La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Cartografía de un intento de ciudad marzo 9, 2009

 

3217931351_f365b63ec2La ciudad es un relato que nos contamos; la historia de una ansiedad. La Literatura, entonces, reconstruye la experiencia física, actualizándola, dándole una disposición geográfica al deseo.
 

Una historia de la literatura en la ciudad, la ocupación de los espacios con la desgracia personal, frenética, es una tarea necesaria e imposible. Me limitaré a establecer coordenadas, puntos de unión entre lo creído y lo soñado, mapas descentrados, cartografías sentimentales.

 

Desde Benjamin y su idea del flâneur, hasta la ciudad latinoamericana –tan especial, tan híbrida y caótica-,la literatura se convierte en ciudad-textual. La textualidad está presente en la ciudad, en la manera que nos contamos y ubicamos en el espacio, en la disposición que le damos al ser y al estar. La ciudad es un lugar donde el ser y el estar se encuentran, en un sólo verbo de significado indivisible. Caminar y caminarse, como quien transita por calles que pueden conducir al sujeto hacia cualquier destino. La idea siempre presente de caminar como inscribiéndose en el trazado de la ciudad.

 

Ya lo dijo Benjamin: “Importa poco no saber orientarse en la ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte.

 

2556033700_5906752a10Es justamente la idea de desorientación la que hace pertinente comulgar ciudad y relato como partes fundantes de la realidad. Un relato dispone, como si de un tablero se tratara, las piezas en el espacio. La ciudad, entonces, es ese relato que caminamos y escribimos, mientras pasamos por la geografía del entorno, mientras recordamos que aquí estuvimos que aquí no, mientras construimos la subversión de los hechos, mientras recogemos los restos del deseo.

 

Nos perdemos en secreto, rodeado de otros tantos sujetos que se cuentan su ciudad, murmurando una historia que es tránsito y pasaje, callejón y vereda. Caminamos la ciudad buscando los fantasmas que fuimos, y escribimos la distancia entre dos puntos que alguna vez fueron importantes. Nos inscribimos en el trazado y nos contamos una ciudad que tiene pasado-presente-futuro de forma simultánea.

 

El Prólogo de Ricardo Piglia a El último lector, puede funcionar como eje.

 

El hombre ha imaginado una ciudad perdida en la memoria y la ha repetido tal como la recuerda. Lo real no es el objeto de la representación sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar. (…) La ciudad trata sobre réplicas y representaciones, sobre la lectura y la percepción solitaria, sobre la presencia de lo que se ha perdido. En definitiva trata sobre el modo de hacer visible lo invisible y fijar las imágenes nítidas que ya no vemos pero que insisten todavía como fantasmas y viven entre nosotros” (Piglia 12-13)

 

Toda ciudad es imaginada, así como imaginarios sus habitantes. Pero el relato que nos contamos, conjuga la brutalidad de la fantasía con la necesidad de una existencia frenética que haga posible una supervivencia. La ciudad construye sujetos, y estos sujetos, como he dicho, reconstruyen su ciudad, habitando y deshabitando los lugares.

 

Y también hay una ciudad enferma y neurótica. Arlt, por ejemplo, cuenta la ciudad de ese hombre alienado. La ciudad latinoamericana, de comienzos del siglo XX, comienza a reflejar el avance industrial y los sujetos la padecen a su manera. En Los Lanzallamas, Arlt describe su ciudad y la que está por venir:

 

Se desmorona vertiginosamente hacia una civilización espantosa: ciudades tremendas en cuyas terrazas cae el polvo de las estrellas, y en cuyos subsuelos, triples redes de ferrocarriles subterráneos superpuestos arrastran una humanidad pálida hacia un infinito progreso de mecanismos inútiles” (Arlt 33)

 

2866968515_bc03995cc9A su vez, podemos usar el siguiente fragmento de La Ciudad Ausente, de Ricardo Piglia, como comprobación de la proyección de Arlt:

 

Iba recostado, medio dormido, se dejaba mover por el vaivén del vagón. Se miran unos a otros, los giles, van bajo tierra para eso. Una vieja iba parada, la cara hinchada de tanto llorar. Gente sencilla, proletas vestidos de salir, ropa moderna, de Taiwán. Parejas tomadas de la mano, vigilando por el espejo del vidrio. (…) El subte iluminado cruzó el túnel a ochenta kilómetros por hora. (Piglia 18)

 

La ciudad es tránsito permanente, cruce de líneas, escritura que desborda toda imagen. El subterráneo como medio de transporte, pero también como un gesto de ocultar.

 

La ciudad oculta como puede sus muchedumbres de pies sucios en sus largas cloacas eléctricas. No volverán a la superficie hasta el Domingo. Entonces, cuando estén afuera, más vale quedarse en casa. Un solo domingo viéndolas distraerse bastaría para quitarte para siempre las ganas de broma” (Céline 296)

 

El concepto de sospecha se instaura en la ciudad contemporánea con una fuerza inusitada. Hay un temor al otro. Un miedo que puede leerse como la defensa del espacio individual o como la anulación de toda intención de traspasar el espacio del otro. En ambos casos, el concepto de legalidad, entendido como lo permitido, como lo que se puede o no se puede hacer, comienza a hacerse presente en la ciudad. El control de los espacios, tanto en el tránsito del sujeto por las calles, como por la separación de barrios, como los permisos de qué y dónde construir, empieza a estar dispuesto por los códigos legales. La vigilancia, las penas, los castigos, la moral que elegimos, es resultado de estas disposiciones que, a modo de diferenciación de lo salvaje, comienzan a ser aplicadas en el espacio urbano.

 

3323884224_ed4995f0a9Sin embargo, la ciudad es construcción del yo. Todo cambio, sea desde algo arquitectónico hasta la separación de barrios de acuerdo al nivel social de sus habitantes, atenta en contra del relato que nos queremos contar. No hay ciudad de todos, pero sí hay ciudad para todos. O debería haberla. Las políticas públicas olvidan el carácter que sus decisiones pueden precipitar en el relato, en la vida, que los ciudadanos están contándose.

 

Resulta tentador hablar de identidad, pero creo que el concepto ha degenerado de sentido. Marc Auge habla sobre eso y lo explica cuando menciona los no-lugares como esos espacios sin referencia histórica, que no contienen ningún rastro que haga que los ciudadanos recuerden su ubicación contextual. En definitiva, que recuperen su consciencia espacial y temporal.

 

La presencia del no-lugar promueve la anulación de una de las principales condicionantes de la ciudad: la existencia, en el presente, de 3 tiempos (pasado-presente-futuro). Para el no-lugar descrito por Auge, el tiempo no existe. El presente eterno, sin referencialidad, sin historicidad, se aplica sobre los sujetos en tránsito, anulando todo tipo de perspectiva, anulando todo relato fundacional. No hay encuentro posible. El relato, en consecuencia, sufre un reacomodo y ajuste: la ciudad no es la misma, ¿dónde nos dejaron la ciudad?

 

Ahora, el sujeto anhela lo que lo configuraba. El eje referencial desapareció, y la ciudad es una desconocida, un lugar anónimo. El relato que nos contábamos pertenece a una historia que ya no es nuestra.

 

3335385784_fe01051feaQumrán cubierta por las arenas del desierto. Planicie Banderita cubierta por las aguas. Canciones tristes ardiendo una y otra vez sin consumirse en un fuego que nace en ese hotel infinito que la rodea con un abrazo de boa. El placer de destruir, de hacer desaparecer bajo las aguas y las llamas. Ahí están todos –bajo la arena, bajo las aguas, bajo las llamas- durmiendo sobre las sábanas terribles de lo que no fue y de lo que ya no será (Fresán, Vida de Santos, 272)

 

La escena de un sujeto caminando por la calle, de un hombre apoyado en un marco de ventana, de una mujer sentada esperando un taxi, son, como fotografías, el relato que una ciudad se cuenta. La construcción social es el espacio privado expuesto. Es una máquina que repite frases como si fueran mensajes indescifrables: y ahí está todo su futuro. La ciudad es nuestra, aunque nos digan lo contrario.

 

El mapa se dibuja y se traza con urgencia. No es la ubicación pasajera lo importante, sino el traslado de la ubicación en el relato que nos confesamos.

 

 

 

R.S

 

 

 

 

Nadie va a Madrid febrero 9, 2009

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marcelo-mellado6Lo siguiente puede ser sobre escritores que se mueven o escritores inmóviles. Puede ser sobre literatura o sobre la impostación literaria. Puede, incluso, funcionar como declaración de principios o como apología del localismo. Contra otros, contra uno mismo.

 

 No iré a Madrid, dice Marcelo Mellado, en el cuento que inaugura su libro Ciudadanos de baja intensidad, y la consigna se repite a lo largo del relato, como un gesto que recrea el estado de las cosas. El yo se instala en un espacio, encuentra un contexto, y narra su consigna política. Porque No iré a Madrid funciona como cuento, pero también como declamación.

 

Hay unos y otros: hay un aquí y un allá; hay un narrador que se instala en un lugar y desde esa ubicación cuenta. Por sobre todas las cosas, No iré a Madrid es un relato que encuentra un espacio desde donde contarse; un espacio ineludible, que llena de sentido el mensaje, que lo justifica y que lo agrede. Más que reacción, el narrador autoconfiesa sus preferencias. No busca invalidar lo ajeno, sino que, en el discurrir de los hechos, procura autoafirmarse.

 

Es tan insoportable ser chileno que he pensado seriamente en renunciar a esta nacionalidad perversa. (…) Vivo, en un país, territorio o paisaje que no faculta para la vida humana, por eso no iré a Madrid.”

 

3211099030_96f41a1781_m1El hablante, como he dicho, encuentra su lugar, pero no lo caracteriza con la intención de elevarlo a categoría idílica, sino como una necesidad de afirmarlo tal cual es. Lejos de fantasías y paraísos, el lugar de Mellado es una realidad insoslayable, por lo que sólo queda asumirlo.
A su vez, Mellado deconstruye todo tipo de ensoñación literaria. Me explico: las imágenes creadas, a partir de la misma literatura, de París, Madrid, Barcelona, Roma, Lisboa o Ginebra, no son más que añejas imposturas de un tipo de literatura que las ensalzó como lugares -valga la repetición- literarios. En consecuencia, en No iré a Madrid, el narrador se aleja de la figura del escritor que anhela las tierras donde se ubican sus novelas preferidas, para refugiarse en un país que no es mejor, pero que es su lugar.

 

No iré a Madrid, porque los que suelen ir para allá son los buenos escritores y uno que otro futbolista, y creo que algunos políticos invitados y también las putas y algunos delincuentes, y yo no pertenezco a ninguna de esas cofradías. (…) Y volviendo a lo de los escritores, se trata o me refiero a esos que escriben como hay que escribir, no como uno que escribe idioteces sin sustancia ni fundamento.”

 

mm150108No ir a Madrid se convierte, a su vez, en elección, pero también en imposibilidad. Aunque se quiera, no se puede. O sí, pero traicionando ciertos principios que, al menos someramente, el narrador tiene. Porque el yo que cuenta tiene un lugar físico, pero también un lugar social. Es esta ubicación social –podríamos llamarle clase- la que no se transa. En el Prólogo a Los Lanzallamas, Roberto Arlt dice: “Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero, por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encarna como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de la sociedad.” Pues bien, el narrador de Mellado, a mi juicio, hace suyas las palabras del escritor argentino. Un escritor, escribe. Los salones, la comodidad, son para otros. Es, como el mismo Mellado sostiene, “para los escritores que escriben como hay que escribir”.

 

No soy artista ni intelectual, ni empresario, ni carterista internacional, luego, no tengo billete pa’l pasaje, y aunque lo tuviera tampoco iría, porque no tengo nada productivo que hacer allá y para pasear o vacacionar me basta con esa cagada de litoral central que queda aquí cerquita y que está llena de poetas hijos de puta. Te insisto, no iré a Madrid ni a Roma tampoco, y menos a Buenos Aires. Ya sé que es más barato, es como obvio, no tengo línea de crédito ni capacidad de ahorro. Por eso no voy. Porque ese huevón que fue y después escribió España en el corazón, se benefició del agregadurismo cultural y allá se hizo cafiche de una mina con plata que, además, le enseñó los modales necesarios para transitar por esos lados. Por eso no voy a ir ni cagando a Madrid, porque no quiero y no puedo, no me lo permiten mis condiciones de vida.”

 

Hace unas semanas, Marcelo Mellado publicó en un periódico de Chile, The Clinic, un texto titulado No iré a La Habana. El artículo, si bien no tiene los entramados argumentales de No iré a Madrid, responde a la misma lógica. “Yo sé que no soy un escritor con buenos estándares de calidad, pero al lado de cualquier patipelao chileno no quedo tan mal parado”.

 

Mellado, en el texto antes mencionado, radicaliza su postura y la convierte en algo evidentemente político. La queja existe, pero es una queja contra todo un sistema que asume lo artístico como algo decorativo. Ir a La Habana, al menos en el papel, podría ser, en otro tiempo, signo inequívoco de una postura política. Hoy, ya no. Ahora, y allí es donde Mellado se centra, el aquí y allá no está necesariamente marcado por América y Europa, sino por la capital y la provincia.

 

Pero a la hora de la cochina práctica poético cultural ni un culiao me la gana, soy más revolucionario que cualquiera de los lameortos que van. No hay ningún escritor cara de chileno que sea más consecuente que yo a la hora de hacerle la lucha contra el fascismo y la perra concertación; lo que pasa es que yo no vivo en Santiago y los huevones de allá discriminan como locos, porque son tan centralistas como la derecha (son de derecha los culiaos). (…) No iré a la Habana porque Chile es el país invitado y yo soy, a mucha honra, antichileno; al menos de ese Chile lamecaca y liberal que van a promover los que van.

 

cuba01041Lo planteado por Mellado, tanto en el cuento como en el artículo, invita a una reflexión sobre el territorio como lugar social. ¿Qué es lo que somos? ¿Por qué somos de acá? ¿Qué historia nos contamos? Contra la impostura y la literatura snob, contra el falso e ilusorio realismo. El cuento apela al falso turismo cultural, que es una aspiración de estatus, antes que una misión concreta. La literatura, en consecuencia, no tiene objetivos, pero sí tiene una responsabilidad: responder a la agresión, por ejemplo, y denunciar aquello que la agrede.

 

El escritor asume sus textos con una doble cara: decir lo que se es y decir lo que no. Eludir el conflicto, no, pero sí cubrirlo con la contextualización social de lo que se escribe. Como dice Mellado: “Lo que intento hacer es, quizás, hacer un catastro de no lugares para refregártelos en la cara y así evitar la historia que debo contar”. Pero, finalmente, la cuenta igual.

 

 

R.S

 

 

 

 

 
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