La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

John Ashbery y el ocaso de las rotulaciones febrero 28, 2010

Filed under: Literatura Norteamericana — laperiodicarevisiondominical @ 11:15 am
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“¿Has comenzado a estar en el contexto en que sientes
ahora que el peligro ha desaparecido
?”
John Ashbery (Tarde de campo)

Triste parábola dominguera

 

Una tarde cualquiera de domingo – recuerdo que hacía calor y que los pájaros, por alguna misteriosa razón, eran sus festejantes – andaba yo por un parque de Buenos Aires, perdiendo el tiempo supongo, pensando en nada, cuando presencié una escena fútil y determinante a la vez. Varios niños (morochos, rubios, hasta había un pelirrojo) perseguían algunas mariposas en un recodo del inmenso parque con improvisadas trampas confeccionadas con papel de diario, tronquitos y mucho apuro.
No las perseguían con un odio decidido, tal como se persigue a una rata para despanzurrarla o a una cucaracha con el spray venenoso en la mano; lo de estos chicos (no más de 10 años en promedio) era de otro calibre, algo así como un acoso delicado, piadoso. Se notaba que tenían planes para esas mariposas, y también se deducía que, fueran cuales fueran esos planes, las necesitaban vivas.
Admito que me enfadan esas escenas; podrán ser “naturales” en algún sentido pero me enfadan. El hombre, aún cuando “menos” hombre es (hablamos de la tierna infancia), gusta de divertirse con el resto de las especies. Esto no es tan malo si consideramos que con la adultez lo asaltan las ganas de divertirse con la propia especie, pero de todos modos me molesta. Aunque no tanto como las ancianas lenguaraces. Precisamente un ejemplar de esa especie abordó a los niños para explicarles (en su insufrible tono) qué podían hacer con las mariposas en caso de atraparlas: les habló de los colores, de cierta variedad regular que podían encontrar en sus manchitas, del tamaño. Dicho de forma escueta: les enseñó una clasificación posible para las simpáticas criaturas.
Los niños, por su parte, pasaron de un simulado respeto a una decidida confusión entretanto hablaba la mujer. Más allá del aburrimiento a causa de las “sabias” palabras de la señora (¿quién no podría aburrirse?), noté en sus expresiones la desazón por lo que podríamos llamar el “conocimiento utilitario”. Digo: ellos no querían saber tanto, las palabras de la mujer colmaron de objetivos y razones plausibles su soleada persecución. Tal vez los planes que tenían para las mariposas no eran otros que soltarlas luego de la captura, al estilo de ciertos pescadores caritativos; o quizás querían matarlas horriblemente con alfileres, fuego y todo lo demás. No lo sé, pero en cualquier caso estoy convencido de que sus intenciones originales no eran las de rotular los bichitos con categorías antojadizas.

 

Todo esto porque ¿saben qué?: los niños, agresivos e inmotivados, me hicieron recordar al mundo en su caza de las almas poetas, tantas veces por mera diversión; la señora, reflexiva y clasificadora, algo resentida me atrevería a decir no por ningún rasgo que pueda explicitar, me hizo recordar a ciertos críticos literarios en su otra caza de las almas poetas, ejecutada tantas veces también por mera diversión, aunque también por comodidad, resentimiento o un puñado de billetes.

 

Ahora sí: todo esto porque intento escribir sobre John Ashbery (acaso el más grande poeta vivo, aunque el título ya resulte de por sí una tontera) y el propio intento proyecta la imposibilidad de definir a un poeta genuino sin mentir sobre su obra o – en el mejor de los casos – simplificarla. Quiero decir, continuando con la analogía: abordar la obra de un poeta como Ashbery nos coloca irremediablemente en la posición de los niños perseguidores o de la anciana pragmática. En efecto, las páginas que siguen, sean lo que lleguen a ser, no consistirán en otra cosa más que en la maltrecha tentativa de evitar ambos papeles.

 

 

Recuento de etiquetas

 

De modo que, veamos: líder junto a O’Hara del grupo New York Poets, romántico tardío, heredero de cierto simbolismo licuado por la obra de Yeats, claro sucesor de Eliot en sus poemas más extensos y conceptuales, contemporáneo del estallido Beatnik, poeta metafísico, el Friedrich Hölderlin de nuestros días…podría continuar algunos renglones así. No puedo dar cuenta de que tamaños calificativos encuentren fundamento en los poemas de Ashbery, por el momento me estoy limitando únicamente a citar algunas de las filiaciones que se le endilgan; insisto: no puedo escribir nada con sentido definitivo de la obra de Ashbery. No puedo ni quiero.

 

Ashbery se aleja y se acerca del foco de atención, su poesía es como una oruga epiléptica; quiero decir: ¿quién podría percibir el temblor en una oruga? ¿Quién se negaría a jurar que el desafortunado bicho no se está moviendo? Vivir más de 80 años es un asunto de ética dudosa en cualquier caso, pero en un poeta puede parecer una broma de mal gusto. El primer libro de Ashbery apareció en el año 1956, estamos hablando de una trayectoria poética de más de 50 años…por el amor de cualquier dios ¿qué es lo que puede mantenerse indemne en un hombre (y en la poesía) durante 50 años? Nuestras (desgarradoras) ansias de identidad nos obligan por lo general a buscar es “qué” y, tristemente, a encontrarlo, aún al precio del invento descarado. La estabilidad, la permanencia, la fijeza suele ganar la contienda; buscamos desesperadamente una “esencia” que definir y en el caso de Ashbery, pese a la andanada de calificativos que se le pegan, también suele hablarse – justo allí, algunas palabritas después del despliegue de esos calificativos – de un supuesto estilo que subyace a toda su obra, o de ciertos semblantes comunes que los poemas de su producción mostrarían a quien quisiera detectarlos. Es necesaria siempre una instancia “conciliatoria” que venga a juntar los trozos desperdigados por el tiempo y la libertad, a darles una forma presentable para el “baile literario” que tan bien conocemos. Pues yo digo que en este caso, más que en muchos otros, la intentona es baldía e incluso nociva para la apreciación del poeta.

 

Ciertamente, es necesario decirlo, para con los poetas contemporáneos el trato no acostumbra a ser tan indulgente como con los artistas de otros tiempos, aquellos que precisamente se muestran hoy como sin-tiempo. Por hablar de algunos: un Shelley se nos cae de las manos, es delicado, frágil, puede encastrar cualquier palabra con cualquier otra y nosotros no veremos en dicho encastre otra cosa que maravilla. Sencillamente porque todo lo que venga de Shelley será una maravilla, más allá de que (quizás sobre mencionarlo) por lo general nadie leyó la maravilla entera o al menos buena parte de ella. No se discute demasiado su ética ni sus posturas políticas, no se juzga prematuramente su “evolución” o su “decadencia”, no se lo compara infinitamente consigo mismo, con su pasado, con sus obras más perfectas. Practico esta pequeña digresión porque considero que en cualquier abordaje potencial que se intente, los contemporáneos (máxime si son poetas, ese satélite tan alejado del hipersuperultramercado) corren con el caballo más flaco. ¿Por qué? Oh no amigos, jamás fui bueno para las respuestas…para el caso será por algo así como un “resentimiento epocal” basado en que Ashbery no es Shelley. Otra pregunta: ¿tan seguros estamos de eso? ¿Tan confiados en que el bronce hace rato se agotó por una suerte de pase mágico y negro? ¿Por qué no saltar una vez sobre esa melancolía colectiva para dispensar un trato más benévolo a los genios (o lo que diablos sean) de hoy? ¿Por qué al menos no lo hacemos para evitar el escarnio propio de andar buscando moldes, nombres y objeciones para todo?

 

El propio Ashbery en uno de sus poemas más reconocidos, ¿Qué es la poesía?, plantea la misma cuestión – la de la indeterminación de la poesía y los poetas – mediante otra vía:

 

“¿La ciudad medieval, en un friso
de niños exploradores de Nagoya? ¿La nieve

 

que llegó cuando quisimos que nevara?
¿Imágenes bellas? ¿que intenten eludir

las Ideas, como en este poema? ¿Y volvemos
a ellas como a un esposa, abandonando

 

 a la amante que deseamos? Ellas
tendrán que creer en esto

 

tal como nosotros lo hacemos.
Todo pensamiento se rastrilló.

 

Lo que quedó era como un sembrado.
Cierra los ojos, lo sentirás a millas de distancia.

 

Ahora ábrelos a la estrecha senda vertical.
Debería darnos ¿qué? ¿Tan solo algunas flores?”

 

Dos cuestiones me interesan al respecto: en primer lugar la obvia y esencial (in)definición que Ashbery ejecuta sobre la poesía, que a los efectos de este escrito hace las veces de prueba concluyente, prácticamente una confesión de partes. Pero por otro lado creo valiosa la minúscula “teoría” que el poeta (en y desde la poesía) esboza sobre el pensamiento vacío.
La cultura occidental ataca el pensamiento humano mediante un proceso de sustracción que lo convierte en un páramo, un desierto. Es en esa arena en donde la poesía cobra su valor y lo pierde a la vez; allí, en el desierto del pensamiento, la poesía debe luchar.

 

 

Un héroe de nuestro tiempo: la banalidad y el torrente escabroso de la conciencia escrita

 

Tu historia de amor, ¿qué es
sino una tempestad en una tetera

John Ashbery (Naturaleza muerta con extraño)

 

Cuando más arriba, en este mismo escrito, se insinuaba el descontento con el trato a Ashbery habida cuenta su contemporaneidad no se quiso de ningún modo sugerir algún desaire del poeta para con su tiempo, verbigracia: nuestro tiempo. Muy por el contrario, Ashbery es un poeta de nuestro tiempo, de nuestro enrevesado tiempo que se viene gestando – en silencio y a los gritos, con agua y con fuego –, de alguna manera, desde el fin de la Segunda Guerra. Incluso no es descabellado pensar en Ashbery como el poeta más despiadado de la banalidad en que el mundo devino.

 

Escribe en su maravilloso poema de 1970 titulado La prueba:

 

“Es el vacío que sucede a la alegría, y Cada hombre debe partir
hacia la noche solitaria, pues su destino
es regresar sin frutos de la levedad
que el tiempo fugaz evoca
(…)
Mira la suciedad que has provocado,
ve lo que has hecho”

 

El hombre, ya perfilado como desobra* de la modernidad exasperada, no tiene otro destino que la noche, la noche que es de todos y no obstante de cada uno en su aislamiento. Al hombre, enterrado hasta el cuello en la porquería inodora de la banalidad, no le queda otro sitio que la noche, esa noche profunda e infinita que descansa los restos relucientes y vanos del día. De Hotel Lautréamont: “Sólo la noche sabe; el secreto está a salvo con ella / La gente por lo tanto sabía qué quería y cómo obtenerlo

 

Muchos podrían ser elegidos antes que nosotros / pero cada uno debe vivir su propio tiempo” escribe lacónicamente en Años de indiscreción, entre su poesía setentista. La indiferencia que zurce la frase permite la sospecha tanto de una indolencia propia de la banalidad regente como de una culpa apenas culpable, eximida por el destino mismo de la humanidad. Somos los que somos – parece decir Ashbery – y más allá de cualquier pataleo estamos al mando, apoltronados en la cabina y abandonados por el radar que debería conectarnos a la divina torre de control. Somos los que somos, viviendo en el modo de la “caída” heideggeriana, en estado de yecto, hechizados por la cotidianidad automática e impersonal…sólo la noche puede mediante sus implacables estiletazos despertarnos a ese factum. Si es que puede.

 

Si es que puede, porque la banalidad como concepción neurálgica de la vida en comunidad despliega sus tentáculos sin remedio ni zozobra; es el tedio su alimento y su truco, un tedio que se produce en la exasperación del esparcimiento y el espectáculo. En su poema En cuanto se arregle Ashbery alcanza lo explícito:

 

“Apenas tolerados, viviendo en los márgenes
de nuestra sociedad tecnológica, teniendo que ser siempre rescatados,
casi al borde de la destrucción, como heroínas en Orlando Furioso,
justo antes de que llegara el momento de empezar todo de nuevo.
(…)
Estos, pues, son algunos de los riesgos que implicaba el juego
y aunque sabíamos que el juego era riesgoso y nada más
no dejó de ser choqueante cuando, casi un cuarto de siglo más tarde,
entendimos por primera vez claramente las reglas.
los jugadores eran ellos, y nosotros, que tanto habíamos luchado
en el juego
éramos sólo los espectadores
(…)
Y ya ves, ambos estábamos en lo correcto, aunque nada
haya llegado en cierto modo a nada; los avatares
de nuestra consecuencia con las reglas y vivir
alrededor del hogar han hecho de nosotros – a ver, por así decirlo,
buenos ciudadanos

 

La marginalidad inicial, originaria podríamos decir, la postura y la convicción de vivir en los límites de un mundo que apenas se soporta, un mundo expansivo que a fuerza de cables e inventos incesantes se constituye como una catastrófica trampa. El gran monstruo moderno sabe tragarse a los insurrectos sin siquiera eructar para no levantar sospechas. La arena deviene escenario, las paredes estadios y el mundo un juego, un juego monumental en su manera de darse y (esta parece ser la parte más agria del estofado) ajeno, nefastamente ajeno. Los que juegan, los que aún sumidos en el juego al menos despuntan el placer de jugar, siempre son los otros. Y Ashbery parece saber de forma tan sencilla como lapidaria cuál es la única conducta humana posible ante el descubrimiento de las reglas: hay que volver a casa, levantarse flemáticamente de la butaca y volver en silencio, con la cabeza clavada en el suelo, al hogar. Es decir: a las instituciones, a las costumbres aborrecidas, al tedio de la corrección. La banalidad lo invade todo, tiene mil versiones (¿qué más le puede dar una que otra?) y todas son ejecutadas con frialdad y eficacia. Los hombres saben del frío quirúrgico de esa certeza pero ¿qué pueden hacer por ello?

 

El caso es que, sea del grado que sea la impotencia del hombre – considerado este como entidad individual limitada por el transcurso del tiempo y por sus condiciones físicas – ocurre que tiene una conciencia permanente y pertinaz en su parloteo. O en sus silencios. Más allá de la enorme gama de nociones que representa el término “conciencia”, entendamos por ella esa presencia indescifrable como detrás de la nuca que nos hace acordar de nosotros mismos en cada despertar, que incluso permite hablar de algún “nosotros mismos” signifique lo que signifique la autoidentidad, exista o no. Y la conciencia fluye, claro que fluye. Qué no hemos escuchado sobre el asunto, desde Bergson, Bretón o Joyce qué no hemos leído. La modernidad con su abanico de innovaciones y estímulos enloqueció a la conciencia humana, la sometió a la velocidad, le puso nombre al río de impresiones temporales y atemporales que la conforman.

 

Con todo, ese flujo tiene muchas maneras de fluir; no podía ser de otra manera, casi tantos como seres humanos hubo y habrá. Y por cierto tiene también un tinte epocal: Ashbery utiliza el fluir de la conciencia al nivel de la escritura (o es utilizado por dicho fluir, vaya uno a saber) de una manera diferente a como podía utilizarlo Aragón, por nombrar a alguien, o Marcel Proust o William Faulkner. El abrupto torrente practicado por Ashbery, especialmente el estilado después de los ’70, remite menos a una libertad asociativa de la conciencia trascendental que a una tara de la percepción y de los sentimientos humanos causada por la destemplanza, la exasperación de la “realidad”. El gesto (claramente heredado de Eliot en lo formal) oficia como correlación de un mundo disuelto en su propio vértigo, un mundo que ha quedado anonadado de repente ante todo lo que existe, que siquiera puede hallar los objetos (concretos o imaginarios) causantes de su psicosis. Escribe Ashbery en Un poema adicional:

 

“¿Cuándo entonces la esperanza y el miedo sus objetos encontrarán?
(…)
Pero la noche es culpable. Sabías que la sombra
En el baúl era delirante
Pero mientras más hambre tienes, olvidas.”

 

El hambre y el olvido. Tal vez sea ese el mejor título para la película de nuestras décadas.

 

 

 Mome

 

* El término es de Maurice Blanchot y refiere al proceso de desgobierno por parte del sujeto en la escritura; escritura que en una maniobra fulminante en verdad crea al que escribe. Me permito extender el alcance de este neologismo al modo en cómo el hombre moderno, lejos de controlar su “producto” fue (re)creado por él.


 

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