La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Una historia confusa – Caio Fernando Abreu febrero 24, 2010

Filed under: Literatura Brasilera,Traducción — laperiodicarevisiondominical @ 9:36 am
Tags: , ,

Título Original: Uma história confusa
El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)
Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

 Traducción: Roberto Santander


 


Era jueves. Como en los últimos jueves, él estaba nervioso y traía un sobre en la mano. Tiró el sobre encima de la mesa, y comenzó a caminar por el cuarto.


– ¿Otra carta? –pregunté.


No respondió. Sólo hizo un movimiento impaciente con los hombros, que podía significar demasiadas cosas. Pero no dije nada. Yo, entonces, abrí y leí las palabras escritas con cuidado:


Te vi a través de las rosas y había en tus ojos una ansiedad muda. Algo así como si quisieras hablar conmigo. Juro que a la salida intenté acercarme, pero tuve miedo. Sé que igual vamos a ser amigos. No quiero forzar nada. Hoy día es Domingo antes del almuerzo. La casa está vacía. Me gustaría haberte escrito después de esa noche. Es increíble, pero hace dos décadas, ese mismo día de la semana, a esa misma hora, yo estaba naciendo.


– Es bonito –me arriesgué a decir.- Un poco juvenil, tal vez. Pero bonito. Al final, la adolescencia siempre es bonita.
– Él tiene 20 años.
-¿Él? ¿Cómo sabes que es él y no ella?
– Yo creo, lo siento así. Una mujer no escribiría esas cosas. No sé, la forma de escribir, algo.
– Puede ser –le dije.
– Y había otra cosa, creo que no te la mostré. Él decía que estaba cansado, eso mismo, cansado y no cansada.
– No me acuerdo –mentí. – Él puede estar mintiendo. Esa fecha, por ejemplo, esa fecha puede ser inventada.
Él evitó mirarme mientras me contaba:
– Fui a preguntarle a un astrólogo. Él nació el 22 de Septiembre de 1954. Entre las diez y el medio día. Es virgo, dice el astrólogo, del último día de Virgo. Por los cálculos, su ascendente debe ser Escorpión.
– ¿Ascendente?
– Es el signo que. –Él levantó los ojos, irritado. – Escucha: tú no vas a querer ahora que te dé una clase de astrología, ¿no?
– No, no. Sólo quería saber lo que quiere decir eso.
– Quiere decir que él debe ser inteligente. Muy inteligente. Y secreto, misterioso, intenso. Sólo por las cartas uno ya percibe que él tiene cierta…estructura. Las cartas están bien escritas, la gramática es siempre correcta.
– Es verdad –dije.- Correctísima.
Él se sentó al borde de la cama.
– No aguanto más. Esto lleva casi dos meses. Necesito saber quién es esa persona.
Sentado a los pies de la cama, yo no sabía qué decir.
– Él sabe todo sobre mí, mis horarios, todo. A veces habla de personas que conozco, de lugares a los que voy. Debe estar siempre cerca, debe conocer mucha gente que conozco.
– Estás muy agitado.
– Claro. ¿Cómo quieres que esté? Cada vez que recibo una carta de éstas quedo así. Me da una sensación extraña, salgo a la calle con la impresión de que estoy siendo observado. Alguien que no sé quién es, me acompaña en todos mis movimientos.
– Con amor –dije.
Él encendió un cigarro y siguió el humo hasta el techo:
– ¿Amor? No sé. Es medio paranóico. Parece que quiere enloquecerme de a poco.
– O para que te intereses en él.
Se levantó, de improviso, y se acostó en la mesa. De espaldas, yo sólo podía ver sus hombros curvos y sus dos manos sujetando la cabeza.
– Me imagino las historias más increíbles. A veces creo que es alguien que sólo quiere divertirse conmigo.
– No. –Y dije por segunda vez: – Eso es amor.
– ¿Será? Hay cosas, hay algunas cosas que escribe que lo parecen. No sé, parecen verdades, ¿entiendes? Él me toca, se mueve conmigo. Tal vez yo esté todo acomplejado porque alguien está dispuesto a prestarme atención.
– Eso es amor- repetí por tercera vez. Él caminó hasta la ventana. Noté que miraba las hojas de las palmeras de calle moviéndose por el viento norte.
– A veces tengo ganas de pagarle a un detective. Pero las pistas son pocas. Sellos comunes, sobre común, cada día una firma de una agencia diferente. Y ese tipo de máquina es de lo más común.
– Lettera 22.
– Tiró la colilla del cigarro por la ventana, y se dio vuelta de repente mirándome a los ojos.
– ¿Cómo sabes eso?
– Bueno, cualquiera que usa una máquina de escribir reconoce el logo. Es inconfundible –afirmé. Y cambié de asunto: – Pero no deja de ser bonito.
– Bonito e infernal.
– Y antiguo.
– Cartas anónimas. Parece cosa de romance del siglo pasado. Romance epistolar. Platónico. – Suspiró profundamente. – Pero es necesario saber luego quién es este muchacho. Nunca nadie se interesó tanto en mí.
Volvió a sentarse en la mesa, y encendió otro cigarro. Le acerqué el cenicero:
– Tú siempre fumas más los jueves.
Él se rió.
– Ahora los miércoles también. Me quedo pensando si al día siguiente va a llegar otra carta – Aspiró profundo, cerrando los ojos. Y prosiguió, soltando el humo: – Tengo algo escrito para él.
– ¿Qué?
– Que tengo algo escrito para él, escondido.
– ¿Tú no le contaste nada a Martha?
– ¿Estás loco? Tú sabes lo celosa que es, sólo te he contado a ti. Me tengo que esconder para escribir.

Encerrado en el escritorio, me quedo pensando que debe haber una especie de espíritu que sale por la ventana cuando estoy escribiendo. Siempre dejo la ventana abierta cuando escribo para él, después vuela por los tejados, atraviesa las calles de la ciudad y las paredes para llegar hasta donde él está, ¿entiendes?


– ¿Y qué haces con las cartas que escribes?
– Las guardo bajo siete llaves. Tal vez un día pueda entregárselas personalmente.
Yo también encendí un cigarro
– Y…¿qué le dices en tus cartas?
– Le pido socorro. Le digo que mi matrimonio es un horror, que ya llevo 3 años de ese horror que no termina. ¿Sabes que a la Martha, ahora, le dio por llamarme fofo? ¿Hay algo más odioso? Los domingos me pide parte del diario y me dice “mira, fofo, necesitamos aprovechar esta liquidación, fofo, dura sólo hasta el día 15, fofo”.
– Pero la Martha es una mujer tan…especial.
– Antes de casarse. Después, todas las mujeres se transforman en débiles mentales. Haces bien en no entrar en eso.
Apagué el cigarro.


– ¿Y qué más dicen las cartas?
El se apoyó en la mesa. Una de las manos apoyaba la cabeza, y la otra pasaba, lenta, por el borde de la madera. Como acariciándola.
– Le digo que a veces tengo ganas de tener un amigo como esos que teníamos en nuestra adolescencia. Esos a los que les contabas todo, absolutamente todo. Y que, en realidad, uno no sabe si es tu amigo o tu hermano.
– O amante.
– O amante – él repitió. Se tiró otra vez sobre la cama, sacó una hoja arrugada del bolso y leyó: – Yo digo que estoy dispuesto a cualquier cosa, y lo digo así: “Quédate cerca mío. Mírame, tócame, dime cualquier cosa. O no digas nada, pero quédate cerca. No seas idiota, no dejes que esto se pierda, que se convierta en polvo, que se convierta en nada. De aquí a poco vas a crecer y encontrar todo esto ridículo. Antes que todo se pierda, mientras todavía pueda decir sí, acércate”.


Dobló la hoja y volvió a meterla en el bolso, más arrugada. Nos miramos. Yo no sabía qué decir. El se hundió en la cama, se dio vuelta hacia la pared. Me quedé escuchando:
– Te hablo a ti como si fueras él. Si tú puedes ayudarme, si él pudiera ayudarme. Es tan difícil. Salgo a la calle y me quedo mirando a todos los niños de 20 años, como si cualquiera de ellos pudiese ser él. Siento cosas que no entiendo del todo. No me gusta no entender lo que siento. No me gusta pelear contra lo que no conozco. Nunca viví nada similar. Un viento fuerte abrió la ventana, haciendo que las cenizas del cenicero se desparramaran en la mesa. Él pareció un niño, encogido sobre la cama. Seguí escuchándolo:
– Ya tengo 34 años, no puedo sentir las cosas como si tuviera 15. Tú lo sabes, tenemos casi la misma edad. ¿Cuántos tienes ahora?
– 33 –le dije.
– Pues eso, tú lo sabes bien. No estamos en edad para enredarnos en esos delirios.
– ¿Crees que no? –pregunté. Pero él continuó hablando sin escucharme.
– Es tan extraño saber que hay alguien pensando en mí todo el tiempo. Alguien que no conozco. Y que tiene 20 años. Me quedo pensando cosas locas, no puedo parar.
– ¿Qué cosas? –pregunté en voz baja. – ¿Qué cosas piensas?


Él pasó su mano por la pared blanca:
– Acostarme a su lado. Sin ropa. Abrazarlo con fuerza. Besarlo. En la boca. – Retiró su mano de la pared y la puso junto a su cuerpo, en el medio de las piernas. – Debe ser el viento norte, ese exceso de luz, la primavera llegando, la luna casi llena. No sé, discúlpame. Estoy muy confundido.
Se quedó callado. Miraba por la ventana como si estuviera viendo algo, más allá de las palmeras, algo que yo no conseguía ver. Seguía sin saber qué decir. Me acerqué para estar más cerca, para poder extender mi mano y tocar su pelo desordenado. ¿Y si no tuviera 20 años, ese muchacho -pensé en preguntar-, te seguiría gustando? Resolví no decir nada. Detuve mi mano en el aire, y la traje de vuelta para tomar otro cigarro. Seguí cerca de él. Cerca, muy cerca. Era otro jueves, de septiembre, y desde el inicio de Agosto andábamos muy confundidos los dos.

 

Anuncios
 

Bajo el Cielo de Saigon – Caio Fernando Abreu febrero 8, 2010


Título Original: Sob o céu de Saigon

El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)

Autor: Caio Fernando Abreu (1948-1996), escritor y periodista brasilero. Exploró el cuento, la novela y el teatro. Entre sus principales obras están Triâgulo das águas (1983), Os dragöes não conhecem o paraíso (1988)

Traductor: Roberto Santander



Ésta es tal vez la historia más paulista que escribí, en 1989. Se trata, más bien, de un ejercicio de enfoque, con un narrador imaginario en lo alto del Conjunto Nacional, donde se cruzan la Calle Augusta con la Avenida Paulista. Fue publicado en el extinto diario O Continente.



Él era uno de esos muchachos que, los sábados, con la barba algo crecida, sube o baja la calle Augusta. Los sábados por la tarde, eso sí, porque por los lentes oscuros y el rostro un tanto amasado debajo de la barba crecida, quien lo mirara detenidamente –aunque pocos lo hacen- se darían cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar. Usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatillas gastadas, camisetas, y, cuando ya hace frío, alguna chaqueta o sueter raído en los codos. Casi siempre llevan las manos en los bolsillos, por lo que resulta imposible ver sus uñas mordidas, y el dedo indicador y el del medio de la mano derecha, o la izquierda, si son zurdos, amarillos por el exceso de humo. Ellos miran hacia abajo, no porque tengan miedo de tropezar en los frecuentes baches de las veredas de Augusta –raramente usan zapatos, y las suelas de goma de sus zapatillas se amoldan con facilidad a las irregularidad del cemento-; miran hacia bajo, y esto sería visible si pudiéramos localizar el brillo en sus ojos de pupilas dilatadas tras sus oscuros lentes, como si buscaran tesoros perdidos, billetes secretos, alguna joya u objeto que, más que valor, guardara una historia imaginaria o real. ¿Qué importa? A veces también miran hacia arriba, sobre todo cuando el cielo está claro –lo que es raro en la ciudad- y podemos imaginar que sus pieles blancas buscan desesperadas la luz del sol. Y cuando el cielo está oscuro –lo que es común- sobre todo en esos sábados en que estos jóvenes acostumbran bajar o subir la calle Augusta, podemos imaginar que buscan balões juninos, objetos voladores no identificados, paracaidistas, helicópteros camuflados, zepellins, o cualquier otra de esas cosas poco probables de ser encontradas sobrevolando una calle como la Augusta un sábado por la tarde. Horizontes, sí, tal vez busquen horizontes en el entramado de edificios que se reflejan en los vidrios negros de los lentes que esconden el brillo o la intención del fondo de los ojos en el momento en que uno de los muchachos para en la esquina, como si diera lo mismo doblar a la izquierda o a la derecha, seguir hacia adelante o regresar. Por ser como son, siguen siempre hacia el frente, subiendo o bajando la calle Augusta. Y al ser tan iguales, quien quiera prestar atención en uno de ellos, aunque pocas –o nunca- veces alguien lo hace, jamás sabrá si se trata de muchos o de uno. Un único muchacho: éste, con la barba crecida y las manos en el fondo de los bolsillos, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.


Ella era una de esas muchachas que, los sábados, con el bolso al hombro, sube o baja la calle Augusta. Los sábados, casi siempre por la tarde, porque los lentes oscuros y el rostro un tanto gastado que la ausencia de maquillaje no quiso disfrazar, quien quiera mirarla más detenidamente, y algunos lo hacen, pidiendo el teléfono o diciendo cosas divertidas sin mucha gracia, a veces groseras, porque ellas caminan lento, mirando las cosas, no a las personas, pero quien la mira con atención se dará cuenta que durmió mal o demasiado, que bebió la noche anterior, que terminó recién de llorar o cualquier asunto similar sin mucha importancia. También usan, generalmente, jeans descoloridos, zapatos bajos, a veces zapatillas gastadas, camisetas o una blusa de Musselina, seda, crepe u otro tejido transparente, que una rápida y aguda mirada se daría cuenta, de inmediato, que no se trata de una prostituta o una empleada doméstica. Porque tienen cierta nobleza, esas muchachas; no se sabe si por la manera altiva de fingir que no escuchan los piropos que algunos les dicen, si por la manera de afirmar las correas del bolso con sus dedos de uñas sin pintar, conscientes de que son mujeres y están en la selva. En el caso de un inesperado encuentro, que no sería imposible, menos los sábados, es verdad, que los viernes al medio día o por la tarde, si alguien le arrebatara el bolso a una de esas muchachas para después rasgarla en un terreno baldío, quedaría decepcionado por el escaso dinero, el talón de cheques sin saldo, una agenda con pocos compromisos, tickets de metro, algún libro de poesía, esoterismo o psicología, una foto de niña, raramente la de un hombre, tal vez una tarjeta de crédito vencida o entradas para el teatro o un concierto ya usadas. Esas muchachas no miran hacia abajo ni hacia arriba: con paso decidido, miran hacia el frente, como si visualizaran más allá del horizonte un lugar escondido para esos otros que pasan siempre sin mirar hacia donde se dirigen con sus jeans gastados, sus bolsas viejas, sus pieles sin valor. De esa nitidez en el tranco, de esa atrevida falta de artificio en el rostro es desde donde brota esa impresión de nobleza transmitida tan fuertemente cuando pasan, también a los que no las miran ni se mueven con ellas. Pueden parar a ver revistas extranjeras en algún kiosko, y nunca comprarlas, detenerse para ver los precios escritos en las puertas de los restaurantes, mirar manzanas o frutillas, tocar rosas o anturios, pero generalmente siguen hacia adelante, subiendo o bajando por la calle Augusta. Tal vez sean muchas y, si realmente lo son, tan parecidas que, si alguien desde lo alto de una ventana en el Conjunto Nacional mirara hacia bajo y las viera ahora, podría pensar que son tan sólo una. Una única muchacha: ésta, con el bolso viejo colgado del hombro, después de cruzar la parte más alta de la Avenida Paulista, comienza a bajar por la calle Augusta en dirección a los jardines, un sábado por la tarde.



Y porque el mundo, a pesar de ser redondo, tiene muchas esquinas, se encuentran esos dos, esos varios, frente al mismo cine y mirando el mismo cartel. Love kills, love kills, murmura él, sin percibir a la muchacha que está a su lado. And this is my way, canta ella para sí, en la versión de Frank Sinatra, no la de Sid Vicious, sin percibir al muchacho que está a su lado. Hay otros que entran y salen, sin verlos ni verse, punks, clavos en las casacas, botas negras, intelectuales de lentes, anillos coloridos, trajes cuadriculados, adolescentes japoneses, matrimonios abrazados, ellas comiendo pop corn, señoras con faldas apretadas, gente de todo tipo. Y tal vez porque los muchachos y las muchachas como ellos raramente –o nunca- van al cine los sábados por la tarde, porque prefieren subir o bajar la calle Augusta mirando las cosas, no las personas, los dos se encaminan hacia la entrada con forma de arco del cine. Entonces se detienen y miran hacia arriba, suspirando en una suave desesperación, un cielo gris, como si fuera a llover, oh cielo tan triste de Sampa (N de T: San Pablo).


Y como si un ángel de alas de oro rompiese de repente las nubes plomas y con un saxofón adornado de amatistas anunciase a los hombres de esa calle y de ese sábado por la tarde en esa ciudad lo irreversible y fatal de las esquinas del mundo –él la miró, y ella lo miró a él.

Él sonrió como para sí mismo, sin tener nada que decir. Ella sonrió para él. Y dijo:


– Parece Saigon, ¿no?


-¿Qué? –preguntó él, sin entender. Ella señaló hacia arriba:


– El cielo. El cielo parece Saigon.

Sorprendido, y algo atontado, él preguntó

– ¿Y tú estuviste en Saigon?


– Nunca –y volvió a sonreírle.- Pero no es necesario. Debe ser así, ¿no crees?


– ¿Qué cosa? –él, que era algo lento, volvió a preguntar.


– El cielo –ella suspiró. – Se parece al cielo de Saigon.

Fue él, esta vez, el que sonrió. Y dijo:


– Sí, es verdad. Parece el cielo de Saigon.


En ese momento –dicen que les pertenece a los hombres ese gesto, y ellos eran algo anticuados- tal vez él pensó en ofrecerle un cigarro a ella, en preguntarle si ya había visto esa película, si quería tomarse un café en el Ritz, incluso preguntarle cómo se llamaba u otra de esas cosas algo tontas, un tanto inocentes o terriblemente urgentes que se acostumbran a decir cuando uno de esos muchachos y una de esas muchachas o cualquier otro tipo de persona, y son tantas como tantos tipos de persona hay en el mundo, se encuentran de repente y por alguna razón, sexual o no, poco importa si por algunos minutos o para siempre, da igual, por alguna razón esas personas no se quieren separar. Pero como él era lento, no preguntó nada, no le hizo ninguna invitación. Ni ella. Aunque lenta no era, sólo un poco distraída. Ella, entonces, sonrió por tercera vez, y ya de espaldas le hizo un gesto con la mano abriendo los dedos, como Sally Bowles en Cabaret, y continuó caminando por la calle Augusta. Él también sonrió por tercera vez, y metió las manos aún más al fondo de sus bolsillos, como Tony Perkins en muchas películas, se rascó la barba crecida y resolvió subir nuevamente por la calle Augusta.


Unos cien metros después, ella por la Alameda Tietê, él por Santos, ese muchacho y esa muchacha, o tal vez los dos, o quizá ninguno, pero lo que importa es que al mismo tiempo piensan, vagos y sin rencor, que estos sábados son siempre tan aburridos, mierda, nunca pasa nada. Por asociación de ideas o de alguna otra forma extraña, él o ella, o ninguno, tal vez miren hacia atrás buscando algún vestigio, cualquier resto que quede de uno u otro por la calle Augusta desierta un sábado por la tarde. Pero muchachos y muchachas así, no acostumbran a dejar rastros, y ambos ya habían desaparecido en sus esquinas de veredas y calles maltratadas. Encima de ellos, nubes cada vez más densas esconden al ángel. Un cielo grisáceo, donde no sería sorpresa que en el próximo segundo explotara un hongo atómico, cayera una lluvia radioactiva o una tormenta de Napalm, que se parecía al cielo de Saigon, quizá pensaron. Aunque, para ser precisos, ellos nunca han estado allá.