian, Mrs. Nixon.

Ooooooooooouuuuuu, Persian? Like my pussy cat! It’s a lovely country! Do you like carpets?

Of course, Mrs. Nixon. I love carpets!

Para mostrar interés, enciendo inmediatamente un cigarro. Pero Mrs. Nixon se intranquiliza, junto con el gato.

Take care, stupid! Take care of my carpets! They are very-very expensive!

 

Trae un cenicero de plata (Tailandés) y apago el cigarro (americano).  But, sometimes, yo hablo también un poquito de español e, if il faut, aussi un peu de français: navego, navego en las waves contaminadas de 3425797571_ebca48bc6dBabylon City, después me siento en el Hyde Park, W2, y presencio el encuentro de Carmen Miranda con una Rumbeira-from-Kiúba. Perhaps por los orígenes tropicales y respectivos back-grounds, se hablan por medio de quiebres y giros y quizá por el tono dorado de las hojas de otoño, (like “Le Bonheur”, ¿remember “Le Bonbeur”?), tal vez, maybe, se aman inmediatamente.  Pero Carmen huye, fiel a sus ya citados orígenes y repite enl(r)ouquecida[1], en portugués castizo, que ese amor ciego terminará por matarla. La Rumbeira-from-Kiúba, cuyo nombre, hasta hoy, no ha sido debidamente esclarecido, (something between Remédios and Esperanzá), decide tomar medidas con el fin de abandonar la old-fashion y se matricula en beginnerde danza moderna en The Place, Euston. NW1. Para consolarse del frustrado affair, todos los sábados va a Portobello Rd, Wll, donde se dedica a la investigación y eventual adquisición de porcelana china. Su pequeña habitación en Earl’s Court Rd, W8, está tomada. Ayer substituyó su almohada por una carísima pieza de la Dinastía Ming. Mientras, Carmen gana 20 libras por semana cantando “I-I-I-I-I-I-I like very much” en los intervalos de las sesiones de Classic, Nothing Hill Gate, Wll. Los sábados compra viejos zuecos con altísimas plataformas, tejidos y frutas en los barracones de Portobello –para llenar el hueco de su (c)hambre[2]. Tarde en la noche, cada una en su habitación, leen respectivamente a  Cabrera Infante y la lírica de Camões. Ambas esperan, secretamente, encontrarse cualquier  saturday de estos, entre candelabros art nouveau, ropas de paje renacentista, couves-de-bruxelas y pasteles de Jamaica, frente al Ceres, Portobello, Rd, W14, donde todo pasa. O casi. Pero todo es en secreto. Ninguna está dispuesta a hablar primero. Ninguna dejará vislumbrar alguna emoción detrás del make-up. It’s so dangerous, money, y, además, en Europa es así, hijo mío, trata de ir acostumbrándote. Pero siempre puede ser que sus ojos digan todo. Como en esas melosas y absurdas historias de Rumbeiras-from-Kiúba meeting Carmen-mirandas por las veredas otoñales de Hyde Park –donde las hojas, a quien le interese, siguen cayendo.

 

I think all Latin-American writers should write in English. Spanish is very difficult. But don’t worry, dear: Joseph Conrad learned to write only at nineteen…

 

Ampollas en las manos. Callos en los pies. Dolor de espalda. Músculos cansados. Ajax, brush and rubbish. Pelo duro por el polvo. Narices llenas de mugre. Stairs, stairs, stairs. Bathrooms, bathrooms. Blobs. Dolor en las piernas. Subir, bajar, llamar, escuchar. Up, down. Up, down. Many times got lost in undergrounds, corners, places, gardens, squares, terraces, streets, roads. Dolor, pain. Blobs, ampollas.

 

You’re not just beautiful. I think you’ve got some-thing else.

 

 

 

I’ve got something else. ¿Donde los castillos, los príncipes, las suaves vegetaciones, los grandes encuentros 3419049058_8052297ddb–donde las montañas cubiertas de nieve, los teatros, los ballets, la cultura, la historia –dónde? Paisaje duro, hard landscape. Tunecinos, japoneses, persas, indios, congoleños, panameños, marroquíes. Babylon City hierve. Blobs in strangers’ hands haciendo privado el balde lleno de sífilis, mientras tiro la descarga para que Mrs. Burnes (o Lascelley ou Hill ou Simpson) no escuche el grito.

 

What you think about the Women’s Lib?

Nothing. I prefer boys.

Chauvinist!

 

Ella está descalza, aunque hace frío. Tiene una falda colorida que llega  casi hasta el suelo lleno de basura. El pelo rojo de henna, con algunas mechas verdes. En los ojos, un pincel stone trazó enormes alas de purple butterfly. Como si su rostro fuera un jardín. Empuja un coche de niños vacío y canta. Canta cualquier cosa, así: “I’m so happy/ I’m so happy/’cause today is The Day/’cause today is a Sunny Day”. Es muy joven, pero la heroína le quitó el color de su piel. La boa azul se mueve con la brisa que causa un bus al pasar. Sonríe, se detiene, da media vuelta, y saca de dentro del coche una bolsa de pequeños vidrios y cordones dorados y toma un vidrio oscuro y salpica unas gotas de óleo en la punta de sus dedos y los pasa –slowly, slowly– por mi frente, por mi cara, por mi pecho, en las cicatrices suicidas de mi pulso de indio:

 You know and I know that you know: today is just The Day.

 

Hay olor a Sándalo, a Oriente. Yo no quiero decir nada, en ninguna lengua, no quiero decir absolutamente nada. No sonrío y dejo que se vaya con sus pies descalzos y sucios, bailando sobre la tela de su falda. Ella todavía canta. Respiro profundo, mientras espero que el bus pase, y siento Sándalo, siento Oriente.

Won’t you finisb your bloody cigarette?

Fuck off!

Very eccentric!

 

Mrs. Austin le apunta a las palomas del patio y dice que no se puede morir, ¿you know?, que tiene ochenta años pero que no se puede morir. ¿Qué sería de las palomas de Mrs. Austin si el muriese ahora? Me quedo parado en la esquina, las manos llenas de palomas, los pies en el jardín dorado de Mrs. Austin, que me dio cincuenta pence más. Ellas pasan, ellos pasan. Algunos miran, casi paran. Otros se dan vuelta. Otros, después de concluir que no he muerto, a pesar de mi pelo negro y ojos oscuros, se acercan solícitos y, como en esta isla no se puede andar impunemente por las esquinas, me agraden con su British hospitality:

 

― May I help you? May I help you?

― No, thanks. Nobody can help me.

 

Something else. Toco el pequeño cactus con los dedos llenos de ampollas rosadas. Es un frágil falo verde, cubierto de espinas blancas. Comprimo las espinas blancas contra la piel rosada de las ampollas de mis dedos. Pero nada pasa. Something else. Yo quería tocar “Pour Élise” al piano, ¿sabía? Es algo kitsch, lo sé, pero yo quería, y en el Brazil,  cariño, en el otro lado del mar, hay una tierra encantada que se llama Arembepe, y un poco más al sur hay otra, que se llama Garopaba. En estos sitios, todos los días son sunny-days, todos. Mon cher, tome sus maracas, su malla de ballet, sus platos chinos –toma todos los pedazos que perdiste en tus andanzas y ven a mi alfombra mágica. Te quieres volar conmigo hasta los sitios encantados? Something else. Coño. Apreto mis ampollas contra el falo verde. Y nada pasa. Como César Vallejo: “Tenemos en uno de los ojos mucha pena, y también en el otro, mucha pena, y en los dos, cuando miran, mucha pena. Carmen está excitada, el teléfono en las manos. Flash-back: Cármen-menina excitada con el pene del vecino entre las manos de uñas verde-menta, esmalte from Biba, High Street Kensington, W8. Quizá Remédios, Soledad o Esperanza. Zoom en los ojos. La boca escalarta repite enr(l)ouquecida[3]:

 

Pero si no te gusta esa de que te hablo, hay otra más al sur, o más al centro,  donde Io quieras,  cielo, donde Io quieras,  locura. Sometimes, penso que mio cuore es una basura, but “your body hurts me as the world hurts God”. I car it forget it.

 

Look deep on my eyes. Can you see? They’re lost. They’re completely lost. And I can do nothing.

 

 

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Camino, camino. Rimbaud fue a África, Virginia Woolf jugó en un río, Oscar Wilde fue a la cárcel, Mick Jagger se inyectó silicona en la boca y Arthur Miller se casó con Norma Jean Baker, que acabó entrando en la Hi$toria, si no que lo diga Norman Mailer. Mrs. Burnes no viene, no viene. Wait her and after call me. Espero, espero. Mrs. Burnes no viene.  En Amsterdam es hasta legal, pero nunca vi tanta mierda de perro en la calle. En Nicaragua un tercio de la población habla ahuara, que es una lengua hindú. En el muro cerca de casa, alguien escribió con sangre: “Flower-power is dead“. Es fácil, flaco, terminar en algo bueno: primero busca un departamento, después busca trabajo, una escuela, después, si sobra tiempo, amor. Después, si fuese necesario, y siempre es, motivos para reír o llorar –o cualquier cosa más drástica, como convertirte en adicto a la heroína, hacer auto-stop hasta Katmandú, traficar armas para los marroquíes o –siempre existe la old-fashion– morir de amor por alguien que tenga asco de tu piel latina. Why notP

 

Please, can you clean the other side of that door?

 

Primero, la sorpresa de no encontrar. Sorpresa blanca, larga, boca abierta. €10. El arriendo de la semana más uno o dos mazos de Players Number Six. Algunos sandwiches y buses,  five en la entrada, y five, please, a la salida. Reviso la bolsa: pasaporte brasilero, patchulí hindú, monedas suecas, sellos franceses, fósforos belgas, César Vallejo y Sylvia Plath. Ojo en el suelo. Alejo las piernas de las personas, las latas de basura, empujo bancos. Tengo dos opciones: sentarme en la escalera sucia y llorar o salir corriendo y tirarme al Támesis. Prefiero tomar el próximo tren para la próxima casa, navegar en las waves de mi propio silbido y esperar a Mrs. Burnes, que no viene, que no viene.

 

WHY?

I beg your pardon?

 

                                                                                                                                                                  3418238729_ac61a9638d_m

Anochece siempre temprano y en la sala discuten sobre las virtudes de la  princesa Anne. Alguien dice que el marido es muy caliente y escuchan un rock que habla de “una-isla-del-norte-donde-no-sé-si-por-suerte-o-por-castigo-fui-a-parar-por-un-tiempo-que-pasó-rápido-como-todo-tiene-que-pasar-hoy-día-yo-me-siento-como” si ahora fuese también ayer, mañana y después de mañana, como si la primavera no sucediese al invierno, como si nunca se debiese romper la cáscara del huevo, como si no fuese necesario encender todas las velas y todo el incienso que hay por las casas para alejar el frío, el miedo y la voluntad de volver. Pero el coche de niños est´vacío. La piedra de Brighton pare­ce un corazón partido. El tarro esconde la Torre Fulminada. Las flores amarillas sobre la mesa blanca todavía no mueren. El teléfono existe, pero no suena. En la pared hay un mapa del siglo no sé cuántos. El cactus. La aguja hace que la ampolla libere un líquido espeso y dulce. Siento dolor: estoy vivo. Lo último que vi del día reposa, como en un poema antiguo, sobre el uniforme de la tercera gran guerra  tirado al suelo por la ofensiva de la mañana siguiente: zapatillas francesas (treinta francos), blue jeans suecos (noventa coronas), suéter inglés (cuatro libras), abrigo marroquíe (noventa pesetas). Ahora valgo un poco más caro y mi precio está sujeto a las oscilaciones de la bolsa internacional. Cuando vuelvas, vas a ver como las personas sólo te dicen “Mira, él acaba de volver de Europa”. Te pondrán caras y te lanzarán miradas, y tendrás un status increíble. Con ese impulso podrás comerte a cualquiera. Flaca, tu me lo dijiste, lo sé, pero ¿dónde están tus dedos llenos de anillos? Y en la sala, en la sala discuten las virtudes del marido de la princesa Anne y cantan rock. David Bowie es una gran mujer, pero mi corazón es atlante. Tengo sol en Virgo, Marte en Scorpio, Venus en Leo y Jupiter en Sagittarius. Me ubico. Pongo el despertador a las siete de la mañana, cuando todavía está oscuro, y los autos están cubiertos por el hielo. Apago la luz y me tapo con el cobertor rojo. Sin embargo, y a lo lejos, alguien dice que a fin de año todavía tiene que venir el cometa. Busco un fósforo, enciendo un cigarro. La pequeña punta roja se queda brillando en la oscuridad. Sorry, in the dark: red between the shadows. Casi com un farol. Sorry: a lighthouse. Flaca, allá en la Bahía, encuentra mi pequeña luz. Extiende tu mano llena de anillos por sobre el mar y toca mi frente caliente de índio latino-americano y habla así, con un acento bien horroroso, que Shakespeare se retuerza en su tumba:

 

– De beguiner is ólueis dificulti, suiti ronei, létis gou tu trai agueim. Iuvi góti somessingui élsi, donti forguéti iti.

I don’t forget. Mi corazón está perdido, pero tengo un London de la A a la Z en la mano derecha y en la izquierda un Collins dictionary. Babylon City moribunda, ahogada en la basura occidental. But I’ve got something else. Yes, I do.

 

 


[1] Se mantuvo el original, privilegiando la doble significación del idioma nativo.

[2] Chambre: habitación en francés.

[3] Se mantuvo el original, privilegiando la doble significación del idioma nativo.

 

Informe de un tartamudo – Sérgio Sant’Anna enero 28, 2009

 

La Periódica Revisión Dominical inicia un ciclo de traducciones de actualización quincenal. El mismo contará con textos en los más diversos formatos y se intentará dar lugar a aquellos que bien sean inéditos en castellano o virtualmente desconocidos. En esta ocasión, presentamos “Informe de un Tartamudo,” del escritor brasilero Sérgio Sant’Anna.
Al pie de página, el lector encontrará una escueta reseña en torno al autor.

Texto extraído del sitio http://www.releituras.com/ Este texto está incluido en el libro “Contos e novelas reunidos” y fue publicado en “Figuras do Brasil” -80 autores em 80 anos de folha”, Publifolha – São Paulo, 2001, pág.308, organizado por Arthur Nestrovski. (N. del T.)
http://www.releituras.com/ssantanna_infgago.asp
Traducción: Roberto Santander.

 

 

 

 

Esmeralda no me miraba de frente, mientras terminaba de hacer la maleta.

 

– No quiero llevar muchas cosas porque allá hace frío y voy a tener que comprar ropa igual –dijo ella, intentando ser natural.

 

Cuando pasó una vez más cerca de la cama, la tomé del brazo.

 

– No hagas las cosas más difíciles. –Esmeralda se soltó.

 

– Sss…ó…sóó… – intenté sacar las palabras desde el fondo, sintiendo la sangre fluir hacia mi cabeza, como si yo fuese a explotar.

 

-¿Pero sóó… qué, por el amor de Dios?

 

– Só…lo…uuna…vez más! – finalmente conseguí decirlo, con mucho sacrificio.

 

Esmeralda mi miró de arriba a abajo y movió su cabeza, como si no pudiese creer lo que veía. De repente, se sacó del tirón el vestido, se sacó el calzón, las sandalias y saltó a la cama. Me sacó la ropa, clavó sus uñas esmaltadas en mi pecho y se lanzó encima mío, haciendo sonar sus pulseras.

 

– Ah, mi amorcito, es rico hacerlo contigo. Soy tuya, ¿ves? Toda tuya, para que no te olvides nunca de mí…- me dijo eso y un montón de cosas más, todas muy rápidas, como si no quisiera perder tiempo.

 

– Listo, ¿estás satisfecho?

 

Luego de que todo acabara, Esmeralda miró su reloj de mano y se puso de pie. Fue hacia el armario, tiró la percha con la ropa de viaje, abrió y cerró con un fuerte ruido el cajón y entró al baño, golpeando la puerta. Cuando salió, estaba duchada, vestida y maquillada.

 

– No te vas a quedar ahí desnudo con esa cara de taza, ¿no? –dijo ella, con las manos en la cintura y las piernas alejadas una de otra, quietas sobre la alfombra.

 

Pese a que me lo había prometido, no conseguí aguantarme por más tiempo:
 

-¡Qué..da…te..con…migo!

 

Esmeralda fue hasta donde estaba su bolso y tomó su pasaje de Lufthansa.

 

– ¿Pero no te vas a convencer nunca? ¿No te das cuenta? Un tipo raquítico, con ese pecho encorvado, al que le dieron licencia en el banco porque tartamudea cada vez que está frente a alguien, pero habla solo y gesticula en el medio de la calle. ¿Te das cuenta por qué yo no quería despedidas? ¿Y mi futuro no tiene ninguna importancia? –Esmeralda agitaba su pasaje, con lágrimas en los ojos.

 

Pese a todo, cargué la maleta hasta abajo y esperé que Esmeralda entrara en el taxi.

 

-No me juzgues –dijo ella, antes de cerrar la puerta. –Ni hagas ninguna tontería –agregó, bajando un poco la ventana del auto. Luego, volvió a cerrarla.

 

El conductor partió e hice el gesto de despedida con la mano, mientras Esmeralda se acomodaba en el asiento trasero. Cuando el auto dobló la esquina, me di cuenta que continuaba con la mano erguida, inmóvil y la guardé rápidamente. Miré para todos lados y comencé a caminar, aparentando normalidad.

 

– No, yo no voy a juzgarte, Esmeralda, pero hubo un tiempo en que tu futuro éramos tú y yo, y creías que era genial ser amiga de un funcionario del Banco de Brasil, aunque estuviese retirado –dije, esta vez sin fallar, porque hablaba solo y mis palabras se perdían en el viento; eran ondas dispersas que nadie, a no ser yo mismo, sintonizaba. Cuantas palabras, en ese movimiento continuo de gente sufrida, inexpresiva, meros extras, rostros en la multitud.

 

– Pero tú exageraste, Esmeralda: mis gestos son discretos, apenas un hombre que garabatea el aire, con el puño junto a la escritura, sintiendo que sus palabras y pensamientos se escriben.

 

Los Tartamudos no son estúpidos como podría parecer. Muy por el contrario, lo que un tartamudo no consigue es acompañar la velocidad vertiginosa de su pensamiento, y las palabras son un estorbo en el que tropieza. Los tartamudos pueden convertirse en óptimos matemáticos, músicos, filósofos, escritores, siempre que no tengan que dar charlas al respecto. Pero pensando, componiendo, efectuando operaciones abstractas o escribiendo, no se tartamudea, porque el tormento del tartamudo son los otros, la vigilancia de ellos, su atención y mirada. Por eso un tartamudo no tiene problemas cuando habla consigo mismo y éste es un hábito que puede adquirir, no sólo para escuchar limpiamente su propia voz, sino también para organizarse, ampararse en una especie de bastón para su soledad lingüística, abrir un paracaídas antes de sumergirse en el abismo del alma. Un tartamudo, entonces, tartamudea porque es muy rápido. Está seguro que todo pensamiento, incluso los más tontos, lo son; por tanto, el de los tartamudos aún más. Y, por la disciplina que impone su modestia, el tartamudo es capaz de una verbalización elegante, cristalina, precisa, no importa si hacia adentro o hacia fuera, siempre para ningún oyente, y también de una observación simultánea de lo que está hablando o pensando, lo que hace del tartamudo un registrador permanente de su flujo vital y verbal.

 

Yo sólo había ido hasta la esquina y había regresado al departamento desierto. El vestido, aún tirado en el piso, conservaba un poco la forma y volumen del cuerpo, como un balón desinflado, y las ropas del armario constituían un verdadero Museo Esmeralda, con sus evocaciones, su historia. Por ejemplo, el vestido plateado, con escamas brillantes, parecidas a lentejuelas. Tú tenías puesta la música muy alta y ensayabas una coreografía para la prueba del show de mulatas. De repente, me empujaste al centro del salón y me intentaste hacer bailar samba. Después desististe, me empujaste y te dejaste caer en el sofá, descompuesta y sudada.

 

– ¡Tartamudo idiota!

 

Avancé, temblando, como si fuera a pegarte. Al llegar cerca de ti, levantaste tu vestido, con una risa de borracha. Me arrodillé a tus pies y sumergí el rostro entre tus piernas.

 

– No, yo no voy a hacer ninguna tontera, Esmeralda, porque si yo desaparezco, desapareces conmigo. Y, entre tenerte de ésta manera, aunque sufra, y la nada, prefiero tenerte a ti, como un arañazo latiendo en el pecho.

 

Tomé el vestido tirado en el piso, que todavía conservaba tu olor, casi el calor de Esmeralda, y me tiré con él a la cama, como si fuese la mismísima Esmeralda. Te puse de bruces y ahora mirábamos hacia la misma dirección: el espejo, en la puerta abierta del armario. Y lo que en él se estampaba, más allá del capricho egoísta, la baba lasciva, los ojos desorientados de Esmeralda, era mi gozo angustiado y mi conciencia aguda. La consciencia de que no podía dejar de ser como éramos. Pero todavía más que eso: de que yo quería ser quien era.

 

Pero tú te engañas, Esmeralda, si crees que podrás librarte de mí. Luego llegará el día en que, al lado de ese alemán, sentirás un frío que nunca sentiste y un vacío por dentro. Tal vez entonces, te des cuenta de que te quedaste todo este tiempo conmigo porque soy tartamudo.

 

Los tartamudos son grandes amantes, discretos, silenciosos, objetivos, concentrados. Queda descartada desde el principio, por su propia condición, la hipótesis de atribuirse a sí mismos mucha importancia y la pretensión de ocupar el centro del escenario; se dedican, en cuerpo y alma, al placer de la mujer que les tocó, que pasa a ser también el placer y la felicidad del tartamudo. Y, si temen aburrir hablando, los tartamudos son aún más tímidos como para convertirse en repulsivos y pegajosos con caricias en exceso y a cualquier hora. Entonces, el amor canino de un tartamudo por la mujer es camuflado por la prudencia, desconfianza y sensualidad furtiva de los gatos. Como estos, buscan pasar desapercibidos, cuando, en realidad, están muy alertas de esa otra presencia en su espacio y actúan, principalmente, cuando son solicitados. No son, por otra parte, egoístas como los gatos; aprenden luego lo que la mujer desea, sin que sientan ninguna vanidad al satisfacerlas, como los hombres mediocres. Por eso el buen tartamudo es tan astuto y misterioso que termina por mortificar a la mujer que pasó, por destino, a dividir con él la tela –confundiéndose la araña de su presa- viendo ella en el tartamudo un enigma a descifrar. Se siente enaltecida al satisfacer su concupiscencia refinada, edificada lentamente en la contención. Alcanzan, entonces, los amantes, el ápice del conocimiento mutuo; que es cuando la satisfacción de la fantasía de uno corresponde exactamente a la fantasía del otro. Y la mujer que se hace amante de un tartamudo acaba por expresarse, de algún modo, en él, sin esperar otra respuesta que no sea del cuerpo –o del alma que sólo se traduce en el cuerpo: “Ven, haz conmigo lo que tú quieras”: Y el tartamudo lo hace.

 

 

Sobre el Autor: Sérgio Sant’Anna (Rio de Janeiro, 1941), escritor que ha publicado cuentos, teatro y novelas. Entre sus principales libros están: Simulacros (1977); A Senhorita Simpson (1989); Um crime delicado (1997); O vôo da madrugada (2003). Participará en el proyecto multidisciplinario que organiza la productora RT, junto a otros escritores latinoamericanos –Alan Pauls, Joao Gilberto Noll, Mario Bellatin, etc- que consiste en escribir un cuento a partir de una canción y, luego, adaptarlo a un Telefilm.

 

 

 

Noll, un viaje narrativo noviembre 14, 2008

110_415-cult-noll1Lord (2004), del escritor brasilero Joao Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946) es una novela que transcurre en las calles de Londres. La presentación del argumento se podría resumir así: un escritor brasilero, con siete libros publicados, conoce a un inglés en Brasil. Éste lo invita a pasar una temporada en Londres, con todos los gastos pagados. El escritor brasilero, cuyo nombre no conocemos ni conoceremos a lo largo de la novela, viaja. Se va. Llega a Londres. Se encuentra con el inglés que trabaja en una extraña organización, y se ubica en el departamento que le tiene preparado. El personaje principal desconoce lo que viene a hacer en Londres. No sabe para qué lo quieren. Se reconoce sólo por su condición de escritor y brasilero.

 

98711565101Los vínculos, directos o indirectos, con El Castillo, novela de Franz Kafka, al menos en la situación inicial del protagonista, son inevitables. El agrimensor de la novela de Kafka no conoce cuál es su misión, no sabe con exactitud quién lo llamó. La duda, la incertidumbre, también son visibles en el comienzo de la novela de Noll. Pero las referencias a Kafka podrían terminar ahí. La construcción de tiempos y espacios narrativos basados en un proceso de ocultar información al lector, son la base de ambas novelas. Tal como al protagonista, los lectores tampoco saben qué es lo que ocurrirá a continuación, porque todos los referentes informativos están ocultos. Estrategia narrativa –o no- Noll comienza su relato en el momento preciso y desde el mejor de los estados: la ignorancia.

 

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Con un estilo que recuerda a Beckett, Noll nos relata los sucesos a los que se enfrenta su protagonista en esta nueva ciudad. Sin embargo, estos sucesos, más que hechos como los conocemos, configuran un relato por los diferentes estados mentales del personaje principal. La búsqueda de la disolución, la desaparición de los rastros, del pasado, se van intensificando a medida que la novela avanza. Los espejos, que le recuerdan quién es, funcionan como símbolo de una identidad que se pretende ocultar. Porque esta novela, más allá de ser una novela centrada –en cuanto a su acción- en el continuo devenir del protagonista por Londres, es una novela donde el sujeto busca –consciente o forzado por las circunstancias- la anulación de su identidad. Y la identidad, se dice, se supone, lo creo yo también, parte de una memoria que nos permite remontarnos al origen. A la propia, pero siempre alterable –cuando se quiere narrar-, historia personal*.

 

gilberto“Sabía que estaba en Inglaterra, en su capital, por el llamado de un inglés que parecía necesitar bastante de mis servicios para que el suyo avanzara, progresara, de eso no me olvidaría jamás, porque yo todavía tenía esperanzas de que, guardando con celo ese núcleo que constituía mi historia en aquel momento, podría un día quién sabe recuperar la memoria de lo que sustentaba ese núcleo, sus entrecruzamientos, consecuencias, rellano, incluso rimas.” (Noll, 34)

 

Es quizá la fragmentación de la identidad, como sostiene Ricardo Piglia, en Formas Breves,  una de las constantes de la narrativa contemporánea.

 

028_8317hyde-park-londres-posters1“La metáfora borgeana de la memoria ajena, con su insistencia en la claridad de los recuerdos artificiales, está en el centro de la narrativa contemporánea. En la obra de Burroughs, de Pynchon, de Gibson, de Philip Dick, asistimos a la destrucción del recuerdo personal. O mejor, a la sustitución de la memoria propia por una cadena de secuencias y recuerdos extraños. Narrativamente podríamos hablar de la muerte de Proust, en el sentido de la muerte de la memoria como condición de la temporalidad personal y la identidad verdadera. Los narradores contemporáneos se pasean por el mundo de Proust como Fabrizio en Waterloo: un paisaje en ruinas, el campo después de una batalla. No hay memoria propia ni recuerdo verdadero, todo pasado es incierto y es impersonal.”(Piglia 63)

 

Y sigue Piglia:

 

“La clave de este universo paranoico no es la amnesia y el olvido, sino la manipulación de la memoria y la identidad (…) El héroe vive en la pura representación, sin nada personal, sin identidad. Héroe es el que se pliega al estereotipo, el que se inventa una memoria artificial y una vida falsa.” (Piglia 64-65)

 

na29fo01Podemos ver que Noll, con su novela, pertenece a esta nueva tradición de la que habla Piglia. Un héroe que se aleja del estereotipo clásico, y elabora un proceso de destrucción identitaria, basándose en el olvido de los recuerdos más inmediatos. Tapar el origen, pero no arbitrariamente, sino porque es el único camino que le queda para subsistir. Una ciudad nueva, una misión desconocida, personajes que aparecen y desaparecen sin expresar sus reales intenciones. La novela del escritor brasilero es un tránsito hacia la disolución del individuo. Y el sujeto, para afrontar las nuevas circunstancias, debe olvidar y volver generar una memoria con las imágenes más inmediatas.

 

Cuando se mira al espejo, en el comienzo, no le gusta lo que ve.

 

noll332“Encontré un clavo en la pared de la bañera para colgar el espejo. De modo que tenía que meterme dentro para mirar quién era este señor aquí. Sin sacarme ni el saco de la calle ni el gorro, miré. Yo era un señor viejo. Sin duda que antes ya tenía cierta edad. Pero ahora no me reconocía, de tantos años que habían pasado. ¿Qué querían ellos con un hombre que podía ya tan poco? ¿O es que esperaban de mí la decantada sabiduría del anciano? ¿Y qué sabiduría podría mostrar en algún coloquio, quién sabe incluso en una pequeña exposición acerca de aquello que me había quedado, mis delirios?” (Noll 27)

 

Decide maquillarse. Quiere ocultar todo lo que puede recordarle otra época. Otro tiempo. Otra persona, incluso.

 

“Por todo eso yo me maquillaba en el baño de la National Gallery, sin que nadie entrara o saliera, como si estuviese en mi camarín listo para salir a festejar. Sería un hombre distinto, la piel suave de un gentleman. Todos irían a escucharme, el auditorio repleto. ¿Qué me quedaba por decir después de haber dicho tanto durante todos esos años? ¿Haber dicho exactamente qué? Sé que me estaba maquillando a la perfección. Salí más tieso que nunca.” (Noll 29-30)

 

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Así es el personaje de Noll. Maquillado, sale a la calle a pasear. Vaga por la ciudad, la camina, sale y entra de las tiendas, ocupa su tiempo –y el tiempo del relato- en reflexionar sobre lo que ve, pero más que sobre lo que ve, sobre qué es lo que hace ahí y qué hará con su nueva vida. Se decide, se contradice, se retuerce. Quiere algo y, algunas páginas más adelante, ya no lo desea. Es un personaje que va construyendo, con las indecisiones propias, y algunas ajenas, su identidad en la nueva ciudad donde le toca vivir.

 

“Autogestionado o no, yo caminaba más ágil en medio de ellos, oyendo pedazos de historias, tonterías, aspiraciones calladas, confesiones que mis oídos abortaban en el ansia de permanecer andando en la misma dirección. Si consiguiera ser aún más ese hombre que me impulsaba, intentaría por todos los medios mantenerme en Londres, ahora sí, y entonces escribiría otra historia –publicaría en inglés mi transformación en un alienígena, esa transformación que acabaría mórbida si yo no le daba un rumbo cierto. Viviría en Bloomsbury. El mismo tipo que me había llamado para venir a Londres no me reconocería más y yo perdería todos los lazos con él. Me convertiría en uno de aquellos autores inmigrados, sin nacionalidad precisa, sin bandera para desplegar ante cada charla, cada conferencia. Todo se fundía en mi cabeza, como la tintura y el maquillaje que se escurrían por mi rostro patético en el espejo”.  (Noll 35-36)

 

Esboza sus ansias de desprenderse de la nacionalidad, como un signo y gesto de independencia y libertad. Ser irreconocible. No tener pasado, ya que ser brasilero, ser latinoamericano, en un punto, trae consigo una condena irrenunciable.

 

Hablo de condena porque la vida ociosa que lleva en Londres, sin preocupaciones de dinero, de una u otra forma lo incomoda. Cuando camina, cuando ve los vagos, los negros a la salida de la iglesia, toda la vida callejera que se esconde durante el día, anhela ser uno de ellos. Y no lo anhela, necesariamente, como si esto fuera una opción, sino porque, al ser latinoamericano, es el espacio que debería ocupar.

 

tapage1“…ensayaba ahuecar la mano en forma de concha para pedir limosna para la noche helada, me acostaba en el piso de piedra, fingía estar agonizando a cielo abierto, sufriendo de desnutrición aguda, ser el más desamparado de los mendigos. Había sido hecho para aquello, desde chico lo sabía, no para obtener magros subsidios de universidad europeas. Ésa era mi condición, morir congelado por las calles de Londres, tal vez sufriendo, en el fin, un espasmo, un síncope que fuera hasta la cúpula del cerebro convertido en gozo y que luego volviera por la boca, ¡ah!…, por la boca a sonreír de mi propia condición.” (Noll 57)

 

Dejo el tema de la condena latinoamericana planteado, como una idea discutible que no desarrollaré en este texto. Sin embargo, está presente y no se puede eludir. Tampoco seguiré desarrollando los pormenores de la pérdida, constante y sin regreso, de la identidad. Me centraré en otros aspectos, quizá menores, de la novela sobre la que escribo, pero de interés.

 

beckettDije, en un comienzo, que la sombra de Beckett está presente en el texto. El protagonista de la novela nos recuerda, por ejemplo, al personaje de El Innombrable, del autor irlandés. Samuel Beckett también desarrolla, en sus novelas y relatos, el tema de la identidad como una constante: “¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?” (El Innombrable, Samuel Beckett). La desorientación, el no saber qué se dice, cuándo se dice, dónde se dice, qué se hace, es otra de las similitudes entre la obra del autor europeo y la obra del escritor Brasilero. Escogiendo una cita de El Innombrable, por ejemplo, nos podemos dar cuenta de la intertextualidad, tanto temática como de forma, presente en Lord:

 

“El hecho parece ser, si en la situación en la que me encuentro se puede hablar de hechos, no sólo que voy a tener que hablar de cosas de las que no puedo hablar, sino también, lo que aún es más interesante, que yo, lo que aún es más interesante, que yo, ya no sé, lo que no importa. Sin embargo, estoy obligado a hablar. No me callaré nunca. Nunca.” ( Beckett 38 )

 

El las novelas de Beckett la situación de incertidumbre y desorientación está llevada a un extremo. No es el caso de Noll, no obstante, hay vestigios de que el autor brasilero procura generar la misma perplejidad cuando nos adentramos en la lectura de su obra. Y lo consigue.

 

Otro autor, también admirador de Beckett, que me recordó la lectura de Lord, es Paul Auster. Pienso en Ciudad de Cristal, por ejemplo, donde también la identidad fragmentada se desarrolla como tema. Quinn que, después de seguir a Stillman, y hacerse pasar por otro, incluso adoptando su nombre y profesión, ya no recuerda quién es.

 

560_web-dab-auster-par142887“Trató de pensar en la vida que había vivido antes de que co­menzara aquella historia. Le costó un gran esfuerzo, ya que aho­ra le parecía muy remota. Se acordó de los libros que había escrito con el nombre de William Wilson. Era extraño, pensó, que hubiera hecho aquello, y se preguntó por qué lo hacía. En su corazón comprendió que Max Work estaba muerto. Había muerto en algún lugar camino de su siguiente caso, y Quinn no conseguía lamentarlo. Ahora todo le parecía poco importante. Pensó en su mesa de trabajo y en los miles de palabras que ha­bía escrito allí. Pensó en el hombre que había sido su agente y se dio cuenta de que no recordaba su nombre. Estaban desapareciendo tantas cosas que era difícil seguirles la pista.” (Auster 159)

 

Los constantes paseos de Quinn por la ciudad, en la novela de Auster, tal como el personaje de Lord, generan otro tipo de similitud. Vagar por la ciudad, en estos tiempos, significa e implica algo más que un paseo. Vagar es partir sin rumbo. Es no saber dónde se va a terminar. Es no tener ruta. Cuando uno comienza a vagar por la ciudad, uno no se pierde, porque para comenzar a vagar ya se debe estar perdido.

 

Dejando de lado a Auster, paso a Thomas Pynchon. Si bien la prosa de Noll no tiene mayores similitudes con la de Pynchon, hay una escena en la novela que nos recuerda al autor norteamericano.

 

“Cómo pasan los aviones por el cielo de Londres, dije mirando por el vidrio. Me cansa contarlos en las noches sin sueño. Decenas en ese cuadrado de la ventana. (…) Cuando apagó la luz vi de nuevo, a través del vidrio, pasar un avión en dirección al Sur. Antes que el sueño me abatiera jugué con mi pija. Ella era un caso aparte en mi cuerpo: siempre dispuesta a querer más. (Noll 87)

 

thomas_pynchonLa situación puede parecer anecdótica, pero el sexo, como pulsión salvaje, está presente en la novela. Sin amor, los personajes se entregan por la mera necesidad de compañía corporal. Lo de los aviones y la pija me remonta, como decía, a El Arcoiris de la Gravedad de Thomas Pynchon. En ésa novela, el personaje principal, Tyrone Slothrop, tiene una erección cada vez que, atravesando el cielo, cae una de bomba V-2.

 

Si en la literatura se pueden trazar mapas, con Beckett, Auster y Pynchon encontramos cruces.

 

Noll escribió una novela que es un viaje físico, pero también mental, donde un personaje busca, desamparado en el extranjero, algo nuevo a lo que aferrarse. Intento no contar más detalles del desenlace de la novela (suicidio, Liverpool, espejos que vuelven a aparecer) que, pese a sus pocas páginas, está llena de temas y subtemas que podrían desarrollarse. Un relato en el que, como dice el propio escritor brasilero, en un texto sobre lo que busca en la ficción, “o personagem começa de um jeito e vai terminar de outro”. Al igual que los lectores.

 

* “De un pasado que sólo se deja recuperar en términos estéticos”, Jameson.

 

 

 

R.S

 

Entrevista a Alan Pauls: “El Boom dejó descendencia en el campo de la crónica, no en la literatura.” octubre 16, 2008

 

Alan Pauls: "Mi sueño era que el libro pareciera escrito en una sola oración y fuera leído de un saque, en una especie de trance que incluyera el vértigo, la avidez, el desconcierto y también el aburrimiento. Mi droga es la sintaxis."

Alan Pauls: "Mi sueño era que el libro pareciera escrito en una sola oración y fuera leído de un saque, en una especie de trance que incluyera el vértigo, la avidez, el desconcierto y también el aburrimiento. Mi droga es la sintaxis."

 

Leer a Alan Pauls (1959) es leer a un escritor al que se le presenta la escritura como una marea ineludible. Es acercarse a un lenguaje plagado de giros y formas, idas y huidas, que van, secretamente, acercándose a una historia que no se puede, no se debe, dejar de contar. Pasando por el ensayo o las novelas, Pauls recorre los registros de la escritura como quien traza mapas llenos de caminos posibles. Explora el intimismo, con la prolijidad del que no sabe la respuesta y quiere embarcarse en una búsqueda eterna, muchas veces inútil. Desde El pudor del pornógrafo (Sudamericana, 1984), su primera novela, pasando por Wasabi (Alfaguara, 1994; reeditado en Anagrama), El Pasado (Anagrama, 2003) y la reciente Historia del Llanto (Anagrama, 2007) –por mencionar algunos de sus libros- Pauls demuestra ser un escritor de primera línea dentro de la narrativa Argentina.

 

 

Martín Abadía – Roberto Santander

 

 

Para empezar, siempre me interesa saber cuales son las primeras experiencias de lector de un escritor. ¿Cuáles fueron las tuyas?

 

La enciclopedia Lo sé todo, en particular las secciones de mitología y astronomía. Muchas historietas; tantas que quedé como empachado y ya no tengo la menor tolerancia para el género. La primera literatura fue la ciencia-ficción: Bradbury, Stapleton, Sturgeon. Toda la colección Minotauro. En todos los casos la experiencia fue la misma: absorción total, autoabducción del mundo, concentración, éxtasis. Lo mismo que me pasa hoy cuando leo cualquier cosa, incluso el prospecto de un analgésico.  

 

Alguna vez has declarado que escribir, para vos, era un acto ligado a la desaparición, a la impersonalidad y en un punto, a la clandestinidad. Tu idea -a diferencia de la de muchos otros escritores- no es devenir otro, sino devenir neutro. ¿De qué manera te afirmás en esa neutralidad? ¿Te sentís una suerte de escritor voyeur?

 

Tal vez volverse neutro sea la antesala de volverse otro. Lo que quería decir es que para mí escribir no es expresarse. El yo no se manifiesta en lo que uno escribe; se disuelve, se borra, a lo sumo se parodia. Las fuerzas que trabajan en la escritura no tienen que ver con el yo, con ningún yo (ni siquiera con el de otro), sino con voces más bien múltiples y anónimas. (Por eso hay que tener cuidado cuando se dice que una literatura es autobiográfica.) No me reconozco del todo en la figura del voyeur, pero hay en lo que escribo una dimensión analítica fuerte y cierta apuesta a la inacción que podrían evocar ese hobby del siglo XIX. 

 

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El Pasado fue una novela que, sin duda, tuvo gran repercusión. Y su escritura, según has contado, te llevó varios años. Como escritor, ¿qué lecciones te dejó embarcarte en un proceso de escritura tan extenso?

 

No hay mejor lugar para vivir que una novela larga.

 

En El Pasado en particular y en toda tu obra en general, hay un acercamiento a la realidad. Los términos que utilizás (editar, registrar), tu idea de una realidad, en el personaje de Rímini, que deviene permanentemente actual y el hecho de que el pasado en sí para Rímini y Sofía pudiese ser una burbuja en la que ellos ya no estuvieran, te liga de alguna manera a una experiencia fotográfica, cercana a la de Perec, a la Butor. La experiencia de El Pasado, ¿sugiere la acción de eternizar fotográficamente el pasado?

 

No necesariamente. Creo que El pasado está trabajada por una idea paradójica: la idea de que el pasado es algo que nunca deja de pasar. No un bloque de tiempo y espacio que quedó atrás, archivado, encriptado, sino una fuerza de avidez que está en plena actividad y alcanza al presente y lo coloniza y codicia incluso el futuro y va por él. No son los personajes de la novela los que “vuelven“ al pasado; es el pasado el que va por ellos.

 

La verdad es que al leer El Pasado lo que encontré -y no creo ser el único- es una suerte de examen acerca de las relaciones humanas. En un punto homologable a lo que hace Onetti en “El infierno tan temido“, aquel relato en el que una mujer le envía fotos pornográficas a su ex amante para torturarlo psíquicamente. ¿Encontrás cambios en las relaciones humanas en los últimos años?

 

Seguramente, pero no sería capaz de describirlos. De hecho siempre vi El pasado como una novela cuyos mundos sentimentales (largas duraciones, compromiso encarnizado, lealtad, monumentalidad, etc.) eran básicamente anacrónicos. Una apoteosis del amor absoluto en un mundo de relaciones rápidas, cambiantes y livianas. La repercusión que tuvo la novela me demostró o bien que no era tan anacrónica o bien (es la idea que me inclino a suscribir) que no hay nada más anacrónico que lo contemporáneo.

 

En el 2003, año en que publicás El Pasado, Gonzalo Garcés publica su novela El Futuro. ¿Te resulta significativo? ¿Leíste a Garcés?

 

Una coincidencia curiosa. No, no leí a Garcés.

 

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Entre tus influencias principales has contado a Gombrowicz. ¿Qué te liga a su literatura? ¿Creés que su obra de alguna manera fue aleccionadora para la literatura argentina?

 

Básicamente la risa. Gombrowicz es el único escritor que leo riéndome a carcajadas. Hay algo extraordinario en el modo en que una literatura tan sofisticada y conceptual produce efectos tan físicos. Y creo que sí, que Gombrowicz es un caso ejemplar en y para la literatura argentina. Todos sus caballitos de batalla (la inmadurez, las violencias de la forma, el culto de lo bajo y lo crudo, la concepción guerrera del mundo, las alianzas clandestinas, la política de la risa) tienden a poner al desnudo, ridiculizar y conjurar uno de los fantasmas más constitutivos y persistentes de la cultura argentina: el complejo. Gombrowicz nos desacompleja de un modo radical. No se llevó bien con Borges cuando estuvo en Buenos Aires, pero se encuentra con él en más de un paso de comedia: las arengas de Gombrowicz para que la literatura argentina deje de medirse con las grandes literaturas del mundo son un poco la versión perversa y cómica de los argumentos con que Borges exalta la fuerza de las literaturas periféricas en “El escritor argentino y la tradición“.

 

 

La escritura de Historia del Llanto presenta, en sus aspectos formales, una tendencia a la construcción de frases largas, el uso de comas, y párrafos extensos. ¿A qué se debe esta exploración en el lenguaje y sus formas, al momento de contar la historia que querías narrar? ¿La historia impuso una escritura así o decidiste jugar estéticamente con las posibilidades del lenguaje?

 

Ya había esa frase un poco narcótica en El pasado, sólo que se disimulaba a lo largo de 560 páginas. En Historia del llanto salta a la vista porque el libro es corto y compacto y gira alrededor de un único enigma. Mi sueño era que el libro pareciera escrito en una sola oración y fuera leído de un saque, en una especie de trance que incluyera el vértigo, la avidez, el desconcierto y también el aburrimiento. Mi droga es la sintaxis.

 

En Historia del Llanto, retratás el mundo de la izquierda, de los 70 y 80 con un gesto sarcástico ¿Creés que toda esa generación se convirtió en caricatura, que políticamente no supieron adaptarse a los nuevos tiempos y viven visitando espacios y usando un lenguaje que ya no existe? ¿Había otra manera de hacerlo?

 

No, sin duda creo que fueron los que mejor se adaptaron. La prueba es que están en el poder. (Y lo “caricaturesco“ -pensemos en Menem, por ejemplo- quizá no sea un impedimento para acceder a él sino la vía más rápida y fluida para alcanzarlo.) Lo que, entre otras cosas, debería alertarnos sobre el modo rudimentario, torpe o cándidamente progresista en que solemos decretar la muerte o la obsolescencia de ideas, discursos o valores. Todos los setentemas que revisa la novela (la sentimentalidad política, el culto de la proximidad, el sufrimiento y el dolor, la épica de las dobles vidas, la manipulación) tienen algo arcaico, fosilizado, pero son fósiles vigentes, eficacez, hiperactivos.

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¿Crees que la Literatura Latinoamérica -lo que se entiende por tal- consiguió alejarse ya del Boom? ¿Es posible hablar, en la actualidad (pensando en Mario Bellatín o Rodrigo Fresán o Joao Gilberto Noll), de múltiples registros, independientes entre sí, o sigue habiendo una línea común entre todas ellas?

 

Creo que el boom dejó descendencia en el campo de la crónica periodística, no en el de la literatura (que efectivamente optó por una saludable diáspora estética). La sucursal contemporánea de aquellos García Márquez o Vargas Llosa es la escuela de Nuevo Periodismo (y quizá alguna que otra novela como la de Junot Díaz, que aggiorna el realismo mágico a las coyunturas inmigratorias actuales y se escribe directamente en inglés).

 

Entrando un poco en la contingencia, ¿Tenés algún reparo al premio nobel de Le Clézio? ¿Cuál es tu opinión de los premios, en general, y el Nóbel, en particular?

 

Cero reparos. Le Clézio era lo suficientemente anti-nobel para que la decisión de darle el premio sacuda un poco la indiferencia a la que (al menos en mi caso) nos tiene acostumbrados la venerable academia sueca. Lo que todavía no entiendo es cómo las rondas de apuestas previas no aparecen en los diarios. ¡Nos privan de lo más excitante que tiene todo el asunto! En cuanto a los premios en general, creo que cumplen alguna función interesante cuando dan visibilidad a obras que no se dejan traducir fácilmente al idioma monosilábico de los medios o el mercado. 

 

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Estás con un proyecto multidisciplinario que consiste en la escritura de un relato basado en una canción, que se transformará luego en un guión para una película en televisión. ¿Podrías contarnos algo más sobre el proyecto? ¿Cómo surgió? ¿Por qué elegiste “Ella hace teatro“, de Chico Buarque, como base para tu relato?

 

Es una idea de RT, una productora de cine y TV de San Pablo. El proyecto involucra a siete escritores latinoamericanos, entre ellos Fresán, Bellatin y dos brasileños muy interesantes: Noll y Sant’anna. Van a hacer siete telefilms y muy probablemente publicar una antología con los siete relatos. Acepté la invitación por varias razones: quería volver a escribir un cuento clásico, probar cómo era escribir ficción por encargo y ver si es posible sobrevivir a las tentaciones megalomaníacas de los brasileños. Y elegí esa canción (que en realidad se llama “Ela faz cinema“) porque tenía ganas hace tiempo de escribir algo sobre la forma en que mienten las mujeres.

 

Me apoyo un poco en la última pregunta. ¿Qué formaría parte del soundtrack de El Pasado?

 

Yo robaría íntegra la banda sonora que Howard Shore compuso con Ornette Coleman para la versión de Cronenberg del Almuerzo desnudo de William Burroughs.