La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Torsiones de la verdad 4: Ciorán en el umbral de todos los pensamientos: desde el límite no se ven los límites enero 24, 2010

 

 

La destrucción de los armazones

 

En esta serie de escritos que estamos (en)tramando no podía faltar la figura de Émile Ciorán. No se trata ciertamente de una “obligación”: supongo que si el pensamiento de Ciorán encarna alguna imposición es justamente la de la indiferencia. Entre los grandes “destructores” de la historia del pensamiento suele aparecer un dejo de soberbia que se traduce, por lo común, en la autosindicación de su obra como una nueva forma de pensar que acaece tras la destrucción y que se transforma, por cierto, la única forma de pensar hacia el futuro, la única fructífera al menos.

 

La destrucción es jactanciosa, por qué no decirlo; involucra una serie de factores concordantes – que podemos reducir como poder o fuerza – capaces de desequilibrar cualquier estructura. La destrucción exige que esa fuerza (física, mental o espiritual) sea, como mínimo, igual a la fuerza de lo que destruye. De ahí la jactancia. No hablo naturalmente de la jactancia asimilable al berrinche de imberbes que creen inventar la pólvora apenas por haber insultado con ingenio alguna idea; hablo de la jactancia fundamentada, la impuesta por la fuerza; más odiosa, es muy cierto, probablemente a causa de su brutal coherencia.

 

El que destruye tiene, más tarde o más temprano, la tentación de escupir sobre las ruinas de lo destruido. Y casi siempre sucumbe a ella. Pero ese escupitajo, además de implicar un ostensible desprecio (paradójico por lo demás, en tanto raramente se desprecia aquello que se desea truncar) inaugura de algún modo la edificación (aunque se trate de un desierto) que reemplazará lo destruido. El que destruye, cuando tiene la suela triunfante sobre los escombros, sobre lo muerto que aún entibia, se coloca, él solito, en el sitio de lo nuevo o mejor dicho de lo definitivo. Lo que viene a prolongar la tradición aniquilándola.

 

En El Aciago Demiurgo: “El pensamiento es destrucción en su esencia. Más exactamente: en su principio. Se piensa, se comienza a pensar para romper lazos, disociar afinidades, comprometer la armazón de lo real. Sólo después, cuando el trabajo de zapa está ya muy avanzado, el pensamiento se apoltrona y se insurge contra su movimiento natural”

 

Como se ve, Ciorán no. Ciorán no cede a la tentación de erigir nada tras la demolición. Incluso se desdice de la jactancia misma que enerva el poder destructivo: “Ser el agente de la disolución de una filosofía o de un imperio: ¿puede imaginarse orgullo más triste y más majestuoso?” escribe en Breviario de Podredumbre. Ciorán tan siquiera soporta cargar con el último rescoldo del orgullo humano (escribió por caso en Ese Maldito Yo: “El sentido agudo del ridículo hace difícil, por no decir imposible, el menor acto. ¡Dichosos los que no lo poseen! Nunca sabrán lo mucho que le deben a la Providencia”. Todos sus escritos, cada una de sus palabras, aspiran a la disolución de lo humano, y es en esta disolución de lo humano (y por tanto – o sobre todo – de los productos humanos) en donde opera la (con)fusión entre – como mero ejemplo – la literatura y la filosofía.

 

No pensemos en ningún tipo de tratamiento sistemático ni en nada por el estilo; Ciorán más que escribir o pensar acerca-de los límites los encarna. La propia figura de Ciorán, enclavada entre todos los géneros y desclavada de todos ellos por los carceleros que vegetan en la puerta de cada uno, es un límite, una frontera, un ser-umbral que en el dislocamiento extremo del pensamiento racional también religa, confunde cualquier identidad o esencia de género. Él mismo, como “pensador” (última generalidad con que se lo suele sujetar) es eso, un pensador maniático y esquizo, un pensador hasta el final, inepto para ser clasificado, escurridizo en todos los sentidos. El es todo-junto: filósofo, anti-filósofo (así se auto-caracteriza), historiador del arte, escritor, crítico literario. Es todo-junto y no es nada. Los géneros en esta oportunidad no se ven amenazados en sus identidades por ninguna “teoría” sino por la incorporación de un ser humano concreto.

 

 

Pensar desde el límite

 

Una vez que aceptamos el mote de “pensador” para Ciorán, es sintomático preguntarse desde “dónde” piensa. Podemos situarlo cronotópicamente (París, el siglo XX en su fase más paróxica, etc.) pero habremos ganado poca cosa; el lugar de un pensamiento refiere a otra cuestión, imbricada con el “contexto” pero también excedente a él, restante.

 

En Breviario de Podredumbre: “¿Cuántas noches en blanco esconde vuestro pasado nocturno?: así deberíamos abordar a todo pensador. El que piensa cuando quiere no tiene nada que decirnos: está por encima, o más bien, al lado de su pensamiento, no es responsable de él, ni está en absoluto comprometido en él, pues nada gana ni pierde al arriesgarse en un combate en el que él mismo no es su propio enemigo. No le cuesta creer en la Verdad. No sucede lo mismo con un espíritu para el que lo verdadero y lo falso han dejado de ser supersticiones; destructor de todos los criterios, él se constata, como los enfermos y los poetas; piensa por accidente: la gloria de un malestar o de un delirio le bastan”

 

El pensamiento procede, se da, en un límite; el accidente es un límite, la inminencia o el desencadenamiento de un límite. Y Ciorán piensa desde allí, desde el último trasfondo que una mente (lúcida o enloquecida, si es que no son lo mismo) encuentra cuando ya tuvo lugar el derrame de sí, el ronroneante y sosegado desplome del pensamiento sobre sí mismo.
Ciorán identifica al acto de pensar con rigor con la persona de que piensa, con sus pasiones, con su propio ser comprometido en la relación con las cosas.

 

Del pequeño ensayo El decorado del saber: “No se encuentra más rigor en la filosofía que en la poesía, ni en el espíritu que en el corazón; el rigor no existe más que en la medida que uno se identifica con la cosa que se aborda o se sufre; desde el exterior, todo es arbitrario: razones y sentimientos”

 

El pensador no piensa cuando le place; el pensamiento es una irrupción, un límite que en la orilla puesta da al patio trasero del mundo. Ahora bien: cuando piensa, el pensador es ese pensamiento. Ciorán, en este sentido, es el límite entre discursos pretendidamente heterogéneos. De allí el rótulo de “Pensador Inclasificable” que hallamos en todos los membretes debajo de su nombre. Ciorán es el límite, y desde el límite mismo los límites desaparecen. Escribir o pensar son irrupciones, latigazos fulminantes del espíritu que no dejan tiempo a nada: los elementos del pensamiento no pertenecen a nadie ni a nada, están allí, en ese lugar-sin-lugar, en ese aire-sin-aire que asfixia al pensador. Ciorán, en todo caso, puede balbucear sobre la literatura o la filosofía, puede culpar a Hegel o elogiar a Gogol, pero lo hace desde un mismo magma emocional, lo hace sin anhelos de intervenir gravemente, siquiera cree en lo bueno o lo malo que tenga para decir sobre ellos o lo que hacen. Si durante algunas páginas manipula algún lenguaje “técnico” se trata menos de una convicción que de las exigencias comunicativas básicas de nuestro lenguaje. La prueba de ello está, comúnmente, en las páginas siguientes, en donde las palabras, ya desnudas de toda justificación sistemática, explicitan y dislocan lo dicho antes “rigurosamente”. Por cierto, Ciorán tiene – digámoslo de una vez – recursos de sobra para escribir lo que se le antoje. Ciorán, por sobre todas las cosas, escribe bien, diabólicamente bien.

 

La prosa de Ciorán plantea una sospecha garrafal, la temerosa de que aquel hombre que domine (en sentido fuerte) el lenguaje domine también cualquier idea metafísica, cualquier teoría estética, cualquier recurso de estilo. Ciorán escribe bien y nada más; eso a veces incomoda, especialmente a los que creen que la relación con el lenguaje debe darse a partir del sacrificio del sujeto, de la dedicación, de la insistencia, en suma: del esforzado trabajo del sujeto escribiente en torno a férreas pautas de corrección.

 

 

Determinación de lo imposible

 

Escribe Derrida en Dar el tiempo: “(…) no se puede pensar, desear ni decir más que lo imposible, en la medida sin medida de lo imposible”. Más allá de la – inmensa – complejidad que encierra la frase, Derrida está proponiendo otra forma de pensar: lo posible, en tanto es posible, está inscrito dentro de la ontología tradicional, que supone a un sujeto cerrado en sí mismo, repleto de conciencia, y a un objeto idéntico que se deja mostrar para su posible realización. Si queremos pensar o desear algo en verdad, fuera de los límites impuestos por la metafísica (y la gnoseología) tradicional, debemos pensar y desear lo imposible. No aquello imposible sino lo imposible.
Distinguir en Ciorán sus facetas de prosista, escéptico, (anti)filósofo es imposible. Hacia allí vamos.

 

Existe una frase de Ciorán que conmueve hasta los huesos a cualquiera que alguna vez haya tomado a la filosofía como obsesión. La frase es del comienzo del ensayo Adiós a la filosofía: “Me aparté de la filosofía en el momento en que se me hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza; ni en Kant ni en ninguno de los demás filósofos (…) por otra parte, la filosofía – inquietud personal, refugio junto a ideas anémicas – es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida”.

Hablaba de una conmoción en las líneas de arriba porque lo que dice Ciorán respecto a la filosofía es cierto, implacablemente cierto al menos para la obra de los que entendemos como filósofos tradicionales. Kant – no es gratuita la elección simbólica de Ciorán – es el colmo de esa actitud, un hombre que piensa como una máquina, que apenas si sale de su domicilio, un hombre que más que hombre es un método. La filosofía es inhumana, el filósofo especulativo serio debe extirpar de sí todo rastro emocional para tratarse de “tu-a-tu” con la verdad. La vida de Kant, inmensamente penosa y monótona si la consideramos desde una medida estándar, no puede ser triste porque la tristeza es una emoción. La filosofía se aferra a la Idea (platónica, cartesiana, hegeliana o la que se pretenda), al pensamiento, ese decir: al factor más raquítico en la óptica de Ciorán. La filosofía no vive sino que piensa.

 

Ciorán expone de este modo su relación con la filosofía, pero es lícito preguntarse: ¿alcanza con declaraciones de ese talante para desligarse de la actividad filosófica? Lo dudo. Y creo que también lo duda Ciorán. Toda su obra bien puede ser vista como la manifestación de esa duda. Para Cotofleac – en E. M. Ciorán. La filosofía lírica, revista A Parte Rei núm. 27 – Ciorán efectivamente hace filosofía, pero “Filosofía no en la acepción del saber total de la metafísica antigua, ni en la moderna de unificación de las ciencias particulares por una síntesis de sus resultados en una visión del mundo, tampoco en la crítica de ensayo sobre la validez, límites y posibilidades de conocimiento, sino como contemplación”. La filosofía, en una acepción muy amplia, bastante cierta y definitivamente fastidiosa, es el acto de pensar. Ciorán no puede huir de eso, gran parte en él es puro pensamiento, pero al menos no se entrega fácilmente: Ciorán obliga a que lo “busquemos” en la filosofía, obliga a llegar hasta el fondo de lo pensable para comprender que él mismo es “algo así” como un filósofo e, inmediatamente, que la filosofía no es tan “algo así” como ella misma.

 

Ciorán, En las cimas de la desesperación: “¿Cómo consagrarse a la filosofía abstracta a partir del momento en que se siente en sí mismo el desarrollo de un drama complejo en el cual se amalgaman un presentimiento erótico y una inquietud metafísica torturadora, el miedo a la muerte y una aspiración a la ingenuidad, la renuncia total y un heroísmo paradójico, la desesperación y el orgullo, la premonición de la locura y el deseo de anonimato, el grito y el silencio, y el entusiasmo y la nada? (…) ello excluye toda filosofía sistemática, toda construcción precisa”. Ciorán desprecia al sistema; lo desprecia porque examinó más de uno y encontró dentro de ellos cientos de triquiñuelas que siquiera justificaban la pretensión cohesiva que suele adjudicársele a todo sistema. De allí que se llame a sí mismo “anti-filósofo”; no es más que un juego al fin de cuentas…la filosofía no conlleva la sistematicidad y eso también lo sabe, de sobra, Ciorán. Repasen la última cita palabra por palabra: las características del “drama complejo” que enumera Ciorán ¿no son, todas y cada una, las de la filosofía más genuina?

 

Y a su vez, todas y cada una de esas características, su sentido integral ¿no están escritas en una prosa genial? ¿No son literariamente brillantes? Resumiendo: ¿No son literatura? Nuevamente aparece la dificultad para definir a Ciorán en su relación, en este caso, con la literatura. Es que Ciorán no parece “estar-hecho” de ninguna esencia sino basarse precisamente en relaciones; el pensamiento de Ciorán se originan en la – conflictiva – relación que sostiene con todos los compartimentos del pensar.

 

Escribe en Carta sobre algunas aporías: “Desdichadamente las palabras resbalan hacia la palabrería, hacia la literatura. Incluso el pensamiento tiende a ello, siempre listo a expandirse, a inflarse; detenerle por medio de la agudeza, reducirlo a aforismo o a Donaire, es oponerse a su expansión, a su movimiento natural, a su ímpetu hacia la disolución, hacia la inflación. De aquí los sistemas, de aquí la filosofía”. La ambigüedad que recorre esta frase – y todo el pensamiento de Ciorán – marca su tránsito entre la filosofía y la literatura. Las palabras y el pensamiento son inflacionarios, expansivos, y en este sentido la literatura estaría más cercana a la naturaleza del hombre mismo y de su karma de pensar; pero la literatura aparece también como sinónimo de palabrería. Es decir, Ciorán parece otorgarle a la filosofía – aunque sea indirecta y cínicamente – cierta seriedad frente a la literatura, seriedad que a su vez es objeto de mofa en el filósofo apátrida.

 

Había sido anticipado: estamos en medio de lo imposible.

 

No hay en Ciorán amor ninguno hacia la literatura; pero ese factum no actúa ciertamente como condición en tanto no hay en Ciorán amor ninguno hacia cosa alguna. Admira palpablemente a varios escritores (rusos en especial) y, de hecho, considera a la poesía como una práctica ligada a la verdad de sí. En Breviario de podredumbre: “Mucho mejor que en la escuela de los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo”. Ciorán parte de un escepticismo elemental que le impide postular a la filosofía o a la poesía (o a cualquier otra cosa) como polo en relación con una verdad presunta y material, pero en tanto se acerca más a la vida, a lo humano, opta claramente por la poesía en tanto propulsión vital. No es extraño entonces que dentro de la filosofía admire únicamente a Nietzsche.
 

 

 

(In)conclusión

 

La indeterminación exasperante y saludable que tornea cualquier abordaje de Ciorán “concluye” en eso: en la indeterminación. Hablar de o sobre Ciorán es un continuo estado de suspensión. No me parecen indignas estas palabras de Cotofleac para esbozar una (in)conclusión: “En cierto sentido el pensamiento lírico supone un retroceso (arquetipal y no axiológico) hacia la unidad originaria de la poesía y de la filosofía, anterior al proceso de desintegración del bloque mítico por su conversión divisoria en poíesis y fisiología”. Me gusta la idea de retorno en los pórticos del pensamiento de Ciorán, tanto en su filiación nietzscheana como en la más propia.

 

Ciorán siempre está volviendo desde y hacia el pensamiento. Ciorán piensa para atrás, no en un sentido meramente cronológico sino referido al mismo acto de pensar. Su mente funciona “al revés” y llega hasta ese tiempo en donde las etiquetas aún no habían proliferado como un cáncer galopante. Ciorán, en el amrco de esta serie de Torsiones, funciona quizás – él mismo, su persona y su pensamiento – como el argumento más serio para la indistinción entre filosofía y literatura. Fuerza abrasadora del pensador genuino: no son las palabras de Ciorán el argumento sino él mismo.

 
 

 

Mome

 

 

 

One Response to “Torsiones de la verdad 4: Ciorán en el umbral de todos los pensamientos: desde el límite no se ven los límites”

  1. sonia Says:

    La filosofía lírica indaga en los cauces subterráneos del ser, cruza el umbral donde otras filosofías han quedado tambaleantes, tratando de adormecer las inquietudes y la fuerza de lo humano, con conceptos herméticos,


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