La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Nota al pie: Leadbelly, el inadaptado mayo 31, 2009

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Leadbelly_sitting
Quisiera saltear rápidamente el acaso impertinente registro biográfico acerca de Leadbelly. Creo que en torno a su figura cualquier conjetura se antoja caprichosa. No menos cierto es que se ignora la fecha de su nacimiento, aunque con cierta presunción pueda entenderse que nació algún día de enero o febrero de 1888. Los censos, las lápidas, los registros de enrolamientos en el ejército, por contradictorios, devienen apócrifos. No obstante, su nombre real, Huddie, tuvo que oírse primero en Louisiana, luego en Texas, donde un joven Huddy era capaz de recoger 1000 libras de algodón por día (Jump-right-ahead-and-pick-a-bale-of-cotton!). La música no hubo de incorporarse a su vida mucho más tarde. Aunque los detalles no son certeros, algunos cronistas remiten a que su tío, Terrell Ledbetter, lo introdujo a la guitarra cuando se apercibió de las cualidades del joven Huddy. Luego vino un acordeón, una mandolina y probablemente, un piano. A los catorce años, edad en la que abandona la escuela definitivamente, ve en la música una salida y a los veinte se larga de casa para ya no volver.
Ésta puede ser la historia de Leadbelly, pero también la de muchos bluesmen. El denominador común no se evidencia tanto en una vida paria como en jamás hacer excesiva gala de ese infortunio. El blues, en contraposición con otros estilos, no hace a la tristeza, sino a su evocación; dentro de esa evocación, lo que surge es una manera de sentir la tristeza. En la escala pentatónica ocurren, como sabemos, 5 notas: una de ellas está escondida y no es sino producto de saber pulsarla. Como en una ruleta rusa de 5 balas, la blue note escoge al músico o es escogida. El blues conoce, entre muchos otros, misterios como éste: saber que las apuestas curan o matan. Hacerse con la búsqueda de ese misterio. Estas líneas, noto, se diluyen parcialmente en él.
Hablo de blues, hablo de negritud, hablo de caminos que pocas veces anduve más que en la imaginación. En el centro de la obra de Leadbelly, entre canciones de disculpas y tonadas sureñas, se inserta un oráculo. No conoce autor, sólo intérpretes. Leadbelly probablemente haya sido uno de los primeros en llevarlo a formato disco. Aunque se estima que la composición data de 1870 en algún lugar de los Apalaches, Where did you sleep last night? fue grabada por Leadbelly a mediados de las años cuarenta, sin otra referencia que algunas tomas ejecutadas por intérpretes pasajeros. La canción nunca conoció título ni versión original, nunca tuvo una partición de estrofas regular, nunca fue un standard en la acepción más pura del término: lo que se modificó, lo que se recreó fue el misterio oculto en las palabras. Con cada coma que se alarga, con cada silencio que se interrumpe, cada vez nos es más difuso saber quién canta, desde dónde canta y qué describe realmente esa canción.
leadbellyLa versión de 1917 fue conocida también como Black Girl, o In The Pines.
Black girl, black girl, don’t lie to me,
Tell me where did you sleep last night?
I stayed in the pines where the sun never shines
And shivered when the cold wind blows
Algunas estrofas de versiones posteriores, además de un accidente en tren, rememoran sucesos mágicos.
I asked my captain for the time of the day
He said he throwed his watch away
La versión de Leadbelly, mucho más tarde evocada por Kurt Cobain en la que fuera una de sus últimas apariciones en televisión, sería la más misteriosa de todas. Se revelaría un asesinato, la desaparición del cuerpo, la ausencia de móvil.
Her husband was a hard-working-man
Just about a mile from here.
His head was found in the driver’s wheel
But his body was never found.

Lo que resta, lo que no acaba de resolverse jamás, es un punto de vista que resolviéndose difícilmente determinaría algo. ¿Quién llama a aquella chica, quién le pregunta, quién la incrimina? ¿Quién, en todo caso, tuvo que alejarse tanto y por qué a un bosque de pinos, donde el sol jamás brilla, donde temblar toda la noche? Son preguntas tan inalterables como una quinta nota que venga a validar una emoción, un suspenso, una verdad. Preguntas como las que te harías por el “inadaptado” que, sin razón, describe a Leadbelly al principio de estas líneas, sin que yo haya dicho ni siquiera una palabra sobre Flannery O’Connor y que ahora, con eso, crea que ya te lo dije todo.
Hasta hace poco me lo cuestionaba, hoy lo sé. El arte no está aquí para formular preguntas, sino para dar respuestas a preguntas que nadie hizo ni hará.
Sobre Leadbelly no hay verdades más que aquella mirada petrificada que Kurt Cobain le echó a la cámara, mordisqueando el final de Where did you sleep last night?, presintiendo que algo se había roto, que en silencio cada palabra sería la antesala de la última y que en todas ellas, habría de temblar toda la noche antes de poder decir.

 

 

 

M.A

 

 

 

 

Rilke: Apenas la poesía mayo 28, 2009

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rilkepicEl símbolo, la belleza y lo terrible  Soy de los desafortunados que no creen en la teleología, ya sea en su versión laica, ya sea en la sacra. Se sabe, desde Platón y Aristóteles (en este caso sí funciona el dueto) el pensamiento occidental ha tendido a buscar un fin (telos) para todo, desde el universo hasta el último mondadientes. Se sabe, también, que las religiones han hecho de esa consigna un escándalo de tren fantasma, repleto de juicios postreros y destinos hundidos en la eternidad y sus diversas habitaciones, las celestiales y las no tanto. Tanto se ha insistido en la cuestión del futuro – de eso se trata en el fondo, del pánico ciego por el futuro – que hasta ese aborrecible monstruo de la inteligencia y el plagio insidioso, Tomás de Aquino, inventó con ella una de sus famosas “vías” hasta Dios. Supongo que la cobardía que nos aqueja por ser conscientes de nuestras propias acciones y – sobre todo – de nuestra propia muerte es la causante de semejantes dislates.
Y yo, que no me jacto de ser valiente, tampoco lo hago de ser cobarde.
Pertenezco entonces a la triste secta de los que no ven fines en ningún lado, pertenezco a aquellos que más que asombrarse de un supuesto orden de las cosas (después-del-día-viene-la-noche, las 4 estaciones y cosas así) se aburren de él. Y todo lo escrito hasta aquí sería íntegramente verdadero sino fuera por la poesía.
Existe un período de nuestras vidas en el que las ideas y los sentimientos tienden a transformarse en convicciones furibundas, en jactancias. La modernidad le procuró un nombre a ese período: lo llamó adolescencia. El escepticismo también puede ser una jactancia; en efecto, la mayoría de las veces culmina en un número patético, plagado de autobombo y de poses hurañas para imaginarias cámaras. Me tocó ser en aquella época un fundamentalista del descreimiento. Hasta que leí a Rilke.
La poesía, cierta poesía, tiene el poder de reducir a trizas cualquier pretexto esgrimido contra la eternidad o el mundo. No es un fin precisamente; no cumple los requisitos del formulario de la utilidad y renguea fiero a la hora de prometer recompensas. No es un fin pero cumple las virtudes de aquél: la poesía justifica el mundo y la existencia, para decirlo con palabras sencillas. Apenas la poesía.
Las Elegías de Duino, acaso uno de los últimos hitos de la poesía moderna, fueron publicadas en 1922, año que – ya se dijo algo en este blog al respecto – ostenta una serie de obras artísticas que incita a la desconfianza. Pero fueron trabajadas durante diez años: desde 1912 Rilke les dio forma trabajosamente, contrariando de alguna manera esa suerte de estigma que persigue a la poesía y que consiste en la inmediatez, en la furia creativa de la inspiración. El mismo Rilke, en el mismo año, publicó además los Sonetos a Orfeo, escritos en apenas unos meses, como para corroborar el estigma. Las Elegías, no obstante, no muestran el fatigoso trabajo que las generó. Borges en alguna parte dijo que las obras maestras se caracterizan por ser fruto de un ardoroso esfuerzo pero también por no evidenciar esa labor. Las Elegías, pese al sesudo trabajo que las precedió, parecen escritas por un brazo tan enérgico y volátil como un halcón; parecen escritas contra el tiempo, al modo de una ráfaga de fuego. Las Elegías de Duino parecen, para decirlo de una vez, perfectas. Y todos sabemos que la perfección, al menos en el terreno poético, está emparentada a la prontitud, a la urgencia del espíritu por estrangular a la duración.
Rilke es un poeta extraño en la tradición alemana, de la que tal vez representa el último “nombre sagrado”. Y lo es particularmente en las Elegías de Duino, en las que no hay referencia alguna a los rasgos típicos de la poesía alemana o a la mitología nórdica. Probablemente resida en esta condición la singularidad de las Elegías: se trata de simbolismo (tan francés él) ejecutado por un alemán. Simbolistas son sus motivos, en especial el que subyace a todo el poemario (la relación entre creación artística, existencia y muerte); simbolista es su ejecución, repleta de referencias a la juventud y de guiños hacia la soledad esencial; simbolista es, en fin, su concepción sobre los efectos mágicos o sagrados del lenguaje, sobre el encantamiento que puede provocar y la atmósfera decadentista en la que se mueven las palabras.
La poesía justifica a la existencia y al mundo, escribí más arriba. Ciertos poemas de Rilke pertenecen al grupo selecto de aquellos que tienen ese poder y esta pertenencia no se cimienta únicamente sobre una cuestión de talento. El talento, ciertamente necesario para cualquier faena decisiva dentro del arte, no basta para encumbrar automáticamente a su poseedor. Quiero decir: el talento es condición necesaria para escribir grandes obras, pero no condición suficiente para hacerlo. No se me ocurre dudar, a modo de ejemplo, del talento poético de un Jean Paul o un Lamartine; tampoco se me ocurriría colocar a esos autores en un lote análogo al del propio Rilke o al de Whitman o al de Rimbaud o al de Coleridge. El espíritu habla en estos últimos; es ese espasmo de ansias espirituales lo que desborda la obra meramente talentosa para enclavarla en la cumbre de la realización humana.
Pero ¿cuál es la manifestación acabada de esa cumbre? Probablemente no la haya, probablemente cualquiera de los candidatos a semejante cargo presente una carencia elemental para satisfacer la incógnita. Entre esos candidatos, sin ínfulas de originalidad, opto por la belleza. Es la belleza, alejada de cualquier definición dogmática, la aparición sensible que denuncia y remite a la cumbre espiritual. Lo bello, libre en su aparecer es la sustancia (insustancial) que sacude a través de la poesía, el nervio mismo de la existencia humana y, sobre todo, la creencia que tenemos de ella.
Ahora bien ¿es la belleza el todo de esa referencia, o al menos un elemento que por sí solo resuelva el misterio? No lo creo. Rilke, que tampoco lo cree, en la Primera Elegía escribe:
“Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos”
Lo terrible de Rilke, esa noción que (al igual que ocurre con la de tiempo según esgrimió lúcidamente Agustín de Hipona) despierta al avizorarla su más profunda comprensión de nuestra parte al mismo tiempo que la más absoluta imposibilidad de explicación con palabras de este mundo. Todos sabemos de qué está hablando Rilke y ninguno podría dilucidarlo para otro, siquiera si ese otro también lo sabe. Rilke hace de la incomunicación esencial no sólo un motivo que abanica todas las Elegías sino también un rasgo contundente de su poesía. La figura de los amantes desgarrados por la certeza de su distancia, o mejor dicho de la imposibilidad de unión real, circula por la colección de elegías y simboliza la soledad radical del hombre. Pero la poesía misma de las elegías, derivada de ese “principio” citado más arriba, es a su vez la expresión de lo bello, esa parte admisible de lo terrible. La poesía, que incluso justifica la existencia y el mundo, no puede dar cuenta de lo terrible en otra forma que no sea la de la belleza, es decir, en forma de símbolo.
 
 
 
rilke1895_1La juventud y el grito Rilke retoma en las Elegías de Duino un tópico romántico; dicho con más propiedad, el tópico romántico por excelencia: la juventud. Pero Rilke, se sabe, ya había pasado por el filtro del simbolismo francés y ante él la juventud se erguía con otras propiedades que las que rescataron los popes del romanticismo. Con menos nostalgia, con más veneno. La juventud – lo que en este marco poético es sinónimo de muerte joven – es un rasgo heroico y violento, menos susceptible de compasión que de secreta envidia. Se lee en la sexta elegía:
“Raro el parecido de los muertos jóvenes
con el héroe. A éste durar no le importa.
Su ascensión es vida. Se exalta y se lanza
cada vez en medio de las renovadas
formas de peligro
que en todo momento lo acecha
El joven – más que la juventud en su acepción cuasi platónica – es la negación de las negaciones: encarna en su ser la negación del tiempo como duración. El joven, en su desprecio del tiempo cotidiano, del inerte tiempo que se preocupa básicamente por conservar, lo niega como patrimonio válido para el hombre y avanza hacia la muerte del tiempo, hacia la muerte. Escribe Rilke en la octava elegía:
“¿Qué es el destino? No más que eso: siempre
estar delante y nada más, delante”
Delante. El avance por el avance mismo; el avance por la fuerza irresistible de la vida que tiende hacia… delante. Esa fuerza que se traduce en el hormigueo inquebrantable de la inminencia. Delante, ese eterno delante que culmina (en el sentido riguroso de la palabra) con la muerte. La muerte joven: esa muerte que salva de la desdicha de ser hombre, adulto. Otra vez Rilke, en la octava elegía:
“Ven con todos sus ojos las criaturas
lo Abierto (…)
Los hombres nunca, ni siquiera un día,
ante sí tienen el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
Siempre está el mundo alrededor”
   
El decadentismo de la modernidad golpea con un sonido sordo, hueco, en las páginas de las Elegías. El mundo, lo impuro y sintético del (moderno) mundo, entorpece la relación de la criatura con el universo: el mundo rodea al hombre, lo cerca, le oculta el infinito que le fue destinado. Rilke, como todos los hombres, tampoco lograba huir de su tiempo: la infamia de la Gran Guerra había dejado paso a una falsa calma repleta de bienestar y lujos, la expansión capitalista de posguerra (aún en Alemania, en donde las insurrecciones comunistas se repetían cada dos años) estaba encubriendo el cielo vertiginosamente con productos flamantes, con objetos tan novedosos como pueriles.
“Acá todo es distancia; allá era todo
respiración”
La juventud es el último mojón de ese allá que se asoma en el poema rilkeano; el último parapeto de la libertad. Pero allí, en el meridiano exacto de ese parapeto, surge la impronta propia de Rilke para desmarcarse del romanticismo y espetar en el rostro del todavía nuevo y sin embargo magullado siglo. Allí, en la trinchera terminal, surge el rasgo moderno, el desdén propio del dandy inteligente, afiebrado de orgullo:
“¡Basta de súplicas! ¡Basta! Que una voz nacida en ti
sea el alma de tu grito; grito puro en otro tiempo
como el reclamo del pájaro cuando la estación lo exalta”
El derrotero metafísico en que consiste la historia, la devaluación inapelable en que consiste la vida del hombre – y con él, con cada hombre de este mundo, la vida de la especie humana – no supone, no puede suponer, la derrota amistosa. Tal como la juventud representaba el último espacio de la libertad, el grito puro, bestial, estridente, inflamado, constituye la última manifestación de la resistencia. Rilke nos habla del territorio aquél en donde el habla misma no tiene sentido, la comarca tan temida en donde las palabras se disgregan en el diluente espasmódico de la perplejidad. El mundo, una vez sacudida su escenografía, una vez removidos todos los obstáculos, el mundo desnudo, lo que sabe provocar es pavor, aturdimiento, un silencio tan hondo como el pozo en el que habita el derrotado. La única alternativa a la mudez está encarnada en el grito; el grito forjado por un puñado de vísceras en llamas, furibundas frente a la imposición que esos rostros de porcelana bañados en lágrimas evidencian alrededor. El grito, el fuego, el estallido del espíritu sorteando el ardid de la inteligencia y los bemoles del cuerpo. La esclavitud se revierte en grito, en alarido espectral que carga en su resonancia el sino del siglo sangriento y su porvenir, su inminencia de masacre generalizada.
 
2521“…el seno es todo” Pero, entonces…¿Qué propone Rilke? Créanme, he oído alguna vez esa inquisición, aunque por suerte mi memoria no llegue a identificar los labios toscos de los que emergió. Los poetas no proponen, es casi una ofensa tener que aclararlo. Tal vez sean los únicos seres de este mundo incapaces de proponer nada. Los poetas disponen, aunque esa atribución se la lleve siempre el dios cristiano. El poeta simplemente observa en la oscuridad; ve allí donde no hay nada para ver a los ojos humanos.
Sin embargo, esto es sabido por todos, los disparates más ingenuos suelen ser acicates de reflexiones en torno a él, de reflexiones que ciertamente lo exceden y lo aniquilan, pero que en última instancia siempre cargan con una marca congénita, asociada al dislate en cuestión. Quiero decir: he pensado, a partir de aquel comentario, la posibilidad de que algún elemento en la obra de Rilke se perfilara como candidato para una (im)posible “propuesta”.
Pues bien, hechas ya todas las salvedades, ese “elemento” podría ser, en su inmensa generalidad (o quizás precisamente gracias a ella), el retorno al útero materno, al origen, a la fuente.
No se trata de un plan original, vale decirlo. Qué otra cosa es el arte al fin de cuentas que la búsqueda desesperada de un más-allá que está ligado al absoluto, a la honda calma amniótica. Fuera del terreno artístico incluso (en lo que los manuales y los hombres conservadores llaman “vida real”) tengo para mí que el fin esencial del ser humano tiende a ese absoluto: eso buscamos en el sexo sentido, en las adicciones, en los placeres fugaces que manipulamos para despegarnos del tiempo.
Sin embargo, el talento encuentra siempre bordes novedosos para transitar lo gastado y Rilke, según creo, cuadra en esa tónica. Una vez más, Rilke en las Elegías de Duino:
“¡Oh, ventura sin par de la pequeña
criatura que en el seno permanece
que lo gestara! ¡Oh, dicha del mosquito
que interiormente salta todavía
hasta en sus bodas! Pues, el seno es todo”
El poeta celebra con dolor la dicha de lo imposible. ¿Qué representaría para la criatura humana la permanencia en el seno?: la imposibilidad de la existencia, la (in)existencia eterna. Pero en ese caso no tendría sentido alguno la celebración: nadie celebra en exceso su situación normal. Para celebrar la ausencia de vida (entendido este concepto como “vida cotidiana” o “vida humana”) es preciso haber probado el espasmo de la humanidad. De este modo, la celebración se reduce a la melancolía del imposible retorno, un retorno que no por imposible cesa de ser; un retorno que pone al hombre – y al espíritu que lo secunda y apuntala – en una circunstancia de huida constante. Para terminar, Rilke:
“¿Quién nos ha hecho girar de esta manera
que, hagamos lo que hagamos, siempre estamos
en la actitud del que se va? Y como éste,
sobre el último cerro que le muestra
una vez más aún todo su valle,
se da vuelta, se para y titubea,
tal vivimos nosotros, despidiéndonos.”
 

 

 

 

                                                                                                                                         Mome

 

 

 

Resolana – Lucía Mazzinghi mayo 26, 2009

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Recibimos Resolana, segunda novela de Lucía Mazzinghi, editada por Paradiso Ediciones.
Lucía Mazzinghi nació en 1975, en la ciudad de Buenos Aires. Publicó en 2005 el ensayo literario Recorrido por el Ulises de James Joyce – Guía de Viaje.
Actualmente está escribiendo su segunda novela que lleva como título tentativo Carmelo o fuga en mí menor.
Todo vuelve. Todo es lo mismo pero otra cosa. No el signo, vuelve la fuerza. Eso lleva a un continuo, eso hace que esté acá, en un día caluroso de febrero, escribiendo yo él ella qué sí no entonces. Me oigo respirar. Desdoblada, detecto una voz lejana. La historia es una pesadilla de la que bla bla bla; estalla con vértigo desencontrado la historia, el progreso no existe, sólo caminos en espiral, avances y caídas, curvas y contracurvas.
La infancia, un gusto en la boca, un sabor: la prueba física. Cuenta eso que pasa transformado, que llega hoy, esa fuerza. Un vestido de muselina, su crujido, su olor. Uno también puede pasar cadáver. Puede pasar orillas o faroles, una voz desarrapada, una habitación que es tantas que no importa el nombre o la descripción detallada de lo que hay en su interior, degámosle: habitación que pasa, pasa también barco de piratas, llanto sin ruido, anécdota destartalada, ritmo subterráneo y sopa de tomate hirviendo.
El olvido y la memoria son iguales: grietas. Huecos. Enigmas
.”

 

 

Algo Urgente – Joao Gilberto Noll mayo 15, 2009

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Titulo Original: Alguma coisa urgentemente
(http://www.releituras.com/joaognoll_alguma.asp) El Cuento forma parte del Libro “Romances e Contos Reunidos” (1997)
Autor: Joao Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946) es un escritor brasilero que figura como una los máximos exponentes de la literatura de su país. Ha publicado cuentos y novelas. Entre sus principales libros está Bandoleiros (1985), Harmada (1993), Lord (2004), A Máquina do Ser (2006).
Traductor: Roberto Santander

 

 

 

                                                                                                                                    3263868842_a8fd9c6167
Los primeros años de vida provocaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre no sabía explicar muy bien el por qué de la existencia, y siempre se cambiaba de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más marcada de mi padre era el cambio. Se autoproclamaba filósofo sin libros, con una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, creía que mi padre era sólo un hombre amargado por haber sido abandonado por mi madre cuando yo era un niño. Vivíamos en ese tiempo en la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me sacaba a pasear todas las mañanas por la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba el nombre de los árboles. Yo no me conformaba con saber sólo los nombres, quería saber las características de cada vegetal, de qué lugar venía. Él me decía que el mundo no eran sólo esas plantas, sino que también eran las personas que pasaban y las que se quedaban y que cada uno tiene un drama personal. Yo le pedía que me cargara en sus brazos. Él me hacía caso y silvaba una canción medieval que afirmaba era su preferida. En los brazos de él, yo balbuceaba unos pensamientos peligrosos:
- ¿Cuándo te vas a morir?
- No te voy a dejar solo, hijo.
Me hablaba visiblemente emocionado y decía que antes me iba a enseñar a leer y escribir. Le gustaba comportarse como si yo no supiera lo que pasaba. Para qué leer –le preguntaba. Para describir la forma de este arbol –respondía un tanto irritado con mi pregunta. Pero luego se calmaba.
- Cuando aprendas a leer vas a poseer, de alguna forma, todas las cosas, incluso a ti mismo.
Hacia el final de 1969, mi padre se fue preso al interior de Paraná. (Dicen que le pasaba armas a un grupo de no sé qué tipo). Tenía en esa época una casa de caza y pesca en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.
Hacia el final de 1969, mi padre se fue preso al interior de Paraná. (Dicen que le pasaba armas a un grupo de no sé qué tipo). Tenía en esa época una casa de caza y pesca en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.
El día que él fue arrestado, una vecina de piel muy clara me sacó de mi hogar y me dijo que pasaría unos días en su casa, mientra mi padre estaba de viaje. No le creí, pero hice como si le creyese, porque es lo que le conviene a los niños. ¿Porque qué hubiese pasado si yo le decía que eso era mentira? ¿Qué hacer con un niño que sabe la verdad?
Me pusieron en un internado al interior de San Pablo. El Cura Director me miró y afirmó que ahí yo sería feliz.
- No me gusta este lugar
- Te acostumbrarás y hasta te va a gustar.
Los compañeros me enseñaron a jugar fútbol, a masturbarme, a robar comida de los Curas. Tenía una erección y se las mostraba. Mostraba también las manzanas y los dulces de los robos. Hablaba de mi padre. Uno de ellos me odiaba. Mi padre fue asesinado, me decía, con odio en los ojos. Mi papá era bandido, contaba él, con el corazón acelerado.
Yo me callaba. Es que había cosas que él decía sobre mi padre que presumían un conocimiento que yo no tenía. Llegó una carta de él. Pero el Director no dejó que la leyera; me llamó a su escritorio y me contó que mi padre estaba bien.
- Él está bien.
Agradecí, como lo hacía normalmente cuando tenía algún tipo de contacto con el Director, y salí murmurando:
- Él está bien.
El niño que me odiaba se acercó y dijo que a su padre le habían puesto diecesiete tiros.
En las clases de religión el Padre Amancio nos enseña a rezar el rosario y a repetir plegarias.
- Salve María –él exclamaba al principio de la clase.
- Salve María –repetían los alumnos al unísono.
Cuando crecí mi padre me vino a buscar. Él estaba sin un brazo. El Cura Director, entonces, me preguntó:
- ¿Quieres irte?
Miré a mi padre y le dije que yo ya sabía leer y escribir.
- Entonces un día sabrás todo –dijo.
Cuando nos fuimos, el niño que me odiaba se quedó mirándome desde la puerta del Colegio. Él estaba con su uniforme bien lavado y planchado.
En la carretera hacia San Pablo paramos en un restaurante. Pedí un cognac y mi padre no se espantó. Leía un diario.
Ya en San Pablo fuimos a una habitación donde no recibíamos visitas.
- Vamos a Río –dijo mi padre, sentado en la cama con el brazo que le quedaba apoyado sobre las piernas.
En Río fuimos a un departamento que quedaba en la Avenida Atlántica. De unos amigos, dijo él. Pero aunque el departamento estuviese amueblado, siempre estaba vacío, no iba nadie.
- Quiero saber –le dije a mi padre.
- Puede ser peligroso –contestó.
Apagué el televisor dispuesto a escuchar. Pero él dijo que no. Es muy pronto todavía. Para ese entonces, ya había perdido la capacidad de llorar.
Intenté olvidar. Mi padre me puso en un Colegio en Copacabana y comencé a crecer como tantos adolescentes en Río. Me acostaba con la empleada de Alfredo, un amigo del colegio, y, en la playa, a veces tenía que sentarme porque era común tener erecciones a vista de todos. Fingía, entonces, que observaba el mar, la performance de cualquier surfista.
No me gustaba constatar lo mucho que me molestaban algunas cosas. Pero mi padre desapareció nuevamente. Me quedé solo en el departamento de Avenida Atlántica sin que nadie lo supiera. Y yo ya me había acostumbrado al misterio de ese departamento. Ya no JoaoGilbertoNollquería saber a quién pertenecía, porque vivía solo. El secreto alimentaba mi silencio. Y yo necesitaba de ese silencio para seguir ahí. Ah, me olvidé de decir que mi padre había dejado dinero en un cofre. Ese dinero fue suficiente para siete meses. Gastaba poco e intentaba no pensar sobre qué pasaría una vez que se terminara. Sabía que estaba solo, viviendo de un dinero que se acababa, pero era necesario preservar la libertad de los jóvenes de mi edad, y falsificar la firma del padre sin remordimientos frente a cada exigencia del colegio.
La limpieza del departamento no me importaba. Estaba sucio. Muy sucio. Pasaba tan poco en casa que no le daba importancia a la mugre, a las sábanas inmundas. Tenía buenos amigos en el colegio, dos o tres amigas que dejaban que les metiera mano donde yo quisiera.
Pero el dinero se había terminado y yo estaba caminando por la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, una tarde noche, cuando noté a un grupo de muchachos parados en la esquina de la Barra de Ipanema, apoyados en un auto y enrollando un papelillo. Cuando pasé, ellos me ofrecieron. ¿Una fumada? Acepté. Uno de ellos me dijo mira, no te lo pierdas, amigo. Miré hacia donde habían apuntado y vi un Mercedes parado en la esquina con un hombre de unos treinta años adentro. Anda, me dijeron y empujaron. Y fui.
- ¿Quieres entrar? –me dijo el hombre.
Pensé en que lo había comido todo y que andaba sin dinero.
-Trescientos –dije.
Él abrió la puerta y me dijo que entrara, el auto subió la calle Niemeyer, y no había nadie en el cerro donde el hombre paró. Un casette tocaba música clásica, creo, y el hombre me dijo que era de San Pablo. Me ofreció un cigarro, un chicle y comenzó a sacarme la ropa. Pedí el dinero y me dio 3 billetes de cien nuevos. Desnudo, él se acercó a mí y comenzó a morderme como queriendo dejarme marcas, casi me saco un pedazo de la boca. Yo tenía un buen físico y eso lo excitaba, lo dejaba loco. El casette ya se había terminado y se escuchaba sólo un grillo.
- Vamos –dijo el hombre, encendiendo el auto.
Yo había disfrutado y necesitaba limpiarme con la ropa interior.
Al día siguiente mi padre volvió; apareció en la puerta, muy flaco y sin dos dientes.
Le conté:
- Ayer resolvi prostituirme, fui con un hombre a cambio de trescientos mangos.
Mi padre me miró sin sorpresas y dijo que intentara hacer otra historia con mi vida.
- Vine para morir. Mi muerte será cubierta por los diarios, la policía me odia, hace años que me busca. Van a descubrirte, pero no des ninguna declaración, di que no sabes nada. Lo que es, además, verdad.
- ¿Y si me torturan? – pregunté
- Eres menor y ellos necesitan evitar escándalos.
Fui hacia la ventana pensando que iba a reventar en lágrimas, pero sólo conseguí quedarme mirando el mar, sintiendo que necesitaba hacer algo urgentemente. Di vuelta la cabeza y vi que mi padre dormía. Sin embargo, no fue eso lo que pensé: pensé que él ya estaba muerto y corrí para sentir su pulso.
Aún estaba con vida. Necesito hacer algo urgente, repetía mi cabeza. Es que no me gustaba haber ido con el hombre la noche anterior, mi padre iba a morir y yo no tenía ni un puto centavo. ¿Cómo iba a sobrevivir? Entonces pensé en denunciar a mi padre, para que los diarios me recibieran y así conseguir casa y comida en algún orfanato, o en la casa de alguna familia. Pero no, eso no lo hice porque quería a mi padre y no estaba interesado en vivir en un orfanato ni con una familia desconocida. Sentía pena por mi padre acostado en el sofá, durmiendo y tan débil. Necesitaba comunicarme con alguien, contar lo que estaba pasando. ¿Pero a quién?
Comencé a faltar a clases y me quedaba caminando por la playa, pensando qué hacer con mi padre que se quedaba en casa durmiendo, feo y viejo. Y yo no había conseguido ni un 3463721328_b926690399_mputo centavo. Menos mal que tenía un amigo vendedor en los carritos de la Geneal que me regalaba unos Cachorro-Quente. Le decía que le pusiera bastanta mostaza, que calentara bien el pan, que le pusiera harta salsa. Me obecedía como si quisiera que me fuera bien. Pero no podía, no conseguía contarle lo que me estaba pasando. Sólo hablaba con él sobre el culo de las mujeres o alguna cicatriz en el estómago. Es cesárea, me decía. Y yo fingía que nunca había escuchado hablar de cesárea para que aumentara su placer de enseñarme sobre la cesárea. Un día me preguntó:
- ¿Tienes hermanos?
Respondí que tenía siete.
- ¿Un cabrón tu padre, eh?
Me demoré en contestarle. Tal vez era la ocasión de contarle todo, admitir que necesitaba ayuda. ¿Pero qué podía ofrecerme un vendedor de la Geneal salvo ir donde la policía y contarles? Entonces me callé y me fuí.
Cuando llegué a mi casa entendí que mi padre era un moribundo. Él ya no se acordaba de nada, tenía espasmos, se le doblaba la lengua y yo lo ayudaba. El departamento, en esa época, tenía un mal olor, como a podrido. Pero esta vez me dio lo mismo todo y comencé a ayudarlo. Le levanté la cabeza, e intenté acostarme con él.
-¿Qué estás sintiendo?
- Ya no siento nada –respondió.
- ¿Duele?
- Ya no siento ningún dolor.
De vez en cuando le traía un Cachorro-quente que mi amigo de la Geneal me daba, pero mi padre devolvía cualquier cosa y expulsaba los pedazos de pan y salchicha por el borde de la boca. Una de esas veces en que yo le limpiaba los restos de pan y salchicha de su boca, sonó el timbre. Fui a abrir la puerta con mucho miedo, con el paño todavía en la mano. Era Alfredito.
- La Directora quiere saber por qué nunca más fuiste al colegio. – me preguntó.
Entró y le dije que estaba enfermo, con la garganta inflamada, pero que volvería al colegio al día siguiente porque ya casi me había mejorado. Alfredito sintió el mal olor de la casa, estoy seguro, pero hizo como si nada pasara.
Cuando se sentó en el sofá noté la cantidad de polvo que había y cómo Alfredito se sentaba con sumo cuidado, como si el sofá se fuera a abrir, pero él fingía y hacía como si todo estuviese normal, ni la barata que bajaba por la pared de la derecha, ni los ruidos de mi padre, sus gemidos que venían de la habitación de al lado le importaban. Me senté en la poltrona y comencé a contarle todo lo que se me venía a la cabeza para distraerlo de los ruidos que hacía mi padre, de la barata de la pared, del polvo del sofá, de la mugre y el olor del departamento. Hablé sobre cómo en los días de enfermedad leía en la cama unas revistas de bromas, revistas danesas, ¿y sabes cómo conseguí esas revistas?, se las robé a mi papá, estaban escondidas en su cajón, no te las muestro porque se las presté a un amigo, un bandido que trabaja en un carrito en la Geneal de la playa, él se la mostró a otro un amigo que se masturbó con la revista en la mano, hay unas mujeres con unas piernas así y la cámara les tomó la foto justo aquí , bien aquí, amigo, cómo los tipos le sacaron esa foto a la mujer, es como para pajearse, la cámara cerca, y la mujer desnuda con las piernas en ésta posición, no estoy mintiendo, ya vas a ver, un día vas a ver, sólo que ahora la revista no la tengo yo, por eso es que te digo que enfermarse de vez en cuando es bueno, un día entero leyendo la revista, sin nadie que me moleste, sólo yo y mis revistas, nadie que te toque las pelotas, nadie, amigo, nadie.
Paré de hablar y Alfredito me miraba asustado, me miraba con cara de idiota, medio desconfiado, y no sé bien qué pasó por su cabeza cuando mi padre me llamó desde la otra habitación. Era la primera vez que mi papá me llamaba por el nombre; yo mismo me asusté tapa lordcuando lo escuché, y me puse de pie atemorizado porque no quería que nadie supiera sobre mi padre, sobre mi secreto, sobre mi vida. Quería que Alfredito se fuera y que no volviese nunca más. Entonces me puse de pie y le dije que tenía cosas que hacer, y él se fue caminando de espaldas en dirección a la puerta, como si tuviese miedo de mí, y yo le decía que mañana voy a aparecer en el colegio, puedes decirle a la Directora que mañana converso con ella, y mi padre me llamó de nuevo con su voz agonizante, y mi padre me llamaba por primera por mi nombre y dije chao hasta mañana, y Alfredito dijo chao hasta mañana, y yo continuaba con el paño de plato en la mano y cerré la puerta bien rápido porque no aguantaba más a Alfredito ahí, y fui corriendo y vi que mi papá estaba con los ojos duros, mirándome, y me quedé parado en la puerta pensando que yo necesitaba hacer algo, cualquier cosa, urgente.
 
 

Dossier Kerouac mayo 4, 2009

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La Periódica Revisión Dominical presenta su Dossier Kerouac sobre el escritor norteamericano Jack Kerouac. El trabajo cuenta de un prólogo, 8 ensayos y tres colaboraciones especiales en torno a la obra de Kerouac, 6 textos del propio Kerouac, en su mayoría inéditos en castellano, una entrevista realizada al autor en 1968, un epílogo y varias curiosidades.

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

 

 - Prólogo, por Roberto Santander

 

 - Kerouac por Kerouac (identikit) 

 

- Credo y Técnica de la Prosa Moderna, por Jack Kerouac

 

- Kerouac, el existencialismo saturado, por Mome

 

- Una Red Espesa: breve inspección de lo latinoamericano en En El Camino (1957), por Roberto Santander

 

 

 

Kerouac y la Generación Beat

 

       Acerca de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1957)

 

       Corderos, no leones, por Jack Kerouac (1958)

 

     –       Beatífico: orígenes de la Generación Beat, por Jack Kerouac (1959)

 

 

 

- Kerouac, un clochard celeste, por Hugo Savino (colaboración especial)

 

- La América de Papel (suite), por Martín Abadía

 

- Diarios de Jack Kerouac (1948-1949)

 

-  Kerouac, Parker, los calamabres del espíritu, por Mome

 

-  La Desaparición del Vagabundo Americano, por Jack Kerouac (1959)

 

 Nota de una lectura urgente: En el Camino (1957), por Roberto Santander

 

-  Recordando a Jack Kerouac, por William Burroughs– traducción: Milita Molina – (colaboración especial)

 

-  La única novela de amor que he leido…, por Mome

 

 Nota al Pie sobre el orígen de Doctor Sax, por Martín Abadía

 

-  Entrevista a Jack Kerouac (1968)

 

-   La Tentación del Zen, por Parapo  (colaboración especial)

 

-   Últimas palabras sobre el hombre y la botella, por Mome

 

 

 

Lecturas Kerouac

 

     –  The Beginning of Bop /El nacimiento del Bop, por Jack Kerouac (con audio – bilingüe)

 

     –  October in the Railroad Earth /Octubre en las vías del tren, por Jack Kerouac (con audio – bilingüe)

 

     – Fragmentos escogidos (con audio – en inglés)

 

     - Pull My Daisy (film)

 

 

- Epílogo, por Martín Abadía 

 

 

 

 

 

 

Dossier Kerouac: Prólogo

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Cuando finalizó el Dossier Salinger -tiempos de viajes, amores y fracasos-, La Periódica Revisión Dominical comenzó a planear, inmediatamente, una nueva entrega. Y de forma natural, casi sin planearlo mucho, apareció el nombre de Jack Kerouac.
Hay muchos Jack Kerouac, lo sabemos. El de la historia de la literatura y el que cada uno leyó. Se dice, y quizá sea cierto, que hay una edad y un lugar para leerlo. Es probable; para nosotros, eso sí, para todos los que participaron en el Dossier, Kerouac significa mucho aún hoy.
La literatura te enseña un carácter y una actitud ante los textos, pero también ante la vida. No somos sobrevivientes, ni malditos, pero sí creemos en una estética de hacer las cosas. Ganando o perdiendo, creemos en la elegancia del orgullo, y en la fabulosa hidalguía de la rabia. Ante todo.
Los textos de este Dossier, a diferencia de los anteriores, incorporan nuevas voces. Lejanas, distantes; muchos no nos conocemos, frente a frente, pero hay una oscura certeza de que nos gusta hacer las cosas del mismo modo. La temeridad de creer que estamos escribiendo un solo texto.
El presente Dossier tiene traducciones, textos literarios, críticos y aproximaciones imperfectas. Una zona de audio y video. Nuestra frontera es una. Y queremos traspasarla. El Dossier Kerouac procura, primero, hacer de nuestras debilidades cotidianas una justificación. Segundo, entregar una visión literaria del autor norteamericano. Tercero, proponer lecturas críticas, riesgosas: ocupar el espacio.
Escribir. Quemar y quemarse. De otra forma, no vale, no sirve.
R.S
 

Dossier Kerouac: Kerouac por Kerouac

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Nombre Jack Kerouac                                                                                                                                copia-de-jack-kerouac

 

Nacionalidad Franco-Americano

 

Lugar de Nacimiento Lowell, Massachussets

 

Fecha de Nacimiento 12 de Marzo de 1922

 

Educación Escuela Secundaria de Lowell (Mass.); Escuela de Varones Horace Mann; Universidad de Columbia (1940-42); Nueva Escuela de Estudios Sociales (1948-49). Artes liberales, ninguna licenciatura (1936-1949). Tuve una A en el Curso de Inglés de Mark Van Doren (Curso sobre Shakespeare).— Reprobé química en Columbia— Tuve 92 de promedio en la Escuela Horace Mann (1939-1940) Jugué al football infinidad de veces, y estuve en equipos de baseball y atletismo.

 

¿Casado? Nah

 

Hijos No

 

Resumen de sus principales ocupaciones y/o trabajos

 

De todo. Dilucidemos: trabajé en la borda de un barco, fui empleado en una estación de servicio, marinero de cubierta, escritor de periódicos deportivos (Lowell Sun), guardafrenos en el tren, guionista para 20th Century Fox en New York, agitador de gaseosas, empleado y botones en el tren, recolector de algodón, asistente de mudanzas, aprendiz en el laminado de metales en el Pentágono en 1942, guardabosques y vigía de incendios en 1956, trabajador en la construcción (1941).

 

Intereses

 

Hobbies  Inventé mi propio juego con cartas de baseball, extremadamente complicado, y estoy en proceso de jugar una temporada de 154 juegos entre ocho clubes nocturnos.

 

Deportes Los jugué todos, excepto el tenis, el lacrosse y el skull.

 

Especialidad  Las chicas

 

Por favor, haga un breve resumen de su vida.

 

Tuve una infancia hermosa; mi padre era imprentero en Lowell, Mass., yo deambulaba por los campos y las orillas de los ríos día y noche, escribía pequeñas novelas en mi cuarto, la primera a los 11 años, incluso llevé largos diarios y “periódicos” que cubrían las carreras de caballos que inventaba y el mundo de football y el baseball (como puede leerse en la novela Doctor Sax)— Tuve una buena educación con los Hermanos Jesuitas en la Escuela Parroquial St. Joseph’s en Lowell, que me hizo saltar luego el sexto grado en una escuela pública; de niño viajé con mi familia a Québec y Montreal; a los 11 años el Alcalde de Lawrence (Mass.) me regaló un caballo, Billy White, y llevaba a todos los niños del barrio de paseo; luego el caballo huyó. Hice largos paseos bajo los viejos árboles de New England en la noche con mi madre y mi tía. Escuché atentamente todo lo que cuchicheaban. Decidí ser escritor a los 17 por influencia de Sebastian Sampas, un poeta local que tiempo después murió en Anzio Beach; leí la vida de Jack London y decidí volverme también aventurero, un viajero solitario; al principio fui influenciado por Hemingway y Saroyan, luego por Wolfe (después de haberme roto la pierna jugando al football en Columbia, leía a Tom Wolfe y vagaba por New York en muletas). —- Influenciado por mi hermano mayor Gerard Kerouac que murió a los 9 años en 1926, cuando yo tenía 4, quien era un gran dibujante y pintor —- (también un santo, según algunas monjas) —- (como puede leerse en Visions of Gerard)

Mi padre era un hombre lleno de alegría, absolutamente honesto; amargado en sus últimos años, durante la presidencia de Roosvelt y la Segunda Guerra Mundial, murió de cáncer de bazo. —- Mi madre aún vive. Vivo con ella una vida monástica que me ha permitido escribir todo lo que he escrito. — Pero también escribí en el camino, como vagabundo y viajero en trenes, en mi exilio en México y de viaje en Europa (como puede verse en Lonesome Traveler). —- Una hermana, Carolyn, casada con Paul E. Blake Jr., de Henderson, N. C., técnico de antimisiles en el Gobierno — tienen un hijo, Paul Jr., que me llama tío Jack y me ama. —- El nombre de mi madre es Gabrielle; todo lo que aprendí sobre narrar lo aprendí de las largas historias sobre Montreal y New Hamshire que me contaba. — Mi familia proviene de Bretaña, Francia; primero, mi ancestro norteamericano, el Barón Alexandre Louis Lebris de Kérouac, de Cornwall, Brittany, 1750, a quien le concedieron tierras a lo largo de Rivière de Loup, luego de la victoria de Wolfe sobre Montcalm; sus descendientes se casaron con nativos (Mohawk y Caughnawaga) y pusieron una granja de tomates; el primer descendiente en los Estados Unidos fue mi abuelo, Jean-Baptiste Kérouac, carpintero, en Nashua, N.H.—- El padre de mi madre, Bernier, era pariente de Bernier el Explorador —- todos bretones de parte de mi padre — Mi madre tiene apellido normando, L’Evesque.—-

Primera novela formal, The Town and The City, escrita bajo la tradición de un largo trabajo corrector, de 1946 a 1948, publicada por Harcourt Brace en 1950. — Luego descubrí la prosa espontánea y escribí, digamos, The Subterreneans en 3 noches y On The Road, en 3 semanas —-

Leí y estudié solo toda mi vida. —- En la Universidad de Columbia establecí un récord salteándome clases para quedarme en mi dormitorio y escribir diariamente y leer a Louis Ferdinand Céline, en vez de los “clásicos” de los cursos.—-

Soy dueño de mi propia mente. —- Se me conoce como un “loco ángel vagabundo” con una “mente desnuda e infinita” para la “prosa.” — También escribí versos, Mexico City Blues (Grove, 1959). —- Siempre consideré que escribir era mi deber en la tierra. Al igual que la prédica de la amabilidad universal, cuyas histéricas críticas han fallado al congratular a mi actividad escritora de novelas verídicas como “novelas sobre la Generación “Beat.”— En realidad no soy “beat”, sino un extraño, loco y solitario católico místico…

 

Planes Finales Ser eremita en los bosques, escribir pausadamente en la vejez, apacibles esperanzas con respecto al Paraíso (que después de todo, nos llega a todos)…

Queja favorita respecto del mundo contemporáneo La burla de la gente “respetable”… que al no tomarse nada seriamente, está destruyendo los viejos sentimientos humanos, más viejos que la revista Time… Dave Garroways riéndose de las palomas blancas…

 

 

 

 

(Incluido como prólogo a Lonesome Traveler, publicada en 1960)

Titulo original: Authour’s Introduction.

Traducción: Martín Abadía

 

 

 

 

Dossier Kerouac: Credo y técnica de la prosa moderna

 

 

 

Traducción: Martín Abadía

Título original: Belief & technique for modern prose

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                 FO00117724

1.     Cuadernos de notas secretos, garabateados, y páginas salvajemente escritas a máquina, para tu propia felicidad.

2.     Sométete a todo, abierto, escuchando.

3.     Intenta no emborracharte fuera de casa.

4.     Enamórate de tu propia vida.

5.     Lo que sientas encontrará su propia forma.

6.     Sé el santo ingenuo de tu imaginación

7.     Sopla tan profundo como quieras soplar.

8.     Escribe lo que creas insondable, desde lo hondo de tu imaginación.

9.     Las inexpresables visiones del individuo.

10. No le des más tiempo a la poesía del que precisa con exactitud.

11. Cosquillas visionarias temblando en tu pecho.

12. Sueña en trance permanente los objetos que están delante de ti.

13. Deshazte de tus inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas.

14. Como Proust, sé un viejo fumado del tiempo.

15. Di la verdadera historia del mundo en un monólogo interior.

16. La joya central del interés es un ojo dentro de un ojo.

17. Escribe para recuerdo y asombro de ti mismo.

18. Sé conciso en una mirada aguzada, nadando el mar del lenguaje.

19. Acepta para siempre el fracaso.

20. Cree en el sagrado contorno de la vida.

21. Esfuérzate en describir el fluido que ya existe en tu mente.

22. Si te detienes, no pienses en la palabra mas que para ver mejor la imagen.

23. Síguele el rastro a cada día, en el bálsamo de las mañanas.

24. No temas o te avergüences del conocimiento, el lenguaje o la dignidad de tu experiencia.

25. Escribe para que el mundo vea la exacta imagen que tienes de él.

26. Un libro-película es una película en palabras, la forma visual americana.

27. Alaba el Carácter del Parpadeo de la inhumana soledad.

28. Composición salvaje, pura, indisciplinada, venida de dentro, alocada si es posible.

29. Eres un genio siempre.

30. Director-Escritor de películas Terrenales, auspiciadas y protegidas por el Cielo.

 

 

 

PREPARACIÓN: el objeto se ubica antes de la imaginación, incluso antes la realidad, como un boceto (frente a un paisaje, una taza de té o un viejo rostro), o desde la memoria, en donde se convierte en un bosquejo de una determinada imagen-objeto.

 

PROCESO: al ser el tiempo la esencia de la pureza del discurso, el volcado del lenguaje es un fluido ininterrumpido de la mente en secretas y personales ideas-palabras, soplando (como un músico de jazz) el tema de una imagen.

 

MÉTODO: No hagas periodos que separen las oraciones-estructuras, ya arbitrariamente atiborradas de falsos dos puntos y las usualmente tímidas e innecesarias comas, mas que con el vigoroso espacio de la respiración retórica (tal como un músico de jazz toma aire entre las frases que no ejecuta) – “las pausas medidas son la esencia del discurso” – “escuchamos divisiones de sonido” – “el tiempo y cómo dar cuenta de él” (William Carlos Williams)

 

CAMPO: no selecciones la expresión sino siguiendo la libre desviación (asociación) de la mente en el infinito soplar-el-tema al producir océanos de pensamiento, balanceándote en el mar del Inglés sin otra disciplina que el ritmo de la exhalación retórica y el principio de frenesí, así como golpeas con tu puño la mesa con absoluta expresión, ¡bang! (guión de espacio) – Sopla y escribe tan profundo como quieras, pesca tan hondo como quieras, satisfaciéndote a ti mismo primero, para que luego el lector pueda recibir telepáticamente el estímulo y la emoción significante mediante las reglas que operan en su propia mente.

 

DEMORA EN EL PROCESO: no te detengas a pensar en la palabra apropiada, sino en el infantil cruce de escatológicas palabras acumuladas hasta conseguir la satisfacción, lo cual depondrá el ritmo por el pensamiento, acorde con las grandes leyes del tiempo.

 

TIEMPO: No hay barro que corra con el tiempo y, acorde a las leyes del desarrollo del tiempo shakespeareano, es preciso hablar ahora, en la forma inalterable en que lo haces, o callar para siempre – no hagas correcciones (excepto obvios y sensatos errores, como nombres o inserciones que no tienen nada que ver con el acto mismo de escribir sino con el de insertar)

 

CENTRO DE INTERÉS: no comiences por ninguna idea preconcebida de lo que vas a decir sino apégate a la joya central del interés en el tema de la imagen en el momento de escribir, y escribe desde el mar del lenguaje hacia una periférica redención y agotamiento – No pienses luego excepto por la poética o los epílogos. No pienses luego en “mejorar” o remediar las impresiones ya que la mejor escritura es siempre la más dolorosamente personal y exhaustiva, ejecutada desde la segura cuna de la tapa de los sesos, haz de ti tu propia canción, ¡sopla! – ¡ahora!- tu camino es el único camino – “bueno”- o “malo”- siempre honesto (“absurdo”), espontáneo, interés “confesional”, nunca artificial. El artificio es sólo artificio.

 

ESTRUCTURA DEL TRABAJO: las modernas y bizarras estructuras (ciencia ficción, etc.) se yerguen desde un lenguaje que ha muerto, temas “diferentes” que dan la ilusión de una “nueva” vida. Anda duramente las lindes del movimiento propio del tema, como una piedra en el río, fluir de la mente en la joya del interés (que tu mente corra sobre ella), deja que empiece a pivotar, y donde antes estaba la forma de un “principio” oscuro habrá luego la urgente necesidad de un “final,” y el lenguaje se acorta en la carrera para atarse al correr del tiempo de la tarea, siguiendo las leyes de la Forma Profunda para concluir con las últimas palabras, y los últimos sudores – La Noche es el Fin.

 

ESTADO DE ÁNIMO: si es posible escribe “inconscientemente”, en semi-trance (como Yeats, “trance de la escritura”) dejando que la inconciencia admita sus propios intereses desinhibidos, necesarios, y el lenguaje “moderno” lo que la conciencia censuraría; escribe excitada, velozmente, con los calambres propios del manuscrito o el tecleo, de acuerdo con (así como vas del centro a la periferia) las leyes del orgasmo, la “tormenta de la conciencia” de Reich. Venida desde dentro, surgiendo para relajarse y hablar.  

 

 

Dossier Kerouac: Kerouac, el existencialismo saturado

 

 

 

Algunas veces, como en los casos de Fitzgerald o Kerouac, el efecto producido por un escritor es inmediato, como si una generación estuviese esperando por ser escrita

                                                                                                                       William Burroughs

 

 

 

 

Los lugares y los tiempos

                                                                                                                                                            kerouac1

Adhiero plenamente a la sentencia que encarama a los grandes escritores en la categoría de universales y atemporales. El talento de un Shakespeare, un Dante, un Dostoiesky o un Kafka indudablemente rebasan cualquier coordenada espacio-temporal, se desmarcan de las particularidades de su tiempo histórico y cultural concreto, huyen de la manía de contextualización a la que los humanos somos adictos.

A lo que no adhiero tan plenamente es al decreto que subyace a la sentencia anterior y que consiste en eliminar cualquier tentativa de análisis de la época en que un escritor vivió y escribió. Quiero decir: si bien los estilos y los fundamentos de los grandes escritores atraviesan cualquier localización, el mundo en que vivieron – en tanto horizonte práctico, siguiendo a Heidegger – tiene cosas para decir de esos escritores y de sus obras. Se sabe: el amor, la aventura, dios, la soledad, la locura o el crimen son los temas a los que cantan todos los grandes; eso no asegura nada: ¿a qué otra cosa se le podría cantar?. Salvo que el amor, la aventura y todos los demás rubros no representan ni son lo mismo en todos los tiempos. Siquiera dios. Basta comparar lo que es el amor para Cervantes con lo que significa para Artaud.

 

J.P. Sartre aseguró que todos somos hijos de nuestro tiempo. Y aseguró varias cosas más que marcaron el pulso (y las carencias, por qué no decirlo) del pensamiento ético y político durante varias décadas. Es un caso extraño el de Sartre, qué duda cabe: se trata del último pensador complejo verdaderamente famoso y también del eslabón final de la cadena de intelectuales* franceses que inauguró Zola. Su trama filosófica, el existencialismo ateo (fruto de la digestión de la “triple H”-  Hegel, Husserl y Heidegger – y la influencia de Marx y Freud), impregnó como pocas otras teorías al mundo que la creó. El itinerario bélico y político del siglo XX hizo su parte al constituir a la juventud como sujeto político y cultural predominante: el existencialismo (aún en esa versión lavada e infiel que tanto se posa en las personas de lengua incontinente) es un complejo cultural para jóvenes, sin que esto tenga ningún viso de menoscabo. Fue la juventud la que supo blandir la bandera de la autodeterminación constante; únicamente ella podía, por cierto, tomar bajo la responsabilidad de sus actos al resto de la humanidad. Lo curioso es que el existencialismo es una teoría adulta, plagada de obligaciones, proyectos y un subjetivismo que a veces roza con el egoísmo. Una teoría adulta reivindicada y ejercida por jóvenes: la confusión era inevitable. Y la reacción también.  Desde la filosofía y la literatura posterior (Blanchot, Bataille, Ionesco y tantos otros) surgieron los dardos furiosos contra las posturas de Sartre y, creo, sobre todo contra su figura. Se bregaba entonces por un ser humano menos consciente, nada monolítico, algo aséptico, mucho menos autoritario y poderoso. No resulta descabellado, después de todo Sartre había hecho lo propio con sus “padres” (y “abuelos”, quizás allí esté el chiste); la dialéctica propia del pensamiento, con la que Sartre comulgaba peculiarmente, requiere este tipo de contracciones y rechazos.

La que sí resulta misteriosa es la filiación de ciertos autores gigantes que de una u otra manera – ya sea por el mero eje temporal, ya por las esencias que cimientan sus obras – están embebidos de existencialismo, están mezclados con él, cercanos y enfrentados a la vez. Uno de esos escritores gigantes es, según mi parecer, Jack Kerouac.

 

 

 

 

La literatura (des)comprometida

 

Sartre ha agregado a las discusiones literarias del siglo XX una expresión de peso; esa expresión es Littérature engagée. Más allá de la polémica que esa expresión y sus secuelas han generado (por lo general img_kerouac_02apresuradas: se nota que ha resultado más simple impugnar a Sartre que leerlo con detenimiento), el filósofo francés fue claro al respecto en ¿Qué es la literatura?, acaso uno de los ensayos más valiosos del siglo pasado. Allí escribe: “La función del escritor consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo y que nadie pueda ante el mundo decirse inocente”. Por supuesto que dicho obrar incluía proyectos políticos determinados (el comunismo), conductas culturales determinadas (el amor libre, entre tantas otras) y por tanto una visión del mundo determinada. Pero la miopía de Sartre no es tan garrafal como se ha insinuado; de hecho, más que a cualquier dogma político, la frase anterior responde a una concepción específica del habla. Lo digo con Walter Biemel en su Sartre: “Él (el escritor comprometido) sabe que su palabra no es una pura descripción, sino un acto de revelación, de patentización, gobernado por el proyecto propio de la forma social a que aspiramos”. La palabra, entonces, no solamente describe sino que revela, la palabra lleva hacia ese mundo que es real y que no obstante está siendo construido por nosotros a cada paso.

 

Aquí, la tentación de inscribir a Kerouac en un concepto amplio del “existencialismo” en el que cabrían también la Generación Perdida norteamericana, James Dean, los popes del Rock ‘n Roll o Lermontov, para dar una raquítica idea de lo que quiero decir. Un sentido que refiere a la piedra medular del existencialismo: la certeza de que la existencia, el estar yecto en el mundo, precede a cualquier esencia o naturaleza humana, si es que tal cosa existe. Un sentido que refiere a la mitología del viaje, de la constante auto-inquisición, de la angustia mundana que tantas veces tiende a la autodestrucción frente a una escena que no logramos entender.

 

Esta tentación no es un invento mío, está claro; entre otros, el mismísimo Burroughs observó en Kerouac esa veta de responsabilidad ante toda una generación, aunque dicha responsabilidad siempre haya sido odiada y temida por su amigo. En un artículo suyo sobre la obra de Kerouac el creador de Nova Express enrola a su correligionario en una versión “relajada” del existencialismo, análoga a la que se refirió más arriba. Versión que remite a las cavilaciones íntimas de Kerouac – conocidas por Burroughs si es que elegimos creerle –, a esa estampa de mecha generacional que hace del asesinato del padre y de la imposición de nuevas costumbres el hueso de su literatura. La posición de Kerouac frente a la escritura (“Uno sentía que estaba escribiendo todo el tiempo; que la escritura era lo único en que pensaba. Nunca quería hacer otra cosa” nos comenta Burroughs al respecto) refuerza la postura de Burroughs: ese hombre estaba ensimismado en su escritura, que en verdad era algo así como su forma de pensar. Estaba absorto en un ejercicio que le provocaba angustia, la angustia existencialista de tener que decidir. Decidir por él y por los demás. Kerouac efectivamente está tramando en sus libros más crudos la forma social a la que aspiraba, aunque ese horizonte no sea un régimen stalinista (se sabe que el muchacho era conservador como su mamá) ni un inmenso campo hippie de amor fraterno y lascivo.

 

Quiero decir: una lectura rigurosamente existencialista de Kerouac es por lo menos improbable. La política, el carácter y hasta la moral lo alejan de esa cueva. Pero inquiero: ¿es acaso esa versión dura del existencialismo la única o, en todo caso, la correcta? ¿No existe otra lectura del existencialismo, perfectamente legítima, que apunta más generalmente hacia la superestructura, hacia los espíritus y las alas de los seres humanos?. Es en esta segunda lectura en donde ingresa Kerouac al juego. Él, justo él, que a los 20 años apenas tenía ganas ya de jugar.

Escribe Burroughs en el artículo citado: “…los escritores son, incluso, en cierta forma, muy poderosos. mexico_city_bluesEscriben el guión para el film de lo real. Kerouac abrió un millón de cafeterías y vendió millones de pares de Levis para ambos sexos. Woodstock surgió de sus páginas.” En esta frase se condensa la noción de existencialismo con la que trabaja Burroughs, la que atañe a un hombre que, situado en el mundo real sin anzuelo del que colgarse, se dedica a pensar y decidir cuál será el mundo al que se debe llegar. Sabemos por los cotorreos biográficos que Kerouac renegó con rabia de semejante responsabilidad; sabemos también que su alcoholismo fue agravado tal vez por la obligación de ese papel. No creo que esos detalles tengan suma importancia para este escrito: el existencialismo que Burroughs (y tantos otros) adjudican a Kerouac prescinde de las intenciones reales y concienzudas de quien obra. Tratándose de Burroughs, hasta se podría decir – sin fallar – que prescinde de la (auto)conciencia.

 

 

 

Las liberaciones y la esclavitud

 

 

La obsesión del existencialismo francés consistió, durante su fase tardía, en hacerse maleable para acompañar como teoría moral al marxismo ortodoxo. Los esfuerzos por lograr semejante cometido pueden palparse claramente en Crítica de la Razón Dialéctica, escrita por Sartre hacia 1961. En esas páginas Sartre intenta (creo que vanamente) conciliar aquella libertad radical  e individualista propuesta en El Ser y la Nada con los extremos del sistema político en el cual creía. En dicha cruzada Sartre no tiene otra opción que cambiar su concepto de libertad humana y desbaratar varias de las consecuencias más importantes del existencialismo original. Crítica de la Razón Dialéctica actúa en cierto sentido como síntoma de una época intelectual: el marxismo se erguía como la única opción política decente frente al monstruo capitalista y no se podían escamotear maniobras para adaptar cualquier postulado al océano marxista. El existencialismo debía ponerse serio – en un sentido político que hoy resulta una reliquia tal como van las cosas – y para eso debía sacrificar ciertamente uno de sus pilares básicos: la radical libertad que suponía a un hombre soberano de sí mismo que se mantenía “aparte” de la historia y de las conformaciones sociales, que podía escapar de esas instancias a su antojo sin por eso transformarse en traidor o en algún elemento social por el estilo. Este cambio fastidió a muchos de los seguidores de existencialismo y dio mayor entidad a ese otro existencialismo, menos puntilloso en los razonamientos y en la búsqueda de coherencia pero más genuino en sus intenciones.

En el año 1959, prologando la década más reputada de la historia contemporánea, aparece Mexico City Blues, el libro de poemas en coros de Jack Kerouac. De allí surge el Coro 34:

 

No tengo planes

Ni citas

             Ni entrevistas con nadie

 

Así que exploro ociosamente

             Almas y ciudades

 

Geográficamente provengo de

            Y pertenezco al grupo

             Que llaman Holandeses de Pennsylvania

 

Pero en realidad soy un ciudadano

            del mundo

            que odia el Comunismo

            y tolera la Democracia

 

Sobre la cual dijo Platón hace 2000

            Años,

Que era la mejor forma de mal gobierno

 

Estoy explorando simplemente almas & ciudades

Desde el punto de vista privilegiado

De mi torre de marfil construida,

Construida con la ayuda

            Del opio

 

Eso basta ¿verdad?

 

La saturación del existencialismo. De eso se trata el poema. Un Kerouac ya no tan joven en cuanto al asunto biológico (37 años) pero eternamente jovial en cuanto al sentido estético de la existencia sospecha los embates de una temporada que se enclava en dilemas tales como: la diversión o el trabajo; la libertad o la beat11obediencia a fines supremos; la salud o la experimentación sensorial a través de plantas y químicos. El existencialismo, aquella postura amplia que abrevaba en la libertad humana y subjetiva como el pilar básico de la existencia, ahora renegaba de algunos de sus pataleos para ponerse a tono con el período y allí está el poeta para tallar la diatriba transcripta, para salir al cruce de cualquier propuesta consistente en “sentar cabeza”. La rebeldía se distancia de la rebelión en este poema, al igual que en la obra toda de Kerouac; la rebeldía se vuelve conservadora, hasta reaccionaria. La rebeldía vuelve a aproximarse al flanèur baudeleriano, que también vagaba ocioso visitando almas y ciudades sin perder por semejante conducta la soledad esencial y metafísica. La rebeldía, en esta acepción, se convierte en egoísmo y espionaje, en la idea de que rebelde, realmente rebelde, es aquel que se da sus propias reglas, el que trama sus propias realidades, el que (parafraseando al gran Chico Buarque) se anima a morir de su propio veneno.

 

Existe un algo que atraviesa todo el poema. Ese algo sabe a exageración; no pretendo concretar inferencias psicologistas sobre el poema de Kerouac, después de todo un poema es eso que es, un poema, y sobre todo no es aquello que no es. Pero es evidente que el poema citado se inunda de exageraciones y reivindicaciones propias del adicto a cualquier sustancia estimulante. Lo que en principio podría ser un comentario hasta irrelevante es transformado por Kerouac en una declaración de principios definida básicamente por la oposición a otros principios, a los imperantes.  

De ahí cierta inseguridad: el final termina preguntando “¿verdad?” y lejos está de ser, según lo que creo, una pregunta retórica. ¿A quién está interpelando Kerouac?: si apelamos a la coherencia, debería ser a él mismo; si nos vestimos de críticos literarios deberíamos pensar en los lectores. Si gustamos de las biografías, finalmente, podríamos señalar a sus amigos y correligionarios. Más allá de cuál sea la respuesta que se elija, lo cierto es que Kerouac está demandando, irónicamente tal vez, una respuesta que reafirme su fe. Una respuesta que, sabe, no le será dada así como así. Lo políticamente incorrecto ha gozado siempre de buena fama en la literatura, de demasiada fama quizás. Es la transgresión frente a la norma, el rechazo de aquello juzgado universalmente como bueno. En el universo de Kerouac (esto es, su entorno inmediato y su tiempo) el comunismo era universalmente aceptado y loado; la democracia, si bien era la norma general, no lo era para la juventud bienpensante de principios de los ’60. Esto explica algunas de las exageraciones que señalé anteriormente. Un hombre acostumbrado a luchar – a su manera, es cierto – por las liberaciones, opta por elegir la esclavitud menor. Se lo podrá acusar a Kerouac con cargos de todos los colores, desde el cinismo hasta la cobardía, pero no podrá tachárselo de incoherente.

 

 

 

Subiendo y bajando de la torre de marfil: el mundo, lo que habitualmente se llama el mundo…¿dónde está?

 

La metáfora arquitectónica de la torre de marfil muestra una historia milenaria y ambigua. La torre de marfil es, como todos sabemos, aquel sitio donde los pensadores y artistas se refugian del mundo para no ser afectados, ya sea por el populacho o por las cuestiones mundanas que pudiesen distraer su concentración.

En la época en la que Kerouac vivió y escribió, la metáfora de la torre había tomado la forma de afrenta: aquel que se granjeaba un refugio de este tipo, y más aún el que permanecía en él ante las explosiones que se oían debajo, pasaba a ser el némesis del “hombre nuevo”. Esta circunstancia agrava los principios beat_kerouac_ny_19532delineados por Kerouac en el poema: se está condenando por anticipado con el target de público que podía gustar factiblemente de su literatura. Esa conducta de gonzo ejemplifica a la perfección lo que comentaba más arriba acerca de las exageraciones: Kerouac está  provocando deliberadamente con sus palabras a toda una generación, paradójicamente la misma que lo ensalzará años más tarde hasta elevarlo a la categoría de escritor generacional. 

 

¿O no tan paradójicamente?

 

En una recopilación póstuma titulada como Pomes All Sizes, aparece un haiku sugestivo al respecto:

 

Bajé de mi

torre de marfil

Y no encontré el mundo

 

¿Se trata de un reproche o de un lamento, de una mera información que documenta el estado de nulidad elemental del mundo en que Kerouac vivía o de un sollozo íntimo en el que el poeta se maldice por no haber bajado antes, cuando él estaba aún apto para encontrar al mundo?. Por mi parte, lo ignoro: supongo que existen buenos argumentos para abonar una u otra posición, pero en todo caso, sea cuál sea la lectura, lo palmario es la desazón de Kerouac frente a la escena. No bastaba con la torre de marfil, puede suponerse; la torre de marfil se volvió una guarida en llamas, atiborrada de espejos y de voces conocidas y deformadas que rezan salmos insufribles. Había que bajar nomás, retornar de la alienación, fraternizar con el mundo del que tanto rumoreaban las voces. Pero…no había allí un mundo; las promesas y los ruidos se habían apagado o al menos el poeta no podía verlos ni oírlos. La torre de marfil originaria le dio paso a otra gran torre, el mundo mismo, un compartimento convertido en un sitio de sordos y ciegos que chocan contra las paredes de sus mazmorras creyendo que se trata de piel ajena, del cielo o del viento.

 

 

Mome

 


* El término “intelectual” está tomado en el sentido excluyente de la palabra; es decir, aquel que exige a la figura del pensador una racha de condiciones definitorias. A saber: el compromiso político, el continuo veredicto sobre la marcha de los tiempos, la intervención pública, etc.

 

Dossier Kerouac: Una red espesa: breve inspección de lo latinoamericano en En El Camino (1957)

 

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En las últimas páginas de En el Camino, Dean Moriarty y Sal Paradise y Stan Shepard inician un viaje hacia México. Si bien el viaje está justificado por una necesidad específica –buscar el divorcio, por parte de Dean- hay algo que más trasciende en el gesto de traspasar la frontera.
Podría generarse un mapa de los escritores norteamericanos que han escrito sobre Sudamérica. En La Periódica Revisión Dominical ya se publicó un artículo sobre las impresiones de Burroughs y su tránsito por el continente Sudamericano. Pues bien, en el caso de En el Camino las impresiones, comentarios y gesto escritural tiene connotaciones de todo tipo. Algunas, si lo miramos desde una perspectiva latinoamericana, acusan al continente de una barbarie que convierte al territorio en algo llamativo, digno de visita. Y eso, creo, es pertinente cuando analizamos las miradas de Dean, Sal y Stand hacia lo sudamericano en la novela.
No es novedad decir que la generación beat buscaba, de cierta forma, una ruptura con una manera de civilidad que estaba presente en los Estados Unidos. Por esa misma razón Sudamérica se convierte en una tierra llamativa. La barbarie –si usamos el concepto civilización y barbarie como antónimos- está presente en este territorio. La forma de vida de Dean o Sal se adapta a este lugar, sin lugar a dudas. Pero, y aquí radica, de cierta forma, nuestra crítica: hay un gesto superfluo, despectivo e irresponsable en las anotaciones.
¡Esto es el mundo! —interrumpió Dean—. ¡Dios mío! —golpeó el volante—. ¡Esto es el mundo! Podemos seguir a Sudamérica si esta carretera lleva hasta allí. ¡Piensa en eso! ¡Hijoputa! ¡Cagoendiós! —aceleramos la marcha. Amaneció rápidamente y empezamos a ver la blanca arena del desierto y algunas chozas alejadas de la carretera. Dean aminoró un poco la marcha para contemplarlas—. ¡Auténticas chozas miserables!, tío, de esas que sólo se encuentran en el Valle de la Muerte, e incluso mucho peores. Esta gente no se preocupa de las apariencias. (En el Camino, 328)
Pareciera ser, y los comentarios así lo confirman, que la ignorancia es característica esencial cuando otro opina, comenta, dimensiona el espacio latinoamericano. No hay una preocupación real por conocer el trasfondo de lo que sucede, sino tan sólo de generar un decorado. La realidad es banal; el contexto se observa con ojos de extranjero –y no podría ser de otra forma- pero no hay esfuerzo por generar un ontheroad200812301pensamiento crítico al respecto. Turistas, dirían. Turistas, decimos.
Sólo era Nuevo Laredo pero nos parecía la Sagrada Lhasa. (En el Camino, 325)
Pensar en Sudamérica como un lugar que se asemeja a la llegada del paraíso. Sí; no es erróneo pensarlo así. Algo de divino, de exquisita libertad, encuentran en estas tierras. La carretera, finalmente, consigue llevarlos a un lugar que, a grandes rasgos, tiene la característica de fin. Aunque el viaje no termine, aunque el viaje nunca vaya a terminar, la entrada y permanencia en México es, finalmente, la conquista de un espacio pleno. Hay una identificación con el entorno, que se basa en las premisas del desorden, la libertad, cierta anarquía del ambiente, pero que se estructura a través de la conciencia de saberse que no se es de aquí.
—¡Qué país tan salvaje!
(…)
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! No sé qué hacer. Estoy demasiado excitado en este mundo. Al fin hemos llegado al cielo. No puede ser más tranquilo, no puede ser mejor, no puede ser nada más. (En el camino, 327-329)
El aquí y el allá me parecen elementos a considerar, ya que la percepción que tenemos del ambiente está, y es lógico, basada en las premisas de pertenencia. Lo que no es amable, es recrear el espacio ajeno como un lugar donde las debilidades del otro son las virtudes propias; donde años de historia y lucha son transformados en un decorado superficial y anodino.
Aquí nadie desconfía, nadie recela. Todo el mundo está tranquilo, todos te miran directamente a los ojos y no dicen nada, sólo miran con sus ojos oscuros, y en esas miradas hay unas cualidades humanas suaves, tranquilas, pero que están siempre ahí. Fíjate en todas esas historias que hemos leído sobre México y el mexicano dormilón y toda esa mierda sobre que son grasientos y sucios y todo eso, cuando aquí la gente es honrada, es amable, no molesta. (En el Camino,
La calidad literaria, esto quiero aclararlo, no está en duda. El análisis que he propuesto responde a la ubicación del lector en un contexto determinado. La lectura, creo, es política, de la misma forma que todo tipo de escritura. De ahí que el mensaje que se desprenda de un texto genera vínculos con disciplinas que recrean y analizan los discursos.
kerouac_stamp1La potencialidad discursiva de En el Camino, para con lo latinoamericano, es, desde una perspectiva latinoamericanista, insuficiente. Se basa en postulados que tienen un fuerte vínculo con la búsqueda de la rareza. Una inspección acabada, fundada y responsable, considera pobre cualquier insinuación y reducción de la materia de lo latinoamericano. Es que no resulta convincente, y mucho menos tolerable, la mirada hegemónica. La misión o labor de una lectura, como sería el caso, es alertar los puntos políticos; generar un mapa que codifique las insinuaciones, no despreciativas sino simplificadoras de lo latinoamericano. Palabras que intentan hacer de nuestra historia sólo una anécdota más.
R.S

 

 

 

 

 
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