La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Sergio Pitol: testimonio gris abril 26, 2010


Se parte de una omisión, pero parece que eso siempre es así. Luego viene lo que decimos; la zona que elegimos e intentamos narrar. Si podemos. Recuperar un lugar y un tiempo, como un testimonio que apela a lo discursivo, pero que busca, en el fondo, relatar una experiencia. Narrar un viaje como testigo privilegiado de un cambio. Contar, sin mayor pretensión, una experiencia precisa, pero terminar gestando un relato con múltiples entradas, con diversas referencias. En el fondo: hacer del texto un artefacto que supere la convención memorialística. Y eso es lo que logra Sergio Pitol en El Viaje, texto donde cuenta su experiencia en Moscú y Tiflis en los años que comienza la Perestroika.


El ejercicio narrativo funciona como un aparato donde las entradas y las salidas son muchas. Todo lo que el sujeto lee, sueña, conversa, imagina, y mira, son fuentes para una escritura que se dedica a registrar. Sin embargo, ese registro no es el de una escritura que pretenda fijar un espacio y tiempo determinado, necesariamente; sino el de una escritura que procura explorar la historia, consciente que hay otros relatos circulando. Esos relatos, para el autor, son sus propios recuerdos de viajes pasados, la historia política y, sin duda, la lectura de ciertos autores rusos que cuentan y dicen tanto de este tiempo como de cualquier otro.


Gogol, Tolstói, Pasternak, Chéjov, Pushkin, Bulgákov, entre otros, son convocados por el sujeto que escribe El Viaje, para refrendar comentarios, imponer ideas, contextualizar escenarios. Pero, por sobre todo, para abrir rutas hacia otros destinos, para conocer biografías que narren y dejen testimonio de una experiencia diferente. Los autores que Pitol convoca, dialogan con las impresiones del escritor. El uso de las citas, por ejemplo, ayuda a la sensación de que el escritor mexicano lo que verdaderamente procura es sostener un texto que contenga la mayor cantidad de referencias posibles y que eso sea algo explícito.


Una de las referencias más cuidadas y minuciosas, es la que hace con Marina Tsvietáieva. Realiza pequeños análisis sobre su literatura y, apoyado en las biografías que existen sobre ella, cuenta su vida íntima y política. El propósito de Pitol, no es sólo, como lo confiesa en algún momento, patentar la distancia que el género biográfico tiene con los hechos reales –similar al de la palabra con su referente-sino también proyectar la historia del lugar que visita en ese otro. La persecución familiar, la pobreza, el desenfreno amoroso, la distancia a la que estuvo sometida Tsvietáieva, es símbolo de un tiempo y una época – algo esquinada, pero real y violenta- que dejó marcas en la memoria rusa. Tsvietáieva es símbolo de resistencia: se subsiste en la escritura, se padece fuera de ella.


“Un ensayo suyo es siempre un relato y la cápsula de una novela y una crónica de época y un trozo de autobiografía.” P.111


La cita anterior es de Pitol hablando de los ensayos de Tsvietáieva. No obstante, esa misma cita puede ser utilizada para referirse a la escritura del escritor mexicano en El Viaje. Sin la intención de marcar una diferencia, pero consciente de que no hay memoria sin una escritura que se contradiga desde su génesis, el autor se ubica en un tiempo histórico y realiza saltos hacia atrás. Es un texto, entonces, que no olvida que el pasado y el presente –como los tiempos del conflicto- se cuenta con los recuerdos de todas las otras vidas que circulan.


La escritura de la memoria, para Pitol, no es una escritura que padezca del autoritarismo de la verdad; busca alianzas y conflictos, procura explorar el entorno, pero también la intimidad del que cuenta. No hay una búsqueda de un mensaje concreto, sino un fluir textual que sabe de obsesiones y perplejidades, de ensoñaciones y tragedias políticas.


Sergio Pitol, muchas veces, esconde el “yo”, para darle espacio a otros actores. Hace de la escritura, de principio autobiográfico, un lugar donde el “yo” juega un rol también desde afuera del texto. Un artefacto, como dije, que va transformándose. Un texto que integra voces, ritmos, tonos, pero, por sobre todo, que incorpora otras biografías, simbolizando, en parte, que también somos las otras vidas que leemos y observamos.


R.S


 

Piénsalo bien, ya volverá – Woody Allen febrero 4, 2009

 

N. del T: el siguiente relato apareció en Noviembre de 2008 en The New Yorker.

Woody Allen ( 1935 ) es director de cine, guionista, comediante, escritor y músico. Vive en New York.

Traducción: Martín Abadía

Título original: Think hard, it’ll come back to you (The New Yorker, Noviembre de 2008; http://www.newyorker.com/humor/2008/11/10/081110sh_shouts_allen )

 

 

 

Piénsalo bien, ya volverá

 

 

 

 

Por Woody Allen

 

 

                                                                                                                                                                                                                                           

Woody Allen
Woody Allen

Con el avance de la comida sana, hasta la más Empedernida Arteria puede dormir tranquila. Mientras la semana pasada buscaba detenidamente  alguna hierba revitalizante o alguna raíz capaz de sacarme de la vista a la familia de radicales que hizo un nido en mi chasis, di vis-à-vis con una botella de un fluido rojo, acurrucada como una serpiente entre el ginseng y la echinacea, con el Raybradburyano nombre de “Brainiac”. Como olvidado en un agujero, decía ser un refresco cargado de ginko biloba y diversos antioxidantes para mejorar la memoria. “Piensa rápido” me susurró la etiqueta. “¿Dónde dejaste las llaves del auto? Recomendado para los programas musicales de televisión.” En la etiqueta también, en letra claramente visible para cualquiera que posea un microscopio para electrones, seguía la avergonzada confesión de que los dones del milagroso aperitivo no habían sido aún examinados por la Administración de Drogas y Comidas y que “el producto no se dirige ni a diagnosticar, ni a tratar, ni a curar o prevenir enfermedad alguna.” De modo que, tanto si lo usabas para remover manchas de salsa como para destapar el sumidero, igualmente no estaba aprobado. Así fue que la idea de este elixir recarga neuronas me trajo a la mente a mi estimado colega Murray Cipher, que ya estaría preparándose para la cena. ¿No será tarde para la fiesta de los Wasserfiends? Un público con clase. Nada de caviar de dipnoi esta noche. ¿Ascenso social? ¿La vicepresidencia para el viejo Murray? Imagínense – veinticuatro fumigadores serruchándome el suelo. Chocante. ¿Cómo me veo? Me veo genial. Esta nueva corbata debería cautivarlos, pese al diseño con innumerables claves de Sol, demasiado elegante para un sitio así. Buscar el regalo perfecto para Mr. Wasserfiend. Asombroso, pero Hammacher Schlemmer es el único sitio en toda la ciudad que tiene corazones de plástico para guardar anzuelos de pesca. Aunque, mira, en mi prisa por llegar a tiempo casi salgo disparado sin el regalo. Veamos, ¿dónde lo puse? Hmm. ¿En la mesa del vestíbulo? No aquí en el armario. ¿Lo dejé en el cuarto? Fíjate en la mesa de noche – dios, tan abarrotada de cosas. El velador, el despertador, Kleenex, un calzador, una copia de “El Sutra de la Plataforma del Sexto Patriarca,” de Hui-Neng. ¿En la guantera del Saab? Mejor corre a ver afuera. Llueve. Oh, muchacho, un rasguño en el paragolpes. Maldito rabino con su uníciclo. Espera un momento, ¿dónde están las llaves del auto? Podría jurar que las dejé en este bolsillo. No, sólo algunas monedas y talones de boletos para el unipersonal de Elaine Stritch. ¿Me fijé en el escritorio? Mejor vuelve adentro. ¿Qué hay encima del armario? Hmm. Envoltorios, sujetapapeles, un revolver cargado en caso de que el teniente del 2ª A vuelva a ponerse cantar otra vez. Ok, reconstruyamos. Esta mañana conduje hasta Smallbone’s para que me arreglaran el peluquín, me detuve en lo de Stebbins para devolverle sus plantillas, luego mi clase de gaita.

Hey, un momento, esa estrellita con la que me lié, siempre que teníamos sexo tomaba melatonin para prevenir el jet lag – solía picar siempre comida macrobiótica á la Buck Rogers. Sí, Cranial Pops. Se supone que era para ajustar la memoria. ¿Puede que haya dejado aún algo en el fregadero? Ah, aquí – ¿qué dice en el envoltorio? “Desaprobado por la Administración de Drogas y Comidas – Puede que cause somnolencia en hombres llamados Seymour.” Tomaré sólo un poco. Hmm, qué buen sabor. Amo el sabor de la fosfatidil-serina de soja. ¿Un poco más?

Bien, ¿dónde estaba? Oh, sí, claro, dejé el regalo de Wasserfiend en la oficina. Mi secretaria, Miss Facework, me lo llevaría a la fiesta. Las llaves del auto en la chaqueta gris de cachemir, segunda percha, armario de la sala. Recuerdo el día en que traje esa chaqueta, hace dieciséis años. Un martes. Llevaba puesto unos pantalones grises y una camisa Oxford con botones bajos de Sulka. Calcetines grises. Zapatos de Flagg Brothers. Almorcé con Sol Kashflow, el genio de los fondos para imprevistos. Sol pidió mero con guisantes en manteca y papas cortadas en juliana. Vino blanco, un Bâtard-Montrachet del 64’, y según recuerdo, era demasiado frutal. Terminamos con unos sorbetes de lima y dos mentas – ¿o fueron tres? Qué gracioso, él apenas tocó la comida. Demasiado emocionado ya que Amalgamated Permafrost acaba de fundirse por una compañía que había desarrollado un proceso para hacer beleño del acero. Para celebrar, recibí mi cheque. Cincuenta y seis dólares y noventa y ocho centavos. Apenas merecían la pena, dado que mis langostinos estaban sobrecocidos.

A la fiesta de Wasserfiends por fin. Justo a tiempo. Todos bien vestidos. El champagne que corre. Pianista de cocktails. “Avalon”. La misma canción que sonaba aquella noche en Vineyard Haven con Lillian Waterfowl. Pasé inadvertido en su bata. Una diosa desnuda. Me rasgó la ropa con sus largas uñas. Nuestros cuerpos tensos de deseo. Me movía sobre ella como una pantera. Cuando estaba a punto de consumar la pasión, de pronto se me acalambra la pierna. ¿La pantorrilla izquierda? No, claro. Solté una risa desgarradora, me hice a un lado. Estuve dando vueltas por el cuarto, el rostro crispado de dolor. ¿Qué le causaba tanta gracia? Dios, esa mujer me doblaba con su risa. Acusándome de arruinar el momento. Schlemiel, me llamaba, qué pesada. No pudo correr más rápido al teléfono para contarles la historia a nuestros amigos. Que se pudra con su esposo evasor. El tipo trata de esconder en su zapato seis millones en baja denominación.

 

 

 

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Me acuerdo de la noche en lo de Hornblow. No había pensado en ella en quince años. Miraba a Effluvia Hornblow respaldada en su cocina. Asa Hornblow en la otra habitación rumiando con sus amigos sobre los Red Sox. Los Tigers los habían reventado ese mismo día en un juego doble, primero 6-2 y luego haciéndoles tirar la toalla, 4-0. Oir todas esas voces, buenos muchachos discutiendo de bolas y strikes. Inclinándome sobre ella en el fregadero para enlazar mi lengua en sus labios en llamas. De pronto la corbata se atasca en el Mixmaster. El botón de apagado atascado, no iba a funcionar. El enchufe inaccesible detrás del refrigerador. Seguí golpeándome la cabeza contra el salpicadero de mármol. Recuerdo que fue como atestiguar el nacimiento de la Nebulosa del Cangrejo. Escuadrón de Emergencia. Cargado en una ambulancia. Por dos semanas sólo pude hablar en copla, sonreír a menudo, engrasarme en el cuerpo cada diez minutos en el Canal. Como un Hermes sujetado. Sesenta y nueve noventa y cinco, así fue.

Mira a Mrs. Wasserfiend sentada ahí, tan elegante. Vestido negro de Armani, perlas humildes pero esos aros tan dramáticos – dos jíbaros con las cabezas retorcidas y los labios cocidos. Me hace pensar en la Abuela. Siempre sentada allí, jugando a las cartas con el Abuelo. Engañándolo ciegamente. Finalmente el abuelo se quedó ciego, de modo que ella ya no pudo más que engañarlo a medias. El Abuelo era brillante, pasó quince años traduciendo “Anna Karenina” a un latín depravado. Recuerdo el día que el Abuelo se desmoronó, el 8 de Junio, a las 6:16 P.M. La erraron con diagnosticarle la muerte y lo embalsamaron, pese a su evidente habilidad para bailar y cantar “Rag Mop.” La Abuela vendió la casa y dedicó su vida a servir a Dios. Aplicó para la santidad, pero la rechazaron por estacionar en doble fila.

El pianista toca “You made me love you.” Recuerdo haber oído esa canción cuando Mamá estaba embarazada de mí. Papá solía cantarla frente al espejo todo el día. Me acuerdo de Mamá dándome a luz, en un taxi. El contador marcaba 48 dólares. El taxista era Israel Moscowitz. Muy hablador. Se refirió a su esposa como a un bote de gasha. Recuerdo que mis padres esperaban gemelos. Se impactaron al saber que no había nadie más que yo. No pudieron lidiar con ello. Los primeros años me vistieron como gemelo. Dos sombreros, cuatro zapatos. Hasta el día de hoy aún se preguntan por Chester.

Gracias por esta maravillosa noche, Mrs. Wasserfiend. Ah, y el nombre que trataba de acordarse cuando hablábamos sobre la vida de Emily Dickinson era Bronco Nagurski. Fuera de lugar, justo a tiempo. Cranial Pops está empezando a aplacarse. Aún así, no se pregunten por qué fui el alma de la fiesta. Llegué con queso Gouda. Jabón Lava. Me enconatré con Leo Gorcey y a Julián Sorel. Me las arreglé para recitar Philippics al pie de la letra. Recordé a Schrafft’s, en la calle Cincuenta y siete y la Tercera. Tarareé aquella canción de Mousie Powell. Encontré a los Menachem Scheerson, los hijos de los Pioneros. A Gyp The Blood. Pero, ¿dónde diablos dejé mi auto?